martes, 24 de agosto de 2010

Tres Cuentos de María Ángeles Octavio


ALEVOSÍA CORPORAL

En la víspera de nunca partir,
no hay equipaje que hacer.
Fernando Pessoa


"¿Quién va a viajar?", me pregunté viéndome en el espejo. El baño que acababa de tomar había empañado mi reflejo, que sólo surgía conforme mi mano lo acariciaba, haciendo que yo apareciera por partes frente a mí.

"¿Iremos todos?", me repregunté al tomar la toalla blanca que sedienta me abrazó y, con sus poros de lengua, lamió el agua que todavía descendía por mi cuerpo.

"¿Quién va a viajar?", volví a preguntarme, ahora desenredando mis cabellos. Introduciendo el peine en las frondosidades de mis hebras. Preguntándome cómo se llenaron de esos nudos que impiden la penetración de las cerdas. Mi cabellera larga, lacia, goteaba espesos brotes sobre mi cuello. El esfuerzo de los hilos por soltarse y quedar libres, los hacía venirse en aguas. En bajada, caían estas porciones de líquido, rodaban por mi columna. Cada una de las pequeñas fracciones de humedad despertaba en mí a quienes me habitan. Y así, con las sensaciones de todos, se erizaba mi piel, contrayendo los músculos hasta el dolor. Mi capa tensora a veces cedía por el volumen de seres que luchaban en sus fronteras. Almas que forcejeaban para escapar, para sobrevivir. Dentro de mí vive una humanidad de seres, cada una con deseos disímiles y sin embargo comparten el mismo cuerpo.

"¿Quién va a viajar?", insistí apresurada, mientras con mi mano tomaba la hojilla Gillete de triple filo para asesinar el batallón de cañones de Navarone asomados en mis piernas. Una vez ganada la conflagración, se izaba la bandera blanca y el frescor de Nívea Milk que apagaba la sangre que corría por mis extremidades. Sí, debo parecerles muy femenina, y sin embargo la testosterona hace que mis vellos sean muy rebeldes y problemáticos a la hora de erradicarlos.

Me llamó Alucinada y me han invitado a un viaje a Araya. Nunca llegaré, porque mi brazo no podrá estirarse lo suficiente para llegar. Por eso, ya lo decidí. No iré en persona. Enviaré a ése o ésa que intenta huir de mí. Él o ella hablará por mí, cantará a través de mis ojos, olerá a través de mi tacto y verá todo a través de mis oídos. Él o ella, deberá partir de inmediato. El tiempo se acorta. Nos contiene y dictamina. Boto el reloj, es el carcelero de mi vida.

Postergar, retrasar, no querer enfrentar, es una de las reacciones ante la inminencia de los acontecimientos. Es la víspera del viaje. Parece que fuera el primer viaje. Nunca creí que llegaría el día de emprenderlo.

Debo prepararme, escribir la lista de todo lo que necesito para el camino. Me siento todavía desnuda, esperando que la crema que mi piel saborea termine de desaparecer. En ese instante un viento helado amenaza mi cuerpo y al contacto con mi nutrida dermis, ésta hace explosión, y levantan la guardia todos los guerreros de mi cuerpo.

Olvido la lista, los preparativos. Me recuesto a ver el techo de mi cuarto, blanco, blanco, manco, manco… blanco. Y ante mí se presenta un destino desolado. Levanta el vuelo por entre sueños inconclusos. Escucho el viento, bravo, feroz, y veo mi cuerpo dorado en medio de la sal. El mar lo arrastra con su ritmo, envolviéndolo de espuma. Mi cuerpo parece rodar sobre montañas de sal. Soy yo, sí, me reconozco por el lunar. Ése que no alcanzo a ver sino cuando contorneo mi cuerpo en su búsqueda. Ése que llaman marca de nacimiento y que se encuentra por donde pasa el alumbramiento.

Suena el teléfono. Me asusta. Me caigo de la cama. Llamada perdida. Retomo el cuaderno. Posición de indio. Y al doblar las rodillas se quiebra mi piel. Está sedienta cual camello. Sólo se calma con la humedad. El contacto acuoso acalla sus poros. Froto más Nívea en la superficie.

Yo voy a ir a Araya volando. Tengo derecho a llevar mi equipaje. Al menos eso dicen las líneas aéreas.

Me estiro, me miro de arriba abajo. Me gusta lo que veo. No, no voy a llevar maletas. Tanta ropa para qué. No llevaré ninguna. Nada, me gusta sentirme ligera. Liviana, me gusta flotar. ¿Cómo me vestiré? No lo haré. La naturaleza me vestirá. Un poco de vapor me servirá de cobertor y el sol será mi velo. ¿Y si no me queda bien?, pues andaré démodée.

Ruedo sobre el colchón y estiro mi brazo. Abro la gaveta de la mesa de noche. Saco un pasaje, lo reviso, leo: ida y retorno. Me fijo en el nombre del pasajero: Alucinada Casablanca. Me digo qué exceso, el viaje que voy a hacer no tiene retorno. En realidad ninguna travesía lo tiene, pues nunca regresa quien se va. A pesar de estar segura de esto, cada vez que viajo me doy cuenta de que las aerolíneas insisten en ese punto, se empeñan en llenar el espacio donde dice nombre del pasajero: con el mismo nombre de ida y de vuelta. Para mí eso no es correcto. Yo siempre me pongo muy nerviosa en el vuelo de venida. Temo que descubran que he usurpado una identidad que no es la mía. Y termine presa o muerta.

Coloco el pasaje sobre mi vientre. Lo veo subir y bajar con el oxígeno que entra y sale de mi tórax. Juego con el ritmo y veo subir y bajar el avión. Aborto el vuelo y golpeo mi cabeza contra la almohada. El contacto, la cercanía a lo mullido me produce horror. Terrorista, ese pensamiento atenta contra mí. El imaginar que mi cabeza podría caer desprevenida en los sueños de otros huéspedes cuyas cabezas se hayan posado, antes que la mía, sobre esas plumas ajenas, si es que son plumas, ya que por lo general no son sino retazos de goma espuma. Mi almohada está cargada de mis fantasías, rellena de mis ilusiones. Ella no debe quedarse. Ella debe ir a mi periplo. ¿Una o dos? Dos. Una para la cabeza y otra entre las piernas.

Paños y sábanas suaves. 310 nudos de percal. Las debo llevar yo. En ningún hotel, motel o posada me van a cubrir esa cantidad de nudos por centímetro cuadrado de algodón, ¡ja, algodón! Poliéster. Poliéster inflamable. Mi sutil cuerpo no puede arrimarse a este material pues arde y no precisamente de deseo, muere de piquiña toda la noche. La dermatitis atópica que me produce la bajeza de una sábana es irreversible.

El paño. Asco. Rozar los deseos y apetencias de otros a través del contacto de mi piel con los ácaros ajenos que permanecen enredados en esa superficie textil deslavada o mal lavada. Vomito. Cuando descargo todo mi terror me siento en el piso del baño, sobre el mármol frío y de nuevo me pregunto: ¿Quién va a viajar? Se acaba la noche y no sé en realidad quién se montará en mi cuerpo por la mañana y partirá con rumbo a Araya.

Ya no vivimos en paz. Ahora cada cual quiere hacer su voluntad. Amenazas hasta de muerte he recibido desde que este viaje se me presentó. Y no quiero ir yo para que no se diga nunca que los tenía prisioneros. Mi cuerpo es de todos y sin embargo siento que es un poco más mío, pues yo llegué primero y poseo el pasaporte o documento de identidad.



SEMEJANTE A

La mano se desviste. Se despoja de su cuero. Desnuda entra en el bolsillo del pantalón gris. Se tropieza con un metal frío. Una leontina. La saca. Es larga, brilla.

La extremidad adquiere la forma del guardador de las horas. Los dedos se consumen junto a los minutos, presos en una esfera de plata. El tiempo se acerca al rostro del hombre. Le hace sombra. Sus ojos se abren. Con un gesto de apremio les indica a cinco niñas que caminan distraídas detrás de él que avancen. No hay exhalaciones que las orienten. Sólo jadeos que sortean los cinco palacios medievales del carrer Moncada, en el barrio de la Ribera. En Barcelona el aire se disuelve en el tiempo. Detiene las agujas del reloj.

En esta ciudad a cada hora aterrizamos de emergencia. Justo en el momento en que el badajo golpea la copa invertida de bronce y estaño, al marcar la hora en punto. En ese instante descendemos con urgencia. Las añejas campanas de la catedral del barrio Gótico nos revelan nuestra posición en el tiempo. Nos dan las claves.

Desde mi primer día de trabajo, al escucharlas dar las nueve de la mañana y sentir al portero abrir las pesadas puertas de madera del museo, comenzaba a transpirar. Me angustiaba saber que mis obras serían vistas con otros ojos. Sentía celos. No me gusta compartir su misterio. Picasso me confió sus hijos. Somos muy parecidos. A veces me siento un poco él. Llevo más de treinta años trabajando en el museo. Lo conocí. Era un hombre mágico. Daba vida a lo que veía, a lo que tocaba. A su alrededor todo era posible. Me siento parte de la obra. Sin ésta no soy. Soy todos los que entran y salen del museo. Ellos son yo. Desde mis primeras pisadas en estos suelos de piedra supe que mi vida estaba marcada.

Mis ojos ya no son míos. Pertenecen al arte, a la pintura, a los paseantes de estas salas. Sufro de una dolencia en ellos. No tiene cura. Va en aumento. Se trata de una pantagruelitis aguda. Veo más. Veo exagerado. No puedo parar de ver. Todo lo que pasa por mis ojos se deforma, se hiperboliza.

Los veo entrar. Me gusta ver como ingresan. Siempre me ha apasionado el instante de la penetración. El rostro emborricado por lo desconocido. El insinuante relente en las manos. Las secreciones súbitas. Los pies atolondrados. Las bocas encima, abajo, abiertas, cerradas. Es toda una experiencia y yo deliro todas las mañanas por alcanzar el momento de la copulación entre mi alma y la de quienes visitan el museo.

Una vez deslizados en el interior los observo cautela. La selección debe ser armoniosa. No se puede desentonar. El apareamiento debe ser al azar, pero no libre.

Por mi antigüedad como guía de museo escojo el grupo a quien acompañaré. La primera vista ocurre mientras cancelan la entrada a mi mundo. Pasado el umbral, imagino sus vidas. Las sudo. Las recreo. Las descoso. Les invento angustias. Ausculto sus problemas. Fantaseo.

A veces siento que algunos nunca abandonan el recinto. No deseo que me dejen solo. Intento atraparlos. Al menos un poco de ellos. No por completo. Sin embargo, algunos quedan literalmente presos en los cuadros.

Mi trabajo es estar vigilante, atento y guiarlos a través del mundo de Picasso. Indicar. Señalar. Mostrar. Cuidar la exposición, las exposiciones. Hablar de sus matices, técnicas y momentos. Las formas de abordar una obra, de verla, de percibirla. Intento que mis ojos los ayuden a ver. Les presto los ojos para ver mis cuadros.

Hoy es un día muy especial. Comienza el invierno y todos han sacado sus abrigos de paseo. La calefacción está al máximo. Este museo tiene la particularidad de ser helado.

Allí está mi grupo. Son seis. Un hombre y cinco niñas. Media docena de almas. Comienzo a observarlas, las desnudo.

Les invito a seguirme y a disfrutar de aquello que voy relatando en tono cordial. Inicio mi juego. De pronto escucho los pensamientos de algunos de ellos. Poso mis ojos en cada una de mis personas y se establece el diálogo silente. Los entiendo. Los siento. Por eso soy parte de la obra.

Oigo a alguien y pongo atención. No sé quién habla y presto más atención. Sin embargo, delante de mí sólo veo cinco pequeñas niñas y un hombre muy recto. Parece una voz de mujer. Su voz es embriagadora:

“Odio el calendario. El tiempo me asfixia. Quiero enloquecer a Picasso. Que me pinte completamente desnuda. Mi cuerpo troceado como vaca muerta, en triángulos, cuadrados, rombos. Viértame pigmentos, guaches, acrílicos, óleos. Alucíneme, tíñame de azul, cólmeme de tonos cerúleos que inventen un cielo, un mar en mi piel. Nade en mí”

Qué gracioso. Las niñas graciosas. Siempre me han gustado las niñas. Caminan de prisa. Jugar con niñas es muy estimulante. Son como muñecas. Muñecas de cuerda en este caso. Caminan como patitos unas detrás de otras. Parecen suspendidas. Simulan mirar las pinturas flotantes de las paredes.

Las quebranto. En mi cabeza todo está fragmentado. Abrigos azules, largos hasta los tobillos, sombreros amarillos y cintas rojas. Sólo una no cuadra, sólo una desentona. Pienso en Madelein. La pequeña niña francesa de cabellos bermejos. La diminuta dulzura que vivía en una casa cubierta de enredaderas. La impetuosa muchachita que vivía con otras niñas huérfanas. La traviesa pecosa que vestía igual que todas sus compañeras. La pícara chiquilla que salía con sus amiguitas en rigurosa formación. Todas avanzan detrás de dos piernas grises. Medias blancas hasta las rodillas, diez zapatos de charol negro al paso de dos marrones con trenzas impecablemente amarradas que adelantan junto a un bastón de madera. Las niñas se articulan al espectro de aquel hombre. Todos me siguen de cerca. Atentos a mis comentarios. Mi voz los arrastra. Es un imán.

La de la melena encarnada, ella en particular, esa criatura, me llama la atención. No ha hablado. Su voz me resulta familiar. La he escuchado antes. Parece que me platica sin pronunciar palabra. Me distrae. No puedo concentrarme. Pierdo el hilo. Ariadna. Devuélvemelo. Sólo la oigo a ella. Es ella, a veces dudo, pues la voz es de mujer.

“Siempre deseé ser la modelo que los inspirara. Ensoñaba con locura el haber sido amada por este animal torrencial. Invocaba la flamígera fijeza de su mirada:

"Taládreme, subyúgueme. Muero por unos cachos en mi cuerpo. Que broten de mis senos. O una cola en la lengua. Narizona. Lo que el artista decida. Picasso, manos, Picasso, dedos firmes que mi piel ha soñado. Exprímame como a sus tubos de pintura. Retuérzame hasta sacarme color de las entrañas. Estrangúleme con el convulso movimiento de sus falanges. Se lo imploro: enciérreme en su pañuelo”

La consentida Mía, la más regordeta de las niñas, la voz adulta que sale de ese cuerpo anfibio, se detiene a mirar un cuadro. Luce embebida. Hala la chaqueta del hombre a quien viene siguiendo para hacerle una pregunta al oído:

–¿Quién vive en ése cuadro? Alcanzo a oír.

– Nadie.

El hombre sube y baja los hombros. La pequeña me mira buscando complicidad, asumo. Yo intento responder con palabras, pero mis ojos la penetran buscando poseerla. Ella, baja la mirada y se resigna a la sordina. Entiende que en el mundo adulto las preguntas no tienen respuestas. Se paraliza. Sus ojos se funden en la mirada del cuadro que la apunta. Se lanzan al vacío. En la caída los detiene mi mano. Los marca y los guarda en su interior.

“Ojos muchos ojos, miles de ojos. Verdes, marrones, azules, negros. Pinta ojos para que me miren. Me vean de frente, de perfil. Que el artista decida. Denme color, formas múltiples. Soy la musa. Jacqueline, Dora, Marie Thérèse, Olga y Eva. Permanezcan muertas, enterradas. Ésta es mi noche, éste es mi día. Yo soy la musa".

El bastón de madera con cabeza cobriza toca el hombro de la rezagada, le recuerda que va en grupo y que debe estar atenta. Se puede perder. Él no sabe que yo la vigilo, la sigo de cerca aunque no aparezca. La niña reprendida asiente sumisa. Retoma el paso. Volteo a cada instante para ver si me sigue. Allí está. Parece absorta, transportada. Su mirada se clava en cada cuadro. Parece que nunca podrá despegarse de los lienzos. En cada uno parece dejar parte de sí.

“Allá, al final de la sala me veo. Soy yo, me reconozco. Ahí estoy. Perdida. Claramente soy yo. Qué placer ver mi cuerpo mutilado. Sublimemente ultrajado sobre un paño, descansando en el infierno de una tela. Rodeado de monstruos internos que retozan en tonalidades refractarias. Descubro que la belleza está en todo. Percibo mi piel erizada ante un sentimiento noble. Me revuelco como un feto en su porquería amniótica, gótica, cubista. ¡Oh, dios de arte! Mis ojos salen de mis senos, se elevan, miran y obligan a que los miren. Son cinco ojos con pupilas profundas, pestañas largas y rojez incandescente. Detrás de mi cabeza, en mi nuca, una larga nariz baila. Seduce mi sexo que se abre para dar la bienvenida a la paleta y al pincel”.

Ahora todas las niñas se detienen frente a un cuadro. Lo ven atentamente. Digo una o dos cosas sobre la pintura y avanzamos. Creo que todos me siguen. El hombre con su bastón me ayuda con el rebaño. Una de las pequeñas hace un alto y se regresa. Señala la obra donde antes nos detuvimos. Todas regresan. Parece reconocer algo. Le dice algo en secreto a la que tiene a su lado. Ésta se lo dice a la que tiene a su lado, ésta se lo dice a la que tiene a su lado, ésta se lo dice a la que tiene a su lado, ésta se lo dice a… ¿dónde está? Miran la obra, sonríen. Se acercan al cuadro y se inclinan sobre éste. Susurran un secreto a un arlequín que mira al frente. Todos ríen. Hasta yo río. El hombre nos apura. No le cuaja la risa.

“Ponga sus manos sobre mi cuerpo, pínteme, por favor. Lléveme al paraíso. Cúbrame con sus untos. Todos. Blanco, báñeme con su óleo blanco”.

Se oye un llanto. Busco de dónde proviene. No veo el origen. Le pregunto al hombre del flux, ¿qué sucede? Él me responde:
–Nada, nada, son niñas. Sabe cómo son.

Toma el celular y hace una llamada. Vuelve a sacar la leontina del bolsillo de su pantalón. Mira la hora. Otra sombra se posa sobre su cara, ya van dos. Hace un gesto con la mano. La mano con recelo sostiene el reloj, hace una seña a las niñas, ellas avanzan, siguen al circunspecto hombre trajeado de nubarrón que viene detrás de mí, impulsado por un viento de cola. Parece una tormenta. Rutina condensada. Arrastra una corriente inefable. Una existencia acuosa, dibujada con mano firme, trazos gruesos dentro de los cuales es difícil respirar.

Allí está la Mía. La veo. Tiene los brazos alzados. Está en la siguiente sala. Parece pedirle a alguien dentro del cuadro que le de la mano para ella entrar a la pintura. La escucho decir: “Yo me porto bien, lo juro”.

“Hojillas de hielo cortan la realidad y los cuerpos. Hollín en mi rostro, carboncillo. Flores, hojas, sangre que me pintan. La sinuosidad de mi cintura se metamorfosea en paisajes. Valles, praderas y montañas.

–Atrape lo peor de mí. Ámeme, haga que el mal brote. Soy una niña buena”.

Lo digo o callo. Me gusta mucho esta niña, su imagen, su porte, su forma de sentir. No quiero delatarla. No quiero delatarme. Estamos atrapados.

El hombre llama a seguridad. Cuentan las niñas.

–Falta una –dice el vigilante del museo.

"Falta la regordeta", me digo. Falta la Mía.

Escucho una voz que canta, la escucho encajonada. No me creerán. Nadie me creerá.

–Está atrapada en el cuadro. Miren en ese lienzo, en el fondo. Allí está la Mía. Sus ojos me miran, me suplican que no hable, que le regale mi silencio.

–Aquí está –dicen las niñas a coro.

–Se quedó dormida en el puff de la otra sala. Gritan corriendo hacia el puff.

–Mía siempre soñando.

–Mía en otro mundo.

–No respira.

–No es ella.

–Está cambiada.

–Ésta no es la Mía.

–Vamos a casa, allá se repondrá. No es tan grave, no es para no recuperarse –dice el hombre con tres sombras en su rostro.

Truena y carga el cuerpo. Suena el badajo. Dan las seis de la tarde. Caemos en Barcelona. Está muy oscuro. Es invierno. No se ve la salida. Los guío. Cierro la puerta. Me aseguro de que esté bien cerrada.

"Más viva que nunca", me digo. Bien cerrada la puerta se impide que otra verdad entre. No se puede retroceder. No se debe regresar. Seco el sudor que corre por mi frente y me digo:

–No morirá. Dentro de la pintura no morirá.



PERFUME DE CERDO

Vivimos por la muerte de otros:
¡Todos somos cementerios!

Leonardo Da vinci



-DESNÚDATE!- dijo Leonardo-. Desnúdate ya- repitió.

En el mercado de Quinta Crespo venden los mejores ingredientes para cocinar. Los más frescos, los más gustosos. La oferta cárnica es maravillosa.

-Esta noche cocinaré -me dije-. Como el maestro, me gusta hacer platillos como cuadros. Escoger la vajilla, la receta, los ingredientes: por colores, sabores, texturas. Ver morir los animales, observarlos desangrarse bien para que sus carnes queden a punto.

Componer con todo esto un plato, una obra de arte.

Los cerdos corrían por la porqueriza, se escurrían. Se les resbalaban a las manos que trataban de atraparlos. El chico sudaba. Muerto el puerco, tomé su papada y la puse a hervir por seis horas en caldo de vegetales, mantequilla y tomillo, mucho tomillo. "Este bocado de Formaggela es lo más gustoso del cerdo", le decía Boticelli a Leonardo. Mis fauces se llenaron de vapores al pensar en el instante de la consumación íntima con esta delicia cárnica.

De pronto olí. Por primera vez olí. Casi no lo creía, nunca alcanzaba a oler y allí, justo al frente se pavoneaba la ilusión aderezada por las flores de las labiadas. Allí, estaba un hombre de piel tentadora, barbas largas, carnes flácidas y rostro anfibio. Era el maestro. Leonardo. Su afilado dedo me hacía señas. Me impelía a aproximarme hasta él. Era como una fuerza magnética.

-¿No me va a tocar?- pregunté al artista que me miraba.

Tenía una bata larga de coliflor. Sus sandalias era de jagubo. Me aproximé a su cuerpo.
Me amalgamé a él. Me deslizó al oído: "Nada quedará, nada en el aire, nada bajo la tierra, nada en las aguas. Todo será exterminado". Ya yo estaba tendida sobre un plato blanco, me tenía servida a sus pies.

Nos miramos y comenzamos a pelar nuestros cuerpos. Las capas que nos cubren no son reacias, se ablandan al hervir en deseo. A trescientos cincuenta grados todo reblandece. El deseo aromatiza hasta las miserias humanas.

-Desnúdate- dijo Leonardo-, desnúdate ya -repitió.

-Desnúdate -cantaban las manos que me pelaban-. Dame tus carnes.

Desnudándome estaba sin pensar en los dientes que se hincarían. Sin avizorar las horas que pasaría acostada sobre unas sábanas empapadas, ornadas con estremoncillo y humores de la India.

Me había dejado atrapar, el mar me arrobaba, la sal y el agua me erizaban las papilas y hacían que perdiera el rumbo. No tenía fuerzas para escapar. Comencé a disfrutar el perfume que emanaban los sabores. Pasé del frío al calor y del calor al frío. Mi cuerpo estaba entregado al plato.

Leonardo me acarició morosamente. Yo sentía, pero él no. Me cubrió de aceite de tomillo. Todas mis partes quedaron bañadas de ese veneno de timol. Mi intimidad comenzó a florecer su corola escotada, el labio inferior dividido en tres lóbulos. Cáliz rojizo y aterciopelado. Me bañó con tallos leñosos y grisáceos. Me secó con hojas lanceoladas, enteras, pecioladas, con el envés cubierto de vellosidad, con el contorno girado hacia adentro. En mi interior, la guerra de los jugos.

Las pupilas del maestro ardían como ascuas. Me calentaron hasta sentir que ya no sentía nada, estaba helada. Entonces oí reír a Da Vinci. Una bandada de passerottos migró al sur. ¿Estaría a las puertas el invierno?

Su daga se clavó en mi cuerpo sacando la sangre y dejándola correr como coulis sobre un plato de aceite. Dándole un toque vivaz a la composición. A esa catedral de sabores que con fachada de cerdo y mariscos ocultaba el rumor de una mujer exangüe servida sobre un plato.

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