viernes, 23 de enero de 2009

ENTREVISTA CON ISRAEL CENTENO.

El domingo 5, Liborio Barrera entrevistaba a Israel Centeno para el suplemento Cuadernos de El Periódico de Extremadura. Creemos que la entrevista, muy interesante, merece ser reproducida.
"SOY UN HIJO DEL BOOM"El escritor venezolano Israel Centeno irrumpe en el panorama narrativo de España con Iniciaciones, una novela corta sobre la adolescencia, que publica la editorial extremeña Periférica.
Nacido en Caracas en 1958, Israel Centeno es, además de narrador, editor y poeta. Entre sus novelas destacan Cayetana (1992, Premio CONAC), Criaturas de la noche (2000) o Bengala (2005).
Escribió Iniciaciones hace 10 años. ¿En qué circunstancias lo hizo? Es una novela que se inscribe dentro de una tradición y recoge las resonancias de voces que fueron importantes para mí (Antonio Márquez Salas, Gustavo Díaz Solís, Rómulo Gallegos y el Guillermo Meneses de Campeones). Para mí era importante conciliar las formas de expresión con las historias. En Iniciaciones, un texto de reconocimiento vital, hay una búsqueda manifiesta en los fragmentos de un absoluto existencial: la adolescencia y el tema de la adolescencia. En ella todavía podemos encontrar un paisaje que nos es común, un territorio interior compartido. Fue mi tercer libro editado y daba continuidad al tránsito y a la consolidación de una voz que se reconocía (la mía), y necesitaba contar de cierta manera.
Sexo, violencia, turbiedad pueden asociarse a Iniciaciones. Si vamos al detalle, cada uno de estos elementos puede asociarse a la historia de cualquier persona, en mayor o menor medida. Incluso a la vida de algunos santos. Ahora bien, esta novela, como lo dice su título, toma el registro de una etapa de la vida signada por estos tres elementos. La visión del adolescente es confusa y turbulenta en estos temas. Es un momento en que se cree que todo está claro, pero en realidad, todo está oscuro.
Ha declarado que el riesgo como una condición de su literatura. ¿Cuál fue el riesgo en Iniciaciones? Iniciaciones le daba continuidad a mis primeros dos libros. Sin embargo, forzaba un poco más la barra en el aspecto formal. Allí estuvo el riesgo y sobre todo en tratar de concertar las tentaciones de ruptura estilística con las necesidades de reconciliación, buscar el equilibrio, la sensatez, comprendernos insertos en la modernidad sin perder las perspectivas del país que fuimos, que somos, o que vamos siendo. Esto incluye a la Hispanidad como una patria de lengua común y de tradiciones compartidas. De mi generación se dijo que hacíamos nuestra la voz de la urbe. En esta novela hay una vuelta de la urbe hacia la provincia y de la provincia hacia las grandes metrópolis: una ciudad está en un país de una o dos ciudades, un país de pueblos, deshabitado, de grandes migraciones y ese país y esa ciudad a su vez están en el mundo. Los personajes de la novela se mueven en estos escenarios.
¿Cuál es su relación con la tradición literaria de su país? Yo me reconozco en la tradición literaria venezolana que en algún momento fue leída en España. Cuando hablo de ella, estoy hablando de Rufino Blanco Fombona, Teresa de La Parra, Rómulo Gallegos, Miguel Otero Silva, Julio Garmendia, Guillermo Meneses, Salvador Garmendia, Oswaldo Trejo, Antonia Palacios, Adriano González León, José Napoleón Oropeza, Ednodio Quintero, Eduardo Liendo y Denzil Romero, entre otros muchos. Ahora trabajo muy cómodamente junto a otra gente de mi generación y leo con detenimiento a los que están comenzando a publicar.
¿Qué deudas lectoras tiene presentes en relación a otros países? Soy un hijo de lo que se llamó el boom literario latinoamericano. Lo digo sin rubor. A partir de ellos llegué a la literatura universal y a partir de ellos aprendí a comprenderla.
¿Qué significado tiene para usted publicar en España? Mucho. España sigue siendo el centro integrador de la Hispanidad. Es un mercado más grande, hay lectores generosos y el trabajo editorial es profesional. Para hablar en términos beisboleros: es como pasar a las grandes ligas. Porque en España hoy día nos reencontramos todos.Su vida en Venezuela no parece fácil. Ha manifestado opiniones contra Hugo Chávez. ¿Qué dificultades tiene? -Esta pregunta es difícil de responder, creo que han caído muchos referentes en estos últimos años. Mi vida se ha vuelto difícil en la proporción en la que el Estado y el Gobierno o un proyecto político se han confundido, en la medida en la que la modernidad ha perdido espacios y todo pareciese reacomodarse como en el siglo XIX o principios del siglo XX, a los caprichos de una figura fuerte o a la del famoso tirano necesario. En Venezuela el Estado, desde hacía tiempo, no sólo regulaba y controlaba el quehacer de sus ciudadanos, estamos hablando incluso antes de la era Chávez, de un Estado omnipresente y con recursos, la famosa chequera venezolana. Mis dificultades son aquellas que produce una actitud crítica y de disenso en una situación como la que estoy describiendo. Disentir en este país lo convierte a uno en realista, vendepatria o traidor.
¿De qué manera la inestabilidad en el caso de Venezuela repercute en su literatura? Este es un Estado muy rico. Las editoriales y las instituciones culturales están supeditadas a él. Un Estado que es a la vez el proceso o el caudillo. Esto es una gran limitante. Sin embargo, a muchos esta situación nos ha estimulado a aprender a continuar siendo; nos ha llevado a hacer apuestas en editoriales privadas, a buscar con más ahínco y determinación ediciones fuera del país, y a abandonar el regodeo endógeno que a veces permite un país donde una chequera petrolera sabe sobar, halagar y doblegar los egos.

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