El refugio de lo invisible


 A la promo 58 del Colegio Mater Salvatoris


Soy profesor de Literatura y, desde hace un par de semanas, mis alumnas han estado exponiendo a los poetas más emblemáticos del Romanticismo europeo, desde su origen hasta Balzac, Stendhal y Flaubert, puentes hacia las orillas del Realismo. En lo personal, ha sido un viaje a un momento muy importante de mi vida. Una época en la cual leí a estos poetas con devoción, casi irracional. Mucho de aquellos versos quedaron grabados en mi pensamiento y mis sentimientos. Escucharlas a ella ha sido un viaje hacia lo más interior, no solo de mi memoria, sino de mi espíritu. Precisamente sobre esto último quiero trazar algunas líneas y dedicárselas a ellas. Espero que pasen por aquí y lean lo que sus exposiciones han resucitado. Versos que contrastan radicalmente con este mundo que vivimos y del que quisiera huir.

En la actual era de la hiperconexión, donde la subjetividad parece haberse desplazado hacia la superficie de las pantallas y la identidad se construye mediante la validación algorítmica, el Romanticismo europeo emerge como una especia de farmacia espiritual, como un maravilloso hospital para el corazón y la sensibilidad. Frente a la transparencia obligatoria de la cultura digital, los poetas románticos proponen una vuelta a la interioridad; ese espacio inexpugnable donde el espíritu dialoga consigo mismo y con el infinito.

Mientras el universo superficial de lo digital exige una vigilia constante y una iluminación artificial de la vida privada, poetas como Novalis y Gérard de Nerval, por ejemplo, lanzan la invitación a recuperar el derecho al misterio. Novalis, en sus Himnos a la Noche, eleva la oscuridad no como ausencia de luz, sino como la verdadera patria del espíritu. Frente al día del racionalismo (y hoy, del dato procesado), la noche romántica es el espacio donde el yo se expande hacia lo absoluto. Por su parte, Nerval desdibuja en Aurélia la frontera entre el sueño y la vigilia. En una cultura que patologiza lo que no es productivo, Nerval reivindica el onirismo como una forma de conocimiento superior, sugiriendo que la verdadera realidad no está en la red externa, sino en la segunda vida del inconsciente.

La cultura algorítmica se ha caracterizado por la inmediatez y la obsolescencia programada de la atención. Contra este vértigo, poetas como Alphonse de Lamartine y John Keats proponen la contemplación como acto de permanencia. En los versos de El Lago, Lamartine intenta detener el flujo del tiempo a través de la memoria emocional. Su interioridad no busca consumir el instante, sino habitarlo. Keats, a través de su concepto de capacidad negativa y su Oda a una urna griega, nos enseña a permanecer en la incertidumbre y el misterio sin la necesidad frenética de alcanzar certezas técnicas. Frente al clic que busca respuestas inmediatas, Keats ofrece la belleza de la pregunta suspendida.

La identidad digital suele ser una máscara de perfección y éxito. Heinrich von Kleist representa, en este sentido, la antítesis de esta construcción; es decir el individuo enfrentado a la fragilidad de su propia razón y a la intensidad de sus impulsos. Su interioridad es un campo de batalla; sus personajes no son perfiles optimizados, sino seres agónicos que buscan una verdad auténtica, aunque esta los conduzca al abismo. Kleist nos recuerda que el dolor y la contradicción son más humanos que cualquier interfaz de usuario.

La interioridad romántica se proyecta hacia lo trascendente como respuesta a la finitud de lo material o, si se quiere, lo digital. Pienso, por ejemplo, en el italiano Leopardi, en su poema El Infinito en el cual utiliza un obstáculo físico —un seto— para desencadenar la imaginación. Es precisamente en la limitación donde el espíritu crea el espacio infinito. En un mundo donde Google Maps busca cartografiarlo todo, Leopardi defiende el valor de lo invisible. Percy Shelley, magnífico poeta de la libertad, verá en la interioridad una fuerza revolucionaria. Su imaginación es un motor de transformación. La Oda al Viento del Este es el clamor de un espíritu que, al reconocerse parte de una fuerza cósmica, se niega a ser domesticado por las estructuras sociales o tecnológicas de su tiempo.

La vuelta a los valores del espíritu que propugnaron estos poetas no es un retroceso nostálgico, sino una vanguardia de la sensibilidad. La cultura digital nos ofrece la ilusión de una conexión total, pero a menudo a costa de nuestra profundidad. La interioridad romántica nos enseña que el yo no es un conjunto de datos para ser procesados, es, más bien, un abismo fértil. Frente al ruido incesante de la información, el Romanticismo nos devuelve la capacidad de soñar, callar y contemplar. Recuperar a Novalis, Keats o Leopardi hoy es, en última instancia, un acto de resistencia. La decisión de habitar el propio espíritu antes que la propia pantalla o, como escribió Robert Frost, escoger el camino menos transitado, el camino que marca la diferencia. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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