Martha Nussbaum y las emociones políticas


 

Muchos son los que afirman que Mozart es el compositor más importante de todos los tiempos. No tengo forma de afirmar lo contrario, aunque no se encuentre entre mis compositores favoritos. Sin embargo, lo que definitivamente sí estoy en capacidad de señalar es que Mozart es una emoción poderosa que me abruma casi siempre que lo escucho. En gran medida, esta experiencia la vivo de manera consciente desde que leí con enorme placer el libro Emociones políticas, de la filósofa norteamericana, Martha Nussbaum. Nussbaum es una de las filósofas más influyentes y premiadas de la actualidad. Profesora en la Universidad de Chicago y su obra destaca por rescatar el papel de las emociones y la ética clásica para aplicarlas a los problemas políticos y sociales contemporáneos.

Ella nos ha mostrado una manera muy particular de contemplar las emociones. A diferencia de otros filósofos que ven las emociones como "impulsos irracionales", Nussbaum sostiene que son juicios de valor. Señala que emociones como la compasión, el miedo o la ira tienen una base cognitiva. Nos dicen qué cosas consideramos importantes para nuestro bienestar. En Emociones políticas: ¿Por qué el amor es importante para la justicia? (2013), Martha Nussbaum aborda una laguna crítica en la teoría liberal contemporánea. Cómo sostener una sociedad justa frente al egoísmo, el miedo y la exclusión.

La estabilidad de la justicia

Pudiéramos señalar que esta es la tesis central del libro. La premisa de Nussbaum es que incluso la sociedad más perfectamente diseñada, con las mejores leyes y una constitución impecable, fracasará si sus ciudadanos no están emocionalmente comprometidos con los principios de justicia. Comprende que las leyes no bastan; se requiere de una psicología pública que cultive emociones prosociales. La justicia es un proyecto frágil que debe competir con impulsos humanos naturales como el narcisismo y el miedo al otro. Nussbaum parte de una base aristotélica; el ser humano es social, pero también es profundamente vulnerable, y esa vulnerabilidad genera miedo, y el miedo es el gran enemigo de la democracia. Una sociedad puede tener leyes de igualdad, pero si los ciudadanos sienten asco o desconfianza hacia ciertos grupos, esas leyes jamás se aplicarán con justicia.

Para contrapesar esos impulsos, Nussbaum entiende que el Estado y la cultura deben fomentar activamente emociones prosociales. No se trata de lavado de cerebro, sino de crear un ecosistema emocional que sostenga la justicia. Sostiene que el arte y la literatura son herramientas políticas. Al leer una novela, entramos en la vida de alguien diferente a nosotros, lo que rompe nuestro narcisismo y nos permite ver al otro como un igual.

El papel del amor

No se refiere al amor romántico privado, sino a un amor cívico. Se trata de la capacidad de ver a los conciudadanos como seres humanos completos y no como abstracciones o amenazas. Este amor genera la motivación para sacrificarse por el bien común (pagar impuestos, apoyar programas sociales). Distingue claramente el concepto del amor al de la pasión romántica. El amor cívico se parece más al concepto griego de eros (como energía creativa y deseo de unión) pero tamizado por la compasión. Recalca con tenacidad el carácter excluyente y privado del amor romántico, mientras que, el amor cívico, es inclusivo y se dirige hacia el extraño. Significa mirar a un conciudadano —alguien que piensa distinto, que vive en otra región o que pertenece a otra clase social— y reconocer que su vida tiene la misma profundidad y vulnerabilidad que la propia.

Nussbaum plantea una pregunta pragmática: ¿Por qué alguien aceptaría pagar impuestos altos para financiar la educación de hijos ajenos o la salud de desconocidos? La lógica dice que es justo, pero el egoísmo (o narcisismo primario) dice que es una pérdida. Solo cuando sentimos un vínculo de afecto y preocupación por el florecimiento de los demás, el sacrificio por el bien común deja de verse como una carga impuesta y empieza a verse como un compromiso ético deseado. Una sociedad que se basa únicamente en el cumplimiento de normas por temor al castigo o por un frío sentido del deber es frágil. Si veo el pago de impuestos o el respeto a la diversidad como una carga impuesta por el Estado, en el momento en que pueda eludir esa carga sin ser visto, lo haré. Para que el sacrificio (tiempo, dinero, privilegios) sea sostenible, debe pasar de la obligación externa al deseo interno.

Rescata la idea aristotélica de que cada ser humano tiene capacidades que deben desarrollarse para tener una vida digna. Cuando desarrollamos amor (entendido como una preocupación cívica intensa) por el otro, su bienestar se vuelve parte de mi propio bienestar. Si quiero que mi vecino florezca, el esfuerzo que hago para que él tenga salud o educación ya no me resta; me suma, porque mi yo se ha expandido para incluirlo a él. Por ello propone que el Estado y la cultura pública (el arte, los monumentos, los discursos) tienen la tarea de cultivar estas emociones. No basta con tener una buena Constitución; necesitamos una cultura que nos haga sentir que el éxito de la nación es el éxito de todos sus ciudadanos, especialmente de los más vulnerables.

Una voz entre otras voces

Nussbaum no inventa esta necesidad desde cero; se apoya en una tradición robusta. Para entender Emociones Políticas, hay que ver a Martha Nussbaum como una tejedora que une la filosofía antigua con la moderna para resolver un problema práctico: ¿cómo hacemos que la gente se preocupe por la justicia en el día a día? Nussbaum no inventa estas ideas de la nada; se apoya en tres pilares fundamentales.

En primer lugar, Aristóteles y la eudaimonia será la base de todo su pensamiento. De él toma la idea de que las emociones no son impulsos irracionales, sino juicios de valor. Nussbaum rescata la noción de que somos seres necesitados. Las emociones (como el miedo o la compasión) surgen porque reconocemos que cosas que nos importan están fuera de nuestro control. El fin de la política no es solo la riqueza, sino permitir que cada persona desarrolle sus capacidades. Si el otro es parte de mi esquema de vida buena, su florecimiento me importa emocionalmente.

En segundo lugar, Rousseau y el contrato social con quienes dialoga intensamente para señalar lo que le falta: corazón. Ella analiza cómo Rousseau, en Emilio, entendía que la compasión debe enseñarse. Para Nussbaum, el Estado debe fomentar una religión civil (sin dogmas religiosos) que una a los ciudadanos a través de símbolos y afectos comunes. Por otro lado, aunque Nussbaum es rawlsiana en su búsqueda de justicia, critica que la teoría de Rawls es demasiado intelectual. Ella argumenta que una sociedad bien ordenada no se mantiene sola; necesita emociones que contrarresten tendencias humanas negativas como el asco o la envidia.

En tercer lugar, el estoicismo y su defensa del cosmopolitismo, según el cual somos ciudadanos del mundo. Aceptará la idea de que todos los seres humanos tienen una dignidad igual que trasciende fronteras, pero rechaza contundentemente cuando los estoicos señalan que debemos ser apáticos (sin pasiones) para no sufrir. Nussbaum dice que esto es un error: si no sentimos nada por los demás, no tendremos motivación para luchar por la justicia. Ella propone un estoicismo moderado donde el amor cívico es el motor.

Finalmente, creo que hay que señalar que Nussbaum utiliza al psicólogo Donald Winnicott para explicar cómo el niño pasa del narcisismo a la preocupación por los demás. Señala que el arte y el juego son espacios donde aprendemos a ver a los demás como seres reales y no como herramientas. Por eso, defiende que una democracia sana necesita humanidades y artes.

Las bodas de Fígaro de Mozart

Martha Nussbaum utiliza la ópera Las bodas de Fígaro de Mozart (con libreto de Lorenzo Da Ponte) como un ejemplo magistral de cómo el arte puede cultivar las emociones necesarias para una sociedad justa y democrática. Por ello, mi señalamiento inicial. Nussbaum argumenta que la música de Mozart no es simplemente entretenimiento, sino que posee un profundo contenido político. En Las bodas de Fígaro, la música nivela las jerarquías sociales al otorgar a los sirvientes (Fígaro y Susanna) una complejidad emocional y una dignidad iguales o superiores a las de la nobleza (el Conde Almaviva). La genialidad de Mozart, según Nussbaum, reside en su capacidad para hacernos sentir empatía incluso por personajes con fallas. La música humaniza a los personajes, permitiendo que el espectador vea sus debilidades no con asco o juicio severo, sino con una comprensión compasiva que es vital para la convivencia cívica.

Analiza el final de la ópera (la escena del perdón) como un momento de amor cívico. La música de Mozart en ese instante transforma una situación de conflicto y humillación en una de reconciliación. Señala que este tipo de arte ayuda a los ciudadanos a superar su propio narcisismo y a reconocer la humanidad común, algo esencial para la estabilidad de las instituciones liberales. Mozart es presentado como un educador de la psicología pública. A través de la comedia y la belleza melódica, su obra entrena a los ciudadanos para reírse de sus propias pretensiones de dominio y para valorar la reciprocidad y el afecto sobre la dominación jerárquica. Mozart es un aliado de la justicia política porque su arte expande los límites de nuestra compasión y nos enseña a mirar al otro con el amor necesario para sostener una democracia pluralista.

Cerramos

El libro de Nussbaum es una respuesta directa al liberalismo político de John Rawls. Mientras Rawls se centraba en la estructura racional de la justicia, Nussbaum argumenta que la racionalidad no es suficiente para la acción. Sus aportes a la política contemporánea podrían ser superar la visión del ciudadano como un simple contratante frío y racional. Ofrecer una alternativa al uso del miedo y el odio en la política, proponiendo que el liberalismo también puede (y debe) ser emocionante. Explicar cómo cultivar la unidad nacional sin aplastar la diversidad, mediante un patriotismo crítico. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

Comentarios