viernes, 2 de abril de 2010

Cánticos Espirituales. Por Novalis


Desasido, andabas por la Tierra suavemente,
como un espíritu.
A. W. Schlegel

1

¿Qué hubiera sido sin ti? me pregunto.

¿Qué es lo que yo sin ti no hubiera sido?

Al temor y a la angustia destinado,
sólo en el mundo me hubiera yo visto.
No sabría de cierto lo que amara,
me sería el futuro un negro abismo;
y cuando el corazón se conturbase
¿quién dar podría a mi dolor alivio?

Consumido de amor y de tristeza

me fuera el día cual la noche obscuro;

sólo viera, a través de amargas lágrimas,
de nuestra vida el desbocado curso.
En mi hogar hallaría sólo angustia
y perpetua inquietud dentro del mundo.

¿Quién sin un fiel amigo allá en el cielo
en la Tierra podría estar seguro?
Pero Cristo se me ha manifestado
y firmemente en Él desde ahora creo.
Vida de luz, ¡cuán presto tú disipas
la vacua obscuridad sin fundamento!

Sólo Él, sólo Él me ha vuelto hombre;

claro el destino a su presencia veo;
la flora tropical, hasta en el Norte,
en torno surgirá del que yo quiero.
Hora de amor es para mi la vida;
habla amor y es delicia el mundo todo;

de salud brota hierba en toda herida

y todo corazón late de gozo.
Sus infinitos dones, cual un niño dócil
y humilde, sonriendo acojo;

cierto que entre nosotros
Él alienta,
aun cuando nos reunamos dos tan sólo.
Salid, salid por todos los caminos,
id a buscar a los que van errantes,

tendedles compasivos vuestra mano

y a nuestra compañía convidadles.

El cielo ha descendido ya a la Tierra;

unidos todos en la fe veámosle.
De par en par también lo tendrá abierto
aquel que en la fe nuestra comulgare.
El antiguo delirio del pecado anidaba
de tiempo en nuestro pecho;

meros juguetes del dolor y el goce,
en la noche vagábamos cual ciegos.

Parecía enemigo de los dioses el hombre,
un crimen cada acción;
si el cielo
pareció alguna vez querer hablarnos,
tan sólo nos habló de muerte y miedo.
El corazón, la fuente de la vida, de maldad
al espíritu alojaba;
aun en nuestros días más risueños,
era inquietud tan sólo la ganancia.
Aquí en la Tierra férreas ligaduras

a los hombres temblando aprisionaban:

el temor a la muerte justiciera

ahogaba el postrer rasgo de esperanza.
Un salvador, un hijo de los hombres,
el gran libertador entonces vino,

y encendió en lo interior de nuestro pecho
fuego purificante de amor vivo.
Sólo entonces el cielo,
como el nuestro
antiguo solar patrio, abierto vimos;
podíamos tener fe y esperanza,
y con Dios nos sentíamos unidos.
Desapareció el pecado de nosotros;
gozoso se volvió nuestro camino;

como el mejor de todos los regalos

se hizo presente de esta fe a los niños.
Así santificada nuestra vida,

transcurrió como un sueño beatífico,
y, apenas se notó, de tan sereno,
de nuestra muerte el tránsito temido.

Helo aquí aún a nuestro dulce Amado,
envuelto en su esplendor maravilloso,
de espinas, su corona ensangrentada,
acerbo llanto arranca a nuestros ojos.

Bienvenido nos sea todo hermano
cuyas manos se tiendan a nosotros;

limpio de corazón,
pronto sazone
del paraíso en fruto deleitoso.

2

Clarea ya por el lejano oriente,

las horas grises huyen ya del mundo.

¡Oh, qué sorbo tan largo y tan profundo

de la luz en la misma excelsa fuente!

Colmado está tu anhelo, oh criatura;

todo un Dios en amor se transfigura.

Por fin, la triste Tierra ya visita

el hijo bendecido de los cielos;

ya melodioso y gárrulo se agita

viento de vida por los bajos suelos;

reunir quiere en eternas llamaradas

las chispas ya de tiempo dispersadas.

En todo seno ignoto de caverna,

de savia nueva surgen manantiales;

se sumerge, por damos paz eterna,

de la vida en los túrbidos raudales;

a nosotros sus pías manos tiende,

y, compasivo, a todo ruego atiende.

Deja que sus miradas amorosas

penetren en la hondura de tu alma;

déjate aprisionar, como entre rosas,

por su amor que difunde eterna calma.

Los espíritus, todos en alianza,

desde hoy comiencen una nueva danza.

No cejes hasta asir su mano amada;

sus rayos en ti imprime arrobadores;

hacia Él volverás siempre la mirada;

si entero el corazón le has entregado,

cual fiel esposa, le tendrás al lado.

Nuestra eres ya, divinidad, que un día

tus iras fulminabas inclemente;

ya desde el septentrión al mediodía

reavivaste la célica simiente.

¡Oh, déjanos de Dios en los alcores

aguardar los pimpollos y las flores.


3

El que velando solo, sin consuelo

en lágrimas derrama su dolor,

al ver en sombras de aflicción y duelo

envuelto cuanto yace en derredor;

el que la triste imagen del pasado,

cual de un profundo abismo, ve surgir,

y gravita hacia el fondo nunca hollado

de un dulce llanto le parece oír,

es como el que un tesoro fabuloso

viera allá abajo en brillador montón,

y a Él se abalanzase codicioso,

todo jadeante y ebrio de ilusión.

Del porvenir la inmensidad baldía

se abre pavorosa frente a Él,

y, por la soledad, falto de guía,

busca a sí mismo con furor cruel.

Yo caigo entre sus brazos sollozando;

sin aliento, cual tú, también me hallé;

mas de mi pesadumbre estoy sanando;

do puedo descansar sin fin ya sé.

A mí y a ti el consuelo nos alienta

de aquel que tanto amó, sufrió y murió,

y hasta el que desalmado le atormenta,

al morir, sonriendo perdonó.

El murió y, sin embargo, a todas horas

sientes su amor y en tu interior lo ves,

y puedes en tus brazos, al que adoras,

dulcemente estrechar, doquier estés.

Con nueva sangre y vida Él es quien riega

tu carne, condenada a perecer;

si de tu corazón le haces entrega,

vendrás por siempre el suyo a poseer.

Lo que perdí una vez, en Él he hallado;

también encuentro en Él cuanto amé yo,

y eternamente queda a mí ligado

lo que su mano a mí me devolvió.

4

Entre tantas horas gratas

que he pasado en mi existencia,

una tan sólo amo yo:

en que, entre acerbos dolores,

descubrí dentro del alma

quien por nosotros murió.

Vi mi mundo hecho pedazos,

por un gusano roído;

marchito mi corazón;

toda ilusión, toda dicha,

yacía bajo su losa;

en mí, todo era aflicción.

Enfermaba yo en silencio,

dejar el mundo anhelaba

en mi eterno delirar,

cuando al pronto, de la tumba,

se alzó la losa, y el alma

se abrió de par en par.

A quien vi, quien de su mano

llevaba, nadie lo supo;

lo veré en eternidad.

Y esta serena, entre todas

mis horas, cual mis heridas,

abierta por siempre está.

5

Sólo que yo le tenga,

sólo que sea mío,

sólo que el corazón, hasta la tumba,

ya nunca, nunca de Él caiga en olvido;

nada se ya de pena, nada siento,

sino un férvido amor, gozo infinito.

Sólo que yo le tenga,

todo de grado olvido,

y, empuñando el bastón del caminante,

dócil a mi Señor tan sólo sigo,

y, sin pensar, yo dejo que los otros

anden por anchos, dóciles caminos.

Sólo que yo le tenga

me dormiré tranquilo,

eternamente, un dulce refrigerio

encontraré en el caudaloso río,

que de su pecho fluye y todo inunda,

cubre y penetra entre sus blandos giros.

Sólo que yo le tenga,

ya es todo el mundo mío;

dichoso cual un niño que, en la gloria,

sostuviese a María el velo níveo,

en la contemplación beata absorto,

no me estremece ya el terreno abismo.

Allí donde le tengo,

allí mi patria habito;

cuando llueven sus gracias en mi mano,

como preciada herencia las recibo;

hermanos que de tiempo a faltar echo,

hoy a encontrarlos vuelvo en sus discípulos.

6

Si todos te son infieles,

yo siempre fiel te seré;

no se diga que en la Tierra

la gratitud muerta esté.

por mí, sufriste tormento,

por mí, una muerte cruel;

mi corazón toma en pago

por siempre más, tuyo es.

Lloro a menudo al pensar

que tú moriste por mí,

y que algunos de los tuyos

No se acuerdan ya de ti.

De puro amor penetrado,

¿qué no hiciste en tu vivir?

¡Y te olvida, ingrato, el mundo

que quisiste redimir!

Lleno del amor más tierno

junto a cada uno estás,

y, aunque todos te abandonen,

tú no nos dejas jamás;

Amor fiel es el que vence,

así siéntese al final;

sollozando en tus rodillas

se va la frente a posar.

Ah, no me abandones nunca

pues que en mí te siento yo,

déjame estar abrazado

contigo en eterna unión.

Sus ojos, al fin, los hombres

alzarán a tu mansión,

y, de amor enajenados,

caerán en tu corazón.

7

El secreto del amor

bien pocos lo saben;

sienten una sed eterna

y sienten hambre insaciable.

La Eucaristía es un extraño enigma

a los sentidos mortales.

Pero aquel que de unos labios

cálidos, amantes,

de la vida el hálito, sorbido

hubiere alguna vez; aquel que sabe

cómo las brasas divinas

al corazón del amante

funden y derriten

en oleadas palpitantes;

aquel que su honda mirada

hacia los cielos levante

y haya alguna vez sondeado

las sacras profundidades,

comerá de su cuerpo,

beberá de su sangre

eternamente.

¿Quién del cuerpo terreno ha descifrado

el gran sentido inefable?

¿Quién decir podría

que entiende lo que es la sangre?

Un tiempo todo era cuerpo,

–un Cuerpo–; flotaban

en sangre celeste

los venturosos amantes.

¡Oh, si de repente

enrojecieran los mares!

¡Oh, si la carne olorosa

en los peñascos brotase!...

Nunca terminarás, dulce convite.

Oh, amor, no dirás nunca bastante.

La intimidad más perfecta

con que al amado poseerá el amante.

Honda bastante no es nunca,

ni el deseo infinito satisface.

Por siempre más, dulces labios

sentirás lo gozado transformarse

en algo siempre más íntimo,

algo que más se adentra a cada instante.

Voluntad, a cada paso más ardiente,

toda el alma invade.

Más sediento, más hambriento

siéntese el corazón que de amor late:

y, por eternidad de eternidad,

el placer del amor vive y renace.

Si pudiesen gustar los hombres sobrios

deleite tan grande,

todo olvidarían,

vendrían con nosotros a sentarse

a esta mesa del infinito anhelo

que nunca vacía verán las edades.

Reconocieran del amor entonces

la plenitud inagotable,

y entonarían himnos al convite

del cuerpo y la sangre.

8

Siempre llorar debiera, llorar siempre:

¡ah, si una vez, al menos, Él pudiera

aparecer de lejos ante mi!

¡Santa melancolía! Jamás ceden

mis angustias, mis lágrimas; quisiera

permanecer, de dolor yerto, aquí.

Le veo eternamente en su tortura;

le veo eternamente en su agonía,

¡oh, ¿cómo no te rompes, corazón?,

¿cómo por siempre no os cerráis, mis ojos?,

¿cómo no os deshacéis todos en llanto?,

no merecí jamás tal galardón!

¿No llorará ninguno de vosotros?

¿Ha de caer su nombre en el olvido?

¿Es que tal vez el mundo muerto está?

¿Tal vez no volveré en sus dulces ojos

el néctar a beber de Amor y Vida?

¿Está, acaso, por siempre muerto ya?

Muerto... ¿Mas qué es lo que esto significa?

Decídmelo vosotros, oh, los sabios;

¿podéis este misterio descifrar?

¡Ved! Él ha enmudecido y todos callan.

Nadie puede indicarme aquí en la Tierra

donde mi corazón le podrá hallar.

En parte alguna de este bajo suelo

no volveré jamás a ser dichoso;

todo fue, todo fue sueño fugaz.

Yo también, yo también con Él he muerto.

¡Ah, si yo en las entrañas de la Tierra

pudiese descansar con Él en paz!

Óyeme, tú, su padre y padre mío:

junta a los suyos mis ruines huesos,

sin tardar, en la lóbrega mansión.

Verdeará de su fosa la eminencia,

en ella el viento rozará sus alas,

y entrará mi vil cuerpo en corrupción.

Si supiesen su Amor todos los hombres,

sin vacilar, se harían cristianos;

lo dejarían todo por su honor;

su único Amor pondrían en el Único;

dieran conmigo rienda suelta al llanto,

y se consumirían de dolor.

9

Yo os digo a todos: vive todavía,

pues ha resucitado;

en medio de nosotros –aun está presente–

y en nosotros alienta eternamente.

Lo digo a todos; dígalo al instante

cada uno a sus amigos.

Dígalo sin demora –por valle, monte y llano–,

que ya el reino de Dios está cercano.

Ahora comienza a aparecer el mundo

cual una común patria;

con gozo aceptan todos el don de nueva vida,

que llueve de su mano bendecida.

Se hundió ya del mar, en lo profundo

el horror de la muerte;

ya todo mortal puede –con ánimo seguro–,

ver la sublimidad de su futuro.

El sombrío sendero que Él hollaba

en el cielo termina;

aquel que a su consejo el corazón entrega,

a la casa del padre por fin llega.

Aquí ya nadie llora; cuando alguno

cierra a la luz los ojos,

tan gran dolor se endulza con la santa alegría

de volver a encontrarse allá algún día.

Al bien obrar ya puede quien lo quiera

con fervor consagrarse,

pues toda esta semilla Él la verá gozoso

dar flor en un vergel más deleitoso.

Él vive; entre nosotros, va a quedarse,

aunque nos dejen todos.

Celebremos la fiesta que el día nos ofrece;

hoy nuestro mundo se rejuvenece.

10

Hay días desolados, que en el seno

de miedo al alma echan,

en que parece estar el aire lleno

de espectros que te acechan.

Mil lívidos fantasmas se deslizan

y llaman a tu puerta;

las sombras de la noche atemorizan

tu alma helada y yerta.

Vacila el que creías firme asiento;

la confianza perece;

deshecho en torbellino el pensamiento,

ningún freno obedece.

De la locura el indomable impulso

al alma ciega azota;

ya va la vida a detener su pulso;

el sentido se embota.

¿Quién la cruz ha plantado como abrigo

de todo ser viviente?

¿Quién habita en los cielos, dulce amigo

de toda alma doliente?

Ve al árbol milagroso que derrama

celeste mansedumbre;

todo tu afán consumirá la llama

que brota de su cumbre.

Al fin un ángel en la playa tiende

al náufrago con vida;

y a tus pies ves gozoso que se extiende

la Tierra prometida.

11

Yo no sé lo que más buscar podría

si aquel tan dulce amigo, mío fuese,

si Él a mi me llamase “su alegría",

y cual si yo fuese suyo

a mi lado estuviese.

¡Oh, cuantos de la dicha en pos se afanan

con rostro horriblemente contraído!

Fama de sabios en el mundo ganan,

e ignoran donde yace

el tesoro escondido.

Que ya lo ha arrebatado, el uno entiende,

y cuanto tiene solamente es oro.

Todo el orbe surcar otro pretende

y tras tanto afán, deja

sólo un nombre sonoro.

Varios tienden la mano a la victoria,

y tras el lauro corre más de uno,

y quedan, por distinta vanagloria,

bien engañados todos,

rico, empero, ninguno.

¿El quizá a conocer no se os ha dado?

¿Y por vosotros quién palideció

olvidasteis? ¿Y quién atormentado

por amor de nosotros

cruel muerte sufrió?

¿Ni una palabra suya habéis oído?

¿De su vida no habéis leído nada?

Oh, ¿no sabéis cuán bueno nos ha sido,

y qué gracia divina

por Él nos fue otorgada?

¿No sabéis que Él bajó del alto cielo,

de la madre más bella hijo sublime?

¿Qué palabras sembró en el triste suelo?

¿Que a todo hijo de Eva

Él le sana y redime?

¿Que del más puro amor Él impelido,

desolado corrió del hombre en pos,

y que nuestra vil Tierra ha convertido

en el vivo cimiento

de una ciudad de Dios?

¿Un hombre tal aun no os es bastante?

¿Ni conmover logró vuestro egoísmo?

¿Y no abrís vuestras puertas al instante

a aquel que os salvó a todos

del infernal abismo?

Dejadlo todo sin ningún reparo

y de toda ilusión haced renuncia;

¿qué corazón en Él no busca amparo,

si la firme promesa

de su gracia os anuncia?

Héroe de amor, recuéstame en tu seno;

tú eres mi mundo, tú la vida mía.

Me quedara sin bien ni amor terreno,

ya sé quién de su mano

a mi me sostendría.

¡Ah! Mis amores tú me devolviste;

yo encuentro en ti fidelidad eterna.

Ante ti orando el cielo se prosterna;

y tu bondad, con todo,

benéfica me asiste.

12

Consuelo del universo ¿dónde te ocultas?

Ya está encargada hace tiempo tu habitación;

anhelan todos bien pronto ya verte

y abren el pecho ya a tu bendición.

Arrójale de ti, Padre violentamente;

que de tu brazo al mundo venga a caer.

Largos siglos su amor y su inocencia

lejos del mundo le hicieron esconder.

Despréndase de los tuyos a nuestros brazos,

que de tu aliento divino cálido esté;

mándale dentro de grávidas nubes

y al fin nuestro suelo huelle su pie.

Mándale en frescos raudales al mundo estéril,

fulmínale cual un fuego deslumbrador;

aire y perfume, música y rocío,

embébase la Tierra de su Amor.

Así serás dirimida ¡oh, santa lucha!

Así serás aplacada ¡rabia infernal!

Y siempre en flor nos sonreirá de nuevo

el antiguo paraíso terrenal.

Ya la Tierra se remoza ya reverdece;

llena a todos del Espíritu el sacro ardor;

de gozo henchido se dispone el pecho

a acoger amoroso al Salvador.

Ya se retira el invierno; un nuevo año

hoy se llega del pesebre cabe al altar:

El primer año es que el mundo mismo

el Niño se ha atrevido a reclamar.

Al Salvador que se acerca ya ven los ojos,

esos ojos ya tan llenos del Salvador;

entre las flores que ciñen su frente

miran los suyos con sin par dulzor.

Él es el Sol y la estrella para nosotros;

es Él de la vida eterna fuente gentil,

en la mar, en la luz, plantas y piedras

brilla y sonríe su faz infantil.

En parte y en cosa alguna jamás descansa

su amor inconmensurable su obra de paz;

a todo pecho, sin que éste lo advierta,

Él se pliega y se adhiere tenaz.

Todo un Dios para nosotros para sí un niño,

ámanos con la más tierna solicitud;

nuestro alimento es Él, nuestra bebida;

fieles hemos de serle en gratitud.

La humana miseria crece de día en día;

un clamor alza el hombre en su estrechez:

oh, Padre, deja partir al Amado

y entre nosotros veámosle otra vez.

13

Cuando en horas terribles ya parece

que el corazón al sino se someta;

cuando, por cruel dolencia atenazado,

hinca el terror en mi alma su saeta;

cuando pienso en mi dulce bienamada,

de pena y de mortal angustia presa,

y se nublan mis ojos, y ni un rayo

de esperanza las nubes atraviesa,

oh, entonces siento yo que Dios se inclina

hacia mi y que su Amor está cercano;

de un más allá yo siento un santo anhelo

y avanza mi ángel hacia mí su mano.

Me trae el cáliz de la vida virgen,

me susurra buen ánimo y consuelo,

y, por mi dulce y triste bienamada,

no en balde elevo mi plegaria al cielo.

14

Quien una vez oh, Madre, te ha mirado,

jamás tendrá la perdición en suerte;

de aflicción llorará, de ti apartado,

te amará con ardor hasta la muerte,

y quedará de su alma soberana

la huella de tu gracia sobrehumana.

En tu bondad mi corazón confía;

si en mi necesidad no me desdeñas,

ten de mí compasión, oh madre mía,

hazme desde la gloria alegres señas.

En ti tiene mi ser su firme asiento,

en mi socorro ven, sólo un momento.

Ah, cuántas veces yo te vi en mi sueño,

tan hermosa, que no es para describirlo;

entre tus brazos el Jesús pequeño

de mi se apiadaba, su amiguito.

Tú la augusta mirada al cielo alzabas

y, entre esplendentes nubes, te alejabas.

Ah, ¿qué es, triste de mí, lo que te hice?

Me postro aún orando en tu presencia.

Los templos donde el mundo te bendice

refugio son aún de mi existencia.

Oh tú, reina del cielo bendecida,

toma este corazón, toma mi vida.

Cuan tuya sea toda mi pobre alma

oh, tú, mi reina amada, verlo puedes.

¿Acaso no he gozado en dulce calma

durante largos años tus mercedes?

En mi infancia feliz, oh suave encanto,

sorbí la leche de tu pecho santo.

¿Cuántas veces tu gracia me bendijo!

Con candor infantil yo te miraba.

sus manecitas me daba tu hijo,

que un temor de perderme le agitaba.

Tú, llena de ternura, sonreías

y me besabas ¡oh, dichosos días!

Lejos ya está este mundo bienhadado;

de pena sangra el corazón contrito;

errante voy, sin guía y conturbado.

¿Habrá sido tan grave mi delito?

Cual niño, toco el orla de tu manto;

aligérame, al fin de mi quebranto.

Si un pobre niño tus facciones puras

mirar puede y confiarse a tu cariño,

desata de la edad las ligaduras

y tú haz de mí párvulo, tu niño:

en mi pecho la más filial ternura

desde aquella edad de oro aún perdura.

15

En mil cuadros he visto retratada

tu bella faz dulcísima, oh, María;

mas en ninguno estás representada

tal como te contempla el alma mía.

A tu vista, el tumulto de la Tierra

se me disipa como un sueño inestable,

y un cielo de dulzor inenarrable

eternamente en mi ánima se encierra.

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