miércoles, 11 de agosto de 2010

Cuentos de Enza García Arreaza


QUEDÉ VIVA PARA CONTARLO

A Camila la entrepierna la olía a jabón de bebé. El viento a esa hora eructaba y se dejaba ver un hígado de carbón. Eran horas de hojalata y angustia, pero primero tendría que pasar por la farmacia a comprar una caja de condones. Sí, una caja, seguramente Rolando no querría usar condón. Él la llamó en la mañana, le dijo que se encontrarían en la habitación diecinueve. Eso de ir a un hotel era totalmente nuevo para ella, eso de abrir las piernas en la boca de un hombre en realidad la agobiaba, pero tendría que hacerlo por la esperanza que esa clase de unión era capaz de conferir. El dependiente de la farmacia se la quedó mirando socarrón y le pidió el teléfono. Camila violenta le tiró el dinero y salió corriendo con los condones. El hotel quedaba como a tres minutos, ella marchaba a pasos nerviosos pero concisos, hasta que se tropezó con una mujer gorda y con pelo de coco. Rogaba por no conseguirse con ninguna cara conocida, que no se encontrara con quien fuera a llevarle el chisme a su papá. Esa hora habría de romperlo todo y a Camila le preocupaba no tener la certeza de quien iría después a reparar el desastre. De golpe le entró una nostalgia anticipada por su himen, himen que ya había sido ofrecido al diablo. Un diablo poeta que había conocido a través del chat. Tenía que cruzar la avenida pero los carros no le concedían la venia de dejarla pasar, como si supieran del terror que la dominaba por debajo del sostén y las espinillas. El último rostro que vio fue el del rabino Stainer que la saludó desde un taxi. ¿Un rabino en taxi? No supo bien por qué la idea le sorprendió tanto. Cuando llegó al hotel había un tumulto de gente gritando en los pasillos. Había caca de ratón amontonada en una esquina de la recepción. Habían matado de dos tiros (uno en el brazo derecho y otro en la barriga, otro tiro había ido a parar en el vidrio de la ventana) al hombre de la habitación diecinueve. Una mujer había disparado y traía una foto de Camila en la cartera.


DE ESE LADO NO

Tango e iglesia. Mala combinación pero así soy yo. Mucha gente frunce el ceño al verme los domingos en la misa, en especial el sacerdote que no aguanta sostenerme la mirada desde que le dije que había soñado con un Dios que se suicidaba después del tan mentado Apocalipsis. ¿Sé fiel hasta la muerte? Fiel al violonchelo y a una mujer.

Pero me gustaba ir a la iglesia con Fresedo. Y con la nana que todavía lo amamanta y eso que Fresedo ya llega a los quince años.

Ese domingo, más monótono que el ritual de las mañanas de servirme café y abrir la arepa y embarrarla de mantequilla, se vio trastocado por un par de pezones y un vestido negro. Todos voltearon a mirarla, mujeres envidiosas con nariz de zanahoria y hombres que en el confesionario pedían perdón por prácticas onanistas.

Yo le vi cara de Adriana o Patricia. Hermosa y correcta en el cuerpo como los conciertos de Bach.

Fresedo la diagnosticó y la nana chirrió de celos (aclaro, la nana tenía diecisiete años y una hija en su haber cuando mi amigo nació). Venía sola a contraluz con un vestido negro ceñido que delataba sus redondeces y el delito magnánimo de no usar sostén. Tenía talante cansado y de foránea que viene a meter la uña en las vanidades ajenas. El sacerdote la miró y fue el caimán que lleva años haciendo dieta.

Esa noche no pude olvidarla, su figura toda caderas y pelo lacio tono funeral me acompañó incluso cuando fui a bañarme.

La semana empezó con un orden descomunal: el liceo y Fresedo contándome de las aventuras en el cuarto de la nana. Las prolíficas lecciones de chelo con la profesora Fiorella que hasta ese entonces fue la mujer más erótica del planeta. Los rostros que se van de viaje y los almuerzos, los libros que hay que leer para los exámenes. Y otra vez era domingo y era la iglesia. Ella entró del brazo de Mariano Libertella, un pintor fracasado que vive en la calle que tiene una cloaca rota. No puede ser su hija ni su mujer porque Libertella no gusta de las vaginas sino de los falos. Una vieja comentó con otra que se llamaba Gricel, como en aquel tango que Amelita Baltar cantaba sin gracia. Llevaba una blusa blanca que enmarcaba la pronunciación prolija de sus senos y una falda negra que jugaba a levantarse para que las piernas sonrieran, me sonrieran a mí. También escuché que se estaba quedando en la casa de Mariano.

Era hora de probar suerte con la pintura. Siempre me interesaron El Bosco, Picasso, Goya. Fresedo me ha contado que Clara, su nana, le ha permitido profundizar en ella todas las noches siempre que estén seguros de que mamá se ha tomado las pastillas para dormir. Edipo no coartado en sus fines, embalses de magma pálido escurriéndose por los predios de una piel estriada y cansada de lavar, planchar. Fresedo tiene suerte. No como yo que soy cobarde, que soy de vidrio.

El miércoles decidí pasar por casa de Libertella para enterarme sobre los cursos de pintura. Gricel abrió la puerta. Tenía una bata roja y el maquillaje chorreado como si un burro la hubiese lamido. Lucía amable como una almohada. Pero no pude contenerme y cuando me habló me di la vuelta y salí corriendo. Me oculté en el jardín de mi casa detrás del chelo silencioso y sentí morirme, sentí un sabor a eclipse en la punta de la lengua. El sacerdote estaba allí, lo vi desde la ventana de atrás, lo vi bajarse los pantalones frente a mi madre y a mi madre llenar su boca con él. La sotana en el piso de la cocina me hizo reír despacio, qué depravado es este Padre Nuestro.

El jueves volví a intentarlo con suerte. Esta vez Libertella me abrió la puerta y ese mismo día empezamos con las clases. Tuve que pintar botellas de vino, al lado de Requena que siempre nos pareció talentoso pero muy ñoño en el liceo. Todo marchaba bien, yo tarareaba un tango cualquiera de Pugliese. Todo era océano pacífico, aunque yo esperaba con endeble ansiedad el desparpajo de esa aparición: Gricel, que bajó los peldaños para llegar al estudio con la misma bata roja del otro día. Ella fue en ese momento Manuel de Falla y los jardines de España.

Sonrió al verme. Libertella le dijo que ya se podía quitar la bata y que subiera al pedestal. Se me cayó el lápiz, bueno, estaba temblando, y Requena me auscultó sorprendido pero queriendo disimularlo. Se quitó la bata y Manuel de Falla era pura baba.

Libertella la pintaba, planeaba hacer una muestra de desnudos en la galería municipal.

Toda mi infancia, con su angustia y frustración, se amontonó en ella: la nariz suave me recordaba a la de mi madre que en ese momento tendría la nariz en la entrepierna del cura. Los muslos frondosos donde me escondía cuando tronaba. La sombra sorbida de su sexo carnoso y poblado de hilitos aciagos. Los dedos alargados hasta el paroxismo. La boca mordida desde lejos. Los senos palpados en silencio como si tocara las cuerdas mi instrumento grave y melancólico. El chelo y Gricel podrían serlo todo a partir de ahora. Podrían serlo todo si mi saliva inundara los sueños de sus pezones. Requena me miraba confundido. Libertella la amasaba con sus manos y no le importaba, no como a mí que soy un ser de vidrio.

Llegué a mi casa sin el sol sobre la espalda, mi madre lavaba los platos y a las ocho vino asustado Fresedo a contarme que su vieja se había enterado de todo y que había sacado a patadas de su casa a Clara. Traté de hacer que el chelo me hablara pero en mí todavía temblaba la imagen de sus lunares y el ombligo domando las fieras en mi sangre.

Me di cuenta que mi pantaleta estaba empegostada de amor y que Gricel tenía la culpa.


EL ALIENTO DE LOS CEDROS

“Él fue el átomo a quien preferí entre toda la arcilla de que están hechos los hombres; él era una oscura joya, nacida de las aguas tormentosas y extraviada en alguna cresta baja”

Emily Dickinson

a Paola Romero

Hay cedros en el Líbano. Mi madre está tirada en la sala mientras se fuma un cigarro y yo sólo puedo pensar que en el Líbano hay cedros, y que se están muriendo. Venir a San Diego a visitarla es una tortura sin precedentes. Odio Estados Unidos: todo tiene muchos nombres y sólo dos acepciones: republicano o demócrata. Sin embargo, me parece el lugar con más vacíos metafísicos del mundo, y juro que no me refiero a ningún capitalismo salvaje. Tal vez se trata del peso que nunca llegan a tener las cosas que no nos pertenecen. Vivo en Caracas; no soportaría venir a vivir acá, por más que prometan llenarme los bolsillos de billetes verdes y por más que Chávez esté jodiéndolo todo. No tengo madera para el exilio, soy detractora de la nostalgia: me gusta levantarme y mirar la montaña que nos separa del océano. Mi papá dice que ése es el principio de mi mediocridad, él que después de treinta años dando clases de latín en la UCV, decidió regresar a Piacenza –donde nadie lo espera– pero es que a esto se lo llevó el diablo, figlia mia.

Pero la verdad es que esta vez vine por Emily. Su carta fue tan precisa que no pude sino venir a casa de mi madre, entregar los regalos de mis tías, y luego sentarme en este aeropuerto con una espera destinada a Albany. Menos mal que Emily Dickinson (sí, realmente se llama así) prefiere vivir a 233 kilómetros de la enérgica Nueva York, en una casa semi-victoriana relativamente cerca a The Albany Pine Bush Preserve, que es adonde se supone quiere llevarme. Sus instrucciones fueron escuetas en su carta (debería decir e-mail, pero me encanta el dejo decimonónico que siempre ha tenido nuestra relación):

Paula, necesito que vengas. Quiero ir a la reserva donde está el cedro del que te hablé. Es probable que al cabo de unos días debas acompañarme a Beth Emmeth Cemetery. Es importante. Te necesito.

Emily y yo nos conocimos en un campamento de verano. Yo nunca tuve un buen inglés y gracias al cielo a Emily la había criado una nana chilena, por lo que no fue nada difícil hacernos amigas a los doce años en el elegante (quiero decir aburrido) campamento de verano en las playas de Hampton, New Hampshire. Ese día conocimos a Khalil Tarabay: un muchacho libanés que a duras penas hablaba inglés y carraspeaba un poco de español, porque acababa de pasar una temporada con sus tíos en Venezuela. Los tres congeniamos de inmediato, contra todo pronóstico lingüístico y haciendo planes para el futuro: en algún momento de nuestras vidas tendríamos que coincidir en nuestros respectivos países, si bien no para acampar, sí para disfrutar de los fervores en común: la música, el cine, la literatura. Años después, Emily y Khalil volverían a encontrarse conmigo en Caracas, pero hasta donde supe, nunca tuvimos oportunidad de ir con Khalil a Beirut, pues al poco tiempo lo casaron con una heredera siria. Y fin de la historia. Todos estos recuerdos se revuelven cuando es inminente encontrarme con mi amiga, pero esta vez, insisto, he pensado mucho más en los cedros. Ahora estoy esperando que ella aparezca por mí en el Albany Intenational Airport, sobre el cual un verano se devela tristemente desvencijado: es muy probable que llueva y que todo lo humano se ahogue forever.

Luego de los respectivos abrazos y amagos de llanto, me encontré con una mujer mucho mayor que yo, y en realidad, Emily y yo no estamos para nada viejas. Ninguna ha cumplido treinta años, pero esta vez sentí sobre mi cuerpo la mirada de un ser anciano y entumecido. Era más bien el alma de la postura, no la postura misma, pues Emily mantenía la rectitud de cualquiera que hubiese tomado hasta hace poco lecciones de ballet. Después de las preguntas mutuas, nos quedamos calladas mientras se acercaba a New Karner Road.

–¿Supiste lo de los rabinos? Desmantelaron una red de tráfico de órganos en Washington, que incluía a varios miembros de la asamblea estadal, y a cinco rabinos ortodoxos. ¿No te parece divertido? –preguntó al cabo de un rato, en que el silencio ya parecía pura e injustificada hostilidad.

–Pregúntale a Mel Gibson. Ahora, hablando de cosas vitales: ¿Qué sucede, Emily? Te ves diferente. Y no me has dicho por qué tenemos que ir a esos dos lugares.

Emily detuvo el Ford y cuando me di cuenta no estábamos frente a su casa, sino frente a la reserva de pinos.

–Espero que no estés tan cansada como para caminar un poco.

–Oh-por-dios. Hubiese preferido que me preguntaras primero.

I´m so sorry, Paulie. But I need to do this with you. I need to talk.

–¡¿Pero sobre qué?!

–Khalil.

Repasé los pormenores de nuestro amigo libanés. A los dieciséis años ya parecía alcanzar los dos metros de estatura. Moreno. Ojos enormes y tristes. En general, de rasgos bien masculinos, pero hermosos. De hecho, lograba poner nerviosa a cualquier chica a su alrededor. Unos dientes blanquísimos que acaso se adornaban con esporádicas sonrisas. Un cabello negro sin precedentes. Y una voz que ascendía por entre las ramas de los árboles y parecía alborotar la paz de todos los olimpos posibles, desde nuestro temprano e ingenuo occidente, hasta las entrañas del oriente en el que había nacido. Creo que por un momento me gustó mucho. Pero a él, desde el principio, le gustó Emily: ella era rubia de nacimiento, con algunos elementos holandeses por el lado del padre. Supongo que ellos se encontraron mutuamente como personas exóticas. No como en mi país, donde los extremos convergen sin pudor.

–¿Khalil? ¿El árabe? Hace años que no pienso en él. Pensé que tú también le habías perdido la pista.

–No, no fue así. Khalil regresó de Beirut al año de casarse. Y se mudó a Bristol.

–¿Bristol?

–En Hartford County…

–I have no idea…

–Please, darling, estuvimos una vez ahí con tu mamá cuando éramos niñas, eso queda en Connecticut.

–Mi mamá es una mancha en mi infancia, una mancha que se va decolorando, y sabes que mientras más al norte, yo menos entiendo… Vaya, nunca se me hubiese ocurrido que lo encontraríamos tan cerca. ¿Y cómo están? ¿Tienen hijos? ¿Mucho dinero? Los árabes son gente encantadora. Mi última casera también era del Líbano, pero murió hace poco y dejó por escrito que me hicieran llegar varios libros de Khalil Gibrán.

–Tienen cuatro hijos: Dalila, Ava, Jamil y Omar. Mucho dinero, por supuesto. Sobre el poeta Gibrán hablaremos más adelante. Ahora tenemos que caminar un poco. Tenemos que encontrar el cedro antes que anochezca.

–¿Y cómo es que en el estado de Nueva York contamos con un cedro libanés?

–Al parecer, tiene doscientos años de edad. Algún puritano excéntrico se lo habrá traído. O un beduino extraviado. Esa gente que es como tú, que cree en la tierra debajo de sus pies.

–¿Y tú en qué crees?

–Creo que Paul Auster es un pésimo escritor. También creo que mi hogar se perdió en este bosque hace años. Pero no me refiero a la tierra.

Sobre Paul Auster no me gusta debatir cuando el nombre viene acompañado de conclusiones tan tajantes. A mí me gusta y acabo de comprarme El cuento de Auggie Wren, editado por Lumen e ilustrado por Isol. Sobre Emily ya se me agotaban las teorías. Su rostro había avanzado unos veinte años más cuando dijo el nombre de Khalil, y a medida que caminábamos por los senderos de la reserva, ella y los pájaros entonaban mundos lóbregos y templados, que escapaban a cualquier lenguaje referencial.

–You know, luego se mudaron a Albany, hace unos cinco años…

–Ok, ¿estás tratando de decirme que tú y Khalil han estado viviendo en la misma ciudad durante los últimos cinco años? Why so quiet about that, little one?

–He estado callada tanto tiempo, Paula. Por eso te pedí que vinieras. Ahora mira, allí está el cedro.

Emily alzó la mano y apuntó un monumento verde de al menos treinta metros de altura. A sus pies, algunas piñas y entre las ramas, ardillas, pájaros e insectos. Emily se dirigió al árbol y abrazó el tronco. Yo me senté en la tierra y miré hacia arriba. Se estaba haciendo tarde. Faltaba poco, intuía, para que todo empezara a molestarme.

–So, tell me. ¿Qué es lo que ha ocurrido todo este tiempo con Khalil?

–¿Recuerdas la primera vez que lo vimos? Teníamos doce años. Nos sentíamos perdidos los tres. Y aunque yo no fuera extranjera como ustedes, sentí que no había un lugar en el mundo en el que estuviera más perdida que en ese campamento. Pero cuando lo vi, supe que nos conocíamos desde antes de saber hablar. Era realmente hermoso, con un color de piel que jamás había visto, ni siquiera en la madera de los pisos que tanto obsesionaron a mi padre. No es que lo hubiese deseado. Y sabrá dios cuánto me costó empezar a desear a un hombre después de eso. Lo único que supe es que ese chico era un componente muy antiguo de mi existencia. Y tal vez allí empecé a contemplar el hecho de una existencia propia, por encima de la que solía ver diariamente. Por eso me costaba tanto hablarle, por eso agradecí tanto tu presencia, que parecía inmune a su encanto. Lamenté tanto que mi primer beso no fuera con él. Creo que nunca te conté, además, que mi primer beso fue con Emily Lewis.

–What?!

–Yeah… Es decir, algo en mí insistía en permanecer intacto por su nombre. Luego el campamento se acabó. Hasta que nos vimos de nuevo en Caracas. A los dieciséis años supe que no amaría a nadie como a Khalil.

El viento removió el espíritu del cedro que nos daba sombra. Nada de lo que sucedía a nuestro alrededor nos daba sosiego. La naturaleza se mostraba inquieta en todo su esplendor: los colores de la tarde era de un salvajismo inoportuno y el verano, ahora sí, empezaba a largarse despavorido. Los mosquitos eran otro problema, sumado a mi cansancio de trasbordos y lecturas amontonadas viajando a la Costa Este. Y de alguna manera, me daba un poco de celos lo que Emily estaba contándome. No es fácil lidiar con la buena estrella de las amigas. La verdad, es que siempre quise que el libanés me mirara como a ella. En fin, también estaba muy cansada para mis viejos resentimientos.

–Esa vez él me miró distinto. A los hombres les cuesta un poco darse cuenta de algunas cosas, sobre todo del pasado. No lo sé. No quiero hablar mal de nadie. El asunto es que Khalil me miró por dentro y desde entonces todo fue más difícil. A su tío no le gustaba que saliera con nosotras. ¿Te acuerdas?

–Sí, ese viejo era un ladilloso. Mi papá lo odiaba. Tenía sus ínfulas intelectuales y el hijito ese del que presumía tanto. Bah, en fin.

–Pero antes de que se fuera, pasamos un día juntos. Tú estabas en Mérida con tus tías. Y yo me quedé todo ese día con él. ¿Sabes que me leyó?

–Supongo que a nuestro poeta libanés bautizado con el mismo nombre.

–Exacto. Y yo le leí a Emily Dickinson. Por dios, fui tan feliz.

Emily se mareó. Se llevó las manos a la cara, cuando me acerqué y le sequé el sudor, me di cuenta de lo fría y pálida que estaba ella y todo a su alrededor. Le ordené que emprendiéramos el camino de vuelta, pero no hizo caso.

–A esa edad es difícil plantearse que el alma existe. A esa edad you really want to fuck. That’s the only soul. Pero ni siquiera nos besamos. Khalil sólo me dijo que yo era el cedro en su vida y que sólo por eso no moriría de vuelta en Beirut. Ya lo habían comprometido con Maniero Hakany. Y no sabes, Paula, lo que fueron esos años. No supe nunca más de ese ser al que amaba. Y tú dejaste de venir. Cuando tu madre se mudó a San Diego pensé que te sobrarían las excusas. Pero entiendo, tu mamá es un ser despreciable.

–Yes, she is. Pero no puedo creer lo que me estás contando. Sonabas tan convincente cada vez que decías enamorarte de algún muchacho.

–Bullshit. Just that. Por un tiempo me convencí de que era una estupidez esperar que sucediera un milagro y que la vida me devolviera a Khalil. Hasta que pasó…

–Oh-por-Dios. Esto se pone bueno. ¡Dime que hiciste algo al respecto cuando regresó!, you bitch!

Just tell me something, for the records: ¿realmente te gusta Khalil Gibrán?

–Bueno, tú sabes que lo mío son los rusos. Pero el otro día casi le escupo un ojo al maldito de mi jefe cuando dijo que no le gustaba Gibrán porque olía mucho a sahumerio. Pero no divagues, please. Estamos hablando del otro libanés.

–Es mejor que volvamos. Estarás muy cansada.

De vuelta a casa no pronunció palabra alguna. Lo cierto es que, en efecto, yo estaba muy cansada. Emily me había preparado el cuarto de huéspedes y al entrar me desplomé sobre la cama. Mis zapatos estaban llenos de tierra y hasta que me dormí, sólo pude ver el tamaño del cedro frente a mi vida entera. Como si fuera un monstruo. Luego soñé con Khalil: era un hombre viejo, pero igual de apetecible. Yo en cambio tendría unos ocho años. Estábamos en un jardín precioso, rodeados de árboles de todo tipo: cerezos, sauces, fresnos, acacias, samanes. De pronto el hombre se acercó y yo pensé que a eso le llamaban beduino. De modo que el beduino se acercó, me tomó en sus brazos, acariciando mi cabello dijo que le recordaba a un hermoso caballo negro y que debía irme muy lejos con él, para tener al fin las dos oscuridades que más necesitaba en el mundo. A las cinco de la mañana me desperté con el olor de un café bastante fuerte. Emily estaba en el balcón, con una bata casi transparente. Era bella y estaba descalza, mientras sorbía de la taza con los ojos perdidos en el cielo pardo y ausente. Aún me sentía cansada: desde hacía una semana estaba fuera de mi ciudad, escuchando a las mujeres de mi vida. Me estaba hartando, debo confesar. ¿Cuál es el punto, querida Emily? ¿Que te volviste a encontrar con tu primer amor para que terminaras por fin jodiéndote al tipo? ¿Todo un drama porque eres la amante de un libanés adinerado del condado de Albany? Siempre ha sido difícil tener una amiga como Emily. Desde el principio entiendes que en la vida hay que lidiar con la buena estrella de la gente que quieres: las mujeres como ella lo tienen casi todo (belleza, dinero, caballos, hombres) y se les va la vida sin darse cuenta, planteándose dramas por catálogo que las hagan vivir penosamente. Pero sólo un poco, para tener acaso algo que contar. Sabemos que las tragedias son mejores de contar. Y que la felicidad es eso que cada uno se afana en llamar con un nombre propio, sin alcanzar a entender que para todos es lo mismo. Y que ni siquiera el dolor escapa a esa infidelidad bautismal. Supongo que te vuelves una mala persona cuando las empatías empiezan a mostrar las costuras: se quiere a ciertas personas, pero una termina por despreciarse un poco a sí misma en nombre de ese afecto.

–¿Dormiste bien, Paula? No hemos hablado de ti desde que llegaste.

–No hay nada que contar.

–¿Ni siquiera del profesor Giacomo?

–Mucho menos. Pero creo que aún tú no has terminado de contarme.

–En realidad, me gustaría hacerte una pregunta: ¿en qué piensa una mujer cuando muere el hombre que ella ama?

La miré a la cara y di varias vueltas a la pregunta. ¿Será que todo lo que le pasa a una mujer cuando se enamora tiene estas esquinas rosadas y ridículas? A ver. Mi papá ha estado cerca de morir varias veces los últimos cinco años, y mi mamá, de este lado del continente, ni se ha inmutado. Dudo mucho, además, que mi madre haya amado a alguien en su vida. De hecho, incluso dudo que yo misma haya amado a un hombre en mi vida. La primera vez que lo sentí fue en un campamento de verano, pero de inmediato me di cuenta de que el chico en cuestión prefería a my best friend forever. ¿Entienden lo que quiero decir? Realmente odio venir a Estados Unidos. Y no, no lo sé, no tengo puta idea de qué demonios piensa una mujer cuando se muere el hombre que ella ama.

–No lo sé, Emily. ¿No es muy temprano para semejantes colapsos metafísicos? ¿Qué pregunta es ésa?

–El teléfono sonó hace rato y me hice esa pregunta. Como estás aquí, puedo tratar de responderla en voz alta: piensa en la posibilidad de no seguir existiendo, de mutilarle el alma al cuerpo de todos los días…

–De mutilarle el alma al cuerpo de todos los días, dios mío. ¿Qué le pasa a esta mujer? –me dije, en voz alta también, pero sólo para mis adentros.

–Se imagina los vestidos que tendrá que usar a partir de ahora, se imagina el polvo diario de los objetos y el barro acumulado año tras año en el jardín… Piensa en caminar de prisa para que no la vean cubierta de dudas, de nuevas orfandades por clasificar o para rendir tributo a lo oscuro de su habitación. Piensa que todo lo demás es ceniza y que sólo ella arderá para iluminar el bosque o la noche, que ahora serán lo mismo. Lo cual será fatal, porque un bosque de noche puede hacer un daño perfecto.

–Supongo que un bosque de cedros, ¿no?

–No me estás escuchando, Paulie.

–Es que no entiendo el drama, querida. Are you having an affaire with him? ¿Eso es lo que tienes que decirme, que te sientes horrible porque todos viven en la misma ciudad, porque lo amas y quieres que deje a la mujer siria y a sus cuatro muchachitos por ti? Please, vamos a hablar de realidades y prioridades, que además qué bonito que hacen rima. ¿Cuál es el punto?

–Nunca he dormido con él.

–Bueno, pero dormir es lo de menos. Las esposas tienen el privilegio del sueño. Las amantes, la vigilia báquica.

–¿Cuándo te volviste tan inhumana?

–Algunas intensidades me aburren. No te distraigas. No he viajado tanto para hablar de mi situación política.

–Cuando Khalili regresó de Beirut, nos encontramos en la reserva. Acaba de asentarse en Bristol, Maniero tenía tres meses de embarazo. Alguien le había contado que yo vivía en Albany y que en la reserva había un cedro libanés. De modo que vino en tren. No fue a buscarme, pero nos conseguimos frente al árbol. Así de simple, y aun así nos costó creer que eso estaba pasando. Caminamos un rato, perseguimos mariposas, hablamos de todo lo que conocíamos. Nunca nos besamos. Él no podía. Y yo no lo intentaba. Pero acordamos encontrarnos cada cierto tiempo en la reserva. Así que él siguió teniendo hijos y yo, bueno, te conté. Salí con varias letras griegas en el college. Y un día empezó a leerme a Gibrán de nuevo, y yo a Dickinson. Llamaba por teléfono o se aparecía in so many roads, here in Albany, the so sad city of all. Hasta que se mudaron, los cuatro niños y la esposa, con la excusa de una nueva sucursal del restaurante. A una casa hermosísima y luminosa, cerca del Beth Emmeth Cemetery.

–Well, there´s something cruel about this. Estos hombres que juegan a ser un santo… Creo que deberían irse al infierno. ¿Ustedes en realidad no han hecho lo que hace la humanidad desde que existe? No sé. Esto me parece ridículo. La vida es tan corta, ¿y vamos a pasar el tiempo hablando de valores? Lo peor que él puede hacer en contra de su familia es precisamente lo que hace. Te ama a ti y su alma está siempre en otra parte. Pero finge diariamente frente a ellos que no es así. Y por eso no sé. La honestidad la mayoría de las veces termina pisoteada por estas pretensiones de grandeza.

–¿De verdad es así de simple, Paula? ¿Tú has perdonado a tu mamá por todo lo que hizo?

–No, no, no, no te confundas, my dear. Mi mamá es una puta. Ella no se enamoró de un californiano y defendió la verdad. Ella dejó a mi padre porque lo odiaba, odiaba la manera en que él le rendía tributo y no era capaz de verla como realmente era. El asunto con Khalil es que quiere pasar a la historia como un santo. Y tú estás ahí siguiendo el juego, encerrándote en este teatro isabelino de segunda. Now is so romantic, so beautiful, all surrounded by trees and butterflies. ¿Pero qué te está dando a cambio? ¿Poemas de Gibrán? Es un poco peligroso andar por la vida así.

–Estamos acabando con esto. ¿Trajiste algo negro para ponerte?

–¿Ahora quién se murió? Sería perfecto para el tono que venimos manejando desde que llegué. Drama total.

–Él, Paula. Hace tres meses le diagnosticaron algo fulminante. You know, para ponerle más picante a la cosa, para contarte algo más intenso. Él no quiso verme más. Así que un amigo en común me mantenía informada. Ahora hace dos días que murió, y lo enterrarán esta mañana. Me confirmaron todo por teléfono hace rato. Para eso te pedí que vinieras. No creo poder ir sola hasta Beth Emmeth.

Me quedé en el balcón mientras Emily se bañaba. Traté de imaginarme qué hubiera hecho de haber estado en su lugar todos estos años. Si el hombre que había nacido para mí estaba atado a la vida de otra, con todo el mundo hecho a su medida, en una medida donde yo sólo era el escándalo y la vergüenza, probablemente hubiese hecho exactamente lo mismo. Quizás no, pero quién sabe. Sólo el temor nos permite redimir algunas disonancias: nunca tuve grandes afectos. Mi madre se fue, mi padre maldijo la tierra y a mí sólo me quedó una ciudad donde hace calor y otras veces llueve. Si el amor, si el aliento de los cedros hubiese estado tan cerca de mí, probablemente hubiese bajado la cabeza y empezado a pedir perdón de antemano. Cuando sientes por primera vez que debes pedir perdón, es porque al fin te has rendido al hecho de la muerte que algún día cobrará su impuesto y al peso de tus disonancias naturales. De eso se trata la belleza, de una penitencia para redimir el pecado de todos tus ancestros, incluso por los agravios de los que algún día llevarán tu sangre. Me dio vergüenza odiar a Emily. Me dio vergüenza no estar en su lugar. Cuando empezó a vestirse la miré un momento hasta que finalmente pude caminar hacia ella:

-Lo siento mucho, Emily. Desearía que todo hubiese sido distinto.

-¿Ahora entiendes? Toda otra sorpresa a la larga se vuelve monótona, pero la muerte del hombre amado llena todos los momentos y el ahora, dijo la otra Emily.

-Pero lo quisiste. Alguna vez quisiste a alguien.

-Is that enough?

-No sé. Pero estoy segura de que Khalil pensó en ti hasta el final. Seguro se arrepintió de lo que no hizo.

Por un momento creí que, efectivamente, era posible que entre dos mujeres no hubiese una hostilidad antigua y casi sagrada.

Ella condujo hasta Beth Emmeth Cemetery. El verano, ya sin preámbulo alguno, se había extinguido para siempre. Si hubiese tenido que describir la ciudad esta mañana se lo hubiese pedido a un amigo del postgrado que relata las ciudades como si fueran emociones. A veces para hablar de una ciudad o de una emoción tienes que haberlas sentido primero, y hundirte sobre todo en el silencio con el que se construyen las grandes cosas que le pasan a los hombres: a veces se trata sólo del roce de una mano o de las voces que fundan el carácter. No lo sé. De golpe, sentía que no era yo. No sé si a eso le llamamos sentir piedad, o al menos, empatía. Otra vez deseaba estar en el lugar de Emily, pero también anhelaba que ella supiera que la quería, que yo seguía siendo yo y que desde allí estaba a su lado. Al llegar, de inmediato divisamos a la gran familia libanesa que había volado de todas partes del mundo para despedir al hermoso Khalil. Emily se desplomó, sin nada de por medio. El llanto llegó despacio y luego no tuvo respiro. La cabeza contra el volante empezó a estrellarse cada vez con más fuerza. Entonces la abracé y ella empezó a gemir en mi pecho, diciendo que el mundo era cruel, que el tiempo no tenía remedio. Yo también lloré, y me di cuenta de que en realidad ya no recordaba el rostro de Khalil, tanto como podía recordar algunos versos de aquel poeta libanés, inmediatamente enmudecidos por los de la poeta de Amherst:

El día irrumpió, tuvimos que separarnos,

ahora ninguno de los dos era más fuerte,

él luchó, yo también luché,

¡pero no lo hicimos a pesar de todo!

Me sorprendió escuchar esas palabras en mi cabeza. Nunca fui una gran lectora de Dickinson, supongo que por el simple y visceral hecho de que mi amiga se llamaba como ella y eso me molestaba un poco. Pero mientras mi Emily lloraba con rabia, maldiciendo todos los olimpos conocidos, y Khalil era sepultado bajo los discretos llantos de su familia, pensé que entonces para eso servía la poesía: otra vez para pedir perdón por las disonancias que teníamos con el mundo. Para que el dolor de los otros fuera la medida de la propia desolación, acaso de la eternidad a la que cada uno aspiraba en secreto. Supongo que la poesía espera que también nos volvamos bondadosos. Lo suficiente para que ella misma alcance el perdón.

Cuando regresé a Caracas me costó varios días volver a creer que era feliz, a pesar de la montaña, de los pájaros de La Floresta que se despiertan a las cuatro, de esa sensiblería que constituye mi redención y mi mediocre fe en el porvenir, en un país que también tenía sus vicios y sus acepciones sin grises de por medio: imaginé por semanas lo amarga que sería la tierra bajo los pies de Emily, caminando hacia el cedro de Albany. Empecé a leerla a ella en voz alta. Al libanés, sólo a veces, cuando el metro pasaba distraído entre nosotros.





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