domingo, 11 de julio de 2010

Tres cuentos de Slavko Zupcic (Narrador venezolano)


UNICORNIO PERDIDO EN ENERO

a Ana Bella Guillén

Nunca pude observar cómo llegaba su estuche envuelto en papel de regalo o en un paño de fina seda. Sencillamente siempre estuvo allí, su caja negra revestida internamente de raso rojo, junto a la biblioteca de la casa, en la mesa colocada allí sólo para sostenerlo. Algo natural y sencillo como una de las butacas del recibo o el retablo ruso de la virgen en el cuarto de mi hermana, pero maravilloso e imponente al mismo tiempo.

Debió ser después, a los tres o cuatro años de su estancia vigilada por mí en la biblioteca de la casa, cuando me fue concedido el privilegio de develar el contenido del misterioso estuche y sostener entre mis manos el violín Antonius Stradivarius, Cremona, feccit anno 1731. Si alguna vez había sido sólo un mueble de respeto diez veces más grande que un libro, pero mucho más pequeño que un piano, ahora se trataba de un Stradivarius guardado religiosamente en el estuche de cuero negro que yo limpiaba todas las tardes con un paño aceitado, no importaba que no supiera el significado de su nombre en realidad. Luego alguna enciclopedia me lo aclararía todo repentinamente: "Antonius Stradivarius, incomparable fabricante de violines, n. en Cremona (¿1644?—1737)".

Dos o tres años más tarde comenzaron los estudios de violín en el Conservatorio. Recibía clases de un anciano polaco de apellido Sienkewicks con otro violín, hermoso también, pero nunca como el Stradivarius magnífico de la casa. Era una lástima no poder llevar nuestro tesoro al Conservatorio y tener que hacer los ejercicios de rigor con el pequeño Guarneri de mi tía. De todas maneras, el Profesor Sienkewicks pudo conocerlo una vez terminadas las clases del primer curso.

Aún recuerdo sus brazos elevándolo, sosteniéndolo. Su barbilla afincada en la madera de cedro. Todavía recuerdo su voz.

—Es tan suave. No hace falta almohadilla para tocarlo.

Todo mientras sus manos acariciaban las cuerdas lentamente, un momento antes de buscar el arco en la parte superior del estuche y comenzar a tocar repentinamente los más bellos compases de Mendelssohn en su Concierto en Mi menor.

Su visita marcó el inicio de mis presentaciones. Cada vez que después de esa noche llegaba alguna visita a la casa, mi hermana me invitaba a tocar violín desde el medio de la sala. Yo caminaba lentamente por el pasillo rumbo a la biblioteca, abría la puerta del cuarto, encendía la luz siempre a la izquierda, alcanzaba la mesa de caoba y me detenía cinco o diez segundos contemplando el estuche. Retiraba cuidadosamente el paño que lo cubría, lo doblaba con calma, abría la cerradura con la llave que me había sido entregada previamente y alzaba el violín. Una voz sonaba en el cuarto de al lado, yo salía ceremoniosamente a la sala y la visita respondía sorprendida.

—Un Stradivarius, un Stradivarius.

Era como si ninguna otra cosa en el mundo importara aparte del maravilloso trozo de madera que sostenían mis manos.

Luego se acercaban lentamente sin atreverse a tocarlo.

A mí me bastaba con tocar dos o tres piezas y pronunciar luego algunas palabras.

—Antonius Stradivarius nació en Cremona...

Fue en un momento como ese, cinco años después de la primera presentación, cuando uno de los visitantes, casualmente ingeniero musical, se levantó de su asiento y se atrevió a tocar con sus manos el violín antes de pronunciar la terrible sentencia.

—No es un Stradivarius. Es una imitación.

Todo antes de explicar que la madera de la tabla superior no era de haya ni de arce y otras cosas que he preferido olvidar, simplemente porque a partir de ese día, aunque el violín, su estuche y la fina llave de borde dorado me fueron entregados definitivamente, nunca volví a ser llamado para tocarlo en la sala, en las horas de visita.


RÉQUIEM

Ese día, lo recuerdo muy bien, decidí que robaría un libro mientras esperaba el autobús de la alcaldía. Cuando finalmente llegó, me senté junto a una señora que venía de las aguas termales y, luego de encender el walkman, escuché a Charly García durante los quince minutos que demoramos en llegar al centro comercial, en la Avenida Bolívar.

Ya en la librería, saludé al dueño y, como siempre, éste me preguntó por mi papá.

—Bien, Fernández, todos bien —le dije dirigiéndome hacia los estantes de literatura sudamericana antes de que comenzara a hablar de lo que hace exactamente dieciséis años era su tema favorito: el queso manchego, ¿por qué lo habían aumentado?, ¿qué tenía que ver la devaluación del bolívar con su precio si se trataba de una imitación y no era importado?, etcétera, etcétera.

Frente al estante de literatura argentina pensé que tendría que tratarse de un libro importante, para justificar un primer robo, y no muy voluminoso, para poder meterlo en los bolsillos del suéter. Pasé revista a las primeras letras. Arlt, Borges, Cortázar. Algo en el ambiente, quizás la reciente noticia de su matrimonio con María Kodama, me ayudó a decidirme por Borges. Eso sí, no podía tratarse de sus libros de cuentos porque los tenía todos, al menos todos los que entonces creía que me interesaban. No había terminado de pensarlo cuando vi los dos volúmenes de Poesía completa. Calculé el peso aproximado de cada volumen, seiscientos gramos, y cuando sonó el timbre de la puerta y Fernández se inclinó para presionar el automático y recibir al nuevo cliente, agarré los dos volúmenes y los distribuí en los bolsillos laterales del suéter.

Pensé que debía salir inmediatamente, pero no lo hice. Fui hasta el mesón en que Fernández exhibía los libros de poesía y vi Arde el mar de Pere Gimferrer. ¿Lo robo o no lo robo? Decidí no hacerlo simplemente porque no tenía dónde meterlo. Mejor lo compro, pensé: aunque no llevaba dinero conmigo, Fernández no tendría problema en dejar que me lo llevara. De todas maneras, mi papá se lo pagaría la próxima semana.

Volteé para ver dónde estaba Fernández y, cuando éste sintió mi mirada sobre sus canas, le mostré el libro.

—Es una maravilla —dijo—. Tú sabes que a mí me gusta mucho Gimferrer.

—Lo sé, pero es que no tengo dinero.

—Llévatelo y dile a Francisco que luego no me pida descuento.

Comencé a salir. Llevaba Arde el mar en la mano derecha y los poemas de Borges en los bolsillos del suéter. Fernández ni siquiera me había ofrecido una bolsa. Se limitó a anotar la referencia de la novela de Gimferrer y el nombre de mi papá en el cuaderno de créditos.

—Chao, Fernández.

Caminé un poco por el centro comercial antes de dirigirme a la parada. El autobús demoró casi veinte minutos en pasar y, como tuve que ir de pie durante todo el trayecto, no pude ni siquiera abrir los libros.

Llegué a la casa, me preparé un vaso de té frío y, ya en mi cuarto, abrí el primer volumen de Poesía completa. Apenas salí del cuarto dos veces, una para ir al baño y la otra para prepararme un sandwich y otro vaso de té. Me dormí más o menos a las diez y, al día siguiente, cuando desperté, lo primero que hice fue encender la radio. Estaban dando el resumen de noticias de las ocho de la mañana y, luego de los resultados del béisbol, el locutor sin ningún preámbulo lo dijo:

—Murió Jorge Luis Borges. El escritor argentino murió ayer en horas de la noche en...

Creerlo o no creerlo. Realmente no tenía ninguna alternativa, pero igual no podía creerlo y mis ojos iban de la radio al segundo tomo de Poesía completa junto a la almohada. Ese fue el momento en que comenzó todo. En ese instante, con la mirada partida y una taquicardia infinita que parecía querer reventarme el corazón, supe que la muerte de Borges tenía que ver con la lectura que yo había hecho el día anterior. Decidí esconder los dos volúmenes, apagar la radio y comportarme como si lo sucedido no tuviera nada que ver conmigo.

En el baño, demoré casi un cuarto de hora cepillándome los dientes. Luego fui a la panadería donde debía comprar, siempre con el crédito de papá, cachitos y jugo de naranja para todos: mis padres y Leticia, que tres días atrás habían ido a visitar a mi tía a Maracaibo, el día anterior habían telefoneado para decir que vendrían en el autobús de la noche y debían estar a punto de llegar.

Como había supuesto, fue mi padre quien al llegar me dio la pretendida primicia:

—Felipe, ¿supiste lo de Borges? —dijo abrazándome mientras me invitaba a ver la primera página de El Equitativo.

—No puede ser, no puese ser —mentí descaradamente sin atreverme a decirle a mi propio padre que yo era quien había asesinado a Borges.

Eso de que yo lo había asesinado era todavía una hipótesis con necesidad de ser comprobada y todavía no sé cómo, creyendo que podía asesinar a un escritor apenas leyéndolo, esperé cinco largos días hasta poner en práctica el único plan al que tenía acceso: Gimferrer.

El jueves de la semana siguiente, mis padres decidieron volver a Maracaibo y, aprovechando su ausencia, Leticia se fue a Tucacas con Héctor. A las once de la mañana, regresé del colegio y, en la panadería, compré provisiones para todo el fin de semana: dos panes de jamón y cinco litros de jugo de frutas tropicales. Ya en la casa, dispuse los víveres en la cocina, el morral del colegio en la biblioteca, me bañé, me puse el pantalón amarillo que mi primo alguna vez había dejado junto en la cesta de la ropa sucia, una franela de Leticia y las sandalias que mi mamá me había traído de Miami un año atrás; rodé la mecedora de la sala hasta mi cuarto, pulí la antena de la radio y me senté junto al escritorio a leer los poemas de Gimferrer.

Cada vez que terminaba de leer un poema, encendía la radio. Seguro de que Radio América nunca daría la noticia primero sintonizaba Radio Rumbos y, como no decían nada, luego una por una las pocas emisoras españolas que la deteriorada antena lograba captar.

Cuatro o cinco horas después, terminé de leer el libro el mismo día pero, aprovechando que el viernes no tenía que ir al colegio, igual estuve viernes, sábado y domingo junto a la radio.

Nunca llegué a escuchar la noticia esperada por lo que mi hipótesis debía ser anulada o reformulada. Opté por la segunda posibilidad e hipoticé que el arma letal no era mi lectura, sino la lectura que yo pudiera hacer de libros que previamente había robado. Tenía un vaso de jugo frente a mí cuando lo pensé y desde el primer momento todo parecía tan obvio que el mismo vaso me decía idiota, ¿cómo no te diste cuenta antes y me hiciste pasar ese susto con la posibilidad de que muriera Gimferrer?

Claro que antes de cantar victoria debía comprobar la veracidad de mi nueva hipótesis. El único inconveniente era que, siendo domingo, debía esperar por los menos veinte horas hasta visitar otra vez a Fernández y poder robar alguna cosa.

Esperé temblando todas las horas que fueron necesarias y, a las nueve de la mañana del día siguiente, bajé del autobús en la parada del centro comercial. Ante la posibilidad de ser el primer cliente del día de la librería, perseguí durante media hora a una muchacha que llevaba un manual de Hanon en las manos y, a las nueve y media, saludé a Fernández.

—¿Cuáles son los libros de menor valor en esta librería? —le pregunté.

—Los de la Asociación de Escritores, ¿no? Nadie los compra. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada —le dije—. ¿Tienes algo de Carlos Pellicer, el mexicano? —sabía que nunca exhibía en los estantes los libros mexicanos: tendría que ir al depósito y yo podría aprovechar para robar un libro del mesón de la Asociación de Escritores.

—Déjame buscar en el depósito.

—No te preocupes —le dije y caminé hasta el mesón de libros locales.

Había dos poemarios de Mercedes Corona y cinco del cronista de la ciudad, pero yo no quería asesinar a una mujer y Hernán Jiménez era amigo de mis padres. A la izquierda, los sonetos de un joven odontólogo. Revisé el primero, bastante malo, y metí el libro en el bolsillo derecho del suéter. Apenas había terminado de ajustarlo cuando regresó Fernández:

—Nada, pero si quieres lo pido al Fondo de Cultura.

—Okey. Yo paso en la semana.

Ese día no fui al colegio. Regresé a la casa en una camioneta por puestos y, como conseguí asiento, comencé a leer los sonetos mientras la camioneta avanzaba.

Cuando la camioneta llegó a la urbanización, apenas me faltaba un soneto y decidí leerlo en la panadería, tomando un café.

Mientras la muchacha de la barra lo preparaba, noté que quienes trabajaban en el horno tenían la radio encendida, sintonizada en Radio América: escuchaban las radionovelas. Como si se tratara de un deja—vu, supe inmediatamente lo que pasaría: la voz del locutor interrumpió la radionovela anunciando un servicio extraordinario del noticiero, sonó la trompetilla con que anunciaban las noticias luctuosas y, acto seguido, el mismo locutor sencillamente lo dijo:

—En el interior de su consultorio, ha sido asesinado el joven odontólogo Benjamín Castro. Un hombre ...

En ese momento, supe que tenía un arma letal en mis manos y, aunque no sentía ningún dolor por Benjamín Castro, decidí que a partir de entonces no volvería a presionar, o al menos lo haría con cuidado, su percutor.

Por eso no robé ningún libro durante los siete u ocho años que pasaron a partir de entonces. Me controlaba, sencillamente me controlaba. En más de una ocasión, sentí la tentación de volver a la librería de Fernández y cometer un crimen, pero me controlaba. Incluso recuerdo una ocasión en que, en medio de una discusión en los pasillos de la facultad, uno de los redactores de la revista del Centro de Estudiantes me insultó y, aunque llegué a pensar en la posibilidad de ir a la librería y robar un ejemplar de la revista, me controlé, quizás porque sabía que al tratarse de una obra colectiva —redactores, autores, articulistas, etcétera, etcétera— podría ocasionar una verdadera tragedia.

¿Qué sucedió entonces? Si lo tenía todo controlado, ¿por qué oscura razón escribo ahora estas líneas en que confieso mis delitos más antiguos y estoy a punto de hacer una lista de los más recientes? Sencillamente porque no pude evitar reincidir. Al principio fue porque, luego de tanto tiempo sin ejercer, yo mismo llegué a pensar que se trataba de una tontería, de uno de esos recuerdos borrosos que se confunden con la ficción, quizás la escena mal digerida de una película, el fragmento de un cuento o la reelaboración mental de una de las aventuras de Maigret.

Eso llegué a pensar durante muchos años —en los cuales estudié literatura en la Universidad de la que ahora soy profesor— hasta que un día, hace aproximadamente tres años, hablando con Susana M, quien entonces todavía era mi novia y no se había empatado con el decano de la facultad, empecé a bromear sobre mi capacidad de eliminar al escritor que ella quisiera:

—No seas ridículo, Felipe. ¿Sabes? A mí me gustaría que empezáramos a pensar en comprar una casa, quizás con la Ley de Política Habitacional.

—Pero si yo estoy hablando en serio. Yo fui quien mató a Borges.

—Que no digas estupideces, coño.

—Si quieres, te lo pruebo. ¿A quién quieres que mate?

—Si insistes tanto, a Cortázar.

—Imposible, ya está muerto.

—Entonces a Bioy Casares —atajó ella.

—Nos vemos luego —le dije pensando que quizás era mejor no demostrar nada, que no tenía sentido asesinar a nadie por Susana M, insensible incluso al capítulo siete de ... Eso estaba pensando cuando, al pasar por la librería de la facultad, decidí entrar. Menos mal que no había nada de Bioy Casares: agotado. Elegí dos revistas españolas y una mexicana y, en medio de la confusión, aproveché para colocar encima de mis carpetas —todavía no sé con qué intención— La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza. Pagué las revistas y, cuando me disponía a salir, sonó la alarma.

—Disculpe, profesor, pero ... — me dijo el vigilante.

—No te preocupes —dije casi con alivio—. Vamos a la caja y allí vemos qué es lo que pasa.

Obviamente entre las carpetas vimos el prodigio de Mendoza y juntos reímos, conscientes de que era imposible que yo intentase robar un libro.

—Cosas que pasan, profe. Demasiada confusión. De todas maneras, llévese el libro de regalo.

Obviamente, cuando finalmente salí, no podía evitar sentirme satisfecho, no por Eduardo Mendoza, sino por mí mismo que ya no tendría que matar a nadie. Fui al cafetín y, sentado en una de sus mesas, llamé a Susana M.

—Susana, ¿por qué no salimos esta tarde?

—Depende de si has hecho lo de Bioy, stronzo —me dijo, concediéndole un pequeño homenaje a sus padres calabreses.

—Pero, ¿estás loca? Si era una broma.

—Entonces, ¿qué prefieres ser, mentiroso o imbécil?

Colgó y nuevamente yo comencé a preguntarme si verdaderamente odiaba a Bioy o simplemente intentaba provocarme con el único objetivo de pelear conmigo y —ahora que lo pienso— comenzar a salir con el decano de la facultad.

Decidí ir a la casa y, cuando intenté encender el carro, la batería se había descargado. Tendría que ir a la casa en metro y autobús.

El vagón del metro parecía un supermercado, pero yo resistí gracias a las revistas. Leí un artículo corto de Carlos Fuentes y otro de Juan Goytisolo y, sin que me diera cuenta, anunciaron la última estación.

Seguí la fila, subí las escaleras y respiré. Me sentía bien, aunque no sabía por qué, me sentía perfectamente bien. Quizás fue por eso que miré en derredor, localicé el centro comercial de mi infancia y, en él, la diminuta librería de Fernández. Caminé hacia ella, toqué el timbre y saludé.

—Felipe, Felipe, ¿cómo estás?

Nos dimos un abrazo gigantesco y comencé a saquear, comprando, claro, la librería: una edición bellisima de Oppiano Licario, Las mil y una noches de la Colección Jackson, etcétera, etcétera.

Cuando estaba pagando, exactamente en el momento en que Fernández se inclinaba para escoger una bolsa, vi frente a mí la tercera edición de La invención de Morel.

No pude evitarlo: sin saber para qué, o sabiéndolo muy bien, la metí en el maletín. Me despedí con otro abrazo de Fernández y, provisto de una frialdad increíble, me dirigí a la casa de la que entonces —padres muertos y hermana casada— era único propietario. Trasladé la mecedora a mi habitación que ahora era aquella en la que originalmente dormían mis padres y, sin respirar siquiera, leí hasta que en la novela comenzó a sonar la música de Té para dos.

Cuando terminé de leerlo, comencé a sentir que Bioy había muerto y, como no necesitaba comprobarlo, me fui a dormir. Soñé con dos leopardos que se amaban en una selva infinita. Yo iba detrás de ellos y recogía los hijos que la hembra iba soltando. Uno de ellos me rasguñó, sentí un fuerte dolor en el antebrazo y desperté. Era el teléfono que sonaba y, a través del hilo la voz de Susana M que me hablaba entre asustada y sorprendida.

—¿Ya lo sabes, Felipe? Acabo de leer en internet que Bioy está muerto.

—Yo te lo dije. Igual pasó con Borges.

—¿Estás loco, Felipe? ¿Cómo pudiste hacerlo?

Colgó, lo nuestro ya había terminado o quizás ya tenía que salir con el decano. Decidí permanecer en la casa, hundido en una nube de tristeza, preguntándome si tenía sentido hacer lo que había hecho, si no me haría daño que Susana M supiera lo que nadie más sabía y qué cosa sucedería una vez retomada la extraña potencia que por años había pretendido controlar.

Quizás la única respuesta que mis preguntas merecían era comprobar si verdaderamente se trataba de una potencia mía, pero preferí esperar hasta la próxima visita a la librería de Fernández. Esa vez robé —tomé prestado más bien puesto que ya he hecho un paquete en que le devuelvo todos sus libros, comenzando por el de Borges — una antología de José Ángel Valente.

Aunque ahora me siento como Jack el destripador, no había ningún cálculo, ninguna previdencia, en mis acciones. Simplemente sentía una tristeza infinita e iba a la librería de Fernández a buscar en su abrazo uno de los pocos consuelos que en la vida me quedaban. Compraba los libros y, a la hora de robar, para el más sagrado acto que mi vida conocía, escogía los que más me gustaban.

Muerto Valente, pasaron otros meses en los que intenté sacar algún provecho de mis habilidades. Sencillamente comencé a estudiar la obra de Juan José Arreola para escribir un artículo. Había revisado prácticamente toda su obra y solamente me faltaba un libro. Robé este último y, al día siguiente, cuando se conoció la muerte del poeta, la noticia iba acompañada de mi texto. Así pasó dos, cuatro, seis, ocho y diez meses después con Arturo Úslar Pietri, Camilo José Cela y la mayoría de los escritores que ustedes han visto desaparecer fisicamente en los últimos años. A todos leí, de todos escribí artículos primorosamente preparados que luego serían usados por las agencias de prensa para acompañar las notas necrológicas y, un día antes de su muerte, robé uno de sus libros, porque lo necesitaba para completar algún apunte o porque sencillamente sentía que ya había terminado el artículo y necesitaba comenzar otro texto.

Hubo, es claro, personas que se dieron cuenta de la extraña coincidencia y relacionaron mis reseñas con las muertes aunque, ciertamente, no establecieron entre ellas una relación de causalidad directa. Entre ellos Gustavo Sentiel, el jefe del Departamento de Latín y Griego. Dos días después de la muerte de Úslar, lo encontré en el bar de la facultad y me acusó de "gafe", así, en español de España, delante de todo el mundo.

Yo, que estaba corrigiendo exámenes en las mesas de los estudiantes, fingí ignorarlo y él, no puedo negarlo, se ruborizó. Quizás eso fue lo que lo salvó porque, dos horas después, cuando tuve que entrar en la librería para encargar la nueva versión del Quijote, me detuve frente al estante de los diccionarios, tomé entre mis manos el suyo de latín—español y, si no hubiera sido porque se trata de un ladrillo de setecientas páginas...

Claro que en la medida en que aumentaba mi prestigio y crecía el rumor sobre la vastedad de mis conocimientos en virtud de que podía elaborar textos delicadísimos en apenas unas horas —se trataba, obviamente, de los artículos que me llevaban dos meses escribir— crecía también el peligro y éste, no podía ser de otra forma, decidió asumir el cuerpo, la cara, las piernas que el decano ya no acariciaba de Susana M.

Puesto que dábamos clases de la misma materia, nos encontrábamos todos los días, pero dos meses atrás tuvo la gentileza de invitarme a comer y, mientras degustábamos el quesillo —el del cafetín de la facultad es especialmente bueno— ella me confió que el decano le había encargado la dirección del Departamento de Publicaciones y que pensaba relanzar la colección de ensayos con una recopilación de mis trabajos críticos sobre...

No podía creerlo. Nunca hasta entonces había pensado que la angustia que me llevaba hacia la librería de Fernández cada dos o tres meses fuese algo más que eso y estuviese a punto de convertirme a mí, un simple asesino en serie, un Jack moderno y destripador, en el autor de un volumen con que ... Eso pensaba cuando ella me preguntó por Bioy.

—¿Acaso no piensas decirme que fue lo que realmente pasó?

—¿De qué hablas, Susana? Fue una casualidad, una simple casualidad.

—Quizás, pero Sentiel dice que...

—Susana, me tengo que ir. La próxima semana te traígo los textos.

En esos días estaba escribiendo un ensayo sobre Mario Vargas Llosa y lo usé como pretexto. No debí hacerlo: a partir de ese día, cada vez que encontraba a Susana M, ella me saludaba con una mirada extraña, como si compartiera un lejano secreto conmigo, y me preguntaba cuando tendríamos noticias de Vargas.

—¿De qué hablas? —le pregunté la primera vez, intentando hacerme el desentendido.

—¿Acaso no va a pasar con él lo que con los otros?

—¿Qué otros, Susana? ¿Te sientes bien?

—Los que murieron, estúpido.

—Todos vamos a morir —le di por única respuesta y me metí en un salón donde por cierto no debía dar ninguna clase.

Ella no cejó en su empeño y yo comprendí que ya no podría terminar el texto sobre Vargas Llosa, porque sino ella me descubriría.

Una vez más todo pudo haber terminado allí, pero llegó el día de la presentación de mi propio libro. Fue en la librería de la facultad. Yo fui vestido con una chaqueta azul, francesa, que compré hace dos años en las ofertas semestrales de Beco, pantalones de pana verde y camisa azul, sin corbata. Llegué un minuto antes de la hora pautada, las siete de la tarde, saludé a todos y escuché las palabras del decano, las de Susana M y las un poco irónicas de Sentiel. Luego pronuncié las mías y vertí un poco de vino chileno sobre la página de la dedicatoria: "A mi padre, por haberme iniciado en la divina obsesión de la lectura. Y a Fernández, padre también".

Había un pequeño brindis, con vino chileno obviamente, y todos comenzamos a dispersarnos por los pasillos de la librería. Yo caminé hacia los estantes de literatura argentina y recordé que delante de ellos, en la pequeña librería de Fernández...

Estaba viendo los apellidos, Fresan, Aguinjis, Gutiérrez, cuando llegó Susana M, se colgó de mi brazo y me invitó a caminar. No podía decirle que no, era mi editora. Por eso acepté e incluso fingí que lo hacía complacido. Pero ella se detuvo frente al estante de narrativa peruana y, cómo no, señaló la edición rústica de La Fiesta del Chivo.

—Entonces. ¿No va a ser éste el último libro de Vargas Llosa?

—¿Vas a seguir, Susana? —le dije desprendiéndome de ella—. Voy a ver si ya colocaron mi libro en el mesón de literatura venezolana

No debí haberlo dicho y mucho menos hecho. Fui hasta el mesón, vi el libro y comencé a sentir la angustia de aquella primera vez frente a la Poesía completa de Borges. Sentía una especie de nube en el interior del pecho y, aunque hice todo lo posible para evitarlo, mis manos se aproximaron a la portada azul, tomaron el libro y, luego de fingir que leían la nota bio—bibliográfica de la solapa, lo introdujeron en el bolsillo derecho de la chaqueta.

Inicié las despedidas, rechacé las invitaciones a seguir la fiesta en el bar de los chinos y, sin hacerle caso a la alarma que de todas maneras se había activado varias veces durante la noche, salí sin pagar.

Llegué a la casa, dispuse la mecedora en el lugar de costumbre y, luego de terminar estas cuartillas, me dispongo a iniciar la lectura.

Es como si cantara mi propio réquiem.


DÍAS DE SUERTE

—Juéguese el cuatrocientos cuarenta y ocho —dijo para mi sorpresa la cajera de la panadería cuando terminó de darme el vuelto.

Yo le había pagado con un billete de diez mil y ella no sólo me daba dos o tres billetes y algunas monedas, sino que también un número para jugar en la lotería, como si supiera que yo estaba a punto de presentar un libro con textos ludopáticos.

—Gracias —fue lo único que dije—. Muchas gracias. Cuatrocientas cuarenta y ocho gracias.

—No hay de qué, mi amor. Pero que sea por la lotería de Caracas. En el sorteo de las once de la mañana.

—Okey —le dije esta vez y caminé torpemente hacia el carro: tenía que ir a lo del libro.

Antes de entrar en la autopista, el anciano que pide dinero en el semáforo me lo volvió a repetir. A cambio de las monedas que la cajera me había dado, claro.

—El cuatro cuatro ocho. Lotería del Táchira. Sorteo de las siete.

Eran las siete y cinco y el bautizo estaba pautado para las siete y media: ya lo de la lotería sería para el día siguiente. Era necesario llegar al museo. Que si patatín, que si patatán. Los saludos de rigor, algún discurso. Se trataba de una presentación colectiva y el único libro ludopático era el mío.

Mientras presentaban la colección, como había mucha gente y demasiado calor, me senté junto a las plantas, aproximadamente a diez metros de la tarima.

Inmediatamente se acercó una morena, interesante aunque con el pelo teñido de amarillo y un libro de Fernández Retamar en la mano izquierda.

—¿Puedo? —apenas dijo en lo que yo entendí como una pregunta destinada a saber si podía sentarse a mi lado.

—Claro, ¿cómo no? —le dije apretando las piernas y haciendo desaparecer los codos.

Ella se sentó y comenzó a abanicarse con el libro. Luego lo colocó sobre sus piernas, lo abrió y se detuvo en una página en blanco, donde estaba garabateada la dedicatoria.

—¿Es del autor? —le pregunté.

—No sé, el libro no es mío, es del amigo con que vine —dijo mostrándome un centímetro de papel donde decía clarito: “Retamar”—. ¿Tú también lees?

—Un poco, sí.

—¿Y escribes?

—Un poquito menos.

—¿Y tienes suerte?

Le iba a responder, pero en seguida me llamaron para que me tomara una foto con el libro en la mano, como si fuera un diploma.

A los dos minutos regresé.

—Tengo suerte a veces, depende de la compañía —le dije pensando en un amigo que siempre ocasiona desgracias, verdaderas desgracias.

—¿Y llevas dinero contigo?

—Es posible, creo que sí.

—Entonces llévame a un bingo.

—¿Y tu amigo?

—No importa, yo le devuelvo el libro.

Todavía no sé muy bien por qué, pero inmediatamente salí del museo con la morena de pelo pintado. Retroceso, primera, segunda, en apenas cinco minutos llegamos al bingo y, en uno más, estábamos junto a las maquinitas.

—¿Tú sabes que en el libro casualmente se habla de estas máquinas?

—Ah, ¿sí? Yo me voy a meter en esta máquina.

La máquina en cuestión estaba decorada con carritos y flores.

—Si me tocan los tres carritos, me da quince jugadas gratis —dijo mientras metía el segundo billete en la ranura tragabilletes.

A mi lado, un desdichado peleaba con una máquina llena de muñequitos de Disney:

—Que me toquen tres Barneys, por favor. Que me salgan los tres Barneys.

No pude evitar girarme completamente para ver su rostro.

Lo que vi justificaba la visita al bingo. Era mi profesor de historia de la psiquiatría, un médico de Maracay que se había educado vendiendo panelas de San Joaquín.

Fingí no reconocerlo y continué dándole dinero a la morena de pelo teñido.

Cuando el dinero estaba a punto de acabarse, aparté un billete de veinte y lo introduje en uno de los bolsillos de la chaqueta.

—¿Por qué haces eso, papi? Mira que trae mala suerte.

—No te preocupes, mi vida. Es para pagar el estacionamiento —le dije pensando que antes de doce horas jugaría el vuelto al cuatrocientos cuarenta y ocho.

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