domingo, 25 de julio de 2010

Tres narradoras venezolanas

BAR NUAGE
Dina Piera Di Donato

Cuando entraron dos, incrustradas de pedrerías particularmente notables, hacía rato que yo me había convertido en bicho de jardín y me columpiaba en la orla dorada que colgaba del espejo que todo lo reflejaba tornasol. No estaba empericada, ni siquiera borracha: es que yo era lamentable, terrosa e insignificante como esos caracoles babosos que viven en la lechuga, sencillamente eso. Para la época además había heredado un guardarropas con grises, marinos, y gamas de negros espeluznantes, porque yo había deseado mucho tiempo el alma lujosa de una mujer que solamente me dejó antes de irse su ropa vieja.

Convencida de que su ausencia había quedado entre faldas y chaquetas me vestía desde entonces como ella, a ver si... A ver si nada. En realidad tenía que terminar un cuento donde se hablara de ratas, cantantes, ertzabeths, brujas de blancanieves, alimañas y otras criaturas. Entonces mi amiga Lou Man de Resc, escritora como yo (la de Josefina y las piedras) vino a verme una tarde con su colección de sombreros antigüos y hasta un ala de murciélago. Me dejó el cuarto de trabajo como una funeraria de las de antes (las de ahora son salones de té) y, a punto de clavarle un alfiler de cabeza de perla a la mujer de espaldas de Man Ray, me dijo que hacía falta mucha ropa negra, té de casis, perfume de aramís y ya... tendría la atmósfera clarita y podría al fin terminar el libro que llevaba siglos parado. Por Lou me acordé del magnífico armario con ropa de otra época y lugares que todavía andaba como un viejo fantasma doméstico por algún rincón de la casa. Lo abrí y las bolitas de naftalina salieron lanzadas y se estrellaron contra el piso espejeante donde yo me había mirado los últimos meses porque no me atrevía a acudir a espejos de verdad, desde el día que ella se fue.

Casi todo lo cupo en una Chevrolet y ya había arrancado cuando asomó la cabeza y chilló: el armario te puede servir. Y qué podía hacer yo delante de la cosa desproporcionada que me caía encima, eso de irse y sólo dejarme chillidos para un último recuerdo, porque lo que era el armario no lo iba a guardar. Jamás. Fuí a buscar fósforos, encendí uno, pero en lugar de quemar la mole maldita me encendí los cabellos que para entonces me iban por la cintura. Corrí por toda la casa aullando con la cabeza en llamas y cuando la saqué de la bañera se me aclaró que lo de su alma legítima había sido puro fraude, pero yo me había quedado entre otras cosas sin mi única belleza. Clausuré los espejos. Hasta que vino Lou con la receta para terminar libros empezados de los que no queremos acordarnos pero que un día regresan, llaman apremiantes y uno no tiene más remedio que volver a escribirlos y esta vez hasta el fin. Entonces uno se hace un cuerpo apropiado para la ocasión y del armario obtuve demodés interesantes y un espejo de cristal borroso, ideal para los animalitos de tierra como yo.

Poco después, peses a las ideas de Lou, seguía encerrada y sin escribir otra cosa que poemas de despedida. Y ya salía algo, al banco, al parque. Y los poemas seguían pero eso sí, me vestía impecablemente, hasta de velo en la cara y todo si el sol no me devolvía. Ya casi me acostumbraba a recitar y a desplazarme a oscuras como los ciegos, por temor a que me vieran; no bien llegada a algún sitio público buscaba un buen escondite, hasta la noche del Nouge.

Noche memorable en la que A. A. Roland me arrastró al bar de mujeres más lindo de Caracas. Yo me dejé hacer porque ella era mi monumental ángel de la guarda. Arcángel Azalea se dedicaba a hacer el bien, como otros pueden tener la manía de las dagas antiguas o la acumulación de datos para tesis interminables. Ocupaciones de paciencia alimentadas por fotos raras y complicadas tácticas de rastreos inútiles; sin recursos, sin poder salir del país, por ejemplo, difícilmente se consiguen más de cinco antiguedades pero tú terminas sabiendo qué es lo que buscas y te vuelves un experto que reune la más bonita colección de información sobre el tema. A Arcángel Azalea se le iba también la vida revisando insólitas teorías antropológicas sobre el amor y por las tardes cantaba en las iglesias. La noche era para sus amigos, era la mamá incestuosa de todos y cada uno. A. Azalea creía en la felicidad porque había sufrido lo indecible hacía años. Se había vuelto refinada y eficaz en sus empresas. No más Lou contarle de mí, se apareció en deidad protectora, Arcángel. Emergió de la ventana y mi derecha, también clausurada, en toda su inmensidad con túnica de vestal marcada con sus iniciales en dorado y el rostro como recién tallado de una sola pieza, seguramente de un colmillo de marfil. Me apartó del espejo manchado del armario, me dio consejos para la piel y entre los presentes me dejó una edición rara del Collar de la Paloma, una torta de queso, y entradas para su recital de Canciones de Cuna. Después siguió viniendo, con el periódico para ayudarme a buscar trabajo o leerme los chismes locales, con partituras o con orquídeas amarillas, color que reservaba a los no—amantes. Hasta que logró sacarme del encierro por las noches. Ahora reinaba en medio de la pista del Nouge.

Desde mi rincón el lugar se me antojaba como una catacumba, con el Arcángel oficiando. Pero la escena no duró mucho porque me introducía en un lugar y a la media hora salía corriendo para una cita al otro lado de la ciudad. Ya yo andaba melancólica cuando el escenario se llenó de nuevo: dos incrustradas de pedrerías legítimas hicieron su aparición. Todo el bar contuvo la respiración. Seguían a una señora que tenía como único adorno un llamativo lunar en la mejilla derecha. Los astros del techo relumbraron en dirección de las recién llegadas, todo el mundo se enamoró de ellas. Eran perfectas; no se reían en voz alta, empezaron a beber de lo más caro, no le sonreían a desconocidas, hacían pasos de bailarinas profesionales, y sus trajes de firma no se parecían a los de nadie. Y se sentaron con la dama, o más bien. Pero se sentaron con la... Por qué estaba ya llamando dama a la mujer del lunar me inquietó. Eso de sentir la Dama en una particular me había traído hasta ahora desagrados. Las Damas no me habían servido sino para los versos donde la nostalgia de eternidad del juglar reventara su cuerda y además yo estaba en el bar más lindo para divertirme. Claro que aquella mujer era misteriosísima aunque no tan digna de ser mirada, además ella no le quitaba los ojos a las pantallas de video, ni siquiera se inmutó cuando llegaron rosas a la mesa y con tarjeta. Yo aparté todas las cortinas de humo que pude y casi me caiga del espejo donde me escondía, porque tenía que adivinar quién había enviado el ramo. Tal vez la diplomática que ya se les está acercando y hace reverencias y se lleva las muchachas—estrellas, pero la señora apenas si volteó a decir adiós con la mano y nunca se interesó en la nota de las flores. Y ahora las escoltas de la diplomática vuelven a la mesa y se agachan debajo de las sillas, es que la mascota se había quedado y ella tampoco miró qué lindo perro que todo el mundo cargaba y besaba.

Arcángel tenía razón, la diferencia con otros lugares era notable: en Nouge se permitía la entrada a las mascotas y nada de zapatos de goma a excepción de los de la diplomática y porque además estaban revestidos de piel de culebra amarilla. Y no había show de gladiadores o bailarinas de vientre colombianas disfrazadas, sino una auténtica rockera ácida con cuerpo de efebo, la cabeza rapada y letras que te ponen la carne de gallina, en uno de los ambientes; en otro daban un espectáculo con funambulistas que danzaban en una cuerda y se desvestían al son de una voz a capella que les hacía el amor. La luz, los ángeles volando sobre nuestras cabezas, las tangas flotando un poco antes de caer, un gran silencio y allí subía la voz que las penetraba fulminándolas, entonces caían contorsionadas a la red templada sobre nosotras. Pero la dama nunca se movió de su sitio, como dormida. Entonces seguramente era mi dama, pensé y me puse a temblar, parecía que tuviera la cabeza llena de enredaderas, por dentro y por fuera. Nunca podré escribir mi libro, me lamentaba, porque una no puede columpiarse en un borde de imágenes, sin riesgos, algún viento con su palabrerío termina por soplar. Alguna palabra como un dardo nos toca y todo se tambalea. No es lo mismo ver y sentir que sentir y caer en la tentación de ponerle nombre a lo visto y sentido. Con palabras la imagen se volvía de tres dimensiones y me atrapaba, me reducía a mí al plano. Me consumía.

Delante del espejo del baño ya no sabía qué hacer: si quitarme el maquillaje, ya estaba demasiado fenmenina con esa blusa negra sin hombros y a lo mejor no le gustan las hembritas. O si me maquillo mejor y... Nada. En el caso de que sí le gusten ¿no anda ella con las más bellas de la fiesta? Qué cultura de mierda, te condena a desnudarte los hombros, tú tragas saliva y cierras los ojos para no ver, igual te pones el smoking y debes cerrar los ojos. Te lo pones llorando, te maquillas llorando. Alguien tendrá que ver. Buscas desesperadamente quien se atreva a mirar para dejarle esa tarea. Pero antes debe tenerse ojos para ti. Si la dama tiene ojos nada más para lo que brille, estaré perdida. Pero qué digo, yo que sólo puedo verla por refulgente, y es eso lo que me vuelve más opaca. Es que no se puede ser caracol de jardín sin consecuencias: o despiertas el sagrado institno materno de las señoras, caracol de la carencia necesitado de envoltura, la señora acude con su capa y en rincón te envuelve o te besa salvajemente. Como por virtud del mismo instinto la señora huye llena de asco, reconocida en la imagen común del desamparo. No hay fórmula que valga, lo que dice la leyenda es pura caricatura de pésimos libros, o pésimas caricaturas de libros regulares o... Dejé de comerme las uñas en el baño y caminé hacia la salida del Nouge, en perfecto silencio.

En la puerta alguien dijo cerca de mi oído es difícil vestirse de oscuro sin parecer vulgar. La voz traspasaba el banco de corales raros y filosos, porque me dolió el estómago y me atreví a mirar y en el espejo tornasol estaba la señora. La ofrecía su tercera copa a una estrella pero repetía esa frase mirándome a mí. Era su tercera copa porque en tres ocasiones envidié a la muchacha morena sofisticada que se le acercaba demasiado cuando le servía. Tres veces me confundí en indignación y en el placer de rozar el pelo gris malva y el corazón se me salía por el escote de la negrota que medía dos metros, tres desmayos y tres intensas rabias contra la frescura de la negrita ésa, porque era ella quien le servía y no yo, y porque era una negra hermosísima y yo... Pero ahorita, en el torbellino del espejo, sé que me está mirando y ahora se acerca a la puerta y dice frases tiesas y disculpe pero estoy admirando cómo lleva usted esas ropas, es que soy fotógrafo. Caí en cuenta entonces, es que mira, como a todo, desde un lente. Tal vez esa era la pura verdad pero yo me puse agradecidísima con el guardarropas olvidado y con la mirada profesional y con la invitación, porque ya me pidió que si no aceptaba un trago pero en otro lugar menos decadente y silencioso, por favor, ella conocía un salón donde el alumbrado haría maravillas con mis colores y además, con lo regio, regio dijo, que me queda el negro, ella obtendría, por favor, una difícil imagen que necesitaba con urgencia para completar su próxima exposición.

Arcángel y Lou me habían prevenido. La una, por una visión que tuvo en las vacaciones de Semana Santa. Se estaba bañando en el litoral con su Dior recién estrenado y de pronto se vio arrastrada por una marea fangosa. Hubo que rescatarla. Estuvo seis horas en la bañera, en estado de shock y de pronto recordó que en medio del barrial había visto un caracol de madera, hermosísimo, y se le vino mi imagen. Cuando salió del cuarto, ya repuesta, encontró en el Hall del hotel a una extranjera de pelo canoso que leía en alemán El diario de un perro de un tal O. Panizza y se quedó petrificada: lucía una pulsera de caracoles iguales al que flotaba en la mierda y estaban vivos. Arcángel Azalea, por su parte, había soñado con un monstruo gris malva que la torturaba para que revelara mi escondite.

Pero esta dama, claro que hablaba raro, pero con acento venezolano y además era mucho más vieja de lo que imaginaba pero mucho más bella y nunca se pondría ninguna clase de brazaletes, no era su estilo y me dio vergüenza. Por mi voracidad. Por mi aspecto, por mi presencia en ese lugar, quise explicarme, no soy como, soy tal, no frecuento esto sino aquello, soy... soy artista como usted, vengo aquí para terminar mi cuento decadente y no se crea que sólo hago literatura de mujeres y esas cosas, ni que soy alcohólica ni tan patética, pero no sé que me sucede, usted debe tener un sabor ligeramente salado y oler a hierbas altas y ¡uff! Claro que no le dije nada de eso. Porque delante de ella estoy muda y quiero irme corriendo. Me arde un pedazo de piel del brazo, empiezo a desencajarme, sé que estoy a punto de descomponerme, que el color negro me devora y ya no me queda bien, todas las formas se alteran, mi naríz ya no es como la de las tumbas etruscas sino una narizota, y el pelo se me opaca engrinchado como medusa, el ojo izquierdo hundido en un mar negro bizquea. Sé que de un momento a otro se romperá mi collar, se deshilvanará el vestido, mi vientre lucirá inflado y los zapatos de imitación me harán callos y nunca pero nunca podré mostrar mi pie desnudo. Pronto me saldrá la dura costa y caminaré como arrastrándome, en una nube de lodo.

No sé cómo ya estábamos en al calle, algo atornasoladas, parecíamos sobrevivientes de una pecera rota aprendiendo a respirar. Todavía teníamos la visión del local donde habíamos nadado en humo azul, y yo feliz porque habíamos dejado atrás el cultivo de criaturas sensuales y brillosas que bullía no era másque pequeños dragones invernando. Por debajo de la puerta todavía se escapaba alguna burbuja y la soplábamos jugando con el aire de la calle, un rato. Ella seguía irradiando una cálida intermitencia. Repetía esta ciudad matará a los débiles, a los que tenemos las raíces bien hundidas hasta las capas nutricias, yo encontraba que sus frases eran eran tiesas pero largamente pensadas y me conmovían. Me conmovía su manera de moverse. Parecía un paisaje avanzado. A ratos era otra cosa, empuajaba las burbujas y las rompía porque se volvía filosa. Paisaje de agujas, del banco de corales, a merced de las corrientes, pero decíamos que algunos eramos así, plantas que viven del aire, generalmente creciendo en los desiertos. La hubiera escuchado toda la noche. Plantas aéreas y destino tercermundista, todo eso se le oía porque no era un discurso ni lloraba porque estuviese drogada ni se reía porque fuese inteligente ni. Ni nada. tampoco voy a justificarme que la oí, que la devoré con mis orejas, y que no pude expresar dos cosas sensatas, ni siquiera una. Esataba empapada, el vestido pegado al cuerpo e intenté sobreponerme a mi naufragio, poruq eso es un desastre cuando te eligen perfecta para una pose y llega la lluvia y te transforma y ya no sirves, ahora qué haría. Me volví desenvuelta y alegre con gestos mediterráneos, malogrados cinco minutos después de apresuradas explicaciones que intentaron dejar en claro dos o tres cosas, primero que no se fuera a creer que yo era vulgar, tampoco estaba casada y tenía sólidas opiniones en materia de arte, que no era una puta, perdón, una, bueno eso mismo, pero sí excesivamente tímida y venezolana del sur y estaba terminando mi libro pero perdí mi trabajo por depresión, problemas con un armario cerrado, pero ella me fascinaba. Y esa última frase fue la que peor sonó pero una vez aclaradas esas cosas, la calle me pareció interminable y sin misterios, y para no echarme a llorar me fui.

Lou y Arcángel Azalea no se pusieron de acuerdo con las fotos, cuando visitamos la exposición. Arcángel prefería el color: la serie donde una criatura negra recién salida del agua lloraba contra la luna de un espejo con luz rojiza. Algo o alguien desde el espejo le tendía un anillo barroco de piedra verde. Lou estuvo silenciosa como encantada, meditando frente a una imagen en blanco y negro donde llovía mucho. Era una vaga calle donde una mujer con el pelo como una llamarada parecía huir, y al fondo de la calle había un objeto que brillaba y era como un huevo de cocodrilo. En todas las imágenes alguien o algo lloraba. Y es que fueron unas extrañas semanas donde nunca le hablé y lo único que me calmaba el llanto eran sus brazos.

La última pose fue la más dura. Me llevó hasta una mesa puesta. Había un desvalido mosntruo horneado sobre una bandeja de plata. Un pollo de cinco patas o algo por el estilo. Sólo tenía que sentarme y mirar en lontananza. Llevaba un hermoso modelo incrustrado de pedrería. Recogí las manos sobre el mantel pero no pude seguir las instrucciones porque me eché a llorar. Esa vez ella me dijo, con sus frases largamente sentidas que me amaba y nos reimos mucho recordando la primera noche del Nouge, cuando por mi vergüenza por la histeria incontrolada y por el amor y por la lluvia me había ido corriendo y ella al seguirme se salvó del incendio criminal que estalló a la madrugada en el Nouge, un atentado a la embajadora, pero esa sería una anécdota para otro libro, de Lou, seguramente.



LUNA LLENA

María Celina Núñez


Fede camina por la calle deseando que la noche clara y el aire puro lo ayuden a despejarse. Ha bebido mucho y aún trae entre los dedos ese olor fuerte que es todo lo que recuerda. El bar estaba muy oscuro y él muy borracho. Pero estaba buena, eso sí. Lo necesario para un rato y lo suficiente para no buscarla más ni preguntar su dirección a ninguno de los amigos.

Sabe que va a ser difícil conseguir un taxi a esa hora y el que se detenga querrá cobrarle hasta el alma. Pero, ¿por qué tanto apuro? ¿Qué diferencia hace una hora más o menos? Ya le llegó tarde a Carmen. Ya hay tormenta a la vista.

Dobla la esquina y ve a dos mujeres que le hacen señas. Demasiado tarde, mi amor. Una de ellas insiste. Demasiado tarde. En eso la otra le toca el hombro a su compañera como diciéndole "Este no va pa'l baile".

Separada de Fede por una carrera que no debe costar menos de cinco mil bolívares, Carmen fuma en la ventana. Tamborilea los dedos y tiene las mandíbulas atenazadas. No ha estado parada allí toda la noche: las huellas de sus pasos por el cuarto son la mejor evidencia. Ahora ya sabe que él llegará pronto. Lo siente desplazarse hacia ella y confirma que el amor no es asunto que se anide en el corazón.

Fede tiene que bajarse del carro una cuadra antes porque el taxista no estaba dispuesto a meterse en el callejón. Mientras camina, mira la ventana cerrada, seguro de que estaba abierta hasta hace un momento. En la oscuridad puede adivinar el cigarrillo de Carmen. Apura la marcha y siente que el tamborileo de unos dedos va marcándole los pasos.

Ella da un último golpe contra la ventana cuando escucha el sonido de las llaves de su marido. Siente el impulso de lanzarse contra la puerta pero se detiene cuando él entra. Al mirarse, una cuerda invisible se tansa entre ambos: se enfrentan a un minuto sumamente largo y comienzan la lucha en silencio.

A Carmen la derriban los perros de presa, pero es ella la que muerde y se fortalece con la sangre. Fede recuerda cómo se mata a un vampiro. Ella se defiende con esa fuerza increíble. El intenta besarla otra vez pero ella quita la cara y, en un descuido, le araña el rostro. Fede lanza un quejido y se pasa la mano por la herida. Al sentir la sangre se enfurece aún más y, tomándola por el pelo, se trepa mejor sobre ella que sigue resistiendo. Encima—debajo—encima—debajo. Rugen las bestias.

De pronto toman conciencia de que si la noche está tan clara es porque hay luna llena. Entonces rectifican: corresponden aullidos de lobos.



LA PARTE QUE LE TOCO A CALEB

Enza Garcia Arreaza

No nací en Caracas y es probable que jamás me acostumbre a ella. Caminando por la Plaza Diego Ibarra veo un mendigo durmiendo; más allá veo el Palacio de Justicia que no le hace justicia al mendigo, y el gris urgente que me viene amenazando con lluvia desde que salí en la mañana. Quisiera describir otra ciudad, distinta a la de tantos periódicos; pero me temo que antes de mí y después de mí, ella seguirá siendo eso que es apocalíptico y tierno. Una antítesis de colmena, con el hollín de las estaciones del metro, con la jauría de buhoneros y el caos que parece que ya no se oye, pero que está sobre todo en el podrido. No tengo cómo cuidarme de los cadáveres que aún la habitan, de la DISIP persiguiendo periodistas, de los candidatos a la gobernación, de los niños sin casa y del alcalde preso.

Iba vacilante, como si al final esperara ir a otro lugar, hacia la librería de Mauro. Bajé las escaleras del Centro Comercial Paseo Las Mercedes, hasta llegar al sótano donde se congrega un mercado de arte. En el piso me encontré con un cadáver de periódico diciendo que con la salida del presidente tendríamos un repunte seguro en la economía. Al llegar a la librería, vi al señor Mauro colgando en la puerta de cristal un cartel que decía lo siguiente: “Prohibido a todos los amigos, una vez adentro, hablar de política”. Así que ya eran más de la siete de la noche; antes de cruzar la puerta con el cartel recordé la manía de Carlos de hablar de vampiros. La política es un vampiro, me dije riéndome.

Mauro me saludó fervorosamente, mientras contestaba el teléfono. Ya estaban adentro el ingeniero Bracho, escarbando entre las revistas de tatuajes; la señora Joaquina revisando los libros de Chopra; al fondo divisé a Fernando con un libro de Duras; luego se incorporaron Alicia y Mario buscando el último texto de Elizabeth Fuentes. ¿Quién dejaría esas huellas de charco en el piso? Resolví guiarme por ellas, llegando al estante que humildemente quiere abarcar la entera historia de la filosofía. Abstraído en las páginas sobre Platón, traducidas por García Bacca, me tropecé con un hombre al que nunca había visto y que me recordó a Anthony Hopkins en The Human Stain . Además, tampoco me llagaba hasta ese estante, siguiendo la idea de que la filosofía, con un poco de atención, puede estar al alcance sin caer necesariamente en esas edificaciones arrogantes. Extraje un libro de un tal Sören Kierkegaard, ideando una manera de intercambiar palabras de reconocimiento con el señor. Pero él se anticipó a mí:

—¿Tú eres la hija de Mauro?— preguntó el hombre, con acento gracioso.

Hubo un silencio ubicuo, con forma de vértice.

—No— respondí con la boca seca.

Hubo otro silencio; volvió a concentrarse en el libro.

—Yo no soy la hija de Mauro— pensé en voz alta.

—¿Disculpa?

—No... Nada... Es decir... Me llamo Isabel... Contramaestre (como Carlos Contramaestre y no entendí por qué la coincidencia me entristecía)...— respondí titubeando, queriendo salir de esa conversación repentinamente estúpida.

—Yo me llamo Caleb... Pero no soy judío.

Algo como risas se desdibujó en el rostro del Caleb que no es judío y yo. Inútilmente seguí sosteniendo en mis manos el libro de Kierkegaard.

—A ver ¿qué hace una niña tan pequeña con un libro de Kierkegaard?— preguntó sardónico.

—Estoy viendo cosas... — indiqué firme, procurando una certidumbre que no poseía.

—No deberías leer eso— dijo con una mirada con forma de bisturí entrando en la carne.

—Ah, y usted debe saber mucho, seguramente— respondí desafiante, mientras devolvía el libro a su lugar.

Mauro conversaba con un cliente sobre la soflama presidencial del domingo pasado. A un hombre ponderado y sutil como el dueño de la librería se le desfigura el rostro citando frases que habrá dicho el presidente. Pero quizás obedeciendo a un auto—reclamo, retoma la calma y le cuenta al cliente que ha nacido su primer nieto y que se llama Paolo.

—Podría decirse que sé algunas cosas... Yo soy filósofo.

—“Yo soy”— repetí, sonriéndome y mirando al suelo— Nunca había conocido a un filósofo, pensaba que sólo nacían en Grecia o Alemania.

—Es posible... Al menos sé que estudié filosofía y que doy clases en la universidad donde hombres y mujeres estudian para graduarse de lo mismo.

Había una tristeza en su rostro magullado que venía cansada de sí misma. No es que yo sepa mucho de la gente, pero me recordaba a varios hombres acongojados que había conocido en mi vida, como mi padre. Le pregunté si ser filósofo era una profesión como las demás, a lo que respondió con una sonrisa dubitativa, diciéndome...

Eran las nueve de la noche y pensé en mi madre. La librería vacía y Mauro viajando en un libro de R. L. Stevenson me advirtieron de mi súbita salida del tiempo que marca la vida cotidiana y funcional.

—No creo que sea como las demás, tú sabes que hay... No, tú no sabes, estás muy pequeña para esas cosas— respondió como enternecido.

—Sí, no sé nada— le dije apurada— Ya me tengo que ir, señor Caleb...

—Oye, no deberías andar sola por la calle, ¿no quieres que te acompañe?

—¿No es igual de peligroso que un extraño te acompañe?— respondí de nuevo desafiante.

—Sí... — dijo acercándose a la caja con el libro de Platón y de Kierkegaard— pero no seríamos extraños si me acompañas a tomar café.

—Son treinta mil— dijo Mauro metiendo los libros en una bolsa de papel y haciéndome señas para que dijera que no a lo del café. (Ya había dicho que este hombre, Caleb, era desconocido en la librería).

Extendí mi silencio hasta que nos encontramos en la calle, magnetizados por los maullidos de los carros y los focos de luz. Sacó el libro del danés de la bolsa, frente al Hotel Tamanaco.

—Mira, es para ti— dijo en voz baja.

Me sentí de color rojo y desprotegida.

—No, no puedo...

—Anda, por favor...— declaró en tono todavía más enternecido— ¿Cuántos años tienes?

—¡Muchos años menos que usted!— dije riendo.

—Sí, es evidente, yo tengo cincuenta y uno.

En el taxi no nos dijimos nada importante, puras vaguedades sobre el clima y el tráfico. Comentó algo sobre una de sus alumnas, mientras nos sentábamos en una mesa del café Andreas, de corte griego y discriminatorio. ¿Dónde está el consejo de mamá que dice “no hables con extraños”? Todo se fue diluyendo, incluso el fuego de la prohibición. Mientras ordenaba el café, vi que alguien abrió un periódico que hacía referencia al terrible atentado a la democracia que significaba la aprobación de la Ley del Tribunal Supremo.

—¿De dónde eres?— pregunté después de tomar el primer sorbo de café con leche.

—Nací en Galicia, a la que recuerdo brumosa; pero vivo aquí desde que tengo veinte años. Alguna vez estuve en París, aunque no lo conocí porque siempre lo he sentido como algo prohibido... Es un cuento largo, que no nos vendría bien...

—Yo nunca he salido de aquí...

Me parecía justicia que finalmente empezara a llover. Caleb jugaba con el encendedor y yo con una servilleta. Me contó de su obligada infancia seminarista entre Tortoreos y Burgos, de cómo ahora era un agnóstico, de cómo seguía siendo un campesino que se saciaba comiendo pan. Y yo sonreía, oyendo con honesta atención al viejo.

—He perdido la fe, así como viene con tanto rezo, luego te das cuenta que no es eso, y no creo que la vuelva a necesitar— musitó concentrado en las gotas que desfilaban como caricias en el vidrio. Yo miraba el reloj colgado en una pared, detrás de él— Eso del absoluto, de un Dios absoluto y creer...

—¿Eres un agnóstico?— pregunté no muy segura de lo que eso significaba.

—Sí, así, porque tampoco soy ateo, ¿pero cómo sabes qué es eso?

—He leído un poco, me gusta mucho, seguro me servirá para cuando empiece la carrera de periodismo— respondí observando la taza y pensando en mi madre.

—¿Periodista? Qué extraño...

—¿Qué cosa es extraño?

—De repente pensé que serías poeta o algo así...

—¿Sí? A veces escribo pero...

“Es difícil”, dijimos al unísono. “Es una condena donde soy la víctima y el verdugo; un suplicio donde aplausos y látigos están hechos de los mismos huesos”.

—Ya es tarde, tu madre estará preocupada por ti.

—No, mi madre está muerta. Si estuviera viva tal vez yo no saliera a ninguna parte— dije como respondiéndome a la pregunta de todos los días. ¿Te gusta recordarla? No, desearía no pensar en ella, cuando no hay recuerdo tierno, cuando sé que no siento nostalgia de sus chantajes y sus heridas. Porque la nostalgia me venía desde que estaba viva.

—Mi madre también murió... María se llamaba... yo la quería mucho, nunca pude decirle que lo fue todo... Es la única mujer a la que he amado de verdad, quizás demasiado...

Dichas esas palabras en la boca del filósofo, puse mi mano derecha en una de sus mejillas con un temblor y le dije “no te pongas triste”. Nos miramos con fortuita decisión. Pagó lo consumido, salimos; llamó y pagó un taxi que me llevara a mi casa. No llovía más. Quedamos en vernos otra vez en Andreas, el miércoles a las seis de la tarde.

Por un momento quise imaginar su divagar por las calles antes de llegar a su casa. Me había dicho que estaba casado con una mujer veinte años menor que él, y que a deducir por el retrato que le había hecho de mi madre, se parecían mucho. Compartimos la misma cruz, Isabel, pero las amamos muchas veces. Seguramente cuando llegara, algunas de sus hijas se le guindaría del cuello y lo besaría infinitamente. Pero antes se pararía en alguna vidriera o licorería o burdel (me dijo que la primera vez que hizo el amor fue en Colombia con una prostituta), mientras yo, en mi cuarto silencioso y confortable, hojearía el libro de Kierkegaard encontrando ideas interesantes: “Tengo que encontrar una verdad que sea verdadera para mí... la idea por la que pueda vivir o morir.” ¿Qué vida llevaba Caleb? ¿Tendrá sentido?

El miércoles a las cinco ya me encontraba en alguna de las aceras de esta ciudad tropical, inesperadamente húmeda. Venía del Jardín Botánico. Al sentir la lluvia rozándome como gato gentil, recordé los relatos de Caleb: las tormentas de verano en Tuy, el puesto de verduras de su madre labradora, las celebraciones lujuriosas en una ciudad de Bélgica llamada Wize que sólo existe en Octubre. “Pensé que serías poeta o algo así”. ¡Pues no!, voy a ser periodista; es lo que me han dicho que sería bueno. Y es tan bueno que llueva para mí; mientras del otro lado de la ciudad hay gente quedando damnificada a causa del chaparrón.

Lo vi sentado en la mesa de la otra noche cuando crucé el umbral de la puerta de Andreas . Es tan viejo, pensé decepcionada.

—¿Café con leche?— preguntó cerrando el periódico.

—No, café solo, por favor.

—Pensé que la niña no iba a venir, estaba preocupado.

—Pensaba no venir... Estaba en el Jardín Botánico dibujando un... ¡No debo confiar en usted!— porque lo pensaba, muy en lo profundo y amordazada, pero lo pensaba.

—No deberías, no deberías... pero voy a pedirte que lo hagas, por favor. ¿Has leído algo?

—Sí, muy triste en verdad. Kierkegaard era cojo... (Yo voy a cojear también, pensé). Tengo una verdad pero no es verdadera...

—Hacemos que la vida sea un tabú... verás, el tabú surge a raíz de un miedo, si lo ponemos en una definición simple... ¿A qué le temes tú?

—A las cosas... a los pensamientos, sobre todo. Sabes, los filósofos siempre me parecieron bichos raros; resulta que su objeto de trabajo es el pensamiento, algo que no se puede tocar, no se le puede hacer una biopsia, ni descomponer en elementos químicos... Entonces, como son la cosa más abstracta del mundo, hay que tratarlos de formas más abstractas todavía que los lleve a un plano tangible, o sea, con otros pensamientos, y después las palabras o no sé si vienen antes... Además, el mundo sigue empeorando, suceden cosas que parecieran que no son pensadas, como si pensar fuera estéril...

—El eterno retorno, diría Nietzsche— me dijo atento— ¿Pero a qué le temes?

—No quiero ser periodista, no me gusta lo que hacen.

—¿Pero sí te gusta escribir? ¿Verdad?

—Mucho, siempre escribo lo que pienso. No creas que no he pensado en ser escritora... Pero en este país... no creo... aquí es imprescindible sobrevivir, ya nadie vive.

—Tan joven y ya tan pragmática. Bueno, es cierto, yo tampoco vivo de escribir, pero... Hay un tango que dice “la vida es algo más que darlo todo por comida” ¿No crees tú?

—Sí, pero hace falta talento para eso, para vivir de todas las maneras posibles. Hace falta ver si yo lo tengo... y creo que no, tal vez más adelante...

—No, una vez que decidas, la frase “tal vez más adelante” se hará más difícil... Luego te darás cuanta que la palabra “hubiese” no existe— sentenció severo cuando salimos de Andreas .

Caminamos varios metros en la calle sin decir cosa alguna. La noche se apresuraba fría en poseernos a todos. Yo lo tomaba por el brazo y me dejaba guiar por un asfalto que empezaba a parecerme taciturno pero menos mortuorio. Transitando por la calle de Las Escuelas, me preguntó si quería ir hasta su casa, en San Bernardino.

—Ni mi mujer ni mis hijas están allá, se han ido a visitar a la abuela.

Accedí al cabo de no sé cuánto tiempo; sé que él me escrutaba y creo que estuvo a punto de decirme que si no quería estaba bien. No te pongas moralista, me dije como dándome ánimos. ¡La casa de Caleb, Dios mío! ¿La casa de Caleb no queda en Hebrón, según la Biblia ?

La casa se sentía ordenada y funcional, oscura. Al entrar y ver que no prendían las luces, me apreté de su brazo. La lluvia que apenas caía había fundido los transformadores de la cuadra. Cuando empezó a encender las velas, me encontré con varias fotos de su familia (su mujer y sus hijas). Me sentí culpable. Me dio un vaso de leche fría y galletas; desapareció un momento en la escalera y después bajó para decirme que entrara en la biblioteca. Traía una caja en las manos.

Una habitación muy amplia, que le servía de trinchera a él y a sus libros que eran muchos. La poca iluminación me hacía ver cosas terribles, sombras que caminaban con vida propia y esas cosas. En la mesa de madera una colección de piedras. Me paré en la ventana, habiendo engullido ya las galletas, simulando mirar las gotas; un gatito quería entrar para no mojarse. Vi sus pasos venir detrás de mí, sentí que su mentón se apoyaba en mi cabeza y uno de sus brazos intentaba rodearme. El fuego de la prohibición, pensé, en una ronda de pensamientos turbulentos y embarrados de lodo.

—No pienses mal... Isabel, eres tan pequeña, no pienses mal... — me iba diciendo de tal manera que me hacía pensar que estaba asustado, como si no supiera lo que hacía.

Me di la vuelta para abrazarlo, con un aire de retención y dominio. Quise pretender que sabía lo que hacía, pero una angustia decididamente soberbia que me acompañaba desde que lo había visto en la librería de Mauro, me impuso el llanto. Con su rostro tan cerca del mío, desde los pasillos de afuera creí oír Souvenirs du Louvre , pero no podía ser cierto.

—¿Caleb...?— dije mirándolo a los ojos.

—Isabel, quisiera hacer algo por ti.

Sentir su olor ya me hacía tanto bien, pero era incapaz de decírselo.

—Podrías hacer cosas más importante que hacer algo por mí... hay tanto...

—No... Acercarse a alguien no es sencillo, pero contigo es como dejarse caer y el golpe es dulce. Me he propuesto no ser ignorante, pero he fallado muchas veces, pues creo que el saber más importante de todos es reconocer el dolor... y a todos nos duele algo, Isabel, y el asunto es comprometerse con los demás partiendo de ello, como si fuera la única manera de salvarse.

—¿Cómo te quieres acercar a mí?

— No quiero que seas cobarde, no quiero que pierdas lo que puedes ser. ¡No seas cobarde, no seas cobarde!

Tenía tantas ganas de besarlo, pero tampoco sería capaz de hacerlo porque soy cobarde.

Se retiró hasta tomar la caja, y comenzó a llenarla de libros: Las obras completas de Sigmund Freud; un buen pedazo de la literatura latinoamericana con varios argentinos a la cabeza, pasando por Roa Bastos y terminando con La Casa Verde ; algo de Michel Foucault, hasta que acabó por introducir a Hobbes, Locke, Descartes, Heráclito. Cerró la caja con grapas y la envolvió con una cabuya.

—Son para ti, acéptalos, por favor.

—No entiendo, ¿por qué?— pregunté más angustiada que nunca.

—Ese día en la librería... pensaba en lo fácil que sería mandarlo todo al diablo, cuando nada tiene sentido, esta ciudad, por ejemplo... Entonces hablé contigo y...

—¿Todo tuvo sentido?— pregunté al borde de un nuevo llanto.

—Sí, otra vez tuvo sentido, con tu cara redonda de chocolate... pero no...

—No, no, eso sí lo sé, no podemos...— musité mirando el suelo.

Entonces tomó mi cara en sus manos, mirándome de una manera que yo sabía que sería la última vez. El gatito en la ventana arañaba el vidrio. Llamó un taxi para que viniera por mí; entretanto nos abrazábamos delictivamente, con el abandono y el mundo a cuestas. Me contó algunas cosas más: que tuvo que vender unos terrenos en Galicia a causa de la terrible situación económica del país, el miedo que le tiene a los malandros, lo mucho que le gusta la lluvia, que nunca supo porqué le pusieron Caleb, si Caleb es un nombre hebreo y él es un gallego descendiente enteramente de gallegos, a no ser por el padre que nació en la Argentina. Plantó un beso en mi frente, aunque por un momento pensé que sería en la boca; “pero el mundo podía más que los dos”, pensé que estaría pensando.

Las últimas palabras que nos habremos dicho casi ni puedo recordarlas. Me queda el aliento entrándome por todos lados y la caja que está en el piso de mi cuarto; cuando la abrí conseguí una nota —que no sé en qué momento pudo escribir— que decía: “Gracias, voy morir en paz”. No comprendí el significado de ese agradecimiento sino hasta hace pocas semanas cuando leía el periódico en la librería de Mauro, que finalmente había quitado aquel letrero en vista de lo penetrantes que se han vuelto los asuntos políticos en estos días. Vi la foto de Caleb en la sección de obituarios, y decidí —muy personalmente, caminando hacia el Cementerio del Este, pensando que algún día tendré que ir al cementerio de Montmartre— que no iba a estudiar periodismo sino filosofía.






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