sábado, 4 de diciembre de 2010

Sobre el cadáver de Norberto José Olivar. Por Ricardo Ramírez Requena


Creo que figuras como Lord Byron o Novalis se hubieran complacido al leer los dos últimos libros de Norberto José Olivar. Hablo de "Un vampiro en Maracaibo" y de "Cadaver exquisito". Byron le hubiera comentado complacido a Shelley de su descubrimiento y Novalis a su novia muerta. Si hay un lugar en donde nuestro autor quizás se encontraría a sus anchas sería en la célebre reunión de Polidori, Mary Shelley y su marido, y Byron en donde apostaron escribir una obra digna del romanticismo, de sus oscuridades y fidelidades. Si bien Frankenstein de Mary, joven menor de 20 años que se fugó con Shelley de la casa de sus padres, puede considerarse la obra más lograda, el Drácula de Stoker tiene plena vigencia. Creo que a Olivar le gustaría estar cerca, grabándolos, observándolos, y tomando notas. Y a lo mejor hasta se relame.

Las dos novelas de Olivar tienen toda la huella del romanticismo gótico, son hijas de Príncipe de la luz y de su égida. Hablo de un signo luciferino que Octavio Paz mencionaba como signo inequívoco de la modernidad. Cadáver exquisito no es un reportaje-triller-policial-vampiresco tropical maravilloso como la novela anterior. Es otra cosa. Una biografía a varias voces, lleno de desparpajo, humor, y múltiples manos alcanzando la del lector. Y a veces para ahorcarlo, asustarlo, y sacudirlo de su letargo.

Olivar hace con esta novela un homenaje a Hesnor Rivera, el legendario poeta zuliano, que participó en el grupo Mandrágora en Chile y fue amigo de Juan Sánchez Peláez. Hombre de verbo denso y profundo, de voz oscura, de arrebatos del mal que cimentaron al grupo Apocalipsis de Maracaibo hace más de 40 años.

La historia de Rivera es la historia de los dos movimientos que Paz señala como determinantes de la modernidad: el romanticismo y el surrealismo. Movimientos que se propusieron no solo cambiar la literatura y el arte, sino también cambiar la vida por entero. Los románticos cimentaron una nueva sensibilidad y forma de ver el mundo, de la que somos herederos. Los surrealismos menos, pero lograron lo que muchos deberían aspirar a ser como movimiento: un lugar común, algo que esté ahí, a la mano, como un detonador. Hijo de estos dos movimientos, Rivera se nos va presentando como un personaje del Paraíso Perdido de Milton, más cercano al diablo que a dios, lleno de telúricos pasos en la vida y alucinantes versos. El narrador, poeta fracasado o frustrado, nos recuerda al Oscar Marcano que se dio cuenta de esto y que, queriendo ser poeta, finalizó entregado a la narración (y qué narrador damas y caballeros)... Un narrador que recuerda al mejor Norman Mailer y que juguetea en su hilar con los límites de diversos géneros exaltados en la postmodernidad: el reportaje, la no ficción, la entrevista, etc. La obra gira en la órbita del Piglia que homenajea por medio de la nouvelle, del Vila-Matas navegando palabras como un sátiro, del testigo. Cada título es una invitación, como invita y seduce el demonio: "el cielo tormentoso de agosto", "La noche de los viajes muy largos", "Atadas a la cola de su nave trajo las calaveras". La novela se construye en dos viajes: el iniciático de Rivera a Chile y luego París, a hacerse poeta, y constituyéndose en cantante de boleros (la música siempre cerca de todo arte venezolano, me recuerda a Soto tocando guitarra en París para poder comer), mujeriego absoluto, y borracho sin par. A la luz de toda esta noche, del viaje de la noche de Rivera, brotan como una llama cada uno de sus versos. El segundo de estos viajes es el poeta de regreso a Maracaibo, consagrándose como el bardo de la ciudad. Su matrimonio y su fracaso, su incursión continua en el periodismo, los vericuetos de Panorama, ovnis en el cielo de Maracaibo, el apocalipsis cercando la ciudad en cada esquina y cada mirada. El epicentro, no podía ser otro: un pacto con el diablo por parte de poetas amigos, y su resolana, en quienes se negaron a hacerlo. Una entrevista con Bretón en París, un bar que reúne a la historia y nos la cuenta.

Lo más conmovedor de esta historia luciferina, es la presencia, la huella, la sombra iluminadora de Juan Sánchez Peláez en todo momento, como un Virgilio convenciendo a Dante de que solo hay el infierno. Y nada más.

Los andares del narrador hacia el final de la obra se complejizan, quizás de una manera paródica, humorística, cercana al lector en su contar, pero no son el mayor aporte a la historia. El emplazamiento de personajes reales descontextualizándolos, Maracaibo como epicentro del Hades, el diálogo con fotografías y pinturas en el libro, más una portada llena de humor pero también de la seriedad de la muerte que recuerdan los grabados medievales, redondean la historia y la hacen muy digna de abordarse, leerse y celebrarse.

Unos tragos en su lectura, una lectura de final de la noche y quizás un alternar a Beethoven y Chopin entre trago y trago, hace del ambiente para leer la obra, ideal.

Yo todavía me pregunto quién será ese librero que robó una edición de Hesnor Rivera y se la vendió a Valmore Muñoz en el libro. Pienso averiguarlo.

1 comentario:

GEORGIA dijo...

Excelente no hay más palabras para evaluarlo; una densa y jocosa celebracioón e indagación sobre este Cadvaer exquisito en su fondo y forma ;Valmore ¿fue Maglione quien te dió el libro?

Ëxitos