jueves, 29 de abril de 2010

Tres Relatos de La Cruzada de los Niños de Marcel Schwob


Relato del goliardo

Yo, pobre goliardo, clérigo miserable errabundo por los bosques y los caminos para mendigar, en nombre de Nuestro Señor, mi pan cotidiano, vi un espectáculo piadoso, y oí las palabras de los niñitos. Sé que mi vida no es muy santa, y que he cedido a las tentaciones bajo los tilos del camino. Los hermanos que me dan vino bien se dan cuenta de que estoy poco acostumbrado a beber. Pero no pertenezco a la secta de los que mutilan. Hay mentecatos que les sacan los ojos a los pequeñuelos, les cortan las piernas y les atan las manos, con el objeto de exhibirlos y de implorar la caridad. He aquí por qué tengo miedo al ver todos estos niños. Sin duda, los defenderá Nuestro Señor. Hablo al acaso, porque estoy lleno de alegría. Río de la primavera y de lo que vi. No es muy fuerte mi espíritu. Recibí la tonsura de clérigo a la edad de diez años, y he olvidado las palabras latinas. Soy semejante a la langosta: porque salto, aquí y allá, y zumbo, y a veces abro las alas de color, y mi cabeza menuda está transparente y vacía. Dicen que San Juan se alimentaba de langosta en el desierto. Sería necesario comer muchas. Pero San Juan de ningún modo era un hombre como nosotros.

Estoy lleno de adoración por San Juan, porque era vagabundo y decía palabras incoherentes. Me parece que debieron ser más suaves. Este año, también es suave la primavera. Nunca tuvo tantas flores pálidas y rosadas. Las praderas están lavadas recientemente. Por todas partes resplandece la sangre de Nuestro Señor en los setos. Nuestro Señor Jesús es color de azucena, pero su sangre es bermeja. ¿Por qué? No lo sé. Esto debe de estar en algún pergamino. Si yo hubiese sido experto en letras, tendría pergamino, y escribiría en él. De este modo comería muy bien todas las noches. Iría a los conventos a rogar por los hermanos muertos e inscribiría sus nombres en mi rollo. Transportaría mi rollo de los muertos, de una abadía a la otra. Es una cosa que agrada a nuestros hermanos. Pero ignoro los nombres de mis hermanos muertos. Puede ser que Nuestro Señor tampoco se cuide mucho de saberlos. Me pareció que todos estos niños no tenían nombres. Es seguro que los prefiere Nuestro Señor Jesús. Llenaban el camino como un enjambre de abejas blancas. No sé de dónde venían. Eran pequeños peregrinos. Tenían bordones de avellano y de álamo. Llevaban la cruz a la espalda; y todas estas cruces eran de innumerables colores. Las vi verdes, que debieron de estar hechas con hojas cosidas. Son niños salvajes e ignorantes. Vagan no sé hacia donde. Tienen fe en Jerusalén. Pienso que Jerusalén está lejos, y que Nuestro Señor debe estar más cerca de nosotros. No llegarán a Jerusalén. Pero Jerusalén llegará a ellos. Como a mí. El fin de todas las cosas santas radica en la alegría. Nuestro Señor está aquí, en esta espina enrojecida, y en mi boca, y en mi pobre palabra. Porque pienso en él y su sepulcro está en mi pensamiento. Amén. Me acostaré aquí bajo el Sol. Es un sitio santo. Los pies de Nuestro Señor santificaron todos los lugares. Dormiré. Que Jesús haga dormir en la noche a todos estos niñitos blancos que llevan la cruz. En verdad, yo se lo digo. Tengo mucho sueño. Yo se lo digo, en verdad, porque tal vez él no los ha visto, y debe velar por los niñitos. La hora del mediodía pesa sobre mí. Todas las cosas son blancas. Así sea. Amén.

Relato del leproso

Si deseáis comprender lo que quiero deciros, sabed que tengo la cabeza cubierta con un capuchón blanco y que agito una matraca de madera dura. Ya no sé cómo es mi rostro, pero tengo miedo de mis manos. Van ante mí como bestias escamosas y lívidas. Quisiera cortármelas. Tengo vergüenza de lo que tocan. Me parece que hacen desfallecer los frutos rojos que tomo; y creo que bajo ellas se marchitan las raíces que arranco. Domine ceterorum libera me! El Salvador no expió mi pálido pecado. Estoy olvidado hasta la resurrección. Como el sapo empotrado al frío de la Luna en una piedra obscura, permaneceré encerrado en mi escoria odiosa cuando los otros se levanten con su cuerpo claro. Domine ceterorum fac me liberum: leprosus sum. Soy solitario y tengo horror. Sólo mis dientes han conservado su blancura natural. Los animales se asustan, y mi alma quisiera huir. El día se aparta de mí. Hace mil doscientos doce años que su Salvador los salvó, y no ha tenido piedad de mí. No fui tocado con la sangrienta lanza que lo atravesó. Tal vez la sangre del Señor de los otros me habría curado. Sueño a menudo con la sangre; podría morder con mis dientes; son blancos. Puesto que Él no ha querido dármelo, tengo avidez de tomar lo que le pertenece. He aquí por qué aceché a los niños que descendían del país de Vendome hacia esta selva del Loira. Tenían cruces y estaban sometidos a Él. Sus cuerpos eran Su cuerpo y Él no me ha hecho parte de su cuerpo. Me rodea en la Tierra una condenación pálida. Aceché, para chupar en el cuello de uno de sus hijos, sangre inocente. Et caro nova fiet in die irae. El día del terror será mi nueva carne. Y tras de los otros caminaba un niño fresco de cabellos rojos. Lo vi; salté de improviso; le tomé la boca con mis manos espantosas. Sólo estaba vestido con una camisa ruda; tenía desnudos los pies y sus ojos permanecieron plácidos. Me contempló sin asombro. Entonces, sabiendo que no gritaría, tuve el deseo de escuchar todavía una voz humana y quité mis manos de su boca, y él no se la enjugó. Y sus ojos estaban en otra parte.

–¿Quién eres? –le dije.

–Johannes el Teutón –respondió.

Y sus palabras eran límpidas y saludables.

–¿Adonde vas? –repliqué.

Y él respondió:

–A Jerusalén, para conquistar la Tierra Santa.

Entonces me puse a reír, y le pregunté:

–¿Quién es tu Señor?

Y él me dijo:

–No lo sé; es blanco.

Y esta palabra me llenó de furor, y abrí la boca bajo mi capuchón, y me incliné hacia su cuello fresco, y no retrocedió, y yo le dije:

–¿Por qué no tienes miedo de mí?

Y él dijo:

–¿Por qué habría de tener miedo de ti, hombre blanco?

Entonces me inundaron grandes lágrimas, y me tendí en el suelo, y besé la Tierra con mis labios terribles, y grité:

–¡Porque soy leproso!

Y el niño teutón me contempló, y dijo límpidamente:

–No lo sé.

¡No tuvo miedo de mí! ¡No tuvo miedo de mí! Mi monstruosa blancura es semejante para él a la del Señor. Y tomé un puñado de hierba y enjugué su boca y sus manos. Y le dije.

–Ve en paz hacia tu Señor blanco, y dile que me ha olvidado.

Y el niño me miró sin decir nada. Lo acompañé fuera de lo negro de esta selva. Caminaba sin temblar. Vi desaparecer a lo lejos sus cabellos rojos en el Sol. Domine infantium, libera me! ¡Que el sonido de mi matraca de madera llegue hasta ti, como el puro sonido de las campanas! ¡Maestro de los que no saben, libértame!

Relato del Papa Inocencio III

Lejos del incienso y de las casullas, puedo muy fácilmente hablarle a Dios en esta cámara desdorada de mi palacio. Aquí es donde vengo a pensar en mi vejez, sin que me sostengan bajo los brazos. Durante la misa se eleva mi corazón y mi cuerpo se enerva; el cintilar del vino sagrado llena mis ojos, y mi pensamiento se lubrica con los aceites preciosos; pero en este lugar solitario de mi basílica, puedo inclinarme bajo mi fatiga terrestre. Ecce homo! Porque de ningún modo el Señor debe escuchar verdaderamente la voz de sus sacerdotes a través de la pompa de los mandamientos y de las bulas; y sin duda ni la púrpura, ni las joyas, ni las pinturas le agradan; pero en esta pequeña celda acaso tenga piedad de mi imperfecto balbuceo. Señor, soy muy viejo, y heme aquí, vestido de blanco ante ti, y mi nombre es Inocencio, y tú sabes que no sé nada. Perdóname mi papado, porque fue instituido, y yo lo sufrí. No fui yo el que ordenó los honores. Me agrada más ver tu Sol por esta ventana redonda que en los reflejos magníficos de mis vidrieras de colores. Déjame gemir como cualquier viejo y volver hacia ti este rostro pálido y arrugado que levanto penosamente por encima de las olas de la noche eterna. Los anillos se deslizan por mis dedos enflaquecidos, como se escapan los últimos días de mi vida.

¡Dios mío! soy tu vicario aquí, y hacia ti tiendo mi mano extenuada, llena del vino puro de tu fe. Hay grandes crímenes. Hay muy grandes crímenes. Podemos darles la absolución. Hay grandes herejías. Hay muy grandes herejías. Debemos castigarlas implacablemente. A esta hora en que me arrodillo, blanco, en esta blanca celda desdorada, sufro una inmensa angustia, Señor, no sabiendo si los crímenes y las herejías son del pomposo dominio de mi papado o del pequeño círculo de luz en el cual un hombre viejo une sencillamente sus manos. Y también, me encuentro turbado en lo que se refiere a tu sepulcro. Siempre está rodeado de infieles. No se ha sabido recobrarlo. Nadie ha dirigido tu cruz hacia la Tierra Santa; estamos sumergidos en el entorpecimiento. Los caballeros han depuesto sus armas y los reyes no saben ya mandar. Y yo, Señor, me acuso y golpeo mi pecho: soy demasiado débil y demasiado viejo.

Sin embargo, Señor, escucha este balbuceo trémulo que asciende fuera de esta pequeña celda de mi basílica y aconséjame. Mis servidores me trajeron extrañas nuevas desde el país de Flandes y de Alemania hasta las ciudades de Marsella y Génova. Van a nacer sectas ignoradas. Se han visto correr por las ciudades mujeres desnudas que no hablan. Estas mudas impúdicas señalan el cielo. Varios locos han predicado la ruina en las plazas. Los ermitaños y los clérigos errantes murmuran. Y no sé por qué sortilegio más de siete mil niños fueron sacados de sus casas. Son siete mil en el camino y llevan la cruz y el bordón. No tienen nada que comer; no tienen armas ningunas; son ineptos y nos avergüenzan. Son ignorantes de toda verdadera religión. Mis servidores los han interrogado. Responden que van a Jerusalén para conquistar la Tierra Santa. Mis servidores les dijeron que no podrían atravesar el mar. Respondieron que el mar se separaría y se desecaría para dejarlos pasar. Los buenos padres, piadosos y sabios, se esforzaron por retenerlos. Rompieron durante la noche los cerrojos y franquearon las murallas. Es lamentable. Señor, todos estos inocentes serán entregados al naufragio y a los adoradores de Mahoma. Veo que el soldán de Bagdad los acecha en su palacio. Tiemblo al pensar que los marineros se apoderen de sus cuerpos para venderlos.

Señor, permíteme que te hable según las fórmulas de la religión. Esta cruzada de los niños no es una obra piadosa. No podrá conquistar el Sepulcro para los cristianos. Aumenta el número de los vagabundos que caminan en el límite de la fe autorizada. Nuestros sacerdotes no pueden protegerla. Debemos creer que el Maligno posee a estas pobres criaturas. Van en rebaño hacia el precipicio como los cerdos en la montaña. El Maligno se apodera gustoso de los niños, Señor, como lo sabes. En otro tiempo, revistió el aspecto de un cazador de ratas para atraer con las notas de la música de su caramillo a los pequeñuelos de la ciudad de Hamelin. Unos dicen que estos infortunados se ahogaron en el río Waser; otros, que los encerró en el flanco de una montaña. Temo que Satán conduzca a todos nuestros niños a los suplicios de los que no tienen nuestra fe. Señor, sabes que no es bueno que se renueve la creencia. Tan pronto como apareció en la zarza ardiente, la hiciste encerrar en un tabernáculo. Y cuando se escapó de tus labios en el Gólgota, ordenaste que fuese encerrada en las píxides y las custodias. Estos pequeños profetas derrumbarán el edificio de tu Iglesia. Es necesario defenderla. ¿Es con menosprecio de tus consagrados, cómo usarán en tu servicio sus albas y sus estolas, cómo resistirán duramente a las tentaciones para vengarte, cómo recibirás a los que no saben lo que hacen? Debemos dejar que vayan hacia ti los pequeñuelos, pero por el camino de tu fe. Señor, te hablo según tus instituciones. Estos niños perecerán. No hagas que bajo Inocencio se renueve el asesinato de los inocentes.

Perdóname sin embargo, Dios mío, por haberte pedido consejo bajo la Tierra. Se apodera de mí el temblor de la vejez. Mira mis pobres manos. Soy un hombre viejo. Mi fe no es ya la de los pequeñuelos. El oro de las paredes de esta celda está gastado por el tiempo. Son blancas. El círculo de tu Sol es blanco. Mi traje es blanco también, y mi corazón desecado es puro. Lo digo según tu regla. Hay crímenes. Hay muy grandes crímenes. Hay muy grandes herejías. Mi cabeza está vacilante de debilidad: tal vez no sea necesario ni castigar ni absolver. La vida pasada hace titubear nuestras resoluciones. No he visto ningún milagro. Ilumíname. ¿Esto es un milagro? ¿Qué signo le diste? ¿Han llegado los tiempos? ¿Quieres que un hombre muy viejo, como yo, sea semejante en su blancura a tus pequeñuelos cándidos? ¡Siete mil! Aunque su fe sea ignorante, ¿castigarás la ignorancia de siete mil inocentes? También yo soy Inocente. Señor, soy inocente como ellos. No me castigues en mi extrema vejez. Los largos años me enseñaron que este rebaño de niños no puede triunfar. Sin embargo, Señor, ¿es un milagro? Mi celda continúa apacible, como en otras meditaciones. Sé que no es necesario implorarte, para que te manifiestes; pero yo, desde lo alto de mi extrema vejez, desde lo alto de tu papado, te suplico. Instrúyeme, porque no sé. Señor, son tus pequeños inocentes. Y yo, Inocencio, no sé, no sé.

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