domingo, 22 de agosto de 2010

Tres Cuentos de Rubi Guerra


OTROS MARES

En abril o mayo, al comienzo de las lluvias, nos enteramos de que habían matado a un vecino Guardia Nacional en un enfrentamiento con un grupo guerrillero que, minutos antes, había asaltado un banco en El Tigre. La Guardia Nacional tenía su cuartel en la entrada del Campo Petrolero, aunque la tropa y sus familiares vivían en las mismas casas que las familias obreras. Recuerdo a dos de estas familias, instaladas en viviendas cercanas a la nuestra con apenas una o dos semanas de diferencia: los Casalta y los Rodríguez. Apenas una pared común las separaba y una cerca de alambre hacía de difuso límite. Creo que nunca se había visto en nuestro pueblo mayor exhibición de antipatía mutua que la que se vio entre estas dos familias. Ambas eran numerosas, con profusión de niños, niñas, tíos, primos y primas, abuelos y abuelas, y en las frecuentes trifulcas originadas en los juegos infantiles intervenían todos con gritos, insultos, bofetadas y cosas peores. Recuerdo a la abuela de los Rodríguez partir una botella y dársela a su nieto de ocho años para zanjar una discusión con uno de los Casalta de la misma edad -con ese Casalta tuve luego mi primera y única pelea a puñetazos-. Unos y otros eran groseros, escandalosos, sucios y se dedicaban al pillaje y a los pequeños hurtos, sobre todo de macetas con flores y plantas decorativas que al parecer eran demasiado perezosos para cultivar por sí mismos. Sin embargo, al Guardia Nacional muerto no lo conocía en absoluto, por lo que concluyo que debía ser un hombre discreto y decente.

Pronto se supo que un guerrillero herido se había escondido en los alrededores del pueblo, o quizás en el pueblo mismo. Las cocinas y los porches se llenaron de susurros y miradas recelosas, y aunque no podía ser consciente de ello en toda su dimensión, conocí por primera vez el ambiente envenenado del miedo colectivo. Dos o tres días después -acaso menos, el paso del tiempo no era algo muy claro para mí en ese entonces-, el ejército llegó en grandes camiones y procedió a un registro casa por casa. Dos reclutas bisoños, más asustados que nosotros mismos, me pareció, dieron un rápido vistazo a nuestras tres habitaciones y a la sala—comedor en la que nos habíamos apiñado, más compactos como grupo familiar que nunca antes o después; no revisaron el baño ni la cocina.

No encontraron a nadie, aunque durante varios días se vio a las patrullas del ejército ir y venir por la carretera, sin motivo aparente, esgrimiendo siempre sus largas armas y mirando a los civiles con desconfianza como si esperaran de nosotros ataques traicioneros.

El día del registro, al atardecer, mientras nos apresurábamos a terminar la cena para poder ver en la televisión el Show de Dick Van Dyke, mi hermano Alonso anunció su intención de unirse a la guerrilla "después de terminar el bachillerato". Como estaba cursando el último año, no era mucho lo que faltaba para poner en práctica tan radical decisión, pero mis padres se lo tomaron más bien a la ligera. Mi madre soltó una especie de bufido, seguido de un "Muchacho pendejo", dicho en voz baja más que alta, pero suficientemente clara, y continuó rumbo a la cocina con su carga de platos sucios. Mi padre se limitó a mirarlo en silencio, su rostro adquirió una difusa palidez, luego se puso rojo encarnado. Alonso no dijo nada más; con el resto, se dirigió al horrible sofá anaranjado y blanco recién comprado en una mueblería de El Tigre y que era el orgullo familiar, y pocos minutos después reía con las payasadas del larguirucho cómico norteamericano. Sólo yo me tomé en serio aquel propósito terrible. Alonso tenía diecisiete años, diez más que yo, y no era para mí un héroe ni nada que se le pareciera; sólo era mi hermano mayor. No quería que lo mataran.

Alonso tenía una novia, y este hecho simple y conveniente considerando su edad, y del cual mis padres se habían alegrado al principio, era una fuente creciente de conflictos. La muchacha en cuestión tenía unos irreprochables antecedentes familiares y ella misma resultaba encantadora; éramos nosotros los inadecuados, los impresentables. Me explico, para beneficio de estos tiempos más democráticos y menos rígidos: mi hermano había heredado el atractivo de mi padre y el color oscuro de mi abuela; la bella Irma, en cambio, era rubia por los cuatro costados y de destellantes ojos azules. Pienso que el factor racial no hubiera significado en realidad un problema demasiado importante -después de todo, la mezcla es nuestro sino desde el Descubrimiento y la Colonia, y en una misma familia suelen reunirse los más variados tonos de piel y color de cabello- si los padres de la muchacha no hubieran sido, además, ingenieros de la Compañía. Ingenieros venezolanos, es cierto, pero que habitaban esa otra parcela de la realidad conocida como Campo Norte, separada de nuestro lado Sur no por nada tan tangible como un muro o una cerca electrificada, pero sí por una conciencia muy clara de las jerarquías sociales.

Campo Norte ejercía una definida atracción sobre los muchachos y niños de Campo Sur. Acostumbrábamos pasearnos en las primeras horas del sábado o domingo por sus calles siempre desiertas, como no fuera por algún jardinero o sirvienta que se dejaba ver fugazmente. De nuestro lado había un club con fuente de soda, piscina y cine, y en el de ellos también, aunque más grandes y cómodos, y eso sin contar con el campo de golf y las canchas de tenis. Pero no eran estas cosas más o menos materiales las que nos alejaban tanto, sino, como ya dije, la conciencia de ellas, la separación que todos -los de un lado y otro- aceptábamos como natural, necesaria y conveniente.

Los padres de Irma eran un incordio para los míos -no eran gente con la que se pudiera ir los domingos a tomar cerveza y a ver un juego de softball en el estadio del Campo, ni a bañarse en las peligrosas aguas del río Neverí-, no para Alonso, que podía permitirse el lujo de ignorarlos con esa magnífica indiferencia de la que hacen gala los adolescentes, más aún si son rebeldes y piensan irse a las guerrillas. El que en verdad lograba sacarlo de sus casillas era Ismael, el hermano gemelo de Irma. Éste era tan detestable como Irma encantadora, si exceptuamos su costumbre de darme besos no solicitados, y tan pelo amarillo y ojos azules como ella. Había algo perturbador en aquellos rasgos repetidos en un muchacho y una muchacha sin que ninguno de los dos pareciera contaminado de la naturaleza del otro: no había nada masculino en Irma, ni femenino en Ismael. Aún así, verlos juntos era una experiencia extraña y, para mí, casi aterradora. Cómo afectaba esto a Alonso es algo que sólo puedo conjeturar. Los tres asistían al Arreaza Calatrava, el único liceo de El Tigre -lo que provocaba una forzada convivencia democrática- y en sus salones, pasillos y canchas deportivas había nacido el amor -llamémosle así por comodidad y brevedad- de Alonso e Irma, y la feroz antipatía que como un corolario natural se daba entre los dos varones. Aunque es posible que la animadversión entre los dos muchachos se haya originado antes, en algún incidente aislado y casual del cual yo no me enteré nunca o acaso haya olvidado, y la relación de Alonso e Irma sólo haya magnificado. Como sea, lo cierto es que se detestaban. Por una especie de pacto, en consideración a Irma, se trataban lo menos posible y así habían reducido las posibles causas de enfrentamiento violento, pero en ambos fluía una corriente mal disimulada de agresividad. Muchas veces escuché a Alonso conversar con sus amigos en los términos más despectivos posibles sobre su "cuñado", y en las muchas ganas que tenía de partirle la cara. Por lo que contaban sus amigos, el sentimiento era mutuo.

En el fondo, puede que todo se remitiera a un problema de estilos. Mi hermano había adoptado el de un contestatario de la época, con el pelo largo y la ropa siempre descuidada, hasta donde lo permitían las normas del liceo y la severidad de mis padres, mientras que Ismael se acercaba más a la imagen de un descarado chico malo de los años cincuenta, un James Dean tropicalizado, lo que no es para asombrarse porque todo nos llegaba con diez años de retraso: la música, las películas, las modas. Un buen ejemplo son las peleas que durante un tiempo interrumpieron la tranquilidad de las noches. Un grupo de muchachos de la calle L, por ejemplo, se citaba con los de la M para protagonizar una multitudinaria pelea a puñetazos. El furor que los animaba era, en parte, fingido, una representación, pero los golpes eran reales, y más de uno debía ser conducido al bien dotado hospital con un labio partido o los ojos hinchados. Pocas veces se hacían verdadero daño. Como los pandilleros bailarines de West Side Story, también nuestros muchachos parecían seguir una música de percusión y trompetas sincopadas, y como aquellos, estaban más preocupados por la coreografía y el ritmo que por los golpes. Alonso participó en más de uno de estos encuentros y a veces me despertaba en medio de la noche para contarme cómo había sido y para mostrarme un moretón en su cuerpo, con un orgullo que yo encontraba del todo justificado.

Al día siguiente todo volvía a la normalidad; los mismos muchachos que unas horas antes se arreaban patadas, compartían el autobús que los llevaba al liceo Arreaza Calatrava. Sé que en estas batallas participaban también los de Campo Norte -norteamericanos y venezolanos-, y entre ellos estaba Ismael, pero desconozco si mi hermano y él llegaron a cruzar sus puños. Pienso que no, porque de otra manera no hubieran podido esperar hasta el fin del año escolar para tratar de arrancarse la cabeza, esta vez en serio.

No deja de ser para mí un misterio cómo soportaba Alonso ver repetidos los rasgos y muchos de los ademanes y gestos de su novia en alguien a quien detestaba, y también me pregunto si no sería esta circunstancia una de las causas de su profunda aversión hacia el muchacho. La antipatía de Ismael me resulta mucho más comprensible. Después de todo, no podía sino considerar a Alonso y a toda mi familia como inferiores, que era más o menos como nos veíamos nosotros mismos. Entiendo que no quisiera ver a su hermana en tales manos.

Muchas noches, Irma -vestida con la blusa sin mangas y los pantalones cortos que se habían puesto de moda aquel año- venía hasta nuestra casa, saludaba a mis padres, y luego se quedaba en el porche hablando con Alonso. Yo me dejaba caer por allí, después de haber sufrido con las aventuras de la familia Robinson en Perdidos en el espacio y antes de que empezaran las noticias de El Observador Creole, señal inequívoca de que la hora de dormir se acercaba; con suerte, tenía la oportunidad de verlos darse un beso, pero la mayor parte del tiempo sólo se tomaban de las manos y hablaban. Ellos no me hacían ningún caso.

La visita se terminaba cuando aparecía Ismael en su vespa, se estacionaba cerca de la casa, bajo unas matas de mago, y encendía un cigarrillo. Siempre idéntico. Jamás se acercaba a la casa, ni dirigía una palabra a mi hermano, ni a su propia hermana. Aguardaba con paciencia o con impaciencia, no tengo forma de saberlo, a que los novios se despidieran. Luego se marchaba, con Irma en la parte trasera del asiento, haciendo sonar el motor de su máquina como un comentario burlón en la noche llena de luciérnagas.

En tales ocasiones el humor de Alonso se volvía tenebroso, y si bien la cosa solía estallar en alguna de las peleas familiares que se hacían cada vez más frecuentes por cualquier motivo, no era tampoco inusual que terminara pagando yo los platos rotos sólo por estar atravesado donde no debía en el momento en que no debía. Algún golpe en la cabeza me sacaba, una zancadilla malévola o una respuesta agria y destemplada a algún inocente comentario mío.

Pero en honor a la verdad, debo reconocer que no siempre era así y muchas veces Alonso buscaba un libro en el interior de la casa, volvía afuera, se sentaba donde había estado antes, abría las tapas y leía una o dos páginas. Y luego permanecía en el porche mal iluminado ganado por una melancolía más vieja que sus diecisiete años, dejando que el silencio penetrara en él y haciéndolo suyo, contemplando más allá de la sabana y sus pajonales la promesa de otros cielos y otros mares.

Dormíamos en el mismo cuarto. Mi hermana Alicia, de doce años, tenía el privilegio de un habitación para ella sola. Mis padres ocupaban la otra, más grande. Nuestras camas estaban separadas por unos dos metros. Al apagar la luz podía sentir, poco después, el olor acre y dulce del tabaco. Abría los ojos. Un punto rojo flotaba en la negrura que nos envolvía, al rato describía un arco, se detenía y se hacía más brillante antes de volver al lugar inicial. Así una y otra vez mientras el aire se llenaba de humo y yo hacía esfuerzos para no toser.

-¿Sabes? -me dijo una vez, como si adivinara que yo no dormía vigilando los desplazamientos del punto rojo-, la verdad es que no me gusta el sabor del cigarrillo. Además se siente como si le metieran a uno hojillas en la garganta. Es una mierda. Lo hago sólo para llevarle la contraria a papá -nuestro padre sólo fumaba de vez en cuando unos puros que venían en cilindros de plástico transparente y que yo utilizaba para jugar, una vez que los había desechado, como si fueran tubos de ensayo-. ¿Has pensado en lo que vas a ser cuando seas grande? Yo no. En unos meses debo entrar a la universidad y ni siquiera sé lo que voy a estudiar.

-¿No quieres ser guerrillero?

Dio una larga calada a su cigarrillo. Juraría que escuché crepitar las briznas de tabaco y el papel blanco que las envolvía. Me pareció escuchar también una risa convulsa, una tos ahogada.

-¿Te parece una buena carrera?

No supe qué contestar.

El año escolar transcurría con la normalidad esperada: el primero para mí, el último de bachillerato para Alonso. A medida que nos acercábamos a julio, y luego, cuando ya estábamos en ese mes y agosto se acercaba inexorable, crecía en nuestra casa una nueva tensión de la que yo no era demasiado consciente, pero que no dejaba de afectarme: la mudanza, la partida, la ida definitiva, el encuentro con las raíces y el desarraigo, el exilio y el reino en un mismo lugar y momento. Aguardaba el cambio de ciudad con moderada inquietud, sin angustia, pero con mucha curiosidad.

Las peleas por el pelo demasiado largo de Alonso y sus ropas desarrapadas se hicieron más frecuentes, más violentas. Pienso en este momento que tanto para mis padres como para mi hermano y hermana, la mudanza tenía un sentido distinto y unas significaciones más hondas que para mí, y las constantes discusiones eran la forma perversa que tenían de manifestarse.

Ahora pocas veces venía Irma a pasar las horas en el porche de la casa; al mismo Alonso se le veía menos. Tenía como excusa que se preparaba para los exámenes finales en casa de sus amigos. Sin embargo, yo sabía que no era así. Él mismo me lo había dicho en una de aquellas conversaciones de medianoche marcadas por el ritmo de sus cigarrillos.

-¿Sabes?, creo que voy a marcharme cuando tengamos que hacerlo, no voy a hacer problemas por eso, iré, dejaré mi maleta en el piso, daré media vuelta y regresaré a buscar a Irma... Eso haría, si ella fuera a estar aquí. Pero tampoco estará. Apenas nos graduemos sus padres la enviarán a Caracas, y después creo que se irá de viaje al exterior hasta que entre a la universidad. ¿Sabes?, no creo que pueda resistir mucho tiempo sin ella. Es mentira que esté estudiando para los exámenes finales... Nos vemos casi todos los días. Vamos a la sabana, a un sitio que no te puedo contar y pasamos mucho tiempo allá. Tampoco te puedo decir todo lo que hacemos. No le puedo contar a nadie. Se lo prometí a ella. Eso se llama ser un caballero. Tú no sabes nada de eso, y será por eso mismo que te lo cuento, pero te mato si le dices algo a papá o a mamá... ¿Estás despierto?

Debía ser verdad que no necesitaba estudiar, porque aprobó sus exámenes sin dificultad. Mis padres estaban radiantes de felicidad. Me disculpan el lugar común, pero no hay otra forma de expresarlo. Era una felicidad tan radiante que iluminaba todos los rincones de la casa, no sólo sus rostros. Alonso se convertía en el primero de nuestra familia en terminar el bachillerato y pronto iría a la universidad, donde se haría ingeniero o médico. Él mismo no estaba menos feliz, a pesar de que ante nuestros padres y sus expresiones de orgullo mostrara una especie de indiferencia desdeñosa.

La fiesta de fin de curso se realizó en el club de Campo Norte, en consideración a los graduandos de aquella parte del pueblo. Alonso vistió para la ocasión un traje oscuro, camisa celeste, corbata a juego, zapatos nuevos de patente; todo había sido comprado una semana antes a un árabe que visitaba casa por casa arrastrando una inmensa maleta que parecía contener un bazar entero. Se cortó el pelo, lo que debe haberle procurado no pocos problemas de conciencia. Aunque podía ir a pie, pidió prestada la camioneta Ford a nuestro padre, que entregó las llaves sin presentar objeción.

Sé que costará creerlo, porque doy la impresión de saberlo todo sobre lo que relato, pero puedo asegurar que no conozco nada de la fiesta, ni qué piezas tocó la orquesta -traída desde Caracas-, ni si mi hermano bailó con torpeza o pericia los presumibles, pero no demostrados boleros, mambos o guarachas, ¿se escucharía, acaso, algún rock and roll? ¿Los jóvenes bachilleres se pasaron de tragos y alguno vomitó en las flores de los cuidados jardines? ¿Una muchacha de inexpertos tacones fue a dar con traje de gala a las transparentes aguas de la piscina? ¿Ismael y Alonso revivieron su rivalidad ante sus respectivos amigos?

Todo lo ignoro de aquella ocasión y al sitio nunca lo llegue a ver por dentro, no disfruté de sus instalaciones, no bebí sus aires. Sólo puedo asegurar que en un momento no determinado Alonso e Irma se marcharon sin despedirse. Al principio el asunto no llamó la atención de Ismael, pero uno de sus amigos se lo hizo notar y entonces recordó la función de chaperón encomendada por sus padres, y aunque de ninguna manera pudiera llamarse guardián de su hermana consideró que era su deber ejercer tareas de tal.

Un toro bramaba en la sabana. Daba golpes con su torpe cabeza contra una roca negra y aullaba cada vez más alto. De pronto estaba en mi habitación, sentado en la cama, y el toro seguía y seguía, gritando el nombre de mi hermano y estrellando sus puños contra la puerta de nuestra casa. En el cuarto de al lado, escuché a mi madre ahogar un grito y a mi padre lanzar una rápida serie de tres o cuatro groserías.

La cama de Alonso estaba vacía. Por un momento creí ver el punto luminoso de su cigarrillo, el breve arco rojo en el aire ennegrecido, pero no era nada.

Salí de la habitación; me gustaría decir que en puntillas, sin embargo, nunca he logrado mantener tan peculiar posición; así que me limité hacer el menor ruido posible, lo que de todos modos resultaba del todo superfluo al considerar el escándalo que seguía en el porche: del lado de afuera de la puerta mosquitera, Ismael, nunca más parecido a un James Dean enfebrecido, preguntaba por su hermana, o al menos eso parecía en medio del torrente de insultos a toda mi parentela pasada, presente y futura, y amenazas a mi hermano ausente; del lado de adentro, mi madre, mi hermana Alicia y mi padre sosteniendo el marco de la puerta con su mano izquierda como si quisiera impedir que las paredes se desplomaran y el techo cayera sobre nuestras cabezas, envejecido a su pesar y sin embargo magnífico en la contenida furia que delataba la hinchada vena de su cuello y el apretado puño de su mano derecha. Yo me había acercado en silencio, apostándome a la derecha y un poco atrás, y tenía una completa vista de la situación iluminada por la bombilla del porche que había permanecido encendida o había sido encendida por mis padres cuando se levantaron. Estaba seguro de que mi padre se disponía a partirle la boca al insolente. Estoy seguro de que lo habría hecho si mi madre no hubiera interpuesto su sensata mano. De pronto Ismael ya no estaba allí.

Un par de gritos paternos nos devolvió, a Alicia y a mí mismo, a nuestras respectivas habitaciones. Me encogí, temblando, bajo las sábanas, igual que cuando me despertaba en medio de la noche y me daba por pensar en todas las criaturas que vivían bajo la cama, los seres peludos, los seres con dientes, los que se arrastran, sinuosos, esperando, quietos y pérfidos, a que cerrara los ojos para subir por mis mantas y morderme los pies.

Los susurros que me llegaban desde la sala ayudaban a mi determinación de mantenerme despierto ("¿de qué hablan?, ¿por qué no me dejan que escuche?, ¿qué pasa con Alonso?, ¿no se callarán nunca?), pero tenía siete años, la oscuridad era una pesada mano contra mis párpados; luché durante unos instantes contra el sueño como un pez que da breves bocanadas fuera del agua, y luego me hundí en la inconsciencia.

Desperté por segunda vez antes de que saliera el sol. Desperté con un sobresalto en vez del acostumbrado suave deslizamiento del sueño a la vigilia en el que se funden y se mezclan de dulce manera las imágenes y sonidos de uno y otra. Una claridad grisácea entraba por la ventana: gasa ante los ojos nublando los objetos tan conocidos, haciéndolos extraños y vagamente amenazantes. En el cuadrado de la ventana, la aurora comenzaba a desplegar sus delicados colores, sus oros y rosados y azules... y de pronto, vi pasar a Alonso e Irma tomados de la mano. Fue una visión breve, el tiempo que les llevó cruzar la ventana a unos cinco o seis metros de ella, dirigiéndose hacia la entrada principal. Noté que ambos estaban despeinados, tenían las ropas arrugadas y en los rostros juveniles el cansancio había causado estragos; sin embargo su caminata era tranquila, sin prisas. Sonreían.

No habían transcurrido dos minutos cuando apareció Ismael en su motocicleta. Había sustituido la ropa de la fiesta por un jean, una franela y zapatos deportivos. Se acercó y estacionó frente a la casa, fuera de mi vista. Me asomé a la ventana, aplasté mi cara contra la tela mosquitera, pero no pude ver nada más que un trozo de tierra marrón, la carretera y la sabana. Escuché las voces que subían y bajaban de tono, que se hacían lentas o rápidas, susurrantes, apremiantes, despectivas, violentas, incluso se acallaban por completo durante unos momentos para comenzar de nuevo, sin entender nunca las palabras. Otro silencio más prolongado me convenció de que debía irme a dormir de una buena vez, y hubiera ejecutado mi propósito si no hubiera visto pasar abrazados a Ismael y Alonso, cual bailarines torpes que giran sobre su eje y tropiezan con sus pies. En la caída cada uno rodó hacia un lado. Se incorporaron, separados por apenas una distancia de un metro, levantaron los puños y comenzaron a balancearse hacia adelante y hacia atrás, con suavidad. Luego Ismael lanzó el brazo derecho por encima de su hombro, en un gancho rápido pero desmañado, sin elegancia. Alonso lo bloqueó a medias con su antebrazo izquierdo; recibió el golpe en el pómulo del mismo lado y retrocedió un paso. Ismael se adelantó, repitió el golpe, pero esta vez Alonso lo esquivó con facilidad con un movimiento de cintura y respondió a su vez con un gancho de izquierda a un costado de la cabeza de su rival. Me pareció escuchar -es posible que me lo haya inventado- el sonido de los nudillos contra el cráneo. En todo caso, fue un buen golpe. Años después vería a alguien desmayarse por uno semejante. Sin embargo, Ismael no cayó; se estremeció, afirmó los pies en la tierra y se lanzó contra mi hermano, a quien abrazó por la cintura. Rodaron nuevamente, esta vez en total confusión de brazos, piernas y cabezas; en un momento Ismael estaba sentado sobre el pecho de Alonso y lanzaba sus puños contra la cara de éste, y un segundo después la situación era la opuesta.

Al fin se levantaron, los puños en alto. Y esta vez fue mi hermano quien atacó primero, con un golpe recto de su mano izquierda, directo al ojo derecho, y luego un gancho de derecha a la mandíbula. Ismael tocó con sus nalgas el suelo, y yo comencé a dar gritos y saltos de alegría, alertando a mis padres y quizás a todos los habitantes de la cuadra.

Cinco días más tarde nos marchamos. Ignoro si esa fecha estaba ya decidida o si por el contrario se adelantó en vista de las circunstancias. El caso es que una madrugada iniciamos la retirada, y de mi parte no hubo una sensación de pérdida irreparable ni nada de eso. Todo lo que podía considerar mío viajaba conmigo: mis padres y hermanos, mis juguetes, yo mismo. Dejaba atrás un paisaje, es decir: una luz particular, nubes, una forma de llover, naturaleza escueta y elemental; un paisaje horizontal de sabanas y cielos; y casas y calles sin nada destacable como no fuera su perfecta simetría y su repetición idéntica, pero aún no sabía lo que eso llegaría a significar; deberían pasar muchos años aún para que aquella que ya no era más mi tierra cobrara sentidos que la harían entrañable.

Alonso hizo el viaje con un diente menos y la boca monstruosamente hinchada. Además tenía moretones en diversas partes del rostro. Daba risa y pena verlo. Desde la pelea se había envuelto en un silencio agresivo que ni siquiera yo podía atravesar. En los días que precedieron al viaje, sus discusiones con mis padres se hicieron interminables, fatigosas, incomprensibles para mi entendimiento. Ahora, sentado junto a mí en la parte trasera de la camioneta, su cara de payaso trágico me parecía la de un desconocido.

No recuerdo nada importante de la llegada -marismas, terrenos baldíos, basura en las calles, playas, la estatua de un indio con un pez entre las manos-, ni de la instalación en la nueva vivienda. Supongo que vinieron muchos primos y tíos y tías a ayudarnos a descargas las cosas que, después de todo, no eran tantas. En esa primera noche me despertó el sonido de risas escandalosas como campanas de iglesia. Descendí de la cama en un cuarto inmenso, de altísimo techo, caluroso, como quien desciende del puente de un barco a una tierra simple y llanamente desconocida, sin el prestigio siquiera de haber sido prometida de alguna manera, y caminé descalzo por un pasillo en penumbras hacia las voces que se hacían más fuertes con cada paso. Estaban en el porche: un gran corro de familiares, de la mayoría no conocía ni el nombre; algunos los había visto en las breves visitas que habían hecho al Campo; me senté en el piso de la sala oscura, oculto por una de las hojas de la puerta; desde allí los escuché por largo, largo rato, contar historias referidas a gente que yo no sabía quiénes eran, y al parecer muy divertidas porque todos reían de una manera contagiosa. Después de una media hora de estar sentado sobre el duro cemento, me aburrí. Tenía sueño otra vez. Me levanté y esperé que se me desentumieran las piernas y las nalgas. En un rincón de la enorme sala, sentado en uno de aquellos muebles anaranjados y blancos que habíamos traído con nosotros, se encontraba Alonso. No dio ninguna señal de haberme visto o reconocido, en su rostro, a pesar de las sombras, se adivinaba el rastro de las lágrimas; las saladas fuentes de la desdicha dejaban en sus mejillas surcos sucios y brillantes, igual que en la cara de un niño pequeño y abandonado.

Y esa es la triste verdad. Pero no toda la verdad.

Quisiera contar cómo un mediodía de sol aplastante Alonso se dirigió al puerto de Cumaná. Vio el arribo de los barcos y las maniobras de descarga. Vio a los estibadores sudorosos y a los marineros que salían a buscar cerveza y mujeres en los bares cercanos. Vio la larga fila de hombres, mujeres y niños cargados con todo tipo de bultos esperando las pequeñas embarcaciones que los llevarían a la otra costa del golfo, a Manicuare, Araya, Punta Arenas, lugares de los que había escuchado pero en los que aún no había puesto el pie. Vio los pelícanos en su eterno combate mortal con los peces y las olas. Las nubes pasaron sobre su cabeza y se dispersaron hacia mar afuera, como señalándole un camino. Fue alcanzado y estremecido por esa música misteriosa que trae la brisa marina y en la que es posible identificar, si tenemos suerte, los aromas de islas lejanas (curry, azafrán, pimienta, nuez moscada...), el llamado elemental de potencias subterráneas, voces perdidas que prometen aventuras improbables. Delicias por las que valdría la pena desafiar a la muerte en medio de tempestades. Y así fue como Alonso se hizo a la mar: en un barco mercante, sin saber nada del oficio, ni dónde quedaba babor y dónde estribor, dispuesto a aprender y soportarlo todo con tal de alejarse de la odiosa ciudad, si es que así podía llamarse el conjunto de casas de tejas y pequeños edificios de tres o cuatro pisos. ¿Qué puertos le esperaban, qué soles o nevadas, cuáles y cuántas mujeres de cuerpos cálidos y elásticos? ¿Hamburgo, New York, Tokio, San Juan?

Lo veríamos una o dos veces al año, en regresos siempre imprevistos, y en cada vuelta constataríamos los cambios en su aspecto físico y su personalidad con admiración o alarma, según fuera nuestro talante. El muchacho bajo y delgado que había sido dio paso a un fornido individuo (nunca muy alto, es verdad) de músculos de hierro; otro viaje nos lo traería con tatuajes en los brazos y el pecho -una sirena, una rosa de los vientos, una cabeza de dragón de ojos saltones- y una argolla en el lóbulo de la oreja izquierda. En cálidas noches relataría historias espeluznantes de cargamentos prohibidos, que ni siquiera nos atrevíamos a imaginar, y persecuciones de feroces guardacostas en las aguas de países de nombres impronunciables. ¡Con cuánta alegría y temor lo veíamos sortear los arrecifes afilados como cuchillos de Australia, la trampa mortal del Mar de los Sargazos, el aliento de las ballenas que enloquece a los hombres más serenos!

Es triste, ya lo dije, porque nada de eso sucedió. Alonso se quedó en casa. A su debido tiempo fue a la universidad, se graduó, se casó y tuvo hijos. Y eso es, quizás, más triste y lamentable que su fallida historia de amor: la vida sigue y desgasta; se traga a los hermanos mayores, los tritura con suavidad y sin violencia, como lo harían unas encías sin dientes.


UN PEREGRINAJE

En febrero de 1919, desde la lejana capital, llegó la noticia del fracaso de la conspiración y el joven José Córdova decide marchar al exilio. Nexos no del todo claros lo vinculan al fracasado movimiento, pero es indudable la necesidad de poner tierra y agua entre su humanidad y los agentes del gobierno que, por una vez, parecen no moverse con suficiente rapidez. José anuncia a sus familiares –padres, hermano y dos hermanas– su voluntad, forzada por los acontecimientos, de abandonar la patria. Las finanzas familiares lo permiten. Otros hay que sólo tienen la alternativa de enfrentar la cárcel, la tortura y posiblemente la muerte, o esconderse en los montes y vivir una vida de perseguidos, entre angustias y penalidades sin cuento. Aclaremos: no hay nada de cobardía en la decisión de José; se marcha para luchar mejor.

Previsibles llantos de las mujeres y abrazos recios de los hombres. Es gente acostumbrada a las dificultades.

A la madrugada siguiente, luego de una noche en vela en la que su ánimo se debatió alternativamente entre la angustia y la exaltación, se dirige al puerto acompañado de su padre y su hermano dos años menor. Las mujeres permanecen en la casa, rezando. Mucha gente los saluda sin sospechar la importancia de esta partida. Es familia muy conocida: dueña de trenes de pesca y almacenes; el puerto y el mar, y todo a lo que se les asocia, han sido las actividades principales de la familia desde hace tres generaciones.

José Córdova contempla con adelantada nostalgia los lugares tan conocidos. Los muelles, las rancherías de los pescadores, las colinas que rodean la ciudad, azuladas a esa hora tan temprana. Y sin embargo, quién lo diría, también hay alegría en esta despedida de las cosas familiares y rutinarias. Y otra cosa: miedo a los soldados que circulan de aquí para allá entre los cargadores, pasajeros y marinos en tierra. Teme que su nombre haya aparecido en los interrogatorios –es cuestión de tiempo–, que en el telégrafo se encuentre un mensaje destinado al comandante militar de la ciudad, que ya se apresten a detenerlo, precisamente ahora que coloca los pies sobre la rampa de acceso y se da media vuelta para despedirse otra vez de su padre y su hermano. Pero no, no pasa nada. Termina de subir. Entrega su maleta a un ordenanza. Inspira los olores de grasa y metal que lo rodean y sobre el que se superpone apenas el aroma del mar. Cuando el barco comienza a moverse con una oscilación indecisa, levanta el sombrero como hacen los demás pasajeros, saluda a los que se quedan, los ojos brillantes, acezantes. Hace su aparición el pesar, otra vez, la nostalgia anticipada de las cosas que considera suyas y ama.

El viaje transcurre sin incidentes. Lejanas costas, luz coruscante, aburrimiento, cielos. Escribe las primeras cartas de su peregrinación: a su madre, a una antigua novia que creía olvidada y a quien ahora le parece imprescindible dirigirse. El cuarto día desembarca en Paramaribo, no en la costa marina, sino luego de recorrer un ancho río que le hace recordar el de la ciudad que acaba de abandonar, menos caudaloso. La ciudad también le recuerda la suya, aunque le parece más pequeña, más húmeda y calurosa, pero también con más árboles. En comparación, Cumaná es un erial, los árboles crecen en las márgenes del río y del resto hay poco más en los patios de las casas. La gente de Paramaribo también es distinta: hay más negros y asiáticos. Las mujeres le sorprenden por su belleza.

Con su escaso equipaje se dirige a un hotel cuya dirección le ha suministrado el capitán del barco, amigo de su padre. No está lejos del puerto y puede ir caminando. A cada lado de la calle de tierra hay casas de madera y algunos edificios de ladrillos. Abundan los carteles en holandés –que no comprende, pero puede identificar– y en otros idiomas aún más extraños. La habitación que le asignan es calurosa, aunque eso no lo molesta, con un par de ventanas de madera que se abren sobre una calle comercial con almacenes chinos e hindúes. Desde muy temprano comienza el ajetreo de clientes y vendedores. Es un espectáculo que le resulta familiar. Tiene veintitrés años y los últimos ocho los ha pasado trabajando para su padre en los almacenes que posee la familia en el puerto de Cumaná.

En los próximos días no es mucho lo que hace. Lee y relee el libro de Rubén Darío que introdujo en la maleta antes de partir, duerme hasta tarde en el calor creciente, pasea por la ciudad, visita el puerto, se hace cliente habitual de una fonda atendida por un hombre obeso de piel morena y brillante que habla algo de español. Al principio le cuesta, pero poco a poco se acostumbra y termina disfrutando los sabores hasta ahora desconocidos. Una vez, por sugerencia del encargado nocturno del hotel, visita un burdel. Un local grande, ruinoso, oscuro. La experiencia es grata: hace el amor con una muchacha de pechos pequeños y de largo pelo, negro y liso. Sin embargo, no vuelve. Es demasiado consciente de la escasez de sus recursos.

Al cumplirse dos semanas de su llegada, aparece un emisario de su familia. Es un hombre de mediana edad, grueso y sudoroso. Tiene negocios con su padre, explica, y una deuda de gratitud. Conversan en el bar del hotel. En las mesas vecinas, otros hombres de negocios y funcionarios coloniales, cada quien absorto en sus propios asuntos y sin prestar atención a los dos venezolanos, se comunican en un idioma áspero y gutural.

Su escape había sido afortunado, le informó el recién llegado, al día siguiente apareció una comisión de soldados y agentes policiales en su casa. No, no habían maltratado a nadie. Se portaron correctamente. Revisaron su habitación, se llevaron unos papeles y luego se marcharon. Todos estaban bien.

José escucha las noticias con una mezcla de alegría y remordimiento que llegará a serle habitual en los años futuros. El desastre siempre golpeará cerca, nunca el golpe definitivo, nunca la tragedia anunciada, pero tampoco la liberación. Y siempre, acompañándolo, el remordimiento de estar donde no debe, donde sus esfuerzos no son necesarios y no donde en verdad lo requieren.

Antes de despedirse, el emisario le entrega un sobre con dinero y cartas.

En la habitación del hotel, desnudo para mitigar el calor, lee las palabras de aliento de su familia y se siente compelido a realizar grandes obras para responder a sus sacrificios. La carta de su madre le hace llorar. Las de su padre y su hermano le inducen al heroísmo. Hay, además, instrucciones del jefe de familia quien, ambos lo saben, sólo lo puede guiar en los primeros pasos del largo camino del exilio. Debe dirigirse sin pérdida de tiempo a Trinidad, escribe su padre, donde lo espera Santiago Córdova, primo suyo y hombre de honor, dueño de un ingenio azucarero y de una fábrica de ron en la isla.

A la mañana siguiente consigue pasaje en un barco mercante que saldrá para Puerto España dos días después. La noche anterior a la partida se dirige al burdel donde hiciera el amor con la muchacha de largos cabellos. No la encuentra. Las mujeres que como sombras vagas se le insinúan no despiertan su interés. Con leve tristeza se acoda en la barra y ordena una bebida. Al poco rato se acerca un joven holandés –no puede ser de otra parte, con esa estatura, ese pelo rojo, esa delgadez y una cara como hecha a martillazos– de su edad, más o menos, con quien ha coincidido otras veces en el restaurante de su hotel. Se saludan. Al poco rato conversan en inglés, lengua común de los nómadas del caribe. El holandés se alegró al enterarse de que José venía de Cumaná: conocía una cantidad de cosas asombrosas –asombrosas para el venezolano, que desconocía el tema más allá de ciertas vaguedades escuchadas en la infancia– sobre la guerra que había enfrentado a España y Holanda en la península de Araya por el control de las salinas, frente a las costas de Cumaná. Pero han transcurrido trescientos años de aquellos sucesos. El holandés no guardaba ningún rastro de animadversión a pesar de que un muy lejano abuelo había sido ahorcado en el promontorio donde ahora se levanta la fortaleza de Araya. Tenía curiosidad por el paisaje de aquellas batallas de las que sólo estaba al tanto por libros y algún relato transmitido de boca en boca durante generaciones. José satisfizo su curiosidad hasta donde pudo, hablándole de la magnificencia de la Laguna Grande, de los desérticos cerros de Araya y de las aguas del golfo de Cariaco, capaz de albergar a todas las flotas de guerra de Europa. Se descubrió poniendo más emoción de la que el tema exigía al describir las faenas de pesca en el amanecer, cuando la línea del horizonte se borra y el aire es como una gigantesca mano azul que lo envuelve a uno por completo. Luego guardaron silencio y bebieron hasta acabar una botella de ron, cada quien ganado por una nostalgia distinta y única.

En Puerto España lo recibe el primo de su padre e inmediatamente viajan al interior de la isla. Apenas tiene tiempo de dar un vistazo a la ciudad, que le parece más grande y ordenada que Paramaribo.

A pesar de sus expectativas –o tal vez precisamente por ellas–, Trinidad es una larga decepción. Los revolucionarios venezolanos abundan en la isla y no tardan en ponerse en contacto con él, pero el primo de su padre se lo lleva a la lejana plantación de caña donde lo pone a trabajar en la producción de ron. Lo aloja en su casa, en una habitación confortable, y el trabajo tampoco es demasiado duro. Sin embargo, se siente inútil para la causa de la liberación de la patria, que se le antoja cercana e inimaginable al mismo tiempo, y es, en el fondo, el único menester para el que se siente llamado. Aprovecha los cortos viajes que debe hacer a la capital cada cierto tiempo para buscar a los venezolanos en los cafés donde suelen reunirse. Escucha, habla poco y observa. Al tiempo, deja de asistir a las reuniones interminables; hasta un recién llegado como él puede darse cuenta de que la mitad de los contertulios habituales son informantes del gobierno venezolano.

Sufre una crisis de conciencia. Siente que pierde su tiempo en la plantación; no quiere reunirse con sus correligionarios (verdaderos o falsos) ni puede marcharse de Trinidad sin dinero. Imposible volver a Venezuela. Sin saber qué hacer, deja su trabajo, abandona la casa de sus familiares y se va a vivir a una playa desolada, cercana de un pueblo de agricultores hindúes. Con lo que ha ahorrado en un año compra un bote y unas redes para pescar. Permanece allí nueve meses emulando la existencia de un anacoreta. Encuentra cierta paz. Relativa paz. Las labores cotidianas que le permiten subsistir son primitivas y agotadoras; en ese agotamiento físico encuentra el descanso necesario para su mente y su espíritu. Cumplido el tiempo de la penitencia que se ha impuesto, regresa donde su primo, recibe más dinero de su familia en tierra firme y parte con rumbo a Nueva York.

¿Qué hace un revolucionario venezolano en Nueva York? En primer lugar buscar trabajo, como cualquier inmigrante. Luego, se dedica a conspirar, como es natural. No faltan compañeros de ruta. Comerciantes, abogados, militares, periodistas y empresarios arrojados a los caminos del exilio buscan refugio en los rascacielos del norte. Participa con renovado entusiasmo en varios grupos y, poco a poco, su exaltación y juventud le hacen ganar simpatías y amigos. Interviene en asambleas, recauda dinero, se involucra en el reclutamiento de hombres dispuestos a sacrificar su vida. Mientras tanto, han pasado dos años desde su partida.

Es entonces cuando ocurre el incidente del Carmelita.

“Ah, el Carmelita –escribe a un amigo mexicano, una vez que todo se hubo consumado– es la máxima expresión de nuestra incapacidad para organizar algo con un mínimo de seriedad y sentido común”.

La expedición que se preparaba en los Estado Unidos ha fracasado de la manera más lamentable, se queja. Desde semanas antes de embarcar todo era un secreto a voces y los primeros informados fueron los cónsules y agentes del tirano Juan Vicente Gómez. El asunto se ventiló ampliamente en los corrillos políticos y en los periódicos norteamericanos con un aire de burla y socarronería.

Describe en la carta a gente como el doctor Eleuterio Manzano, enriquecido con el gobierno pero devenido opositor de última hora, y el general Pánfilo Coraspe, todo barbas y arrogancia, o el sensible de Pedro Alberto Arismendi, de quien lo único malo que puede uno decir es que es un alma generosa, pero también lo único bueno. Entre todos y una docena más lograron reunir una suma de dinero considerable para comprar un barco, armas, municiones y bastimentos. Consiguieron la tropa en los bares cercanos a los muelles y los encandilaron con la promesa de oro y piedras preciosas. En todo caso contaban con unos pocos mercenarios norteamericanos que les vendieron junto con el barco. Córdova fue el encargado de conseguir las armas en México y cumplió eficientemente su cometido: en Veracruz esperarían el barco. Mientras, otros se encargaban de las reparaciones del Carmelita, un viejo vapor –una ruina, en realidad– por el que pagaron diez mil dólares conseguidos de todos los exiliados y las distintas sociedades por la democracia y la libertad del territorio norteamericano. Luego de las reparaciones que se comieron una buena cantidad de dólares más, trataron de hacerlo zarpar. Navegó unas veinticuatro horas, pero debió entrar en New Port News ante el peligro de zozobrar. Nuevas reparaciones y el Carmelita volvió a salir de New Port News, tuvo otra avería y entró en Key West.

A Córdova la angustia lo había hecho adelgazar, pero sus ojos brillaban iracundos sobre su nariz de águila. Faltó de nuevo dinero, se dilató el asunto y se insubordinó la tripulación de mercenarios yanquis. Finalmente llegó un telegrama de México diciéndoles que ya era demasiado tarde para entregar las armas, que detuvieran las operaciones, y aquí terminó todo.

Vive varios meses de mengua después del último extravío revolucionario. No hay un solo hombre en pie, no se oye una voz de aliento. Escribe a su hermano: “¡Tengo miedo! Tengo miedo de mis compatriotas, de un buen número de mis compatriotas. ¡Santo Dios! Los Verdugos rondan mi escondite. Los Verdugos me desgarran las entrañas triza a triza.” Estos Verdugos no son, como pudiera pensarse, los muchos agentes del gobierno venezolano con los que inevitablemente ha debido encontrarse una y otra vez en su peregrinaje; agentes más o menos secretos, provocadores, informantes varios, sino sus propios compañeros de causa, a quienes clasifica entre caudillos y corruptos, y aspirantes de caudillos y corruptos.

A pesar de la desesperanza, pasa los próximos años trabajando para diversos grupos, ofreciendo sus esfuerzos desinteresados a quien mejor sepa aprovecharlos. Vive al día, cambiando de trabajo con frecuencia. Viaja mucho. A veces por cuenta propia, con el dinero que logra ahorrar, o con el que le envía su familia; a veces a cuenta de los partidos revolucionarios cumpliendo diversas comisiones. Va a Washington, La Habana, México, Puerto España, París, Tegucigalpa, recorre el interior de Colombia, conoce a los líderes de la revolución en Nicaragua. En ninguna parte se siente conforme, en todas descubre vicios, incapacidades. Su gesta es la de la eterna postergación de su destino. Escribe cartas, hace planes, lleva mensajes, concierta reuniones con gente que parece importante en cada uno de los países en los que pone el pie.

Escribe a su hermano sobre uno de estos personajes, un petrolero norteamericano a quien da el nombre de señor X; un verdadero filántropo de la libertad, lo llama. El señor X financió, en su relativamente lejana juventud, a los revolucionarios cubanos que combatían contra los españoles. Ahora se interesa por las luchas de los venezolanos. Con desinterés. Por filantropía. Por amor a la libertad. Las conversaciones tienen lugar en un hotel de la margen derecha del Sena cercano a una plaza con palomas. No es un lugar demasiado elegante y José explica esa elección por la necesidad de discreción, incluso secreto se diría, que requieren todas las gestiones. El norteamericano es grande y rojo, con una pelambre desordenada sobre el cráneo, en las cejas y en el bigote, que avanza con agresividad contra sus interlocutores. Pero no es esta apariencia hirsuta lo que impresiona al joven venezolano, sino la firme confianza que inspiran sus palabras, cautelosas y sin embargo esperanzadoras. Habla de miles de dólares, de armas y barcos, de pozos petroleros escondidos en la selva y en las llanuras. Han llegado a esas alturas cuando alguien hace llegar al norteamericano las declaraciones y fotografías de un guerrillero aparecidas en un periódico de Cuba donde avisa a Gómez que irá pronto a “tumbarlo”. El filántropo se enardece, su bigote tiembla aquejado de indignación. ¿Qué significaban aquellos alardes?, se pregunta. Así no es posible organizar nada, sostiene ante Córdova que trata de convencerlo de que el mal de la exhibición y la farándula son remediables. Pero el señor X declara rotundamente que no quiere saber nada de los venezolanos. José insiste, lo persigue por los bulevares, lo espera a la entrada de su hotel. Tiempo perdido. Nada de eso lo acerca a su meta.

Ese mismo año, comienzos de 1929, conoce al general Román Delgado Chalbaud, que pocos meses antes ha salido de la cárcel y se ha instalado en París. Su hijo Carlos tiene dieciocho años y habla francés mejor que español. El general Delgado Chalbaud pasó catorce años preso en la tenebrosa cárcel de La Rotunda por un sórdido asunto bancario en el que se fue envolviendo en contra de los intereses de su compadre y superior, el general Juan Vicente Gómez, el Benemérito. Éste finalmente le otorgó la libertad sabiendo que se iría al extranjero y que desde allí conspiraría para derrocarlo. Cómo no saberlo si Chalbaud había sido su subordinado tantos años como comandante de la Armada, y su testaferro en muchos negocios. Y, en efecto, el general recién liberado hizo lo que se esperaba de él: tomó un vapor a Europa y fijó residencia en Francia, se reunió con otros desterrados, a pesar de que antes los persiguiera a sangre y fuego –pero ya se sabe lo que se dice sobre los enemigos de mi enemigo–, fundó un partido revolucionario con los restos de su fortuna, buscó financiamiento para sus proyectos bélicos a través de inversionistas extranjeros que advertían en un cambio de gobierno en Venezuela la posibilidad de desplazar a competidores firmemente establecidos. Comerciantes franceses, industriales ingleses y alemanes, petroleros norteamericanos. A todos persiguió, aduló, prometió ganancias sin cuento luego de que la revolución triunfara. Durante un par de años recibió evasivas, palmadas afectuosas y llenas de cálculos que en nada comprometían, invitaciones a cenar y a reuniones secretas en oscuros despachos de sociedades mercantiles. Más de una vez estuvo seguro de que sus proyectos habían sido coronados por el éxito sólo para recibir un nuevo desengaño de los capitalistas que no terminaban de convencerse de las ventajas de aquella alianza. De todo esto y mucho más fue informado en su oportunidad el Dictador, porque la discreción y el sigilo nunca han sido normas de conducta de los venezolanos, al contrario, hablamos de conspiraciones, insurrecciones, complots, magnicidios, desembarcos, golpes de estado —reales o imaginarios— con facilidad pasmosa. Así: cuando el autoproclamado Jefe Supremo de la Guerra obtiene, por fin, el dinero necesario para comprar dos mil fusiles, un par de ametralladoras, cientos de cajas de balas y arrendar un viejo carguero alemán, las redes de informantes se ponen en movimiento y cada uno de sus pasos es transmitido a Caracas. Su destino queda escrito en los cables cifrados que circulan por consulados y embajadas y terminan en el despacho del Presidente.

El joven cumanés –que ya no lo es tanto: ha pasado diez largos años de peregrinaje– encuentra por primera vez alguien que pone en sus manos los medios y la oportunidad de regresar a la patria a cumplir con su destino. Pronto se reúne un grupo expedicionario: jóvenes estudiantes recién salidos de las cárceles en las que han cumplido una breve estancia, curtidos guerrilleros de cien batallas, antiguos oficiales del régimen caídos en desgracia. Córdova no encaja del todo en ninguno de estos grupos, así que, aunque viajará en el viejo vapor que los trasladará del báltico al caribe, se integrará luego a la fuerza que atacará por tierra cuando el general Delgado Chalbaud desembarque en Puerto Sucre. La toma de Cumaná será una clásica operación tenaza.

José Córdova está exultante. Al fin el destino y sus esperanzas se ponen de acuerdo.

En las siguientes semanas conoce a algunos de los futuros expedicionarios. La mayoría son estudiantes que jamás han tocado un arma. Hace apenas un año estaban en sus aulas y nada hacía pensar que ahora se encontrarían en Europa planificando derrocar al gobierno. Los miraba con cierto menosprecio porque apenas habían recorrido los caminos del exilio por los que tanto él había andado y ya se disponían a entrar en la historia. Luego recordaba que ellos también arriesgarían sus vidas y con seguridad algunos morirían.

Se reunían en un bar donde se hablaba de la revolución mundial en medio del humo de los cigarrillos. Después salían a la calle polvorienta y se iban a dormir en las pensiones, los apartamentos o los hoteles donde se alojaban según la cantidad de dinero que sus familias les hicieran llegar. Él permanecía despierto mucho tiempo imaginando las caras de su familia, las calles de la ciudad, el abrazo poderoso del mar.

Así transcurren sus días hasta que recibe la orden de marchar a Danzig. Cada quien llegará a la ciudad portuaria por sus propios medios y en días distintos para no llamar la atención de las autoridades europeas ni de los agentes secretos del gobierno venezolano.

La noche antes de abandonar París recibe la visita de uno de sus compañeros. Es un joven caraqueño a quien poco conoce llamado Juan Martínez. Después de saludarse y ocupar cada quien una silla junto a una ventana desde la que se ve la calle apenas transitada, el visitante dice lo que viene a decir: la conspiración ha sido develada. Su padre, que lo supone estudiando medicina en La Sorbona, le ha escrito que en Caracas se habla en los cafés y en las salas de espera de los ministerios de la expedición del general Delgado Chalbaud como un suceso inminente y, de la misma manera, esperado por las tropas leales al gobierno. El patrullaje en las costas se ha incrementado y las guarniciones de las ciudades portuarias se han reforzado con tropas provenientes de Caracas y Maracay.

Córdova pregunta a su compañero si ha hablado con el general y éste le responde que sí, que al principio se mostró preocupado pero luego desestimó todos los temores, afirmando que las tropas del gobierno desertarán en cuanto los vean desembarcar. El plan seguía como estaba previsto.

Martínez acude ante Córdova en busca de consejo. Lo considera un luchador experimentado. Un hombre arrojado que ha enfrentado mil peligros. Córdova se sorprende ante esta imagen idealizada de sí mismo, tan alejada de las dudas y los temores que siempre lo han perseguido. Responde a su interlocutor según lo que se espera de él. Dice que el general tiene razón. Recomienda a su joven compañero olvidar sus titubeos y dirigirse en su momento al puerto donde dará inicio la gesta que liberará a la patria.

Esa noche no duerme. A la mañana siguiente toma el tren y recorre los kilómetros que lo separan de Danzig con la sensación de adentrarse en un país fantasmal: los pasajeros que suben y bajan en las muchas estaciones exhiben muecas sardónicas como máscaras colocadas sobre sus rostros, el paisaje de pleno verano en el que se desplaza parece contemplado por un telescopio invertido, su propio cuerpo que ejecuta acciones como cargar una maleta, subir o bajar una ventana, entregar un billete al revisor de mirada conminatoria, tiene la consistencia miserable de los sueños pocos segundos antes de despertar. ¿Es el temor a la muerte lo que oprime su pecho? ¿Es la certeza de un nuevo desastre, de otro fracaso, de un eslabón más en la larga cadena de sus humillaciones?

Sus instrucciones son las de buscar un hotel pequeño y aguardar allí hasta el siguiente amanecer para dirigirse al puerto. En la recepción le entregan un sobre cerrado: dentro, una hoja de papel con el número del muelle y el nombre del barco.

A pesar de que no lo cree posible, logra dormir unas horas. Se despierta antes del alba sin haber soñado: vive en un sueño, o mejor dicho, en una pesadilla lenta, viscosa. Se dirige al puerto. Lleva en la mano derecha una pequeña maleta; en el interior, dos mudas de ropa y el libro de Rubén Darío que lo ha acompañado en sus tránsitos de los últimos diez años. Encuentra un lugar apartado entre grandes bultos de carga y desde allí observa el buque aún entre sombras, su silueta de barca de la muerte. Aguarda durante una hora y ve subir a sus compañeros uno a uno. Se sorprende de que el sonido de su corazón no los alerte. Sin embargo, nadie lo nota. Nadie lo ve.

Recoge la maleta que ha depositado en el suelo mugriento. Su peso parece haber aumentado en muchos kilos, como si en vez de unas pocas piezas de ropa llevara grillos de hierro. Siente el brazo acalambrado desde la palma de la mano hasta el hombro. Piensa que será difícil caminar con ella. Da media vuelta y se encamina a las calles de la ciudad. Se va, se pierde, desaparece en los muchos caminos de Europa.


EL VELO

Horacio contemplaba la orilla aceitosa de su plato de sopa tratando de recordar dónde y cuándo había comido algo parecido, y por qué la desdicha subía hasta su rostro junto con el vapor y el olor de verduras hervidas. No había nada en el líquido amarillento que pudiera provocar tal aflicción, se dijo, tenía que tratarse, en consecuencia, de un recuerdo sepultado en lo más profundo de su mente. Su mente no marchaba muy bien, era algo que sabía desde hace algún tiempo. Por ejemplo: su nombre no era Horacio. Así lo llamaban las monjas, nunca había preguntado por qué, y así aceptó llamarse, o mejor dicho, aceptó responder a ese nombre sabiendo que no era el que sus padres escogieron para él, por la simple razón de que no podía recordar el suyo. Un nombre podía servir como cualquier otro, y él no estaba dispuesto a discutir por algo tan poco importante. En el asilo muchos internos no recordaban los suyos y algunos apenas se reconocían a sí mismos cuando se miraban en un espejo o no recordaban a los familiares que venían a verlos cada domingo. A él, en cambio, le pasaba algo distinto: sabía que su mente funcionaba mal, que su persona era una suma caótica de fragmentos inconexos, sin embargo cada día recordaba más cosas; más trozos, antes aislados, se unían a otros y comenzaban a cobrar sentido o la apariencia de sentido. En ocasiones ocurrían fenómenos como el de la sopa: una emoción desprovista de recuerdo, como una impoluta emanación del espíritu, aunque motivada por alguna entidad insignificante. El saliente amarillo de la grasa en el plato, en este caso concreto. Un año atrás se hubiera limitado a consumir el alimento llevándose lentamente la cuchara a la boca, sin pensar en nada, silencioso y quieto como una piedra. Ahora luchaba por contener las lágrimas. Miró a su compañero de la derecha. Agarraba la cuchara con firmeza y acercaba la cara, con el conocimiento exacto de que el alimento es sólo alimento y que la actitud correcta frente a él es devorarlo con determinación.

Horacio introdujo la cuchara en el líquido tibio y luego la llevó hasta su boca. Probó con desconfianza. Esperaba una repentina revelación que no se produjo.

Su recuerdo más antiguo se remonta a dos o tres años atrás, aunque esto, por supuesto, sea una conjetura. Tal vez esté confundiendo las cosas. Se ve a sí mismo, un poco como nos vemos en los sueños, sentado en un banco de cemento y mármol, frente al río lento y escaso, en una plaza grande y de muchos árboles diferentes. A su derecha e izquierda se extiende una línea de rectas palmeras, cada una de unos treinta metros de altura, por lo menos. A su espalda, árboles y arbustos de troncos rugosos y ramas frondosas. El río, de un profundo color marrón a esa hora, trae destellos dorados, cálidos y suaves. Es un contraste interesante con las formas multicolores de la basura depositada en la otra orilla, donde predominan el azul y el amarillo de las bolsas de plástico.

La tarde se acaba. Pronto llegará la noche y no tiene donde dormir. Depositada a su lado, en el mismo banco en el que está sentado, hay una bolsa de papel con todas sus pertenencias: dos camisas y dos pantalones, un par de afeitadoras desechables melladas, tres pares de medias, algunos calzoncillos, un rollo de papel higiénico a medio consumir, un cepillo de dientes y un tubo de pasta dentífrica doblado y exprimido casi hasta el agotamiento.

Frente a él, entre el banco y el río, pasan parejas de enamorados: adolescentes con uniformes escolares, los rostros arrebatados por la excitación; hombres y mujeres de mediana edad, agarrados de manos, un poco desafiantes moviendo al compás las barrigas prominentes; pasan también gente sola, niños acompañados de sus padres. Él no los mira. Podrían estar en mundos diferentes. Su vida es en ese momento una nube de contornos imprecisos y lo mismo sucede con el resto de la realidad.

Más tarde siente hambre y se dirige a una panadería cercana, busca en los bolsillos con obstinación, encuentra monedas y billetes arrugados; compra pan y queso y vuelve al banco que considera suyo como si lo ocupara desde años atrás. Es de noche aunque todavía temprano. Las luces del alumbrado de la plaza se han encendido, menos en la zona que ocupa Horacio: alguien robó los focos hace tiempo y no han sido repuestos. Mejor así. La oscuridad lo tranquiliza, le proporciona una sensación de protección, como si nada malo pudiera ocurrirle mientras permanezca en las sombras. Por supuesto, sabe que esa protección es ilusoria. Las cosas malas ya le están ocurriendo desde hace tiempo y haberse quedado sin lugar donde dormir no es la menor de ellas.

El tráfico de paseantes se ha reducido considerablemente. La gente prefiere transitar por las zonas más iluminadas. El río es como una corriente de negrura que pudiera tragarse las almas de los que se acerquen a sus orillas.

Una mujer se aproxima y se sienta a su lado. Lo mira y sonríe en un gesto que la oscuridad vuelve incierto.

–Hola –dice–. ¿Dónde te habías metido?

–Hola.

–Hace rato que no se te ve la cara.

–Estaba por aquí y allá. Vagando un poco.

El nombre de la mujer ha desaparecido de su memoria; sabe, sin embargo, que es una amiga, que han compartido largas conversaciones, confidencias más o menos íntimas. El rostro de ella es ceniciento y difuso como un dibujo del cual se hubieran borrado los perfiles más destacados, los que definen la expresión. Un par de finas líneas pintadas sobre la frente simulan cejas. Los ojos muy pequeños y juntos en una cara ancha y chata, la nariz corta, el mentón redondeado: todo contribuye a tornarla algo invisible.

–El día está malo –continúa ella–. Cómo no me encuentro un viejo con plata para que me saque de abajo. ¿Tú crees que no he hecho nada en todo el día?

Sacó una botella pequeña y cuadrada de la cartera que tenía en el regazo y le invitó a tomar con un gesto. Horacio aceptó con un movimiento de cabeza. Antes de entregarle la botella la mujer dio un trago. Horacio sintió que las manos le temblaban y la boca se le secaba. Luego bebió también. De inmediato, la pesada desesperanza que, como una losa, lo había aplastado todo el día se desvaneció. Un estremecimiento de optimismo o, cuando menos, de indiferencia por su situación, le recorrió los brazos y las piernas. Comprendió que la angustia no lo había dejado pensar. Estar en la calle no era tan malo si eso significaba acabar con una situación intolerable. Sospechaba que su situación era de ésas, por más que no supiera qué era exactamente lo que había pasado. Recordaba que antes de la plaza y el banco estuvo en un sitio, su casa o la casa de alguien cercano, o una habitación, un lugar que juzgaba suyo aunque no estaba seguro que le perteneciera en propiedad; suyo de la manera en que consideramos nuestras las cosas y los lugares que usamos y en los que depositamos cierta cantidad de fe. Y después las cosa se complicaron, se enredaron, salieron mal con alguien durante un tiempo largo; un periodo de amargura, penalidades y aflicciones, y él se marchó o lo echaron y ahora se encontraba en la calle.

Tenía algunos amigos y amigas que hallaba en estas mismas calles y en ciertos bares, como la mujer que lo acompaña desde hace un rato y que está contando una historia sobre un policía y un vagabundo que ambos conocen, aunque Horacio apenas si le presta atención. ¿Dónde estaban esos amigos? ¿Cómo se llamaban? ¿Por qué no había recurrido a ellos? ¿Estaban imposibilitados de ayudarlo, o lo habían hecho y él lo había olvidado?

En algún momento de la noche la mujer se marchó y él volvió a estar solo. Ya no le importaba. El alcohol le había proporcionado una especie de euforia serena que todavía le duraba. Se acostó sobre el banco, las piernas encogidas, utilizando la bolsa plástica con sus pertenencias como almohada. Pensó que no era la peor que había tenido en su vida. La noche se hizo silenciosa. Los automóviles en la calle cercana circulaban cada vez más espaciados. Un rugido sordo, no desagradable, que lo arrullaba y lo conducía mansamente al sueño. A la mañana siguiente, apenas abrió los ojos con dificultad, supo dónde se encontraba con dolorosa certidumbre. Empapado de rocío, se incorporó hasta quedar sentado y contempló el río. La membrana líquida reflejaba la vegetación de las orillas y adquiría un color verde oscuro, sombrío, en la luz todavía incierta del amanecer. El agua le recordó –o mejor dicho, se imaginó– la piel lustrosa de un animal poderoso. Sin embargo, el río no era profundo ni ancho ni caudaloso. Muchos años atrás solía desbordarse y arrasar con lo que se le atravesara; un primo suyo, apenas mayor que un niño, se había ahogado justo allí, bajo el puente, en una tragedia que ahora parecía imposible. Y aún así, en esa mañana que no comenzaba del todo, en una penumbra que se detenía en la vegetación de las orillas, el curso de agua le seguía pareciendo imponente y amenazante, tal vez por el recuerdo de su primo muerto. ¿Cómo se llamaba?

Bueno, se dijo, será mejor que busque un sitio donde hacer mis necesidades.

Bajó unos pocos escalones de cemento y se encontró en la orilla del río. Caminó hacia la izquierda por la ribera de barro endurecido, hasta que se encontró bajo el puente. En la época en que su primo se ahogó no hubiera sido posible llegar a pie bajo el puente: había que nadar. El agua tenía entonces muchos metros de profundidad y las orillas estaban más separadas. El mundo se ha hecho más pequeño. El muchacho quedó atrapado por las raíces del fondo. Un par de buzos lo sacaron, desnudo y azul. De eso se acordaba.

Estaba oscuro y húmedo allá abajo y olía a basura y excrementos, lo que, después de todo, le pareció adecuado en vista de sus propósitos. Casi una docena de personas, algunas envueltas en mantas, dormían en pedazos de cartón. Sorteó los bultos en el suelo hasta que encontró un lugar apartado de los que dormían y al mismo tiempo al resguardo de las miradas de los transeúntes tempraneros que se dirigían a sus trabajos.

Mientras se subía los pantalones, descubrió que un niño se había acercado y lo miraba. Sólo su cara era visible, el resto permanecía oculto por un trozo de tela de cortina o algo parecido que se enrollaba alrededor de su cuerpo y sobre su cabeza.

–Hola –dijo Horacio. El niño no dijo nada.

Debía tener unos ocho años, aunque era difícil calcular su edad bajo toda aquella tela. Su rostro, demacrado por el sueño o el hambre, carecía de expresión. Los ojos eran grandes, brillantes, oscuros como piedras pulidas.

Terminó de abrocharse la correa.

–Ahora me tengo que ir. Disculpa que me haya metido en tu casa.

El niño dio un paso hacia un lado como si quisiera cortar la retirada a un participante invisible. Dijo:

–Tengo un cuchillo.

La voz era apagada y quebrada.

–Yo también –dijo el hombre–, y soy más grande que tú.

Pasó junto al niño esperando que éste le saltara encima, aunque suponía que esto no sucedería.

Recorrió el camino inverso. Algunos de los hombres y mujeres esparcidos en el barro tosían y escupían en sueños.

El resto fue más fácil: en la plaza encontró varios grifos de agua utilizados por los jardineros y con ellos pudo terminar su aseo personal.

Así comenzó su nueva vida.

De las cocinas del asilo llegó el ruido de platos en el fregadero. Quedaban pocos ancianos en la larga mesa del comedor. De alguna manera, aunque no podía decir cómo ni en qué momento, Horacio había terminado su sopa: el plato estaba vacío. Lo miró con vago reproche, como si éste fuera responsable de las inconsecuencias de su memoria. Una monja pasó a su lado alterando el aire con el leve rumor de sus ropas.

Aquellos días volvieron primero en sueños, luego en cualquier momento de la vigilia, ráfagas de imágenes que se abatían sobre él y lo dejaban perplejo. Sabe que hubo semanas de vagabundeos por el centro de la ciudad, y sin embargo los contemplaba como un solo día, largo y variado. Dormía casi siempre en la plaza junto al río, aunque tiene la impresión de haber pasado dos o tres noches en la casa de su amiga. De eso no está seguro, pero conserva la sensación de una cama y un techo en medio de la rigidez del mármol y de la amplitud de la bóveda de la noche. Mendigaba a desconocidos y amigos a las puertas de las panaderías y los cafés, en las colas de los cajeros automáticos de los bancos, junto a los teléfonos públicos. Y poco a poco iba alejándose del centro, aventurándose un poco más allá, en calles no desconocidas, pero sí poco frecuentadas, donde las gentes parecían menos atareadas y a veces se detenían a preguntarle sobre su salud y recomendarle que cambiara de vida. Con las arduas monedas de cada día compraba algo de comida y ron.

Así –en la tarde de ese día de muchos días– llegó a la orilla del mar y supo que era allí donde quería quedarse.

Encontró pronto dónde dormir: un edificio abandonado al final de una callecita que desembocaba en la playa. El lugar había sido ocupado antes por otros vagabundos, había señales de ellos por todas partes, pero por el momento permanecía maravillosamente vacío. Sólo unas pocas ratas le hacían compañía, aunque no lo molestaban y se mantenían también apartadas. Él lo prefería así. El silencio y la soledad le resultaban preciosos. La primera noche, antes de dormirse, vinieron a su boca unas palabras: Que te aromen las flores que aquí dejo, que tu cama de tierra halles liviana. Y a pesar de que el suelo en el que se apoyaba era de cemento y no había indicios de flores aromáticas por ningún lado, las encontró adecuadas y se deslizó en el sueño con serenidad.

A la mañana siguiente recorrió la playa. Mendigó una empanada y con eso sació su hambre. La mujer que se la dio le pareció amable, aunque apenas si lo miró. Interpretó esa actitud como una señal favorable del destino.

Miró el mar como si lo viera por primera vez, y, de cierta manera, así era. Le pareció grande y le provocó el asombro que las cosas simplemente grandes provocan en todos. Las olas llegaban con mansedumbre a la orilla.

La orilla del mar –algunos la llamaban “la playa”, pero él nunca la nombró así, porque “playa”, para él, tenía vagas reminiscencias de reuniones familiares en un tiempo feliz que no podía precisar– le pareció un buen lugar para vivir y allí pasó más tiempo que en ninguna otra parte. Pocas veces el edificio abandonado que ocupaba fue visitado por otros vagabundos. Casi todos los vagos se concentraban en el centro de la ciudad, de donde él mismo había venido, y no parecían demasiado interesados en el mar. Una noche apareció una pareja, hombre y mujer. Entraron con pasos precavidos, como quien penetra a una gruta oscura y posiblemente peligrosa. Bueno, así era. El vestíbulo, donde Horacio había hecho su morada, era un gran espacio cuadrado de techo alto; la pequeña fogata que mantenía en el centro de la estancia no alcanzaba para iluminar las paredes de cemento que lo rodeaban: alrededor todo era penumbra silenciosa. Los recién llegados avanzaron desde el anillo de sombras, arrastrando los pies, y saludaron con voces destempladas y tímidas. Parecían asustados. También Horacio sintió temor, pero continuó echado con comodidad en el montón de trapos que le servía de cama y se limitó a saludarlos en voz baja. Los desconocidos se acercaron y se sentaron frente a Horacio, junto al fuego: tres grandes piedras redondas entre las que ardían astillas de leña y ramas recogidas en la arena y en los patios de las casas. Estuvieron los tres frente al pequeño fuego, silenciosos y fascinados, aún preguntándose por la naturaleza del otro, interrogándose sobre sus intenciones y ofreciendo, siempre en silencio, la ofrenda de sus respectivas esperanzas, igual a viajeros extraviados en tierras remotas, como exploradores curiosos y expectantes y atemorizados, o guerreros que se encuentran luego de una batalla perdida sin saber ya quién es un aliado y quién un traidor.

Entre otros olores menos gratos, en la estancia se percibía el aroma del café que Horacio acababa de preparar y que, tal vez, era lo que había atraído a los visitantes. Éstos, poco a poco, habían ido perdiendo su rigidez, su incómoda compostura. Se cruzaron miradas. Horacio ofreció la jarra metálica donde humeaba el café y un pocillo vacío y sucio decorado con descascaradas flores azules. Los recién llegados lo recibieron con ceremonia o, al menos, con deferencia.

Pasada la primera sorpresa, Horacio advirtió que, bajo la ropa sucia y la mugre de los rostros y el pelo, eran criaturas muy jóvenes. Eso lo sorprendió y, hasta cierto punto, lo conmovió. Su propia vida en las calles se le antojaba como algo natural, el cumplimiento de un destino ineludible que él aceptaba a veces con resignación, a veces con indiferencia, sin cuestionarse las razones ni mucho menos preguntarse qué sería de él en el futuro –la noción misma de futuro no existía en su concepción del mundo. Con sus visitantes le sucedía algo por completo diferente: su juventud le parecía indefensión, amarga desventura, traición del destino. Los observó con más detenimiento. Ambos eran flacos y estaban sucios. El hombre era alto y tenía una expresión tozuda mientras bebía con tragos lentos el café; la mirada perdida en el pequeño fuego, sólo que en realidad miraba más allá o más acá del fuego, como si quisiera atrapar su esencia con una técnica que aparentara distracción o remotos pensamientos. La muchacha, en cambio, era menuda, y poseía un cuerpo y un rostro de extremada movilidad. Soplaba sobre la taza; enarcaba las cejas un momento y luego las fruncía; en cuchillas, apoyaba su peso primero sobre un pie y después sobre el otro; se agitaba toda bajo la escasa ropa que le quedaba holgada. Su mirada tampoco se mantenía quieta; se posaba unos pocos segundos en cada detalle de la sala y del mismo Horacio. “Como una mosca”, pensó. Tal vez por su manera de desplazarse, Horacio tardó en identificar el mensaje de esa mirada. Decía: “Tú a mí no me jodes. Ya me han jodido bastante.”

No se sobresaltó. De distintas maneras y en circunstancias diversas había recibido el mismo mensaje. También él, estaba seguro de ello, debía haberlo emitido muchas veces en sus años de vagabundeo, por más que ahora, aposentado en esta playa, hubiera encontrado una paz que lo hacía por completo superfluo.

Luego el momento de peligro pasó. Todos se relajaron, tal vez por efectos del café; o del fuego, que traía a la memoria una solidaridad antigua, anterior a las ciudades.

El muchacho sonrió enseñando sus dientes cariados y la muchacha hizo una mueca que podía ser interpretada como amistosa. Podrían haber sido náufragos rescatados de una historia de tormentas y piratas.

–¿Vives solo aquí? –preguntó finalmente el visitante.

–Sí, desde hace mucho.

–No se está mal, ¿verdad? ¿Hay ratas?

–Ninguna que no se pueda cazar y comer, si hace falta.

La muchacha hizo un gesto de asco. Horacio se apresuró a añadir:

–Es una broma. Nunca he comido ratas. No hace falta. Aquí se consigue buena comida, aunque no demasiada.

–¿Pescas?

–No, por Dios. Los peces no me han hecho ningún mal. Eso no quiere decir que desprecie una empanada de cazón, pero si puedo evitar mojarme los pies, mucho mejor.

–Mi papá tenía un bote –dijo la muchacha-, pero nunca me llevó a pescar. A mis hermanos sí. Decía que las mujeres no tenían que estar en los botes, que traían mala suerte. Como si esa mierda le hubiera traído muy buena suerte. Igual perdió el bote por andar de borracho. Mi mamá decía que pobrecito, le habían montado una brujería para que se echara a perder.

Al final, la convivencia con la pareja resultó más fácil de lo que supuso en un primer momento. Se ubicaron en una de las habitaciones cercanas del primer piso –había muchas disponibles, cuatro pisos de ellas– y podían pasar días enteros sin que se cruzaran más que al anochecer, cuando todos volvían de sus vagabundeos. En general, era Horacio quien primero llegaba al edificio, hacía café y se sentaba en su colchón, no a esperarlos exactamente, pero sí deseando verlos y comprobar una vez más que no se habían hecho daño a sí mismos o a otros. Tenía la sospecha, hasta cierto punto gratuita, de que eran peligrosos, no para él, que apenas existía al margen de su mundo, sino para la gente corriente, esa que vive en casas o apartamentos –no importa si ricas o miserables– y a veces se aventura de noche en las calles, y también para ellos mismos, cada uno para el otro y cada uno para sí.

Una vez los había visto discutir en lo que en el tiempo antiguo debió haber sido el estacionamiento del edificio, aunque apenas si entendió los motivos ya que las voces no le llegaban con claridad, apenas gritos y gruñidos que tomaban la forma azarosa de insultos y malas palabras. Ambos ardían de furia malamente contenida, pero era la muchacha de cuerpo mezquino y estatura escasa quien vibraba en una nota más alta, más pura, más cercana a un centro de límpida violencia. En la mano derecha sostenía un pedazo de vidrio que acercaba a la cara de su compañero –tenía que levantar mucho el brazo, lo que resultaba un poco risible– y luego retiraba hasta dejar la mano colgando, inofensiva en apariencia. Así habían seguido un rato, sin hacerse verdadero daño, y luego los había visto abrazarse y besarse en las incómodas posturas que exigían sus tamaños tan desiguales.

“El gigante y la virgen encinta que vino de Liliput”, de algún lugar de su deteriorada memoria le vino aquella frase que reconocía como no del todo acertada, pero que sin embargo describía bien a su pareja de acompañantes. Claro, la muchacha no estaba embarazada, al menos a él no le constaba, y no tenía aspecto de virgen, eso seguro, pero sí parecía habitante de Liliput y el joven sí era un gigante flaco y encorvado, famélico y medio idiota.
A veces pasaban días en los que no sabía nada de ellos. Él continuaba con su rutina: levantarse casi al alba; caminar por la playa; saludar a los que trotaban o caminaban –era una figura habitual y muchos se detenía a intercambiar unas palabras convencionales con él–; esperar a que las empanaderas estuvieran listas y mendigar una o dos empanadas; hacer los trabajos ocasionales que le encargaban: recoger hojas en el patio del doctor Mendoza, botellas en el bar Las Palmas, sacar la basura de dos o tres casas. De estas actividades sacaba la comida, un poco de bebida y algo de dinero. Sus compañeros preferían otros derroteros, otras zonas de la extensa playa o tal vez la avenida. Venían a dormir o no venían según unos ritmos que él nunca pudo determinar.

Un día, mientras acarreaba basura hasta unos grandes contenedores, se le acercó un policía. Vestía de civil, pero no podía ser otra cosa con la ropa que llevaba: camisa celeste, corbata roja, zapatos negros, pulidos, que comenzaban a cubrirse de arena. No hizo falta que mostrara ninguna identificación.

–¿Tú eres el que vive en el edificio azul y blanco?

Horacio ni siquiera consideró la posibilidad de negarlo.

–Sí.

–¿Hay alguien más viviendo allí?

–Una pareja, un muchacho y una muchacha.

–Ajá. Un tipo alto y una tipa bajita.

–Así son.

–¿Los viste hoy?

Horacio pensó un momento.

–No. No fueron a dormir anoche.

–¿Cuándo fue la última vez que los viste?

–Ayer en la mañana.

–Ya. Bueno, si los vuelves a ver no les digas que estuve preguntando por ellos. Si les dices me voy a enterar y no te va a gustar. Mañana en la noche me paso por allá.

Pero el hombre no volvió y la pareja tampoco. Nunca supo por qué los buscaban, aunque escuchó rumores sobre una pelea en las cercanías de un bar de la playa con botellazos y cabezas partidas. Fuera como fuera, no dejaron más rastro que los cartones y trapos sucios que usaban para dormir; éstos permanecieron en la habitación que habían ocupado y Horacio solía ir a contemplarlos por un rato, sobre todo en las tardes, cuando volvía de sus faenas diarias. Entonces salía al exterior; a esa hora se habían marchado casi todos y la arena refulgente, las acompasadas olas y la nítida línea del horizonte se abrían como un escenario vacío en el que se representara su vida. Su ánimo tornaba hacia el ensimismamiento, y trataba de recordar, en un proceso en el que en definitiva no participaba el pensamiento, cómo era tener una familia.

¿Cuánto hacía de eso? Como siempre ante este tipo de interrogantes, no tuvo una respuesta precisa. Un poco antes de que lo trajeran al asilo, cree. No muchos meses antes, ahora está seguro, porque pronto aquel ánimo melancólico se le transformó en verdadera abulia, esa desesperación que se expresa calladamente, en silencio y recogimiento exterior. Casi dejó de salir y redujo sus comidas a una diaria. Adelgazó más allá de todo lo que creía posible. El mundo se le borraba paulatinamente y él se borraba para el mundo. Las sensaciones y las emociones mermaban como sus propias funciones vitales. Sólo quedaba la callada desesperación sin cuerpo a la que aferrarse, sin uñas ni carne. Una desesperación que era a la vez ansia de muerte y lucha contra la muerte.

Alguien debe haber dado aviso a una insospechada oficina gubernamental y algún enmohecido dispositivo burocrático se puso en marcha en forma de ambulancias y paramédicos. Primero lo llevaron a un hospital y días, semanas o meses después al asilo. En el hospital le cortaron el pelo y las uñas, lo bañaron y alimentaron, y esto no estuvo tan mal, aunque también lo inyectaron una cantidad insufrible de veces, le dieron a probar pastillas que le revolvían el estómago y no le proporcionaron nada de alcohol, lo que estuvo a punto de volverlo loco. Sus protestas eran débiles, formularias, nadie las escuchaba. Luego lo trasladaron al asilo en una ambulancia, aunque esto último lo supone, porque no guarda memoria del traslado ni de su llegada.

Horacio abre la boca como para gritar o llamar a alguien. Ningún sonido sale de ella. Mira a los ancianos en el jardín, incapaz de comprender qué hace allí. Durante unos horribles segundos todo se desplaza en torno a él a una velocidad vertiginosa. Manchas luminosas y coloreadas; abismos que se abren a sus pies. Pero todo pasa igual de rápido: no se ha movido, los pies firmes en el suelo, las manos agarran con fuerza el borde del banco de cemento en el que está sentado –si pudiera le clavaría las uñas. Sus compañeros son los de siempre y él se desprende de las imágenes del recuerdo como quien emerge de un pesado sueño. Estos bruscos despertares le suceden con frecuencia. Está en un sitio, viviendo ciertas cosas, con cierta gente –en su antiguo edificio junto a la orilla del mar; o junto al río, entre los peligrosos niños que vivían bajo el puente, por ejemplo– y de golpe se encuentra aquí, rodeado de viejos y de monjas. Los viejos estaban bien, le recuerdan a sus compañeros de la calle; en cambio, las monjas podían exasperarlo con su abnegada solicitud. ¡Ah!, no más, no más lamentos. Estira los brazos y busca el sol, como quien aparta un velo.

–Parece que te hubieras acabado de despertar –dice un viejo con cara de cartón arrugado.

–Todavía no, pero falta poco –contesta Horacio, sonriendo.

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