jueves, 15 de enero de 2009

EL MAPA POLÍTICO DE HERMANN HESSE. Por Paul Noack

La historia de recepción de Hermann Hesse es un ejemplo excelente de la comprensión alternante que muestran sus lectores; por cierto, es una comprensión que no sólo afecta al individuo lector, sino a colectivos enteros, a corrientes de la época y a posturas sentimentales. A lo largo de su vida - en primer lugar - fue prototipo de una juventud que sufrió bajo el yugo escolar del imperio. Además - en segundo lugar -, en la época de su Steppenwolf ("El lobo estepario"), en 1927, fue un representante temprano de la actual crítica de la civilización. En 1922, con su Siddhartha, pero también con su Morgenlandfahrt (""Viaje a Oriente"), publicada diez años más tarde, estaba considerado como un trabajador fronterizo que iba al país de la sabiduría oriental. Con su Glaseperlenspiel ("Juego de abalorios"), publicado en 1943 - en cuarto lugar -, pareció que recomendaba la salida de la autodestructiva vida activa europea que había llevado a dos guerras mundiales. De este modo - en quinto lugar - se convirtió después en una máxima figura de los hijos de las flores y los hippies de los años sesenta. En cualquier caso, así parece hoy, su imagen de la existencia individual humana que busca el camino de la plenitud por la vía del interior siempre estuvo en el centro de su interés, siendo por tanto una vía que apenas tenía en cuenta las realidades del entorno social y político.
Hesse debe su resonancia a esta imagen. Pero hay un malentendido de fondo si se le interpreta sólo en función de ella. Naturalmente que existe ese Hesse. Pero a lo largo de las décadas también existe el Hesse político. También existe el Hesse que se ocupó intensamente de las corrientes políticas de su época y de los estados en los que se representaba y se articulaba la política. Es necesario volver a situarle en primer plano porque, a pesar de los incansables y valiosos esfuerzos de su editor Volker Michels, hasta hace pocos años se difundía una moda de recepción que consideraba a Hesse como un poeta regional despreciable, intimista, pero limitado, incluso con aquel intimismo alemán que con el fortalecimiento de la sociología literaria se concebía como precursor del nacionalsocialismo. De hecho, en cierto modo Hesse es muy alemán, pero en el sentido que le dio Volker Michels cuando formuló lo siguiente: "Desde luego no era la sensibilidad política y la incorruptibilidad a lo que Thomas Mann se refería cuando escribió sobre Hesse: 'No hay nada más alemán que este poeta y la obra de su vida; nada más alemán en el sentido antiguo, alegre, libre y espiritual, a lo que el calificativo de alemán debe su mejor fama y la simpatía de la humanidad.' En este sentido no sólo es injusto - esto está a la orden del día en la competencia literaria y entonces habría que aceptar la sentencia -, sino simplemente incorrecto lo que escribió Gottfried Benn en el año 1946: "Hesse. Hombre de poca monta. Intimismo alemán que se presenta de forma colosal cuando en algún sitio se sufre o se inicia una ruptura matrimonial. En su juventud hizo algunos versos bonitos y claros. Al estilo de Thomas Mann. Por eso el premio Nobel encaja muy bien dentro de esta Europa empantanada."
Por eso intenté ya en otro lugar destacar las constantes políticas de Hermann Hesse. Este trabajo es en cierto modo una continuación y una ampliación del tema: son las constantes políticas de Hesse ejemplificadas en el entorno político en el que vive y que le agobia. Por sus reacciones se puede demostrar cómo en él la historia política, la historia de las ideas y también la crítica cultural constituyen una amalgama que no se puede disolver en cada caso concreto dentro de un ámbito limitado, pero que nunca se debería dejar de lado.
Las pruebas de ello son infinitas. Por mor de la claridad me limitaré en lo que sigue a sus cartas como fuente documental. En general, las cartas son la expresión no filtrada de lo que piensa una persona. ¿Qué diferencia un mapa político de otro físico? Es la nitidez de los contornos, son los colores claramente impresos, en los que las formaciones políticas que se llaman Estados no se diferencian por altos y bajos, por fecundos o estériles, por buenos y malos, capitalistas o comunistas, sino escuetamente por su tamaño geográfico. Las fronteras forman los dibujos, y no los fondos, no los sombreados, es decir, no el matiz, sino el contraste.¿Es eso también lo que diferencia el mapa político de Hermann Hesse de su mapa poético, es decir, no el matiz, sino el contraste? Sí y no. Como es natural, una valoración política, es decir, la valoración sobre un colectivo, un pueblo, una nación - los japoneses son... Gran Bretaña es... - siempre incluye también una generalización. El individuo (que por lo demás es la unidad básica del pensamiento de Hesse) se escapa fácilmente por las mallas, pierde su particularidad.
¿Es quizá por eso inadecuada al objeto la aproximación política generalizadora al objeto de la curiosidad científica que se llama Hermann Hesse? Naturalmente que no, pues es un hombre eminentemente político que desde esta perspectiva no fue honrado con frecuencia (aunque, por ejemplo Joseph Mileck, en su biografía publicada en idioma alemán, destaca cada etapa de la vida de Hesse también en el contexto político), y tiene su causa sobre todo en la afirmación muchas veces repetida por el poeta de que era un hombre profundamente apolítico, y fue creído sin discrepancia ni comprobación. Hesse es un excelente ejemplo de que la interpretación que hacen los poetas de sí mismos sólo se puede aceptar con precaución. Ahora bien, la estimación de sí mismo se basa en un malentendido especial, que se podría describir así: para ser un hombre apolítico es suficiente con no amar la política. Pero precisamente esto es insuficiente como definición. Para ser un hombre político - con simpatías y antipatías - es necesario sobre todo ocuparse de forma sistemática de las cuestiones políticas y sociales que apremian. Entonces no se pueden evitar las posturas ante ellas. No puede ser de otro modo. En este sentido, como hemos dicho, Hesse fue un hombre eminentemente político.
Pero los modelos del pensamiento político de Hesse no sólo se detectan en su contexto ideológico político. También se imponen en el contexto geopolítico. Por eso voy a documentar a continuación de qué modo los pueblos y los estados se reflejan en las afirmaciones de Hesse, tratando de comprobar hasta qué punto él se hace eco de los prejuicios en boga y hasta qué punto es originario u original, hasta qué punto - y esto es importante en este contexto - sabe separar las circunstancias espirituales intelectuales (es decir, las que no tienen lugar) de las observaciones (llamémoslas empíricas) en tiempo y espacio. Por lo tanto voy a tratar de seguir el rastro del mapa intelectual de Hesse en sus puntos de intersección con el mapa político. Por eso, en mi contexto no se hablará tanto del conocido hecho de que la obra de Hesse está impregnada de múltiples modos por influencias chinas e indias. Pero - como primer ejemplo de lo que pretendo decir - hay una frase del año 1911 que es interesante porque cultiva un criterio político genuino, cuando escribe: "Los [ ] indios son [ ] débiles y no tienen futuro. La impresión de absoluta fortaleza y futuro sólo la dan los chinos y los ingleses." De paso voy a resaltar dos zonas vacías en mi mapa político. No se rellenaron porque quedarían fuera del marco de la conferencia, por un lado, y, por otro, porque ya están suficientemente documentadas. En primer lugar es la relación de Hesse con Alemania y los alemanes, y en segundo lugar la relación de Hesse con Francia.
Con la cita de India y China se hace por primera vez referencia a lo claramente que Hesse sabe distinguir entre los logros culturales y de civilización de un pueblo o un Estado y sus manifestaciones políticas. Esta es una observación que se puede hacer a lo largo de las décadas. Si nos quedamos de momento en el gran trío de Asia, los chinos, los indios y los japoneses, es asombrosa la consecuencia que es capaz de sacar el poeta para separar la tendencia intelectual y la observación, la proximidad espiritual y la valoración política. Todavía en 1911, el mundo malayo y el indio (Ein Maskenball ["Un baile de máscaras"]) son el papel en el que se desarrolla su admiración por China: "El mundo chino me dio la maravillosa impresión de raza y cultura", dijo, pero ateniéndose completamente a la realidad cuatro años más tarde, en 1915, escribe con más conocimiento: "Los únicos en el mundo que tienen clara su meta y que la persiguen sin sentimentalismo son los japoneses." Sin embargo, por aquel entonces él confiaba en que los chinos, al igual que hicieran los griegos con los romanos, en principio vencerían intelectualmente a los japoneses. Esta valoración de Japón como la cultura menos original, pero más capaz de imponerse, la mantiene Hesse, apoyado por los hechos, durante muchas décadas, aunque muchas veces también con un acento negativo. Finalmente escribe en 1962: "Japón es el que más vorazmente consume mis cosas; aquella cultura está en plena disolución." Casi las mismas expresiones había utilizado ya 15 años antes, en 1947, para describir la situación de China. De China también escribió que estaba "en total disolución" y: "Pronto todos serán capaces de expresar sus aplanados impulsos e ideas en relaciones internacionales igual de aplanadas." Poco más tarde dice: "Desde que el comunismo, el nacionalismo y el militarismo se han hecho hermanos, Oriente ha perdido de momento su magia." Esa es también su última palabra por lo que respecta al contacto entre Oriente y Occidente. Los efectos de la influencia occidental se interpretan en conjunto como un aplanamiento de Oriente, como una occidentalización no motivada por nada, que tiene su causa en los desplazamiento del poder político, preparada por la época de entreguerras desde 1919 hasta 1939 y sellada con el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki en el año 1945.
Si nos quedamos un momento en China, en primer lugar se demuestra aquí, aunque no sea la única vez, con qué intensidad Hesse se hace eco de la escena internacional y también revisa sus juicios a lo largo de esta observación. Por ejemplo, en 1911 dice: "Sobre los chinos sólo se pueden decir grandes cosas [...] es un pueblo que impone", pero ya en 1925 relativiza este elogio porque, como él dice, "por mucho que se les admire, el espléndido orden moral es ajeno a los asociales." Finalmente, una frase del año 1955 suena como la despedida de una fascinación pasada: "Los chinos, en tiempos el pueblo más pacífico de la Tierra y más rico en proclamas antimilitaristas, se han convertido hoy en la nación más temida y despiadada. Han atacado de forma bárbara el sagrado Tíbet [...] y lo han conquistado, y continuamente amenazan al Tíbet y a todos los demás países vecinos."
Ya que omito Francia y Alemania, diré aquí algunas frases sobre la valoración de los británicos, de Gran Bretaña. Aunque en sentido contrario, también se someten a una valoración diferente. En conjunto les admira, sobre todo antes de la Primera Guerra Mundial. Pero al ascender al poder el régimen de Hitler, llega un cambio de tornas. En 1938 conmina a Inglaterra a que, en vista del "Tercer Reich", reconozca de una vez la verdadera situación política del mundo. Debido al tratado de Munich y a la política británica del "appeasement", destina a Chamberlain, que entonces era primer ministro británico, el epíteto de "burro viejo y dañino", que sin embargo se correspondía bastante con la situación de entonces. Más tarde, en 1946, saca únicamente a los ingleses del reproche de que los vencedores trataban a los demás en Europa "torpemente y de forma despiadada". Ese mismo año constata: "lo humanamente noble y digno de agradecimiento hace mucho tiempo que sólo se escucha ya de los ingleses." Aquí se ve lo siguiente: su rechazo a la moralización británica y su admiración por un pragmatismo europeo con tintes humanos mantienen su equilibrio a lo largo del tiempo.
Otra cosa sucede con los estadounidenses y los USA: el rechazo y la defensa se pueden seguir a través de casi todas las afirmaciones que hizo Hesse en relación con Estados Unidos como nación, los estadounidenses como pueblo, el 'american way of life' o la psicología política estadounidense. Sin ser injustos con él, se puede constatar que este rechazo de Estados Unidos y de los estadounidenses es una clave de crítica cultural, que se trataba de una abreviatura de los afectos generales contra la civilización. En pocas palabras, Hesse no ve en Estados Unidos otra cosa más que, en primer lugar, un comportamiento "europeo" excesivamente equivocado, y en segundo lugar ve que, para Europa, pueden convertirse en un peligro si ésta no quiere perder su identidad. "El" estadounidense sólo aparece titubeante en el horizonte del "europeo" Hesse, de modo que también la mención de los USA se produce de forma titubeante. Pero desde que se produce, el concepto tiene connotaciones negativas. Por otro lado, ya tras la Primera Guerra Mundial hace afirmaciones en las que distingue con nitidez entre lo que rechaza y lo que para él significa el aspecto subversivo estadounidense cara a Europa: "Los estadounidenses son un pueblo que más tarde nos habrá de devorar." El simplismo y la falta de espiritualidad son los atributos que aparecen una y otra vez desde los años veinte (y, dicho sea de paso, Hesse introduce precisamente en Steppenwolf ["El lobo estepario"] ingredientes de la civilización estadounidense - jazz, cine -, con asignaciones al menos ambivalentes).
En cualquier caso, en 1929 Hesse considera que el alemán moderno es "todavía más incómodo que el estadounidense" en su falta de espiritualidad, porque encima trata de jactarse de sus tradiciones. En 1930 añade sorprendentemente una reflexión al fenómeno en expansión de las "cartas en cadena", supuestamente con inspiración estadounidense, concretamente "sobre la impensablemente simplona e infantilmente ruda forma de pensar y de sentir del estadounidense, que en cuestiones de finanzas y de técnica es altamente refinado, pero en cuestiones de religión, de moral y del espíritu es un niño de tres años". Este exabrupto indiferenciado, porque se basa en prejuicios, tiene también sus efectos políticos. Así se explica por qué Hesse confía tan poco en Estados Unidos como potencia mundial después de 1945, cuando se trata de reordenar Europa. Su prejuicio adopta una figura en la afirmación de que probablemente los estadounidenses no saben 'lo que hacen o lo que deberían hacer'. Antes de terminar la guerra, durante la conferencia de Yalta de 1945, dijo: "Cuando leo cómo los estadounidenses quieren gestionar la futura Europa, recuerdo lo que dijo Confucio cuando estaba junto a un viejo chino: ¿no es ése el que sabe que no se puede hacer, pero lo hace? Sólo que el estadounidense no tiene ni idea de que está abordando algo que 'no se puede hacer'. Estas dos citas no son las únicas pruebas de una predisposición hacia un comunismo con tintes anarquistas. De ella se deriva el rechazo de un sistema político capitalista dominado por los grandes bancos, en el que - como ya dije - los USA son sólo una clave. Sobre todo, así se comprende que los USA en ningún momento fueron para él merecedores de una mención de alabanza. Estados Unidos es y sigue siendo para él un país con un estilo de vida excesivamente optimista, carente de reflexión, que - como ya mostró el ejemplo de las "cartas en cadena" - se ha difundido por todos los ámbitos de la vida, y con ello también domina en la política. Esto se aplica por ejemplo (1948) para la "estúpida idolatración de la juventud y lo juvenil, tal y como florece en Estados Unidos". En el año 1946 esto se valora como el "ataque ordenado de la barbarie contra nuestro Occidente moribundo", y en una crítica a Thomas Wolfe añade que "es demasiado americano, demasiado juvenilmente borracho de su propio mundo y dinámica". Al avanzar la edad, la valoración debida a la crítica de la época y la cultura se convierte en posturas políticas directas. Están alimentadas sobre todo por el temor a una futura guerra atómica y al maccartismo antisoviético que entonces se extendía. "En Estados Unidos", dice en una carta de 1955, "la gente que aboga por la paz y por la razón está tan proscrita como en el caso de usted." Lamentablemente su rechazo se fortalece por el hecho de que a mediados de los años cuarenta inicia una amarga disputa con el escritor Hans Habe, por aquel entonces oficial de prensa estadounidense, que le da otra vez alimento actualizado a su postura fundamentalmente antiamericana. Lo más extremo a lo que se atrevió desde entonces fue en 1961, es decir, poco antes de su muerte, cuando hizo una observación de este tipo: "Por suerte la América de hoy también tiene, además de la otra, rasgos interesantes."
Cuando el concepto anticapitalista del mundo que tiene Hesse se decolora sin ambages al aplicarlo a los USA como potencia política, en una época que pensaba de forma antagónica surge de modo automático la otra pregunta: ¿cuál era la postura de Hesse ante la otra potencia mundial, la Unión Soviética? Si bien su postura crítica está alimentada, por un lado, por un afecto anticapitalista, pero por otro lado también se dirigía hacia cualquier forma de poder estatal - ("Una indecente cantidad de poder malogra al ser humano indefectiblemente") -, entonces, al menos en cuanto al primer aspecto, en su caso la URSS lo tenía más fácil que los USA. Pero esto no indica que su postura frente a la URSS como Estado hubiese sido menos crítica que ante los USA. En 1956 fue una de las poquísimas veces que firmó una resolución política, una decisión contra la invasión soviética de Hungría, aunque no lo hizo sin expresar su valoración crítica de la relación entre el espíritu y el poder: "En general trato de evitar cuidadosamente la participación en estas acciones, ya que los exhortos y las protestas eternamente repetidos de los escribanos irresponsables en asuntos políticos tan sólo ponen aún más de manifiesto la impotencia de la razón, y debido a su frecuencia hacen que el dudoso valor de estas proclamas sea todavía más dudoso." El segundo reproche, el que hace al indecente exceso de poder, se lo hacía tanto a la URSS como a los USA. Si se siente la antipatía de Hesse hacia América como algo indiferenciado (los USA como clave del capitalismo), hay que señalar que él, que siempre estuvo próximo al ideal de un socialismo con rostro humano, nunca rindió homenaje a una adoración sin límites del socialismo de Estado de la URSS, como sí fue el caso durante los años treinta y cuarenta entre muchos otros intelectuales. Desde luego se sintió extraño en su mundo, y también lo achacaba a las circunstancias de su vida. Un ejemplo de esta enajenación es una carta del año 1922 que escribe a un amigo en Suiza: "Para mí, por ejemplo, la realidad del ambiente y la burguesía de Zug en la que viven es al menos tan fantástica, ajena e inconcebible como la Rusia soviética." Pero, con ello, al menos la Rusia soviética también se personifica como un extremo de lo que para él es extraño.
El rechazo incondicional de los USA se fundamenta en el hecho de que lo que venía de allí afectaba por vías indirectas a los círculos de su propia vida; por el contrario, la realidad soviética estaba lejana, era al mismo tiempo exótica. Y él siguió siendo extremadamente escéptico ante la voluntad soviética de paz. Por eso, después de la Segunda Guerra Mundial se negó sistemáticamente a intervenir en favor de las ofensivas comunistas de paz. Su argumentación también se mantuvo la misma: "Yo no soy amigo de América ni amigo de la guerra, pero tampoco soy amigo de la mentira ni de los innobles medios en la lucha política" (1951). Tampoco - escribió en 1950 - "lucharía por Truman ni por Stalin", sino que perecería con los millones de personas a los que ya no se les otorgaba ningún derecho a la vida ni al aire respirable. Incluso se vuelve contra interpretaciones de la historia contemporánea que ensalzan a Estados Unidos "porque mató a Hitler, pero callan el hecho de que al mismo tiempo armó a Rusia e inauguró la gran era del comunismo mundial" (1951). Con esta afirmación también piensa en el destino de Rumania, de la que procedía su esposa Ninon; sin embargo en él se encuentran con frecuencia similares valoraciones ambivalentes de la realidad soviética. Por decirlo una vez más: la animosidad visible y legible de Hesse contra los USA tiene su origen en que en ellos siente que hay un nuevo poder vital dominado exclusivamente por la técnica que, ya que son un espíritu del espíritu de Europa, es mucho más capaz que la URSS de poner en peligro las viejas tradiciones europeas. Para el poeta, a pesar de todas las limitaciones, constituyen el espacio vital y las ganas de vivir. Esto significa que el rechazo más bien instintivo de América y el temor a la amenaza y la destrucción de Europa son en él dos caras, las dos caras de la misma medalla.
Con esto llego al último capítulo: la postura de Hesse frente a Europa, ante la - si me permiten llamarla así - oportunidad europea (y sólo puedo hacer una referencia a la forma detallada con la que, sobre todo durante la Primera Guerra Mundial y después de ella, fundamentó el declive europeo en los errores del Viejo Continente). La posición de Hesse como mediador entre la ilustración occidental y su afirmación de un individualismo extremo, y una relativización oriental de lo individual basada en la meditación - "China es superior en todas las virtudes hermosas, calladas, pasivas" (1915) -, se muestra muy claramente en la valoración de su continente y de su gente. Por un lado realiza ataques contra la incapacidad de Europa para orientarse a sí misma. En 1917, en medio de la guerra mundial, opina ante el "europeo" Romain Rolland: "Tampoco 'Europa' es para mí un ideal; mientras las personas se maten entre sí bajo la dirección de Europa, cualquier clasificación de las personas me resulta sospechosa." Por otro lado ya experimentó pronto estados de ánimo que correspondían al fin de los tiempos. En su vejez todavía escribió: "Desde muy pronto pude oler el ambiente de declive occidental." Pero esto no lo dice con la satisfacción del profeta, sino con la nostalgia del descendiente. Por eso, cuando en 1956 escribe: "estamos sentados sobre las bellas ruinas de nuestra cultura occidental, probablemente como una de las últimas generaciones", no es su última palabra. Él tenía con este declive una relación extremadamente ambivalente, desde luego influida también por Oswald Spengler, una relación que oscila entre la aceptación de lo que históricamente es supuestamente necesario y la protesta contra este destino. El ocaso de Europa era para él, por un lado, una parte de aquel "muere y sé" de los pueblos, sobre lo que en una carta del año 1920 dice de modo ejemplar: el ocaso de Europa "no es, naturalmente, ninguna cuestión de terremotos o cañones o revoluciones, sino que para cada uno es el momento de decir sí a la muerte de los viejos ideales y al surgimiento de nuevos matices e ideales." Dentro de la estructura así determinada, desde la Primera Guerra Mundial había perdido la "fe en un futuro mejor", y la historia universal le parece una "decadencia paulatina de un orden que fue divino", y escribió: "la historia universal es una mujer salvaje." Nada de esto le impide descubrir esta Europa, que para él no podía ser ningún ideal "mientras los hombres se maten entre sí bajo la dirección de Europa" (1917), sobre todo hacia el final de su vida, para sí y para los ideales que representaba. No se puede precisar claramente de dónde procede esta re-conversión europea, si se puede llamar así. Probablemente fue la amenaza militar real de Europa, fue la amenaza que eso implicaba a una forma de vida a la que el poeta estaba estrechamente unido y que había ejercido durante décadas. Eso hizo que su posible pérdida, que parecía aproximarse, la sintiera como una pérdida mayor que la que había sentido antes. La posibilidad de pensar se había convertido en una posibilidad política, y con ello aumentó de nuevo la identidad entre él y Europa. Posiblemente Hesse, en las últimas décadas de su vida, reconoció que las formas de vida espirituales también necesitan un entorno político real en el que se les permita florecer. La esperanza de 1917 ("ex oriente lux") de una renovación procedente del espíritu de Oriente - "en el montón de escombros culturales sobre el que hoy estamos quiere crecer la religión, quiere crecer el arte. Estas voces admonitorias indican el retorno a Oriente, a Lao Tse y a Cristo", tras dos guerras mundiales perdió para él contenido de realidad en vista del cambio en las circunstancias de la política mundial.
Después está la decepción sobre lo otro, lo no europeo, sobre los soviéticos y los estadounidenses, lo cual le hace decir en 1946: "Mientras tanto, lo que quedó de Europa está siendo apisonado por USA y por los rusos. Espero morir sin haberles hecho a estas potencias la más mínima concesión" (1946). No lo hizo. El poeta cansado de Europa y fugitivo de Europa se vuelve a convertir al final en alguien que retoma una posible misión de Europa, que la articula y, así, ve una tarea de futuro para el Viejo Continente. En este sentido, el testimonio más hermoso se encuentra en una carta a Thomas Mann de 1945: "La Europa a la que me refiero no será un baúl de recuerdos, sino una idea, un símbolo, un centro de fuerza espiritual, igual que para mí las ideas de China, India, Buda y Kung Fu no son hermosos recuerdos, sino lo más real, lo más concentrado y lo más sustancial que pueda existir." Así, Europa obtiene de nuevo una tarea. Lo que aquí parece una sucesión equivalente se expresa de modo más acentuado un mes después de finalizar la guerra. Ahí se expresa en voz alta el temor a que la pérdida de Europa como fuerza independiente signifique más que la mera sustitución de un centro de poder por otro. "Si Europa realmente se perdiera y sólo se convirtiese en un recuerdo", escribió entonces, "se habría acabado también el humanismo. En el fondo no puedo creer en ello." Esto también hace que en 1945 pueda escribir lo siguiente: "Descubro, por primera vez de nuevo al cabo de décadas, impulsos de nacionalismo en mi pecho, aunque no es uno alemán, sino uno europeo." Eso es lo que quería decir antes cuando hablaba de la ambivalencia de la voluntad europea de sometimiento y alzamiento, sólo cinco o seis años después de un veredicto que no podía ser más fatalista: "Considero que el proceso de descomposición de la moral del Estado y la política de violación es imparable; no creo que ninguna nación y ninguna constitución del mundo estén seguros contra la caída o la violencia" (1940). La historia - que aquí estaba alumbrando la época nazi - le había enseñado algo distinto.
La fe en la opción europea, en la oportunidad europea, en la misión europea, siguió siendo para él la última palabra, él, que en sus años de juventud y de madurez tuvo que recoger experiencias fuera de Europa porque corría el peligro de ahogarse con lo que le rodeaba. Como ya cité, en los últimos años el anciano se enriqueció con las dolorosas experiencias que vivió por China - el ejemplo indio apenas debió consolarle -, es decir, se empobreció. Sigue siendo asombroso que hasta sus últimos días no se cierra a la experiencia política, ni tampoco a la experiencia de cómo el espíritu y la política de un pueblo y un Estado pueden ir por caminos tan dispares, que el mundo real es capaz de asesinar al mundo ideal, y cómo entonces el origen europeo insiste en su derecho al primer nacimiento. Desde luego está convencido de la necesaria reconciliación entre Oriente y Occidente. Y para él, uno de los primeros de su especie, que hoy llamamos ecologistas, el riesgo de asolación de nuestro planeta siempre se convierte en una pesadilla. Pero esto sería otro capítulo.
Resumiendo, para mí hay sobre todo dos conclusiones clave. La primera reza: al igual que en la observación y la valoración de las corrientes e ideologías políticas, se demuestra de nuevo que durante décadas Hesse (quizá aparte de su más temprana fase de formación) no sólo fue un observador de la escena nacional, sino también de la internacional, de las relaciones internacionales; desde luego no fue un observador profesional, pero sí uno muy vivo. Rara vez, aparte del caso de los USA, un prejuicio nubla su sentido de la realidad obtenido por la experiencia directa o la indirecta. En segundo lugar: la valoración de los Estados y las naciones se adapta bastante a los tiempos que corren, porque se obtiene de los tiempos que corren. Ya he hablado de la excepción de los USA. Aquí él percibía la amenaza por un parentesco - digamos - pervertido, mientras que comprendía y estimaba a muchos otros Estados y pueblos precisamente por sus estructuras espirituales polarizadas. Precisamente la observación del mapa político de Hermann Hesse permite por tanto sacar la conclusión de que la comprensión de este poeta como un ser apolítico se basa en un malentendido, que su mapa tiene un componente político genuino.

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