Arquitectos de un universo simbólico. Retomando el camino de nuestra épica civil

 


Del corazón de la filosofía, muy especialmente desde la zona que le corresponde al estructuralismo y a la antropología filosófica, brota un concepto muy acariciado por mí, el universo simbólico. Este universo viene a ser el conjunto de significados, creencias y valores que permiten a una sociedad o a un individuo dar sentido a la realidad en su totalidad. Podemos afirmar, desde esta consideración, que al referirnos a él lo hacemos comprendiéndolo como dispositivo totalizador de la experiencia humana estructurada por la función simbólica. Levi-Strauss y Lacan lo describen como un sistema integral donde todo lo humano se organiza simbólicamente entre relaciones dialécticas, distinguiéndose del mundo natural o físico.

En esta misma línea de reflexión y partiendo de lo que exponen Peter Berger y Thomas Luckmann en La construcción social de la realidad (1966), la realidad no es algo objetivo y preexistente, sino que se construye socialmente mediante la interiorización de las normas, valores y roles que las instituciones sociales transmiten. En la Venezuela de la primera mitad del siglo XX, este universo no fue desarrollado de manera fortuita o accidental, sino que responde a una construcción deliberada de un grupo de escritores que comprendieron que una democracia no se sostiene solo con leyes, sino con un imaginario ético que transforme al habitante en ciudadano. Una transformación que quedó suspendida y pospuesta por haber asumido que el desarrollo de una sociedad era un asunto de progreso y fachada.

Las primeras décadas del siglo XX venezolano van a estar muy marcadas por la presencia estética de las generaciones del 18 y del 28, pero también por otras figuras que, sin ser parte de ellas, gravitaron a su alrededor, por ejemplo Rómulo Gallegos o José Rafel Pocaterra. De estas plumas nacerá no solo discursos literarios de vanguardia, sino un proyecto ético y moral que alimentará la construcción de un universo simbólico que granjearía el surgimiento de un nuevo hombre: el ciudadano, encargado de concretar el anhelo democrático soñado. Vamos a aproximarnos a tres figuras centrales de nuestro proceso cultural cuyas obras se ajustan de manera decidida a los conceptos desarrollados. Estas figuras son: Rómulo Gallegos, Mariano Picón Salas y Mario Briceño-Iragorry.

Rómulo Gallegos, el maestro de Venezuela y nuestro escritor más representativo. Su obra es una galería en la cual podemos ver con claridad el alma del venezolano, tanto sus luces como sus sombras. De su obra podemos destacar Doña Bárbara (1929), su novela más emblemática, desde la cual erigió una alegoría del destino nacional. A través de la confrontación entre Santos Luzardo y Doña Bárbara, busca representar la transición del caos instintivo (la barbarie) al orden institucional (la civilización). En sus líneas, cargadas de poesía fundacional, propone que el ciudadano venezolano debe ser el resultado de una pedagogía de la voluntad. Este será un concepto central en la novela que desnuda la sensibilidad educadora de Gallegos. Desnuda en las páginas de la novela una idea del ejercicio educativo que no ha perdido vigencia: no se trata solo de enseñar a leer o escribir, sino de la formación del carácter y la determinación para transformar una realidad salvaje en una civilizada.

Mientras Gallegos trabajaba en una ética del carácter, Mariano Picón Salas se encauzaba hacia una estética del espíritu. El merideño apostó por la edificación de un venezolano con espíritu universalista, que su mirada se aferrara a un horizonte más allá de las fronteras de nacionalismos estrechos. En Regreso de tres mundos (1959), Picón Salas advierte sobre el peligro de una modernización puramente material (el petróleo) sin una base cultural sólida. Comprendió a Venezuela como un proceso, una nación que se construye preguntándose constantemente quién es desde la alegría de comprender. Por ello, parece no haberse entusiasmado tanto con proyectos económicos o políticos que descartaran la conciencia y la promoción de una voluntad de destino.

Si Gallegos fue la esperanza y Picón Salas la lucidez, Mario Briceño Iragorry fue la conciencia moral. En este caso, el trujillano volcaría su proyecto simbólico en una obra que abrazaría con entusiasmo la idea de construir una sólida conciencia histórica. Este afán quedaría efectivamente esbozado en Mensaje sin Destino (1951), su obra más celebrada y cuya publicación casi le cuesta la vida en un atentado impulsado por el dictador Pérez Jiménez. Briceño Iragorry aborda en sus páginas, entre distintos temas, el fenómeno del petróleo, cuya irrupción representó para él un temor: que el venezolano se convirtiera en un comensal y no en un constructor. Apostó por un venezolano que enriqueciera su conciencia histórica basada en un cristalino y profundo sentido de continuidad que lo protegiera del surgimiento de nuevos totalitarismos.

Gallegos, Picón Salas y Briceño Iragorry, como buena parte de la intelectualidad de su momento, comprendieron la escritura como el corazón de un aula cuya pedagogía es simbólica y moralizante, que no se agotara en sí misma, sino que fuera camino hacia un humanismo cultural que iluminara y afirmara una sólida conciencia histórica de lo que sería el ciudadano, corazón viviente de la democracia. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


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