martes, 11 de enero de 2011

Apuntes de un Resucitado (1949 - 1955) Por Hesnor Rivera


Apuntes de un resucitado

La noche abre las compuertas de los paseos amorosos.
Tu sombrilla es el techo de la ola de un mar atardecido siempre.
Déjame acariciar tus mejillas. Toco tu verdadero nombre –me has mentido.

Esa calle con aceras de tulipán se incendia.
La llama sube al repecho de la ventana. Canta una balada de sangrientas peleas.
Esa calle la trajo un marinero antiguo enamorado de los laberintos de coral.

Sin embargo tu piel brilla todavía. Tus cabellos
siguen la curva de tu espalda. Deslizan subrepticios meteoros.
Te encontré cuando ocultabas en tu seno la carta del noctámbulo
-está escrita con sangre. Llevo esta lámpara de altamar en las manos
Para leer todas las lágrimas sobre todo cuando la medianoche
Mueve hacia el sur su cola de dragón sigiloso. Su plumaje de bestia sagrada.

Ese parque con árboles negros tiene alas debajo de la hierba.
Cuando vuela hacia donde el diluvio ahoga praderas nunca vistas
los muertos entrechocan sus huesos y una vez más hay música.
Ese parque lo tejieron en el alba mujeres de luto.
Sonreían mientras los guerreros buscaban en el humo sus patrias.

Déjame acercar mis oídos a los tuyos. Escucharé el olvido.
Venías a contarles tu vida a los nativos que devoran luciérnagas.
Ellos lo abandonaron todo cuando el viento redujo a mariposas las hojas de plátano.

Cuando el rayo decapitó a los asnos hechizados por las altas palmeras.
Tus hermanos se quedaron en el bosque jugando con ardientes naipes
Cuando juntaste los retratos de todos y partiste sin llanto.

La pared tiene por dentro campánulas de un bosque inexistente.
Ellas le alumbran el rostro al caminante que golpea las puertas.
Pregunta por el nombre de un país que ya ha muerto en la memoria
pero donde sin duda los fantasmas saciaron para siempre el hambre.
La pared encubre a los ancianos de las guerras cuando esconden vasijas de oro.
Se organiza alrededor del caballo que se quedó en el centro después del asalto.

Después que los cujíes dejaron de alegrar los patios con sus cascabeles.

La noche desconoce los arcos. Los pasajes sin nombre.
Aposta a los mendigos bajo acacias cuyo follaje rojo los aísla del agua.
Corta máscaras azules para el rostro del viejo seductor.

Cuando te vayas tu sombra todavía pura permanecerá en el césped.
Yo la tomaré para llevarla a los solares donde murió mi infancia.
Cuando mueras tu sombra se poblará de hortensias y relámpagos.




Transparencia

Pero los días en que el sol sale alegre
como dispuesto a contar los secretos de un bosque.
Los días en que un árbol en los parques
es algo más relativo a los caminos
y a la lluvia que apaga los barcos en el mar.

No es necesario tener una ventana donde apoyarse
para sentir que el olvido
respira detrás de los ojos.

No es necesario anhelar ni tener nada.
Todo consiste en abrir hacia la luz la sangre.
En arrancarle unas llamas a la tarde.
Todo consiste en dejar que la estrella
se niegue a abandonar la arena
donde estuvo descansando la noche.

Y en el extremo más distante de una mirada entonces
la vida queda sola y pequeña
como una ciudad llena de cosas.




Reportaje de la Zona de los Espantapájaros


La serpiente se desenvuelve como el grito de un río
devorado por el ojo de las momias errantes.
La serpiente saca un ala de sus fauces de helecho.
Y es entonces cuando la tierra describe lentas órbitas
como un pájaro profundamente herido en la piedra del canto.

Nunca el viento semejante a las lunas de la selva
deja de arrastrar pedazos de eternidad en llamas.
Nunca en la ventana muere ese fantasma
de savia transpirante que se asfixia y se asfixia
y hace fulgurar sus quejas como banderas ebrias.
Detrás del rojo y azul de sus garras
la estrella no termina de caer en el agua.
La estrella no derrama sus payasos de arena
y vuelve y la contemplo –no es mi muerte esa estrella.

La órbita cruza por el lecho de los espantapájaros.
No es el océano ni el cielo de las sirenas árticas.
Allí el sexo combate como un piano de alondras.
Allí la esponja canta como el fruto de un gallo.
Allí la cicatriz es más noble que un rabo de lagarto.

He aquí la historia de la zona que se desconoce.
La zona donde el agua es el fuego. Donde
el amor se bebe como una vaso de perdidos relámpagos.
La piedra en el comienzo era el ojo. La piedra
se movía suavemente sobre un césped alado.
La piedra en el comienzo era el sol de las noches
y había cabelleras abiertas como naipes de sueños
señalando en la sombra sus tesoros sagrados.

El río se desenvuelve como el grito de una serpiente
devorada por la reina de los ojos nocturnos.

Pero nunca por la ventana entra la eternidad
con el viento de llama. Nunca ese fantasma
termina de beberse con sus garras la estrella
que da vueltas y es roja y es azul y no cae.
Vuelve y la contemplo –no es mi muerte este sueño.




Tempestad de los soles

Los caminantes señalan con cruces
la arena donde sus cabezas
reposaron los sueños. Entonces
un solo cementerio con sus hierbas
y sus lechosas altas como un faro sangriento
superaba en nostalgia los más puros océanos.
Un solo cementerio era el mundo
porque desde sus charcos de ceniza
todavía suben como extraños pájaros
los astros primeramente azules
y al final mucho más tristes que un silbido en la noche.

Una y otra vez los caminantes te buscan.
To lo precedo por las soledades
cuyo conjunto en sucesivas túnicas
resguardan un ámbito mortalmente embrujado.
Yo alcanzo a descubrir tus contornos
cálidos como las orillas de los lagos
del alba –te descubro a través de las redes
traslúcidas que te aprisionan. Oh! pez del cielo.
Oh! amada de las islas secretamente
Ocultas bajo el ala de un bosque.

Te buscamos en las aguas rojas de la noche
porque en ellas tu cuerpo como un ídolo
en llamas dispara hacia todos los desvelos
posibles las amorosas lámparas.

¿No es aquel sol por compasión perdido
desde que abandonaste tu infancia
la memoria sobre cuya ternura caen
las tempestades con sus garras de antorcha?

Te contemplo. Ahora sobre las torres sangras.
Lloras sobre las murallas que rodean
como perros con alas a un enjambre
de fantasmas para siempre muertos.
Sollozas doblemente por el salto
de tus senos que describen
sobre los suburbios parábolas llameantes.

Te llamas piedra de cien ojos.
-Me llamo ronda de los ojos que aman.
Te llamas agua de los labios que corren
-Me llamo rito de los labios del agua.
Desde tus ojos y tus labios vuelan
como ángeles de hueso los antiguos desvelos.
Tu nombre logra que mis sentidos
suban como un bosque donde anidan
las águilas vivientes del relámpago
que niega y te descubre de pronto.
Y pasan sobre mi rostro como ráfagas
de tu propio perfume los lejanos días.

Una y otra vez los caminantes huyen.
Corren sobre el relente de los espejismos
donde sus sombras crecen tal como a la luz
de los atardeceres de una amada provincia.
Saltan por encima de arcoíris que queman.
Por encima de inocentes bestias
que paren a ras de tierra las monstruosas
flores –sus ofrendas mágicas.
Pero la ciudad persiste detrás de sus pisadas.
Alza escombros y organiza sacrificios
terribles cuya humareda encubre
para siempre la noche. Quema
sus huertos de banderas y de pececillos
embriagados de fuego. Mueve
hacia los astros sus engendros amantes.

Te buscamos. Siempre te buscamos.
Por encima de nosotros se presiente una lámpara.
Siempre tu rostro recortaba no lejos
una ventana por donde como el viento
retornen a sus sombras los soles extraviados.




Mediodía

Cuando se desprenden de un lado
de la noche las sagradas crines
de la miel –oh! navío de tulipán
que saltas y saltas entre grandes párpados.
Oh! navío de miel suelta como una crin nocturna
Abro los párpados y respiro
Por el ojo meridiano del sueño.

Cuando se desprenden –sólo
cuando se desprenden vírgenes sanguíneas
como esquirlas de un astro salto
con velocidad entre las noches
hacia los mediodías navegantes del ojos.

Entonces las campanas se incendian
porque un río les toca entre los muslos
la hierba furiosamente roja del ángelus.
Una montaña en sus cimientos
de animal se dobla bajo el peso
de la tempestad distante que proyecta
sobre los torrentes tu fulgor de sombra.

Y nuevamente el sol mezcla
sus pulpos en el fuego y el agua.
Rompe sus panteras de junco.
Gasta como una tela espolvoreada
de lucientes insectos la pelambre
de sus caballos lentamente amorosos.

La puerta se abre hacia la danza
de los monstruos que se bebe la arena.
La puerta se abre hacia la arena
donde crece el día como un árbol
que danza sus propias garras.
La puerta se abre como una garra
-como un día y como una danza y huyo.
Huyo a llamarte y por mi ser te llamo.
Te llamo por mi cuerpo como a través de un túnel.

¿No es éste el ámbito infernal
donde la rosa del embrujo oh! Bella
vuelve a borrar sus dedos de perfume
y ahoga su diapasón marino
de miradas que transforman al mundo?

Cuando se desprenden
-sólo cuando se desprenden
como las alas de una bestia las sienes
vuelan mis sueños y mi cuerpo.
Vuela la bestia por el cielo
nocturno que tu sombra ilumina.




Medianoche

Veo en las ventanas tu rostro.
Tu rostro extraído de las aguas tiembla
como un pez con las cortinas.
Con la llama que sube y el olvido que cae.

Detrás –siempre detrás ondea
la medianoche invicta. Déjame contemplarla
-escucho apenas por su hocico de greda
el silbo de los días que devora.
Déjame contemplarla –escucho nada más
que el sollozo de los muertos
que de seguro sacan por encima
de la sombra sus garras de naufragio.

Oh! alucinante vestidura. Oh! lecho
de los maleficios. Te contemplo
-veo debatirse entre tus dientes
la ciudad amorosa que hace tiempo
se vestía con un ramo de soles.
Veo los patios convertirse en hogueras
cuyas piedras hablan de ardientes
sacrificios. Y a lo lejos dan vueltas
los caminantes de enternecida altura.
Buscan sus sombras y se pierden
de los sitios que aman. Pero ellos
cuentan frente a la pared del fin
la historia escarlata de sus miserias.
Y la miseria eleva por encima de todo
su bandera agujereada como el mundo.
Me pregunto: con seguridad ¿es ésta
La terrible población del amor?

Muy cerca anda el vacío. El eco
de los pasos cuando voy y vengo
enlazando la fibra de los días.
Muy cerca cae y me aprisiona
el círculo embrujante de las lámparas.

Yazgo frente a las ventanas donde
tu rostro tiembla como la sed y el sueño.
Y correo la medianoche frente
a tus cien rostros de mareo.

Déjame contemplarla –palpo las manos
que desde la sombra vienen a cerrarme los ojos.
Y mis dedos reconocen al sesgo
el perfume de los asesinos.
Reconocen el fulgor de la soledad
de los desconocidos. Reconocen el sabor
a flores y humedad de tierra de la muerte.
Déjame contemplarla –veo a los animales
de otro tiempo vigilar las huertas del viajero.
Veo a las mujeres sollozar aun cuando
el atardecer se puebla de misteriosos pájaros.
Y el viajero no existe porque un ómnibus
de fuego lo llevó tan lejos que apenas
con un grito de crueldad podía
defenderse de los dioses
-se repartían a mordiscos su sombra.
Pregunto: ¿es el amor este combate de piedad?

Veo en las ventanas tu rostro.
Sólo tu rostro porque la medianoche
como la fiebre sube por tu cuerpo.
Y ahora espero solamente que hables
oh! amada para sentir que entonces
resucitan las horrorosas fábulas.

Has hablado
y sobre mi cuerpo se pasea como un buitre
que sangra la medianoche invicta.




Combates del amor

Desde tus hombros se aprestan
a saltar sobre el amor los monstruos.

Sobre el amor de labios de archipiélagos
blancos salta el viento que derraman
las linternas de un océano en calma.
Sobre el amor de vientre de león
devorador de estigmas salta la noche.
-salta y crece la noche como un árbol
del cielo. Contra su esmalte de animal
brillan de improviso tus hombros.

Toco tu cuerpo –tu cuerpo suave
como el césped de una aldea en la lluvia.
Y mis dedos atraviesan de un grito
la red de las hogueras que lo encubren.
Pero en el fondo hay ese río
-hay ese lago siempre que despliega sus garras
y penetra como un silbo de demonios
por el cauce de mis largos oídos.

Hay esa fauna de la sangre pintada
con ceniza de flores desaparecidas.
Hay esa flora de secretos designios
para que mis sentidos caigan como antorchas
entre los hambrientos fantasmas.

Es entonces cuando saltan sobre mis hombros
las águilas de la noche y del viento.




Memorias de tu huída

Partías a recobrar las piedras
de naufragio del ídolo que iluminaba
como un ojo de bestia a los bosques
delirantes oh! mortal donde ardías.

Hubo un tiempo en que hasta el águila
de garras marítimas y hasta el lobo
que fingía devorarte los sueños
alimentaban tu sangrante extravío.
Sostenían con ecos de dolor
Tu cuerpo terriblemente puro.

Partías sobre la memoria. Crujieron
los espejos de carbón. Los espejos
perfumados con las hojas de un buitre.
Los espejos de la cabellera que te oculta las alas.

La orilla de las lámparas siniestras
como las lagunas te cercó los labios.
Y no había para la fatiga de tu voz
un cielo de palmeras rojas
ni un huerto de fantasmas con plumaje
de hortensias que apagara la sed
del laberinto que bebía en tus ojos.

Oh! mortal. Partías sobre un césped
que eclipsa la ebriedad de los soles.

Desde entonces retornas. Traes
en la frente y en los hombres alaridos
profundamente abiertos como anémonas
sembradas por los dedos de un pájaro.
Traes en los senos la mirada
de las fieras solares que acosaron
la tiniebla de tu amable naufragio.

Retornas oh! mortal. Retornas y partías.
Crujen las paredes de tormenta.
Las paredes traspasadas de músicas
de antigüedad tangible. Las paredes
de espaldas que hostiga la vigilia.

El centro de las lámparas rompe la sombra
y flota y se hunde sobre el mundo
tu cuerpo como un témpano. Oh! despojo
del ídolo. Oh! bella de cien muertes.

Hay un tiempo en que hasta el mar
de garras de leopardo y hasta el sueño
dan vueltas en torno a tu regreso
porque en la noche brillas como un bello relámpago.

Y una vez más la bestia abre
las ventanas al alba. Arroja
su lamento contra el cerco del bosque
donde las nostalgias resucitanal desolado corazón de tu olvido.




Ebriedad de las lámparas

Yazgo ahora en un país
que brilla entre las hierbas.
Bajo el bosque no hay danzas
amorosas. No hay ojos de carbón
para la fiebre que recorren los dioses.
Los dioses más impuros que un hongo.
Más altos que la palma de amarrar
a las aves oceánicas.

Pero el infierno de repente aproxima
sus murallas de brazos ululantes.
Y surgen de un sollozo tus labios.
Surgen de una piedra de fulgor tus alas
de tiniebla como unas manos
en la hermosa tempestad de las noches.
Como un sollozo de tus labios
que eclipsan con su sed a las lámparas.
Como una piedra de fulgor que me golpea el rostro
cuando bates tus manos. Surges tú
de la queja fulgurante que derrama mi herida.
Desconozco este paisaje que descubro a diario.

La soledad revela inútilmente el génesis
de los festines negros donde el amor es blanco
y la tierra es una pobre alfombra
del color de un fantasma.

Te suelto de mi largo corazón oh! amada.
Pregunto ¿dónde brilla como un fruto sagrado
tu corazón? ¿Dónde ha muerto
que los dioses del bosque te nombran
y se beben la danza del clamor de tu nombre?

Yazgo ahora como en mi propia sombra
sobre el sueño. Cierro mi sangre
-quiero el torrente que alimentan mis ojos.
No te encuentran y han leído
las cartas infernales. Han visto
caer muy lejos como flechas los astros.
No te encuentran y allí mismo
tú surges más rara que la noche.




La bestia sucesiva

Te arrastras por debajo de un río de serpientes.
Una bestia menos apacible te exprime los senos
con que podías iluminar a veces y dar muerte.
Te apagas –oh! lecho de volcán. Oh! extraña- en tus deseos.

Fue en la costa donde aúlla un astro solitario.
Fue en el bosque donde la astromelia encanta a los navíos
o en el sueño donde el cielo es un hombre con un perro
que le asigna a los árboles un duende desolado.

No es posible recobrarte entonces. No es posible
mentir ni desmentir los combates monstruosos
que dejan en los párpados un gusto a gritos o legiones
vencidas y un dolor que no es tuyo y esa imagen.

Pasas rendida sin embrago. Pasas gritando
como un lobo en el alba. Y siento desprenderse mis labios
y mis manos como extrañas hojas porque ruedan muy lejos
con la tierra que cae hacia las bestias muertas.




Transeúnte del fuego

Tengo todos tus terribles nombres.
Gira todavía la fiera como eclipse sin freno.
No es el bosque tu sexo. No es el mundo
tu pecho de manzano brillante como las islas.

Oh! tú que has sido por ti sola la ciudad de la noche.

Toma el pan bajo el amparo fantasmal de tus ojos.
y entonces la oscuridad devora las grandes antorchas.
Tomo el sueño por tu cuerpo que de inmediato crece
como un lago de rostros habituados al caos.

Porque no acercas tus muslos de serpiente acuática
y tus hombros han perdido se hermandad estelar
creo en la espantosa soledad de la tierra.
Creo en el sueño que me insulta como un águila rojo.

Ah! cómo tu sombra muerde ferozmente a la soledad
Cómo queman en la noche tus ojos de dios náufrago.

Sólo ese nombre oh! limbo cruel trae el descanso
Trae la pequeña lluvia sobre los desiertos
donde todo lo que cae es ternura.




Cielo de las hogueras

Una oscuro paraíso en el árbol
busca la noche cuando el sol de plata
se sacude y suelta una liviana estrella.

Cielo es tu muerte. Cielo de cornalina
donde podría una muchacha cantar
-poblar el mundo con un golpe de palmas.

Cuando el vagabundo pisa el umbral
muere el alba para todos los pueblos. Mueren
las hermosas naciones. Las banderas alumbran
la soledad y gimen con más dolor que un perro.

Un barco construido en la tarde
oh! amada te alumbrará los ojos.
Las ramas del océano. Las hogueras del bosque
-lo desconocido que se esconde en el agua
cuando los días huyen. Los rostros encendidos.

Y entonces cuando te pregunten el origen
ya habrás enmudecido. Ya habrás soltado
los animalillos de tu fiesta amorosa.
Ya habrás caído –ya habrás caído a orillas
de todos los cielos con sus luces en marcha.
Los cielos que se abren como sangrientas flores.




Retorno de la bella


Si vuelves sobre tus pasos oh! Bella
teme la caída de la piedra infernal.
Teme la muerte -has caído en sus redes
oh! Más bella que el sueño de un león de farándula.

Piedra infernal te has vuelto y caes.
Piedra del ojo –oh! Bella tú no has muerto
y en el retorno silba como un gas tu mirada
llamando a tu sombra porque ladra a lo lejos.

Tenías un orificio de sol entre las cejas.
¿Sucumbirías. Caerías como un cristal
bajo el peso de las lámparas por donde
como un ídolo sanguíneo la ciudad circula?

Oh! desde entonces más bella que la memoria.
Más bella que la bestia encantada que alimentas
no traspongas tu imagen. No traspongas la noche
que tocan tus miradas con sus puntas de joven arcoíris.



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