sábado, 14 de agosto de 2010

Tres cuentos de Salvador Fleján


ALBÓNDIGA EN SALSA

No fue fácil, no te lo voy negar: cuando Oscar salió de la orquesta los muchachos y yo nos quedamos en el aire. Éramos casi una familia. Una familia con sus problemas de siempre, pero ¿qué familia no los tiene?
El caso fue que aquello nos pegó durísimo. Por supuesto que en parte se debió a los compromisos que ya teníamos firmados, pero también estaba la amistad; un asunto que para mí siempre ha sido sagrado y que también me ha traído muchísimos problemas.
Recuerdo aquellos primeros toques en La Distinción (una cervecería que ya no existe), los ensayos en el apartamento de Culebra en La Guaira, el primer disco del año 72 —un disparate del que es mejor no acordarse y que se salva por Pensando en ti—, en fin, todas esas cosas que ayudaron a unir al grupo. Pero, qué se le iba a hacer, había que salir adelante, ¿cierto?
El problema con Oscar, si lo miras con detalle, fue más bien vulgar, pero en aquel momento teníamos otra visión. No sé si recuerdas la cerveza Zulia. La agencia de publicidad que llevaba esa cuenta quería aprovechar el filón de la orquesta. Teníamos pegado Porque me gusta y el tema les venía como anillo al dedo. Hablaron con Oscar pero no lo hicieron con nosotros. Eso nos molestó un poco. Oscar, en un principio, había prometido repartir entre los muchachos parte de las regalías de la cuña. Yo, particularmente, no aspiraba a nada. Cuando salió el comercial, a mediados del 76, pasaban los días y no sabíamos nada ni del hombre ni del dinero. Era evidente que se estaba haciendo el loco. Entonces nos reunimos a ver qué decisión tomábamos. En el fondo yo sabía que aquello de “tomar una decisión” pasaba por echar a Oscar de la orquesta.
También equivalía al suicidio.
Nada sacamos en claro de aquella reunión. Por otra parte, y para echarle más leña al fuego, Oscar había fallado a dos ensayos y todos andábamos con los nervios de punta. No recuerdo si fue Joseíto o Rojita quien propuso “expulsarlo”; como si aquello fuera un colegio o un partido de fútbol. Apenas escuché esa palabra sentí que algo estaba a punto de quebrarse irremediablemente.
Lo que pasó después lo recuerdo si no como una pesadilla sí como esas evocaciones que suelen tener los que han sufrido un accidente de tránsito. De Oscar sólo supimos dos meses después por intermedio de una carta que nos mandó un abogado. Aquello sí que me pareció excesivo y me llenó de rabia. Se habían invertido los papeles: ahora era él quien reclamaba lo suyo. La verdad es que yo me deprimí muchísimo. Me sentía herido y decepcionado. Los muchachos, que en un primer momento se lo tomaron a chiste, no tardaron en comprender que el asunto iba en serio. Fue un terremoto, qué quieres que te diga. Acababa de salir al mercado no sólo nuestro mejor disco sino el mejor disco de salsa que se ha hecho en este país. Tú lo debes recordar. ¡Quién no lo recuerda! Un señor disco. Y eso que en nuestro anterior elepé estaba Llorarás, un himno. Pero éste era mejor, sin duda. Por otra parte, en ese disco Oscar se empeñó en grabar una composición de él. Un tema que en un principio metimos de relleno, a última hora, y que a la larga resultaría profético. Parecía que el hombre ya se estaba despidiendo cuando me mostró por primera vez la letra de Sigue tu camino.
En la contraportada de ese disco creo que está una de las últimas fotografías que le hicieron al grupo original. Era de noche, y si no me equivoco, fue en una Feria del Sol en Mérida. Estamos en la tarima, ninguno tiene más de treinta años y le sonreímos al futuro que se nos abría como una flor. Yo apenas me veo, algunas sombras me tapan.
¿Qué vino después?
Con Andy tuvimos un respiro que nos volvió a meter en la pelea. Pero antes sí que nos las vimos negras. La disquera tenía guardado un material que habíamos hecho a principios del 76 y en donde, como era lógico, Oscar interpretaba casi todos los temas. Se empecinaron en sacarlo a la calle. El disco no estaba mal, ya con Divina niña y Don Casimiro el disco pagaba su valor. Lo único estúpido era el nombre de la producción: “En Nueva York”. Ese disco lo hicimos en un estudio en la Alta Florida. Sin embargo, ese trabajo se vendió de maravillas. Sólo un inconveniente nos trajo: la gente en los shows no lograba entender el porqué Llorarás (y los otros temas, claro), en vez de cantarlos Oscar, los cantaba el “Gordito”. El “Gordito” era Argenis, el reemplazo de emergencia que metimos para tapar el hueco dejado por Oscar. Yo creo que Argenis se comportó a la altura, demostró el artista que es. Pero el público en ocasiones suele ser cruel. Le decían cosas en los conciertos que a cualquiera hubiera desmoralizado. Con todo, Argenis se mantuvo firme. Asumió el reto con profesionalismo. Sin embargo, era conciente de que reemplazar a Oscar no iba a ser tarea fácil. Apenas pudo grabar un solo disco con la orquesta. Un disco de transición que sin embargo dejó un tema para la historia. Un tema que —y esto es lo más irónico—, años después salvaría mi vida.

Andy se marchó en su mejor momento. Él nos prolongó la vida y le dio un brillo internacional a la orquesta. Ya éramos casi una leyenda y él pensó que ya había cumplido su ciclo con nosotros.
Yo tenía otra opinión.
La realidad era que estábamos estancados y él se dio cuenta. La industria no pasaba por su mejor momento, y si exceptuamos lo que estaban haciendo Willy y Rubén, todo lo que se escuchaba era más de lo mismo. Aparte el merengue venía con fuerza.
Entonces vino la bajada.
Ya no recuerdo cuántos vocalistas vinieron después. Muchos. Tantos que ya la gente ni los recuerda, y el público (eso lo sabe todo el mundo) nunca se equivoca. Del grupo original apenas quedábamos unos cuantos. Hasta el sonido que nos caracterizaba y que tanto esfuerzo me costó ensamblar se fue perdiendo. Nos habíamos convertido en un eco desafinado de lo que una vez fuimos. Pero la cosa venía de más atrás: la energía o la magia (eso lo supe desde un principio) nos había abandonado desde el mismo instante en que Oscar se fue.
Nuestra última presentación, lo recuerdo, fue en México, allá por el año 84. Un concierto más bien triste y desabrido. No sabíamos ni siquiera que iba a ser el último. Después vinieron las peleas, las envidias, los rencores. Todos se sentían dueños de la orquesta —pero cuál orquesta, por Dios— y querían llevarse aunque fuera un ladrillito del edificio en ruinas. Yo no aguanté más aquello y me fui. Creo que aún siguen peleándose lo único que quedó de valor del grupo: el nombre.

Mucha gente me buscó al saber que yo ya no seguía con la orquesta. Trabajo no me faltó, de hecho creo que tuve en exceso. Estuve en Nueva York haciéndole los arreglos al primer elepé de Willy como solista. Estuve en Puerto Rico asesorando a varias orquestas. Estuve en República Dominicana: el merengue era ya una realidad. Hice de todo. Creo que hasta con Popy, el payaso, trabajé metiéndole mano a algunos de sus discos pedagógicos. En fin, por dinero no me quejaba. Pero yo sentía que me faltaba algo. Sentía, por otra parte, que si seguía así me iba a volver loco. Necesitaba un cambio. ¿De qué tipo? En verdad no lo sabía. Sin embargo, algo me decía que ese cambio no tardaría en llegar.
Y así pasó el tiempo.
Una noche, en un festival de salsa en el Astrodome de Houston, me presentaron a Jairo. No recuerdo si fue Ralfi Mercado o Papo Lucca, uno de los dos, de eso estoy seguro. El hecho es que de inmediato nos hicimos amigos. Jairo era de Cali. También dueño y director musical de una de las orquestas más prometedoras de Colombia. Me dijo que había venido expresamente a Texas a hablar conmigo. Me explicó que hacía poco se le había marchado el arreglista de su orquesta, un tal Lozano, y que me había escogido a mí para suplantarlo. En ese momento pensé que aquel hombre me había caído del cielo. Era más o menos lo que había estado esperando. El cambio que necesitaba. Así que no lo pensé dos veces y le dije que sí, que con gusto, que podía contar conmigo.
En Colombia había estado unas cuantas veces, aunque si te soy franco, era bien poco lo que conocía de ese país. Pero la gente de Cali es muy parecida a la de Venezuela y eso me hizo sentir como en casa. Recuerdo que llegué un 17 de enero. Cali es una ciudad grande, bonita y peligrosa. Peligrosa en todos los sentidos: una ciudad que tenga un restaurante llamado “El Palacio del Colesterol”, no es cosa de juegos. Pero yo me crié en Sarría y el colesterol siempre ha sido un invitado de honor en mis análisis de laboratorio.
Jairo me había conseguido un apartamentito en una buena zona de la ciudad, sin muchos lujos pero cómodo. Sin embargo yo no me sentía feliz ahí. Me hacía falta el barrio, como quien dice. Yo me dije: “Bueno, Albóndiga, si tú no vas al barrio, entonces que el barrio venga a ti”. Y así fue como poco a poco me fui haciendo amigo de gente, sobre todo músicos, que vivían en San Marino, Petecuy, Alfonso López, sitios que a cualquiera le hubieran parado los pelos de punta, pero que a mí me recordaban los sitios donde crecí y en donde probablemente moriré. Con estos nuevos amigos sí que me sentía a gusto. Era gente talentosa a la que nadie nunca había dado una oportunidad. Tal vez por ello fue que no pude negarme cuando me pidieron un favor. No era nada del otro mundo (o eso pensé entonces) lo que me pedían: habían armado un “vente tú”, un combito un poco silvestre pero que sonaba bastante bien. Tenían un talento musical que se perdía de vista y eso, también, puede que me haya impulsado a ayudarlos. Me explicaron que en tres semanas tendrían un toque en una hacienda por Medellín y que estaban necesitados de repertorio, arreglos y, sobre todo, dirección musical. Por bromear les pregunté si no necesitaban algo más y fue entonces que me pidieron que los acompañara con mi trombón.
Por esas fechas mi trabajo con la orquesta de Jairo había estado un poco descansado. Recién habíamos terminado de grabar algunos temas para el próximo elepé —en realidad eran viejos éxitos a los que yo les metí mi “veneno”: los puse en clave y les cambié los mambos. Mientras los mezclaban en Nueva York, Jairo nos dio unas semanas libres para nuestros asuntos. Así que aproveché aquel break y me puse a trabajar en serio con los muchachos.
Lo que sí me intrigaba un poco eran ciertos detalles de aquel compromiso misterioso. En uno de los ensayos traté de indagar un poco al respecto pero fue poco lo que obtuve. De un “cumpleaños”, según el conguero, pasó a “bautizo” en la versión del pianista. Otras informaciones eran vagas: la dirección de la hacienda, la persona que los contrató y un largo etcétera que, ahora que lo pienso, me llevan a la conclusión de que siempre he sido un ingenuo.
Pero sobre todo hay un dato curioso al que en su momento debí prestarle más atención. Cuando les consulté sobre el número de temas que debíamos incluir en el repertorio, uno de ellos, uno que ni siquiera había abierto la boca, soltó casi distraídamente:
—Como mil.

Tuve varios chances de arrepentirme. El último fue cuando pasó a recogernos el autopullman. Era de un lujo insensato, casi grosero. Parecía que en vez de nosotros venía por los Rolling Stones. Eso, no sé por qué, me asustó. Pero los muchachos estaban felices; en sus vidas habían visto algo parecido (igual yo, si soy justo), así que me relajé y me puse a revisar unas partituras. Después me dormí y eso hizo que el viaje fuera más corto de lo que realmente fue. Tuve un sueño. Extrañísimo, pero muy nítido: soñé con la vieja orquesta. Estábamos en vivo en el estudio gigante de Sábado Sensacional. Oscar y Wladimir interpretaban ¿Frutero?, ¿Dolor cobarde?, vestidos con aquellos trajes anaranjados que usábamos en esa época: unos tigres de bengala nos bajan por la bota ancha del pantalón como si sus presas fueran los zapatos de plataforma que nos hacían lucir altos y ridículos. Todo iba bien hasta que Oscar gritó su acostumbrado “¡Albóndiga!”. Esa era la señal que él solía usar para que yo iniciara el “mambo” de la pieza con mi trombón. No alcanzó a terminar la palabra. Su voz se desgarró en un pitido lejano. Algo grave pasaba. Oscar se llevó las manos a la garganta y me vio con una mirada de pánico. Los demás muchachos parecían estatuas de piedra.
Entonces alcé el trombón, miré fijo el reflejo de mi cara en el instrumento y comencé a soplar.

Cuando desperté, el autopullman se desplazaba con una rapidez inverosímil por un altiplano húmedo. A pesar del aire acondicionado sentí el fuerte olor de la vegetación. Eso me hizo sentir bien. Optimista, sería la palabra. Curioso que un olor pueda despertar ese tipo sensaciones felices. Ese, en todo caso, sería el estado de ánimo con que minutos más tarde vería a los dos calvos con Uzis custodiando el portón de entrada de la hacienda.
Ya estaba oscureciendo cuando nos franquearon la entrada. El rumor acompasado de los grillos y los sapos me hizo pensar en unos improbables teloneros encargados de abrir el show. El detalle de las ametralladoras no me inquietó tanto como descubrir el motivo de la fiesta: no era un cumpleaños, tampoco un bautizo. Cuando vi al jeque con falsa barba y Adidas carísimos supe de inmediato que animaríamos un baile de disfraces.
También otras cosas me inquietaron: los calvos del portón nos condujeron primero a un ala de la casa para darnos unas instrucciones que en ese momento no entendí. Básicamente nos comunicaron que los patrones querían “sets largos y canciones verracas”. Hasta ahí todo bien; uno a veces se topa con clientes así. La cosa no me comenzó a gustar cuando nos dijeron que la fiesta duraría “tres días, como mínimo”.
—Todo depende de ustedes —agregaron como para darle un toque deportivo al asunto.
Cuando les vi las caras a los muchachos tuve la certeza de que yo no era el único sorprendido.
Pero lo definitivo, lo que en verdad me hizo sentir que tenía una piedra en el estómago o que la tendría en un futuro, fue el comentario que hizo uno de los matones antes de irse:
—A estos manes les hace falta un nombre, ¿no me le parece? —dijo sin reírse—. Yo les tengo uno bonito: “Los Desechables”.

En un primer momento pensé que todo era una broma; a veces los colombianos tienen un humor un poco torcido. Y con esa idea me hubiera montado en la tarima feliz y encantado de la vida. Pero se me ocurrió mirar al timbalero: lloraba y temblaba sin vergüenza alguna.
Ahí sí fue verdad que me puse serio. Quería explicaciones, aunque fuera para llevármelas a la tumba. Había llegado el momento de las revelaciones, del “Magical Mistery Tour”, como decía un amigo rockero al que le hice unos arreglos en un disco de salsa-rock que fue un fiasco.
Lo que pude sacar en limpio en medio de la lloradera (la sección rítmica le hacía honor a su nombre: conga, bongó, timbal y piano chillaban al unísono) era que “nos” habían traído engañados. Hablaron de un tal Echeto, un delincuente menor de Petecuy, quien fue que hizo todos los arreglos. Hablaron de dinero o de la promesa de un dinero. Hablaron de apellidos que a mí no me decían nada pero que ellos pronunciaban con reverencia. También hablaron de las fiestas “desechables” (un invento mexicano, según me explicaron), en las que la principal atracción, por lo visto, era darle a putas y músicos el mismo trato que le daban a los cubiertos de plástico.

Pensé en soltar varias groserías venezolanas para aliviar un poco la furia y el miedo que sentía. No sabía qué efecto podía causar, por ejemplo: “vayan a lavarse ese culo”, así que me abstuve y me decidí por un discurso que recordaba más bien a un director técnico en un entretiempo adverso. Recuerdo que dije algo que comenzaba con: “Bueno, caballeros, la situación es esta...”. Cuando terminé, hasta yo mismo me sentía mejor. Si la cosa “dependía de nosotros”, entonces se la íbamos a poner difícil. “Nos tienen en salsa”, les dije a los muchachos para relajarlos un poco.
Ninguno entendió el chiste.

Al rato, la pareja de calvos regresó y nos llevó al patio de la hacienda. En el trayecto aproveché para echarle un vistazo a la casa. Desde que nos abrieron el portón yo había notado algo extraño. La casona tenía un toque entre mayamero y egipcio, como de película de Walt Disney. Ya adentro la sensación era otra. Un equívoco olor a chicharrón ofendía las narices. Pero era la decoración interior lo que más hablaba de los dueños de casa. Había pieles de leopardo por todos lados, como si esa fuera la guarida de un cazador furtivo retirado. El seibó gigante, atiborrado de cristalería fina e inútil, lucía como abandonado en medio de aquel salón vagamente africano. Vi a un mayordomo chino, con aires de Dr. No, sosteniendo una bandeja con algo que deseé fuera los restos de una azucarera derramada. El tufo a chicharrón se confundía con otros olores que no lograba precisar, pero que vinculé, no sé por qué, con unas risas estruendosas provenientes de un sofá king size humillado por el peso de unas odaliscas demasiado maquilladas. Casi eché de menos las cortinas de satén rojo y el obligado jacuzzi de mármol.
También vi el altar.
Ocupaba casi una pared completa y estaba flanqueado por dos desacreditados elefantes de yeso. En el centro, una figura de Santa Bárbara al natural, trataba de dar coherencia al desorden que se arremolinaba a su alrededor. Me sorprendió la cantidad de globos blancos y amarillos arbitrariamente guindados en todos los rincones. Las frutas, los juguetes y las flores (girasoles, gladiolos blancos, rosas nacaradas) hacían pensar en la mercancía de un buhonero y no en lo que realmente era: humildes ofrendas para los santos. La serigrafía de un Simón Bolívar algo compungido formaba una extraña trinidad al lado de las estampas de Yemayá y Babalú Ayé. San Lázaro, desde un pedestal, parecía decirnos adiós con una mano rígida y esmaltada.
Una alfombra persa nos señaló el camino al patio.
La gallera (donde estaban montados los instrumentos), no me causó tanto asombro como el hecho de que el sonido estuviera ya probado. ¿En qué momento lo habían hecho? Eso lo sabe Dios. El caso era que todo estaba listo y en su sitio en espera de nosotros. Desde mi lugar pude dar con el origen de la peste a chicharrón: nueve puercos, envarados de hueco a hueco, giraban sobre unos tizones cenizos. El Dr. No los adobaba con pericia oriental. “Nosotros también somos nueve”, me atreví a hacer un pequeño cálculo mental.
Mientras distribuía las partituras, me adelanté a un hecho que me hizo estremecer: el repertorio, que yo mismo había preparado, con suerte nos alcanzaría para aquella primera noche. “Como mil”, recordé con horror.
Entonces se me ocurrió un plan.

La gallera tenía butacas de terciopelo rojo y manchas de sangre en las barandas. “Los gallos”, pensé a manera de consuelo mientras arrancábamos con la primera pieza. El palenque estaba ubicado muy cerca de unas caballerizas donde consentían a unos caballos de paso fino y grueso precio. De vez en cuando un peón sacaba a uno de los potros y lo hacía danzar al son que estuviéramos tocando. También sacaron a un tigre blanco enjaulado: una clara demostración de poder, como el coñac Napoleón que nos trajo el chino para mantenernos “aleltas”.
A medida que avanzaba la noche, maldecía una y otra vez al que inventó aquello de que la música calma a las fieras. Nuestra música parecía causar un efecto contrario. Cada tema parecía enardecerlos de una manera extraña. Era como si cada pieza les dejara algo incompleto por dentro que necesitara rellenarse con la siguiente canción, y así hasta el infinito. El primer set duró casi cuatro horas.
—Están celebrando un “corone” —me había explicado el pianista en el descanso cuando le pregunté el porqué de tanta euforia, sobre todo de parte del jeque de Adidas biónicos.
—Es el patrón. Estas fiestas sólo las hacen cuando logran pasar algo grande —intentó aclarar—. A eso se le llama coronar. Es como cuando hay buena cosecha, ¿entiendes?
No entendí. O mejor dicho, entendí a medias. La verdad es que tenía la cabeza en otro lado. El primer set nos había dejado bastante agotados y casi sin municiones. El patrón era un señor gordo de bigotes al estilo charro, papada de jabalí y mirada maníaca. El disfraz de árabe no le sentaba bien. El bamboleo de la túnica lo hacía parecer un loco escapado de un psiquiátrico iraní. Los Adidas, por su parte, le restaban cierta majestad al disfraz.
Pero hubo un detalle que sí me preocupó: el hombre no se sentó en todo el set. Fue ahí que pensé: “si el hombre se sienta es porque está aburrido y si está aburrido hasta ahí nos trajo el río”.
Eso se lo dije al Chapo Olivares, uno de los tres vocalistas que me llevé y que, dicho sea de paso, poseía un color de voz bastante parecido al de Oscar. Pero al Oscar de antes. Al de El cachumbambé. Al de afro y cadenas de oro. Al Oscar sin corregir.
No sé si fueron mis palabras o un nuevo paseíllo del tigre blanco lo que hizo que el Chapo se botara en el segundo y último de set de aquella primera noche. Parecía como si estuviera en el Madison Square Garden ante veinte mil personas. Qué talento tenía ese muchacho. Lástima que lo haya mal aprovechado. Unos años después, cuando ya yo le había perdido el rastro, me enteré de que una salva y no precisamente de aplausos lo esperó a las puertas de una agencia bancaria en Cali. Salía con un maletín en una mano y una nueve milímetros en la otra. Sin embargo, aquella sí que fue la noche del Chapo Olivares. De los ochenta y seis temas que teníamos de repertorio, el hombre parecía multiplicarlos por tres. Alargaba los soneos y los mambos, modificaba y expandía estrofas, hacía “solos de boca” de instrumentos que sólo existían en su imaginación. Tenía lo que hay que tener para seducir a una audiencia. Gracias a él, el Jeque sólo se sentó cuando el sol asomó por entre los cerros que amurallaban la hacienda.

Mientras los dos calvos nos conducían en fila india al interior de la casona escuché los primeros acordes de una canción vallenata. Era extraño: no había visto a ningún grupo alistándose para tocar y sin embargo comenzaron a sonar casi de inmediato. Era una canción triste. La letra hablaba de un desengaño amoroso y de la venganza del amante engañado. Fue lo único que alcancé a escuchar antes de que nos encerraran en otra de las alas de la casa a descansar.
Pero yo no descansaría en los próximos dos días.
“Sin repertorio estamos muertos, Albóndiga”, recuerdo que me dijo el pianista apenas entramos en aquel salón donde relucían nueve literas impecablemente tendidas. De los músicos, él parecía el único que se daba cuenta del lío en que estábamos metidos. La situación era como para ponerse a rezar y todos se comportaban como si estuvieran de picnic. Atacaron con desespero un bufé que acababa de instalar el chino (yo no comí), y se dieron el tupé de pedir más. Lo que faltaba era que exigieran champaña.
Entonces le comenté mi plan.
—Creo que yo también voy a comer —fue lo único que atinó a decir apenas concluí, como si masticar y resignarse fueran la misma cosa.

En los cuarenta años que llevo en este negocio creo haber hecho de todo. O por lo menos casi todo. De eso me di cuenta cuando le pedí al chino que me trajera lápiz y papel.
“Repertorio”, yo les iba a dar su repertorio.
La verdad es que nunca me he sentido tan solo como en aquel día. Mientras todos dormían, indolentes, yo tenía un problema que resolver. Más bien dos. Mi memoria nunca ha sido buena y con los años ha ido peor. El otro problema era el tiempo. En realidad, el verdadero problema es el tiempo, esa es la tragedia, ¿cierto? Pero algo tenía qué hacer y lo hice. Que por mí no quedara.
Lo que son las cosas, de los tres cantantes que me llevé, el Viejo Piñango era al que menos le tenía fe. No era que tuviera mala voz (o sí, tal vez un poco aguardentosa), pero su gracia indiscutiblemente estaba en el baile. Yo lo llevé básicamente para eso, para que diera espectáculo. Creo que fueron sus pasos de baile, sus “tijeretas”, y no el encanto de su voz lo que impidió que el jeque se diera cuenta de que le estábamos haciendo trampa: parecía hipnotizado en las hábiles piernas de aquel insólito hombre de 63 años que lanzaba patadas de karate, se contorsionaba y hasta parecía flotar como una nube vertiginosa en medio de aquella gallera.
Esto fue lo que se le pasó por alto el Jeque:

Primer set (internacional)
1. Mundo alucinante (16 veces)
2. Un baile de ambiente (18 veces)
3. Estrella distante (19, casi 20 veces)
4. Mi adorada (18 veces)
5. Corazón tan blanco (17 veces)
6. Y viva España (16 veces)
7. La felicidad ja, ja (15 veces)
8. Ahí namá (16 veces)
9. Los mágicos (14 veces)
10. Porque me gusta (12 veces)
11. Vidas imaginarias (20 veces)
12. Nadie más que tú (20 veces)

Segundo set
13. Por lo que tienes de ceniza (18 veces)
14. Dulce cantar (16 veces)
15. Sólo quiero que amanezca (16 veces)
16. Tiene coimbre (17 veces)
17. Amores y castigo (18 veces)
18. Cañonazo (18 veces)
19. El bonche (16 veces)
20. Que bailen to’s (16 veces)
21. Las primeras hojas de la noche (19 veces)
22. Aprende conmigo (19 veces)

Tercer set
23. La eliminación de los feos (10 veces)
24. Yo soy la rumba (3 veces)
25. Qué pena me da (2 veces)
26. Percusión (1 vez y el Jeque estuvo a un tris de sentarse)
27. Fanfarrón (1 vez)
28. Paseos al azar (8 veces)
29. Arroz con manteca (10 veces)
30. Salsa y control (6 veces, sin pena ni gloria)
31. No me mires así (10 veces)
32. Como si fuera una espiga (2 veces)
33. Velorio alegre (3 veces)
34. En el bar la vida es más sabrosa (4 veces)
35. Mayoral (9 veces)
36. Según pasan los años (2 veces)
37. Bururú Barará (10 veces)

Cuando el sol vino en nuestro auxilio, el Viejo Piñango aún tenía gasolina para unas horas más. Su entusiasmo era frenético e infantil, como el de un niño que se niega a irse de una piñata. Había dado lo mejor que podía ofrecer y se sentía feliz por ello. Sin embargo, al llegar a la habitación, entró en un torpor inexplicable, como si alguien de pronto lo hubiera desenchufado. Se acostó en unas de las literas y ya no volvió a levantarse hasta que todo terminó.
Yo también intenté descansar un poco. Me eché en una de las literas pero por mucho que traté no pude pegar un ojo. Soy una persona responsable, qué te puedo decir, toda la vida lo he sido. Aún me quedaba una noche por delante y yo no sabía qué hacer, esa era la verdad.
Aquella segunda noche en poco se diferenció de la primera. Todo parecía repetirse según un orden establecido. Todo salvo por un detalle: las mujeres. Las que vi la primera noche sin duda alguna no eran las de la segunda noche. Algo similar noté con los puercos asados.
También los muchachos de la orquesta, en un alarde de mala educación, repitieron su comportamiento del día anterior. Aquello no era apetito sino gula. Yo apenas si mordisqueé alguna fruta. Todo me sabía a hiel.
Sólo cuando le pedí al chino que me trajera más lápiz y papel sentí un poco de paz en el cuerpo.

Como a las seis de la tarde salí afuera a tomar aire y a despejar un poco la mente. “Higiene mental”, decía mi vieja. Uno de los calvos me custodiaba como si yo fuera un niño travieso.
Me fumaba un cigarrillo cuando escuché el estruendo y casi de inmediato sentí la ventolera. Aunque me encontraba a una distancia considerable, pude fijarme con detalle en los cuatro hombres que descendieron con la cabeza gacha del helicóptero. La verdad es que no había que ser un genio para saber a qué se dedicaban por lo menos tres de aquellos hombres. Una vez en Nueva York intenté comprar una camisa similar a la que uno de ellos lucía. Cuando me fijé en el precio supe de inmediato que jamás sería propietario de un Ferrari ni de una camisa de seda como aquella. Los tres fumaban habanos con malévola elegancia e iban esposados a unos acerados maletines que sólo he visto en películas. El cuarto hombre sí que no pegaba con nada. Parecía sacado de un grupo de danzas folclóricas del Senegal. Llevaba con forzada naturalidad un gorrito, puede que musulmán, adornado con lentejuelas y piedras de fantasía. La túnica blanca, abierta en V en el pecho, dejaba ver nueve collares multicolores, acaso su signo más distintivo, si obviamos, claro está, las sandalias con medias deportivas que usaba y que le conferían un aire de turista alemán.
Sin embargo, era la torta que sostenía en las manos lo que en definitiva me turbó. Tenía el diámetro de una pizza familiar y la consistencia de un pastel lóbregamente macrobiótico. ¿Para quién era aquello? Pronto lo iba a saber.

Para esa tercera noche me había reservado al que, en mi opinión, era el mejor de los tres cantantes. El Nené Pinto poseía una de las voces más versátiles que había escuchado en años. Sorprendía que a los 19 años pudiera lograr aquellos registros. También poseía algo que no venden en la farmacia: escena, cancha, que en este negocio es tan vital como la voz. Con ese talento me sentía confiado para el cierre. Tal vez la edad me preocupaba un poco, pero ciertamente no era el momento para ponerse exigentes.

Antes de salir a la gallera, quise motivar a los muchachos para que le pusieran un extra a la presentación. No alcancé a decir: “la suerte está echada”, cuando el chino entró por la puerta. Empujaba el mismo carrito de siempre, salvo que en vez de comida traía la torta. De cerca no tenía tan mal aspecto y el aroma era de esos que prometen cosas mejores al paladar. Cuando la probé sentí algo extraño, sabía a una combinación de concha de limón en almíbar con remolacha. Pero el fondo amargo se imponía a los demás sabores y eso me hizo desistir de terminar mi ración. Los demás muchachos, al parecer, sintieron lo mismo y dejaron a medio camino sus porciones. Todos menos el Nené Pinto quien, con nostalgia glotona, dijo que la torta le recordaba un pastel navideño que hacía su abuela en Tolima.
En el trayecto hacia el patio unos de los calvos se puso conversador. Eso me dio mala espina. Sobre todo al enterarme de que los tipos del helicóptero eran los “señores de Culiacán”. Qué curioso: “Señores de Culiacán” me sonó en un primer momento a título de gaita jocosa. Fue mientras afinábamos los instrumentos que caí en cuenta de la ecuación Culiacán-México-Desechable.
Todo lo que sucedió a continuación de verdad que lo recuerdo vagamente. Para ser más específico, recuerdo sólo las dos primeras horas de aquella presentación. Fueron magníficas. Me había esmerado en un repertorio de temas cubanos (danzones, sones morunos, etc.) que alterné con algo de charanga y boogalows. La experiencia de las dos noches anteriores me había educado en los gustos y caprichos del Jeque. La orquesta botaba un sonido engranado, limpio, como el de una filarmónica. Creo que en lo que me resta de carrera jamás volveré a escuchar algo similar. Pero tanta dicha no dura mucho y en el caso que nos atañe apenas duró un par de horas, tiempo en el cual los señores de Culiacán no se movieron de sus butacas; se limitaban a darles pequeños sorbos a sus tragos como si se tratara de bebidas muy calientes y a mirar con fascinación al Jeque. Del tipo de los collares y sandalias con medias, ni rastro. Sólo lo volví a ver en el primer intermedio cuando fui al baño a orinar. No sé por qué, pero me pareció lógico que el sitio donde me lo encontrara fuera el altar. Estaba sentado, al estilo sioux, a los pies de la imagen de santa Bárbara (que dicho sea entre paréntesis parecía más la representación del Deseo que de una santidad: tenía mucho busto y mucho labio, como si al artesano que la moldeó hubiera exagerado la dosis de colágeno), y se entretenía con unos caracolitos que lanzaba y recogía como si estuviera jugando una interminable partida de ludo místico.
Mentiría si dijera que me acuerdo de la canción que interpretaba el Nené Pinto para el momento en que ocurrió el desastre. Debe haber sido una charanga. Lo digo porque el muchacho estaba dando unos saltitos, que eran parte de la coreografía, cuando de pronto se puso a dar unos brincos frenéticos, como de canguro. De haber sido sólo eso de repente nadie se hubiese dado cuenta. Pero las cosas malas suelen venir en seguidilla. Casi al final de la pieza y sin que viniera a cuento, el Nené se quedó estático, con la mirada perdida en un punto indeterminado de la gallera. Luego, todo sucedió. Un vómito verde, como una guasacaca espesa, le brotó de la boca y el chorro fue a dar casi íntegro a la túnica del jeque. Los Adidas también llevaron lo suyo. Qué momento más incómodo, vale. El Jeque parecía el sacerdote de El exorcista. Pero lo más extraño fue lo que ocurrió a continuación. Contrario a lo que yo me esperaba, el jeque no ordenó que nos fusilaran en el acto. Más bien daba a entender que el asunto lo divertía muchísimo. Se quitó la batola como si el asunto no fuera con él y mandó a que el show continuara. Entre el Chapo y yo sacamos al Nené del escenario. Estaba helado y tenía los ojos como un animal disecado. Al Chapo le dio por hablar de posesión satánica y comentó que en su pueblo a una niñita le había ocurrido lo mismo. No le quise decir nada, pero yo estaba seguro de que lo único endemoniado en todo esto era la bendita torta mexicana.
El resto de lo que pasó aquella noche lo tengo poco claro. Hasta donde alcanzo a recordar, el Chapo se defendió bien con el micrófono a pesar de no haber ensayado el nuevo repertorio. Pero el Chapo era puro talento y de haberlo puesto a cantar ópera, tango o joropo no dudo que también hubiese salido bien librado. Sin embargo, eso es apenas lo poco que puedo evocar con nitidez; todo lo demás me viene a la mente por pedacitos. Unos pedacitos más bien difusos y algo incoherentes.

Todo brilla con colores que en mi vida he visto y que, me temo, jamás volveré a ver. Siento que el Jeque, los mexicanos, las putas, los calvos y hasta el chino me aman. Yo también, por alguna razón, los amo a ellos. Pero se trata de un amor especial: un cariño suave, despreocupado, como romance de liceo.

Ya no peso los 138 kilos que me agobian y me identifican. Mi trombón adelgaza junto a mí hasta convertirse en la primera flauta dulce con que me inicié en la música.

Mamá, con una voz a la que no le falta autoridad, dice: “Gordo, ve al abasto y tráeme un real de mantequilla, dos maltas y una caja de Lido”.

Todo lo veo espeso, gelatinoso.

Al pianista le da por “jazzear” un tema y el conguero lo acompaña en esa locura. Intervengo para evitar una desgracia. A la final, terminamos improvisando algo de Thelonius Monk que no nos quedó ni mal.

El Jeque ríe. Tengo ganas de hacer pupú.

Me miro el pulgar mientras deslizo la varilla del instrumento. Mi dedo es fascinante.

Los puercos mueven la boca. Me parece que hablan entre ellos.

Los mexicanos ríen. Yo también río.

Jairo me debe unos reales. Tengo que cobrárselos.

Otra vez mi vieja: “Si no haces la tarea, no hay Tom y Jerry”.

Cuánto será 9 x 9.

Qué será de la vida de Thelma Tixou.

El chino se acerca a la gallera y le comenta algo al pianista.

El pianista se desnuda.

Estoy a nueve centímetros del piso.

Creo en la paz del mundo y en el ginkobilova.

Magallanes será campeón.

Soy feliz.

El Jeque se sienta.

Me hago pupú.

Antes de que ocurra lo peor, mando a parar la orquesta. Siento un maremoto dentro de mí. Oigo campanas, o algo parecido a las campanas. Estoy cansado y estoy sucio. Pero no me he rendido. Uno, bajo ninguna circunstancia, debe rendirse. Aprovecho para hablar con los muchachos. Con resignación y asco, soportan mi monserga y mi olor. Creo haber hablado muchísimo, pero apenas recuerdo tres palabras: amistad, valor, Dios. Los calvos se aproximan a la gallera, pero ya no tengo miedo. Mando a los muchachos a tomar de nuevo sus posiciones. Siento que el fin se acerca, pero a la vez siento que he cumplido. El tipo de los collares y chancletas con medias por fin aparece. Se sienta a la derecha del Jeque y le comenta algo en voz baja; un gesto canónico de película de Semana Santa. En ese momento, no sé por qué motivo, intuyo que todavía existe una posibilidad. Me da mucha rabia decirlo, pero si esa posibilidad pudo tomar cuerpo fue gracias al pianista. Fue él, con repertorio en mano y dedo tembloroso, quien me señaló la letra de Para tu altar. Quién lo diría. Juro que yo no hubiera podido hacer semejante asociación. Hay gente que sirve para esas cosas, yo no. Pensar que el único éxito que pegara Argenis con la vieja orquesta sería la clave que nos sacaría de aquella pesadilla. Ahora que hago un esfuerzo, me vienen a la mente las circunstancias que rodearon la grabación de esa pieza años atrás. Puedo ver a Joseíto, mi compadre y timbalero de la orquesta, metido de pies y cabeza en aquella onda santera fastidiosísima en la que pretendía involucrarnos a todos. Joseíto vestido enteramente de blanco: zapatos blancos, boina blanca, reloj blanco. Joseíto con su amiga de la época (disfrazada de novia antillana, con turbante blanco y todo). Joseíto y su empeño en incluir esa canción: “esto va a ser un palo, Albóndiga, créeme”. Me parece recordar que entre sus otros argumentos de peso destacaba la palabra “bawalao”. El hecho fue que por no llevarle la contraria al compadre acepté que Argenis grabara el tema. Aunque justo es decir que los arreglos que le hice y la manera cómo monté el sonido y las voces recordaba a anteriores trabajos que ya había hecho con Oscar. Eso trajo su parte mala: el público dejó de referirse al pobre Argenis como el Gordito. A partir de entonces comenzaron a llamarlo “Oscar Meyer”. Como quiera que sea, fue esa canción sencillita y sin mayores pretensiones la que en definitiva nos salvó la vida. Hasta ahí llegan mis recuerdos. El resto puedo completarlo (y esto también me duele decirlo) nuevamente gracias al pianista. En el viaje de regreso a Cali tuvo la suficiente lucidez y aplomo estomacal como para acercarse hasta donde yo estaba y contarme el final de esta historia. Según me dijo, apenas el Chapo arrancó con la primera estrofa de la canción el tipo de los collares entró en una especie de trance. Eso yo no lo recordaba. O puede que sí, no estoy seguro. El asunto es que el hombre babeaba y pedía a gritos que le dieran de beber ron. Luego se serenó un poco y se acercó a la gallera. El pianista dice que en ese instante temió lo peor. Sin embargo, el tipo lo único que deseaba era que volviéramos a tocar la canción. Y así lo hicimos, según el pianista. La tocamos y la tocamos hasta que “un rayo de luz madrugadora nos recordó a todos que las noches no son infinitas”. El resto es más o menos ridículo y no vale la pena dilatarme mucho en esa parte. El hombre, en un acto a todas luces teatral, se quitó los collares que llevaba puestos y nos guindó uno a cada uno, la cosa parecía más bien una premiación de la FIFA. Dijo que le diéramos las gracias a Oshún y que podíamos irnos en paz. Hasta no hace mucho pensé que el tal Oshún era el nombre de uno de los mafiosos.

De aquella aventura ya han pasado muchos años. De Colombia me traje muchos recuerdos, algo de dinero y el collar que me regaló el señor aquél. A los pocos días de haber salido del susto de la hacienda comencé a usar el collar. La verdad es que no sé por qué lo hice y, a estas alturas, no creo que importe mucho buscarle una explicación. No me lo he quitado desde entonces. La palabra amuleto no me gusta. Yo nunca he creído en ese tipo de cosas pero tampoco dejo de creer. Me ha ido bien, esa es la verdad. Sin embargo atribuírselo al collar me parece un poco exagerado.
En estos días Oscar se puso en contacto conmigo. Tenía años sin hacerlo. Me dio lástima cuando lo escuché hablar de un “reencuentro” con los muchachos de la orquesta original. La gente cuando se pone vieja le da por ese tipo de cursilerías. Le dije que lo iba a pensar. No soy un hombre rencoroso, pero esa fue mi pequeña revancha por el asunto de la Zulia. La salsa ha cambiado mucho desde entonces. Nosotros también, para bien y para mal. Hay personas que no entienden esas cosas.

MI AMIGO EL GRINCH

Querido Federico:

Ya sé que te molestan y hasta te desconciertan los correos largos, reflexivos y llorones. Pero es que a ti después de viejo te ha dado por ausentarte, por trotamundear, por acumular millas, y a uno no le queda más remedio que recurrir a esta virtualidad que tanto detestas. Sin embargo, prometo ser breve, incluso no aburrirte. Lo que sigue a continuación intentará, de alguna manera, justificar la pinta de zombi que traje a mi regreso del viaje, pero también (y quizá esto sea lo más importante para ti), develarte el misterio de la caja de Etiqueta Negra desaparecida de tu biblioteca.
Tenías razón, Federico, el apartamento de Puerto La Cruz era una belleza. Tal vez un poco “egipcio” para mi ánimo: esos grabados de Tutankamón en el lobby y los ascensores tipo Gattaca me hicieron sentir como si visitara una almibarada atracción de Disney. Pero, haciéndose el loco, uno no puede sino asombrarse de que hayan podido levantar algo así en ese morro de piedra plagado de iguanas.
La verdad es que fue un gesto noble de tu parte el habérmelo prestado en Navidad mientras tú te quedabas varado en Caracas. No estoy seguro que de haber sido ése mi caso yo hubiera hecho lo mismo contigo, pero para eso están los amigos y tú, para fortuna mía, eres de los pocos que me van quedando. Recuerdo que ni te inmutaste cuando te conté de los problemas que estaba teniendo con la Gorda Raffalli. Con esa envidiable frialdad con que sueles evaluar las cosas, determinaste que aquello era una tontería; nada que un poco de intimidad, playa y whisky con agua de coco no fuese capaz de solucionar. Fue entonces que me ofreciste el apartamento de Puerto de La Cruz y yo, sin saberlo, estaba firmando el acta de defunción de mi noviazgo.
Enamorarse después de los 40, Federico, puede que tenga algunas ventajas, muchas, quizás. Se supone que uno a esa edad ya tiene el álbum de barajitas casi completo, que sólo faltan las especiales y ésas, por lo general, llegan solas o simplemente no llegan. Pero las desventajas, lo sabes mejor que nadie, suelen ser obvias, predecibles y, con toda certeza, dolorosas.
Nada más fíjate mi caso con la Gorda.
Ricardo ¿o fue Albinson? me la había presentado en uno de esos bautizos de libros en El Buscón. Ya sabes, el típico evento lleno de talleristas sexagenarias, poetas sin poesía y estudiantes de letras a un tris de la inanición. Ella se le estaba escondiendo a Jack Pérez-Díaz por un asunto que ni recuerdo. Debe haber sido uno de esos libros chorizos que le han allanado el camino a la Academia y que él suele delegar a su corte de arribistas sumisos. Al parecer, la Gorda, le había fallado contumazmente en una de sus encomiendas y el académico la buscaba sin tregua.
En su juego del escondite me utilizaba como escudo, cosa que en ese momento me pareció divertida y hasta aventurera. Desde aquel día me cautivaron sus brazos rollizos y tersos, su ceja izquierda levantada a lo Mata Hari y su catálogo de chistes clichés: “No sé si cortarme las venas o dejármelas largas”, era el preludio de una extensa rutina que en poco tiempo aprendí de memoria.
Pero resultó que aquella niña traviesa, aficionada al escondite literario, tenía mi misma edad y ostentaba el difuso expediente de toda cuarentona recién divorciada. Cuando comenzamos a salir, llevaba dos meses atravesando por lo que ella denominaba “un proceso de introspección”. Su proceso de introspección tenía que ver con el abandono de un novio rockero, full tatuajes y piercings espeluznantes, al que le llevaba catorce años de edad.
También había un ex marido irresponsable, un hiperquinético hijo de nueve años y demasiados problemas colaterales. Te estarás preguntando por qué no pegué la carrera apenas vi semejante combo. Esa respuesta sí que no la tengo, viejo, pero a veces me gusta pensar en mi teoría del álbum incompleto para que algunas noches (con sus mañanas) me sean más leves.
Como recordarás, todos los rollos empezaron cuando al ex de la Gorda le dio por alterar el delicado ecosistema de las parejas divorciadas. De un día para otro, el tipo comenzó a perderse todos los fines de semana que le tocaba quedarse con Robertico, el hijo de ambos. En un principio me entretenían las excusas del hombre. Eran creativas e insólitas. Combinaba, con maña de guionista, argumentos médicos, líos de faldas y amenazas de muerte. Nunca unas hemorroides tuvieron tanta credibilidad para exonerar responsabilidades paternas.
Pero al mes y medio, ya yo estaba harto. Las piñatas y obras de teatro infantiles eran lo de menos –el “plan familiar”–, como decía la Gorda. En realidad lo que más me cargaba eran los mediodías de sexo apurado en hoteles de El Rosal y, por supuesto, el escasísimo tiempo que aquellos planes familiares y el trabajo de ella nos dejaban como pareja. Una tarde de sábado, mientras hacíamos una cola interminable en Bimbolandia, tuve una epifanía. Cometí el error de compartirla con la Gorda:
―Tu ex anda enculado, amor.
En un principio ella pensó que me refería a las hemorroides del papá prófugo. Explicó que el asunto de las hemorroides era verídico, que le constaba. Cuando le aclaré a qué me refería y examinamos los otros temas, ya no pudo dar el aval que le conferían diez años de matrimonio al lado del fugitivo. Entonces sentí la necesidad de reafirmar mis sospechas:
―Al pana, lo único que le falta, es que lo persiga la KGB.
Ésas, y otras frases que no vienen al caso, nos fueron sumiendo en una espiral de peleas sin triunfos y discusiones en círculo que desembocarían, como ya sabes, en el Diciembre Negro. Pero, ¿de qué valía tener la razón cuando el presunto causante de nuestras desdichas se asoleaba en Los Roques al lado de su nueva pasión?
Un viejo axioma, entre actores de Hollywood, aconseja nunca trabajar con perros y niños. Esa máxima sólo llegué a entenderla el día en que conocí al hijo de la Gorda. Esa vez, el niño iba vestido de karateca y en su mirada advertí un irrefrenable deseo de largarme una patada voladora. Sin embargo, Robertico estaba en posesión de otros métodos mucho más sutiles de ejercer la violencia: las derrotas que me propinaría, tiempo después, en el scrabble y el ajedrez me dolieron muchísimo más que cualquier mawashi geri directa al mentón.
A decir de la psicóloga holística del chamo, Robertico era un niño índigo. Esto, en cristiano, sintetizaba características y destrezas que iban más allá de los juegos de mesa: pronunciaba frases célebres (propias) sin esfuerzo alguno, pero también era capaz de desplegar una rebeldía calculadora y fría cuando iba en pos de algo. “Es un niño comunicador”, ponderaba la madre en medio de las muy frecuentes pataletas que solía escenificar su Karate Kid.
El asunto era que madre e hijo se amaban con locura y yo llegué en el mejor momento de su idilio. ¿Quién diablos se acuerda de las contrafiguras de Macaulay Culkin en Mi pobre angelito? ¿Quién se acuerda, incluso, de Macaulay Culkin, Federico?

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A Puerto La Cruz llegamos de noche y estresados. Robertico me había hecho morder el polvo en cuanto juego se le había ocurrido a la Gorda meter en el bolso de mano. Eso, aunado a la cara de educado hastío que ya comenzaba a exteriorizar mi novia, eran suficientes indicios para presagiar lo que me aguardaba en el apartamento.
Ya en el terminal comenzarían mis problemas. La Gorda tenía tres rasgos chocantes que yo luchaba por convertir en divertidos: era aficionada a los taxis caros, las sortijas escandalosas y las mentiras elaboradas. Era publicista. De esos tres, Robertico había heredado el primero. Este hallazgo genético me fue revelado en aquel terminal sospechosamente desierto. Ya en Caracas me habían advertido sobre los profesionales del volante del Puerto, pero jamás imaginé que aquellas exageraciones había que multiplicarlas por cuatro. En un descuido, nuestro Pequeño Saltamontes, desapareció y reapareció con Moncho, un personaje que sería clave en aquellas malogradas vacaciones. Moncho no tenía dientes pero sí la tarifa más alta que me han cobrado por ocho minutos de viaje en taxi. No sé de dónde lo sacó el niño, pero tomando en cuenta lo que pasó luego, a veces pienso que se paró en medio de una rueda de taxistas adormilados y preguntó quién andaba urgido de plata para operar a la abuelita del corazón.
De más está decir que Moncho y Robertico congeniaron de inmediato. Camino al apartamento, Robertico repitió tres o cuatro chistes que han hecho célebre a la Gorda en su círculo de amigas. Su don de la improvisación era proverbial. Moncho se divirtió horrores cuando el muchachito le aconsejó que dejara el taxi y montara una franquicia de chicharrón con pelos, que con eso tendría más tiempo para el “piernicuquilambiteteo”; palabra ésta que no me sorprendió tanto como la impecable dicción con que la pronunció.
En vano busqué un gesto de pudor, quizás desaprobación, en la Gorda: ni siquiera la madre de Jerry Seinfeld hubiese puesto la cara de orgullo maternal que exhibió mi novia en ese momento.

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En esa primera noche de acomodos y adaptaciones me quedé dormido profundamente, consciente y anhelante de los días por venir. En mi fantasiosa concepción de aquel viaje, me entretuve pensando en las delicias turcas que me aguardarían. En los desayunos en la cama. Las locuras en la ducha. En la ley de las compensaciones. Fue un sueño reparador y estimulante. También fue la única noche que logré dormir completo.
La Gorda se despertó al siguiente día como a las once de la mañana. Yo me había despertado a las seis, con el horror y la incertidumbre de no tenerla a mi lado. La busqué, como si se me hubiese perdido un lente de contacto en la arena. El apartamento, a aquella hora de la mañana, lucía como una oficina en prometedor viernes de puente vacacional. En una de las habitaciones la hallé. Traía puesta la bata de tiritas que tanto le quité con los dientes. Robertico le abrazaba un muslo como si se asiera a un ciprés en medio de un repentino sismo. La televisión estaba encendida y me costó reconocer a Jim Carrey metamorfoseado en peluche verde. Vagamente puedo recordar la escena: el Grinch le juraba venganza a un pueblo que lo despreció por feo y diferente. “Les robaré la Navidad”, prometía Carrey con dientes perfectamente podridos.
En ese momento no logré comprender, en su justa dimensión, la profecía que me regalaba la televisión. Por ocio, me dio por buscar el bolso donde la Gorda traía las películas que nos sustraerían de las horas muertas. Sé que no es el momento de atribuir responsabilidades, pero por la pasión con que Robertico vio cada noche a Jim Carrey urdir maldades, me dio por especular con aquel bolso convenientemente olvidado en el taxi de Moncho, en una chicharronera de El Guapo o en un tramo ignoto y distante del closet del diablito.

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Aquel primer día de vacaciones se lo dedicamos a las diligencias que tú me asignaste y que yo prometí cumplir con devoción calvinista. Moncho, en un alarde mercadotécnico, había dejado su tarjeta de presentación y a él acudí de nuevo, resignado de convertirme en sus “utilidades” de fin de año. Sin embargo, por lo que cobró aquel día, casi estuve a punto de ser su jubilación. Nos hizo un Tour de areperas por las cercanías de Lecherías y habló pestes del gobernador del estado con sano resentimiento mientras acudíamos a pagar las facturas de luz, agua y teléfono. Media hora nos bastó para enterarnos de que había sido escolta o chofer de su odiado gobernador y que una injusta liquidación lo había puesto en el bando contrario.
Al regresar, no quise ir a la piscina y me quedé solo en el apartamento. Traté de distraerme un rato con la televisión pero un breve zapping cargado de lluvia radioactiva y franjas multicolores me indicó a las claras que se nos había olvidado cancelar el servicio de cable. Aquí tuve otra de mis múltiples revelaciones de aquel diciembre: supe lo difícil que era hacer vida en pareja, así fuese por unos días, sin televisión. Uno puede sobrevivir sin Internet, sin periódico y, aunque no lo creas, sin celular. Pero sin televisión no, Federico. Al otro día volvería a la ciudad para enmendar la omisión pero un cartel, escrito con caligrafía atroz, le deseaba una feliz navidad y un próspero año nuevo a todos sus distinguidos subscriptores.
Fue entonces que comencé a tomarme al Grinch en serio. Pensé en él imaginándome a uno de esos amigos forzosos e instantáneos que te pone el azar en el camino. El tipo de compañía indeseable con la que tienes que lidiar en una fiesta, en la cola del automercado o el consultorio del odontólogo.
La Gorda y Robertico subieron tarde en la noche. Yo había intentado hacer una paella que me quedó salada y con un ligero aspecto a mazamorra. “Tiene buen sabor”, pretendí vender el adefesio a mis comensales que ya veían los platos con una mezcla de desconfianza y asco.
A los diez minutos, Moncho ya me esperaba en el lobby. Por teléfono me había comunicado que conocía una pizzería cercana y solidaria. La palabra “solidaria” sonaba desacreditada en boca del taxista. Mi fe en Moncho, miento si no lo digo, comenzaba a resquebrajarse, pero aún lo consideraba mi Virgilio en aquel Hades lóbregamente mayamero.
Moncho me llevó a un sitio donde esperé mi orden rodeado de una decoración pretendidamente rusticana y en la que pude reconocer sillas y mesas manufacturadas en Quíbor. En el local había muchos alemanes, canadienses e italianos. También algunos parroquianos ansiosos de emigrar a los países de sus vecinos de mesa. En la espera, Moncho se despachó con sed delirante media docena de cervezas que me cobraron como si en realidad estuviéramos en la Toscana. Nunca me dio las gracias.
De vuelta al apartamento, las pizzas llegaron frías y chiclosas. Con todo, las devoramos con hambre ancestral y nos dispusimos a hacer la digestión mirando la única película que nos acompañó en esos días y que, como una maldición gitana, me acompañaría en los meses siguientes. Creo que me quedé dormido en el primer tercio de película. Desperté solo y mal acomodado en el puff donde me había sentado horas antes. Le eché un vistazo al televisor. Jim Carrey estaba montado en un trineo con una niña. El trineo estaba a punto de irse por un despeñadero. A pesar de los tintes dramáticos que prometía la escena, apagué el aparato y fui en busca de mi novia, a quien hacía esperándome sin la bata de tiritas y ardiendo de loca pasión.
La puerta de nuestra habitación estaba cerrada con seguro.
Una ráfaga de ira y frustración me azuzó la idea de derribar la puerta con un hacha. Pero ni yo tenía ganas de emular a Nicholson en El resplandor, ni en el apartamento había un arma de esa naturaleza. Traté de serenarme pensando en que todo había sido un descuido de la Gorda. Más aún: lo tomé como una broma macabra por parte de ella para insuflarle más deseos a nuestro postergado apareamiento vacacional. Sin embargo, un primerísimo primer plano de una manita verde y peluda girando una cerradura, insistía en torpedear las hipótesis anteriores.
Con esos pensamientos en la cabeza, me dediqué a vagabundear por el apartamento en busca de una revista o un libro que me indujera el sueño y calmara un poco mi ansiedad. Ahora que lo pienso mejor, el culpable del asunto de la caja de Etiqueta Negra fuiste tú, Federico: ¿a quién se le ocurre guardar una caja de whisky en una biblioteca?
Lo que son las cosas, aquel hallazgo inesperado y terapéutico, fue lo que me salvó de tirarme por el balcón en las noches que vendrían a continuación. Fue el señor Johnny Walker, con su añeja sabiduría, quien impidió que yo aterrizara en uno de los toldos de la piscina y tú te ganaras una severa amonestación de la junta de condominio.
Con parte de mi botín y un poco de hielo salí al balcón a ver la noche estrellada. En la marina había un yate anclado que siempre vi solitario y apocado. Aquella noche, empero, se bamboleaba con una inquietante animosidad. Al rato, una pareja salió a la cubierta. Pensé que andaban en la misma onda planetaria en la que me encontraba yo, pero el sonido de una cachetada (que la brisa marina trajo con prontitud) denunció que las cosas en el yate andaban más terrenales que siderales.
La mujer se apeó del barco sosteniéndose la mandíbula con ambas manos. El tipo, como si nada, se metió en los camarotes al tiempo que la mujer huía por el embarcadero. Poco después, el agresor, emergió de nuevo en la cubierta empuñando una botella de vodka y hurgándose en los testículos, como si ahí se le hubiera perdido un objeto valioso. Toda la escena parecía sacada de un libro de Malcolm Lowry.
Desde el balcón, yo me debatía entre no meterme en problemas ajenos o bajar en auxilio de la agredida. Mi decisión, a la postre, resultaría cómodamente cobarde pero acertada. A la media hora la mujer regresó al yate. El hombre había puesto algo de Dead Can Dance y pegaba unos brincos desacompasados en la proa. Por instantes, alternaba su danza con una patética rutina que le vi ejecutar a Marcel Marceau cuando la plaza venezolana aún era su caja chica. La reconciliación entre la pareja, si es que la hubo, apenas duró un par de minutos. Tiempo tras el cual se internaron en los camarotes y un conticinio desolador se apoderó de toda la bahía.
De pronto me invadió un cansancio extremo, no sé si producto del exceso de adrenalina o porque a la botella apenas le quedaba un par de dedos del contenido. En algún momento me arrastré hasta uno de los sofás. Al recostarme, sentí como si un anestesiólogo recién graduado hubiera exagerado la dosis y yo era la víctima de su mala praxis. Tuve un sueño extraño: siempre me ocurre cuando no me modero con el escocés. Estaba en altamar en medio de una calma chicha. Lógicamente navegaba en el yate de la pareja explosiva, pero ésta no se encontraba a bordo. En la embarcación sólo íbamos la Gorda, Robertico y yo. De repente y, sin venir a cuento, comenzamos a discutir por el control del timón. Era una discusión tonta e infantil. Privaban argumentos técnicos (o eso me pareció) que la Gorda esgrimía como un lobo de mar. Pero también el simple capricho se apoderaba de la disputa como si estuviéramos decidiendo dónde colocar un mueble en la sala. En esa andábamos cuando el cielo se puso completamente gris y un viento helado sacudió el yate como si fuera de juguete. En este punto desperté. O más bien me despertaron. Mi novia me observaba como si yo hubiese quebrado un jarrón chino. Cuando tuve más conciencia de mí mismo, noté que me encontraba tirado a una notable distancia del sofá. Tenía la botella aferrada al pecho y me faltaba un zapato, como si acabara de sufrir un accidente de tránsito.
―Moncho nos va a llevar a Isla El Saco. Apúrate ―dijo y me entregó el zapato que me faltaba.
Horas más tarde entendería que “saco” y “diablo” perfectamente podrían ser sinónimos lejanos e intercambiables. También me preocupaba la presencia de Moncho en ese paseo: ¿manejaba un taxi-peñero en sus horas libres? ¿Cuál sería su tarifa por milla náutica navegada? En todo eso pensaba mientras me arreglaba y trataba de alejar de mi cabeza esas menudencias logísticas.
No sé en qué momento de la mañana me vi embarcado en un peñero con exceso de pasajeros y pocos salvavidas. De hecho, los salvavidas lucían como objetos meramente decorativos: el de la Gorda parecía un sugerente strapless y el mío un collarín futurista. A eso había que sumarle un mar de leva, anécdotas con tiburones por parte del lanchero (que resultó ser un primo de Moncho) y un sol inclemente. Cuando al fin llegamos, toda la isla parecía hundirse bajo el peso de la típica fauna playera venezolana. Tías gordas y señoriales, maridos borrachos e insolados, patillas frías y descomunales, abuelitas diabéticas, latas de sancocho, cavas y adolescentes hormonales tapizaban cada rincón de la isla como si se tratara del último refugio atómico antes del Armagedón.
Con más voluntad que éxito, traté de hallar dos metros cuadrados dónde colocar nuestras cosas. Habíamos llegado a las doce del mediodía y eso, por supuesto, atentaba contra cualquier expectativa de sombra. Los toldos parecían exhibir un cartel que advertía que serían desocupados en el próximo quinquenio. Fue entonces que se me ocurrió una idea. Una idea que, de haber contado con el equipo de producción de Survivor, puede que hubiese funcionado.
Conseguir las cuatro estacas de madera fue una proeza menor a encontrar el sitio dónde enterrarlas. Forzosamente me vi en la necesidad de hacerlo muy cerca de los baños públicos; un lugar sospechosamente higiénico y disponible. Improvisé un toldo con mi toalla de Spiderman, que amarré a las estacas con un dudoso nudo marinero. La faena me llevó una media hora de sudoraciones y maldiciones. Cuando terminé, quise premiar mi espíritu scout en el kiosco de las cervezas. Ni siquiera había llegado al sitio cuando, con embobamiento infantil, vi como mi toldo de superhéroe alzaba vuelo de reconocimiento por toda la playa hasta amarizar, sin mucho estilo, veinte metros allende a la boya de seguridad. Una gaviota revoleteó muy cerca de la toalla que aún flotaba. Por instantes temí que el pájaro le cagara encima al hombre araña.
Cuatro cervezas más tarde me acerqué a la zona de desastre. El control de daños hacía pensar en una estampida de elefantes kenianos. Robertico le había hecho una demostración de “katá” a un amiguito y las estacas yacían desmenuzadas en la arena como prueba fehaciente de la fuerza interior del niño. Me devolví al kiosco de las cervezas.
Las siguientes cinco horas fueron de relativa tranquilidad. La Gorda socializó rápidamente con una pareja, a la que mantuvo seducida toda la tarde con su acostumbrada rutina de chistes y chascarrillos a cambio de una porción de sombra. Robertico volvió a hacer su exhibición de Katá, pero esta vez utilizó al amiguito de sparring. Yo me mantuve en el kiosco tomando cervezas y mirando como una señora con un trapo amarrado a la cabeza batía el récord de fritura de empanadas.
Antes de irnos, a madre e hijo les dio por la nota ecológica y me invitaron a una “cruzada de limpieza”. Armado con una bolsa y mucha paciencia, me di a la tarea de recolectar botellas, pañales desechables, periódicos, muñequitos de plástico, best sellers, colillas de cigarros y cosas tan improbables como unos lentes de soldador y un termómetro. En cuarenta y cinco minutos recibí todo el sol que no había tomado en la tarde y eso lo pagaría caro aquella misma noche.
Ya en el apartamento, y mientras me disponía a ducharme, la Gorda entró al baño. Me llamó la atención que se me quedara observando la espalda con una mirada inquietante. “Tú no vas a dormir esta noche”, sentenció. La frase, por supuesto, no poseía la carga erótica que yo tontamente le atribuí. Las primeras gotas de agua sobre mis hombros serían la confirmación tajante de que mi insomnio obedecería más a razones médicas que sexuales.
Apenas salí de la ducha me sentí enfermo. Era como si me hubiesen puesto a hervir en una olla junto a unos apios y unas batatas. Llamé a Moncho, quien de nuevo me garantizó que conocía una farmacia “solidaria” y cercana. Cometí el error de no decirle que sólo necesitaba un pote de Caladril y unas aspirinas. Por lo rápido que arribó, tuve la sospecha de que había mudado su base de operaciones al lobby del edificio. Montados ya en el carro, el taxista me participó que haríamos un “toque técnico” antes de ir a la farmacia.
La primera parada fue en un barrio de alta peligrosidad llamado “Las Charas”; un lugar particularmente feo y aterrador donde Moncho tenía una novia. Allí me hizo esperarlo media hora mientras arreglaba un asunto con la mujer. Luego pasamos por una licorería, después por un remate de caballos y, por último, a dejarle un paquete a un compadre. En la farmacia conseguimos aspirinas pero no Caladril. El dependiente me vendió un menjurje anaranjado que olía a aceite de hígado de bacalao. Ya de regreso al apartamento, el taxi se apagó como si lo hubieran desenchufado. Por solidaridad (desprestigiada palabra que se me pegó de Moncho), tomé la decisión de acompañar a mi taxista hasta que éste resolviera el problema con el carro. Cerca de las dos de la madrugada apareció una grúa y en ella nos fuimos Moncho, el taxi y yo. Nuestro destino, según supe a tiempo, era un estacionamiento perdido por unos arrabales que intuí lejísimo de mi destino. Previendo un infortunio más, le pedí al gruero que me dejara en una arepera que vi abierta mientras íbamos por una avenida céntrica. Moncho no quería soltar a su presa tan fácilmente y argumentó, con estudiada preocupación, que la zona era “candela”. No quise discutir con Moncho, pero después de la media hora que pasé en “Las Charas”, tuve la certeza de que aquella arepera era tan segura como el cuartel general del FBI.
El ardor en el cuerpo me obligó a aventurarme hasta los baños del local. Cuando me quité la franela y me vi la espalda en el espejo, éste me devolvió una espléndida imagen para un comercial en contra del cáncer de piel. Sin pérdida de tiempo me embadurné con el sucedáneo del Caladril y me tomé tres aspirinas. Al poco rato comencé a lamentarlo. No sé que era peor, si la piquiña que me dio desde la nuca hasta el cóccix o el ofensivo hedor de la pomada que competía con el del baño. En la barra pedí dos utilitarias arepas de salpicón de mariscos: una para mitigar el hambre in situ y la otra para despistar las narices del taxista que se atreviera a llevarme.
Cerca de la arepera había una línea de taxis. Hasta allí me acerqué contando con aprehensión el dinero que me quedaba en la cartera. Mi nuevo chofer resultó ser toda una revelación. El hombre era aficionado a Air Supply (Lost in Love era el himno del taxi), tenía buenos modales y me cobró sospechosamente barato. Esto último me animó a pedirle una tarjeta de presentación. “Hasta aquí te trajo el río, Moncho”, me dije revanchista y esperanzado cuando el taxista me entregó una tarjetica color magenta con su nombre escrito en tipografía Broadway.
No recuerdo qué hora era cuando entré al apartamento, pero estaba ansioso por compartir mi nuevo hallazgo con la Gorda. Quería darle la buena nueva de nuestra independencia del “yugo solidario” de Moncho, enterarla de que no caeríamos en bancarrota antes del término de nuestras vacaciones. Pero a la puerta de nuestra habitación lo único que le faltaba era el cartelito “Not disturb” y que le clavetearan unos listones anti huracanes contra el marco. El espíritu de Jack Nicholson volvió a rondar por mi alma pero decidí que lo mejor era dejar el asunto para el desayuno. Hay cosas que se ven más claras y en su justa dimensión cuando se está enfrente de una taza de café humeante y un par de huevos fritos.
Me apertreché con una nueva botella y me fui al cuarto de Robertico a ver si por casualidad pescaba un canal, así fuera evangélico. Cuando encendí el televisor me encontré con una noticia buena y una mala. Milagrosamente me había topado con un canal de señal abierta, pero ¿a que no adivinas qué película navideña reponían?
Fui al balcón con la secreta intención de presenciar un nuevo round entre la pareja explosiva, pero el yate ni siquiera estaba anclado en su sitio. Me fijé que la piscina también era el lugar de esparcimiento de las iguanas que poblaban la parte agreste del morro: correteaban por entre sillas y toldos, dormitaban en cónclave bajo el techo de una churuata y hasta vi, con cochina envidia, cómo un par de animales verdes se apareaban, impúdicos, cerca de unos matorrales.
Viendo aquella felicidad silvestre me dio por pensar en lo difícil que pueden llegar a ser las relaciones humanas. Supongo que entre las iguanas también son dados los conflictos de intereses, las relaciones de poder y todo ese tipo de inequidades que hacen venir a pique cualquier relación, así sea entre una pareja de lagartos. Pero en los seres humanos fatalmente se cumple aquello de que “lo que va mal seguro irá peor”. De la fórmula “intimidad, playa y whisky con agua de coco” que me recetaste antes de darme las llaves del apartamento, apenas el whisky resultó un azaroso alivio que ni siquiera contó con el bautismal exotismo del agua de coco.
El siguiente día me pilló en el balcón. Por la posición del sol y el ardor en mi cara, calculé que eran las once de la mañana. Me asomé a la piscina y vi a la Gorda y a Robertico flotar encima de una orca de hule. La ballena era grande y de expresión bobalicona. Madre e hijo cabalgaban sobre ella como si entrenaran para una función en el Sea Aquarium.
Decidí que era el momento de aclarar lo que la realidad me ofrecía como obvio. En la noche, mientras observaba a las iguanas, tuve suficiente tiempo para buscar un responsable al cual achacarle el desastre en que se habían convertido las vacaciones. No me daba cuenta de que lo ocurrido en las vacaciones tan solo era la evidencia física de un mal que tenía rato incubándose. Con terquedad ciega me empeñé en ver fantasmas culposos por todos lados. Me dio por imputarle cargos a la temperatura del aire acondicionado, a una horrenda serigrafía de Modigliani guindada en la habitación, a la textura de las sábanas, al ph de mi aliento. Cuando bajé y encaré a la Gorda, un nuevo elemento, hormonal y técnico, se sumó a mi confusión:
―Tengo síndrome pre menstrual ―dijo por todo mientras le acariciaba el lomo a la orca inflable. Luego recitó, como si acabara de “googlearlo”, algunos síntomas del padecimiento y hasta me pareció que se palpaba el vientre en aras de darle un toque veraz y pedagógico al diagnóstico.
Al apartamento subí con una duda clara. Si la Gorda hubiese dicho “post” en vez de “pre” la excusa no hubiera sonado tan flagrantemente anacrónica. Puede, incluso, que hasta unos calmantes le hubiera ido a buscar con mi nuevo taxista. El problema era que yo conocía al dedillo el ciclo menstrual de la Gorda y su pretexto sólo sirvió para caer en cuenta de que el único ciclo que estaba por terminar era el nuestro.
Producto de la tristeza tomé una decisión malcriada y onerosa: consideré que lo mejor era poner tierra de por medio y marqué, con exagerado dramatismo, el número del fan de Air Supply. Una voz, con Lonely is the night de fondo me invitó a dejar un mensaje y me deseó feliz navidad.
Moncho llegó a los diez minutos.
El terminal parecía un centro de refugiados bosnios. Los pasajes a Caracas eran una entelequia disponible para la segunda semana de enero. Cuando le pregunté a Moncho si sobre Puerto La Cruz se cernía una amenaza inminente de meteorito, el taxista me señaló con el dedo una de esas pizarras electrónicas que dan la hora y la fecha colocada encima de una taquilla. Supongo que saber que aquel día era 24 de diciembre me animó a proponerle a Moncho lo que sería el jackpot de su carrera como taxista.
Antes de emprender el viaje de regreso a Caracas quise pasar por el apartamento a terminar de recoger mis cosas. También quería saber si mi novia había reflexionado sobre lo nuestro. La Gorda no estaba pero había dejado las llaves con el vigilante del conjunto. Subí con Moncho. Instintivamente me desvié al cuarto de Robertico donde el televisor estaba encendido a lo Poltergeist. No sé por qué lo hice pero extraje el DVD del Grinch del aparato y lo guardé en su carátula. Estaba distraído leyendo la sinopsis de la película cuando Moncho entró a la habitación sosteniendo la última botella de Etiqueta Negra que quedaba en la caja.
―Te la dejaron junto con esto ―dijo y me entregó una nota escrita con la caligrafía nerviosa de la Gorda: “Love gone away and held out of season”, decía a la manera de esos poemas que se improvisan con letras magnéticas en la nevera. Hubiese preferido que me dejara una estrofa de “Sin rencor”, pero esa ridiculez sólo la pensé mucho más tarde.
Como sabes, el fin de esta historia llegaría pocos meses después de aquel diciembre, pero ese cuento ya te lo sabes de memoria y prometí no aburrirte con mis necedades. Sólo espero que me perdones lo del whisky y, por supuesto, el silencio funerario que hasta hoy guardé.
P.D: Hasta hace poco tuve la superstición de que tus apartamentos de veraneo estaban empavados. Hoy sé que eso no es así y hasta vergüenza me da el haberlo pensado.
Chico, ¿tú crees que tengas desocupado el apartamento de Venecia para finales de agosto?

OBNIBÚS

Setenta y tres años no es buena edad para andar ostentando un nombre juvenil. Por lo general, y aquí lo general atañe a la generalidad senil, quienes llegan a esta etapa de la vida suelen llamarse Anselmo o Crisanto, por decir lo poco. Otros optan por una suerte de "sustantivación" del apellido que en ocasiones logra ocultar el cadáver. Por ello nadie en su sano juicio puede sobrevivir a semejante edad llamándose Eddy o Jhonny. Sé, por experiencia, que eso puede llegar a ser tan desdichado como atravesar la infancia bautizado de filósofo griego.
Llegué al aeropuerto de Miami pasado el mediodía. Me hice una idea un tanto distorsionada de esa ciudad a la que no visitaba desde los ochenta. Quizás el culpable fuera un mapa que "bajé" de internet: un dudoso croquis turístico con topografía de pueblo de cómics.
La promesa del plano era realmente tentadora: caminar del aeropuerto hasta Coral Gables sin sudar siquiera una gota. El taxista que me sacó del terminal se apresuró en hacer añicos mi fantasía peatonal:
—Se te va ir la vida entre una calle y otra —dijo.
Aquello lo entendí media hora más tarde cuando llegamos al Dezertland. El Dezertland es uno de los tantos hoteles Art Decó sembrados a lo largo de Collins Avenue. El hotel, ni qué decirlo, era uno de los patrocinantes de mi croquis junto con un mall especializado en ropa con defectos.
Lamenté que el viejo hotel no fuera mi destino final sino Támarac. Ahí vivían desde hacía diez años mi prima Hosanna y Sótero, el hijo de Eddy. Cuando éstos pasaron a recogerme, acababa de terminar el happy hour del bar. Yo estaba completamente borracho y escuchaba con embeleso a un imitador de Elvis entonar Don't be cruel por tercera vez.
Debía de ser medianoche, a juzgar por lo solitario de la avenida y la brisa fría que me pegó en la cara cuando salimos. Los shot del Dezertland (siete en total) me habían aniquilado cualquier vestigio de urbanidad. No sé qué farfullé cuando Sótero me preguntó si tenía hambre. Tal vez no dije nada. Sólo tenía ganas de echarme a dormir y olvidar un poco la reciente pesadilla que había dejado en Caracas. Mi mirada perdida en los carros que venían en sentido contrario y el hilo de voz que me salió como respuesta debieron de hacerle sospechar a Sótero de un gen maligno enseñoreando en el árbol genealógico de su mujer. El trayecto hasta el Mars wings & beer lo pasé ovillado en el asiento trasero de la Yukon contemplándole la nuca a Hosanna. Eddy nos esperada desde las ocho para cenar.
Salvo por una pareja de obesos patibularios sentados al fondo del salón, el restaurante parecía reservado exclusivamente para nosotros. Viéndolo bien, los gordos eran un detalle más de la decoración del local. Todo parecía sacado de cuajo de un filme de ciencia ficción de los cincuenta. De las ventanas colgaban unas cortinas tornasoladas, similares a las que suelen encontrarse en las duchas de los moteles baratos. Abundaban las fotografías de alienígenas, enmarcadas y dispuestas con la corrección de un museo, también algunos "gadgets" (fue la palabra que usó Sótero) encriptados y adosados a las paredes. El sitio me hizo sentir peor. En una foto fija promocional creí reconocer a Walter Reed en Flying disc man from Mars, una película producida por Republic Pictures.
El comedor estaba bañado por una luz opaca y mortecina que le otorgaba a cada objeto un aspecto entre macabro y risible.
Eddy estaba de espaldas, acodado en el mostrador de la tienda de souvenirs. Hablaba con Stanley, el dueño, un tipo delgado como un palo y que guardaba un parecido alarmante con esos dummys de goma ¿o madera? que utilizan para medir el grado de inutilidad de los cinturones de seguridad. La franela que llevaba puesta —que debía ser de una talla infantil—, le flameaba como la vela inane de un barco fantasma.
La amistad de Eddy con el propietario del restaurante se remontaba a la época de los primeros despegues en Cabo Cañaveral. Compartían lo que podría llamarse una singular pasión por los fenómenos extraterrestres y los avistamientos de ovnis. Supongo que esa afición fue el sucedáneo lógico luego de que los Apolos languidecieran en el limbo presupuestario del Pentágono. El dato, no estoy seguro, me lo refirió el propio Eddy luego de aquella cena mediocre y cuando las jarras de cerveza yacían como elefantes muertos sobre la mesa. Los shot del Dezertland y la cerveza recién bebida agudizaron en mí un sentido de la observación que no poseo; una hipervaloración del detalle que sólo lo otorgan una conversación tediosa o la inminencia de un accidente de tránsito. Fue en ese estado en que pude darme cuenta de un detalle curioso: Eddy y Stanley se comportaban como un viejo matrimonio. Era extraño ver cómo un pasatiempo podía unir a dos personas de esa manera. Tenían códigos para referirse anécdotas del pasado, chistes, complicidades. Mientras Eddy hablaba, Stanley, inmóvil, lo contemplaba con una expresión que a ratos era maternal y en ocasiones ceñuda y ofendida.
Ya en la madrugada y a punto de irnos, Sótero quiso darle un toque circense a la velada. Por la forma como extrajo del bolsillo el mazo de naipes, me hizo pensar que esperó toda la noche por ese momento. El marido de mi prima, en efecto, y a instancia de Eddy, había hecho incursiones en la magia desde niño. Yo lo recordaba nebulosamente como la atracción principal de un maratónico televisivo, años atrás. En un paréntesis de su rutina bostezante con los naipes, Sótero me reveló algunos pormenores de aquella presentación televisiva. No tenía once años, como el animador del show preconizaba, sino quince. Y la fortuna de algunos números debían más a los hechizos sobrenaturales del cannabis que a la espartana inducción de Eddy.
Hosanna, en un gesto que juzgué bondadoso, le impidió al niño mago iniciar una rutina de telepatía utilizándome como voluntario.

La turgencia de mi vejiga me despertó como si hubiese escuchado una diana militar. En un principio no supe dónde me encontraba y ni qué hacía todavía vestido y tirado en aquel sofá. Por un instante me preocupó no saber dónde estaba el baño. Parece una tontería, lo sé, pero esa incertidumbre me produjo taquicardias. Como pude me incorporé y traté de orientarme. A mi izquierda se abrió un pasillo angosto tapizado con fotografías. Me arrastré hasta allí. En una de las fotos aparecía Hosanna con un tipo al que no conocía. Tanto él como mi prima sonreían despreocupados. Me llamó la atención esa foto porque era la única en blanco y negro del grupo. Al fondo del corredor vi el baño. Las losas del piso me recordaron fugazmente la asepsia ebúrnea de las clínicas. Yo he visitado varias.
De vuelta a la sala me tumbé de nuevo en el sofá y encendí un cigarrillo. Me supo espantoso pero me lo fumé hasta el filtro. La casa era de construcción reciente y la arquitectura similar a todas las demás del sur de la Florida. Sótero y Hosanna tenían poco tiempo de haberla adquirido, luego de pasar años conviviendo con Eddy. El viejo ya no vivía en Broward County; se había mudado más al norte, a pocas millas del Jhon F. Kennedy Space Center. Vivía solo, en un apartamento atestado de "memorabilia lunar" y placas de reconocimiento del Rotari Club.
La casa estaba cercana a la 44I. Dos palmeras enanas recibían al visitante con una reverencia dolorosa. El interior y el mobiliario eran un fresco comprimido de la estética latina de la zona. Daba la sensación de encontrarse en medio de la grabación de un Talk Show canalla. Con el tiempo desarrollé un miedo irracional a recostarme de las paredes. La ausencia de materiales nobles a favor del yeso, el plástico y la fórmica me llenó de sospechas. Sótero había abolido el alfombrado y en su lugar colocó unas baldosas con arabescos aleatorios; éstas pretendían "hacer juego" con una lámpara Tofú que pendía milagrosamente del techo. Gran parte de la sala tenía la dignidad de un burdel tailandés.
El ruido asordinado de unas gárgaras y luego el de una puerta que se abre, me distrajo de la inspección que le realizaba a un tapiz guajiro, punto focal de un rincón criollo promovido por Hosanna. Ese detalle patriótico era, acaso, lo menos espurio dentro de la casa. He visto cosas peores. Verdaderas "instalaciones" de la imaginería de la clase media venezolana: arcos y flechas maquiritares, totumas y tinajeros, Simón Bolívares fálicos. Una vez vi un arpa autografiada por Hugo Blanco.
—Luciano, no me fumes dentro de la casa, men.
Era el tercer cigarrillo de la mañana y toda la casa apestaba a nicotina. Volteé lentamente en dirección a la voz. Lo hice con un ademán que perfeccioné de niño. Un gesto entre impertérrito y distraído que solía funcionar con mi madre. Sótero estaba desnudo y se hurgaba en los testículos como si buscara un objeto perdido entre aquellos pelos hirsutos. Vi que tenía sobrepeso y la voz le sonaba cavernosa, como si estuviera hablándome en un túnel. Discúlpame, dije, reponiéndome del susto. Fuma en el patio, viejo, dijo. Sin más, dio media vuelta y se encerró de nuevo en su cuarto. Cuando volvía sobre sus pasos, noté que en las nalgas también le brotaban unos pelos largos como de camello.
El hijo de Eddy hablaba un inglés atroz y pendenciero. Una suerte de slang ininteligible que hacía parecer al spanglish algo bello. La palabra men era un comodín del que abusaba.
Me va a faltar paciencia, pensé. Traté de apagar el cigarrillo pero en la sala —y creo que en toda la maldita casa— no había un solo cenicero. Los que aparentaban serlo, colgaban de las paredes y parecían más bien esas baratijas que le venden a los turistas en los aeropuertos. Cuando salí al patio trasero, la luz del sol casi me hizo devolver dentro de la casa. El cigarrillo me lo acabé sentado en un sillón playero protegido por la mezquina sombra de un almendrón. En uno de los brazos —el derecho— el sillón tenía el esmalte descascarado por pequeñas quemaduras. De cigarros, creí. Cuando apagué el mío en el sitio de las marcas, vi cómo yacían debajo del sillón una docena de porritos amarillentos, consumidos hasta el límite de la prudencia labial. Parecían jugadores de fútbol vistos desde una grada lejana. Entonces no sé por qué me puse a pensar en el niño mago. También en la posibilidad urgente de mudarme.
A Eddy y Stanley los volví a ver tres semanas después de la noche del Mars. Me causaron curiosidad los binoculares —Eddy los llamaba prismáticos— que el primero llevaba colgados del cuello. Eran de la misma marca que yo utilicé durante ocho años en las transmisiones. Una óptica extraordinaria y muy livianos. Al advertir mi interés en ellos, Eddy me los ofreció.
Los rechacé.
—Me traen recuerdos —justifiqué.
Por ocho años fui comentarista hípico. Es un oficio difícil de explicar. ¿De qué se trata? Pues de leerle la mente a los caballos. Fue a lo que me dediqué luego de abandonar la Facultad de Ingeniería. Me dolió por la cartelera que teníamos en la entrada de la Facultad. No sé si todavía existe, tampoco me importa. El hecho es que una noche conocí a un tipo en un bar. Se llamaba Jhonny y era productor radiofónico. Tenía aspecto de matón a lo Dillinger y, aunque aquella noche no lo vi beber, apenas podía articular palabra de lo ebrio que estaba. Al hombre, no sé por qué razón, mi nombre lo cautivó. ¿Luciano Alcorta?, se repitió cuando me presenté. ¡Suena bien!, dijo de pronto, enseñándome sus ojos de perro perplejo. Parecía como si mi nombre tuviera una cualidad especial de la que quizás él podría apropiarse. Tenía unos cincuenta y tantos, pero aparentaba mucho más. Esa noche hablamos (más bien hablé) hasta que nos echaron del sitio. Me citó para ese sábado en el hipódromo. No sé de dónde saque la valentía para ir: de caballos sólo sabía que tienen cuatro patas y que son muy nerviosos. Jhonny había sido entrenador o estudió para serlo. Creo que nunca le dieron un caballo. Había hecho sus prácticas con el preparador Crespo, pero éste siempre supo que Jhonny no poseía el talento. Un día lo entendió y dejó ir a la cuadra. Lo que sí le sobraba a Jhonny eran amistades, buenas y malas. Con las últimas fue que hizo el dinero. Llegó a tener hasta tres oficinas de "banca suiza" que lo forraron de dinero pero que igualmente lo mantuvieron al borde de la locura. Al poco tiempo compró un espacio radial para las transmisiones en vivo desde La Rinconada. No tardó en dejar las apuestas ilegales. Ya no ganaba tanto dinero pero vivía más tranquilo. Cuando lo conocí llevaba cuatro años en el aire y acababa de pelearse con Leido Calandriello el comentarista del staff de transmisiones. Un tipo andrógino y petulante que se hacía llamar "El Poeta del Turf". Jhonny lo odiaba. Una tarde de carreras, luego de que Leido soltara sus acostumbrados dardos venenosos y análisis pseudotécnicos, el viejo estalló. Jhonny —esto me lo contaría el técnico de sonido— lo golpeó con tal saña que cualquiera juraría que vengaba la muerte de su madre. Todos quedaron atónitos ante aquel acto gratuito del jefe. Ese sería el puesto que ocuparía dentro del staff.

Los binoculares eran sólo parte del equipo de la pareja para detectar entidades. La cámara de video, el Genger 15 x 40 y el manual de Ufología actual completaban los aperos. El Genger (un telescopio de apariencia intimidante) era responsabilidad de Stanley: lo llevaba terciado en bandolera al estilo bazooka. Eddy interpretaba el manual y registraba en video.
—Vamos al mirador de Sarasota. ¿Quieres venir?
—¿Dónde queda Sarasota? —repuse. El sitio me sonaba a campamento de spring training.
Eddy le echó una mirada a Stanley. Después de pensarlo un poco, me dijo: "cerca". Luego le dijo algo en inglés al "dummy" que no entendí. El dueño del Mars se limitaba a asentir con la cabeza.
—Cerca —me repitió Eddy.
Mientras me cambiaba en la habitación, repasé mentalmente mi singladura forzada de las últimas tres semana. Nada digno de poner en una biografía salvo por mis incursiones con Sótero en la "sagüesera". Sótero tenía su provedor en la zona más caliente del South West de Miami. Creo que fuimos unas ocho veces en total. A Sótero lo "conejeaban" con una hierba seca y cara. Nunca logré entender cómo le podía gustar aquello. Yo, que no fumaba monte desde el bachillerato, sabía que el producto era de ínfima calidad. Pero era lo que había. Al principio aquellos tabacos me producían unas notas horrendas: tornados, huracanes, maremotos, incendios. Después creo que me aclimaté. Aparte del sillón playero, a Sótero le encantaba fumarse sus varas en el garaje de la casa. Escondía las bachas a medio consumir en los lugares más insospechados. La caja de herramientas y el riel de la puerta del garaje eran sus predilectos. Últimamente la malanga me había puesto parlanchín, cosa que Sótero aprovechó para sacarme una que otra confidencia. Sobre todo el motivo de mi viaje intempestivo a Florida.
En eso estuve hasta que me puse a pensar en el porqué todo se había ido a la mierda en Caracas. En el closet guindaba mi última camisa limpia. "Tengo que lavar", dije en voz alta, como si ello implicase algo más que ropa. En un corcho viejo pegado en la pared, pendía un mapa de carretera del estado. Lo desplegué. Sarasota era un punto huérfano a cuatrocientas millas de Tamarac. "Cerca". Viejo hijo de puta. Recordé las palabras del taxista y salí.
"Cuatrocientas millas es un buen lugar para pensar", dije para consolarme, casi en el mismo instante en que Eddy empalmaba con la Turnpike. No sé si estará bien decirlo, pero la frase no era más que la variación de un cliché de mi antiguo oficio: "Jinete y cabalgadura tienen en los 2.000 metros un buen lugar para pensar". Era estúpida, lo reconozco, pero funcionaba. Ese era mi comentario de cierre y mi marca de fábrica. Recuerdo cómo se le iluminó el rostro a Jhonny cuando dije semejante disparate. Aquella misma noche en el Fenicia, donde nos reuníamos los del staff después de las carreras, Jhonny me hizo partícipe de su hallazgo:
—Leerás la mente de los caballos —sentenció. Inmediatamente agregó—: Este muchacho se va a perder de vista.
La profecía tardó ocho años en cumplirse.
El mundo de los caballos y todo lo que lo rodeaba, me resultó tan fascinante y miserable como el mundo real. Pronto supe que me iba a gustar aquello. Jamás en mi vida vi tanto dinero junto como en esos años. Es difícil no embelesarse ante el espectáculo del dinero. Es curioso, pero sólo entendí el furor de los aficionados hípicos cuando aposté mi primer millón. Fue una experiencia extraña. Apostar es un placer sensual y doloroso. Es un tiburón que emerge de tus propias entrañas y, de una dentellada, te arranca el corazón. Jhonny lo sabía y siempre me protegió. "Aprende primero", me repitió por años. Sucede que en la hípica como en la vida uno nunca termina de aprender. O en todo caso yo no pude hacerlo mientras estuve bajo su tutela. Tal vez era muy joven para entender que los caballos no corren, ni siquiera existen. Que sólo son nombres y números en una revista. Espejismos hechos de comentarios y promesas.

Cuando nos detuvimos en Denny's a comer, cerca del lago Okechobee, me di cuenta de que era casi mediodía. En algún momento del trayecto me había quedado dormido. Tuve un sueño extraño, más bien dos, pero sólo recuerdo uno. Digo extraño porque normalmente no suelo tener ese "tipo" de sueños. Mi padre me llevaba montado sobre sus hombros. Yo era un niño muy pequeño, de unos cinco o seis años. "Subete aquí arriba", me dijo. Y sujetándome con las manos, me alzó en el aire y me montó sobre sus hombros. Estaba a mucha altura del suelo, pero no tenía miedo. El me agarraba con fuerza. Los dos nos aferramos el uno al otro. Luego echó a andar por la acera. Quité las manos de sus hombros y se las puse alrededor de la frente. "No me despeines", dijo. "Puedes soltarme. Te tengo bien sujeto. No te vas a caer". Al escucharlo decir esto, caí en cuenta de la fuerza con que asía mis tobillos. Entonces le solté la frente. Liberé las manos y extendí los brazos a ambos lados. Los mantuve así para mantener el equilibrio. Mi padre siguió andando conmigo sobre los hombres. Yo hacía como si fuera montado en un elefante.
Eddy no paró de hablar desde que salimos de Tamarac. Su cháchara era larga y extenuante. Recuerdo que antes de quedarme dormido, alcancé a oír parte del resumen que me hizo de su vida. Su pasión por los extraterrestres era el último sobreviviente de una larga cadena de hobbys por los que transitó. La "prestidigitación" —Eddy disfrutaba cuando decía esa palabra—, fue el primero y el único que logró compartir con Sótero. Cosa por demás comprensible si se toma en cuenta que el viejo era, a su vez, un sobreviviente del jogging, el Kung Fu (hasta la extraña muerte Bruce Lee), la lectura del Tarot, el tantra Kundalini. Lo del valium —aclaró— fue consecuencia de enterarse del vicio de Sótero. Las regresiones a otras vidas y su membresía en el Rotari las practicó alternadamente. Después del café, le pregunté si no le llamaba la atención el espectáculo hípico. Me respondió que prefería los galgos.
—Son los animales más inteligentes del mundo —dijo—. Casi puedes hablar con ellos.
El lago Okechobee a esa hora del mediodía tenía la quietud de un estacionamiento vacío. Era un yermo cerúleo recortado por los bordes de la autopista 70. Vi mi reloj y calculé unas cuatro horas y media hasta Sarasota.
—Eso lo dicen también de los delfines y los gatos —me burlé.
—Hay algo en los caballos que no me gusta —reflexionó Eddy—. La nobleza se les extingue apenas sientes una de sus patas en las costillas.
—Me llevo bien con los caballos —iba a decir "solía", pero no era el momento para confesiones. Ya con Sótero había tenido suficiente. Hice una pausa. Después agregué: —Hay gente que le ocurre algo parecido con los ovnis. Es una cuestión de fe.
—¿A qué te refieres? —inquirió Eddy, herido.
—A que puede que no existan. A que sólo sean una manchita negra en una foto tomada por la abuela en un día de campo. Y hay algo peor: se han convertido en un género cinematográfico. Como las películas de vampiros y las Road Movie
—¿Las qué?
—Road Movie. Esas películas en las que unos tipos metidos en un carro —un Mustang, por ejemplo— hacen un largo viaje en busca de sus destinos.
Me sentí ridiculísimo al decir eso último.
—Como Easy Rider, ¿no?
—No la vi —dije. En ese momento tomé conciencia de mi precaria cultura cinematográfica. Pensaba que el género partía con Thelma & Louise.
—Sabías que Stanley vivió una experiencia Ubik en el año 74 —dijo Eddy agarrando vuelo.
Miré a Stanley. Su experiencia parecía provenir más bien de una dosis de heroína rendida.
—Ha debido de ser espeluznante —le dije, siguiéndole la corriente.
—Cagante, diría yo —apostilló Eddy—. Fue en Tulsa, a principios de los setenta. Unos visitantes lo subieron "a bordo" para estudiarlo. Lo soltaron en México como a los cuatro meses.
Eddy tenía una modulación juvenil en su tono de voz. Si uno cerraba los ojos y se limitaba a escucharlo, daba la impresión de no tener más de veinticinco años. Esta ilusión se desvanecía cuando utilizaba modismos de su juventud. La palabra "cagante" no es usual escucharla en estos días.
Entonces me decidí. No sé por qué, pero creo haber tenido una premonición.
—Por las características —dije en tono pedagógico— supongo que eran exploradores del substrato Lörk.
No estaba seguro si se pronunciaba Lörk o Lörch; el locutor del canal INFINITO —donde vi el documental— era argentino y, con esta gente, nunca se sabe. Tomé aire y proseguí:
—Los que regresan de esa experiencia jamás vuelven a ser los mismos. Los lörkianos (aquí engolé la voz) son, en esencia, científicos. Toman patrones humanoides para someterlos a exhaustivos análisis bioquímicos y moleculares. Sus pesquisas se orientan en dos vertientes: las transmutación de los átomos primigenios y los reflejos sexuales como garantía cuántica de la reproducción y la supervivencia. Los relatos de los ubikianos están llenos de luces incandescentes, sondas punzopenetrantes y óblitos de quarzo en el cuerpo.
—Veo que te interesa el tema —dijo Eddy, sin disimular su sorpresa.
—No a la manera Spielberg —dije, dogmático.
Advertí en el viejo una sonrisa tierna y cansina, similar a la de una recién parida acunando su criatura.
—Cuál fue el problema que tuviste en Caracas. Sótero no supo explicarme bien.
Afortunadamente la malanga que le vendían a Sótero tenía doble efecto: si bien te desataba una incontinencia verbal que podía resultar peligrosa, otro de sus efectos colaterales consistía en borrarte del disco duro hasta tu propio nombre. Por ejemplo, entre los archivos que se le volaron a Sótero, estaba el de mis últimos días en Caracas. Sin duda terribles. Para el momento en que me decidí llamar a Hossana , llevaba tres días con sus noches escondido en el apartamento de una amiga. Jhonny me perseguía con un encarnizamiento digno Tommy Lee Jones en El Fugitivo. El viejo había jurado trazarme un puente de pólvora entre las dos cejas. Mi aventura reciente con Lourdes me salvó la vida. Fue ella la que me albergó cuando ya no tuve un miserable hueco dónde esconderme. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, dijo, no sin entender demasiado la excusa fraudulenta que ensayé para justificar aquel timbrazo en la madrugada.
Y es que nada habría ocurrido si a Jhonny no se le hubiese metido en la cabeza la peregrina idea de jubilarse. En un principio no lo tomé en serio; pensé que se trataba de otro de sus caprichos. El viejo era así, un día quería las cosas azules, al otro anaranjadas. Sus antojos eran surreales. Un día puso a narrar a una candidata al Miss Venezuela. Así era Jhonny. Pero la realidad era otra. Ya el viejo se sentía cansado; sin ánimos para seguir pastoreando su rebaño. Sus ausencias en el palco se hacían cada vez más frecuentes. También los problemas.
Un sábado, a la altura de la cuarta carrera, comprendí que dependíamos más de la cuenta de Jhonny. O en todo caso yo, que en verdad llegué a creerme la estupidez de leerle la mente a los caballos. ¿Tienen mente? ¿Cuáles caballos? Jhonny me mantuvo flotando en ese líquido amniótico por ocho años. El desgraciado había decidido darme la nalgada.
Ese sábado en que Jhonny envió su primera señal, ya el rumor de su retiro se había convertido en una inminencia. Luego de que dejara todo listo en el palco, se esfumó como era ya su costumbre de las últimas semanas. Sólo que esta vez "olvidó" dejar mi principal instrumento de trabajo: la hoja de pronósticos, arma secreta con la que me había labrado un nombre en el mundo del comentario hípico. Sin ella yo no era más que un barquito de papel navegando en un tifón.
En las tres primeras carreras tuve suerte, si es que esta palabra significa lo que significa. En la cuarta —que era válida para superfecta— supe que la realidad estaba a punto de alcanzarme. Tomé mis binoculares y enfoqué al padock. Lo hice con ánimo concienzudo y metódico, intentando ocultarme a mí mismo el desamparo que sentía. El "Pavo" Noguera Mora le giraba instrucciones a Wloka. Parecía la escena de un padre que deja al hijo en su primer día de colegio. Zerga, Bustamante y dos propietarios charlaban entretenidos, como si planearan (y disfrutaran) la bacanal de esa noche.
El sonidista y el narrador no disimularon su estupor cuando a escasos minutos para la partida me decidí por Resolana, una zaina desnutrida preparada por Crespo.
—¿Estás seguro?, Luciano —fue todo lo que atinó a decirme el narrador.
No estábamos en el aire para ese momento. Habíamos ido a comerciales
—Es la que me gusta —dije tapando inncesariamente la esponja del micrófono con la mano. Advertí que ésta me temblaba.
—¿Está en la hoja? —insistió el narrador.
No le contesté.
—Tienes chance de dar otra.
—No hace falta.
—Te pasa algo. ¿Te sientes bien?.
—Sí.
La mayoría de las participantes estaban dentro del aparato de largada. Resolana aún faltaba por cuadrar. Cuatro palafreneros batallaban con el animal. La faena resultaba inútil. Parecían enfermeros tratando de reducir a un loco. Alguien le tapó los ojos a la yegua con un trapo negro. La tomaron de la brida y le dieron dos vueltas en semicírculo. Entró mansa al aparato. El grito de partida del narrador atronó en mis oídos como un disparo.

La comida del Denny's me había sentado mal. No sé si fueron las pankecas con sabor a polímero o las mezcla letal del tocino con el huevo lo que hizo que mi colon se inflara como un pez globo. En realidad yo no estaba acostumbrado a comer de esa manera, incluso había adquirido el mal hábito de no desayunar. Pero sabía que Eddy no se iba a detener hasta llegar a Sarasota. Mi apremio visceral amenazaba con arruinar el paseo. La autopista 70 poco a poco se fue transformando en una vía breve de dos canales que cruzaba furiosa por unos naranjales opalinos. En poco tiempo dejamos a Okechobee atrás.
—Si te interesa el fenómeno tengo algo de literatura —volvió a la carga Eddy, no bien entramos en Arcadia.
Según mi mapa, Arcadia, era un pueblo (una ciudad más bien) de dimensiones un tanto mayores a Okechobee. Tenía dos ciudades vecinas: Palmdale y Punta Gorda. Hacia esta última bajamos tomando la Primary State 17. En Punta Gorda conectaríamos con las 75 y de ahí directo a Sarasota.
De la 17 a la 75, el trayecto estuvo lleno de nombres. Algunos puedo recordarlos, aunque parezca insólito. Creo que Eddy y Stanley hablaban de criminales nazis o algo por el estilo. Al menos eso deduje cuando escuché nombres como: Fritz Leiber, Van Vogt (que yo confundí con Van Gogh), Stanislaw Lem, Ursula Le Guin, aunque creo que ésta era espía rusa. Después se pusieron a hablar de peloteros: Coni Willis, Philip K. Dick, Arthur C. Clarke —éste de seguro pitcher—, Glen Runciter, C.J. Cherryh. De chefs también hablaron: Olaf Stapledon, Michael Moorcock.
J.G. Ballard y Carol Lucille Moore me sonaron a comediantes.
—Sabías que los avistamientos de entidades no son nadas nuevo, Luciano.
Por el tono de voz supe que mis clases habían comenzado de nuevo. Fijé la vista en las rayas blancas de la carretera.
—Hay pinturas rupestres de ovnis halladas en Tasili, Argelia. Tienen entre 8000 y 11000 años de antigüedad. Filippo Lippi, ¿sabes quién fue Filippo Lippi? ¿No? Bueno, un pintor italiano, como es obvio, pero ¡del siglo XV!, y ¿sabes qué? fue el primero en registrar de manera clara y nítida una astronave. ¿Luciano? Hay un cuadro de Lippi que está expuesto en el Palacio Antiguo de Florencia: Virgen con el niño Jesús y San Juan, es el título. Yo vi el cuadro el año pasado. El motivo es idéntico al de cientos de pinturas renacentistas de vírgenes con el niño cargado. Hasta ahí todo bien. Incluso en la composición están los dos angelitos gorditos, esos que representan una virtud distinta cada uno. ¿San Juan? Claro, San Juan. Se ve chiquitico en el fondo del cuadro. Tiene un perro al lado. Pero el "lomito" está en la parte superior derecha, justo arriba del santo. Ni con una Nikon se hubiese captado mejor. Es el primer documento, a color, que tenemos de una nave exploradora. Se ve clarita: cúpula achatada, disco romboide infragiratorio, destellos gaseosos florescentes. San Juan mira la nave con una mano haciéndose visera. Qué me dices.
—Increíble. Según eso, San Juan vendría a ser algo así como el primer ufólogo.
—¡Oye!, no lo habíamos pensado.
La vista ahora la tenía fija en la base del espejo retrovisor. El sol la había blanqueado como si le hubieran echado lejía.
Los exploradores de Lörb —siguió Eddy—, efectivamente, son científicos. Se interesan por todo: costumbres, enfermedades, tipos de raza. Esas pinturas rupestres no son casualidad: siempre nos han estudiado. Se cree que intervinieron genéticamente en el desarrollo de esas tribus antiguas.
Ahora comenzaba a entender lo de los nazis.
—Sabes cómo aterrizan las naves.
—No.
—Imagínate una hoja seca en otoño desprendiéndose de la rama de un árbol.
Lo hice. La imagen me gustó.
—¿Y los aviones? De noche todos los aviones sor pardos —ataqué, revisionista.
—Ningún avión puede desarrollar las velocidades y los movimientos bruscos de los ovnis: 14000 kilómetros por hora, aproximadamente. Tampoco pueden volar en silencio; ponte debajo de un avión cuando despega. La explicación es que utilizan el "cambio de polaridades" para sus desplazamientos.
—¿De qué tipo era la nave donde retuvieron a Stanley? —inquirí.
—Nodriza —respondió Eddy.
—¿?
Stanley dijo algo que no entendí. Su voz parecía flotar en el interior de la camioneta.
Madre nodriza o portadora —aclaró Eddy—. Son objetos enormes. Raras veces se acercan al suelo. De ella salen los ovnis más pequeños, las exploradoras, que son las que vemos con más frecuencia. Pueden medir de dos a cincuenta metros. Después están los foofigters, que ni yo mismo sé que son.
Tenía rato mirando el borde derecho de la carretera. Esos ansiolíticos del camino que son los avisos de carretera se sucedían uno tras otro. Placida, Englewood, Venice. Cuando vi el de Sarasota (120 miles), sentí lo mismo que cuando se pasa por debajo del que dice "Barcelona", en pleno distribuidor Chacao.
Había sido un milagro que mis intestinos soportaran casi tres horas y media con semejante carga inflamable.
—¿Cuánto falta para una bomba? —dije, lastimero.
Eddy se asustó. "Bomba" le sonaba más a tipos con turbantes y ametralladoras, que a la mezcla vernácula de gasolina con agua, sándwich de pernil y ositos de peluche.
—¿Bomba? — repitió, aterrado.
—Sí. Una gasolinera.
—Para qué. Todavía tenemos medio tanque.
Lo tenía a tiro para ahorcarlo, pero no me atreví hacer ningún movimiento brusco. Se volvió a mirarme. Mi inmovilidad le resultó sojuzgadora. Siguió sin entenderme. Le iba a decir que me estaba cagando, pero hasta en los peores momentos suelo guardar prestancia.
—Necesito ir al baño —dije con quejidos de fondo.
Si la estación de servicio no hubiese aparecido, como providencialmente apareció a los pocos metros, no sé qué hubiera pasado.
Sentado en la poceta, traté de poner en orden mis intestinos y mi conciencia. De pronto supe que el castigo que pretendí darle al viejo Jhonny por el asunto de la hoja de pronósticos no era en el fondo sino una excusa para evitar que nos abandonase.
"Si el viejo nos deja, esto se acabó", recuerdo que le dije al narrador una noche en que nos emborrachábamos en un bar. Hay que quitarle la "intención", me dijo. No entiendo, le dije. Es muy fácil, dijo. Es como esos caballos velocistas. Si en la partida sufren un tropiezo pierden la intención, las ganas de correr. Se amugan, intentó aclarar. A Jhonny hay que darle su "tropiezo". Esa es la solución.
Me intrigaba saber dónde se metía Jhonny cada vez que desaparecía del palco. Un domingo lo seguí. Mi sorpresa fue enterarme de que no se alejaba mucho de la manada. Estaba a un paso de nosotros, en la tribuna A (como sabe todo el mundo nuestro palco está en la B). Ahí lo vi, en uno de esos bares regentados por jockeys retirados y arruinados. Fue un espectáculo bizarro verlo con su costoso traje, bebiendo cerveza en vaso plástico y rodeado por dos tipos con aspecto de asesinos en serie. Uno de los individuos aferraba un maletín marrón contra su pecho, como si en cualquier momento alguien se lo fuera arrancar de las manos. Jhonny no se despegaba el teléfono celular de la oreja. O por lo menos no lo vi hacerlo en el tiempo que lo observé. Mientras hablaba, gesticulaba y movía la mano libre como si estuviera ordenando un ataque aéreo masivo.
El tiempo que me quedé observando —tres carreras— fue suficiente para enterarme de qué se trataba todo. Yo no estaba muy lejos de la mesa donde se encontraban los tres hombres. Jhonny parecía una estatua de sal mirando por el circuito cerrado los dividendos aproximados. A una imperceptible orden del viejo, el tipo del maletín se levantaba seguido por el otro. Cuando llegaban a la taquilla —que estaba un poco retirada de la mesa—, los dos hombres se ponían a hablar con el cajero. Hacían tiempo. A un minuto y medio para la partida (esto lo vi en dos oportunidades), Jhonny cerraba el celular y buscaba con la mirada a sus colaboradores. Con dos o tres señas que hacía con las manos (que no alcancé a ver desde mi posición), daba la orden final. El tipo del maletín, con unos movimientos rápidos y precisos, extraía unas gruesas pacas en billetes. Se las entregaban al cajero y recibían el boleto. Luego volvían a reunirse los tres en la mesa. Al finalizar la carrera, el sujeto del maletín se sacaba el boleto del bolsillo y se lo entregaba al viejo. Este, con gesto displicente ¡y sin ver siquiera el boleto!, lo rompía.
Tardé en comprender que aquel teatro del absurdo era en realidad un movimiento de apuesta genial. El dinero del maletín sólo servía para "saturar" la jugada de un caballo sin chance. Esto hacía que por paradoja matemática el dividendo del favorito (y lógico ganador) se disparase a la estratosfera. Ahí era donde intervenían Jhonny y su inseparable teléfono para jugarle sumas astronómicas al favorito de la carrera.
Esa noche tuve una idea. Creí haber hallado el "tropiezo" que alejaría a Jhonny de su entelequia de arenas blancas, whisky con agua y muchachas en bikini. En realidad iba a ser sólo un susto, pero algo salió mal.
Creo que todo salió mal.
Mi plan (no sé por qué lo sigo llamando así) constaba de varias fases operativas: 1) Neutralizar a los secuaces que acompañaban a Jhonny, 2) Lograr que el viejo me dejara encargado del maletín, 3) Aprovechar un descuido y cambiarle la batería del celular por una descargada, 4) Jugarle la suma del maletín al favorito de la carrera, 5) Entregarle un boleto falso a Jhonny.
Se me criticará que dejé muchas cosas al azar, pero, ¿es que acaso no estábamos en el hipódromo?
De los colaboradores de Jhonny se encargaron unos amigos policías que me debían favores. El día del plan, efectivamente, no aparecieron y creo que después tampoco. Que Jhonny me confiara el maletín no fue tan arduo como yo esperaba. Ese sábado llegué lo suficientemente tarde al palco. Saludé a los muchachos del equipo y, con cualquier excusa, me fui sin decir dónde. Al llegar a la pocilga donde estaba el viejo lo noté apesadumbrado. Al verme se sorprendió bastante. Supongo que yo era la última persona que esperaba encontrarse. Le inventé un problema con el sistema eléctrico de transmisión, pero su interés estaba concentrado en el reloj y en la segunda carrera.
—¿Y ese maletín? —pregunté.
—De un amigo. Me pidió un favor.
—Debe ser un gran favor. —Noté que a Jhonny no le hizo gracia el comentario.
—Está en Aruba y quiere que le juegue una suma a su caballo. Es en la segunda carrera.
—La segunda es dentro de cinco minutos —dije, viendo el monitor del circuito cerrado.
—Necesito que me ayudes en algo —dijo con un dejo de resignación.
Sacó el teléfono de un bolsillo de la chaqueta y marcó un número.
—Lo que quieras —dije, servicial.
—Antes de la partida, te me vas para aquella taquilla con el maletín —la señaló con la boca—. Cuando yo te avise, le juegas todo a Kibu, el número siete.
—¡Por Dios, Jhonny!, tu amigo es un pozo de fe. Ese caballo no tiene ningún chance.
Jhonny no me prestó atención. El número que marcaba en el celular insistía en estar ocupado. Tiró el teléfono en la mesa y me entregó el maletín.
—Voy al baño —dijo.
A partir de ese momento todo comenzó a torcerse. La batería descargada que traje para el recambio no era la misma que utilizaba el teléfono de Jhonny. Cuando éste regresó del baño, apenas faltaban dos minutos para la partida. Cogió el teléfono y marcó su número. Con los ojos me apremió para que fuera a la taquilla.
Mientras iba hasta allá, me consolé pensando que si bien la faena no iba a ser completa (demasiadas cosas al azar), al menos jugándole la cantidad del maletín al favorito de la carrera tendría la oportunidad de hacerme con algún dinero. Dinero que, pensé, no le dolería al viejo.
Pero como dije antes, estábamos en el hipódromo: Kibu ganó.
Fui afortunado en que Jhonny siguiera fiel a su costumbre de no mirar el boleto; aunque esta vez no lo rompió sino que lo guardó cuidadosamente en un bolsillo. En sus ojos pude leer claramente que había jugado por teléfono hasta el último centavo al favorito. El falso boleto que le entregué era su única esperanza de salvar algo de la fortuna que perdió.
—Tu amigo tiene suerte —le dije, imaginándome volar por las escaleras.
—Sí, el desgraciado tiene suerte —ripostó, como si hablara consigo mismo.
Cuando Jhonny al fin pudo entender la explicación que le daba el taquillero sobre su boleto, volteó a la mesa en busca de alivio. Todo lo que vio fue la luz del monitor reflejándose en la piel brillante del maletín. Yo estaba a pocas zancadas de ganar la calle.

Al llegar al mirador de Sarasota el cielo había adquirido un tono rojizo. El sol en el horizonte se hundía poco a poco, como un buque en un océano de aguas inflamadas. En mi vida había visto un espectáculo tan irreal, aunque no sería el último que vería esa tarde
—Se me olvidaba, Luciano —dijo Eddy mientras sacaba el telescopio de la camioneta—, cuando fuiste al baño recibí una llamada de Sótero en el celular. Unos amigos tuyos de Caracas pasaron a visitarte. Dijeron que regresaban mañana.
—¡Miren! Arriba —grité.
—¿Dónde?

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