Escuchar y ayunar

 


En su mensaje para el tiempo de preparación a la Pascua de 2026, titulado Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión, el Papa pide formas de “abstinencia concreta” como “desarmar el lenguaje” y cultivar la amabilidad, pero también escuchar la Palabra de Dios y el clamor de los últimos, y hacerlo juntos, en nuestras comunidades, abiertas a acoger a quienes sufren. S. S. León XIV recuerda que si la Cuaresma «es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios». La abstinencia de alimento es en efecto, un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión.

Tradicionalmente, el ayuno se ha vinculado a la privación de alimentos. No obstante, el Magisterio de la Iglesia, desde los Padres del Desierto hasta León XIV, ha insistido en que el ayuno físico es estéril si no va acompañado de un ayuno de la soberbia. San Juan Crisóstomo, por ejemplo, afirmó: «¿De qué sirve no comer carne si devoras a tu hermano?». Desde la mística, este ayuno se entiende como la kénosis o vaciamiento. No se trata de callar por incapacidad, sino de hacer silencio para que el otro pueda existir. San Juan de la Cruz nos recuerda que «Dios se comunica mejor en el silencio del amor». Ayunar de la palabra hiriente es, en esencia, ayunar del deseo de tener razón y de la pulsión de dominar al interlocutor mediante el juicio.

Para san Juan de la Cruz, el exceso de palabras es una forma de ruido del alma que impide la unión con lo sagrado. En su ascenso al Monte Carmelo, el santo propone el «nada, nada, nada». Aplicado a la palabra que lastima, esto significa ayunar del deseo de imponer nuestra propia verdad sobre la del otro. San Juan de la Cruz decía que «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio tiene que ser oída por el alma». El papa León XIV propone que, al ayunar de la réplica inmediata y del sarcasmo, creamos el espacio vacío necesario para que esa "Palabra Única" (el Amor) resuene en la comunicación humana.

Si san Juan de la Cruz mira hacia el interior, el filósofo contemporáneo Emmanuel Levinas mira hacia el Otro. Su pensamiento es la base perfecta para la nueva escucha que solicita el Santo Padre.  Para Levinas, el rostro del otro me dice: No matarás. Lastimar con la palabra es una forma de asesinato simbólico. La escucha que solicita León XIV es, por tanto, un acto de justicia: reconocer que el otro tiene un derecho absoluto sobre mí. El filósofo francés distingue entre lo dicho (el contenido, a veces erróneo o hiriente) y el decir (el acto de dirigirse a alguien). Escuchar cristianamente significa priorizar al ser humano que nos habla (el decir) por encima de sus errores o ideologías (lo dicho). Escuchar no es un intercambio de información, es ponerse al servicio del otro sin esperar nada a cambio, es la hospitalidad lingüística.

Escuchar no es solo procesar fonemas; es un acto ético. Hans-Georg Gadamer sugiere que «escuchar es dejar que algo se me diga». En el Evangelio, la escucha es el primer mandamiento (Shemá Israel). Jesús no solo oía; discernía el dolor detrás de la petición. La solicitud de León XIV nos invita a pasar de una escucha defensiva a una escucha hospitalaria. Escuchar para comprender, no para responder. Por eso, señala el Papa, la escucha de la Palabra en la liturgia educa al corazón para una escucha más verdadera de la realidad. Entre las muchas voces que atraviesan vida personal y social del hombre, las Sagradas Escrituras hacen capaz al ser humano de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta.

León XIV nos invita, de alguna manera, a comprender al lenguaje como un sacramento. En la tradición judeocristiana, el universo no surge de una explosión ciega, sino de una locución: «Dijo Dios...» (Gn 1,3). Este fundamento nos revela que la realidad tiene una estructura lingüística y que el ser humano, al hablar, participa del poder creador de la Divinidad. Sin embargo, cuando el lenguaje se utiliza para lastimar, ocurre una des-creación. León XIV convoca a devolverle a la palabra su dignidad sacramental.

El Evangelio de san Juan comienza con el himno al Logos: «En el principio era el Verbo». Aquí, la palabra no es aire, es Sustancia. Jesús es la Palabra que se hace carne, lo que significa que la comunicación humana es el lugar donde lo divino toca lo humano. «De toda palabra ociosa que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio» (Mt 12,36). Si Cristo es la Palabra, cada vez que hablamos, estamos administrando un fragmento de esa presencia. La mentira o el insulto son, en este sentido, una profanación del sacramento del encuentro.

Volvemos a san Juan de la Cruz para quien el silencio es el estribo de la música callada; para el sufismo de Rumi, las palabras son solo la orilla de un océano infinito. Meister Eckhart afirmaba que no hay nada en el mundo que se parezca tanto a Dios como el silencio. Solo cuando ayunamos de la verborrea defensiva, nuestra palabra adquiere el peso de la autoridad espiritual.

En la filosofía contemporánea, Martin Heidegger sentenció que «el lenguaje es la morada del ser». Si habitamos en nuestras palabras, una palabra que lastima es una casa en ruinas. El filósofo francés Paul Ricoeur, apunta hacia una "hospitalidad lingüística", como un esfuerzo por traducir el mundo del otro al mío sin violentarlo. En su obra Presencias Reales, George Steiner sostiene que todo acto de lenguaje es un empeño de trascendencia. Escribir o hablar es apostar a que hay Alguien escuchando.

León XIV recuerda que «para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad», en «comunión con el Señor» y siempre debe incluir «otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio». Por eso invita a todos «a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo».

«Empecemos a desarmar el lenguaje, enseña el Papa, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz, a mayor gloria de Dios. Paz y Bien para todos. 


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