La profanación del rostro: El hombre ante el abismo de su propia desmesura (Shakespeare, Shelley y Orwell)
Escribir
sobre el límite es, en última instancia, escribir sobre lo que nos hace
humanos. Desde la mirada del personalismo católico, el hombre no es un
accidente de la materia ni un soberano absoluto de su destino, sino una
persona: un ser dotado de una dignidad sagrada que se descubre a sí mismo en la
relación con el otro y en el respeto a una verdad que lo trasciende. Cuando
William Shakespeare, Mary Shelley y George Orwell exploran la ruptura de los
límites éticos, naturales y sociales, no solo están narrando tragedias
literarias; están describiendo la herida que el hombre se infringe a sí mismo
cuando intenta ocupar el lugar del Creador o cuando reduce al prójimo a la
categoría de objeto.
En el teatro de William Shakespeare, el dramaturgo más profundo de la condición humana, el límite es el tejido mismo del orden moral. En Macbeth, la ambición no es vista simplemente como un defecto psicológico, sino como una transgresión ontológica. Al romper el límite ético del respeto a la vida y el límite social de la lealtad, el protagonista desgarra su propia identidad. Para el pensamiento personalista, el hombre solo es libre cuando actúa conforme a la verdad de su naturaleza; fuera de ella, la libertad se convierte en una prisión. Macbeth lo intuye en un momento de lucidez agónica: "Me atrevo a todo lo que puede ser propio de un hombre; quien se atreve a más, no lo es." (Macbeth, Acto 1, Escena 7).
Al atreverse a más, Macbeth deja de ser persona para convertirse en un fantasma de sí mismo. La consecuencia es esa soledad cósmica donde el tiempo pierde su sentido y la vida se vuelve un cuento contado por un idiota. Shakespeare nos enseña que el límite no es una cárcel, sino el contorno que permite que nuestra alma tenga una forma definida.
Por su parte, la joven Mary Shelley nos ofrece en su Frankenstein una advertencia profética sobre el desprecio a los límites naturales. Desde una perspectiva personalista, la vida es un don que se recibe, no un producto que se fabrica. Víctor Frankenstein comete el error de ver la biología como una mera técnica y al ser humano como un ensamblaje de partes. Al intentar "jugar a ser Dios", olvida la responsabilidad que conlleva la paternidad y la creación. Su criatura no es un monstruo por su apariencia, sino por el abandono de su creador, quien le niega el reconocimiento de su dignidad como sujeto. El propio Victor, consumido por su arrogancia científica, termina advirtiendo sobre la embriaguez del conocimiento sin conciencia: "Aprende de mí, sino por mis preceptos, al menos por mi ejemplo, cuán peligroso es adquirir conocimientos y cuánto más feliz es aquel que cree que su pueblo natal es el mundo, que quien aspira a ser más grande de lo que su naturaleza le permite." (Frankenstein, Capítulo 4).
En este querer ser más grande se esconde la deshumanización. Shelley nos muestra que, cuando el hombre desafía el límite natural para dominar la vida a su antojo, termina engendrando una soledad que ni la ciencia más avanzada puede consolar.
Finalmente, George Orwell, el cronista de la angustia del siglo XX, lleva la transgresión al plano social y espiritual en 1984. Si en Shelley la amenaza era el laboratorio, en Orwell es el Estado totalitario que busca borrar el último refugio de la persona: su intimidad y su capacidad de reconocer la verdad objetiva. El personalismo sostiene que la persona es un fin en sí misma, nunca un medio para un fin político. Orwell retrata el horror de un sistema que desafía el límite de la realidad misma para destruir la voluntad del individuo. O’Brien, la voz del sistema opresor, resume esta ambición satánica de control total: "El poder consiste en desgarrar las mentes humanas en pedazos y volver a unirlas en nuevas formas de nuestra propia elección." (1984, Parte 3, Capítulo 3).
Esta es la profanación definitiva. Al desafiar el límite de la libertad de conciencia y de la verdad compartida, el poder político intenta rehacer al hombre a su imagen y semejanza, eliminando lo que tiene de único e irrepetible. La consecuencia orwelliana es el vacío absoluto, un mundo donde el amor al prójimo es sustituido por el miedo al Gran Hermano.
En conclusión, estos tres autores, desde sus distintos siglos y sensibilidades, convergen en una verdad que el personalismo católico abraza con esperanza: el hombre es una criatura de fronteras. Aceptar nuestros límites éticos, reconocer nuestra dependencia de la naturaleza y proteger nuestra autonomía social no son actos de debilidad, sino de profunda sabiduría. El desafío a estos límites siempre termina en la pérdida del rostro humano. Shakespeare, Shelley y Orwell nos invitan, con la belleza de su prosa y la crudeza de sus visiones, a recordar que solo dentro del humilde marco de nuestra humanidad podemos encontrar la verdadera grandeza y la posibilidad de un encuentro auténtico con los demás y con lo sagrado. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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