martes, 17 de agosto de 2010

Tres Cuentos de Martha Durán


DESCUERPÁNDOME

La piel que repasa – que rebasa – la otra piel, esa capa del mundo que la mirada no puede traspasar. Exponerse, reanudar la desnudez, descuerparse, quizá, más crudamente, descuerarse. Allí es donde me encuentro, donde los demás no pueden verme, donde se les hace imposible discreparme, donde me siento cómoda, no vista, transparente ante sus ojos. He salido a la calle sin piel que me cubra, a la vista de todos y sin embargo oculta en mi desnudez, una brutal manera de desaparecer.

Al despertar esta mañana mi cuerpo había cambiado. La piel que lo cubría me ofendía en extremo. Detallé cada parte, cada fragmento de esa región irregular, entendí su extrañeza frente a aquello que estaba dentro, detrás de él. Un pliegue que baja desde mi cuello hasta el pecho repite la historia de todos los cuerpos, es por esto que no me pertenece. Las manchas sobre mis manos, oscuras, desordenadas, me han tomado desprevenida. Ya no son mías tampoco.

Esta mañana, al despertar, nadie me vio sonreír frente al espejo. Nadie me vio tender la cama y planchar con las manos sus arrugas nocturnas. Sé que poco a poco me disipo entre la gente, que paso desapercibida, que ni siquiera mi voz hace bulla, se escucha, suena. De tanto callarme he dejado de reconocer esa voz, ya no tiene a quien decir. Hay un silencio que molesta por toda la casa, una casa deshabitada, reconstruida mil veces sobre sí misma, remendada, zurcida hasta la vergüenza. Como mi cuerpo, le cuesta mantenerse de pie. Esta mañana – precisamente esta mañana – mi cuerpo no quiso responder a mi llamado. Se quedó ahí, tendido sobre la cama, monstruosamente pesado, plantado sobre la sábana. Anduve como pude arrastrándolo por las calles, haciendo fuerza sobre mí misma para llevarlo a donde yo iba. Las huellas de mis pies se quedaban grabadas sobre el asfalto, y a pesar de ello, nunca antes fui tan débil, tan frágil. La ciudad no notó mi pesadez, ni mi presencia, seguía funcionando con total indiferencia por donde yo andaba, por donde osé andar. Me pesaba la piel como si otro cuerpo, entero, adherido, estuviera acompañándome. No era suficiente llegar a la casa, deshacerme de la tela, del bolso, las llaves, el maquillaje. Había algo más, menos evidente, más pesado. A algún lado debe ir a parar la soledad, a algún lugar del cuerpo quiero decir, debe dejar una huella, una estampa latente, un síntoma quizá. El hábito casi inapreciable de llegar y despojarse del peso, se había convertido para mí en un momento aterrador, pues nada aliviaba mi cansancio final.

Esta noche, al llegar a mi casa, decidí deslastrarme de todo, desarroparme hasta la saciedad, quedarme simplemente con esto que ahora soy. Sin hacer ruido, en silencio, a oscuras, desvestí mi cuerpo. Con calma doblé cada una de las piezas, y en orden, puestas una sobre la otra, las tomé con una de mis manos. Su peso me desconcertó, no podía creer lo livianas que se hacían a mis brazos. Decidí doblarme entera, desplegar mi cuerpo sobre la cama y verlo tendido, casi ofendido. Levanté la piel que me cubría, la separé de mi cuerpo y ella fue cediendo, inofensiva, llevándose al resto consigo. Descubierto hasta la cintura, ya un aire fresco rozaba mis huesos. Poco a poco iba descendiendo como descubriendo un viejo recuerdo que está arropado entre los pliegues de una tela, revelando, revelándome, bajo los fláccidos trozos de piel que aún sostenían mis manos, el arreglo armonioso, casi melódico, de los restos de mi cuerpo. Inmóvil, detenida sobre un mismo punto, pude ver con asombro su invariable movimiento. La corriente que viaja de un extremo a otro emitiendo un leve sonido inapreciable para quien no puede verla; una suerte de llanto finísimo, miles de voces repitiendo al unísono una nota jamás atendida. Me quedé escuchando.

Más ligera, casi aérea, tendí mi piel sobre la cama. No supe qué hacer con ella. Extendida, abierta como un trozo de tela recién pintada, su tamaño me inquietaba. Comencé a doblarla desde sus extremos, intentando alisar los surcos con mis manos desnudas. Lo que antes cubría mis brazos, mi rostro y mis piernas, estaba ahora plegado sobre mi vientre. Todo quedó reducido a eso, a eso que ahora reposa sobre mi cama. No lo miro con asco, ni siquiera con un leve afecto, ni tampoco puede verse una mediana sonrisa en mi rostro. No hay rostro, no hay nada que me delate. Está ahí, doblada sobre sí misma, una piel arqueada – torcida, húmeda – que se siente aún respirar. Yo la miro desde lejos, a distancia, con una lejanía prudente, y la dejo reposar como si estuviera enferma, como si nada pudiera hacer, como quien espera el último adiós con desgano, con la postura de lo inevitable. Yo la miro con indiferencia, presenciando su agonía, esperando el momento oportuno para poder acostarme sin que ella lo note, sin que pueda advertir el brillo de mis ojos, mi descanso, mi limpidez, mi desvergüenza.

QUE NO FALTES

I

Espera, no te vayas todavía que tengo ganas de cagar. Siempre me pasa, tú lo sabes mijo, cuando finalmente llegamos me cuesta sacar la mierda, no puedo, simplemente no puedo, pero de que me dan ganas me dan ganas. Lo que pasa es que las cosas cada vez están más lejos, el baño, la cama, la silla, la cocina – la cocina es imposible, queda exageradamente lejos - Espérate, quédate unos minutos nada más. Lo que te decía es que eso, que parece que alguien está agrandando la casa. Porque no se sabe dónde se está cuando se ha perdido el espacio, cuando no lo sientes en las manos, en el roce con un objeto, en el piso por donde se arrastran los pies, en la mano que abre la puerta, no se sabe. Tampoco se sabe del tiempo cuando lo único que se hace es esperar. Esperar la medicina, el agua, la sopa, la ropa limpia, las manos que te lleven al baño a perder la dignidad. Tú lo sabes mijo, tú eres mi tiempo, quién más que tú para saber que yo no tengo tiempo para pensar porque estoy ocupado esperándote, y cuando te espero por necesidad, qué duro es vivir tu tiempo segundo a segundo. No me mires así que es cierto, debería halagarte. Repito, es duro vivir tu tiempo segundo a segundo. Saber que cuando no estás, lo que hago es imaginar, sacar cuentas, calcular cuánto tardarás, recordando con esfuerzo todo lo que tenías que hacer en el día. Casi puedo ver tus pasos durante todo el recorrido, y tú crees que aún estoy dormido, y por eso vas tranquilo, porque también vas calculando cuánto te toma hacer esto antes de la sopa, cuánto tardarás en hacer esto otro antes de la hora de la medicina. Todas las noches te pido perdón por seguir vivo, y todos los días amanezco de nuevo y lo que quiero es cagarme en la imposibilidad de dejar de ver el amanecer. Siéntate otra vez por favor; sabes que es así, me miras mal cada vez que digo esto, sobre todo en la palabra “cagarme”, como si un niño hubiera dicho una grosería y la madre lo mira con disgusto y amor al mismo tiempo. ¡A mi edad y sin derecho a poder decir cagada las veces que quiera! Es como intentar quitarle un vicio a una vieja de noventa años. ¡Qué más da! Que termine de vivir sus días tranquila por lo menos y no jodan más. Pero no, mi penitencia es ver que todos los días amanezco, y primero viene la incredulidad, el asombro, luego el suspiro, la impotencia y finalmente la rabia. Por eso digo “cagar”, “cagarme, “cagarse” cuántas veces quiera, incluso “cagando” para que sepas que esto no termina todavía y que deberás estar parado a mi lado sosteniéndome en el retrete el tiempo que dure ese “ando”; y por supuesto, “cagado”, sí, en participio, para que entiendas que ése es mi estado natural, que estoy realmente cagado todo el tiempo, hasta cuando estoy cagando. Pero aunque de mi cuerpo sólo queda un corazón latiendo a medias y un cerebro que piensa, y lo demás no sirva, no se mueva, tengo que agradecer muchas cosas también. Aunque estoy destinado a estar inmóvil hasta que me muera – que espero sea pronto – agradezco enormemente no haber perdido la voz ni el poder escuchar. Es que coño, por lo menos para cagarme las veces que quiera en mi estado tenían que dejarme aunque sea la voz. Menos mal que la voz no está en las manos, o en las piernas; o si no, cagaría por la boca.

II

Me estoy muriendo del calor que hace. El sudor, el sudor que en goterones horrendos bajan de mi frente hasta el cuello, y yo, como ya tú sabes, sin poder secarme siquiera. Si supieras todo lo que pasa aquí en tu ausencia mijo. Porque aunque creas que cuando tú te vas todo en esta casa sigue igual, aunque llegues tarde y veas todo exactamente como lo dejaste al salir, no tienes idea de cuánto pasa mientras no estás. Porque pasar es otro verbo que perturba, que me aturde. Es absolutamente impreciso, sobrestimado, una cagada de verbo. Que algo “pase” no tiene que ver con el lugar de las cosas, o con el movimiento o las formas. Aquí todo permanece en el mismo lugar – aunque insisto que la casa se agranda – pero pasa mucho. Pasa tanto que lo único que puedo hacer por mi cuenta, sin ayuda, hace que todo se mueva terriblemente en mi cabeza. Recuerdos, sensaciones, necesidades, imposibilidades. Por ejemplo, ayer, mientras evitaba pensar en la jarra de agua que estaba en la mesa de noche, tan cerca que hubiera podido alcanzarla con una sola mano, mientras tragaba seco y la garganta se me pegaba como aplastándose de pronto, reteniendo por segundos el poco aire que me queda, intentando guardar saliva un rato para refrescarla engañosamente con un trago de mi mismo, en ese momento, intenté olvidarme de la sed con el recuerdo. Y el recuerdo que vino de repente y del que no pude salir no ayudó mucho mijito. Sólo esa cara, ese rostro. Tenías que verle la cara para saber lo que se siente. Pues sí, maté a un hombre. Claro era un carajito y uno andaba por ahí disperso entre reuniones sin fin, sin objetivo claro, coherente, o por lo menos realizable. Un país no se arregla con las ganas de unos pocos, y yo creía – en ese entonces – todo lo contrario. A esta edad uno se ríe de esas cosas, se ríe y sufre también, no te creas. Por cada disparo que di a ese hijo de puta – porque lo era – yo he muerto también, así que llevo dos muertes mijo, sólo una ajena. Y sé que a lo mejor no entiendes, pero la verdad, la muerte que más duele no es la ajena, es la de uno. Porque el otro sabía que sus últimos segundos se quedarían incrustados irreversiblemente en lo que me quedara de vida. Ya te dije, era un hijo de puta, pues hasta puedo jurar que sus últimos pensamientos los gastó en imaginarme cargando con su recuerdo toda la vida, y que incluso alcanzó a predecir que la muerte no me llegaría pronto para librarme de él, sino que tendría una vida exageradamente larga como para sufrir mis últimos años en esto que me he convertido ahora, en una cosa que piensa, que piensa tanto que el tiempo le alcanza para recordar miles de veces su rostro, la última imagen que guardé de él. Me miró primero como incrédulo, en el suelo, luego se tocó en el estómago – donde asesté la primera bala – y se miró las manos llenas de sangre, ahí me miró otra vez con los ojos casi derretidos por completo, como si dudara de si había sido yo; “pero si tú eres bueno, ¿cómo pudiste?”, parecía que dijera. Luego hizo lo mismo con el hombro, y con la pierna, y en unos segundos ya tenía toda su agonía grabada en mi mente. ¿Tú quién crees que murió ahí mijo? Ese hijo de puta, porque aunque esté muerto no deja de serlo, ya viste lo que me hizo cuando murió. Pero es así, tuvo que ser así, porque además de muchas cosas que no vienen ahora al caso se acostó con Clarita, con CLA-RI-TA, ¿puedes creerlo? Te cuento todo esto porque sé que hoy no tienes clases. Ayer te llamó un compañero para decírtelo, ¿recuerdas? Y la semana pasada pagaste todos los servicios y etcétera, puedes pasar un tiempo con tu abuelo. Por eso la agonía y la muerte de ese hombre no me duelen tanto como la mía, la traición mijo, la Traición con mayúscula. ¿Y qué crees que me dijo Clarita? ¡Que ella no me pertenecía, y que ya no quería estar más conmigo! Ni siquiera pudo esperar un poco, inventar algo, tratar de que la cosa fuera menos cruel; pero no, ella me lo dijo como los disparos que le di al tipo, de frente, de un solo golpe… o tres mejor dicho.

III

Y es que seguramente me desvié del tema, por eso te quieres ir. Ya sé que hablo mucho, pero cuando no estás el silencio me abruma, me inquieta a tal punto que entro en un breve estadio de locura – lo reconozco, en ese mismo momento soy capaz de saber que estoy entrando ahí y saber cuándo termina, que es cuando llegas. Pero antes de escuchar las llaves, el ruido de la puerta, antes de saber que estás llegando, hablo solo como un pendejo, como un pendejo loco. Hablo y hablo y sólo yo me escucho ¿Qué sentido tiene? No lo tiene, por eso me angustio cuando te tardas, porque si llegaras a tardar mucho más de la cuenta, si llegaras a faltar a mi pastilla, a mi sopa, a mis idas al baño, y esto siguiera sin yo saber con certeza cuándo llegarás, siento – estoy seguro – que me volvería irremediablemente loco. Me quedaría hablándole al aire, a mi propia respiración, al pesado jadeo que sale de mi cuerpo, a mi garganta seca y su hábito de encogerse, al hálito que dice de mi existencia aún; o peor, a la puerta y su pausa indefinida, a la lámpara que quiero encender o apagar, a la mesa con las pastillas muy cerca pero sin poder alcanzarlas; permanecería quejándome y quejándome lo que me quede de vida, maldiciéndote varias veces al día, insultando, insultándote, murmurando tu ausencia. Me quedaría con la cabeza más tiesa aún, pues la rabia, luego la preocupación, la taquicardia – las pastillas que no alcanzo -, el dónde estarás, el estará bien, el coño de su madre que no llega, la espera, la incredulidad, la desesperanza y luego, inevitablemente, luego de unos días de locura, la muerte. Así que no faltes por favor, no te vayas sorpresiva o voluntariamente hasta que lo haya hecho yo primero. No te distraigas con nada hasta que me detenga, que te prometo será pronto. Te juro que no te interrumpiré mucho tiempo, que podrás tener una novia, que te dejaré para que sigas sin ser yo el que te fracture las horas. Te juro que será cuestión de días nada más, pero no faltes mijo, sólo eso te pido, que no faltes.

Y AHÍ ESTABA

Alguien canta allá en el fondo. Alguien que creo me espera dice cosas que no entiendo, que no logro escuchar con claridad. Pero a pesar de esa voz, a pesar de que sé que suena y de que la creo familiar, conocida por mí hasta el cansancio, yo estoy sola y mi casa es grande, escandalosamente grande. Es lo único que puedo ver, sus largos escalones que llevan no sé a qué piso, a qué cuarto, a qué espacio. No podría decir lo que hay arriba, pues desde hace mucho tiempo no voy hasta allá. Tampoco podría decir exactamente desde cuándo no subo a la segunda planta, pues creo que también un poco de mi memoria se ha quedado allí junto con mi ropa, mi cama, mis libros. Por el contrario, puedo describir con una precisión irrefutable la parte de abajo. Puedo enumerar la cantidad de luces, las ventanas, las manillas de los gabinetes, los toma corrientes, las goteras del techo, los rayones del piso. Doce bombillos y nueve ventanas por donde no entra la luz, pues un día decidí cerrarlas por completo, sellarlas con delgadas láminas de madera que impiden la entrada de la claridad o la corriente de aire.

Sé que mucha gente vive afuera, hasta puedo recordar algunos nombres, muchos de ellos porque antes tocaban a mi puerta y me llamaban para saber si estaba bien; yo les respondía que sí, que estaba bien, y ellos se iban medianamente tranquilos. Ya no lo hacen, quizá porque se fueron, o porque se cansaron, o porque hicieron lo mismo que yo. Ahora nada se escucha desde afuera, y adentro hay tanto silencio que lo único que escucho es ese canto constante que viene de arriba, esa suerte de silbido que nunca calla, que me acompaña todo el tiempo.

A veces pienso que ese canto - que ahora tarareo - es la respiración de la casa; que ella está viva como yo y se asfixia de tanta puerta cerrada, de tanta ventana clausurada. Que le cuesta un poco respirar, tanto que puedo escuchar su jadeo sin hacer ningún esfuerzo. Pero otras veces siento que no sólo estamos nosotras dos, que alguien que vivió aquí conmigo la habita también, alguien que ahora es este sonido. Y es que el estómago de la casa, donde decidí quedarme, está lleno de imágenes de ése que la ocupó conmigo por muchos años. En la pared, sobre la mesa, en la nevera, está él. Él riendo, él sentado en la grama, él abrazándome, él mirándome a los ojos.

De lo que sí estoy segura es que este sonido viene de arriba, y que también está ese olor que lo envuelve, un olor fuerte, a mandarina descompuesta, a encierro, olor a sangre seca. Prefiero pensar que algo mojado no terminó de secarse, que se me olvidó extenderlo al sol. A veces siento ganas de subir, de violar mis propias reglas, de transgredirme, de desobedecerme. A veces subo un escalón y me detengo, miro hacia arriba en un intento de recordar lo que allí había dejado para no tener que subir. Cuento los escalones para medir de alguna manera mi recorrido, pero retrocedo, y me avergüenzo de mi misma. En esos momentos el silbido se hace más fuerte y el olor más repulsivo como evitando que me acerque. También, en esos momentos, creo tener la certeza de que es la casa la que me habla, de que no hay nadie más y estamos más bien jugando, gritando para que la otra se asuste o dejándola sola para que comience a buscar. Pero hay algo que me dice que no es un juego, algo en ese sonido que se parece más a la tristeza, como si llorara un muerto o sintiera un fuerte dolor.

Después de mucho tiempo conviviendo con ese sonido aprendí a tenerlo de fondo, a dormirme escuchándolo, a levantarme y confirmar que todavía seguía allí. Creo que algunas veces su volumen cambiaba, que se hacía más fuerte – casi ensordecedor – como si más bien fuera un grito sin pausas, sin momentos de descanso para tomar el aire. Otras parecía incluso disiparse, apagarse lentamente como si el cansancio lograra por fin debilitarlo. Pero jamás se callaba por completo, jamás dejaba espacio para el silencio absoluto. Hasta hoy.

No logro saber cuánto tiempo estuve viviendo con aquél canto que ahora – en completo silencio – extraño como si hubiera nacido con él, como si fuera parte de mi cuerpo. Tampoco puedo saber cuánto tiempo estuve parada frente a la escalera esperando que le volviera el habla, que terminara esa mudez que pensaba transitoria. Con el pie izquierdo sobre el primer escalón y uno de mis brazos apoyado en el pasamanos, temblaba al pensar que la casa había dejado de respirar. Fue la primera vez en muchos años que sentí la necesidad de subir, ya no por curiosidad ni por nostalgia, sino por una verdadera preocupación y un temor de que la casa se me estuviera muriendo. Todavía frente a la escalera, con el brazo en el pasamanos y temblando, pensé que quizá podía abrir puertas y ventanas para que entrara algo de aire y así revivirla y escucharla de nuevo. Pero eso tardaría mucho, así que comencé a subir. Me di cuenta entonces que de nada había servido contar repetidas veces sus escalones, de nada calcular el tiempo que tardaría su recorrido, pues ahora me parece que ha crecido, que he pasado siglos para llegar arriba.

El olor se hizo más fuerte, casi insoportable, que también estaba acompañado de un vaho espeso, un sumidero rancio que se quedó estancado descomponiendo, fermentando. ¿Estaría más bien en las entrañas de la casa? Caminé sólo unos pasos y abrí la puerta que estaba justamente frente a la escalera. Y ahí estaba. Desconcertada, vi su cuerpo descompuesto sobre la cama. Pude reconocerlo a pesar del tiempo, a pesar de la tela que se encontraba incrustada a esa pequeña masa sorbida, que parecía haber sido masticada y escupida miles de veces. Al verlo comprendí su silencio, que era en cierta forma un llamado. Sentí vergüenza de mi misma, de esta odiosa manera de comprometerlo, de mantenerlo durmiendo hasta que yo decidiera su partida, su inaplazable ausencia.

1 comentario:

Martha Durán dijo...

Querido Valmore, muchas gracias por regalar este espacio a estos relatos, es un gran trabajo el que haces al promocionar la literatura de jóvenes escritores venezolanos. Recibe un abrazo y de nuevo mi agradecimiento...
Cariños, Martha.