La hora undécima
Por Valmore Muñoz Arteaga
Mario
Briceño-Iragorry es uno de los pensadores más importantes y determinantes del
siglo XX en Venezuela. Su obra está, casi absolutamente, consagrada a indagar
el alma del venezolano y de lo venezolano. Un hombre al que, sin la menor dificultad,
puedo señalar como un prócer de la venezolanidad. La dictadura de Marcos Pérez
Jiménez, tan acariciada hoy por muchos, no solo lo envió al exilio, sino que,
además, al no poder frenar su pensamiento activo y rector, mandó a asesinarlo un
8 de diciembre de 1954 en Madrid, donde sufrió como pocos la distancia de su
tierra.
Cuando regresó
del penoso exilio, acariciaba un sueño en su corazón. Soñaba con crear una
universidad para hijos de obreros venezolanos, pero, ante el tamaño ciclópeo de
su estatura moral, de lo que representaba como intelectual católico, de su
transparente vida ética y moral, algunos quisieron aprovecharlo para el escarceo
político y postularlo como candidato presidencial para dar inicio al camino
democrático nacional. Briceño-Iragorry rechazó la oferta, dejando el trueno de
su voz retumbando en el corazón de la historia local. El trueno que atravesaba
la oscuridad de la noche bramó, los venezolanos hemos llegado a la democracia
sin haber llegado.
La trayectoria
que impulsaba la búsqueda de la propia realización de la persona humana como
agente de cultura fue interrumpida abruptamente. Esto lo expone detalladamente
en su libro La Hora Undécima (1956)
en el cual afirma cómo el pueblo que ayer había hecho la libertad de un
continente cambió su título de tanta excelencia por el menguado oficio de sordo
tecnócrata, dedicado a la venta de hierro y petróleo. Un pueblo que fue
seducido hasta la raíz de su ser por una ideología que se propagó desde el
poder, cuyo acento radicó en el aspecto material de la vida, haciendo a un
lado, sin rubor alguno, las necesidades morales y espirituales del hombre
venezolano. “Hoy sobra lujo, escribe Briceño-Iragorry, sobra técnica, sobra
comodidad, sobra todo lo que puede desearse en el orden material. En cambio,
falta la palabra en la Venezuela sin luz de este trágico momento de su historia”.
Desgastados de
sentido aglutinador, conceptos como pueblo, patria y tradición, se transformaron
en canto de sirenas propio de campañas electorales que un pueblo, totalmente
desorientado, siguió irracionalmente porque, y esto resulta positivo, algo muy
dentro del venezolano sigue reconociendo en ellas las bases que potencian el
progreso. Sin embargo, comprendió que el pueblo se encontraba en crisis, sin
objetivos claros, sin saber hacia dónde camina. No supo, en esta hora undécima, sobre elementos que lo
compacten y le den forma para tomar las decisiones necesarias, prudentes y
pertinentes, dentro de su propia historia.
¿A qué llamamos hora undécima? En el Evangelio de San
Mateo se nos narran las parábolas de Cristo. Entre ellas, resalta una en la
cual se nos habla de la hora undécima.
Se trata de la Parábola de los Obreros de la Viña: “Cuando llegaron los que
habían sido contratados como a la hora
undécima, cada uno recibió un denario. Y cuando llegaron los que fueron
contratados primero, pensaban que recibirían más; pero ellos también recibieron
un denario cada uno. Y al recibirlo, murmuraban contra el hacendado, diciendo:
«Estos últimos han trabajado solo una hora, pero los has hecho iguales a
nosotros que hemos soportado el peso y el calor abrasador del día». Pero
respondiendo él, dijo a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia;
¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero yo
quiero darle a este último lo mismo que a ti. ¿No me es lícito hacer lo que
quiero con lo que es mío? ¿O es tu ojo malo porque yo soy bueno?». Así, los últimos
serán primeros, y los primeros, últimos” (Mt 20,9-16).
La hora undécima se caracteriza no por la
oscuridad, sino más bien por la misericordia divina porque es la luz de Dios
que es más visible ante el trasfondo de la prevaleciente penumbra que significa
la cercanía de la muerte. La parábola de la hora undécima dada por Jesús - el
hecho que los trabajadores que trabajaban solo en la última hora reciban el
mismo salario que los que han trabajado a lo largo del calor del día - se
refiere claramente al progresivo aumento de la piedad divina en la medida que
transcurre nuestra vida y nos acercamos a la muerte. Dios, ante nuestra eterna
rebeldía y débil naturaleza, está dispuesto a perdonarnos hasta incluso el
momento antes que exhalemos nuestro último aliento, aun cuando muchas veces
hayamos malgastado buena parte de nuestra vida, sin embargo, al final de ella,
en la hora undécima, la misericordia de Dios se manifiesta de manera más clara aún,
perdonándonos si estamos genuinamente arrepentidos.
Escribe sobre la
hora undécima, Mario
Briceño-Iragorry: “Entonces habrá sosiego y plenitud, cuando sobre el forcejeo
de las diversas unidades políticas, asiente con sus blancas banderas la civitas pacis perseguida afanosamente
por los hombres desde el puesto modesto de lo cotidiano. No ha pasado aún la
hora propicia para ganar la plenitud que nos aboque con su presencia. Muchos
han comenzado a trabajar con éxito antes que nosotros. Mientras que otros han
labrado entusiastas la viña, nosotros nos hemos mantenido ociosos a la vera del
camino. Sin embargo, a los jornaleros que empezaron a trabajar cuando era la hora undécima, les fue pagado su trabajo
como si hubieran sido concertados mientras aún estaba el sol sobre la línea de los
horizontes. Jamás es tarde para comenzar
el buen trabajo. La hora undécima
es propicia para ganar la plenitud de la vendimia. Nos urge solamente sabernos
acompañados y unidos en el esfuerzo por ganar el buen éxito en nuestras
irrenunciables tareas. Somos muchos, muchísimos los que aguardamos el buen aviso.
Somos muchos, muchísimos los que estamos obligados a cumplir el mismo deber”.
Si bien es
cierto, como pueblo, tenemos serias y profundas debilidades. Tenemos mucho por
aprender de nuestros propios errores, de nuestra larga lista de aventuras políticas
que terminaron siempre en trágicas frustraciones. A pesar de que ya es tarde, de
que parece que no hay tiempo, de que todo está perdido, el maestro Antonio
Pérez Esclarín me ha dicho, por medio de la vital pluma del padre Pedro Casaldáliga:
“Es tarde, pero es nuestra hora. Es tarde, pero es todo el tiempo que tenemos a
mano para hacer futuro. Es tarde, pero somos nosotros esta hora tardía. Es
tarde, pero es madrugada si insistimos un poco”. No es tarde, estamos en la hora undécima y “jamás es tarde para
comenzar el buen trabajo”, para dar la buena batalla (cfr. 2 Tim 4,7). Muchos
errores hemos cometido como pueblo, pero no hemos llegado todavía a la hora de
la desesperación sin remedio, si estamos con Cristo, entonces, somos nueva
criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas (cfr. 2 Cor 5,17).
Corrijamos, volamos al sendero de los supremos valores democráticos y desde
allí, y con la mirada puesta en el Corazón de Jesús, seamos obreros de la
verdad rescatando a nuestro país. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
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