sábado, 20 de noviembre de 2010

Tiranías y Servidumbres de los Mundos Subyacentes. Por Michel Onfray

1

El ojo perverso del monoteísmo. Sabemos que los animales no tienen dios. Libres de religión, ignoran el incienso y la hostia, las genuflexiones y los rezos, no los vemos extasiados ante los astros o los sacerdotes, no construyen catedrales, ni templos, nunca los sorprendemos dirigiendo invocaciones a obras de ficción. Con Spinoza, imaginamos que si se crearan un Dios, lo inventarían a su imagen y semejanza: con grandes orejas para los asnos, una trompa para los elefantes y un aguijón para las abejas. Del mismo modo, pues, cuando a los hombres se les mete en la cabeza dar a luz a un Dios único, lo hacen a su imagen y semejanza: violento, celoso, vengativo, misógino, agresivo, tiránico, intolerante... En resumidas cuentas, esculpen su pulsión de muerte, el aspecto sombrío, y hacen de ello una máquina lanzada a toda velocidad contra sí mismos...

Pues únicamente los hombres inventan mundos subyacentes, dioses o un solo Dios: sólo ellos se prosternan, humillan y rebajan; sólo ellos fantasean y creen firmemente en historias inventadas con esmero para evitar mirar cara a cara su destino; sólo ellos, a partir de esas ficciones, construyen un delirio que arrastra consigo una retahila de disparates peligrosos y nuevas evasivas; solos, según el principio de la máxima estupidez, trabajan con ardor por la realización de lo que, sin embargo, esperan evitar más que nada: la muerte.

¿La vida les parece insoportable con la muerte como fin ineludible? Rápidamente se avienen a llamar al enemigo para que gobierne su vida; desean morir un poco, con regularidad, todos los días, a fin de creer, cuando llegue la hora, que les será más fácil morir. Las tres religiones monoteístas incitan a renunciar a la vida del aquí y ahora, con el pretexto de que algún día será necesario resignarse a ello: preconizan un más allá (ficticio) para impedir el goce pleno en la tierra (real). ¿Su combustible? La pulsión de muerte y las incesantes variaciones sobre el tema.

¡Extraña paradoja! La religión responde al vacío ontológico que descubre todo el que se entera de que va a morir un día, que su estadía en la tierra está limitada en el tiempo y que la vida se inscribe brevemente entre dos nadas. Las fábulas aceleran el proceso. Instalan la muerte en la tierra en nombre de la eternidad en el cielo. Por ello, arruinan el único bien del que disponemos: la materia viva de una existencia cortada de raíz con el pretexto de su finitud. Ahora bien, dejar de ser para evitar la muerte es un mal cálculo. Pues dos veces pagamos a la muerte un tributo que hubiese bastado con pagar una vez.

La religión surge de la pulsión de muerte. Esa extraña fuerza perversa en el vacío del ser trabaja para destruir lo que es. Donde algo vive, se expande, vibra, se mueve una fuerza contraria indispensable para el equilibrio que desea detener el movimiento e inmovilizar el flujo. Cuando la vitalidad abre caminos, cava galerías, la muerte se activa, es su modo de vida, su manera de ser. Echa a perder los proyectos de ser para destruir el conjunto. Venir al mundo es descubrir el ser para la muerte; ser para la muerte es vivir día a día el descuento de la vida. Sólo la religión parece detener el movimiento. En realidad, lo precipita...

Cuando se vuelve contra uno mismo, la pulsión de muerte genera todas las conductas de riesgo, los tropismos suicidas y las exposiciones al peligro; dirigida contra el otro, genera agresión, violencia, crímenes y asesinatos. La religión del Dios único se adhiere a esos movimientos: trabaja a favor del odio hacia sí mismo, el desprecio al cuerpo, el desprestigio de la inteligencia, la denigración de la carne y la valorización de todo lo que niega la subjetividad gozosa; proyectada contra el otro, fomenta el desprecio, la maldad y la intolerancia que dan lugar a los racismos, la xenofobia, el colonialismo, las guerra y la injusticia social. Una mirada a la historia basta para comprobar la miseria y los ríos de sangre vertidos en nombre del Dios único...

Los tres monoteísmos, a los que anima la misma pulsión de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio a la razón y a la inteligencia; odio a la libertad; odio a todos los libros en nombre de uno solo; odio a la vida; odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer; odio a lo femenino; odio al cuerpo, a los deseos y pulsiones. En su lugar, el judaísmo, el cristianismo y el islam defienden la fe y la creencia, la obediencia y la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el más allá, el ángel asexuado y la castidad, la virginidad y la fidelidad monogámica, la esposa y la madre, el alma y el espíritu. Eso es tanto como decir "crucifiquemos la vida y celebremos la nada".

2

Aplastar la inteligencia. El monoteísmo detesta la inteligencia, esa virtud sublime definida como el arte de unir lo que, a priori y casi siempre, parece desunido. Posibilita las causalidades inesperadas, pero verdaderas: enuncia explicaciones racionales, convincentes, basadas en razonamientos, y rechaza todas las ficciones fabricadas. Con la inteligencia, evitamos los mitos y los cuentos para niños. No hay paraíso después de la muerte, ni alma salvada o condenada, no hay Dios que todo lo sabe y todo lo ve: bien dirigida, y según el orden lógico, la inteligencia, atea a priori, impide el pensamiento mágico.

Los defensores de la ley mosaica, de las tonterías crísticas y de sus clones coránicos comparten la misma fábula sobre el origen de la negatividad en el mundo: en el Génesis (3:6) —tanto en la Tora como en el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana— y en el Corán (2:29), encontramos la misma historia de Adán y Eva en un Paraíso en el que un Dios prohíbe acercarse a un árbol mientras que un demonio incita a la desobediencia. Versión monoteísta del mito griego de Pandora, la primera mujer comete lo irreparable, sin duda alguna, y su acto propaga el mal por todo el planeta.

Ese relato, que en tiempos normales sólo sirve para engrosar la colección de cuentos o historias sin pies ni cabeza, ha tenido consecuencias considerables en las civilizaciones. Odio a las mujeres y a la carne, culpa y deseo de arrepentimiento, búsqueda de una reparación imposible y sometimiento a la necesidad, fascinación por la muerte y pasión por el dolor: otras tantas ocasiones para activar la pulsión de muerte.

¿Qué deja entrever esta historia? Un Dios que prohíbe a la pareja primordial comer del fruto del árbol del conocimiento. Sin duda, se trata de una metáfora. Fue necesario que los Padres de la Iglesia sexualizaran la historia, porque el texto es claro: comer ese fruto desengaña y permite distinguir entre el bien y el mal, por lo tanto, ser semejante a Dios. Un versículo habla de un árbol deseable para adquirir la inteligencia (3:6). No hacer caso de la imposición es preferir el saber a la obediencia, querer saber antes que someterse. Digámoslo de otro modo: optar por la filosofía contra la religión.

¿Qué significa la prohibición de la inteligencia? Todo se puede en ese magnífico jardín, menos volverse inteligente —el árbol del conocimiento— o inmortal —¿el árbol de la vida?—. ¿Qué destino les reserva Dios a los hombres? ¿La imbecilidad y la mortalidad? Sólo un Dios muy perverso sería capaz de ofrecer esos dones a sus criaturas... Alabemos, pues, a Eva, que opta por la inteligencia al precio de la muerte, cuando Adán no percibe de inmediato lo que está en juego en el Paraíso: la eterna felicidad del imbécil contento.

Después que la dama comió del fruto sublime, ¿qué descubrieron los desgraciados? Lo real. Lo real y nada más: la desnudez, sus partes pudendas, pero también, luego de la reciente adquisición del saber, su lado cultural, al menos sus potencialidades por medio de la creación de un taparrabos con hojas de higuera —y no de parra—... Y también el rigor de lo cotidiano, lo trágico de todo destino, la brutalidad de la diferencia sexual, el abismo que separa para siempre a hombre y mujer, la imposibilidad de evitar el trabajo pesado, la maternidad dolorosa y la muerte soberana. Una vez liberados, y para evitar la transgresión que permite acceder a la vida eterna —pues el árbol de la vida roza el árbol del conocimiento—, el Dios único, desde luego bueno, dulce, amable y generoso, expulsó a Adán y a Eva del Paraíso. Aquí estamos desde entonces...

Primera lección: si rechazamos la ilusión de la fe, el consuelo de Dios y las fábulas de la religión, si preferimos querer saber y optamos por el conocimiento y la inteligencia, entonces lo real se nos aparecerá tal como es: trágico. Pero más vale una verdad que mata de inmediato la ilusión y permite no perder del todo la vida sometiéndola a la muerte en vida, que una historia que consuela en el momento, sin duda, pero no toma en cuenta nuestro verdadero bien: la vida del aquí y ahora.

3

La letanía de las prohibiciones. No satisfecho con la prohibición de comer el fruto prohibido, Dios no cesó de manifestarse mediante interdicciones. Las religiones monoteístas no viven sino de prescripciones y de exhortaciones: hacer y no hacer, decir y no decir, pensar y no pensar, actuar y no actuar... Prohibido y autorizado, lícito e ilícito, aprobado y desaprobado, los textos religiosos abundan en codificaciones existenciales, alimentarias, de comportamiento, rituales, y otras...

Pues la obediencia sólo se puede evaluar de modo adecuado través de las prohibiciones. Cuanto más se multiplican, más numerosas son las posibilidades de fallar; cuanto más se reducen las probabilidades de perfección, más aumenta la culpabilidad. Y a Dios le viene bien —al menos al clero que se vale de él— poder manejar ese poderoso recurso psicológico. Todos deben saber, todo el tiempo, que tienen que obedecer siempre, conformarse a las reglas y actuar como es debido, tal como la religión manda. No hay que comportarse como Eva sino, igual que Adán, someterse a la voluntad del Dios único.

Por la etimología nos enteramos de que islam significa sumisión... Y no hay mejor manera de renunciar a la inteligencia que sometiéndose a las prohibiciones de los hombres. Pues oímos mal, poco o nada la voz de Dios. ¿Cómo puede manifestar sus preferencias alimentarias, rituales, de indumentaria, si no por mediación de un clero que impone prohibiciones y decide en su nombre qué es lo lícito y lo ilícito? Obedecer esas leyes y reglas es someterse a Dios, tal vez, pero, con mayor seguridad, a quien se apoya en su autoridad: el sacerdote.

En el Jardín del Edén, Dios hablaba con Adán y Eva, época bendita de relación directa entre la Divinidad y sus criaturas. .. Pero después de la expulsión del Paraíso, se rompió el contacto. De ahí proviene el interés de manifestar Su presencia en el mínimo detalle, en todo momento de la vida cotidiana, en el gesto más ínfimo... No sólo en el cielo: Dios vigila y amenaza en todas partes; también el diablo, pues, acecha en la sombra...

Lo esencial está en la anécdota: por ejemplo, los judíos tienen prohibido comer crustáceos, porque Dios siente repugnancia por los animales sin aletas ni escamas que, por añadidura, muestran el esqueleto en el exterior; del mismo modo, los cristianos evitan la carne el Viernes Santo —día célebre por su exceso de hemoglobina—; e incluso los musulmanes se cuidan de no saborear la morcilla. Vemos aquí tres ocasiones, entre otras, de demostrar la fe, la creencia, la piedad y la devoción a Dios...

Lo lícito y lo ilícito ocupan un lugar destacado en la Tora y el Talmud, no tanto en el Corán, pero sí en los hadit. El cristianismo —rindámosle honores a San Pablo, una vez al año no hace daño— no se hace cargo en absoluto de lo que, en el Levítico o en el Deuteronomio —entre otros textos que imponen prohibiciones mayores—, obliga, impide y coarta en todas las esferas de la vida: modales de mesa, los comportamientos en la cama, la cosecha, la textura y los colores del guardarropa, el empleo del tiempo cada hora...

Los Evangelios no prohíben ni el vino ni el cerdo, ni ningún alimento, como tampoco obligan a llevar una ropa determinada. La pertenencia a la comunidad cristiana presupone la adhesión al mensaje evangélico, y no a detalles de prescripción delirante. A ningún cristiano se le ocurriría prohibirle el sacerdocio a un individuo contrahecho, ciego, cojo, desfigurado, deforme, jorobado y enclenque, como Yahvé le pide a Moisés que tome en cuenta con respecto a los que consideren el culto como profesión (Levítico 21:16)... En cambio, Pablo conserva la manía de lo lícito e ilícito sólo en el campo sexual. En este punto, los Hechos de los Apóstoles muestran una íntima relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Los judíos y los musulmanes están obligados a pensar en Dios cada segundo de su vida. Desde que se levantan hasta que se acuestan, pasando por las horas de rezos, nada queda librado a la interpretación: lo que se debe o no se debe comer, la manera de vestirse, cualquier comportamiento, incluso el más insignificante a priori. No se permite el juicio personal o la evaluación individual: obediencia y sumisión. Negación de toda libertad de acción y declaración del reinado de la necesidad. La lógica de lo lícito y lo ilícito encierra al individuo en una cárcel donde la abdicación de la voluntad equivale a un juramento de fidelidad y a la demostración de comportamiento devoto: una inversión que se recupera hasta el último centavo, pero más tarde, en el Paraíso...

4

La obsesión de la pureza. La pareja lícito/ilícito funciona con el dúo puro/impuro. ¿Qué es puro? ¿O impuro? ¿Quién lo es? ¿Quién no lo es? ¿Qué individuo decide sobre eso? ¿Autorizado y legitimado por quién? Lo puro designa lo que carece de mezcla. Lo contrario de la aleación. Del lado de lo puro: el Uno, Dios, el Paraíso, la Idea, el Espíritu; en el lado opuesto, lo impuro: lo Diverso, lo Múltiple, el Mundo, lo Real, la Materia, el Cuerpo, la Carne. Los tres monoteísmos comparten esa visión del mundo y desacreditan la materialidad del mundo.

Sin duda alguna, es posible justificar una serie de impurezas que señala el Talmud, y que provienen de la sabiduría popular: declarar impuro el cadáver, la carroña, las secreciones de sustancias corporales, la lepra, es comprensible. El sentido común asocia la descomposición, la podredumbre y la enfermedad a riesgos y daños que pueden poner en peligro la salud de la comunidad. Contagiarse fiebres, contraer una enfermedad, generar una epidemia, una pandemia, propagar enfermedades de transmisión sexual, todo ello justifica el discurso preventivo y la medicina popular eficaz. Más vale prevenir que curar.

La impureza contamina: el lugar, el sitio, bajo la tienda, los objetos, a la gente, desde luego, pero también en la cercanía, las letrinas en las viviendas. La persona afectada corrompe, a su vez, todo lo que toca o con lo que entra en contacto, puesto que la purificación y las abluciones no ponen fin al estado de peligro colectivo. El médico encuentra medidas adecuadas para evitar la propagación del mal. Pero para otras impurezas el argumento profiláctico no se sostiene. ¿Qué arriesgamos al tocar a una mujer que tiene el período? ¿O a otra que acaba de dar a luz? Las dos son impuras. Cuanto más comprendemos el miedo a las secreciones anormales que pueden causar, en forma peligrosa, blenorragia, gonorrea o sífilis, tanto más nos preguntamos sobre el estigma de la sangre menstrual o el de la parturienta. A no ser que planteemos la hipótesis de que en ambos casos la mujer no es fértil y, por lo tanto, puede disponer libremente de su cuerpo y de su sexualidad sin exponerse al embarazo, un estado ontológicamente inaceptable para los rabinos, defensores del ideal ascético y de la expansión demográfica....

Los musulmanes comparten muchos de los conceptos judíos. Sobre todo, la fijación con respecto a la pureza. En el mundo entero, el cuerpo es impuro por el simple hecho de ser. De ahí surge la obsesión por purificarlo de modo permanente por medio de cuidados especiales: circuncisión, limpieza, rasurado de la barba y del bigote, corte del cabello y de las uñas, prohibición de ingerir alimentos no preparados en forma ritual, proscripción de todo contacto con los perros, prohibición absoluta de cerdo y de alcohol, por cierto, luego el rechazo enérgico de la materia corporal: orina, sangre, sudor, saliva, esperma y heces.

Una vez más podemos justificar, sin duda, todo eso de manera razonable —profilaxis, higiene, limpieza—, sin que sepamos por qué se prohíbe el cerdo y no la carne de camello: algunos plantean la hipótesis de que el cerdo fue el animal emblemático de algunas legiones romanas, un mal recuerdo in situ; otros se apoyan en el carácter omnívoro del animal que ingiere basura en lugares públicos. El odio al perro puede remitir a los riesgos de las mordeduras y la rabia; la condena del alcohol, al hecho de que las regiones calurosas parecen propicias a la pereza, al reposo y a la absorción inmoderada de líquidos, y por eso, más vale el agua o el té en grandes cantidades que las bebidas espirituosas, a causa de sus efectos. Para todo ello hay justificaciones racionales.

¿Pero por qué no contentarse con la práctica laica? ¿Cuál es la necesidad de transformar esas prevenciones de sentido común legítimo en reglas estrictas o leyes inflexibles, después de someter la salvación o la condena eterna al acatamiento de esas imposiciones? Que faltaba higiene en la limpieza personal, nadie lo discute, sobre todo en las épocas y regiones donde las cañerías, el agua corriente, los servicios sanitarios, las cámaras sépticas y los productos de desinfección no existían.

Pero varios hadit prescriben en detalle las modalidades de limpieza anal; no menos de tres piedras, ningún contacto con los desechos (!) ni con los huesos (!); no dirigir el chorro de orina en dirección a La Meca. Asimismo, prescriben los estados de pureza antes de la oración: no haber expulsado líquido prostático, gases, orina, heces, menstruación, por supuesto, y también, como causa de ruptura del vínculo con el islam, no haber tenido relaciones sexuales durante la regla de la compañera, ni relación anal, una vez más, debido al sexo separado de la procreación. .. Está mal visto el vínculo racional y razonable.

5

Mantener alejado el cuerpo. Las series de prohibiciones judías y musulmanas —tan similares— son sólo comprensibles a través de la asociación sistemática del cuerpo con la impureza. Cuerpo sucio, desaseado, cuerpo infecto, cuerpo de materias abyectas, cuerpo libidinal, cuerpo maloliente, cuerpo de fluidos y líquidos, cuerpo infectado, cuerpo enfermo, cadáveres, cuerpos de perros y de mujeres, cuerpo de desechos, cuerpo de inmundicias, cuerpo sanguinolento, cuerpo hediondo, cuerpo sodomita, cuerpo estéril, cuerpo infecundo, cuerpo detestable...

Un hadit enseña la necesidad de purificarse practicando abluciones. Afirma que cuanto más numerosas sean esas prácticas, mayor será la posibilidad de contar en el cielo con un cuerpo glorioso, en el sentido cristiano del término. El día de la resurrección, el cuerpo renacerá con marcas luminosas en los puntos de contacto con el tapiz de la oración. Cuerpos de carne negra y sombría contra cuerpos de espíritu blanco e incandescente. ¿Quién, entre las almas simples, puede querer amar la carne terrestre pecaminosa, cuando la esperanza de un anticuerpo paradisíaco se presenta como una maravillosa certidumbre ante el creyente que se somete a las lógicas de lo lícito/ilícito, según el principio de lo puro/impuro? ¿Quién, pues?

El ritual de purificación proporciona, igualmente, oportunidades de mantener alejado el cuerpo, como en el límite de sí mismo. Cada órgano ocupa su lugar en el proceso de oraciones organizadas y ordenadas con meticulosidad. Nada escapa al ojo de Alá. Habilitación de los materiales y del material utilizado —agua, piedras, arena, tierra—, numeración de los elementos, codificación ritual, inscripción de la anatomía en orden de disposición, escenografía de la reiteración de gestos: dedos, muñecas derechas, antebrazos, codos, tres veces, etc. No olvidar el talón, porque ese descuido conduce al Infierno...

Evitemos la simple lectura racional referida al mero deseo de limpieza. Si se trata de resguardarse contra las manchas de orina en la vestimenta y de utilizar para el aseo personal la mano con la que no se come, el argumento se sostiene. Pero éste se derrumba en cuanto examinamos el hadit que autoriza la purificación de los pies por encima de las pantuflas, según la expresión consagrada —y la traducción que utilizo...—, y vemos que también es posible la operación con las medias puestas. ¡Dios tiene, con seguridad, otras razones que las puramente higiénicas!

El entrenamiento del cuerpo en la purificación se repite en la práctica de la oración: cinco oraciones diarias, anunciadas por el muecín desde lo alto de su minarete. Ni pensar en disponer del tiempo para sí, tampoco del propio cuerpo; la hora de levantarse y la hora de acostarse dependen del llamado, también la manera en que transcurre el día, pues todo se suspende para la oración. Alineación para imponer el orden, la organización y la armonía en la comunidad. No hay mujeres. Los más viejos adelante. Prosternación del cuerpo según un código muy preciso: siete huesos deben quedar en contacto con el suelo: la frente, las dos manos, las dos rodillas, el extremo de los dos pies. No vamos a crearle dificultades al imán por naderías, pero un solo pie son cinco dedos; dos pies, diez y, podología mediante, sobrepasamos la teoría de los siete...

Algunas posturas están prohibidas, pues no son las adecuadas. Lo mismo vale para las inclinaciones y las prosternaciones: deben llevarse a cabo según las reglas. Ni pensar en que el cuerpo se entregue de lleno, pues debe dar fe de su sumisión y obediencia. No se es musulmán sin mostrar con celo el júbilo por someterse a los detalles. Porque Alá está en los detalles. Una palabra más: a los ángeles no les gustan el ajo ni las cebollas. Así pues, el musulmán evitará pasar cerca de las mezquitas con dichos bulbos en la chilaba. ¡Y más aún entrar con el albornoz lleno!

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