El concepto del amor en san Francisco de Sales


Motor fundamental del alma humana, así concibió el amor san Francisco de Sales. En su obra cumbre, el Tratado del Amor de Dios, lo define con una precisión casi psicológica pero profundamente espiritual. Para el Santo de la Amabilidad, el amor es movimiento. No es algo estático; es la inclinación natural del corazón hacia lo que percibe como bueno. «El amor es el primer acto o principio de nuestra vida devota o espiritual, por el cual nos unimos a la bondad de Dios». Sales explica que este movimiento tiene dos fases principales que trabajan en conjunto: Amor de Complacencia es aquel que se deleita en el bien del otro. Amor de Benevolencia es que desea el bien del otro y busca su gloria.

Una de las mayores aportaciones de san Francisco de Sales es el concepto de devoción. Para él, la devoción no es rezar mucho o estar en éxtasis, sino simplemente un grado excelso de amor: si el amor es leche, la devoción es la crema. Si el amor es una planta, la devoción es la flor. En sus propias palabras, la devoción es una agilidad y una vitalidad espiritual que nos hace actuar por amor de manera rápida, activa y alegre. No es una carga, sino lo que hace que cualquier tarea (por mundana que sea) se vuelva sagrada.

Sales hablaba del éxtasis, pero no solo como un fenómeno místico de levitación. Para él, el verdadero éxtasis es salir de uno mismo (ex-stasis). Éxtasis de la oración: Elevar la mente a Dios. Éxtasis de la acción: Vivir una vida de servicio y entrega al prójimo. Él sostenía que de nada sirve tener visiones en la oración si después no se trata con dulzura al vecino o al empleado. El amor se prueba en la suavidad y la humildad.

Todo por amor, nada por la fuerza, este es el lema del espíritu salesiano. El amor de Dios es una invitación, no una imposición. Por lo tanto, el ser humano debe responder desde la libertad. San Francisco de Sales creía que el corazón humano no puede ser forzado; solo puede ser atraído por la belleza y la bondad. Su enfoque transformó la espiritualidad de su época (a menudo rígida y temerosa) en una vía de la dulzura.

El amor salesiano culmina en la indiferencia. No se trata de falta de interés, sino de amar tanto la voluntad de Dios que el alma está "indiferente" a si recibe salud o enfermedad, riqueza o pobreza, siempre que se cumpla lo que Dios desea. Es el descanso total del corazón en el amor divino.

Para Platón, el amor (Eros) nace de la carencia. En el Banquete, el amor es hijo de Poros (la abundancia) y Penia (la pobreza); amamos lo que no tenemos y deseamos poseerlo para ser felices. Es una escalera ascendente desde lo físico hacia la Idea de Belleza. San Francisco de Sales, en su Tratado del Amor de Dios, coincide en que el amor es un movimiento, pero lo redefine. Para él, el amor no es solo querer poseer, sino una complacencia: “El amor no es otra cosa que el movimiento, el flujo y el progreso del corazón hacia el bien”. — Tratado del Amor de Dios, Libro I, Cap. VII.

A diferencia del Eros platónico, que puede ser egoísta en su búsqueda de perfección, el amor salesiano es extático: busca salir de uno mismo no para llenarse, sino para unirse a la voluntad divina. Mientras Platón sube la escalera para contemplar la Idea, Sales la sube para abrazar a la Persona.

Aristóteles definió la Philia (amistad) como el querer el bien para el otro por el otro mismo. Sin embargo, Aristóteles dudaba que pudiera existir una amistad entre el hombre y los dioses debido a la enorme desigualdad entre ambos: “Cuando la distancia es demasiado grande, como la de Dios al hombre, la amistad ya no es posible” (Ética a Nicómaco). San Francisco de Sales rompe esta barrera. Su teología se basa precisamente en la posibilidad de la amistad con Dios. Él argumenta que la Gracia nivela el campo de juego.

San Agustín es, sin duda, el referente previo más importante para Sales. La famosa frase de Agustín, Amor meus, pondus meum (Mi amor es mi peso), sugiere que el amor es la gravedad del alma: nos lleva a donde pertenecemos. Sales adopta esta visión pero le añade un matiz de suavidad y equilibrio. Para Agustín, el amor es a menudo una lucha interna dramática entre la Caritas y la Cupiditas. Para Sales, el amor es una "fina punta del espíritu" que puede encontrar a Dios en medio de las tareas cotidianas. Es un amor más optimista y menos angustiado, orientado a la "devoción", que no es más que un amor ágil y ferviente.

En la modernidad, Kant separó el amor patológico (sentimiento) del amor práctico (deber). Sales se adelanta a esta distinción al hablar de la sequedad espiritual. Él sostiene que el amor más puro no es el que se siente con efervescencia emocional, sino el que se decide en la voluntad. Aquí se acerca al imperativo categórico, pero con una motivación diferente: no es la ley por la ley, sino la relación por la relación: “La medida de amar a Dios es amarle sin medida”, escribe.

San Francisco de Sales logra una síntesis magistral: toma la estructura del deseo de Platón, la benevolencia de Aristóteles y la dirección de Agustín, pero les añade una capa de accesibilidad universal. Su amor no es un concepto abstracto para filósofos en la academia, sino una realidad práctica para el hombre de mundo. El amor salesiano es, en última instancia, una unión de voluntades donde el ser humano no pierde su identidad, sino que la encuentra al decir al Bien Supremo. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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