jueves, 15 de enero de 2009

EL ETERNO RETORNO DE HERMANN HESSE. Por Rubén Loza Aguerrebere

Alto y delgado, de rostro anguloso, con los lentes de aro redondo sobre los azules ojos enfermos, el tiempo fija, de Hermann Hesse, una imagen fresca y esencialmente joven.

La suya es una de esa figuras que no acusan los efectos del paso del tiempo, pues, aún ajándolas, la embellecen, ya que le añaden sabiduría, gravedad y hondura. Y la verdad es que desde 1962, cuando su existencia se apagó en la pequeña aldea de Montagnola, donde tomaron forma algunos de sus grandes sueños, el viejo maestro no ha dejado de interesar a los nuevos lectores. Especialmente a los jóvenes. Y por ello, y aún hoy, sigue ejerciendo un encanto especial, razón por la cual periódicamente sus libros retornan. Y los jóvenes a él. Es, por así decirlo, su acaso su contemporáneo.

Y bien, la noticia es grata para sus buenos lectores: acaba de publicarse un nuevo libro del escritor, titulado Relatos esenciales (Sudamericana); y, en este sentido, debemos consignar que las piezas que lo componen tienen una frescura casi matinal. Una vez más su clara visión del mundo se hace presente en atractivas historias que son un espejo de su río vital. Hermann Hesse ha cumplido, una vez más, con su eterno retorno. Desde su juventud tuvo una fe avasalladora en la literatura; no era un pasatiempo, para él, sino un oficio; un sentimiento pasional, que practicaba con su ser entero.

En estos relatos esenciales hallamos un sensible escritor que pinta con palabras paisajes, hombres y mujeres. Habla de recuerdos infantiles, de los jóvenes a quienes sorprenden las primeras agitaciones del amor, describe a figuras de la literatura e, incluso, se divierte contando sus propias andanzas como escritor/conferenciante. El libro tiene, en fin, la casta espiritualidad que, andando el tiempo, mostraría con más énfasis en sus obras más poderosas.

En su extensa vida, Hermann Hesse fue mostrando una comprensión cada vez más severa del hombre y del mundo. Así lo hacen notorio algunos de sus clásicos libros, como El lobo estepario, donde mostró que en el interior del hombre habitan muchos hombres, y sobre todo en El juego de abalorios, texto donde afinó su lengua al máximo y que, publicada en 1939, fue un paso decisivo hacia el Premio Nobel literario, que le fue concedido al terminar la guerra, en 1946.

Mientras los escritores de su generación se enredaban en las palabras, él se refugiaba (al igual que André Gide) en la sobriedad artística, que fue su sello enteramente personal, donde la precisión del lenguaje coincidía con las vivencias de las personas sobre las cuales escribía. Ello es por demás evidente así como delicioso en estos bienvenidos Relatos esenciales.

A través de estos relatos, que van desde 1904 hasta el año 1925, podemos seguir su crecimiento mental y espiritual, de la misma manera que advertimos el desarrollo estilístico. ¿Qué son? Pequeñas fotografías del alma, de un autor fiel a los horizontes que se abren hacia dentro, y cuyas sus historias, grandes o pequeñas, son claras y afirmativas visiones de los valores del arte, del pensamiento y de la vida.

Hermann Hesse recordó la bueno y olvidó lo malo; y escribió, siempre, a la sola luz de la candelita de su espíritu.

Hermann Hesse, Relatos esenciales, Sudamericana, Buenos Aires, 2003.

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