lunes, 9 de agosto de 2010

Cuatro cuentos de Antonio López Orteaga

Por Vasco Szinetar


EL OTRO SENO

Je pense plus longtemps peut-être éperdument

À l’autre, au sein brûlé d’une antique amazone.

Stéphane Mallarmé


Conocer París a los veinte años puede llevarte a un verdadero abismo. Todo pulula, todo se amplifica, y no sabes bien por qué. El aire, la amistad, el amor… todo evoluciona de manera distinta y se hace forzosamente más intenso. La ciudad te cautiva no por sus cielos, tampoco por su grisura invernal, aún menos por sus lluvias intermitentes, sino acaso por una mezcla de tonos, por las sombras, por el orden de una formidable reclusión. El Sena no es especialmente hermoso, pero su paso a lo largo de las edades, los puentes que lo cruzan, el crepitar de sus aguas en la orilla, te lo convierten en un espejo recurrente. Las calles son atajos, los parques pequeños limbos, las plazas encrucijadas instantáneas. Hay algo de redondez en el diagrama de una ciudad que gira en torno a un punto, acaso isla diminuta, en la que cualquier recorrido cumple el trazo de un círculo invisible. Caminas creyendo ir de un punto a otro, pero puedes estar regresando al origen sin saberlo. Te tienta la imagen de ciudad congelada, detenida en el tiempo, por la que los mortales pasan y desaparecen, sin saber que las ruinas van absorbiendo pasiones, tragedias, desvaríos. Las piedras de los muros, los adoquines de las calles, resguardan infinidad de historias. Y no es finalmente en París donde sus habitantes creen vivir, sino es París la que vive en el corazón de sus habitantes. Un corazón, por cierto, que crece, que decrece, que puede parar de latir en el momento menos pensado.

1979 es el año de mi llegada, y más específicamente febrero, quizás el peor mes para aterrizar en la ciudad luz. La primera impresión fue decepcionante: un frío que mordía la piel, agua cayendo sin parar, oscuridad en pleno mediodía. Entrabas a un café y el mesonero te ponía mala cara sino le hablabas en su idioma, le preguntabas algo a un conserje y te regañaba, le tocabas la puerta a un vecino y aparecía un viejo gruñón. Más que la ciudad del mayo francés, parecía una ciudad de la posguerra, con los ánimos alterados y la antipatía a flor de piel. Mis planes no estaban claros, vale decir, aunque un curso intensivo de francés y cultura francesa me esperaba a los pocos días. Tenía la vaga idea de que debía continuar mis estudios de Letras, interrumpidos en Caracas, pero ahora quizás buscando una sofisticación mayor: Literatura comparada, a la sazón una corriente en ascenso. Me alojé muy al sur, entre la Cité Universitaire y la Porte de Gentilly, en una calle llena de edificios que respondía al nombre de rue d’Arcueil. Allí encontré un estudio pequeño, con un recuadro que era a la vez dormitorio, sala y comedor, y un pasillo que anexaba la cocina y el baño. De entre toda la pequeñez, me gustaba el ventanal amplio, panorámico, que pese al invierno me aportaba el mayor caudal de luz posible. Desde esa atalaya podía ver la estación terminal de buses de la línea 21, algunas residencias de la Cité, un tramo mínimo del périphérique. También, de reojo, una punta del parque Montsouris, para mí sin duda el más hermoso de la ciudad, con su estanque rodeado de pinos y sus cisnes entrando al agua de tarde en tarde. Con la llegada de la primavera, me fui mudando para esos espacios, untándome de verdor mientras pasaba horas leyendo en uno de sus bancos. En la rue d’Arcueil compré mi primera baguette, y también allí probé mi primer éclair de café, que aún saboreo en el paladar. No sabía cocinar, pero con algo de intuición y no pocos chascos comenzaron a salir unos muy contados platos. Entre pâtés baratos y camemberts pastosos podía subsistir cuando la plata escaseaba.

Incursioné en la ciudad, tímidamente primero y luego con más confianza, a través de la línea 21. Era una bendición tenerla a pie de casa, porque atravesaba la ciudad de sur a norte y moría en la Gare Saint-Lazare. El autobús recorría primero los muy residenciales barrios del quatorzième, pasaba cerca de Denfert-Rochereau, llegaba al Quartier Latin por el parque de Luxemburgo, bajaba por Saint-Michel hasta La Sorbona, cruzaba por Cité con la imagen gótica de Nôtre-Dame al fondo, doblaba en Châtelet buscando el Louvre y luego entraba en Palais-Royale para desembocar en Ópera: una operación turística que podía hacer todos los días desde una simple ventana. Las primeras venas de mi particular ciudad fueron las calles de la línea 21, y a partir de esa ruta, especie de médula espinal, me fui aventurando hacia las ramificaciones. Sorpresa mayor fue descubrir que la misma línea me podía dejar en la parada Les Écoles, que era la que me correspondía para atender mi curso intensivo de francés. El trayecto entre rue d’Arcueil y Les Écoles sería, a lo sumo, de media hora, pero yo disfrutaba ese paisaje móvil, cambiante, como si fuera siempre por primera vez. Avistar desde varias cuadras atrás el Jardín de Luxemburgo, con sus castaños enfilados y sus rejas imperiales, me parecía una escena renovada. También alrededor de esa fuente estuve tardes enteras, mientras hacía tiempo entre una clase y otra o simplemente almorzaba.

En el primer curso semestral, de unas cinco horas diarias, coincidimos unos doce estudiantes. Había unos tres o cuatro iraníes, siempre en grupo, que sonreían si sonreías o se enseriaban si te enseriabas. También una muy joven guatemalteca, de apenas diecisiete años, que siempre combinaba sus ojos grises con abrigos también grises. Luego una distante mujer de Bahamas, distinguida, que ejercía en sus maneras un racismo al revés: contra los blancos. Y por último, una hermosa italiana de Trieste, que recordaba a una joven Monica Vitti, con el rasgo distintivo de un lunar cercano a la boca. Adicionalmente, poco a poco se me fue revelando, siempre sentada atrás, una mujer en sus cuarenta años que resultó ser venezolana. Era de Maracay y estaba casada con el agregado militar apostado en la embajada. Su oído no era muy bueno y pronunciaba las frases con un acento vidrioso. Madame Pailleux, una docente inolvidable, la hacía repetir sílaba por sílaba, pero no se veía mayor progreso. Apenada quizás por sus limitaciones, se fue arrinconando a tan sólo escuchar, sin involucrarse demasiado en los diálogos. Hacia la mitad del semestre, en un café cercano, la maracayera me confesó sus signos vitales: había contraído nupcias con un hombre que cultivaba amantes, una en cada puerto. Bastó el primer año de bodas, con un crío en los brazos, para que el coronel sólo la buscara por razones de protocolo y de crianza. Era un jarrón de tez morena, con buenos sentimientos pero sin lugar en el mundo. Sus ojos se humedecían cuando reanudaba su relato de vida.

Con Madame Pailleux aprendimos el idioma de Rabellais, de eso no cabe duda. Menuda, de baja estatura y temple nervioso, sabía cómo penetrar los espíritus. Tenía un método original: recurría al pizarrón y escribía en grande, pronunciaba en voz alta, cantaba ciertas palabras para denotar acentuación. No permitía que nadie se le quedara rezagado, salvo quizás la maracayera, a quien entendía por otras razones. Con los iraníes se exigía a fondo, porque eran lentos y todo el tiempo hablaban entre sí. En un momento dado, trató de ponerlos por separado, pero a la larga volvían a coincidir en pupitres contiguos y reiniciaban la comidilla. Vigilaba todo: escritura, lectura, pronunciación. Fue cuidando todos los detalles, hasta los sentimientos: a la italiana, que al dominar su idioma natal creía que hablaba como una reina, la silenciaba un poco más de la cuenta porque el acento la delataba; y a la guatemalteca, que por tímida poco intervenía, la ponía a hablar todo el tiempo porque tenía una de las mejores entonaciones del grupo. Un velo de complicidad se fue tejiendo y, hacia el final del semestre, Madame Pailleux veía a sus polluelos hablar con gran soltura y sentido de corrección. Después de la última clase, a manera de despedida, quiso organizar una fiesta en su casa en la que ella ofrecería platos especiales a cambio de recibir algunas de las muestras gastronómicas de nuestros respectivos países. La italiana se destacó con un tiramisù, la de Bahamas llevó algo de mal aspecto pero de buen sabor, y los iraníes, que cocinaron en un comedor universitario, llevaron un plato que se les pasó de fuego. Describían en buen francés lo que ha debido ser la resultante, pero de la descripción nadie comía. El vino fue irrigando la sangre durante toda la noche y al final bailábamos, con Madame Pailleux como la mejor exponente y la italiana con una asombrosa falta de ritmo. En una última imagen, estoy viendo a uno de los iraníes sacar a la de Bahamas sin que ésta estuviera muy convencida. Bailaba con desgano, esperando que la pieza terminara, mientras el iraní mostraba a los otros su particular trofeo: haber puesto a danzar a la inconmovible antillana.

El verano fue llegando junto a la luz que se alargaba por las tardes. La transformación de la ciudad se hacía radical: los cielos despejados, los árboles brotados, los olores zumbando después del encierro invernal. Pero así como los espacios se abrían, vorágines de turistas los sepultaban. Iban como borregos, uno detrás de otro, y los más predecibles eran los japoneses, riendo y tomando fotos. Mal que bien, el curso había sido intenso en amistades y vivencias, pero ahora debía esperar dos meses hasta el inicio del siguiente, en septiembre, pues a diferencia de mis compañeros yo no tenía planes de viaje. Una tarde, regresando de un atardecer prolongado en el parque Montsouris, recibía una nueva llamada de un viejo conocido: Gustavo Morales. Con Gustavo había hablado los primeros días, recién llegado, y era él quien me había dado la pista de mi estudio en rue d’Arcueil. Sentía que, pese a sus atenciones, yo no lo correspondía como debía. Pero no era desinterés ni desapego lo que me movía, sino más bien el rechazo de recuperar la vieja jerga venezolana, de la que huía por predecible y boba. A Gustavo lo conocía de años atrás, cuando juntos animábamos en Caracas una revista primeriza de periodismo y letras. Algo mayor que yo, unos cinco años quizás, siempre ejercía una leve ductoría en los demás, que a veces se traducía en estar más al día que cualquiera en cuanto a novedades culturales, lanzamientos editoriales y escritores emergentes. Ya tenía en París dos años y se movía con soltura. Había logrado, además, un pequeño espacio en Radio France International que le permitía hablar sobre cultura latinoamericana en París a todo el continente americano. Eran años en los que Jesús Soto, Alejo Carpentier o Les Luthiers podían coincidir en la gran ciudad, y ya eso era noticia. Su pasión era el cine, que dominaba con verdadera erudición, pero en sus ratos libres escribía, nunca confiando mucho en sí mismo, pues al morir descubrimos unos tres manuscritos de novelas que nadie había leído. En síntesis, y con tiempo de sobra por delante, Gustavo me invitaba a pasar por su casa. Yo le agradecía la invitación con sinceridad, pues ya la soledad comenzaba a hincar sus colmillos en mis tardes prolongadas.

Como en otras oportunidades, me equivocaba con Gustavo. Y al llegar a su casa, en el muy bohemio onzième, me encontré un mundo variopinto. Pasaban las horas y entre copas de vino iba descubriendo cineastas, fotógrafos, artistas y escritores. Lo curioso es que provenían de mundos diversos: había puertorriqueños, colombianos, rumanos, polacos y, por supuesto, franceses. La escena, entre velas, cojines por el suelo y manjares que cada quien traía, representaba la ciudad de la acogida, del exilio, de la mezcla entre las artes y las letras. Un trasfondo ruinoso de viejas edificaciones, una ciudad traspasada por celtas y romanos, acogía a esta tropa expresiva, dicharachera y con proyectos inconclusos a granel. Sentía descubrir la ciudad verdadera, no ya la de los estudios con iraníes desorientados e italianas señoriales, sino la de los artistas verdaderos, que pujaban por emular a los maestros del pasado y también dejar huella. Advertí que Gustavo, quizás por su posición en Radio France, se relacionaba con las diferentes comunidades y se alimentaba de ellas. Su pequeño apartamento, con todos los invitados apelmazados, era un verdadero centro de irradiación adonde los jóvenes artistas iban o desde donde salían en busca de nuevos rumbos. En el fondo, o al centro, Gustavo recibía, abrazaba o comentaba. Se le veía contento, consciente de sí, y se enorgullecía de propiciar esos remolinos de ideas y visiones. Esa noche casi no hablamos, no se daba abasto, pero sí quiso abrazarme y presentarme a un par de escritores con los que no hablé mucho. Prefería ver, detallar las caras, fijar los gestos, adivinar la luz en ciertos rostros y hasta reconocer los discursos que parecían más sólidos por entre tanta algarabía y risas sueltas. Y allí, en un destello, la pude ver, arrellana en un cojín, abstraída y más sola que nunca.

Se llamaba Tracy y era una neoyorquina gruesa, de baja estatura, pelo a la altura de las orejas y siempre con una batola blanca de falsa maternidad. Sus ojos eran pequeños, débiles, y unos lentes gruesos, de pasta, los engrandecían. Era ancha de caderas y sus muslos rozaban entre sí cuando caminaba. En su rostro se podía adivinar la niña que había sido, hasta cierto punto primorosa, pero esas formas quedaban sepultadas por pliegues adiposos y una boca triste. Nunca entendí qué me llevó a ella si la sola escena de la fiesta me extasiaba, acaso descubrir que era la única que no hablaba o compartía, pero al rato yo ocupaba el cojín contiguo al suyo e intentaba preguntarle cualquier cosa: sus orígenes, por ejemplo, sus razones para estar en París, su amistad con Gustavo. Fue parca al principio, descortés, y al responder miraba el cielorraso:

–Estoy en París por Mallarmé– llegó a decirme para cortar por lo sano.

–Cómo Mallarmé; no entiendo– le contestaba con sorpresa.

–Mallarmé, sí; estoy cursando un doctorado sobre su poesía.

–Ah, qué interesante. Y cuál sería el enfoque.

–Mejor lo dejamos para otra ocasión– me decía bruscamente al levantarse–, pues cada vez que lo explico nadie me entiende. Saludos.

Su francés respondía a una armoniosa construcción, aunque se le sentía un dejo de inglés neoyorquino que terminaba siendo agradable. Percibí un ligero sufrimiento, de mujer rechazada, de inteligencia incomprendida. Estaba acostumbrada a no agradar, y por lo tanto no guardaba las formas. Cierta condición arisca la ayudaba a sobrevivir, a concentrarse en lo suyo, sin estar pendiente de los demás. Días después, hablando por teléfono con Gustavo, me habló de una mujer erudita, obsesiva, algo trágica, a quien había entrevistado una vez en su programa sin entender todo lo que decía. Citaba versos de memoria, cuestionaba ciertas entonaciones, hablaba del Anatole como de un poema inconcluso. Se asumía como albacea, no digamos del gran simbolista, pero al menos sí de ciertas porciones significantes de la obra que habían escapado al propio autor. Según Tracy, el genio expresivo de Mallarmé no llegó a ser consciente de la fuerza enigmática de algunos de sus pasajes. Ciertas líneas lo superaban por estar atadas más al inconsciente colectivo que a su férrea voluntad versificadora. Allí el poema se hacía más hondo, más libre, más universal. Mallarmé contra Mallarmé, llegó a decirle Tracy a Gustavo al cierre de su espacio y él no pudo distinguir a qué respondían los dos roles.

De Tracy no supe más después de la fiesta y septiembre fue llegando con hojas caídas. Este nuevo semestre implicaba un nivel idiomático más avanzado y muy pronto comenzamos a recibir conferencias en el anfiteatro Richelieu. Eran en la mañana, de nueve a once, y había profesores realmente sorprendentes. El encargado de literatura del siglo XX, de nombre Truchet, era más espectáculo que otra cosa. Irrumpía en el anfiteatro como si ya viniera hablando con nosotros de antes, vociferando, y más que discursear construía un relato con final in crescendo. Nos emocionaba narrándonos la convalescencia de Proust, lenta y morosa, o nos describía el accidente mortal de Barthes, allí mismo en Les Écoles, bajo las ruedas de un automovilista imprudente. Salía como llegaba, con gesto teatral, sin nunca despedirse, quizás para indicarnos que sus conferencias eran un acto continuo, sin pausa, que no tenían principio ni fin. El elenco de esta clase sí cambiaba dramáticamente y ya yo extrañaba a mis iraníes y a la dulce guatemalteca. Nunca supe por qué no siguieron, a menos que su único interés haya sido los rudimentos de la lengua, pero me hacían falta en los recesos. El nuevo grupo era más indiferente, compuesto por oleadas nórdicas, ente suecos y noruegos, y por estadounidenses. Cada uno a lo suyo, tristemente, y sin intercambio alguno, ni siquiera a la salida o en los cafés cercanos. A la tercera semana, creo, ya tenía como fijación a una sueca que concentraba demasiada belleza en su rostro y demasiada sensualidad en su cuerpo. Todavía en otoño, se aparecía con sandalias y una cadena tobillera de oro que era el anticipo de una moda que vino mucho después. Me apetecía arrancarle la tobillera con los dientes y besarle los pies. Pero hasta allí la ensoñación, pues de cada acercamiento ni siquiera extraía una sonrisa. El mundo, para la sueca, quedaba literalmente en sus pies, cerca de la tobillera, y ella lo aplastaba dulcemente en cada paso que daba. Transcurrió el semestre entero y ni siquiera supe su nombre. Aún hoy la veo, intacta, con su melena castaña, sus ojos casi azules y el rapto que anidaba su cintura. Su altivez lejana, su antipatía, me siguen cautivando.

En este semestre las relaciones se redujeron y tuve que recluirme en mi estudio de rue d’Arcueil. El otoño ayudó un poco, sobre todo en el parque Montsouris, adonde iba cada tarde para rescatar tonalidades. Siempre con librito en mano, se suponía que debía leer, pero más podía el concierto de las hojas, la elegancia quieta de un cisne entrando al agua. Me esperaba un invierno frío, literalmente a la vuelta de la esquina, y la reclusión me deprimía un poco. Mi cuerpo enfermó, sin percatarme al inicio, y contraje una gripe fuerte, que no reconocía cura. Limonadas calientes, tés variados o comprimidos antigripales no variaron la escena. Estuve una semana sin cambiarme, entre una vigilia engañosa y pesadillas recurrentes, apenas refugiándome en el ventanal, que además me traía una escena gris, invariable, de lluvia lenta. De este pozo me sacó Gustavo, gracias a una llamada. Se apareció en casa con un amigo médico y supe que tenía un principio de bronquitis. Los antibióticos fueron cercando el malestar y a los dos días pude bañarme. Estuve horas bajo la ducha, creyendo que me dormía un arroyo. Era difícil retomar energías en pleno invierno, pero ya lo peor había pasado. Cuando reaparecí en clase, nadie se percató de mi ausencia. Pero con todo e indiferencia, agradecí el rescate de ese mundo nórdico, con sueca y tobillera incluidas. El resto de mi ánimo perdido lo repuso Truchet, con sus entradas y salidas intempestivas: hablaba de Mallarmé, casualmente, y centraba su narrativa en la muerte del pequeño hijo Anatole, quien de alguna manera arrastra al poeta a su tumba. Recordé de inmediato a Tracy, sin saber de sus pasos, y quise hablar con Gustavo.

Nos citamos en un café de Nation, donde antes nos habíamos encontrado, y recuperamos el hilo. A él le agradaba verme recuperado, y yo sentía la obligación de agradecerle sus invariables atenciones: el estudio, la invitación a la fiesta, la visita médica. Volvía a sentir que la relación no era recíproca: que yo lo abandonaba, sin tenerlo presente, y que él velaba por mí, cuidando de que no me encerrara demasiado en la rue d’Arcueil. Me habló esa tarde de un nuevo género audiovisual, el videoarte, y se aprestaba a grabar uno, a dos horas al sur de París, con una colega de Radio France. Yo no le prestaba demasiada atención, pero reconocía su entusiasmo. No me imaginaba qué podía filmarse cuando todo era nieve tapizando los campos. Le pregunté por Tracy y no supo darme muchas noticias. Tan sólo que su escolaridad concluía y que ahora sólo le restaba la tesis doctoral. Había viajado a Nueva York, por Navidades, pero nada sabía de su retorno. Como me sintió más curioso que con el tema del videoarte, terminó dándome su teléfono, que anoté en una servilleta. La doblé y me la metí en el bolsillo superior del abrigo, creyendo que también protegía a Tracy. No estaba seguro de llamarla, pues apenas habíamos hablado en la fiesta y no me reconocería, pero tener sus señas me devolvía una extraña tranquilidad. En cualquier momento, me decía, podía llamarla y recuperar aquella conversión trunca, a menos que un tono hosco del otro lado de la línea me contuviera. El resto de la tarde fue escuchar a Gustavo: sus planes, sus noticias, sus proyectos en la radio. Su entusiasmo era inalterable y siempre quería hacer partícipes a los demás. Nos despedimos con un abrazo mientras él anunciaba una nueva fiesta para celebrar el arribo de la primavera.

Los juegos que entablé con Tracy no eran honestos: marcaba su número, la escuchaba decir Hello, y colgaba. Confieso que al comienzo fue para cerciorarme de su regreso, pero al cabo era para fastidiarla. Oyéndola cuando atendía, incluso insultando a su interlocutor fantasma, yo me preguntaba si entablar un diálogo era posible. No debía esperar mucho tiempo más, porque el olvido caía lentamente sobre la fiesta lejana y quizás los cabos no se atarían. Hacia febrero terminaba mi curso con Truchet y sólo mediaba un semestre más antes de encarar mi carrera de Literatura Comparada. Me decidí por cursarla en Paris III, específicamente en Censier, porque el cuerpo profesoral gozaba de merecida fama. Con la llegada franca de la primavera, hacia abril, me animé a llamar a Tracy y salir del molesto anonimato:

–¿Aló? ¿Hablo con Tracy?– era la pregunta de un tartamudo.

–¿Quién llama?– en perfecto francés.

–Es el amigo de Gustavo, ¿recuerdas? Hablamos de Mallarmé…

–Sí, claro, te recuerdo bien. ¿Y quién te dio mi teléfono?

–Bueno, se lo pedí a Gustavo porque…

–Gustavo me ha debido preguntar primero. No entiendo por qué…

–Bueno, no te preocupes, no es su culpa. Yo sólo quería preguntarte cómo iba la tesis y si tenías…

–Precisamente ando en ella ahora y tengo poco tiempo para…

–De acuerdo, de acuerdo. La verdad es que no quiero molestarte. Como he estado leyendo un poco a Mallarmé, pues me he acordado de ti.

–¿Leyendo o estudiando?

–Bueno, más bien estoy siguiendo un ciclo de conferencias con Truchet.

–Truchet no sabe nada de Mallarmé. Es un operático: canta en vez de sostener sus argumentos.

–Sí, claro, pero a mí me ha resultado una buena ruta para acercarme al poeta…

–Uno no se acerca a Mallarmé; uno sencillamente llega, si es que llegas. Puedes estarlo leyendo por años y siempre pasar de largo por sus versos.

–Sí, te entiendo. ¿Y en tu tesis sientes que llegas o no? –me permitía el primer guiño.

–Digamos que no lo sé. Comencé por un enunciado y en el transcurso lo he abandonado. Ahora me he ido a otro punto y no estoy segura. Nada de lo que tengo me complace y el tiempo pasa. Tengo defensa en octubre y no sé si estaré lista.

–Bueno, si en algo puedo ayudarte de más decir que…

–Estas no son cosas para hablarlas por teléfono. Y además me encuentras en un mal momento…

–Bueno, si prefieres que hablemos en persona, insisto en que…

–Vamos a dejarlo hasta aquí. Y si necesito contactarte, llamo a Gustavo. Saludos.

Era la quintaesencia de Tracy: directa, gruñona, sin rodeos. Me contentaba hallarla tal como la imaginaba. En ese encierro de tesis, con una sola recta por delante hasta acabar en octubre, la intuía desaliñada, más desarreglada que nunca, sin necesidad de asearse o vestirse. El abandono físico era también una manera de llegar al maestro, pues a mayor concentración, me decía, mayores hallazgos. Sin embargo, Tracy no parecía avanzar mucho. Quizás se exigía demasiado, quizás interpretaba en exceso, quizás quería llegar adonde el mismo Stéphane no había llegado. Dejé pasar los días y aguardar la fiesta primaveral de Gustavo con la esperanza de verla por segunda vez. Mi tercer y último semestre preparatorio había comenzado en marzo, esta vez con lecturas de autores clásicos, y el panorama nórdico no variaba. A la sueca con tobillera no volví a verla, pero sí a algunos de sus connacionales. Muy claramente, este último grupo era de estudiosos serios, ya encaminados, y al cabo de unos meses saltarían a sus respectivas carreras. No contaba yo con la animosidad de Truchet, necesaria para leer a Corneille o a Racine, y así los meses pasaban sin demasiadas emociones. Sólo hacia finales de abril, con la anunciada fiesta primaveral de Gustavo, pude ver nuevamente a Tracy. La escena de artistas aglomerados se repetía con pocas variables, y curiosamente Tracy se arrinconaba en el mismo cojín de la primera vez. No la abordé desde el principio porque Gustavo me presentaba nuevas caras que yo saludaba sin ánimo y también porque dos o tres copas de vino le caerían bien antes de retomar la conversación. Uno de los puertorriqueños puso música bailable y lo que antes eran estacas clavadas en el estrecho piso pasaron a ser dardos voladores. Sencillamente, todo el mundo movía sus caderas y las pocas sillas o cojines se llevaban a los rincones. La pobre Tracy, destronada de su cojín, se levantó ofuscada y buscó a tientas, entre los cuerpos movedizos, una especie de balcón, también estrecho, que con sus cincuenta centímetros de saliente daba a la calle. Allí encontró refugio, respirando el frío primaveral, y hasta allí me acerqué para escapar del acoso puertorriqueño.

Puedo decir que, pese a perder su rincón, la encontré más calmada, viendo todo el tiempo hacia la calle y los balcones vecinos. Caía hacia la media noche una lluvia muy fina, casi rocío, y bajo el efecto de los postes de luz se formaban telarañas. Comenzó a hablar sola, sin mirarme. Sólo necesitaba de un escucha para no pasar por loca. Trato de transcribir ese fragmento crudo, por demás irrepetible, quizás no para reproducir su sentido profundo, que siempre se me escapará, pero al menos sí para dar cuenta de lo que podría ser un hilo, una secuencia, una historia rota:

–Mi tesis girará en torno a un solo poema; con eso es suficiente. Pasa por un texto menor, quizás el último escrito antes de Un coup de dés, pero para mí es el punto mayor de su obra. He leído ese soneto hasta el hartazgo, hasta arañarme la piel, sin reconocer adónde me lleva. Porque sé que me lleva, sé que me arrastra, pero no atino a descifrar qué es lo que de él encuentra sintonía en mí. Puedo determinar que Pafos fue una ciudad chipriota, puedo saber que la nenia es un canto luctuoso, puedo imaginar el jacinto asociado a la gloria de algún guerrero, pero hasta ahí llega mi lectura. ¿Por qué la asociación de esos elementos me evocan una instancia sobre la que no puedo razonar? ¿Por qué sólo me conformo con imágenes, con visiones, y dejo que mi espíritu quede preso? Mi proyecto no tiene sentido, pero no tengo otro. Seré motivo de burla y el jurado me rebajará a soldado raso. ¿Una tesis doctoral, de quinientas páginas, sobre un soneto de apenas catorce líneas? ¿Quién puede entender semejante disparate? Pero me dejo llevar, serenamente, porque nada tengo que oponer.

Tracy seguía enfocando la calle mojada y dijo mucho más de lo que ahora puedo anotar. Conforme hablaba, se iba silenciando, casi hasta el susurro. En toda la noche no crucé palabra con ella, pues las bases de un diálogo no estaban dadas. Apenas un monólogo, que bajo mi presencia accedió a soliloquio. Tracy hablaba para sí porque la comprensión de sus semejantes se esfumaba. En ese trance ya estaba desde antes y apenas aparentaba lo que todos querían ver como cordura. Fue la última noche que estuve con ella porque los acontecimientos posteriores nos llevaron a polos opuestos. Me queda la lluvia, me queda su humanidad hinchada, me queda ahora como legado el soneto de Mallarmé.

A una semana de la fiesta primaveral, una noticia inadmisible mordía mis oídos: mi querido Gustavo Morales moría en el mismo apartamento de sus fiestas multicolores, víctima de una deficiencia congénita. No tenía treinta años y ya desaparecía de escena. Pensaba en su vitalidad, en su capacidad para producir concordia, y no entendía la furia del zarpazo. Alguien encontró el cuerpo una mañana porque faltó a uno solo de sus programas y lo fueron a buscar. La familia de Caracas se empeñó en trasladar el cadáver y los trámites se hicieron penosos. Me aparté de esa vorágine, que Gustavo no merecía, y lloré por el espacio amoroso que se esfumaba. Como nunca lamenté mi falta de correspondencia, mi incapacidad de retribuirle tanto empeño. Guardo uno de sus manuscritos y de vez en cuando lo leo. No diré que es una novela buena, pero sí que tiene fragmentos apreciables. Lo que Gustavo veía como narración, con un poco de olfato y carpintería, ha podido convertirse en un buen diario o en un cuaderno de máximas o apostillas. No tenía talento para eso y lo sabía. Por eso quiso llevarse sus manuscritos a la tumba, para no ocupar las horas de lectores exigentes: hasta allí podía llegar su sentido del respeto y la consideración. Con la muerte de Gustavo, también Tracy desaparecía del mapa. Sin fiestas, sin puentes, sin amigos comunes, el acoso se hacía más difícil. Yo no le interesaba demasiado; yo fui apenas el pretexto para que ella pudiera anudar algunas ideas. La imaginé por un tiempo deambulando por París: sentada en el Jardin de Plantes, comiendo en Le Marais, subida en el Pont-des-Arts. No eran sus escenas, sino las mías, pero yo la proyectaba a mi lado para sentirla cerca, como la noche del balcón. El teléfono que me dio Gustavo nunca más respondió, y varias veces recorrí la rue Monsieur-le-Prince confiando en que pudiera verla. En esa misma calle, Gustavo me llevó a probar una inolvidable tartalette au citron que a su vez Tracy le había hecho descubrir. Pruebo cada vez que puedo la tartalette y siento que Tracy vive en la misma calle donde saboreo el cruce de limón con merengue.

Tracy ya no está pero para mí vive presa en el soneto de Mallarmé. No sé qué habrá sido de su doctorado, de su defensa, pero yo guardo parte de su legado. La imagino leyendo alguna estampa de Pafos y evocando una lejana ruina mediterránea bañada por el sucesivo mar. En ese falso paisaje algo o alguien muere, pero nadie se enluta. Importa es oler el perfume de la carne quemada y descubrir los senos chamuscados de antiguas amazonas. Lo hacían por guerreras: para tirar mejor al arco o para arrojar mejor las lanzas. El seno vivo, de belleza imperturbable, que quedaba erizado en los torsos magníficos, será siempre apreciado por la plebe de lectores que se sumerge en la leyenda, pero nadie piensa, como Mallarmé o como Tracy, en el otro, en el que sucumbe al rojo vivo, lenta belleza que las páginas reducen a brasas. Quise creer que Tracy también llevaba un seno muerto, quizás operado o reducido por el cáncer, y que el refugio que le brindaban las amazonas era único. El falso paisaje era el de su propio pecho y sólo el soneto de Mallarmé le mostraba que en la pérdida también hay belleza.


RÍO DE SANGRE

Las cosas parecen no tener nombre en Canaima. Este río, esta laguna que se forma, el salto de más allá... nada tiene un nombre específico. Es la selva, me digo, la selva sin nombre. Y quién sabe si allí resida precisamente el encanto de la selva, la atracción de la selva: en ella todo pierde sentido, en ella perdemos el sentido.

La idea del viaje fue del tío Delio (y habrá que agradecérselo de por vida). Una idea simple: pasarnos tres días, un fin de semana largo, en el campamento vacacional de Canaima. Algo planificado, con collarcitos, monos cautivos y excursiones. Tres días de gloria, vale decir, tres días en que todos los primos (Ana, Carlos, Arturo, Germán y yo) perdimos el nombre.

Estamos ya en el avión rumbo al paraíso y el piloto anuncia la pronta aparición del Salto Ángel por nuestro flanco izquierdo. Lo vimos, entre nubes lo vimos. La imagen aparecía y se borraba (como en un sueño). Una imagen intermitente, un señuelo que nos indicaba que estábamos y no estábamos en la realidad. El Salto Ángel se nos ofrecía por pedazos: el hilo de los inicios, el cuerpo que luego se angosta, la trama milenaria y colorida de los suelos, el vapor del final de la caída (una nube más para nuestro sueño). Y de pronto, en un nuevo giro del avión, esta vez sí, la desnudez franca, altiva, prehistórica, del salto. Algo en nosotros entendía a cabalidad que entrábamos en otro mundo y que esa infinitud de allá abajo nos abrazaba como sus nuevas criaturas.

Llegamos a Canaima con la cadencia del salto, sumidos en el asombro del salto. El campamento era lo previsible: indígenas con collarcitos en la pista de aterrizaje (una estampa aborrecible: "Welcome to Canaima", nos decían); cabañas sembradas a todo lo largo de la colina (¿llamar colina a este asentamiento, a este ensayo urbanizador en medio de la selva?); una churuata central que hacía las veces de comedor; el estruendo del salto más allá; y, en lo bajo, móvil como una revelación, la laguna frente a nuestros ojos, plácida y a la vez engañosa, con remolinos ocultos que se llevaban a más de uno hacia la selva sin nombre.

Lo primero fue el color del agua: ese negro específico, que se degradaba entre nuestras manos hacia el rojo, hacia el marrón, hacia el mostaza, hacia el color de la orina. Un color único, inolvidable, como de roca desgastada; un aliento profundo, suponíamos, lleno de tintes ocultos, secretos. Nos sumergíamos en esa agua como esponjas, buscando llevarnos algo de los pigmentos del lecho, buscando que nuestros poros se abrieran lentos como plantas carnívoras y dejaran de ser poros (perder el nombre), se convirtieran en otra cosa. Horas en el agua, como renacuajos, como batracios hartos y contentos, pero también como toninas, sí, toninas de agua dulce saltando en el esplendor de las formas.

La laguna tenía la forma de una interrogante y nosotros nos bañábamos en la curvatura superior. Éramos una pregunta en medio de la selva, una corazonada, un pretexto. El agua se arremolinaba alrededor de árboles muertos que mostraban sus troncos a flote como esqueletos. Eran vestigios de una vida pasada, de una falsa resistencia: árboles lavados como boyas flotantes, como maderos de un muelle extraviado que ya sólo servían para bifurcar la corriente del agua. Desde el principio supimos que no podíamos adentrarnos hacia lo hondo: apenas perdíamos el pie, la corriente nos arrastraba con decisión. Jugamos también a ese miedo: llegar hasta ese punto de equilibrio en el que la corriente nos podía llevar.

La segunda jornada también había sido anunciada. Se llegaba hasta un borde de la cascada y, con cuidado, por un caminito angosto, se pasaba por detrás de la cortina de agua hasta llegar a unas cavernas breves que la misma erosión del salto había ido formado a lo largo de los siglos. Era un vértigo, un paso más hacia el extravío definitivo. Permanecimos allí, por horas, acuclillados, sentados como podíamos, viendo y oyendo el estruendo. No se podía hablar: el sonido era omnipresente. Sólo nos veíamos y sonreíamos (cómplices). Germán improvisó una varita y extendía el cabo hacia la caída de agua. En milésimas de segundo, la corriente le arrancó la varita de las manos, pulverizándola. Teníamos a la muerte enfrente: recia, incólume, sonora, constante. Y la encarábamos, le decíamos con nuestro lenguaje de entonces: "Tú allá, que nosotros siempre aquí."

El ruido de la cascada podía llegar a ser el silencio (de tan constante). Era un ruido sin sobrerrelieves, adosado a nada, infinitamente continuo. Era también el silencio de la muerte, pensábamos, un silencio quieto en el que se dejaban oír distantes quejidos, almas en pena. A la vuelta, como un reflejo que sigue vibrando en la retina, el ruido seguía en nosotros. Era un zumbido en nuestros oídos. El hilo sonoro nos acompañó durante el resto del día recordándonos algo, prefigurándonos algo. Esa noche, al abrigo de la cabaña, fue inevitable que cayéramos en cuentos de aparecidos. Recreaba yo una escena exacta, verosímil, de una noche en Lagunillas. Haberme levantado de la cama para ir a tomar agua; haber puesto mis piecitos en el suelo; haber visto la mano franca, callosa, con nudillos, que me sujeta el tobillo para que no me vaya. Desde esos días, sé que alguien duerme bajo mi cama: es un alter ego, es mi contraparte, es la criatura que hoy encuentro en la cascada.

La tercera jornada fue la definitiva. Nunca más fuimos los mismos a partir de ese día. La selva nos suspendía, nos hacía flotar, nos empequeñecía, nos volvía insignificantes; partículas de un todo, nos creía lianas, serpientes, fieras, espíritus a la deriva. Teníamos que remontar el río que caía en la cascada. Nos íbamos por una de las orillas, río arriba, para embarcarnos en una curiara con motor fuera de borda. Un indio bajo, recio, con camisa rosada, era el guía. Apenas hablaba: se manejaba con monosílabos y gestos rígidos. Levantaba de golpe el brazo y señalaba algo: un tepuy, una isla en medio del río, una caída de agua lateral. Fuimos cayendo en esa maravilla compacta, resumida, hecha para nosotros, tibios animales urbanos. Fuimos cayendo en esa ensoñación vaga, vaporosa, que nos iba ocultando el nombre de las cosas.

Remontar la corriente del río significaba perdernos, adentrarnos en busca de los orígenes. El río se estrechaba en cada avance que dábamos. Lo único que sobresalía en el horizonte era el Auyantepuy, nos decía el guía, el flanco trasero del Auyantepuy: un muro todo de piedra (marrón, gris, negro, rojizo) que se levantaba como una columna de aire en medio de la selva; un movimiento abrupto, voluntarioso, de querer cortar el horizonte, de imponerle un límite al horizonte. Un sol en la tierra… Nuestro único punto de orientación, nuestra única referencia.

El guía se acerca a la ribera del margen izquierdo y decide hacer una breve escala. El sitio nos descubre una cascada veloz, lineal, espumosa, que se precipitaba por tres niveles sucesivos de lajas para recogerse más abajo en un pozuelo profundo cercado de piedras. Fue nuestra fiesta del día. Las lajas eran toboganes naturales por los que nos deslizábamos ebrios hasta caer con todo el peso de nuestros cuerpos en el pozuelo... Una diversión instantánea, cautiva, que nos reconcentraba en nuestros miedos; un abreboca que la selva nos ofrecía tibiamente, como para que fuéramos tomando confianza con las formas que no conocíamos.

Dejamos la cascada y retomamos la travesía. El río se iba encogiendo en un cauce estrecho y el negro de sus aguas se hacía más cerrado. Un espejo de cuarzo, pensamos, un espejo impenetrable. De pronto, majestuosa y serena, una culebra de agua atravesaba el río. El guía levanta el brazo de golpe y señala más allá, hacia adelante. Vemos una cabeza altiva, sobresaliendo del agua, y, más atrás, como perturbando la superficie, las ondas sucesivas del reptil. No quisimos imaginarnos el tamaño (es una conjetura que hemos dejado para la especulación de nuestros días, cada vez que los primos nos reencontramos), pero en nuestros recuentos la hemos visto siempre grande, enorme, anudando una margen con la otra. Hemos soñado con la imagen de esa cabeza en el medio del río. Una imagen recortada, espléndida, momentánea, que nos resume la travesía como una idea fija.

Llegábamos a la isla prometida (fin de nuestra jornada). El guía se reservaba en ese punto la preparación de un almuerzo. Era, en efecto, una isla, una especie de cuñeta que bifurcaba la corriente. Nos recibía una punta de la isla, apenas una ribera arenosa, donde la vegetación hacía un claro. Era una guarida (otra guarida) para nuestros miedos, era el espacio perfecto. Estuvimos allí, merodeando, confiscando cada pedazo de islote, reconociéndolo: dos piedras altas; la arena amarilla bajo las aguas; otro pozuelo más allá en forma de aguamanil; una vegetación próspera, incitante, que crecía hacia adentro, allí donde la isla se abría.

Nos apartamos Germán y yo, nos fuimos como rindiendo, como sumiendo en un juego extraño, definitivo, mientras el guía juntaba unas brasas para asar un pescado empalado. Era como un rapto. Los inicios eran una bendición: una vegetación baja; pajonales dispersos, crecientes, entre troncos caídos; arbustos del tamaño de una persona que proyectaban sombras enconadas. Era nuestro extravío, nuestra deriva apacible. Comenzamos a distinguir tres niveles en la vegetación: un nivel mayor, de árboles centenarios, los que recogían la luz del sol, cuyas copas proyectaban una primera capa de sombras; un segundo nivel intermedio de arbustos medianos, como de dos a tres metros, que crecían a expensas de la protección de los primeros; y un tercer nivel, rastrero, más nuestro, donde evolucionaba con total libertad una vegetación variada y acezante.

En un momento dado, todo llegaba a ser vegetación. No veíamos el cielo: apenas las copas protectoras de los árboles más grandes. La luz entraba en haces por las rendijas libres que dejaba el follaje: túneles tubulares que ahuyentaban las sombras. La isla invitaba y nos fuimos apartando de la ribera. Fue un juego de espadas lo primero: dos varas que Germán había improvisado con su navajita, una esgrima precaria que elaborábamos creyéndonos dos mosqueteros de la selva. Pero de esa escaramuza pasábamos a otra, a una expedición secreta que debía rescatar a una doncella en el medio del bosque. La selva nos invitaba al inicio por senderos visibles que nos facilitaban el avance. Abríamos nuestras piernas para saltar los troncos caídos o algún matorral indescriptible hasta que, poco a poco, sin que nos diéramos cuenta, estábamos en el corazón de los grandes árboles y ya varias lianas colgantes nos peinaban las cabezas.

Fue el momento mayor: el de la pérdida, el de no seguir avanzando, el de reconocer que habíamos extraviado todo rastro, el de sentir que éramos dos criaturas más dentro del bullicio. La selva respiraba, latía. Su corazón debía estar en alguna parte: un infierno rojo, una gran fogata subterránea, crepitando bajo nuestros pies. Nos detuvimos, nos detuvimos en el medio de nada, en el medio de todo. Nos sentamos en un tronco caído, grueso, el manojo de raíces elevándose tres metros por encima de nuestras cabezas, todavía con pedazos de tierra colgando como bolsas de agua suspendidas. Sudábamos profusamente y nuestra respiración era un pálpito. No hacíamos nada: sólo esperar, observar. En verdad, no estábamos asustados. Era apenas una tregua, nos decíamos, un breve descanso que nos permitiera reiniciar la empresa: salvar a la doncella cautiva, en manos del algún espíritu de la selva.

Costaba creer que estuviéramos en el medio de una isla. No se percibía el menor rumor de agua fluyendo. Sólo el murmullo de las criaturas, de todas las criaturas (su respiración acezante). Un chisporroteo preciso, como de hojarasca quebrándose, en el horizonte medio de nuestros pechos. Nos oíamos a nosotros mismos: el crepitar del corazón, mínimo corazón en medio de la inmensidad; un tuntún cálido, encabritado, galopando por las venas que nos irrigaban los cuerpos; la sangre llamando a otra sangre, la sangre queriendo reencontrar un flujo mayor, abierto, totalizante; ríos confluyendo hacia una gran matriz de sentido: el origen sanguinolento de las aguas. Éramos un vaso capilar, una arteria, un caño de esa gran circulación de la sangre a la que todos nuestros líquidos contribuían: la saliva reseca en el paladar, el sudor pegostoso de nuestra frente, la orina contenida en la vejiga. De pronto, como respondiendo al llamado, Germán abrió su bragueta y orientó el chorro hacia la base del tronco caído: el flujo amarillento fue desprendiendo partículas de madera podrida, hinchando el hoyo de los hormigueros, creando inundaciones momentáneas para seres minúsculos, invisibles, fermentando los suelos, abonando los suelos, reencontrando la circulación secreta de los suelos.

Una mano rígida me sujetaba el hombro. Era el guía de camisa rosada, cansado ya de buscarnos. Volvimos a la ribera por otro sendero para encontrarnos luego con los primos y el tío Delio. En medio del pescado y del casabe fue difícil hablar de lo que habíamos sentido. No era la doncella (nunca la encontramos), no era el extravío sin nombre. No. Era algo más, algo indefinible de lo que todavía hablamos sin tregua. Era la pérdida sin límites: la selva extraviada en nosotros y nosotros extraviados en la selva.

Con el tiempo, he querido sentir en la mano rígida del guía sobre mi hombro la misma intensidad de la mano callosa que me sujeta el tobillo en Lagunillas. Es la misma mano la que me sujeta, es el mismo ser. Sé que una selva secreta, recóndita, respira bajo mi cama.


LA MANSIÓN EMBRUJADA

La noticia se escurrió lenta hasta nuestros oídos: inauguraban un autocine en la urbanización. Abriendo los ojos como búhos, mi hermano y yo nos miraríamos bajo el efecto de un hechizo. Luego buscaríamos las bicicletas en el patio, inventaríamos una excusa ante la madre distraída (bordaba un tucán en la nueva falda de mi hermana) y nos perderíamos tras el velo que comenzaba a dibujar la noche.

Contaban que, saltando el muro de los Barnola y abriendo un hueco en la cerca de alambres, podía llegarse a una ladera de pinos que lindaba con el autocine.

Fuimos, en total, unos ocho.

Los afiches —puestos a todo lo largo de la urbanización— anunciaban el estreno de una película de terror: "La mansión embrujada". El recuerdo quiere resumirla en contadas secuencias. Una familia —padre, madre, hijo y abuela paterna— llega a una hermosa casa de campo en donde piensa pasar algunos días. El ama de llaves les da la bienvenida, departe instrucciones generales y le pide muy especialmente a la madre que la única atención que requiere la casa es subir diariamente un desayuno sencillo en una bandeja que debe colocarse en la pequeña antesala del único dormitorio del ático. La propietaria —se nos dice— es una pobre mujer inválida que se desliza en su silla de ruedas por sobre el piso de madera y que apenas alcanza a asomarse de tarde en tarde por la única ventana del cuarto.

El ama de llaves se despide y nosotros —mimetizados en los troncos rugosos de los pinos— comenzamos a juntarnos hombro a hombro. La película se acelera y el miedo nos va paralizando. Nos identificamos con el niño cuando casi se ahoga en una piscina de aguas súbitamente encrespadas. Sufrimos con el padre cuando un bosque viviente le paraliza el avance del automóvil. Morimos con la abuela —inolvidable Bette Davis— cuando el pálido conductor de un carruaje tirado por caballos negros llama de pronto a la puerta y le arroja el ataúd que llevará sus propios restos.

Alberto —el menor de los Barnola— comienza a llorar y pide que lo devuelvan a casa justo en el momento en que algunos de nosotros hemos comenzado a sospechar de la madre: enigmática Karen Black que no ha dejado de llevar religiosamente la bandeja todas las mañanas para luego recogerla vacía al final de la tarde.

Ya en las postrimerías, el desencajado rostro de Olíver Reed —hombre débil y enamoradizo— le implora a la esposa que abandonen la mansión, que salven sus vidas.

Abrazados todos en la ladera como una cadena humana, entre ventiscas Y música de acordes tenebrosos, vemos cómo el hombre enciende el automóvil, cómo el hijo se monta en el asiento trasero, cómo la esposa pide unos minutos para despedirse de la propietaria, cómo el hombre le dice que no, que no suba, cómo ella insiste, cómo sube hasta el ático, cómo el hombre espera, cómo la mujer no baja, cómo el hombre pierde la paciencia, cómo sube de dos en dos los escalones para buscarla, cómo grita llamándola, cómo llega hasta la antesala del ático y encuentra la bandeja vacía, cómo irrumpe de golpe en el dormitorio, cómo se encuentra a la vieja de espaldas en su silla de ruedas, cómo la ve mirando por la ventana, cómo le pregunta por la esposa sin que la vieja conteste, cómo la cámara —que somos nosotros en la ladera— comienza a girar lentamente para descubrimos que la vieja es la esposa, que la esposa es la encarnación del alma de la casa, cómo el hombre grita —junto con nosotros—, cómo retrocede hasta salir disparado por la ventana, cómo su cuerpo cae en cámara lenta desde el ático, cómo su rostro se estrella contra el parabrisas del automóvil, cómo sólo nos quedamos con el aullido del hijo viendo la cara ensangrentada del padre...

Algunas imágenes nos siguieron alimentando durante meses: el rostro magistralmente envejecido de Karen Black, los ojos brotados de Oliver Reed, la orfandad radical de un niño que grita.

Regresamos sudorosos y pedaleando como bestias.

Aún creo oír a mi hermano despertándome en medio de sollozos, aún lo siento escurrirse en mi cama con la piel de gallina, aún lo recuerdo poniendo leche y pan duro en una bandeja que luego dejaría en el patio para las almas extraviadas.


EL CURSO DE APONWAU

Quiero recordar a Nicole. Quiero recordar sus ojos azules, estriados, dos nebulosas que concentran gases y partículas errantes. Quiero oponer la quietud de su mirada a este vértigo que me consume y paraliza. Si veo a Hélène a mi lado, si la veo tiritar de frío —marcados sus senos en la blusa empapada— y estrujarme el brazo izquierdo como si sus manos fueran tenazas, siento que es más bien mi cuerpo extendido, mi cuerpo abierto que quiere absorber este espacio inextrincable, este paisaje abarrotado que parece devorarse a sí mismo. Y he visto los ojos de Nicole, mi hija de ocho años, como disueltos o devueltos por el agua. He recuperado una mueca precisa, austera —su nariz que se encoje ante un mal olor—, y en vano he querido oponerla a este precipicio. Porque todo es precipicio en este momento: el latido de mi corazón y el rápido fluir de las aguas, los loros cantarines que sobrevuelan y el rumor del río contra las piedras. He extraído el aguamarina de sus breves ojos y he querido proyectarlo como una cutícula sobre las aguas gruesas, raigales, que oscilan entre un marrón oscuro y un rojo emergente. Ejercicio inútil de quien sólo puede ver, de quien sólo puede pensar.

A estas alturas, Chantilly debe ser una referencia remota, un lugar de nacimiento en mi pasaporte, un pueblo de escasas calles y contadas casas. La gente del mundo —nos decimos— viene a probar nuestra afamada crema. De generación en generación, hemos batido esta leche con parsimonia, con sabiduría, buscando el punto exacto en el que la crema cristaliza y se devuelve con sus rizos amarillentos. Los visitantes en verano recorren las calles y van probando las diferentes texturas hasta que, agotados de caminar y degustar, terminan como lagartos bajo el sol en los alrededores del castillo, viendo las fuentes con sus nobles juegos de agua o recorriendo las terrazas pedregosas por donde alguna vez correteaban caballos. Imagino a Nicole batiendo crema con la abuela y esa visión me consuela.

Vinimos a parar en estas tierras extrañas por un empeño de Hélène. "Probar algo distinto" —decía risueña con su pelo recogido y su delantal bordado. Un año de trabajo, una ampliación del restaurante para tener una sección de cafetería, ameritaban ciertamente una tregua, un cambio. El aviso de prensa que ofrecía una ruta de turismo ecológico nos conduce de París a Caracas y, desde allí, en un santiamén, hasta la Gran Sabana. La frágil avioneta que supera la selva intrincada y nos va descubriendo los largos ríos serpenteantes esquiva las nubes con destreza y cae en unos vacíos que hacen temblar el fuselaje. Hélène se cuelga de la ventanilla y, extasiada, recorre con sus ojos el manto vegetal como buscando algún punto de tierra que no esté asfixiado por ese tentáculo verde e infinito. De pronto se vuelve de la ventanilla y, nuevamente risueña, me dice: "Parece brócoli; la selva parece brócoli".

Ya en el campamento, conocemos al guía Carlos y a una pareja de alemanes de Bavaria. Christian e Inken son algo inexpresivos y sólo se comunican entre sí. Christian, espigado y rubio, toma fotos sin parar: la mueca del monito capuchino que salta de rama en rama, el plumaje de la guacamaya enjaulada, la risa contenida de dos indios pemones que sirven bebidas y barren las churuatas. Inken, baja y algo gruesa de caderas, se mece en una lenta hamaca mientras lee una revista de farándula. Cuesta tragar el aire viscoso de estas tierras y resistir el calor pegajoso que arruina cualquier vestimenta. Hélène se inventa recorridos por los alrededores para terminar sumergida de vuelta bajo la ducha sin reconocer la resequedad de su cuerpo. Caemos de noche exhaustos en nuestras camas y comemos cuanto nos sirven en unas amplias fuentes de madera.

Liworiwo es la primera palabra que Hélène intenta grabar en su mente. La pronuncia por sílabas, lentamente, como si se le escapara. "Li—wo—ri—wo" —dice, y de seguidas se ríe sin razón alguna, como si la palabra fuera una cuerda vocal que hiciera resonar algo en su alma agitada de estos días. El guía Carlos ha anunciado una primera excursión y ha mencionado el puerto ribereño Liworiwo, a orillas del río Aponwao, como el punto de partida. "Ya verán el salto de agua —afirma confiado en la sobremesa—; es un espectáculo inolvidable." Hélène duerme como agitada y esa noche alguno de sus resoplidos ha debido despertarme en plena madrugada. Veo aún bajo la lámpara de gas una gota de sudor que le surca la frente mientras afuera el zumbido unánime de millares de insectos tapiza mis oídos.

La camioneta rústica que nos lleva del campamento a Liworiwo va salvando charcos y triturando maderos caídos. Carlos conduce con dificultad y nos va bamboleando en los asientos traseros. El alemán Christian, alzado como un gigante en el borde de la cabina descubierta, enfoca ángulos en medio de la espesura: ramas salientes o floridas, otra vez monos capuchinos, aves suspendidas en los cielos como cabezas de alfileres. El trayecto nos deposita cansados y mareados a orillas del río Aponwao. Liworiwo se nos revela como un atracadero fangoso, con tres casuchas desechas y un muelle destartalado cuyas bases apenas resisten el empuje de las aguas. En este punto la selva se detiene, desalentada, y ofrece un respiro, un desfiladero donde los suelos secos se reconocen y se mezclan con las aguas de la orilla para formar pozuelos marrones, espejos turbios donde nada se refleja.

Serpenteando ya en bajada, cabeceando conforme las ruedas se hunden o afloran, hemos comenzado a oír el rumor del río. Primero una caricia en nuestros oídos, como de zancudo que va y viene, luego una vibración más homogénea, de susurro líquido, y por último, ya casi en la orilla, un tronar hondo, milenario, que se vuelve agudo cuando las rocas dividen las aguas y grave cuando el río corre a sus anchas. Ese bramido, que de tan regular se convierte en un segundo grado del silencio, nos ha atemorizado a primera vista (o a primera escucha). El majestuoso cuerpo de agua, que se arremolina por momentos en las orillas y corre raudo sobre el lecho salvando la gravidez de su propio tamaño, impone un sentido unívoco a las cosas. Se diría silencio congelado, quietud engendrada a fuerza de zozobra, vida arrancada a un cuerpo que elabora sus muertes sucesivas conforme avanza. Este es el río Aponwao y siento que Hélène lo percibe sin que pueda decírmelo: apenas me estruja el brazo izquierdo con mano nerviosa como si la sola visión del río pudiera arrastrarla hasta la caída y desmembrarla sobre las rocas filosas.

A estas alturas ya debemos semejar unos sobrevivientes, unos náufragos (o expulsados) del paisaje. Somos cuerpos sudados, resentidos, que pierden la memoria de sus hábitos y sólo responden a los impulsos del entorno. El guía Carlos le hace señas a un indio pemón y éste aproxima con no pocas maniobras una curiara al atracadero. Un motor fuera de borda de cuarenta caballos ronronea y expulsa escupitajos de agua que percuten en la superficie y enrarecen el espejo suspendido del río. La alemana Inken pisa los pocos maderos del muelle y logra abordar la curiara con la ayuda de su gigante Christian mientras Hélène y yo nos acomodamos en el otro borde para equilibrar la embarcación. Entre nosotros, todo ha sido hasta ahora señas y gestos amables. Nosotros hablamos alguna noche de Chantilly (que no conocían) y ellos de Munich (que sí conocíamos) en un código secreto donde algunas palabras francesas calzaban por entre vocablos alemanes. Seguimos a la espera de que Carlos se embarque cuando, de una de las casas de la orilla, sale un hombre con sotana y una mujer con un crío entre los brazos y otros cinco niños más que la rodean. Los veo conversando por minutos y luego aproximarse al muelle. Carlos nos presenta al párroco de Tumeremo, Ricardo Benedetti, y a la maestra Cruz Basanta con sus seis hijos. Entendemos de inmediato que todos abordarán la embarcación y compartirán con nosotros el viaje hasta el salto del Aponwao. Christian no se siente cómodo de lo que considera una intromisión y le dice a Carlos algo ininteligible que el ronroneo del motor disuelve en el aire.

La curiara construye su lenta deriva, como si sólo el impulso del río bastara para removerla. El puerto de Liworiwo es un punto de barro en el horizonte cuando Christian se va hacia la proa, se alza como un vigía y comienza a tomar fotos de las piedras sobresalientes y de las orillas saturadas de vegetación. Los niños traman un murmullo contenido pero no se separan de sus banquetas, como si un temor ancestral los retuviera y les indicara que la única libertad de la travesía es la mirada. De vuelta a su puesto inicial, adivinando los huecos que dejan entre sí las banquetas paralelas con los zancos que son sus piernas, Christian ha condescendido a tomarle una foto a ese grupo de lo que para él son nativos. El revelado posterior en Munich ha debido resaltar las cinco caritas mestizas, el rostro adusto de la maestra con el bebé envuelto entre telas y la circunspección del cura con no poco sudor en su frente que un pañuelo blanco sucesivamente seca. Inken llorará sobre esa foto y la colocará en el reborde de la chimenea casera al lado de sus abuelos germánicos y de sus futuros descendientes.

Río abajo, con una aceleración creciente y un rumor que las aguas enturbiadas amplifican como si de un eco permanente se tratara, la curiara avanza dubitativa. Por momentos, el motorista pemón ha jugado a poner el motor en retroceso para contener el empuje de la corriente y suspendernos en un solo punto. Esta estabilidad aparente nos ha maravillado y ha impulsado a Christian a tomar nuevas fotos. A sólo sesenta metros del salto, donde una cuerda suspendida de orilla a orilla señala el fin de la travesía y el comienzo de una imaginaria zona de seguridad, Christian ha enfocado las nubes de vapor que se desprenden al final del río y permiten adivinar la vertiginosa caída. Un ruido profundo, vertical, ensordecedor, se va apoderando del ánimo colectivo y nos paraliza como víctimas de una voluntad mayor. Los niños se crispan, endurecen sus bracitos a ambos lados de las banquetas y sienten cómo un rocío les limpia los poros de la piel. La mano extraviada de Karina, la niña de ocho años de la maestra Basanta, ha sujetado la mía con fuerza inconsciente y a mí me ha parecido ver (o sentir) la manito de Nicole, distante pero extrañamente cercana.

Una maniobra postrera del motorista nos acerca a un claro en la ribera izquierda. Suerte de mirador del salto, todos descendemos con ánimo de grabar esa última imagen de la cascada salvaje, acaso la más cercana. El cuerpo de agua se disuelve en una nube omnipresente como si los cielos hubieran bajado a tierra y el tronar de tempestades variables sonara al unísono. El silencio que impone el salto se sobrepone al nuestro y nos entierra en la orilla como estacas. Cuesta creer que justamente ahora, sobrecogidos como criaturas que abren por primera vez los ojos y descubren el paraíso, tengamos que abordar nuevamente la curiara y emprender el retorno. Cuesta creer que el motorista encienda con dificultad el motor ronroneante para que a los treinta segundos, ya ganado el curso central del río, la máquina se ahogue entre empujones falsos. El pemón rodea rápidamente con la cuerda el cabezal de arranque y tira una y otra vez. El cansado motor responde dando borbotones y agitándose como si tuviera escalofríos. La embarcación deriva hacia el salto, primero imperceptiblemente y luego con aceleración, cuando el pemón logra reanimar el motor y arrancarle otro soplo de vida. No han pasado otros treinta segundos cuando el motor vuelve a apagarse y el pemón reinicia la maniobra de la cuerda de encendido como si quisiera darle latigazos al aire.

Es difícil describir dónde estábamos mientras todo esto sucedía. Porque estábamos en la embarcación, sin duda, pero a la vez veíamos la cadena de acontecimientos como si estuviéramos afuera, como si nos hubiéramos quedado en la orilla con nuestro salto y quienes hubiesen reembarcado fueran otros, quizás nuestros cuerpos absortos, liberados del alma que ya flotaba junto al vapor del salto. No alcanzábamos a reaccionar y nuestros movimientos eran los del indio pemón. Ni el guía Carlos atinaba a decir palabra ni el párroco a pronunciar alguna frase, alguna súplica. La curiara deriva hacia la cuerda de seguridad y, justo al pasarla por debajo, el pemón logra en un latigazo extremo reanimar el zumbido y remontar el trayecto aguas arriba. Un suspiro tácito ganaba los corazones, una tregua de apenas treinta metros recuperados que se apagaba con el último empujón epiléptico del motor.

Al ganar nuevamente la cuerda de seguridad, a sólo sesenta metros del salto, el guía Carlos grita que tenemos que abandonar la curiara. No explica cómo ni hacia dónde pero argumenta que hay que ganar la orilla a nado. Christian es el primero en reaccionar: se yergue como un titán y se lanza al agua arrastrando a Inken de la mano. Bracean con dificultad pero la corriente, más benigna con los cuerpos que con la curiara, los deja detrás de la embarcación. Carlos le pide entonces al párroco que salte, que salve su vida, pero Benedetti ya ha juntado sus palmas a modo de plegaria para encomendarse al Supremo. "No nadan —alcanza a balbucear—; los niños no nadan. Salte Usted que mi salvación está con ellos." Cruz Basanta aprieta el bulto viviente que respira entre las telas y los niños la rodean como una cadena humana. Es allí cuando el guía Carlos me increpa que salte y yo estrujo la mano de Hélène sin saber qué hacer. Faltando cuarenta metros para la caída libre, Carlos salta impulsándose desde la popa y nada como un poseso buscando la ribera izquierda.

Quise abrazar a Karina y llevármela. Quise tomarla de la mano y saltar junto a Hélène para salvarle la vida. Yo miro a la maestra Cruz (yo la estoy mirando todavía) como buscando su consentimiento, como aguardando un ápice de aprobación. Pero el padre me da a entender que es inútil, que no podré con ese cuerpo inerte y la furia de la corriente a sólo treinta metros de la catarata. Dejo entonces el bracito de Karina, lo sujeto nuevamente de la banqueta y lo abandono como un madero flotante. El agua que me recibe al saltar es un agua fría, viva, que me arrastra los pies a una velocidad mayor que la de la superficie. Intento flotar junto a Hélène y bracear y patalear con rabia hasta ganar con dificultad la orilla izquierda a sólo diez metros del salto.

La última imagen que retengo es móvil: quiere mostrarme la mancha oscura de la sotana al lado de otra multicolor que confunde carne y vestimentas, quiere mostrarme la curiara sumergiéndose en la nebulosa de agua y el pemón de pie que insiste en darle latigazos inútiles al motor. Ya de vuelta en Chantilly, no sé qué orilla verdadera habré alcanzado ni qué tipo de salvación. Sólo sé que el curso del Aponwao corre por mis venas en lugar de mi sangre. Al cabo de los años, me limito a abrazar a Hélène en las noches de invierno y a sujetar, camino del colegio, la manito fría de Nicole como si de la mano sumergida de Karina se tratara.

1 comentario:

Jesús Garrido dijo...

perdón, llegué por accidente, estaba hablando con mi amiga cuando un inoportuno mosquito se ha detenido en la pantalla de mi teléfono móvil, echaré un vistazo a tu blog, [el mosquito ha muerto, lo he chafao]