martes, 27 de julio de 2010

Los Lagos de Hesnor Rivera



EL LAGO DE LAS DIEZ MIL TORRES

En los 70 años de la muerte trágica del

poeta Ismael Urdaneta, y en los 70

años de mi existencia.

Ya desaparecieron los jardines

sembrados por los pescadores

sobre la cubierta

de las piraguas en ruina.

Viejo soldado

de las guerras lejanas!

Poeta de los versos

que son y serán siempre

algo distinto!

El lago está donde lo dejaste

hace ya setenta años

pero mucho más lacerado.

Ya se ha subido

a la azotea de los grandes vacíos

-allí donde hasta el trópico

se dobla bajo el peso de los calores

y las tempestades

capaces de descomponer

hasta a las brisas de la muerte.

Sube y desde lo alto

de los abismos finales

el Lago de las diez mil torres

contempla el panorama

de sus glorias contradictorias:

La de la feroz utilidad

que lo obliga a darse muerte

por la propia mano

y la de la gran belleza

enteramente inútil

pero maravillosa

donde las noches llegaban

a beber para proseguir el viaje

por todas las latitudes del mundo.

Joven legionario

envejecido por las agonías

que llenaban de penas

y de pequeños relámpagos el aire!

Ismael Urdaneta

Habías visto muchas veces

Al Lago desde las ventanas

De la calle Oriente. Desde

los barandales de La Plaza

del Buen Maestro. Allí bastaba

que la luna plateara

la transparencia todavía viva

de las aguas para que volvieran

por contraste a tu memoria

las imágenes del terror

cuando te hundías

en los pantanos helados

de Ukrania. En las trincheras

consteladas de obuses

en el Peloponeso

durante la Gran Guerra.

La desesperanza

de la muchacha francesa

que encontraste en Argelia.

La parálisis horrible

que te arrancó de Francia

para siempre indefenso

como el Lago que veías

romperse poco a poco

-se ennegrecían de petróleo

Los ámbitos de su atmósfera

Habitada por vendavales angélicos.

De los jardines sembrados

por los pescadores en las ruinas

de las piraguas ya habían

caído los pétalos finales

de las cayenas y las siemprevivas

último alimento de los peces

que se marcharon porque el Lago

alrededor se moría.




EL LAGO

A Guillermo Montilla

Sentados uno junto a otros

en el borde de los malecones

los bebedores consuetudinarios

se dedicaban a lanzar y recoger

la larga cuerda de sus visiones

sobre la superficie del lago.

Alrededor flotaban las botellas

de aguardientes vacías

como ejemplares de una fauna

utilizable –a semejanza

de las palomas– solamente

para transportar mensajes.

Desde muy temprano

los borrachos más antiguos

no podían contener las lágrimas

mirando sin parar la costa

donde se muere el relámpago.

Los más jóvenes hablaban

sobre crímenes y sobre

la necesidad de establecer

como tradición el hecho

de que cada barrio no dejara

de tener todos los días

los velorios de sus muertos propios.

Relataban una vez más la historia

del fantasma Bartolo

-el platanero que mató a su hijo

porque se durmió en el cayuco.

La del recién nacido que llora

abandonado en la noche

pero que se le vuelve de pronto

un gran diablo entre los brazos

a la persona que lo cargue

para buscar su familia.

La de la mujer siempre de luto

que en la oscuridad seduce

a los transeúntes tardíos

a quienes se les convierte en vaca

negra o pantera en el instante

en que la desvisten para poseerla.

Ya desaparecieron o vagan

por los callejones sin salida

de las remodelaciones dementes.

Los últimos bebedores

consuetudinarios fueron vistos

en aquella carroza fúnebre

que puso fin a los recuerdos

de los bellos carnavales de antaño.

Ahora los malecones no huelen

a pescado frito. A empanadas

calientes. No hay pescadores

ni plátanos ni visiones

que salten para encantar

las velas de las piraguas sin rumbo.

Sólo los peces póstumos

sacan a veces sus cabezas

de ahogados –sus boquitas

de borrachos que beben

para que los mate las nostalgia

de su viejo paraíso perdido.



LOS LAGOS

A Vicente Gerbasi

Alrededor de nuestra casas

crecían lagos. Cuando las hierbas

de sus barbas todavía brillaban

en sus corazones los peces se aprendían

de memoria el canto de los pájaros

para alabar la transparencia

de los amores del agua.

Un lago crece

como la espalda

donde se mira la respiración del cielo.

Alrededor de nuestras casas

crecían costas iluminadas

por lirios de mejillas sangrientas.

Los astros se escondían detrás

de la humareda del árbol

listo ya para zarpar hacia donde

el amanecer es un puerto.

Un lago crece

como la botella

por cuya boca silba

como los vendavales el tiempo.

Alrededor de nuestras casas

agonizan los lagos –se oyen

desde lejos sus latidos

de animal que se espanta

de la piel de los fantasmas.

El agua se convierte en ausencia.

Los peces evaporan la luna

de su fuego en la sombra

-entre las raíces que amarraban

en el pasado a las islas.

Un lago muere

como un ángel

con osamenta de espejos.

Alrededor de nuestras casas

crece ahora como un pantano

de cenizas poco a poco el silencio.

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