sábado, 18 de septiembre de 2010

Pasavento no miente, Elizondo estuvo en Mérida. Por Norbeto José Olivar


Para Laurencio Silva

Cuando Enrique Vila-Matas me recibió en el lobby del hotel La Pedregosa, tuve la sensación de estar frente a mi personaje de El príncipe negro, y no frente al escritor, Enrique Vila-Matas, que había conocido a través de correos electrónicos, y de sus libros, si es que se puede conocer a alguien de esa manera, supongo que sí. Me saludó con discreción, geometría, elegancia y calma. No tuve dudas de que estábamos en su Café Kubista, se lo dije en broma, y él me dijo, infinitamente serio, que nadie regresa al cuento impune. No había dudas, Vila-Matas era otro Vila-Matas, ni mejor ni peor, sencillamente otro, que ahora gestionaba la obra del primero y que se disponía a una nueva y distinta exploración del abismo. No sólo había resucitado tras un muy grave colapso físico, el escritor también se levantaba de entre las llamas, que casi lo consumen, en lo que podría llamarse la primera etapa de su obra, digamos, todo lo anterior a Exploradores del abismo.

Nos sentamos en dos butacones de bambú, él vestía de camisa azul y se veía realmente pálido, pero de buen humor. Advirtió que yo traía un ejemplar de Doctor Pasavento y se puso a contarme que se anduvo, completico, el jardín de Luxemburgo en busca del lugar donde fue hecha, en 1924, la fotografía a Emmanuel Bove y a su hija Nora, que sirvió, ochenta y un años después, de portada a esa novela; pero le fue imposible encontrarlo, acotó con residuos de frustración y nostalgia. En cambio, se llevó tremenda sorpresa cuando en una librería parisina, donde había acudido a firmar libros, se le apareció la hija de Nora, una señora con una espléndida sonrisa, que venía a conocerlo y a mostrarle la fotografía original de su madre y su abuelo. Salieron de allí al Georges Café, en el 4, Rue de la Huchette, y conversaron largo rato, pero dice Vila-Matas que siempre tuvo la impresión de estar dentro de una de sus novelas, como el personaje de uno de sus personajes. La experiencia, sin duda, le caló hasta los tuétanos, pero de algún modo, venía a compensar su extravío inicial. Y a confundirle, aún más, los límites entre literatura y realidad. Le pedí que autografiara Doctor Pasavento, pensando en no fastidiarle mucho tiempo, pero se quedó mirándome y me confesó que, mientras escribía esta novela, fue hasta el manicomio de Herisau, en Suiza, y conoció el cuarto donde estuvo recluido su admirado Robert Walser. «Le rogué al director del hospital que me permitiera dormir algunos días en el manicomio, en ese cuarto, como un loco más, pero se negó rotundamente», la cosa aún le causa mucha gracia, entonces le comenté, sólo por no quedarme callado, que bien pudo pasarle como a María de la Luz Cervantes, en el cuento de García Márquez, Sólo vine a hablar por teléfono, y acabara encerrado de verdad, confundido como un enfermo de la cabeza, y que seguramente identificarían como el loco que se creía Enrique Vila-Matas, «¡Sí!», dijo muerto de risa y añadió, «¡y aún estaría escribiendo Pasavento en esa habitación!». Yo recordé que mi papá había trabajado cincuenta años corridos en una clínica siquiátrica, era el jefe administrativo, y después de almorzar se iba a hacer la siesta en alguna habitación que estuviera desocupada, todavía no sé cómo conciliaba el sueño en medio de aquel mundo deprimente y desolado. Lo digo porque, en algunas ocasiones, al salir de la escuela, me iba a comer con él en la clínica y después subíamos a dormir en uno de esos cuartos, bueno, quien dormía era él, yo me quedaba viendo por la ventana el trajinar de la avenida Bella Vista y leyendo cómics hasta que despertaba, claro, esto no sé lo conté a Vila-Matas, preferí esperar a ver que otra extraña anécdota le salía. Pasados unos segundos pensé que el encuentro había llegado a su final, pero me dijo, luego, con algo de estupor y como si no se lo creyera todavía, que allí, en ese hotel merideño, donde nos encontrábamos, se alojaba el árbitro argentino Horacio Elizondo, el mismo que había expulsado a Zidane en la final del Mundial de Alemania 2006, entre Italia y Francia. Esa coincidencia le parecía la cosa más extravagante e inexplicable del mundo, «nadie me va a creer que me lo he venido a conseguir en este lugar», dijo con su risa tímida y serena. Y mientras esperábamos, o más bien Vila-Matas esperaba a que apareciera el ex árbitro canalla, le di las gracias por la ayuda que me había dado para cerrar una novela que se conectaba con el universo de sus narraciones y con algunos de sus personajes, un ejercicio similar al que hice en La conserva negra, donde me cruzaba con hechos y protagonistas de Oficina número 1, de Miguel Otero Silva.

Vila-Matas me preguntó, curioso, pero sin dejar de mirar por donde debía aparecer Horacio Elizondo, ¿qué era lo que me atraía de su obra? Le respondí que, más que los temas, era el estilo en sí, su «arquitectura» narrativa, que, al igual que Paul Auster, tenía la audacia de articular todos los géneros a favor de la novela. Un poco, la respuesta, que los novelistas auténticos deben dar a la crisis generalizada que ha provocado este arranque de siglo. Lo dice Manuel Vila en el prólogo de Órbita , de Miguel Serrano, a quien conocí en esos mismos días: «la forma literaria revela perfectamente la crisis de la sociedad en la que nace una obra antes que los contenidos», y si usted desea iluminar la decadencia de Europa, recalqué, yo intento fotografiar la ridiculez y los delirios de grandeza, casi caricaturescos, de la ciudad donde vivo. Soy un escritor de provincia, dije sin miramientos.

Traté de explicarle que él y Paul Auster me habían encaminado hacia un grupo de autores y reflexiones que defendían la libertad absoluta del texto narrativo, y que eso era justo lo que yo andaba buscando para conciliar el oficio de escribir novelas (o cuentos) con mi formación en la investigación histórica. Le recordé un texto que él había publicado, hacía un par de semanas, referido a un trabajo de Alberto Savinio sobre Maupassant, del que extraigo unas líneas esclarecedoras: « Maupassant y "el otro" es un ensayo-divagación (anterior, por cierto, al ensayo narrado que oficialmente inventara el posmodernismo), abierto a todos los vientos de la inteligencia. Cuando lo leí en 1983, el año en que se publicó en España, me descubrió un tipo de estructura muy libre que había visto o intuido en otros libros (en el que escribiera Dalí sobre el Ángelus de Millet, por ejemplo), pero que aquí se me presentó con toda la máxima grandeza: improvisaciones casi jazzísticas, derivaciones de todo tipo en torno a un tema aparentemente central, que en realidad sólo eran un pretexto -como Maupassant para Savinio- para lo que verdaderamente interesaba: una prosa vagabunda».

Señalé, de seguidas, que el jugueteo y el enriquecimiento del texto que significa la «Autoficción», me ha permitido entrar en mis narraciones, como un personaje más, que no sólo le da aires de mayor credibilidad al lector, sino que también me salva del aburrimiento que me acecha en las interminables horas de escritura, inventándome una autobiografía divertidísima y, a veces, también, unas especies de «autobiografías ajenas», como las de Tabucchi, que pueden llegar a ser igual de entretenidas.

Pero, sin duda, lo más importante es la libertad en la narración, la invitación a «vagabundear» en el texto, que, en mi caso, tiene particular importancia porque me facilita introducir, sin dificultad, mis desvaríos sobre algunos temas que me interesan, como la historia de Maracaibo, sea dicho, donde quiero decir montones de cosas que justifico por mi escolaridad en historia, y porque algunos de mis maestros fueron pioneros de la llamada «historia regional». Sobre esto debo precisar lo que siempre asomo en público: Y es que llegué a la novela, al relato en sí, huyendo de mis maestros de historia, buscando una forma en la que ellos no metieran sus narices, porque trataban de controlarme, o marginarme, por no aceptar ni sus «reglas», ni sus «apreciaciones» sobre la historia de la ciudad que ellos aupaban. Recuerdo que en los días de mi posgrado, entregué un paper que fue calificado con una nota malísima, así que subí al cubículo del profesor y le reclamé la disparatada evaluación, me dijo, con cara muy seria, que era para estimularme a que diera lo mejor de mí y me pidió que rehiciera el trabajo sin darme mayores observaciones. Le cuento, Enrique, que me fui a casa temblando de rabia e imprimí el trabajo sin tocar una letra siquiera, al día siguiente lo dejé con su secretaria y al final de la semana, sorpresa, vi que me había dado la máxima calificación. Ese día decidí no volver a escribir un ensayo más sobre historia, en adelante, diría todo lo que quería decir en novelas y relatos. De eso hace ya más de diez años, y es, precisamente, lo que he venido intentando, sin pausa, bajo el influjo de autores como usted, Paul Auster, Roberto Bolaño, Alan Pauls, Antonio Tabucchi, Ricardo Piglia, W. G. Sebald, Jorge Luis Borges y otros tantos que he ido sumando a mi biblioteca. Son los autores que me han marcado últimamente, y lo digo sin problema, porque no conozco a nadie que escriba sin tener influencias y modelos que orienten su estilo y hasta sus manías. Alguien dijo, una vez, que la única influencia de la que debemos librarnos es de la nuestra. La verdad no sé si lo habré logrado, pero suscribo, a conciencia, que la biografía de un autor es la búsqueda de su estilo. Y en eso estamos.

***

Nos despedimos con un discreto apretón de manos. Él se quedó allí, aguardando al imperdonable árbitro argentino, porque, según me dijo, tenía que escribir sobre esa singular coincidencia. Yo me fui con Ednodio Quintero, que acababa de llegar, a ver la adaptación teatral del primer capítulo de 2666, «La parte de los críticos» montada por «La compañía de Jesús», creo; en homenaje al gran Roberto Bolaño. Su viuda, Carolina López, estuvo presente y le gustó. Y hasta Victoria de Stefano tuvo una parte en la obra, con razón, pienso ahora, Vic me estuvo haciendo señas para que me quedara hablando con Vila-Matas, pero igual la aplaudimos como si fuera Meryl Streep en persona.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buen texto. Uno se queda con la sensación de que es parte ficción y parte verdad; lo que, en definitiva, es lo ideal. Felicitaciones a Norberto Olivar por escribirlo y a Valmore por publicarlo.

Rubi Guerra

GEORGIA dijo...

Una manera muy clara y bien sustanciada, usando ese término tribunalicio, para establecer los parámetros de una poética de Vila-Matas, para intentar conocer la propia de Olivar y de paso, dejar en claro a los "laurencios Silvas" que nunca faltan, hoy como ayer, que la literatura y el oficio de escribir no solo un jercicio del ego del escritor sino que implica experiencias de vida bien elaboradas por nuestra psiquis e intelecto para poder plasmar en el papel ideas, "mundos" e imagenes con valor agregado