domingo, 31 de julio de 2011

Irrealidad del hombre. Por Hesnor Rivera



El hombre ama lo irreal, ese mundo en donde, entregada la lógica al azar más puro, toda relación resulta sorprendente. De preguntarnos el por qué de esta apetencia, hallaríamos inmediata respuesta en cualquier explicación psicológica sobre evasión, angustia, frustración, todo en un orden sucesivo que desciende hasta las más improbables —léase bien, improbables— zonas relativas al instinto y al deseo. De preguntarnos el por qué, nos daríamos respuestas tan oscuras e improbables como oscuro e improbable es el mundo que nos mueve a la pregunta. Por otra parte, hay que cruzar tantos límites, limitarse tanto a través de este orden sucesivo de fenómenos, hay que tropezar y asimilar tanto fantasma poco acogedor, para hallarnos de nuevo y de improviso ante el mismo camino de evasión, hay que vivirse tantas veces en calidad de monstruo, de entidad irreal que huye de lo irreal anteriormente entrevisto, que al final resulta más inmediato y «razonable» entregarse de una vez por todas y con todo atenuante de ignorancia e inocencia, a esta extraña apetencia, a esto irreal que nos reclama.
El hombre ama todo aquello que le inspira temor y le hace refugiarse en sí mismo. Hemos escarbado en nosotros buscando un refugio. Un refugio significa una sombra que devora la nuestra y apaga los sentidos a la altura de los resquicios que les dan realidad hacia lo ilímite e inestable. La muerte es un refugio, es blanda y se la puede amar ligera y fácilmente, y el hombre desconfía y huye de las cosas fáciles. Para caber en ellas es necesario empequeñecerse demasiado.
El hombre ama lo irreal. Todo esto que lo está rodeando: los árboles, las casas, las ciudades, el mar, su propio cuerpo, no son más que proposiciones de la muerte. Fronteras de sombra frente a la rebeldía que aspira y que persiste en lo infinito y absoluto.
Porque lo primero fue abrir los ojos a la luz y encontrar en ella las cosas. Lo primero fue el anhelo de estar y ser en todo. Esto fue lo primero, lo de ahora y lo último.
Sin embargo, mucho después que lo primero, mucho después que ahora, pero siempre mucho antes de lo último, fue necesario engañarse, imponerse, como las cosas, ciertos límites, prohibirse, negarse, recortar la vida hasta hacerla alcanzar el tamaño de cuanto se eligiera como propio. Recortar la vida por temor a la vida.
El hombre ama todo aquello que le inspira temor y le hace refugiarse en sí mismo. Ama lo irreal porque lo irreal es la vida estando y siendo en todo.
De tal modo que lo irreal es la realidad bien pura y el hombre, una realidad en función de amor hacia lo irreal. Resignado a sus límites nada más que una torpe irrealidad, un cuerpo apenas relativo a la sombra y a la muerte.


Panorama, 25 de julio de 1957

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