sábado, 15 de noviembre de 2008

NOTAS SOBRE D. H. LAWRENCE. Por Valmore Muñoz Arteaga

Al inicio de una de las novelas más importantes del siglo XX, su autor plantea la siguiente idea: “Nuestra época es esencialmente trágica, y precisamente por eso nos negamos a tomarla trágicamente. El cataclismo ya ha ocurrido, nos encontramos entre ruinas, empezamos a construir nuevos y pequeños lugares en que vivir, comenzamos a tener nuevas y pequeñas esperanzas. No es un trabajo fácil. No tenemos ante nosotros un camino llano que conduzca al futuro. Pero rodeamos o superamos los obstáculos. Tenemos que vivir, por muchos que sean los cielos que hayan caído sobre nosotros” Esta muestra incuestionable de vitalismo pertenece a la novela El amante de lady Chatterley del célebre David Herbert Lawrence.
La obra de Lawrence se encuentra entre las más originales y reveladoras en lengua inglesa. Una obra que se erige sobre la base de una vida realmente dramática y compleja. Proveniente de una sociedad dedicada a la minería, Lawrence influido por ese ambiente oscuro, no sólo logró conocer a los mineros de una forma bastante intensa, sino que su conocimiento se extendió hacia las mujeres de éstos, las habitaciones estrechas, la vida promiscua, la crueldad y la degradación, y el olor de los montones de escoria. La civilización moderna estorbó su espíritu, y no logró, como si lograrían otros contemporáneos, consuelo haciendo planes para nuevos mundos. Era una dolencia que no consentía un cuidado intelectual, pues el mundo moderno le parecía a Lawrence que había descompuesto la vida emocional del hombre. Incluso la pasión se había transformado en un subproducto escrupuloso de la inteligencia. Revelar de nuevo una corriente libre de vida inflamada se convertiría para él casi en una idea mística, pues en ella había algo a ejecutar al mismo tiempo que ostentaba arrojo y ardor.
Varias son sus obras con una importancia particular; sin embargo, entre ellas, tres resaltan como testimonio de un hombre abarrotado por las crisis del pensamiento que se manifestaba en una Europa trastornada y a punto de lanzarse a una de las aventuras más desquiciadas de su historia. Estas tres novelas son Hijos y amantes (1913), Mujeres enamoradas (1921) y El amante de Lady Chatterley (1928).

Hijos y amantes aparece en 1913, contaba Lawrence con 28 años. Vivía por entonces junto al lago Garda. La novela trata sobre la familia Morel que vive en la cuenca minera de Nottingham: la señora Morel está desilusionada con la vida que lleva con su marido y centra toda su atención en sus hijos, especialmente en Paul. Los vínculos entre madre e hijo se vuelven absorbentes hasta el punto de influir negativamente en las relaciones sentimentales de Paul con las mujeres. Es la historia de la relación del joven Lawrence con su madre, que lo dejó profundamente marcado, y de su malogrado amorío con Jessie Chambers, llamada Miriam en la obra. En 1921 Mujeres enamoradas, una especie de continuación de El arco iris. En esta obra se intenta expresar el ideal del autor del amor supersexual, una situación de ser puro, según el propio Lawrence: “el alma individual sobreponiéndose al amor y al deseo de unión, más fuerte que las angustias de la emoción”, y la recepción de la “necesidad de un constante intercambio con los demás, sin perder nunca su altivo aislamiento individual, aun cuando ame y se someta”. Cinco años después aparece entonces el libro más famoso de Lawrence El amante de Lady Chatterley. Cuando Lawrence la publicó en Florencia en 1928, faltaban 20 años para que Kinsey situara el puritanismo anglosajón ante el espejo de sus contradicciones y Masters y Johnson asintieran sus tesis. Pero lo que escandalizó a los guardianes de la moral no fueron sólo las sinuosas y minuciosas descripciones eróticas, sino sobre todo la trasgresión de los tabúes sociales. Lo peor no era que Lady Chatterley le fuera infiel a su marido entre los matorrales, sino que el objeto de sus pulsiones sexuales fuera un obrero de su finca. Otro aspecto de notable importancia en esta novela es que el acto sexual es visto, no sólo como una vulgar consumación, sino como una catarsis, una purificación del sexo y la vergüenza. Sin embargo, y como era lógico de pensar en el ambiente victoriano, la novela fue tachada como una especie de pasquín pornográfico y condenada deliberadamente por una sociedad ridícula e hipócrita. En esta novela se sintetiza, en una sola historia, todo aquello que escribió en sus libros anteriores. La diferencia de clases sociales entre la parejas (siendo siempre superior la de la mujer), la destrucción del hermoso mundo anterior para dar paso a la tierra de las minas de carbón, la exaltación del ser humano completo y natural en oposición al ser artificial y pragmático de los tiempos modernos, el protagonismo de la mujer y, principalmente, la insatisfacción sexual y la búsqueda constante del placer carnal como lo más importante en una relación hombre mujer. Ideas terriblemente revolucionarias que abriría el espacio que por años buscaba la mujer en el mundo, a pesar de que dudamos seriamente que ese fuera el deseo de Lawrence.
Lawrence fue, como lo plantea Alexandrian, un místico de la vida que tenía una religión de la salud física y moral; su fragilidad física cristalizada es una fuerte tisis que padeció lo llevó a comprender mucho mejor la importancia de un hombre sano. Implantó un tipo de culto al falo que no significó nunca alguna preeminencia del hombre sobre la mujer como se deja ver en algunas páginas de El Amante de Lady Chatterley: “Una mujer podía tomar a un hombre sin caer realmente en su poder. Más bien podía utilizar aquella cosa del sexo para adquirir poder sobre él. Porque sólo tenía que mantenerse al margen durante la relación sexual y dejarle acabar y gastarse, sin llegar ella misma a la crisis; y luego podía ella prolongar la conexión y llegar a su orgasmo y crisis mientras él no era más que su instrumento”[1]. Lawrence estableció una diferencia entre el pene y el falo. El primero era tan sólo el órgano personal de un hombre, mientras que el falo, se transformaba en símbolo universal de opulencia creadora. Asegura Alexandrian que, “El macho humano tiene un pene al nacer; pero sólo adquiere un falo por intermediación de una mujer. Y la mujer sólo realiza su personalidad despertando y explotando el poder fálico del hombre”[2]. Y este poder está muy por encima de cualquier pretensión humana, ya que es divino. El hombre es titular a pesar suyo y la mujer seductora a su pesar. En su teoría de la pareja, el hombre y la mujer son constitucionalmente diversos y deben mantener las diferencias. La pureza del sexo no es precisamente la virginidad como afirma la sociedad, sino un puro carácter macho del hombre, una feminidad pura en la mujer. El ideal de la humanidad no es la fusión de lo masculino y lo femenino, sino su perfecto equilibrio[3].

La obra de Lawrence fue una exacerbación del instinto frente a la razón, de la pasión vital frente al intelectualismo, de la espontaneidad frente al convencionalismo y la sumisión. Lawrence sería también un expatriado y de forma explícita, responsabilizaría de la infelicidad del hombre moderno a la hipocresía y falsedad de la civilización europea. Su desafiante vitalismo, no exento de resonancias criptofascistas -puesto que Lawrence veía en la democracia la forma política natural del gregarismo de los europeos- le llevaría a abogar por una liberación de los instintos primarios del hombre, y en concreto, del sexo, como vía hacia su plena realización y hacia su verdadera libertad. Por otro lado, y creo que con justa razón, Lawrence se conceptuó como un agente de un erotismo cristalino, saludable, muy lejano de esa figura que sus detractores asumen como un perverso o un pervertido.


[1] D. H Lawrence (1979) El amante de Lady Chatterley. Traducción de Bernardo Fernández. Círculo de Lectores. Bogotá : Colombia.
[2] Alexandrian (1989) Historia de la literatura erótica. Editorial Plantea. Bogotá : Colombia.
[3] Ídem.

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