A causa de su condición intrínseca el Poder necesita, en términos generales, establecer distintas formas de control social. Las disciplinas artísticas, por su misma constitución, se resisten a la domesticación y se construyen en la ruptura con el dogma. La literatura en particular, cuya materia es la palabra, nada en el océano del lenguaje. Y el Poder nunca ha tolerado la multiplicidad de sentidos propia de la palabra. Siempre ha preferido las nomenclaturas. Ahora bien, con qué herramientas cuenta el Poder para neutralizar el carácter disuasivo que ejerce la literatura sobre los dogmas por él establecidos. Quizá sean muchos más pero enumeraré sólo tres: la censura, la sacralización y, finalmente, la inedición. La primera es la más conocida y, por cierto, la más burda; los ejemplos al respecto superarían largamente el espacio estipulado para estas líneas. La segunda será, quizá, el objeto de la próxima entrega. Por ahora me detendré en la última: la inedición. Parece una verdad de Perog...