La hora undécima

 Por Valmore Muñoz Arteaga


A Antonio Pérez Esclarín

Mario Briceño-Iragorry es uno de los pensadores más importantes y determinantes del siglo XX en Venezuela. Su obra está, casi absolutamente, consagrada a indagar el alma del venezolano y de lo venezolano. Un hombre al que, sin la menor dificultad, puedo señalar como un prócer de la venezolanidad. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez, tan acariciada hoy por muchos, no solo lo envió al exilio, sino que, además, al no poder frenar su pensamiento activo y rector, mandó a asesinarlo un 8 de diciembre de 1954 en Madrid, donde sufrió como pocos la distancia de su tierra.

Cuando regresó del penoso exilio, acariciaba un sueño en su corazón. Soñaba con crear una universidad para hijos de obreros venezolanos, pero, ante el tamaño ciclópeo de su estatura moral, de lo que representaba como intelectual católico, de su transparente vida ética y moral, algunos quisieron aprovecharlo para el escarceo político y postularlo como candidato presidencial para dar inicio al camino democrático nacional. Briceño-Iragorry rechazó la oferta, dejando el trueno de su voz retumbando en el corazón de la historia local. El trueno que atravesaba la oscuridad de la noche bramó, los venezolanos hemos llegado a la democracia sin haber llegado.

La trayectoria que impulsaba la búsqueda de la propia realización de la persona humana como agente de cultura fue interrumpida abruptamente. Esto lo expone detalladamente en su libro La Hora Undécima (1956) en el cual afirma cómo el pueblo que ayer había hecho la libertad de un continente cambió su título de tanta excelencia por el menguado oficio de sordo tecnócrata, dedicado a la venta de hierro y petróleo. Un pueblo que fue seducido hasta la raíz de su ser por una ideología que se propagó desde el poder, cuyo acento radicó en el aspecto material de la vida, haciendo a un lado, sin rubor alguno, las necesidades morales y espirituales del hombre venezolano. “Hoy sobra lujo, escribe Briceño-Iragorry, sobra técnica, sobra comodidad, sobra todo lo que puede desearse en el orden material. En cambio, falta la palabra en la Venezuela sin luz de este trágico momento de su historia”.

Desgastados de sentido aglutinador, conceptos como pueblo, patria y tradición, se transformaron en canto de sirenas propio de campañas electorales que un pueblo, totalmente desorientado, siguió irracionalmente porque, y esto resulta positivo, algo muy dentro del venezolano sigue reconociendo en ellas las bases que potencian el progreso. Sin embargo, comprendió que el pueblo se encontraba en crisis, sin objetivos claros, sin saber hacia dónde camina. No supo, en esta hora undécima, sobre elementos que lo compacten y le den forma para tomar las decisiones necesarias, prudentes y pertinentes, dentro de su propia historia.

¿A qué llamamos hora undécima? En el Evangelio de San Mateo se nos narran las parábolas de Cristo. Entre ellas, resalta una en la cual se nos habla de la hora undécima. Se trata de la Parábola de los Obreros de la Viña: “Cuando llegaron los que habían sido contratados como a la hora undécima, cada uno recibió un denario. Y cuando llegaron los que fueron contratados primero, pensaban que recibirían más; pero ellos también recibieron un denario cada uno. Y al recibirlo, murmuraban contra el hacendado, diciendo: «Estos últimos han trabajado solo una hora, pero los has hecho iguales a nosotros que hemos soportado el peso y el calor abrasador del día». Pero respondiendo él, dijo a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero yo quiero darle a este último lo mismo que a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo que es mío? ¿O es tu ojo malo porque yo soy bueno?». Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos” (Mt 20,9-16).

La hora undécima se caracteriza no por la oscuridad, sino más bien por la misericordia divina porque es la luz de Dios que es más visible ante el trasfondo de la prevaleciente penumbra que significa la cercanía de la muerte. La parábola de la hora undécima dada por Jesús - el hecho que los trabajadores que trabajaban solo en la última hora reciban el mismo salario que los que han trabajado a lo largo del calor del día - se refiere claramente al progresivo aumento de la piedad divina en la medida que transcurre nuestra vida y nos acercamos a la muerte. Dios, ante nuestra eterna rebeldía y débil naturaleza, está dispuesto a perdonarnos hasta incluso el momento antes que exhalemos nuestro último aliento, aun cuando muchas veces hayamos malgastado buena parte de nuestra vida, sin embargo, al final de ella, en la hora undécima, la misericordia de Dios se manifiesta de manera más clara aún, perdonándonos si estamos genuinamente arrepentidos.

Escribe sobre la hora undécima, Mario Briceño-Iragorry: “Entonces habrá sosiego y plenitud, cuando sobre el forcejeo de las diversas unidades políticas, asiente con sus blancas banderas la civitas pacis perseguida afanosamente por los hombres desde el puesto modesto de lo cotidiano. No ha pasado aún la hora propicia para ganar la plenitud que nos aboque con su presencia. Muchos han comenzado a trabajar con éxito antes que nosotros. Mientras que otros han labrado entusiastas la viña, nosotros nos hemos mantenido ociosos a la vera del camino. Sin embargo, a los jornaleros que empezaron a trabajar cuando era la hora undécima, les fue pagado su trabajo como si hubieran sido concertados mientras aún estaba el sol sobre la línea de los horizontes. Jamás es tarde para comenzar el buen trabajo. La hora undécima es propicia para ganar la plenitud de la vendimia. Nos urge solamente sabernos acompañados y unidos en el esfuerzo por ganar el buen éxito en nuestras irrenunciables tareas. Somos muchos, muchísimos los que aguardamos el buen aviso. Somos muchos, muchísimos los que estamos obligados a cumplir el mismo deber”.

Si bien es cierto, como pueblo, tenemos serias y profundas debilidades. Tenemos mucho por aprender de nuestros propios errores, de nuestra larga lista de aventuras políticas que terminaron siempre en trágicas frustraciones. A pesar de que ya es tarde, de que parece que no hay tiempo, de que todo está perdido, el maestro Antonio Pérez Esclarín me ha dicho, por medio de la vital pluma del padre Pedro Casaldáliga: “Es tarde, pero es nuestra hora. Es tarde, pero es todo el tiempo que tenemos a mano para hacer futuro. Es tarde, pero somos nosotros esta hora tardía. Es tarde, pero es madrugada si insistimos un poco”. No es tarde, estamos en la hora undécima y “jamás es tarde para comenzar el buen trabajo”, para dar la buena batalla (cfr. 2 Tim 4,7). Muchos errores hemos cometido como pueblo, pero no hemos llegado todavía a la hora de la desesperación sin remedio, si estamos con Cristo, entonces, somos nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas (cfr. 2 Cor 5,17). Corrijamos, volamos al sendero de los supremos valores democráticos y desde allí, y con la mirada puesta en el Corazón de Jesús, seamos obreros de la verdad rescatando a nuestro país. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


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