martes, 2 de diciembre de 2008

HENRY MILLER, EGO Y DESEO. Por Xavier Quirarte

En el fondo, puedo ser muy tierno, muy cálido y, a la vez,cuando se me ocurre, puedo ser también tan frío y brutal como un monstruo. Existen en mí esas dos cosas. Soy una paradoja viviente.
Henry Miller.
Alto, extremadamente delgado, el anciano de rasgos orientales duerme con placidez. En un momento determinado, contrae el rostro, mueve los labios como si quisiera decir algo, pero no alcanza a pronunciar palabra alguna. Si en ese momento pudiéramos penetrar en su mente, veríamos que en sueños el hombre mira su reflejo en un espejo. Está a punto de afeitarse, cuando descubre que la imagen que le devuelve la superficie bruñida no es la suya. Sabe que está loco y su destino final, inevitable, será en un hospicio. Sin saber cómo, ahora el hombre está instalado en un asilo. Más que la locura, le aterra saber que se ha quedado solo. Solo.
El hombre abre los ojos y, por un momento, su afabilidad parece haberse agotado. Describir la pesadilla que continuamente le ha visitado desde hace una decena de años tal vez no es lo más recomendable para un corazón de 80 años. Pero, Christian de Bartillat sabe que el corazón del hombre que tiene enfrente es un músculo fuerte, correoso, hasta podría decirse que imbatible. A continuación, con esa mirada que parece sondear las profundidades del alma, el anciano deja que una sonrisa dibuje las palabras con las que describe su sueño más hermoso: "Debe ser un sueño sexual -dice la voz grave, en un francés que nunca ha perdido su acento estadounidense- pero no sé de qué forma, porque ahora, ya no existe el deseo, o mejor dicho, mis deseos están realizados. Buda dijo que debemos destruir el deseo pero, ¿cómo se le destruye? Hay que desear para poder destruir el deseo al que, al fin y al cabo, nunca se destruye. Está allí -es como el ego-, siempre permanece con nosotros".
Ego y deseo. A una edad en la cual la mayoría de los hombres son un manojo de enfermedades -reales o imaginarias-, Henry Miller no ha perdido ninguno de los dos atributos ni mucho menos su espíritu creativo. De Bartillat, que como resultado de una serie de largas entrevistas escribirá más adelante Conversaciones con Henry Miller (Barcelona, Granica Editor, 1977) constata que el anciano disfruta la vida, pinta y escribe, pero también se enamora, sufre y en ocasiones llora. Se sabe poseedor de la clase de sabiduría que sólo otorga una vida plena, una sabiduría que no deja de plantear dudas, preguntas.
La vida de Miller, nacido el 26 de diciembre de 1891, fue una constante lucha por mantener la libertad que aprendió a saborear desde que era niño, como lo recuerda en sus conversaciones con De Bartillat. "Podía corretear por el campo desde la mañana, deambular por las calles todo el día con mis amigos, volver a casa de noche, muy tarde. Nadie me preguntaba nada. Es lo que aprecio por encima de todo, mi libertad. La tuve muy temprano en mi vida y, desde entonces, siempre he luchado incansablemente por ella. La libertad es lo más precioso. Algo que ningún gobierno puede darnos: debemos crearla de nuevo, a partir de nosotros mismos".
Si algo atrae de la obra de Henry Miller -desde su Trópico de Cáncer hasta El libro de mis amigos- es su pasión desmedida, incontenible, cualidad que durante muchos años la sociedad estadounidense puritana redujo al término de pornógrafo. Durante tres décadas Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio fueron prohibidas hasta que el autor ganó el juicio que levantó el veto. En Genio y lujuria. Un recorrido a través de las principales obras de Henry Miller (Barcelona, Grijalbo, 1979), Norman Mailer habla del vacío crítico en torno a las aportaciones del autor de La crucifixión rosada. Señala que a pesar del indudable influjo de Miller sobre escritores como William Burroughs, Jack Kerouac, John Updike y él mismo, sólo se haya escrito "para adularle o para pulverizarle".
Sin embargo, dice Mailer, "Miller posiblemente ha ejercido mayor influencia estilística que cualquier otro autor americano del siglo XX, a excepción de Hemingway. Es lógico preguntarse si libros tan distintos como Almuerzo desnudo, El lamento de Portnoy, Miedo de volar y ¿Por qué estamos en Vietnam? hubiesen sido tan bien recibidos (o escritos con igual libertad estilística) sin la irrigación que Miller dio a la prosa americana".
El hombre que en vida sólo recibió un premio literario -el de libro del año en Nápoles por Como el colibrí, cuando contaba con 79 años- mantiene un sitio privilegiado entre los jóvenes que han aprendido a vivir a través de las páginas de sus libros, lectura que invariablemente se inicia con su Trópico de Cáncer. "Este no es un libro -escribe desafiante Miller apenas en las primeras páginas-. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza... a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonaré un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver".
El escritor regido por el signo de Escorpión -"siento más que la mayor parte de la gente, de una forma exagerada. Todo en mí es exagerado. Mis errores, mis sentimientos, mis ternuras, mi amor, todo se presenta en un grado extremo"- no conoce la mesura. Por eso, el primer encuentro con Trópico de Cáncer es definitivo para adoptar a Miller -y recorrer con él un mundo habitado por dioses y demonios- o para rechazarlo definitivamente. Es una obra viva, descarnada y, por tanto, contradictoria. Es, en palabras de Mailer, "un libro de horrores, pero lo leemos y nos sentimos felices. Porque en el horror hay honor, y metáfora en lo abominable. ¿Por qué? Sería imposible explicarlo. Tal vez porque los ánimos humanos son mucho más variados, autorregeneradores, robustos y astutos de lo que Hemingway supuso. En el fondo de las alcantarillas de la existencia en donde se cuece el cáncer, Miller rebullía".
Hay un Miller antes y después de Trópico de Cáncer. El hombre que había sobrevivido como librero, taxista, repartidor postal, sepulturero, vendedor de poemas de puerta en puerta, tabernero, corrector de galeras, mendigo, profesor de inglés y otros trabajos eventuales, a los 40 años descubrió en París su juventud. "Vivía por aquel entonces en París, y mi descubrimiento era que, en París, por fin podía yo ser joven, mientras que en Nueva York, a los veinte años, había sido completamente viejo". París también le permitió conocer a Anaïs Nin que compartía con Miller su horror por el arte con mayúscula y sería una pieza fundamental en su desarrollo como autor. "Cuando digo: Todo se lo debo a Francia, no es verdad. Anaïs es Francia. Para mí ella era Francia, me abrió los ojos, me instruyó. En los hechos le debo todo, porque sin ella, no creo que hubiera llegado a ser gran cosa como escritor".
El prefacio que Nin escribió para Trópico de Cáncer describe magistralmente la esencia de toda la obra milleriana: "He aquí un libro que, si tal cosa fuera posible, podría renovar nuestro apetito por las realidades esenciales. La nota predominante puede parecer la amargura, y hay en él amargura hasta la saciedad. Pero también contiene una salvaje exuberancia, una loca jovialidad, una gran fuerza verbal, un gusto extraordinario y, por momentos, un verdadero delirio. Un continuo vaivén entre todos los extremos, con desnudos párrafos que saben a descaro y dejan el regusto del vacío. Está más allá del pesimismo o del optimismo. El autor nos ha entregado el último frisson. El dolor ya no tiene más escondrijos secretos".
Como otros grandes autores, en medio centenar de obras Miller es creador de un gran libro: el libro de su vida. Una vida que por momentos es repetitiva pero no se agota. Alguna vez un astrólogo le comentó que él no era como los demás, pues pensaba en círculo. "Es verdad. Comienzo aquí, paro y vuelvo al punto de partida", confesaba. Sabedor de que la unión entre dos puntos no siempre es la línea recta, antes de retornar al punto de partida -para luego volver a partir-, deambula en diversas direcciones, hilvana historias que enriquecen la columna vertebral de su obra. Por eso eligió la figura del cangrejo para su Trópico de Cáncer. "El Cáncer es el cangrejo que puede ir en todas las direcciones y este cangrejo, que no está obligado a ir siempre recto, siempre me ha fascinado. Para los chinos era un gran símbolo: el de la combinación".
Resulta una idea tentadora pensar qué hubiera hecho Miller de haber sido músico, dado que por un tiempo se dedicó al piano. "Dejé de tocar a los 25 años -le contaba a Christian de Bartillat-. Me frené completamente y jamás pude volver a tocar. De modo que, hoy en día no sé tocar, pero dos veces por mes asisto a un curso especial que mi amigo Kimpo dicta para sus alumnos avanzados. El hace la crítica de su trabajo, les indica la manera en que deben tocar y, para mí, eso vale más que beber champagne. Simplemente es maravilloso, tan bueno para lo que escribo, para mi pintura y para todo; en todo caso, constituye una inspiración".
Miller consideraba a la música como un arte mayor. Así se lo hace saber a su amigo el fotógrafo Brassaï, autor de dos espléndidos libros: Henry Miller: tamaño natural y Henry Miller: duro, solitario y feliz, en una entrevista incluida en este último: "Renuncié totalmente. No tenía talento suficiente. ¡Pero adoro la música! Es algo más elevado que la pintura o la literatura... Tanto si debo escribir o pintar, trabajo mejor cuando escucho algunos de mis trozos favoritos. E incluso jugando al ping pong, la música me estimula".
La prosa de Miller está imbuida de un ritmo musical irresistible en el cual las palabras son como notas que desbordan el pentagrama, como un gran solista de jazz que cada vez que toca nos conduce hacia un territorio desconocido incluso para él. "Madame -escribe en El coloso de Marusi-, siempre hay dos caminos para tomar: uno, de regreso hacia el confort y la seguridad de la muerte, el otro, hacia delante, hacia ninguna parte". Impecable es su retrato sobre Louis Armstrong en el mismo libro: "Louis puso sus adorables labios gruesos en su trompeta dorada y sopló. Sopló una gran nota áspera (...) y las lágrimas salieron de sus ojos y el sudor le escurrió por el cuello. Louis sintió que traía paz y júbilo a todo el mundo".
La pintura constituyó también un fuerte aliciente en la vida de Henry Miller. Si la hoja en blanco podía convertirse en una obsesión, estar frente al lienzo siempre fue un placer. Esto lo llevaba a afirmar: "Cuando escribo, trabajo; cuando pinto, juego". Aunque en un principio en la escuela los maestros le pedían que se saliera del salón de clases porque en cuanto empezaba a pintar todos se reían, con el tiempo creó un estilo propio. Además, en momentos difíciles, sus cuadros le ayudaron a sobrevivir, pues los cambiaba por material de pintura, vino, comida, ropa o cuentas del dentista.
"Empecé a pintar alrededor de los veinticinco años, en Brooklyn, casi por la misma época en que empezaba a soñar con escribir -le contaba a De Bartillat-. La pintura se convirtió en algo muy importante en mi vida. En ella encuentro un trabajo creador que me hace feliz; puedo ver mi obra colgada de la pared y sentir placer. No sucede lo mismo con mis libros. Escribes un libro y lo olvidas. No tienes ganas de leerlo. Pintar es ver con ojos diferentes; es la diferencia entre ver y mirar. Para mí la pintura es más mágica que el hecho de escribir. Soy un pintor literario, aun cuando no pinto temas literarios, mi manera de abordarlos es diferente... La expresión es literaria, más que sensual. Me gustaría ser un buen pintor, un verdadero pintor, porque sostengo mejores conversaciones con los pintores que con los escritores."
Miller fue un hombre dedicado a sus amigos, casi ninguno célebre, salvo Anaïs Nin, Lawrence Durrell o Brassaï. En El libro de mis amigos, escrito a los 82 años, rememoraba a quienes, sin llegar a ser conocidos, fueron fundamentales en su vida. Escribe que su primer edén fue en el vientre materno -una de sus grandes obsesiones-, donde tenía "casi todo lo que uno puede desear... excepto amigos, y una vida sin amigos es indigna de este nombre". Las celebridades le tenían sin cuidado. "Es curioso, en mi vida, mis mejores amigos son unos cualquiera, gente de poca importancia -le confiaba a De Bartillat-. Ni un solo gran hombre. Creo que el escritor se alimenta de los cualquiera. Constituyen la materia prima. Hombres como Picasso o como Braque no podían darme nada, porque ya eran completos, genios que ya tenían todo en sí mismos, mientras que yo busco -como un dios-, busco aquellos que puedan inspirar algo. La gente siempre dice: ¡Ah! ¿Conoció a Picasso? ¿Conoció a Matisse? ¿Conoció a fulano o a mengano? Les digo: No, de ningún modo, solamente conozco a desconocidos, que son mis amigos. Aparte de Durrell, por ejemplo, mis amigos más íntimos no eran nadie. Siempre hablamos de los maestros, pero no los reconocemos. El maestro puede ser un vagabundo".
A su amigo Brassaï le debemos un retrato inmejorable del escritor: "Nunca olvidaré esa cara rosada emergiendo de un impermeable arrugado, el labio inferior carnoso, los ojos de color verde mar, ojos de marino habituados a escrutar el horizonte a través de la bruma, esa mirada tranquila, llena de serenidad -la mirada ingenua y atenta de un perro- emboscada tras unas gruesas gafas de concha, investigándome con curiosidad. Esbelto, nudoso, sin un gramo de carne de más, tenía el aspecto de una asceta, de un mandarín, de un sabio tibetano".
Pero este sabio tibetano suele ser motivo de escarnio por quienes dicen no encontrar el amor en sus obras. Cierto, Miller suele ser despiadado e implacable en cuestión de amores; puede pasar de un estado de exaltación de la mujer a uno de sometimiento o postrarse de las formas más humillantes. Tal vez no sea Amor con mayúscula, pero sí es el amor resultado de una relación real, con sus profundas contradicciones. Si a alguien amó en su vida fue a June Edith Smith, mujer que al incitarlo a dejar su empleo en la compañía telegráfica Western Union y viajar a París para convertirse en escritor, le dio las alas que su genio pedía a gritos.
June vive una relación profunda con Miller, al grado de aceptar compartir, ambos , la vida sexual con Anaïs durante algún tiempo, pero también habita en sus obras. Ya viejo, Miller le confesaba con amargura a Brassaï que June -de quien se divorció en la ciudad de México por carta poder en 1934-, vieja, sin dinero, vivía recluida en un asilo y desde allí le mandaba cartas de amor "sólo para decirme que sigue pensando en mí, en su `querido Val`". En Trópico de Capricornio confesaba su profunda devoción hacia June: "En esta tumba que es mi memoria, veo, ya sepultada, a aquélla a quien amé más que a cualquier otra, más que al mundo, más que a Dios, más que a mi carne, más que a mi sangre".
En esa larga serie de conversaciones con Brassaï que constituye Henry Miller: duro, solitario y feliz, le confesaba la importancia de June en su vida: "June era un ser excepcional y si yo no la hubiera conocido, quizá hubiese sido siempre un fracasado y nadie conocería mi nombre... También fue ella la que me proporcionó el tema principal de mis libros: Trópico de Capricornio, Sexus, Plexus, Nexus, ¿acaso existiría sin ella? Fue ella la que me llevó a París, la que me formó, la que literalmente me transformó. Por eso la he llamado MONA, ¡la sola, la única! Sólo ahora, examinando mi vida, puedo medir su grandeza y su abnegación".
Esto no le impidió buscar otros amores, de los que no siempre salía bien librado. Después de su separación de la pianista japonesa Hoki Tokuda, con quien vivió durante diez años, le comentaba a De Bartillat: "Uno de estos días me gustaría releer la historia de Goethe y su último amor. Me gustaría saber qué sentía él, aquel gran hombre, aquel gran europeo, cuando se enamoró de una joven muchacha que lo rechazó, justo en momentos en que todo el mundo lo consideraba un dios".
El destino lo puso entonces frente a la actriz Brenda Venus.
A los 84 años, la salud de Miller había minado. Durrell recuerda que había mantenido en secreto la serie de operaciones que le habían practicado. "Pero la vivacidad de su mente y de su corazón le hacían tan alegre y ligero que uno se engañaba creyéndole más joven de lo que era. Sólo al ver su cuerpo comprendí cuán y delgado se había quedado. Una arteria artificial, comoun pedazo de manguera, que le iba desde el muslo hasta el sistema cardiaco le palpitaba ominosamente en el cuello y el pecho. Y por si fuera poco estaba completamente ciego de un ojo y casi casi del otro".
Prácticamente relegado a su lecho, Miller encontró en Brenda Venus motivos suficientes para aferrarse a la vida. "Ella le permitió dominar sus enfermedades y degustar las delicias del Paraíso", escribe Durrell en el prólogo de Querida Brenda: las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus (México, Seix Barral, 1988). "Me gustaría poder escribirte en ruso, en azteca (sic), en armenio y en iraní -le dice en una de las misivas-. Porque eres ilimitada. Eres lo que los griegos llaman `nada en moderación`. Eres Mona, Anaïs, Lisa, tout le monde, todas combinadas. Fuego, aire, tierra, océano, cielo y estrellas".
A lo largo de esta selección de alrededor de las mil 500 cartas que le envió a Brenda, Miller lucha por mantenerse con vida y continuamente le agradece haberse encontrado con ella. "Estás prolongando mi contrato de vida", le escribe en una de ellas. "Aquí, como en sus libros autobiográficos, nos ofrece un completo retrato de sí mismo en el umbral de la muerte", anota su amigo Durrell en el prólogo del libro. Henry Miller, el amante cínico y despiadado, fallecía el 7 de junio de 1980 en su casa de Pacific Paladisades. Días antes, el anciano de rasgos orientales todavía mostraba el ardor de un amante joven, aunque sabía que la muerte rondaba. Tal vez por eso, en una de sus últimas cartas le pedía a Brenda: "No lamentes nunca este romance a mitad de tu joven vida. Los dos hemos sido bendecidos. No somos de este mundo. Somos las estrellas y el universo de más allá"

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