miércoles, 24 de marzo de 2010

Tres Cuentos de Roberto Bolaño


LLAMADAS TELEFÓNICAS


B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.

Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática e intensa: X cada día bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico (pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la ayudan), llora a menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos, diligentes, pero también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un enamorado verdadero. B no tarda en darse cuenta de esto. Intenta que salga de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B también piensa que el callejón no tiene salida. Intenta recordar a sus amores perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que puede vivir sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge el tren y abandona la ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es afectuosa y desesperada. B viaja en litera pero no puede dormir hasta muy tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina por el desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo y su astucia se convierte en su voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el significado del sueño (si lo tuviera) y es capaz de dirigirse a su casa con un mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días.

Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La frialdad de X es de aquellas que erizan los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha como si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer. ¿Cómo estás?, dice B. Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el número de X. Cuando contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz de X dice: bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —el tiempo que separaba a B de X y que B no lograba comprender— pasa por la línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza. B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien llama. Después, silenciosamente, cuelga.

Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría. En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto.

Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.

Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.

En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño. Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no está aquí.

Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda solo.


PUTAS ASESINAS

para Teresa Ariño

—Te vi en la televisión, Max, y me dije éste es mi tipo.

—(El tipo mueve la cabeza obstinadamente, intenta resoplar, no lo consigue.)

—Te vi con tu grupo. ¿Lo llamas así? Tal vez digas banda, pandilla, pero no, yo creo que lo llamas grupo, es una palabra sencilla y tú eres un hombre sencillo. Os habíais quitado las camisetas y todos exhibíais el torso desnudo, pechos jóvenes, bíceps fuertes aunque no tan musculados como quisierais, lampiños la mayoría, la verdad es que no presté mucha atención a los pechos, a los tórax de los otros sino al tuyo, algo en ti me llamó la atención, tu cara, tus ojos que miraban hacia el lugar en donde estaba la cámara (probablemente sin saber que te estaban grabando y que en nuestras casas te veíamos), unos ojos sin profundidad, distintos de los ojos que tienes ahora, infinitamente distintos de los ojos que tendrás dentro de un rato, que miraban la gloria y la felicidad, los deseos saciados y la victoria, esas cosas que sólo existen en el reino del futuro y que más vale no esperar pues nunca llegan.

—(El tipo mueve la cabeza de izquierda a derecha. Insiste con los resoplidos, suda.)

—En realidad, verte en la televisión fue como una invitación. Imagina por un instante que yo soy una princesa que espera. Una princesa impaciente. Una noche te veo, te veo porque de alguna manera te he buscado (no a ti sino al príncipe que también tú eres, y lo que representa el príncipe). Tu grupo danza con las camisetas atadas alrededor del cuello o de la cintura. Podría decirse también: enrolladas, que según los viejos más inútiles significa voluta o empedrar con rollos o cantos, pero que para mí, que soy joven e inútil, significa una prenda de vestir enrollada alrededor del cuello, del tórax o de la cintura. Los viejos y yo vamos por caminos distintos, ya lo puedes apreciar. Pero no nos distraigamos de lo que de verdad nos interesa. Todos vosotros sois jóvenes, todos ofrecéis a la noche vuestros himnos, algunos, los que encabezan las marchas, enarbolan banderas. El locutor, un pobre diablo, se queda impresionado por el baile tribal en el que tú participas. Lo comenta con el otro locutor. Están bailando, dice su voz de palurdo, como si en nuestras casas, delante del televisor, no nos diéramos cuenta. Sí, se divierten, dice el otro locutor. Otro palurdo. A ellos, en efecto, parece divertirles vuestro baile. En realidad sólo se trata de una conga. En la primera fila son ocho o nueve. En la segunda fila son diez. En la tercera fila son siete u ocho. En la cuarta fila son quince. Todos unidos por unos colores y por ir desnudos de cintura para arriba (con las camisetas atadas o enrolladas alrededor de la cintura o en el cuello o a modo de turbante en la cabeza) y por recorrer bailando (puede que la palabra bailar sea excesiva) la zona en donde previamente os han encerrado. Vuestro baile es como un relámpago en medio de la noche de primavera. El locutor, los locutores, cansados pero aún con una chispa de entusiasmo, celebran vuestra iniciativa. Recorréis las gradas de cemento de derecha a izquierda, llegáis a las vallas metálicas y retrocedéis de izquierda a derecha. Los que encabezan cada fila portan una bandera, que puede ser la de vuestros colores o la española; el resto, incluido el que cierra la fila, agita banderas de dimensiones más reducidas o bufandas o las camisetas de las que previamente os habéis despojado. La noche es primaveral, pero aún hace frío, por lo que vuestro gesto adquiere finalmente la contundencia que deseabais y que en el fondo se merece. Después las filas se deshacen, comenzáis a entonar vuestros cantos, algunos alzáis el brazo y saludáis a la romana. ¿Sabes cuál es ese saludo? Ciertamente lo sabes y si no lo sabes en este momento lo intuyes. Bajo la noche de mi ciudad, tú saludas en dirección a las cámaras de televisión y desde mi casa yo te veo y decido ofrecerte mi saludo, contestar a tu saludo.

—(El tipo niega con la cabeza, los ojos parecen llenársele de lágrimas, los hombros le tiemblan. ¿Su mirada es de amor? ¿Su cuerpo, antes que su mente, intuye lo que inevitablemente vendrá? Ambos fenómenos, el de las lágrimas y el de los temblores, pueden obedecer al esfuerzo que en ese instante realiza, vano esfuerzo, o a un sincero arrepentimiento que como una garra se prende de todos sus nervios.

—Así pues, me quito la ropa, me quito las bragas, me quito el sujetador, me ducho, me pongo perfume, me pongo bragas limpias, me pongo un sujetador limpio, me pongo una blusa negra, de seda, me pongo mis mejores pantalones vaqueros, me pongo calcetines blancos, me pongo mis botas, me pongo una americana, la mejor que tengo, y salgo al jardín, pues para salir a la calle tengo antes que atravesar ese jardín oscuro que tanto te gustó. Todo en menos de diez minutos. Normalmente no soy tan rápida. Digamos que ha sido tu danza la que ha acelerado mis movimientos. Mientras yo me visto, tú danzas. En alguna dimensión distinta a ésta. En otra dimensión y en otro tiempo, como un príncipe y una princesa, como la llamada ígnea de los animales que se aparean en primavera, yo me visto y tú, dentro del televisor, bailas frenéticamente, tus ojos fijos en algo que podría ser la eternidad o la llave de la eternidad si no fuera porque tus ojos, al mismo tiempo, son planos, están vaciados, nada dicen.

—(El tipo asiente repetidas veces. Lo que antes eran gestos de negación o desesperación se convierten en gestos de afirmación, como si de improviso lo hubiera asaltado una idea o tuviera una nueva idea.)

—Finalmente, sin tiempo para mirarme en el espejo, para comprobar el grado de perfección de mi atuendo, aunque probablemente si hubiera tenido tiempo tampoco me habría querido ver reflejada en el espejo (lo que tú y yo hacemos es secreto), dejo mi casa con sólo la luz del porche encendida, me subo a la moto y atravieso las calles en donde gente más extraña que tú y que yo se prepara para pasar un sábado divertido, un sábado a la altura de sus expectativas, es decir un sábado triste y que no llegará jamás a encarnarse en lo que fue soñado, planeado con minuciosidad, un sábado como cualquier otro, es decir un sábado peleón y agradecido, bajito de estatura y amable, vicioso y triste. Horribles adjetivos que no me cuadran, que me cuesta aceptar, pero que en última instancia siempre admito como un gesto de despedida. Y yo y mi moto atravesamos esas luces, esos preparativos cristianos, esas expectativas sin fondo, y desembocamos en la Gran Avenida del estadio, solitaria todavía, y nos detenemos bajo los arcos de los puentes de acceso, pero fíjate qué curioso, presta atención, cuando nos detenemos la sensación que siento bajo las piernas es que el mundo sigue moviéndose, como efectivamente sucede, supongo que lo sabes, la Tierra se mueve bajo mis pies, bajo las ruedas de mi moto, y por un instante, por una fracción de segundo, el encontrarte carece de importancia, te puedes marchar con tus amigos, puedes ir a emborracharte o tomar el autobús que te devolverá a tu ciudad. Pero la sensación de abandono, como si me follara un ángel, sin penetrarme pero en realidad penetrándome hasta las tripas, es breve, y justo mientras dudo o mientras la analizo sorprendida se abren las rejas y la gente comienza a salir del estadio, bandada de buitres, bandada de cuervos.

—(El tipo agacha la cabeza. La alza. Sus ojos intentan componer una sonrisa. Sus músculos faciales se contraen en uno o varios espasmos que pueden significar muchas cosas: somos el uno para el otro, piensa en el futuro, la vida es maravillosa, no cometas una tontería, soy inocente, arriba España.)

—Al principio, buscarte es un problema. ¿Serás igual, visto a cinco metros de distancia, que en la tele? Tu altura es un problema: no sé si eres alto o de estatura mediana (bajo no eres), tu ropa es un problema: a esa hora ya empieza a hacer frío y sobre tu torso y sobre los torsos de tus compañeros nuevamente cuelgan camisetas e incluso chaquetas; alguno sale con la bufanda enrollada (como una voluta) alrededor del cuello e incluso alguno se ha cubierto media cara con la bufanda. La luna cae vertical sobre mis pisadas en el cemento. Te busco con paciencia, aunque siento al mismo tiempo la inquietud de la princesa que contempla el marco vacío donde debiera refulgir la sonrisa del príncipe. Tus amigos son un problema elevado al cubo: son una tentación. Los veo, soy vista por ellos, soy deseada, sé que me bajarían los pantalones sin pensárselo dos veces, algunos merecen sin duda mi compañía al menos tanto como tú, pero en el último instante siempre te soy fiel. Por fin, apareces rodeado de bailarines de conga, entonando himnos cuyas letras son premonitorias de nuestro encuentro, con el rostro grave, imbuido de una importancia que sólo tú sabes sopesar, ver en su exacta dimensión; eres alto, bastante más alto que yo, y tienes los brazos largos exactamente tal como me los imaginé después de verte en la tele, y cuando te sonrío, cuando te digo hola, Max, no sabes qué decir, al principio no sabes qué decir, sólo reírte, un poco menos estentóreamente que tus camaradas, pero sólo te ríes, príncipe de la máquina del tiempo, te ríes pero ya no caminas.

—(El tipo la mira, achica los ojos, trata de serenar su respiración y en la medida en que ésta se regulariza pareciera que piensa: inspirar, espirar, pensar, inspirar, espirar, pensar...)

—Entonces, en lugar de decirme no soy Max, intentas seguir con tu grupo y por un momento me domina el pánico, un pánico que en la memoria se confunde más con la risa que con el miedo. Te sigo sin saber muy bien qué haré a continuación, pero tú y tres más se detienen y se vuelven y me consideran con sus ojos fríos, y yo te digo Max, tenemos que hablar, y entonces tú me dices no soy Max, ése no es mi nombre, qué pasa, te estás quedando conmigo, me confundes con alguien o qué, y entonces yo te digo perdona, te pareces muchísimo a Max, y también te digo que quiero hablar contigo, de qué, pues de Max, y entonces tú te sonríes y te quedas ya definitivamente atrás, tus compañeros se van, te gritan el nombre del bar desde donde saldréis de esta ciudad, no hay pierde, dices tú, allí nos veremos, y tus camaradas se van haciendo cada vez más pequeños, de la misma manera que el estadio se va haciendo cada vez más pequeño, yo conduzco la moto con mano firme y aprieto el acelerador a fondo, la Gran Avenida a esta hora está casi vacía, sólo la gente que vuelve del estadio, y tú detrás de mí enlazas mi cintura, siento en mi espalda tu cuerpo que se pega como un molusco a la roca, y el aire de la avenida, en efecto, es frío y denso como las olas que conmueven al molusco, tú te pegas a mí, Max, con la naturalidad de quien intuye que el mar es no sólo un elemento hostil sino un túnel del tiempo, te enrollas a mi cintura como antes tu camiseta estaba enrollada en tu cuello, pero esta vez la conga la baila el aire que entra como un torrente por el tubo estriado que es la Gran Avenida, y tú te ríes o dices algo, tal vez hayas visto entre la gente que se desliza bajo el manto de los árboles a unos amigos, tal vez sólo estás insultando a unos desconocidos, ay, Max, tú no dices adiós ni hola ni nos vemos, tú dices consignas más viejas que la sangre, pero ciertamente no más viejas que la roca a la que te agarras, feliz de sentir las olas, las corrientes submarinas de la noche, pero seguro de no ser arrastrado por ellas.

—(El tipo murmura algo ininteligible. Una especie de baba le cae por la barbilla, aunque tal vez sólo sea sudor. Su respiración, no obstante, se ha tranquilizado.)

—Y así, indemnes, llegamos a mi casa en las afueras. Te sacas el casco, te tocas los huevos, me pasas una mano por los hombros. Tu gesto esconde una dosis insospechada de ternura y de timidez. Pero tus ojos no son todavía lo suficientemente tiernos ni tímidos. Te gusta mi casa. Te gustan mis cuadros. Me preguntas por las figuras que en ellos aparecen. El príncipe y la princesa, te contesto. Parecen los Reyes Católicos, dices. Sí, en alguna ocasión a mí también se me ha ocurrido pensarlo, unos Reyes Católicos en los límites del reino, unos Reyes Católicos que se espían en un perpetuo sobresalto, en un perpetuo hieratismo, pero para mí, para la que yo soy al menos durante quince horas diarias, son un príncipe y una princesa, los novios que atraviesan los años y que son heridos, asaeteados, los que pierden los caballos durante la cacería e incluso los que nunca han tenido caballos y huyen a pie, sostenidos por sus ojos, por una voluntad imbécil que algunos llaman bondad y otros natural buen talante, como si la naturaleza pudiera ser adjetivada, buena o mala, salvaje o doméstica, la naturaleza es la naturaleza, Max, desengáñate, y estará siempre ahí, como un misterio irremediable, y no me refiero a los bosques que se queman sino a las neuronas que se queman y al lado izquierdo o al lado derecho del cerebro que se quema en un incendio de siglos y siglos. Pero tú, ánima bendita, encuentras hermosa mi casa y encima preguntas si estoy sola y luego te sorprendes de que me ría. ¿Crees que si no estuviera sola te habría invitado a venir? ¿Crees que si no estuviera sola hubiera recorrido la ciudad de una punta a la otra en mi moto, contigo a mi espalda, como un molusco pegado a una roca mientras mi cabeza (o mi mascarón de proa) se hunde en el tiempo en el empeño único de traerte sano y salvo a este refugio, la roca verdadera, la que mágicamente se eleva desde sus raíces y emerge? Y de una manera práctica: ¿crees que habría llevado un casco de repuesto, un casco que vela tu rostro de las miradas indiscretas, si mi intención no hubiera sido traerte aquí, a mi más pura soledad?

—(El tipo agacha la cabeza, asiente, sus ojos recorren las paredes del cuarto hasta el último resquicio. Una vez más, su transpiración vuelve a manar como un río caprichoso, ¿una falla en el tiempo?, y las cejas se ven inundadas de gotas que penden, amenazantes, sobre sus ojos.)

—Tú no sabes nada de pintura, Max, pero intuyo que sabes mucho de soledad. Te gustan mis Reyes Católicos, te gusta la cerveza, te gusta tu patria, te gusta el respeto, te gusta tu equipo de fútbol, te gustan tus amigos o compañeros o camaradas, la banda o grupo o pandilla, el pelotón que te vio quedarte rezagado hablando con una tía buena a la que no conocías, y no te gusta el desorden, no te gustan los negros, no te gustan los maricas, no te gusta que te falten al respeto, no te gusta que te quiten el sitio. En fin, son tantas las cosas que no te gustan que en el fondo te pareces a mí. Nos acercamos, tú y yo, desde los extremos del túnel, y aunque lo único que vemos son nuestras siluetas seguimos caminando resueltamente hacia nuestro encuentro. En la mitad del túnel por fin podrán nuestros brazos entrelazarse, y aunque allí la oscuridad es tan grande que no podremos contemplar nuestros rostros, sé que avanzaremos sin temor y que nos tocaremos la cara (tú lo primero que me tocarás será el culo, pero eso también es parte de tu deseo de conocer mi rostro), palparemos nuestros ojos y pronunciaremos acaso una o dos palabras de reconocimiento. Entonces me daré cuenta (entonces podría darme cuenta) de que no sabes nada de pintura, pero sí de soledad, que es casi lo mismo. Algún día nos encontraremos en el medio de ese túnel, Max, y yo palparé tu cara, tu nariz, tus labios, que suelen expresar mejor que nadie tu estupidez, tus ojos vaciados, los pliegues minúsculos que se forman en tus mejillas cuando sonríes, la falsa dureza de tu rostro cuando te pones serio, cuando cantas tus himnos, esos himnos que no comprendes, tu mentón que a veces parece una piedra pero que más a menudo, supongo, parece una hortaliza, ese mentón tuyo tan típico, Max (tan típico, tan arquetípico que ahora pienso que es él quien te ha traído, quien te ha perdido). Y entonces tú y yo podremos volver a hablar, o hablaremos por primera vez, pero hasta entonces deberemos revolearnos, quitarnos nuestras ropas y enrollarlas en nuestros cuellos o en los cuellos de los muertos. Esos que viven en la voluta inmóvil.

—(El tipo llora, también pareciera que intenta hablar, pero en realidad son hipidos, espasmos provocados por el llanto los que mueven sus mejillas, sus pómulos, el lugar donde se adivinan los labios.)

—Como dicen los gángsters, no es nada personal, Max. Por supuesto, en esa aseveración hay algo de verdad y algo de mentira. Siempre es algo personal. Hemos llegado indemnes a través de un túnel del tiempo porque es algo personal. Te he elegido a ti porque es algo personal. Por descontado, nunca antes te había visto. Personalmente nunca hiciste nada contra mí. Esto te lo digo para tu tranquilidad espiritual. Nunca me violaste. Nunca violaste a nadie que yo conociera. Puede incluso que nunca hayas violado a nadie. No es algo personal. Tal vez yo esté enferma. Tal vez todo es producto de una pesadilla que no soñamos ni tú ni yo, aunque te duela, aunque el dolor sea real y personal. Sospecho, sin embargo, que el fin no será personal. El fin, la extinción, el gesto con el que todo esto se acaba irremediablemente. Y aún más, personal o impersonalmente, tú y yo volveremos a entrar en mi casa, a contemplar mis cuadros (el príncipe y la princesa), a beber cervezas, a desnudarnos, yo volveré a sentir tus manos que recorren con torpeza mi espalda, mi culo, mi entrepierna, buscando tal vez mi clítoris, pero sin saber dónde se encuentra exactamente, volveré a desnudarte, a coger tu polla con mis dos manos y a decirte que la tienes muy grande cuando en realidad no la tienes muy grande, Max, y eso deberías haberlo sabido, y volveré a metérmela en la boca y a chupártela como probablemente nadie te la había chupado, y luego te desnudaré y dejaré que tú me desnudes, una de tus manos ocupada en mis botones, la otra sosteniendo un vaso de whisky, y te miraré a los ojos, esos ojos que vi en la televisión (y que volveré a soñar) y que hicieron que fuera a ti a quien eligiera, y volveré a repetirme que no es nada personal, volveré a decirte, a decirle a tu recuerdo nauseabundo y eléctrico que no es nada personal, y aun entonces tendré mis dudas, tendré frío como ahora tengo frío, intentaré recordar todas tus palabras, hasta las más insignificantes, y no podré hallar en ellas consuelo.

—(El tipo vuelve a sacudir la cabeza con gestos de afirmación. ¿Qué intenta decir? Imposible saberlo. Su cuerpo, mejor dicho sus piernas, experimentan un fenómeno curioso: por momentos un sudor tan abundante y espeso como el de la frente las cubren, sobre todo por la cara interna, por momentos pareciera que tiene frío y la piel, desde las ingles hasta las rodillas, adquiere una textura áspera, si no al tacto sí a la vista.)

—Tus palabras, lo reconozco, han sido amables. Temo, sin embargo, que no has pensado suficientemente bien lo que decías. Y menos aún lo que yo decía. Escucha siempre con atención, Max, las palabras que dicen las mujeres mientras son folladas. Si no hablan, bien, entonces no tienes nada que escuchar y probablemente no tendrás nada que pensar, pero si hablan, aunque sólo sea un murmullo, escucha sus palabras y piensa en ellas, piensa en su significado, piensa en lo que dicen y en lo que no dicen, intenta comprender qué es lo que en realidad quieren decir. Las mujeres son putas asesinas, Max, son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir. En el equívoco vivimos y planeamos nuestros ciclos de vida. Para tus amigos, Max, en ese estadio que ahora se comprime en tu memoria como el símbolo de la pesadilla, yo sólo fui una buscona extraña, un estadio dentro del estadio, al que algunos llegan después de bailar una conga con la camiseta enrollada en la cintura o en el cuello. Para ti yo fui una princesa en la Gran Avenida fragmentada ahora por el viento y el miedo (de tal modo que la avenida en tu cabeza ahora es el túnel del tiempo), el trofeo particular después de una noche mágica colectiva. Para la policía seré una página en blanco. Nadie comprenderá jamás mis palabras de amor. Tú, Max, ¿recuerdas algo de lo que dije mientras me la metías?

—(El tipo mueve la cabeza, la señal es claramente afirmativa, sus ojos húmedos dicen que sí, sus hombros tensos, su vientre, sus piernas que no dejan de moverse mientras ella no lo mira, tratando de desatarse, su yugular que palpita.)

—¿Recuerdas que dije el viento? ¿Recuerdas que dije las calles subterráneas? ¿Recuerdas que dije tú eres la fotografía? No, en realidad no lo recuerdas. Tú bebías demasiado y estabas demasiado ocupado con mis tetas y con mi culo. Y no entendiste nada, de lo contrario habrías salido corriendo a la primera oportunidad. Eso ahora te gustaría, ¿verdad, Max? Tu imagen, tu otro yo corriendo por el jardín de mi casa, saltando la verja, alejándote calle arriba a grandes zancadas, como un atleta de mil quinientos metros, a medio vestir aún, tarareando alguno de tus himnos para infundirte valor, y luego, tras veinte minutos de carrera, exhausto, en el bar donde te esperan los miembros de tu grupo o banda o peña o brigada o pandilla o como se llame, llegar y beber una jarra de cerveza, decir chavales no tenéis idea de lo que me ha ocurrido, han intentado matarme, una jodida puta del extrarradio de la ciudad, de las afueras de la ciudad y del tiempo, una puta del más allá que me vio en la tele (¡salimos en la tele!) y que me llevó en su moto y que me la chupó y que me ofreció su culo y que me dijo palabras que al principio me sonaron misteriosas pero que luego entendí, o mejor dicho sentí, una puta que me dijo palabras que sentí con el hígado y con los huevos y que al principio me parecieron inocentes o cachondas o producto de mi lanza que le llegaba hasta las entrañas, pero que luego ya no me parecieron tan inocentes, chavales, os lo voy a explicar, ella no paraba de murmurar o susurrar mientras la cabalgaba, ¿normal, no?, pero no era normal, no tenía nada de normal, una puta que susurra mientras se la follan, y entonces yo escuché lo que decía, chavales, camaradas, escuché sus putas palabras que se abrían paso como una barca en un mar de testosterona, y entonces fue como si ese mar de testosterona, ese mar de semen se estremeciera ante una voz sobrenatural, y el mar se encogió, se replegó en sí mismo, el mar desapareció, chavales, y todo el océano se quedó sin mar, toda la costa sin mar, sólo piedras y montañas, precipicios, cordilleras, fosas oscuras y húmedas de miedo, y sobre esa nada la barca siguió navegando y yo la vi con mis dos ojos, con mis tres ojos, y dije no pasa nada, no pasa nada, cariño, cagado de miedo, fosilizado de miedo, y luego me levanté intentando que no se me notara, que no se me notara el cangueli, y dije que iba al baño a desaguar el canario, a jiñar un ratito, y ella me miró como si hubiera recitado a John Donne, chavales, como si hubiera recitado a Ovidio, y yo retrocedí sin dejar de mirarla, sin dejar de mirar la barca que avanzaba inconmovible por un mar de nada y de electricidad, como si el planeta Tierra estuviera naciendo otra vez y sólo yo estuviera allí para dar fe del nacimiento, ¿pero dar fe a quién, chavales?, a las estrellas, supongo, y cuando me vi en el pasillo fuera del alcance de su mirada, de su deseo, en vez de abrir la puerta del baño me deslicé hasta la puerta de la calle y atravesé el jardín rezando y salté la tapia y me puse a correr calle arriba como el último atleta de Maratón, el que no trae noticias de victoria sino de derrota, el que no es escuchado ni celebrado ni nadie le tiende un cuenco de agua, pero que llega vivo, chavales, y que además comprende la lección: en ese castillo no entraré, esa senda no la recorreré, esas tierras no atravesaré. Aunque me señalen con el dedo. Aunque todo esté en mi contra.

—(El tipo mueve la cabeza afirmativamente. Está claro que quiere dar a entender su conformidad. El rostro, debido al esfuerzo, se le enrojece notablemente, las venas se hinchan, los ojos se le desorbitan.)

—Pero tú no escuchaste mis palabras, no supiste discernir de mis gemidos aquellas palabras, las últimas, que acaso te hubieran salvado. Te escogí bien. La televisión no miente, ésa es su única virtud (ésa y las viejas películas que dan de madrugada), y tu rostro, junto a la valla metálica, después de la conga aplaudida unánimemente, me anticipaba (me apresuraba) el desenlace inevitable. Te he traído en mi moto, te he desnudado, te he dejado inconsciente, te he atado de manos y de pies a una vieja silla, te he puesto un esparadrapo en la boca no porque tema que tus gritos alerten a nadie sino porque no deseo escuchar tus palabras de súplica, tus lamentables balbuceos de perdón, tu débil garantía de que tú no eres así, de que todo era un juego, de que estoy equivocada. Posiblemente estoy equivocada. Posiblemente todo sea un juego. Posiblemente tú no seas así. Pero es que nadie es así, Max. Yo tampoco era así. Por supuesto, no te voy a hablar de mi dolor, un dolor que tú no has provocado, al contrario, tú has provocado un orgasmo. Has sido el príncipe perdido que ha provocado un orgasmo, puedes sentirte satisfecho. Y yo te di la oportunidad de escapar, pero tú fuiste también el príncipe sordo. Ahora ya es tarde, está amaneciendo, debes de tener las piernas entumecidas, acalambradas, tus muñecas están hinchadas, no deberías haberte movido tanto, cuando empezamos te lo advertí, Max, esto es inevitable. Acéptalo de la mejor manera que puedas. Ahora no es hora de llorar ni de recordar congas, amenazas, palizas, es hora de mirar dentro de ti y tratar de comprender que a veces uno se marcha inesperadamente. Estás desnudo en mi cámara de los horrores, Max, y tus ojos siguen el movimiento pendular de mi navaja, como si ésta fuera un reloj o el cuco de un reloj de pared. Cierra los ojos, Max, no hace falta que sigas mirando, cierra los ojos y piensa con todas tus fuerzas en algo bonito...

—(El tipo en vez de cerrar los ojos los abre con desesperación y todos sus músculos se disparan en un último esfuerzo: su impulso es tan violento que la silla a la que está fuertemente atado cae con él al suelo. Se golpea la cabeza y la cadera, pierde el control del esfínter y no retiene la orina, sufre espasmos, el polvo y la suciedad de las baldosas se adhieren a su cuerpo mojado.)

—No te voy a levantar, Max, estás bien así. Mantén los ojos abiertos o ciérralos, es igual, piensa en algo bonito o no pienses en nada. Está amaneciendo pero para el caso lo mismo daría que estuviera anocheciendo. Tú eres el príncipe y llegas en la mejor hora. Eres bienvenido no importa cómo vengas ni de dónde vengas, si te ha traído una moto o has llegado por tu propio pie, si sabes lo que te aguarda o lo ignoras, si apareciste mediante engaños o a sabiendas de que te enfrentabas con tu destino. Tu rostro, que hasta hace poco sólo era capaz de expresar estupidez o rabia u odio, ahora se recompone y sabe expresar aquello que sólo es posible adivinar en el interior de un túnel, en donde confluyen y se mezclan el tiempo físico y el tiempo verbal. Avanzas resuelto por los pasillos de mi palacio deteniéndote apenas los segundos necesarios para contemplar las pinturas de los Reyes Católicos, para beber un vaso de agua cristalina, para tocar con la yema de los dedos el azogue de los espejos. El castillo está silencioso sólo en apariencia, Max. Por momentos crees que estás solo, pero en el fondo sabes que no estás solo. Dejas atrás tu mano levantada, tu torso desnudo, tu camiseta enrollada alrededor de la cintura, tus himnos guerreros que evocan la pureza y el futuro. Este castillo es tu montaña, que tendrás que escalar y conocer con todas tus fuerzas pues después ya no habrá nada, la montaña y su ascensión te costarán el precio más alto que tú puedas pagar. Piensa ahora en lo que dejas, en lo que pudiste dejar, en lo que debiste dejar y piensa también en el azar, que es el mayor criminal que jamás pisó la Tierra. Despójate del miedo y del arrepentimiento, Max, pues ya estás dentro del castillo y aquí sólo existe el movimiento que ineluctablemente te llevará a mis brazos. Ahora estás en el castillo y oyes sin volverte las puertas que se cierran. Avanzas en medio del sueño por pasillos y salas de piedra desnuda. ¿Qué armas llevas, Max? Sólo tu soledad. Sabes que en algún lugar te estoy esperando. Sabes que yo también estoy desnuda. Por momentos sientes mis lágrimas, ves el fluir de mis lágrimas por la piedra oscura y crees que ya me has encontrado, pero la habitación está vacía y eso te desconsuela y al mismo tiempo te enardece. Sigue subiendo, Max. La siguiente habitación está sucia y no parece la de un castillo. Hay un viejo televisor que no funciona y un catre con dos colchones. Alguien llora en alguna parte. Ves dibujos infantiles, ropa vieja cubierta de moho, sangre seca y polvo. Abres otra puerta. Llamas a alguien. Le dices que no llore. Sobre el polvo del pasillo van quedando tus pisadas. Por momentos crees que las lágrimas gotean del techo. No tiene importancia. Para el caso lo mismo daría que brotaran de la punta de tu polla. Por momentos todas las habitaciones parecen la misma habitación estragada por el tiempo. Si miras el techo creerás ver una estrella o un cometa o un reloj de cuco surcando el espacio que dista de los labios del príncipe a los labios de la princesa. Por momentos todo vuelve a ser como siempre. El castillo es oscuro, enorme, frío, y tú estás solo. Pero sabes que hay otra persona escondida en alguna parte, sientes sus lágrimas, sientes su desnudez. En sus brazos te aguarda la paz, el calor, y en esa esperanza avanzas, sorteas cajas llenas de recuerdos que nadie volverá a mirar, maletas con ropa vieja que alguien olvidó o no quiso tirar a la basura, y de vez en cuando la llamas, a tu princesa, ¿dónde estás?, dices con el cuerpo aterido de frío, haciendo castañetear los dientes, justo en medio del túnel, sonriendo en la oscuridad, tal vez por primera vez sin miedo, sin ánimo de provocar miedo, animoso, exultante, lleno de vida, tanteando en la oscuridad, abriendo puertas, cruzando pasillos que te acercan a las lágrimas, en la oscuridad, guiándote únicamente por la necesidad que tu cuerpo tiene de otro cuerpo, cayendo y levantándote, y por fin llegas a la cámara central, y por fin me ves y gritas. Yo estoy quieta y no sé de qué naturaleza es tu grito. Sólo sé que por fin nos hemos encontrado, y que tú eres el príncipe vehemente y yo soy la princesa inclemente.


DETECTIVES


—¿Qué armas te gustan a ti?

—Todas, menos las armas blancas.

—¿Quieres decir cuchillos, navajas, dagas, corvos, puñales, cortaplumas, cosas de ese tipo?

—Sí, más o menos.

—¿Cómo que más o menos?

—Es una forma de hablar, huevón. Sí, ninguna de ésas.

—¿Estás seguro?

—Sí, estoy seguro.

—Pero cómo es que no te gustan los corvos.

—No me gustan y ya está.

—Pero si son las armas de Chile.

—¿Los corvos son las armas de Chile?

—Las armas blancas en general.

—No me huevee, compadre.

—Te lo juro por lo más sagrado, el otro día leí un artículo que lo afirmaba. A los chilenos no nos gustan las armas de fuego, debe ser por el ruido, nuestra naturaleza es más bien silenciosa.

—Debe ser por el mar.

—¿Cómo que por el mar? ¿A qué mar te referís?

—Al Pacífico, naturalmente.

—Ah, el océano, naturalmente. ¿Y qué tiene que ver el océano Pacífico con el silencio?

—Dicen que acalla los ruidos, los ruidos inútiles, se sobreentiende. Claro que yo no sé si será verdad.

—¿Y qué me dices de los argentinos?

—¿Qué tienen que ver los argentinos con el Pacífico?

—Ellos tienen el océano Atlántico y son más bien ruidosos.

—Pero no hay punto de comparación.

—En eso tienes razón, no hay punto de comparación, aunque a los argentinos también les gustan las armas blancas.

—Precisamente por eso a mí no me gustan. Aunque sea el arma nacional. Los cortaplumas tienen un pase, no te diré lo contrario, sobre todo los mil uso, pero el resto son como una maldición.

—A ver, compadre, explíquese.

—No me sé explicar, compadre, lo siento. Es así y punto, qué quiere que le haga.

—Ya veo por dónde vas.

—Pues dilo, porque ni yo lo sé.

—Lo veo, pero no lo sé explicar.

—Aunque también tiene sus ventajas.

—¿Qué ventajas puede tener?

—Imagínate a una banda de ladrones armada con fusiles automáticos. Es sólo un ejemplo. O a los cafiches con metralletas Uzi.

—Ya veo por dónde vas.

—¿Es o no es una ventaja?

—Para nosotros, al cien por ciento. Pero la patria se resiente igual.

—¡Qué se va a resentir la patria!

—El carácter de los chilenos, la naturaleza de los chilenos, los sueños colectivos sí que se resienten. Es como si nos dijeran que no estamos preparados para nada, sólo para sufrir, no sé si me sigues, pero yo es como si acabara de ver la luz.

—Te sigo, pero no es eso.

—¿Cómo que no es eso?

—No es eso a lo que me refería. A mí no me gustan las armas blancas y punto. Menos filosofía, quiero decir.

—Pero te gustaría que en Chile gustaran las armas de fuego. Lo que no es lo mismo que decir que en Chile abundaran las armas de fuego.

—No digo ni que sí ni que no.

—Además, a quién no le gustan las armas de fuego.

—Eso es verdad, a todo el mundo le gustan.

—¿Quieres que te explique más eso del silencio?

—Bueno, con tal de no quedarme dormido.

—No te vas a quedar dormido, y si te quedas paramos el auto y yo me pongo al volante.

—Entonces cuéntame lo del silencio.

—Lo leí en un artículo del Mercurio...

—¿Desde cuándo leís el Mercurio?

—A veces lo dejan en jefatura y las guardias son largas. Bueno: en el artículo decía que somos un pueblo latino y que los latinos tenían una fijación por las armas blancas. Los anglosajones, por el contrario, se mueren por las armas de fuego.

—Eso depende de la oportunidad.

—Eso mismo pensé yo.

—A la hora de la verdad, ya me dirás tú.

—Eso mismo pensé yo.

—Somos más lentos, eso sí que hay que reconocerlo.

—¿Cómo que somos más lentos?

—Más lentos en todos los sentidos. Como una forma de ser antiguos.

—¿A eso le llamái lentitud?

—Nos quedamos con los puñales, que es como decir en la edad del bronce, mientras los gringos ya están en la edad del hierro.

—A mí nunca me gustó la historia.

—¿Te acuerdas de cuando cogimos a Loayza?

—Cómo no me voy a acordar.

—Ahí lo tienes, el gordo no más se entregó.

—Ya, y tenía un arsenal en la casa.

—Ahí lo tienes.

—O sea que tenía que haber combatido.

—Nosotros sólo éramos cuatro y el gordo y su gente eran cinco. Nosotros sólo llevábamos las armas reglamentarias y el gordo tenía hasta un bazooka.

—No era un bazooka, compadre.

—¡Era un Franchi Spas-15! Y también tenía un par de escopetas de cañones recortados. Pero el gordo Loayza se entregó sin disparar un tiro.

—¿Tú hubieras preferido que hubiera habido pelea?

—Ni loco. Pero si el gordo en vez de llamarse Loayza se hubiera llamado Mac Curly, nos hubiera recibido a balazos y tal vez ahora no estaría en la cárcel.

—Tal vez ahora estaría muerto...

—O libre, no sé si me sigues.

—Mac Curly, parece el nombre de un vaquero, me suena esa película.

—A mí también, creo que la vimos juntos.

—Tú y yo no vamos juntos al cine desde hace siglos.

—Más o menos entonces la vimos.

—Qué arsenal tenía el gordo Loayza, ¿te acuerdas cómo nos recibió?

—Riéndose a gritos.

—Yo creo que era por los nervios. Uno de la banda se puso a llorar. Me parece que no tenía ni dieciséis años.

—Pero el gordo tenía más de cuarenta y se las daba de duro. Pon los pies en la tierra: en este país no existen los tipos duros.

—¿Cómo que no existen los tipos duros? Yo los he visto durísimos.

—Locos habrás visto a montones, pero duros muy pocos, ¡o ninguno!

—¿Y qué me dices de Raulito Sánchez? ¿Te acuerdas de Raulito Sánchez, el que tenía un Manurhin?

—Cómo no me voy a acordar.

—¿Y qué me dices de él?

—Que se tenía que haber deshecho del revólver a la primera. Ahí estuvo su perdición. No hay nada más fácil que seguirle la pista a un Magnum.

—¿El Manurhin es un Magnum?

—Claro que es un Magnum.

—Yo creía que era un arma francesa.

—Es un .357 Magnum francés. Por eso no se deshizo de él. Le cogió cariño, es un arma cara, de ese tipo hay pocas en Chile.

—Cada día se aprende algo.

—Pobre Raulito Sánchez.

—Dicen que murió en la cárcel.

—No, murió poco después de salir, en una pensión de Arica.

—Dicen que tenía los pulmones destrozados.

—Desde chico estuvo escupiendo sangre, pero aguantó como un valiente.

—Bien silencioso recuerdo que era.

—Silencioso y trabajador, aunque demasiado apegado a las cosas materiales de la vida. El Manurhin fue su perdición.

—¡Su perdición fueron las putas!

—Pero si Raulito Sánchez era colisa.

—No tenía ni idea, te lo prometo. El tiempo no respeta nada, caen hasta las torres más altas.

—Qué tienen que ver las torres en este entierro.

—Yo lo recuerdo como un gallo muy hombre, no sé si me sigues.

—Qué tiene que ver la hombría.

—Pero hombre, a su manera, sí que era, ¿no?

—La verdad, no sé qué opinión darte.

—Al menos una vez yo me lo encontré con putas. Asco no les hacía a las putas.

—Raulito Sánchez no le hacía ascos a nada, pero me consta que nunca conoció mujer.

—Ésa es una afirmación muy tajante, compadre, tenga cuidado con lo que dice. Los muertos siempre nos miran.

—Qué van a mirar los muertos. Los muertos están acostumbrados a quedarse quietos. Los muertos son una mierda.

—¿Cómo que son una mierda?

—Lo único que hacen es joderle la paciencia a los vivos.

—Siento disentir, compadre, yo por los finados siento demasiado respeto.

—Pero nunca vas al cementerio.

—¿Cómo que no voy al cementerio?

—A ver: ¿cuándo es el día de los muertos?

—Ahí me pillaste chanchito. Yo voy cuando me da la gana.

—¿Tú crees en aparecidos?

—No tengo una opinión formada, pero hay experiencias que ponen los pelos de punta.

—A eso quería llegar.

—¿Lo dices por Raulito Sánchez?

—Exacto. Antes de morirse de verdad, por lo menos en dos ocasiones se hizo el muerto. Una de ellas en una picada de putas. ¿Te acuerdas de la Doris Villalón? Se pasó toda una noche con ella en el cementerio, los dos debajo de la misma manta, y según contó la Doris en toda la noche no ocurrió nada.

—Pero a la Doris el pelo se le puso blanco.

—Hay versiones para todos.

—Pero lo cierto es que encaneció en una sola noche, como la reina Antonieta.

—Yo sé de buena mano que tenía frío y que se metieron en un nicho vacío, después las cosas se complican. Según me contó una amiga de la Doris, al principio intentó hacerle una paja al Raulito, pero el Raulito no estaba para la función y al final se quedó dormido.

—Qué sangre fría tenía ese hombre.

—Después, cuando ya no se escuchaban los ladridos, la Doris quiso bajar del nicho y entonces se apareció el fantasma.

—¿Así que la Doris se quedó canosa por un fantasma?

—Eso era lo que contaban.

—Puede que sólo fuera el yeso del cementerio.

—Cuesta creer en aparecidos.

—¿Y a todo esto el Raulito seguía durmiendo?

—Durmiendo y sin haber tocado a esa pobre mujer.

—¿Y a la mañana siguiente cómo estaba el pelo de él?

—Negro como siempre, pero no hay constancia escrita porque ipso facto se mandó a cambiar.

—O sea que puede que el yeso no tuviera velas en el entierro.

—Puede que haya sido un susto.

—Un susto en la comisaría.

—O que se le decolorara la permanente.

—Ésos son los misterios de la condición humana. En cualquier caso, el Raulito nunca probó una mina.

—Pero bien hombre que parecía.

—En Chile ya no quedan hombres, compadre.

—Ahora sí que me dejas helado. Cuidado con el volante. No te me pongas nervioso.

—Creo que fue un conejo, lo debo haber atropellado.

—¿Cómo que no quedan hombres?

—A todos los hemos matado.

—¿Cómo que los hemos matado? Yo en mi vida he matado a nadie. Y lo tuyo fue en cumplimiento del deber.

—¿El deber?

—El deber, la obligación, el mantenimiento del orden, nuestro trabajo, en una palabra. ¿O preferís cobrar por estar sentado?

—Nunca me gustó estar sentado, tengo una araña en el poto, pero precisamente por eso mismo debí haberme largado.

—¿Y entonces en Chile quedarían hombres?

—No me tome por loco, compadre, y menos teniendo el volante.

—Usted tranquilo y la vista al frente. ¿Pero qué tiene que ver Chile en esta historia?

—Tiene que ver todo y puede que me quede corto.

—Me estoy haciendo una idea.

—¿Te acuerdas del 73?

—Era en lo que estaba pensando.

—Allí los matamos a todos.

—Mejor no aceleres tanto, al menos mientras me lo explicas.

—Poco es lo que hay que explicar. Llorar, sí, explicar, no.

—De todas maneras, conversemos que el viaje es largo. ¿A quiénes matamos en el 73?

—A los gallos de verdad de la patria.

—No es para tanto, compadre. Además, nosotros fuimos los primeros, ¿ya no te acordái que estuvimos presos?

—Pero no fueron más de tres días.

—Pero fueron los tres primeros días, la verdad, yo estaba cagado.

—Pero nos soltaron a los tres días.

—A algunos no los soltaron nunca, como al inspector Tovar, el huaso Tovar, un gallo valiente, ¿te acuerdas?

—¿A ése lo fondearon en la Quiriquina?

—Eso le dijimos a la viuda, pero la verdad nunca se supo.

—Eso es lo que a veces me mata.

—Para qué hacerse mala sangre.

—Se me aparecen los muertos en los sueños, se me mezclan con los que no están ni vivos ni muertos.

—¿Cómo que no están ni vivos ni muertos?

—Quiero decir los que han cambiado, los que han crecido, nosotros mismos sin ir más lejos.

—Ahora te entiendo, ya no somos niños, eso quieres decir.

—Y a veces tengo la impresión de que no voy a poder despertar, de que la he cagado ya para siempre.

—Ésas son fijaciones, no más, compadre.

—Y a veces me da tanta rabia que hasta busco a un culpable, tú ya me conoces, esas mañanas en que aparezco con cara de perro, busco al culpable, pero no encuentro a nadie o para peor encuentro al equivocado y me hundo.

—Ya, ya, te he visto.

—Entonces le echo la culpa a Chile, país de maricones y asesinos.

—Pero qué culpa tienen los maricones, quieres decirme.

—Ninguna, pero todo sirve.

—No comparto tu punto de vista, la vida ya es suficientemente dura tal como es.

—Y entonces pienso que este país se fue al diablo hace tiempo, que los que estamos aquí nos quedamos para sufrir pesadillas, sólo porque alguien tenía que quedarse y apechugar con los sueños.

—Cuidado que ahora viene una cuesta. No me mires, yo no digo nada, mira al frente.

—Y es entonces cuando pienso que en este país ya no quedan hombres. Es como un flash. No quedan hombres, sólo quedan durmientes.

—Y qué me decís de las mujeres.

—Usted a veces parece tonto, compadre, me refiero a la condición humana, genéricamente, lo que incluye a las mujeres.

—No sé si te he entendido.

—Mira que he sido claro.

—O sea que en Chile ya no quedan hombres ni mujeres que sean hombres.

—No es eso, pero se le parece.

—Me parece que las chilenas se merecen un respeto.

—¿Pero quién le está faltando el respeto a las chilenas?

—Usted, compadre, sin ir más lejos.

—Pero si yo sólo conozco chilenas, cómo les voy a faltar el respeto.

—Eso es lo que dice usted, pero aténgase a las consecuencias.

—¿Por qué te pones tan susceptible?

—Yo no me pongo susceptible.

—Me dan ganas de parar y partirte la jeta.

—Eso se tendría que ver.

—Joder, qué noche más bonita.

—No me huevees con la noche. ¿Qué tiene que ver la noche?

—Debe ser por la luna llena.

—No me vengái con indirectas. Yo soy bien chileno y no me ando por las ramas.

—Ahí te equivocas: todos somos bien chilenos y ninguno se baja de las ramas. Un boscaje para cagarse de miedo.

—Tú lo que eres es un pesimista.

—¿Y cómo quieres que no lo sea?

—Hasta en las peores horas se ve la luz. Eso creo que lo dijo Pezoa.

—Pezoa Véliz.

—Hasta en los momentos más negros hay un poco de esperanza.

—La esperanza se fue a la mierda.

—La esperanza es lo único que no se va a la mierda.

—Pezoa Véliz, ¿sabes de lo que me estoy acordando?

—¿Cómo voy a saberlo, compadre?

—De los primeros días en Investigaciones.

—¿De la comisaría en Concepción?

—De la comisaría de la calle del Temple.

—De esa comisaría sólo recuerdo a las putas.

—Yo nunca me acosté con una puta.

—¿Cómo puede decir eso, compadre?

—Me refiero a los primeros días, a los primeros meses, después ya me fui maleando.

—Pero si además era gratis, cuando te acuestas con una puta sin pagar es como si no te acostaras con una puta.

—Una puta es una puta siempre.

—A veces me parece que a ti no te gustan las mujeres.

—¿Cómo que no me gustan las mujeres?

—Lo digo por el desprecio con el que te referís a ellas.

—Es que al final las putas siempre me amargan la vida.

—Pero si son la cosa más dulce del mundo.

—Ya, por eso las violábamos.

—¿Te estái refiriendo a la comisaría de la calle del Temple?

—Justo en eso estoy pensando.

—Pero si no las violábamos, nos hacíamos un favor mutuo. Era una manera de matar el tiempo. A la mañana siguiente ellas se iban tan contentas y nosotros quedábamos aliviados. ¿No te acuerdas?

—Me acuerdo de muchas cosas.

—Peores eran los interrogatorios. Yo nunca quise participar.

—Pero si te lo hubieran pedido hubieras participado.

—No te digo ni que sí ni que no.

—¿Te acuerdas del compañero de liceo que tuvimos preso?

—Claro que me acuerdo. ¿Cómo se llamaba?

—Fui yo el que se dio cuenta que estaba entre los detenidos, aunque todavía no lo había visto personalmente. Tú sí y no lo reconociste.

—Teníamos veinte años, compadre, y hacía por lo menos cinco que no veíamos al loco ese. Arturo creo que se llamaba. Él tampoco me reconoció a mí.

—Sí, Arturo, a los quince se fue a México y a los veinte volvió a Chile.

—Qué mala cueva.

—Qué buena cueva, caer justo en nuestra comisaría.

—Bueno, ésa es una historia muy vieja, ahora todos vivimos en paz.

—Cuando vi su nombre en la lista de los presos políticos, supe en el acto que se trataba de él. No existen muchos apellidos como el suyo.

—Fíjate bien en lo que estái haciendo, si te parece cambiamos de asiento.

—De inmediato me dije éste es nuestro viejo condiscípulo Arturo, el loco Arturo, el huevón que se fue a México a los quince años.

—Bueno, creo que él también se alegró de que nosotros estuviéramos allí.

—Cuando tú lo viste estaba incomunicado y lo alimentaban los otros presos. ¿Cómo no se iba a alegrar?

—La verdad es que se alegró.

—Me parece que lo estoy viendo.

—Pero si tú no estabas allí.

—Pero tú me lo contaste. Le dijiste ¿tú eres Arturo Belano, de Los Ángeles, provincia de Bío-Bío? Y él te contestó sí, señor, yo soy.

—Lo que son las cosas, a mí ya se me había olvidado.

—Y entonces tú le dijiste ¿no te acordái de mí, Arturo?, ¿no sabís quién soy, huevón? Y él te miró como diciéndose ahora me torturan a mí o yo qué le he hecho a este tira conchaesumadre.

—Me miró como con miedo, es verdad.

—Y te dijo no, señor, no tengo ni idea, pero ya comenzó a mirarte de otra manera, separando las aguas fecales del pasado, como diría el poeta.

—Me miró como con miedo, eso es todo.

—Y entonces tú le dijiste soy yo, huevón, tu compañero de liceo, de Los Ángeles, de hace cinco años, ¿no me reconoces?, ¡soy Arancibia! Y él hizo como un esfuerzo muy grande porque habían pasado muchos años y en el extranjero le habían pasado muchas cosas, más las que le estaban pasando en la patria, y francamente no conseguía ubicar tu rostro, recordaba rostros que tenían quince años, no veinte, y además tú nunca fuiste muy amigo suyo.

—Era amigo de todos, pero se codeaba con los más gallos.

—Tú nunca fuiste muy amigo suyo.

—Pero me hubiera encantado, ésa es la pura verdad.

—Y entonces él dijo Arancibia, claro, hombre, Arancibia, y aquí viene lo más divertido, ¿verdad?

—Depende. Al compañero que iba conmigo no le hizo ninguna gracia.

—Te cogió de los hombros y te dio un golpe en el pecho que te hizo recular por lo menos tres metros.

—Un metro y medio. Como en los viejos tiempos.

—Y tu compañero se le abalanzó, claro, pensando que el pobre huevón se había vuelto loco.

—O que pretendía fugarse, en aquella época éramos tan sobrados que no nos quitábamos las pistolas para pasar lista.

—O sea que tu compañero pensó que te quería quitar la pistola y se le fue encima.

—Pero no le llegó a pegar, yo le avisé que era un amigo.

—Y entonces te pusiste tú también a darle palmaditas y le dijiste que se tranquilizara y le contaste lo bien que nos lo estábamos pasando.

—Sólo le conté lo de las putas, qué jóvenes éramos entonces.

—Le dijiste cada noche me tiro a una puta en los calabozos.

—No, le dije que armábamos malones, que culiábamos hasta la amanecida. Siempre que tocara guardia, claro.

—Y él seguro que te dijo fantástico, Arancibia, fantástico, no me esperaba menos de ti.

—Algo por el estilo, cuidado con esa curva.

—Y tú le dijiste qué haces aquí, Belano, ¿no te habías ido a vivir a México? Y él te dijo que había vuelto, y por supuesto que era inocente, como cualquier ciudadano.

—Me pidió que le hiciera la gauchada de dejarlo telefonear.

—Y tú lo dejaste llamar por teléfono.

—Esa misma tarde.

—Y le hablaste de mí.

—Le dije: Contreras también está aquí y él creyó que tú estabas preso.

—Encerrado en un calabozo, dando alaridos a las tres de la mañana, como el gordo Martinazzo.

—¿Quién era Martinazzo? Ya no me acuerdo.

—Uno que teníamos de paso. Si Belano era de sueño ligero escucharía sus gritos cada noche.

—Pero yo le dije no, compadre, Contreras es detective también, y le soplé al oído: pero de izquierdas, no se lo digas a nadie.

—Mala cosa haberle dicho eso.

—No te iba a dejar en la estacada.

—¿Y Belano qué dijo cuando se lo dijiste?

—Puso cara de no creerme. Puso cara de no saber quién carajos era Contreras. Puso cara de pensar este tira reculiado está a punto de llevarme al matadero.

—Y eso que era un cabro confiado.

—A los quince años todos somos confiados.

—Yo no confiaba ni en mi madre.

—¿Cómo que no confiabas ni en tu madre? Con la madre no se juega.

—Precisamente por eso.

—Y luego le dije: esta mañana verás a Contreras, cuando los saquen a los cagaderos, fíjate bien, él te hará una señal. Y Belano me dijo okey, pero que le solucionara lo del teléfono. Sólo se preocupaba por la llamada.

—Era para que le trajeran comida.

—En cualquier caso cuando nos despedimos se quedó contento. A veces pienso que si nos hubiéramos visto en la calle tal vez no me hubiera ni saludado. El mundo da muchas vueltas.

—No te hubiera reconocido. En el liceo no eras de sus amigos.

—Ni tú tampoco.

—Pero a mí sí me reconoció. Cuando los sacaron a eso de las once, todos los presos políticos en fila india, yo me acerqué al corredor que daba a los baños y lo saludé de lejos con un movimiento de cabeza. Él era el más joven de los detenidos y no se le veía muy bien.

—¿Pero te reconoció o no te reconoció?

—Claro que me reconoció. Nos sonreímos a lo lejos y entonces él pensó que todo lo que tú le habías dicho era verdad.

—¿Qué le dije yo a Belano, vamos a ver?

—Todo un montón de mentiras, me lo contó cuando lo fui a ver.

—¿Cuándo lo fuiste a ver?

—Esa misma noche, después de que trasladaran a casi todos los presos. Belano se había quedado solo, todavía faltaban horas para la llegada de una nueva remesa, y estaba con el ánimo por los suelos.

—Es que dentro flaquean hasta los más gallitos.

—Bueno, tampoco se había quebrado, si a eso vamos.

—Pero le faltaría poco.

—Poco le faltó, es verdad. Y encima le pasó una cosa bien curiosa. Yo creo que por eso me he acordado de él.

—¿Qué cosa curiosa le pasó?

—Bueno, le pasó cuando estaba incomunicado, ya sabes cómo eran esas cosas en la comisaría del Temple, para lo único que servían era para matarte de hambre, porque si te lo proponías podías mandar a la calle cuantos mensajes quisieras. Bueno, Belano estaba incomunicado, es decir nadie le traía comida de fuera, no tenía jabón, ni cepillo de dientes, ni una manta para taparse por la noche. Y con el paso de los días, por supuesto, estaba sucio, barbón, la ropa le olía, en fin, lo de siempre. El caso es que una vez al día a todos los presos los sacábamos al baño, ¿te acuerdas, no?

—Cómo no me voy a acordar.

—Y camino del baño había un espejo, no en el baño propiamente dicho sino en el corredor que había entre el gimnasio en donde estaban los presos políticos y el baño, un espejo pequeñito, cerca del archivo de la comisaría, ¿te acuerdas, no?

—De eso sí que no me acuerdo, compadre.

—Pues había un espejo y todos los presos políticos se miraban en él. El espejo que había en el baño lo habíamos quitado por si a alguno se le ocurría una tontería, así que el único espejo que tenían para comprobar qué tal se habían afeitado o qué tal les había quedado la raya del pelo, pues era ése y todos se miraban en él, sobre todo cuando los dejaban afeitarse o el día de la semana en que había ducha.

—Ya, te sigo, y como Belano estaba incomunicado ni se podía afeitar ni se podía duchar ni nada de nada.

—Exactamente. No tenía máquina de afeitar, no tenía toalla, no tenía jabón, no tenía ropa limpia, nunca se duchó.

—Pues yo no recuerdo que oliera muy mal.

—Todo el mundo apestaba. Te podías bañar cada día y seguías apestando. Tú también apestabas.

—No se meta conmigo, compadre, y vigile esos terraplenes.

—Bueno, el caso es que cuando Belano pasaba con la cola de los presos nunca quiso mirarse al espejo. ¿Cachái? Lo evitaba. Del gimnasio al baño o del baño al gimnasio, cuando llegaba al corredor del espejo miraba para otro lado.

—Le daba miedo mirarse.

—Hasta que un día, después de saber que nosotros sus compañeros de liceo estábamos allí para sacarle los panes del horno, se animó a hacerlo. Lo había pensado toda la noche y toda la mañana. Para él la suerte había cambiado y entonces decidió mirarse al espejo, ver qué cara tenía.

—¿Y qué pasó?

—No se reconoció.

—¿Sólo eso?

—Sólo eso, no se reconoció. La noche que yo pude hablar con él me lo dijo. Para serte franco, yo no esperaba que me saliera por ahí. Yo iba con ganas de decirle que no se equivocara con respecto a mí, que yo era de izquierdas, que yo no tenía nada que ver con toda la mierda que estaba pasando, pero él me salió con lo del espejo y ya no supe qué decirle.

—¿Y de mí qué le dijiste?

—No dije nada de nada. Sólo habló él. Dijo que había sido muy suave, nada chocante, a ver si me entiendes. Iba en la cola en dirección al baño y al pasar junto al espejo se miró de golpe la cara y vio a otra persona. Pero no se asustó ni le entraron temblores ni se puso histérico. A esas alturas, ya me dirás, para qué ponerse histérico si nos tenía a nosotros en la comisaría. Y en el baño hizo sus necesidades, tranquilo, pensando en la persona que había visto, pensando todo el rato, pero como sin darle mucha importancia. Y cuando volvieron al gimnasio otra vez se miró en el espejo y en efecto, me dijo, no era él, era otra persona, y entonces yo le dije qué me estái diciendo, huevón, cómo que otra persona.

—Eso le hubiera preguntado yo, cómo.

—Y él me dijo: otra. Y yo le dije: aclárame ese punto. Y él me dijo: una persona distinta, no más.

—Entonces tú pensaste que se había vuelto loco.

—Yo no sé lo que pensé, pero con franqueza tuve miedo.

—¿Un chileno con miedo, compadre?

—¿No te parece apropiado?

—Muy propio de usted no me parece.

—Es igual, yo me di cuenta al tiro que no me embromaba. Lo había sacado a la salita que estaba junto al gimnasio y él se largó a hablar del espejo, del trayecto que tenía que recorrer cada mañana y de repente me di cuenta que todo era de verdad, él, yo, nuestra conversación. Y ya que estábamos fuera del gimnasio, pensé, y ya que él era un antiguo condiscípulo de nuestro glorioso liceo, se me ocurrió que podía llevarlo al corredor donde estaba el espejo y decirle mírate otra vez, pero conmigo a tu lado, con tranquilidad, y dime si no eres el mismo loco de siempre.

—¿Y se lo dijiste?

—Claro que se lo dije, pero para serte franco, primero me vino la idea y mucho después me vino la voz. Como si entre formularme la idea en el coco y expresarla de forma razonable hubiera transcurrido una eternidad. Una eternidad pequeña, para peor. Porque si hubiera sido una eternidad grande o una eternidad a secas yo no me hubiera dado cuenta, no sé si me sigues, en cambio tal como fue sí que me di cuenta y el miedo que tenía se acentuó.

—Pero seguiste adelante.

—Claro que seguí adelante, ya no era cosa de echarse atrás, le dije vamos a hacer la prueba, a ver si conmigo a tu lado te pasa lo mismo, y él me miró como si desconfiara de mí, pero dijo: bueno, si insistes, vamos a echar una mirada, como si me hiciera un favor a mí, cuando en realidad era yo el que le estaba haciendo un favor a él, igual que siempre.

—¿Y se fueron al espejo?

—Nos fuimos al espejo, con grave riesgo para mí porque ya sabes lo que me hubiera pasado si me agarraban paseando a medianoche por la comisaría con un preso político. Y para que se tranquilizara y fuera lo más objetivo posible antes le di un pucho y estuvimos echando unas pitadas y sólo cuando apagamos los puchos en el suelo nos encaminamos en dirección a los baños, él con tranquilidad, total, peor no podía estar, pensaba (mentira, hubiera podido estar infinitamente peor), yo más bien intranquilo, atento a cualquier ruido, a cualquier puerta que se cerrara, pero por fuera como si no pasara nada, y cuando llegamos al espejo le dije mírate y él se miró, asomó su cara y se miró, incluso se pasó una mano por el pelo, echándoselo para atrás, lo llevaba bien largo, bueno, a la moda del 73, supongo, y luego desvió los ojos, sacó la cara del espejo y se estuvo un rato mirando el suelo.

—¿Y qué?

—Eso le dije yo, ¿y qué?, ¿eres tú o no eres tú? Y él entonces me miró a los ojos y me dijo: es otro, compadre, no hay remedio. Y yo sentí dentro como un músculo o un nervio, te juro que no lo sé, que me decía: sonríe, huevón, sonríe, pero por más que el músculo se movió yo no pude sonreír, a lo más me daría un tic, un tirón entre el ojo y la mejilla, en todo caso él lo notó y se me quedó mirando y yo me pasé una mano por la cara y tragué saliva porque otra vez tenía miedo.

—Ya estamos llegando.

—Y entonces se me ocurrió la idea. Le dije: mira, me voy a mirar yo en el espejo, y cuando yo me mire tú me vas a mirar a mí, vas a mirar mi imagen en el espejo, y te vas a dar cuenta de que soy el mismo, te vas a dar cuenta que no pasa nada, que la culpa es de este espejo sucio y de esta comisaría sucia y del corredor mal iluminado. Y él no dijo nada, pero yo me tomé su silencio por una afirmación, el que calla otorga, y estiré el cuello y puse mi cara frente al espejo y cerré los ojos.

—Ya se ven las luces, compadre, ya estamos llegando, conduzca con calma.

—¿No me has oído o te estái haciendo el sordo?

—Claro que te he oído. Cerraste los ojos.

—Me planté delante del espejo y cerré los ojos. Y luego los abrí. Supongo que a ti te parecerá normal mirarte a un espejo con los ojos cerrados.

—A mí ya nada me parece normal, compadre.

—Pero luego los abrí, de golpe, al máximo posible, y me miré y vi a alguien con los ojos muy abiertos, como si estuviera cagado de miedo, y detrás de esa persona vi a un tipo de unos veinte años pero que aparentaba por lo menos diez más, barbudo, ojeroso, flaco, que nos miraba por encima de mi hombro, la verdad es que no lo podría asegurar, vi un enjambre de jetas, como si el espejo estuviera roto, aunque bien sabía que no estaba roto, y entonces Belano dijo, pero lo dijo muy bajito, apenas más fuerte que un susurro, dijo: oye, Contreras, ¿hay alguna habitación detrás de esa pared?

—¡Conchaesumadre! ¡Qué peliculero!

—Y yo al oír su voz fue como si me despertara, pero al revés, como si en vez de salir para este lado saliera para el otro y hasta mi voz me sorprendió. No, le dije, que yo sepa detrás sólo está el patio. ¿El patio donde están los calabozos?, me preguntó. Sí, le dije, donde están los presos comunes. Y entonces el muy hijo de puta dijo: ya lo entiendo. Y yo me quedé con los cables sueltos, porque hazme el favor, ¿qué era lo que tenía que entender? Y tal como se me vino a la cabeza se lo dije, qué chuchas es lo que ahora entendís, pero bajito, sin gritar, tan bajito que él ni me oyó y yo ya no tuve fuerzas para repetir la pregunta. Así que volví a mirar el espejo y vi a dos antiguos condiscípulos, uno con el nudo de la corbata aflojado, un tira de veinte años, y el otro sucio, con el pelo largo, barbudo, en los huesos, y me dije: joder, ya la hemos cagado, Contreras, ya la hemos cagado. Después cogí a Belano por los hombros y me lo llevé de vuelta al gimnasio. Cuando lo tuve en la puerta me pasó por la cabeza la idea de sacar la pistola y pegarle un tiro allí mismo, era fácil, sólo hubiera tenido que apuntar y meterle una bala en la cabeza, incluso en la oscuridad siempre he tenido buena puntería. Después hubiera podido explicar cualquier cosa. Pero por supuesto no lo hice.

—Claro que no lo hiciste. Nosotros no hacemos esas cosas, compadre.

—No, nosotros no hacemos esas cosas.

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