sábado, 6 de diciembre de 2008

EL SEXO Y LA HISTORIA. Por Federico Andahazi

La historia de la sexualidad es la historia de la humanidad. No existe frase más verdadera en su sencilla literalidad ni en su elemental carácter metafórico. Desde el libro del Génesis hasta el del Apocalipsis, desde el primero de los mitos que están en el origen de las grandes civilizaciones hasta las causas que las llevaron a su caída, la sexualidad ha sido el germen de la vida y la excusa ejemplificadora para explicar la decadencia y la destrucción. La historia de una nación sólo puede comprenderse si se conoce el entramado de relaciones sexuales que la gestaron. Así como los dioses antiguos, al mezclar sus cuerpos, engendraban hijos que fundaban naciones, sus terrenales descendientes establecían alianzas sexuales para unir reinos, multiplicar sus riquezas y extender dominios.
Los primeros relatos que habrían de fundar la historia de Europa hablaban de dioses voluptuosos, promiscuos y atormentados. Podría afirmarse que todas aquellas leyendas surgieron de la febril imaginación de los marineros y luego los poetas les agregaron el verso y la métrica. La cultura europea se originó en el Egeo y, desde allí, se fue expandiendo por las aguas claras del Mare Nostrum. De las profundidades de aquel pequeño mar que bañaba las costas de Grecia nacieron los héroes mitológicos, cuya épica máxima. La Odisea, fue una historia de navegantes. El viento del Mediterráneo soplaba con la vital inspiración de Hormero. Ese mismo viento era el que henchía las velas de los barcos que unían los puertos fantásticos con los reales.
Más allá de cualquier consideración política, más allá de sus miserias y ambiciones, el espíritu de Cristóbal Colón estaba hecho de aquella madera épica. Sin dudas, la del almirante genovés fue una de las mayores hazañas de la humanidad. Europa acababa de salir de las penumbras de la Edad Media e ingresaba, eufórica, en el Renacimiento. Fueron días luminosos que significaron, también, el renacer de una nueva sexualidad: los muros de los palacios e incluso los de las iglesias se plagaron de cuerpos desnudos como no se veían desde la Antigüedad, desde los tiempos de las Venus paganas. Por encima de cualquier juicio valorativo, no puede entenderse la aventura de Colón sino a la luz del pensamiento renacentista. No sólo la pintura se rebeló de pronto contra la llanura del lienzo en virtud del genio de Leonardo; el nacimiento de la perspectiva estuvo asociado a la nueva visión de la Tierra que, súbitamente, dejó de ser una superficie plana para convertirse en una esfera. Cabe preguntarse, sin embargo, si España tuvo Renacimiento. Probablemente no. A diferencia del resto de Europa, España continuó siendo medieval por obra y gracia de los Reyes Católicos. No fue casual que Cristóbal Colón no fuera español. Como tampoco resultó azaroso que el nombre que recibiera el nuevo continente estuviese destinado a homenajear a un florentino: Americo Vespucci provenía de la cuna del Renacimiento.
Suele pensarse, no sin cierta pereza reduccionista, que la llegada de los españoles significó el choque de dos culturas. Sin embargo, resultó mucho más que eso; no fue sólo una colisión entre dos mundos sino, más aún, entre dos universos: un conjunto de sistemas que, al tocarse, estallaron hacia adentro y hacia afuera. El «Nuevo Mundo» ni era nuevo ni se trataba de un mundo único: desde la espléndida Tenochtitlán, pasando por Chichén Itzá hasta la ciudad imperial del Cuzco, estas tierras eran un vasto y diverso continente de culturas tan diferentes que, en algunos casos, no llegaron a conocerse entre sí.
Los Andes fueron para las civilizaciones Inca, Azteca y Maya lo que el Mediterráneo para los europeos. Todo aquel que pertenecía a la montaña era habitante de la polis, estaba cerca del panteón imperial, era ciudadano de un Estado y vivía al amparo, cuando no bajo el yugo, de los grandes monarcas. Cuanto más lejos del cielo, cuanto más bajo respecto de las cumbres andinas, tanto menos organizados eran los pueblos. En las llanuras no había Estados, ni grandes ciudades, ni fastuosos templos, sino culturas simples basadas en la caza y la recolección. En este contexto, el territorio correspondiente a la actual República Argentina era por entonces apenas un suburbio remoto, muy alejado de los centros de decisión política de los grandes imperios.
Resulta cuanto menos curioso que, ante semejante diversidad y riqueza culturales, los europeos se hayan obstinado en ver tribus de bárbaros en las tierras descubiertas. Salvaje: tal fue el término con que el conquistador designó a todos los habitantes del «Nuevo Mundo». Salvaje: un calificativo terminante que borraba toda frontera entre los distintos pueblos nativos y, a la vez, levantaba un muro entre las civilizadas huestes de Cristo y esos idólatras que adoraban dioses de barro, semejantes a aquellos que despertaron la ira de Jehová en tiempos de Moisés. El mote de salvaje fue la coartada para imponer su ley. El invasor siempre precisó invocar algún fin noble para justificar su afán de dominación y apropiación. Civilizar, redimir, evangelizar, liberar han sido, desde siempre, los verbos en nombre de los cuales se han cometido las mayores ignominias. Si, tal como rezaban las Escrituras, la carne era el refugio del diablo y el vehículo del pecado, aquellos aborígenes que exhibían sus cuerpos sin pudor eran la prueba concluyente de que había que hacer cumplir La Palabra por estas tierras. La idea de que esos hombres y mujeres que andaban semidesnudos ejercían la sexualidad sin arreglo a ley alguna y cuya norma, si la había, era la promiscuidad, cuando no el incesto, fue el argumento más categórico para justificar la opresión y el saqueo. Si, como dijimos al comienzo de estas líneas, la historia de la sexualidad es la historia de la humanidad, tal vez en ningún otro momento esta afirmación haya resultado tan indiscutible y verdadera como en el proceso de la Conquista de América.

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