miércoles, 31 de marzo de 2010

Gog. Por Giovanni Papini


CÓMO CONOCÍ A GOG
Me avergüenza decir dónde conocí a Gog; en un manicomio particular.
Fui allí con objeto de hacer compañía a un joven poeta dálmata, a quien la pasión desesperada por una sombra -la amada era una «reina de la pantalla» y únicamente en la pantalla le había sonreído- condenaba al delirio. Como ordinariamente estaba tranquilo, eI director de aquella casa para locos pensionistas -enano de estatura, pero elegante por su carnosidad- nos permitía estar juntos en el jardín. Aquí y allá, a la sombra de los cedros y de los castaños de Indias, había mesas redondas de hierro y sillas, como en los cafés. Enfermeros pálidos, vestidos de blanco, transcurrían por los paseos, disimulando su vigilancia.
Un día muy caluroso en que el poeta y yo estábamos hablando, se acercó a nuestro velador uno de los huéspedes. Era un monstruo que debía tener medio siglo, vestido de verde claro. Alto, pero mal garbado: no tenía ni un solo pelo en toda la cabeza; sin cabellos, sin cejas, sin bigotes, sin barba. Un informe bulbo de piel desnuda, con excrecencias coralinas. La cara era de un escarlata oscuro, casi pavonado, y anchísima. Uno de los ojos era de un bello celeste un poco ceniciento; el otro, casi verde con estrías de un amarillo de tortuga. Las mandíbulas eran cuadradas y potentes; los labios, macizos pero pálidos, se entreabrían en una sonrisa completamente metálica, de oro.
Saludó, sin hablar, al poeta y se sentó a nuestro lado. No abrió la boca, pero pareció que seguía atentamente nuestra conversación.
Me enteré después, por mi amigo, que éste era Gog.
Su verdadero nombre era, según parece, Goggins, pero desde joven le habían llamado siempre Gog, y este diminutivo le gustó porque le circundaba de una especie de aureola bíblica y fabulosa; Gog, rey de Magog. Había nacido en una de las islas Hawai, de una mujer indígena y de padre desconocido, pero seguramente de raza blanca. A los dieciséis años, embarcado como boy de cocina en un vapor americano, había llegado a San Francisco y vivido en varios puntos de California, a la ventura. Después de algunos años, no se sabe cómo, logró algunos millares de dólares y se trasladó a Chicago. Tenía el genio de business o un demonio de su parte, porque en poco tiempo su fortuna en dinero se hizo enorme, incluso para el Ohio. Al terminar la guerra era uno de los hombres más ricos de los Estados Unidos, es decir del planeta. En 1920 se retiró, sin grandes pérdidas, de todas sus empresas y depositó sus millones, unos aquí y otros allá, en todos los Bancos del mundo.
-Hasta ahora -decía- he sido un galeote del dinero; pero de hoy en adelante debe ser mi servidor. No quiero esperar, como mis semejantes, a quedarme chocho para descubrir los medios de gozar.
Comenzó en aquel tiempo, para Gog, una vida nueva; investigaciones febriles, carreras a través de los continentes, sorpresas, locuras, fugas. No tenía mujer ni hijos, pero no le faltaban animadores, parásitos, ayudantes, consejeros, cómplices.
Es preciso tener en cuenta la peligrosa mezcla que había en él; un semisalvaje inquieto que tenía bajo su dominio las riquezas de un emperador. Un descendiente de caníbales que se había apoderado, permaneciendo bruto, del más espantoso instrumento de creación y de destrucción del mundo moderno.
Ignorantísimo, quiso ser iniciado en las más refinadas drogas de una cultura de putrefacción. Ya casi sedentario, quiso conocer todas las patrias -él, que no tenía patria verdadera-. Animalesco por el origen y la vocación, quiso proporcionarse todas las formas del epicureísmo cerebral de nuestros tiempos.
Me hace el efecto de que en esa dilapidación maniática adquirió un olfato perverso para las más radicales ideologías, pero reforzó al mismo tiempo su barbarie ingénita. Su cerebro era, en algunos momentos, capaz de rebasar los más exasperantes modernismos, pero su alma se había vuelto más árida y cruel que la de sus antepasados maternos.
Toda la inteligencia instintiva que le había ayudado para el saqueo legal de los millones, la empleaba ahora para el acaparamiento febril de las rarezas y de las voluptuosidades de toda especie, para satisfacer los más inverosímiles deseos, los caprichos más infames y fantásticos.
A los siete años de llevar esta vida gastó las tres cuartas partes de su capital y de su salud. Desde 1928 fue de sanatorio en sanatorio, siempre ansioso e impaciente, presa de frenesí de cambio y de novedad. Los médicos intentaban retener un huésped tan explotable, pero no lo conseguían. Ningún alienista pudo definir su enfermedad; quién hablaba de síndrome psicasténico, quién de una alteración de la personalidad, quién de locura moral; los más opinaban que tenía más de una tara, y de tal modo confundidas entre sí que no permitían más que simulacros de curación, a ciegas. Cuando había permanecido en uno de esos asilos tres o cuatro meses, quería ser transportado a otro -a aquél, el verdadero- y se ponía tan furioso que tenían que contentarle a la fuerza.
Cuando le conocí se hallaba allí desde hacía poco. Y todas las veces que fui a visitar a mi poeta le veía también a él. Comenzó a hablarme. De este modo pude saber, un poco por él y un poco por los médicos, su historia. Su conversación era singularísima; pasaba de un discurso paradójico, pero al mismo tiempo inteligente, a manifestaciones de una vulgaridad peor que plebeya, bestial. Parecía que estuviesen unidos en él Asmodeo, con su agudeza cínica, y Calibán, con su ciega torpeza de bruto.
Pero conmigo hablaba gustoso. He tenido siempre la virtud de aplacar a los agitados y de amansar a los locos. Un día, después de haber hablado más que de costumbre, se marchó a su habitación -vivía en una villa, toda para él, en el parque del manicomio- y volvió para entregarme un envoltorio de seda verde.
-Lea -me dijo-, son hojas que he salvado del último naufragio. Aquí dentro hay algo del viejo Gog. Ahora ha llegado para mí el día en que nace más de un sol, y cedo con la máxima despreocupación los harapos de la noche.
Encontré, dentro del envoltorio, un grueso paquete de hojas sueltas, escritas en tinta verde, con una caligrafía inexperta y pesada de muchacho. Las leí todas, a veces con una sonrisa, a veces con disgusto, a veces con horror, pero siempre, lo confieso, con avidez.
Eran apuntes sueltos, páginas de antiguos diarios, fragmentos de recuerdos, mezclados todos sin orden, sin fechas precisas, redactados en un inglés vulgar, pero bastante descifrable.
No pude volver a la mansión de los locos hasta muchos días después. Busqué a Gog para devolverle su manuscrito. Me dijeron que se había marchado después de un acceso terrible, y que no había dejado ningún recado para mí. Escribí a la casa de curación donde se había refugiado y no recibí contestación. Han pasado casi dos años y no sé si Gog sigue con vida o ha muerto.
Supuse, y a mi juicio atinadamente, que tuvo la intención de regalarme esas hojas, y tal fue también el parecer de los amigos a quienes consulté. Por eso me he decidido a traducirlas -excepto cinco o seis demasiado repugnantes- y a publicarlas.
II
No se trata, como el lector verá, ni de un libro de memorias, ni, mucho menos, de una obra de arte. Se trata, me parece, de un documento singular y sintomático; espantoso, tal vez, pero de un cierto valor para el estudio del hombre de nuestro siglo. Y como documento -y no con otra intención- publico esta serie de notas, con la esperanza de que, una vez reflexionado, se reconozca la utilidad de mi «abuso de confianza».
Huelga, creo, añadir que yo no puedo de ninguna manera aprobar los sentimientos y los pensamientos de Gog y de sus interlocutores. Todo mi ser- que ahora se ha renovado con mi retorno a la Verdad- no puede menos que aborrecer todo lo que Gog cree, dice o hace. Quien conozca mis libros, sobre todo los últimos, se dará cuenta de que no puede haber nada de común entre Gog y yo. Pero en ese cínico, sádico, maniático, hiperbólico semisalvaje, he visto una especie de símbolo de la falsa y bestial -para mí- civilización cosmopolita, y lo presento a los lectores de hoy con la misma intención con que los espartanos mostraban a sus hijos un ilota completamente borracho.
Muchísimos, en nuestro tiempo, se parecen en realidad a Gog. Pero Gog es, a mi juicio, un ejemplo particularmente instructivo y revelador, por dos razones. Primera, porque su riqueza le ha permitido realizar impunemente muchas extravagancias, idiotas o criminales, que sus semejantes deben contentarse con imaginar en sueños. Segunda, porque su sinceridad de primitivo le lleva a confesar sin rubor sus caprichos más repulsivos, es decir, aquello que los otros esconden y no se atreven a decir ni de sí mismos.
Gog es, por decirlo con una sola palabra, un monstruo, y refleja por eso, exagerándolas, ciertas tendencias modernas. Pero esta misma exageración ayuda al fin que me propongo al publicar los fragmentos de su Diario, puesto que se perciben mejor, en esta ampliación grotesca, las enfermedades secretas (espirituales) de que sufre la presente civilización. Y no habría publicado estas hojas si no hubiese creído hacer una cosa útil para aquellos que las lean.
Advierto finalmente que he traducido con fidelidad la prosa desaliñada y premiosa de Gog, sin añadir tilde, ni enmendar o embellecer. No es culpa mía, pues, si este libro no es un modelo de estilo.
El orden en que han sido dispuestos los capítulos es aproximado y conjetural, casi seguramente inexacto. Pero no he podido hacerlo de otra manera. Gog consignaba, generalmente, el lugar, el día y el mes, pero no el año, y me he tenido que contentar con una cronología puramente hipotética.
Y ésta es una pequeña libertad, en comparación con esa otra bastante mayor que me he permitido: la de hacer servir el mal de Gog para el bien común.
G. P.

LAS OBRAS MAESTRAS DE LA LITERATURA Cuba, 7 noviembre
Tenía necesidad, para ciertos propósitos míos, de conocer lo que los profesores de los colléges llaman las «obras maestras de la literatura». Di a un laureado bibliotecario, que me aseguraron que era un conocedor perfecto de ellas, la orden de prepararme una lista, lo más restringida posible, de obras, y de procurármelas en las mejores condiciones. Apenas me hallé en posesión de estos tesoros, no permití la entrada a nadie, y ya no me levanté de la cama.
Las primeras se me antojaron malas y me pareció increíble que tales humbugs fuesen verdaderamente los productos de primera calidad del espíritu humano. Aquello que no comprendía me parecía inútil; lo que comprendía no me gustaba o me ofendía. Género absurdo, aburrido; tal vez insignificante o nauseabundo. Relatos que si eran verdaderos me parecían inverosímiles, y si inventados, insulsos. Escribí a un profesor célebre de la Universidad de W. para preguntarle si aquella lista estaba bien hecha. Me contestó que sí y me dio algunas indicaciones. Tuve valor para leer aquellos libros, todos, menos tres o cuatro que no pude soportar desde las primeras páginas.
Huestes de hombres, llamados héroes, que se despanzurraban durante diez años seguidos bajo las murallas de una pequeña ciudad, por culpa de una vieja seducida; el viaje de un vivo en el embudo de los muertos como pretexto para hablar mal de los muertos y de los vivos; un loco hético y un loco gordo que van por el mundo en busca de palizas; un guerrero que pierde la razón por una mujer y se divierte en desbarbar las encinas de las selvas; un villano cuyo padre ha sido asesinado y que, para vengarle, hace morir a una muchacha que le ama y a otros variados personajes; un diablo cojo que levanta los tejados de todas las casas para exhibir sus vergüenzas; las aventuras de un hombre de mediana estatura que hace el gigante entre los pigmeos y el enano entre los gigantes, siempre de un modo inoportuno y ridículo; la odisea de un idiota que a través de una serie de bufas desventuras sostiene que este mundo es el mejor de los mundos posibles; las peripecias de un profesor demoníaco servido por un demonio profesional; la aburrida historia de una adúltera provinciana que se fastidia y, al fin, se envenena; las salidas locuaces e incomprensibles de un profeta acompañado de un águila y de una serpiente; un joven pobre y febril que asesina a una vieja, y luego, imbécil, no sabe siquiera aprovecharse de la coartada y acaba cayendo en manos de la Policía.
Me pareció comprender, con mi cabeza virgen, que esa literatura tan alabada se hallaba apenas en la edad de la piedra, lo que me dejó desesperadamente desilusionado. Escribí a un especialista en poesía, el cual intentó confundirme diciéndome que aquellas obras valían por el estilo, la forma, el lenguaje, las imágenes y los pensamientos y que un espíritu educado podía experimentar con ellas grandísimas satisfacciones. Le contestó que, por mi parte, obligado a leer casi todos aquellos libros en traducciones, la forma importaba poco, y que el contenido me parecía, como es, anticuado, insensato, estúpido y extravagante. Gasté cien dólares en esta consulta, sin ningún fruto.
Por fortuna conocí más tarde a algunos escritores jóvenes que confirmaron mi juicio sobre aquellas viejas obras y me hicieron leer sus libros, donde encontré, entre muchas cosas turbias, un alimento más adecuado a mis gustos. Me ha quedado, sin embargo, la duda de que la literatura sea tal vez incapaz de perfeccionamientos decisivos. Es muy probable que nadie, dentro de un siglo, se dedique a una industria tan atrasada y poco remuneradora.

MÚSICOS New Parthenon, 26 abril Cuando se supo que yo era protector de las artes vino a ofrecérseme un músico macedonio.
Tenía una cara triangular coronada por un gran mechón de cabellos rubios. De altísima estatura, su capa de color ortiga apenas le llegaba a las rodillas.
-¿Qué sabe usted hacer?
-He inventado una nueva música, sin instrumentos. La vieja música no sabe más que hacer gemir tripas, hacer pasar el aliento por tubos de metal o percutir sobre burros muertos. Yo me he libertado de los productores artificiales de sonidos. He escrito una sinfonía con sonidos naturales que produce sensaciones absolutamente insospechadas y será el principio de una revolución en este arte ahora decrépito.
-¿Qué título tiene su sinfonía?
-La Carrera de los Cometas.
-¿Cuándo podré oírla?
-Dentro de dos días.
Al tercer día me avisaron que todo estaba dispuesto. La sala de música había sido cerrada, en el fondo, con un telón de seda amarillo de plata. No podían verse, de este modo, ni instrumentos, ni músicos.
Un silbido largo, gemebundo, como el que produce el viento del Norte por las rendijas, anunció el principio del concierto. Luego, tras el telón, se elevó un zumbido profundo y alterno, semejante al de las colmenas. Un borbotón de agua, chorro de una fuente invisible, le acompañó con sus rebotes sordos, y se oyó al mismo tiempo una melopea estridente como producida por furiosas limas. Pero todo fue dominado, de pronto, por un coro solemne de rugidos de leones evocadores del hambre inmensa de los desiertos, de la desesperación, de la ferocidad, del terror de los imposibles. La seda del telón se estremecía; algunos de mis compañeros se pusieron pálidos.
De repente el silencio. Había terminado el primer tiempo.
El segundo comenzó con un batir precipitado de numerosos martillos sobre yunques, inmediatamente seguido de un zurrido de veletas presas de delirio, reforzado con golpes asmáticos de un motor. Un estrépito de vidrios en alboroto, como si alguien revolviese un ejército de cristalería con un compás de danza, dio principio al allegro. Pero todo se vio cubierto por un lamento gutural de voces femeninas, interrumpido a intervalos regulares por los insultos de una risa galvánica. Un tañido seco y pataleante, como de caballos en fuga, puso fin al segundo tiempo.
El tercero se abrió con un repiqueteo presuroso, como si, al otro lado del telón, innumerables manos batiesen sobre sendas máquinas de escribir; luego gradualmente se fue apaciguando corno un chaparrón que cesa, y se elevaron rugidos inhumanos, como de lobos gigantes enloquecidos por el hombre. Apenas hubieron terminado, un rumor como de ventiladores llenó la sala, envuelto en un alegre estallido de sarmientos inflamados y en un susurro crepitante que evocaba el de un pueblo de gusanos de seda entre las hojas de las moreras. Una algarabía sorda, como de una caldera de agua hirviente, hacía de bordón. Luego un silbar de mirlos, un arrullar de palomas, un estridor de mochuelos y una insistencia de maderas golpeadas en crescendo. Y entonces los martillos volvieron a golpear, los leones a rugir, las limas a chirriar, los motores a restallar. Lentamente se fueron uniendo silbidos de locomotoras, lamentos de sirenas, descargas de fusilería, chillidos de claxon, estrépito de hierros revueltos, un paroxismo de tal intensidad que ya no pudo distinguirse ningún sonido aislado, pues todo se confundió en un ruido feroz y compacto que se dilataba contra las paredes como si quisiese derribarlas.
El silencio repentino pareció un refrigerio contranatural, una resurrección de la nada. La sinfonía había terminado.
Nadie aplaudió. Después de algunos minutos salió de detrás del telón, cauto y sudoroso, el penacho de maíz del macedonio. Sus ojos color de pizarra parecían suplicar la limosna de una felicitación. No tuve piedad; aquel clown balcánico carecía en absoluto de orgullo.
Al día siguiente me propuso la audición de una segunda sinfonía: El Delirio de los Gallos Titanes. Rehusé.
Se marchó triste, con un cheque de mil dólares en el bolsillo, firmado por mí.
Sin embargo, una semana después, compareció otro músico. Llegó a la puerta este del New Parthenon con un bagaje enorme de cajas. Le hice pasar. Era un boliviano con el rostro cincelado a cuchillo, dominado por una nariz en forma de puñal.
-He inventado -me dijo- la música del silencio. ¿Quiere usted ser el primero en oírla? -¿La música del silencio?
-Toda música tiende al silencio y toda su potencia está en las pausas entre uno y otro sonido. Los viejos compositores tienen todavía necesidad de estos recursos armónicos para sacar al silencio su secreto. He encontrado la manera de prescindir de la armazón superflua de las notas transformadas en sonidos y le ofrezco el silencio en su estado genuino de pureza.
Al día siguiente entré en la sala de música. En el fondo, unos veinte ejecutantes se hallaban alineados en forma de media luna en torno del podio. Tenían en las manos los acostumbrados instrumentos de todas las orquestas: violines, violoncelos, flautas, trombones. No faltaba tampoco el timbal. Todos estaban inmóviles, rígidos, fijos, tiesos, dentro de sus vestidos negros. Miré con más atención. Sobre las pecheras blanquísimas todas las cabezas eran iguales; cabezas enigmáticas de maniquíes de cera, de cadáveres artificiales. Los mismos ojos de cristal, las mismas bocas de carmín, la misma nariz rosada y ligeramente brillante.
El boliviano apareció en el podio y dio la señal de comenzar golpeando el atril con una larga varita blanca. Nadie se movió; no se oyó sonido alguno. Solamente el director se movía, mirando hacia arriba como si oyese una melodía que le era revelada a él solo. Luego se volvía a derecha e izquierda, miraba a los intérpretes espectrales y a sus rostros de cera, y marcaba con la batuta, ahora un pianissimo, ahora un presto, con leves sacudidas de hombros que hacían pensar en un fantasma en la agonía. Los cuarenta ojos de porcelana le miraban fijamente con expresión unánime de odio imponente.
Finalmente, el maestro, después de haber tendido por última vez, con la cabeza baja, sus grandes orejas encarnadas, se volvió hacia nosotros con una sonrisa de triunfo.
Me dirigí hacia él y arranqué de mi talonario un cheque que no me preocupé de llenar. A la mañana siguiente se marchó con sus cajas, muy alegre. Me dijeron que canturreaba entre dientes estos versos:
«Para marchar yo solo por la tierra no hay fuerzas en mi alma...» 1
Desde aquel día no quise más conciertos en mi casa.

VISITA A FORD Detroit (Mich.) 11 mayo Había ya encontrado tres o cuatro veces al viejo Ford (Henry) en los tiempos en que me ocupaba de negocios, pero esta vez he querido hacerle una visita personal y «desinteresada».
Le he encontrado fresco de aspecto y de buen humor, dispuesto por consiguiente a hablar y expansionarse.
-Usted sabe -me ha dicho- que no se trata de desarrollar una industria, sino de realizar un vasto experimento intelectual y político. Nadie ha comprendido bien los místicos principios de mi actividad. Sin embargo, no pueden ser más sencillos: se reducen al Menos Cuatro y al Más Cuatro y a sus relaciones. El Menos Cuatro son: disminución proporcional de los operarios; disminución del tiempo para la fabricación de cada unidad vendible; disminución de «tipos» de los objetos fabricados; y, finalmente, disminución progresiva de los precios de venta.
»El Más Cuatro, relacionado íntimamente con el Menos Cuatro, son: aumento de las máquinas de los aparatos, con objeto de reducir la mano de obra; aumento indefinido de la producción diaria y anual; aumento de la perfección mecánica de los productos; aumento de los jornales y de los sueldos.
»A un espíritu superficial y anticuado estos ocho objetivos pueden aparecer como contradictorios entre sí, pero usted, hombre práctico, podrá comprender su perfecta armonía. Aumentar la cantidad y el rendimiento de las máquinas significa poder disminuir el número de operarios; reducir el tiempo necesario para la fabricación de un objeto quiere decir producir mucho más durante el día; disminuir el número de los "tipos", obligando a los consumidores a renunciar a sus gustos individuales, tiene como consecuencia un aumento de la producción y una reducción de los precios de coste; y, finalmente, disminuyendo los precios y aumentando los salarios, se aumenta el número de aquellos que tienen posibilidad de comprar y su capacidad de adquirir, con lo que se puede aumentar la producción sin peligros. Si los automóviles son caros y mis dependientes ganan poco, muy pocos podrán comprarlos. Pague usted mucho y venda a bajo precio y todos se convertirán en sus clientes. El secreto para enriquecerse es ganar como si se fuese pródigo y vender como si se estuviese en vísperas de quiebra. Esta paradoja, que asusta a los tímidos, es el secreto de mi fortuna.
»Volviendo a mis ocho principios, es fácil deducir que el ideal máximo sería el siguiente: Fabricar sin ningún operario un número cada vez mayor de objetos que no cuesten casi nada. Reconozco que serán precisas todavía algunas decenas de años antes de que se consiga este ideal. Soy un utopista, pero no un loco. Me voy, sin embargo, preparando para ese día. Estoy construyendo en Detroit una nueva fábrica que llevará por nombre "La Solitaria". Una verdadera alhaja, un sueño, un milagro: la fábrica donde no habrá nadie. Cuando esté terminada y hayan sido montadas las máquinas del más reciente modelo, y en parte absolutamente nuevas, que se están preparando, no habrá necesidad de obreros. De cuando en cuando un ingeniero hará una breve visita a "La Solitaria", pondrá en movimiento algunos engranajes y se marchará. Las máquinas lo harán todo por sí solas y trabajarán no únicamente durante el día, como hacen ahora los hombres, sino también toda la noche, y aun los domingos, pues ninguna ley de Michigan prohíbe el trabajo de los motores y de los tornos en días de fiesta. Un tren eléctrico llevará automáticamente a los depósitos los miles de automóviles y los miles de aeroplanos producidos por "La Solitaria". Dentro de veinte años, todas mis fábricas serán iguales y podré lanzar al mercado millones de aparatos al mes con sólo la ayuda de algunas docenas de técnicos, de mozos de almacén y de contadores.
-La idea es genial -manifesté- y el sistema sería excelente, si no hubiese una dificultad. ¿Quién comprará esos millones de automóviles, de tractores y de aeroplanos? Si usted suprime la mano de obra reduce también el número de compradores.
Una sonrisa iluminó el bello rostro de viejo juvenil de Ford.
-Ya he pensado también en eso -respondió-. Produciré tantas máquinas y a precios tan modestos, que a ningún otro industrial del mundo le tendrá cuenta fabricar lo que yo fabrique. Mis fábricas surtirán por eso a los cinco continentes. En muchas partes del mundo eI automóvil y el aeroplano no son todavía de uso general. Con la potencia de la publicidad y del control bancario obligaremos a todos los pueblos a usarlos. Mis mercados son prácticamente ilimitados.
-Pero, perdone; si sus métodos anulan, en gran parte, la industria de otros países, ¿de dónde sacarán éstos el dinero necesario para comprar sus máquinas?
-No hay que tener miedo -repuso Ford-. Los clientes extranjeros pagarán con los objetos producidos por sus padres y que nosotros no podemos fabricar; cuadros, estatuas, joyas, tapices, libros y muebles antiguos, reliquias históricas, manuscritos y autógrafos. Todo cosas «únicas» que no podemos reproducir con nuestras máquinas. En Asia y Europa existen todavía colecciones privadas y públicas llenas hasta rebosar de estos tesoros que no se pueden imitar, acumulados durante sesenta siglos de civilización. Entre los europeos y entre los asiáticos aumenta cada día la manía de poseer los aparatos mecánicos más modernos y disminuye al mismo tiempo el amor hacia los restos de la vieja cultura. Llegará pronto el momento en que se verán obligados a ceder sus Rembrandt y Rafael, sus Velázquez y Holbein, las biblias de Maguncia y los códices de Romero, y los joyeles de CeIlini y las estatuas de Fidias para obtener de nosotros algunos millones de coches y de motores. Y de ese modo, el almacén retrospectivo de la civilización universal deberán venir a buscarlo a los Estados Unidos, con gran ventaja, por otra parte, para las industrias del turismo.
»Además, mis precios, como consecuencia de la reducción del coste, serán de tal modo bajos que hasta los pueblos más pobres podrán comprar mis aeroplanos de deporte y mis automóviles de familia. Yo no busco, como usted sabe, la riqueza. Solamente los pequeños industriales atrasados se proponen como fin el ganar dinero. ¿Qué quiere usted que yo haga con los millones? Si vienen no es culpa mía, sino el resultado involuntario de mi sistema altruista y filantrópico. Personalmente vivo como un asceta: tres dólares al día me bastan para alimentarme y vestirme. Soy el místico desinteresado de la producción y la venta: las ganancias excesivas me fastidian y no aprovechan más que al Fisco. Mi ambición es científica y humanitaria; es la religión del movimiento sin reposo, de la producción sin límites, de la máquina libertadora y dominadora. Cuando todos puedan poseer un aeroplano y trabajar una hora al día, entonces yo figuraré entre los profetas del mundo y los hombres me adorarán como un auténtico redentor. Y ahora, viejo Gog, ¿un drink? ¿Es cierto que pertenece usted secretamente a los «húmedos», o le han calumniado?
No había bebido nunca un whisky tan perfecto y no había hablado nunca con un hombre tan profundo. No olvidaré fácilmente esta visita en Detroit.

EL MILAGRO A DOMICILIO New Parthenon, 17 julio Siempre he sentido un ardiente deseo de asistir a algún milagro y, para no verme defraudado, me he dirigido a los especialistas del ramo. He reunido, durante mis viajes, a cinco hombres que disfrutaban, en sus países, de la fama de poseer un poder especial en el arte de los prodigios, y los tengo aquí, a mi disposición.
Me cuesta considerables sumas -ninguno de ellos consentía en expatriarse sino a cambio de una importante indemnización-; pero soy, supongo, el único en el mundo que posee cinco Magos entre su personal de servicio. Uno solo podía faltar o no hallarse siempre dispuesto, mientras que de este modo estoy seguro de obtener el «milagro a domicilio» en el momento en que lo pida.
El primero de estos taumaturgos es tibetano y se llama Adjrup Gumbo. Dice ser “lama amarillo” y haber adquirido su poder mágico viviendo largos años en una gompa, en las más desiertas montañas del Tíbet, como discípulo del famoso Ralpa, de Ladak.
El segundo, Tiufa, es un negro wambagwe, del África Oriental, y era considerado, entre las gentes de su tribu, como el dueño absoluto de la tierra y del cielo.
En Bengala pude encontrar el célebre Baba Bharad, un sannyasi convertido en uno de los más extraordinarios faquires de toda la India.
El cuarto es Fang-Wong, un chino taoísta, adepto y luego maestro de la escuela tántrica, es decir, de la más reputada magia de Oriente.
El último es un europeo, Wolareg, que pretende hallarse en posesión de las más antiguas tradiciones iniciadoras y afirmar ser uno de los jefes del ocultismo occidental. No ha querido decirme nunca dónde nació; habla con toda perfección cuatro o cinco lenguas y escribe continuamente. Tiene casi dos metros de estatura y una cara de viejo muchacho mongol. Lleva el cuello siempre envuelto en una bufanda porque sufre de furúnculos y ántrax, y habla, no obstante su estatura, con una voz un poco infantil, pero al mismo tiempo solemne.
Creí haber escogido bien y poder al fin satisfacer el deseo de asistir a algún milagro entero y verdadero. Esto hubiera sido, de cuando en cuando, un remedio contra el horrible aburrimiento que me persigue en estos tiempos. Cuentas equivocadas, esperanzas vanas. Al menos hasta ahora -y hace más de un año que esos archimagos viven a mis espaldas- no he conseguido ver nada que se pueda llamar un milagro.
Reconozco que no Ies ha faltado la buena voluntad. Todas las veces que he dado la orden, a uno o a otro, para que me mostrasen un prodigio, han hecho todo lo posible por contentarme. Les he dejado en libertad para elegir el momento y el género de milagro; he concedido todas las prórrogas posibles.
Las promesas eran para engolosinar. Tiufa se compromete a hacer caer la lluvia en un día sereno y hacer huir el temporal; Fang-Wong tenía la seguridad de hacer aparecer cierto número de demonios que obedecieran a cualquier gesto mío; Adjrup Gumbo decía que estaba dispuesto a resucitar un cadáver en presencia mía y hacerme hablar con un muerto designado por mí; Baba Bharad, especializado en la levitación, me aseguraba que un día u otro ascendería sin ninguna ayuda cielo arriba hasta desaparecer de la vista y luego descendería a mi llamada; Wolareg, finalmente, se declaraba capaz de romper y mover los objetos sin tocarlos, transformar la sustancia de las cosas, fabricar oro, evocar espectros parlantes y hacerme dueño del mundo de los fenómenos y de lo oculto.
Pero todas sus tentativas han sido inútiles. Ahora faltaban, para el buen resultado del milagro, algunas esencias o piedras necesarias, que había de hacer venir del fondo de Asia o de África y que era preciso esperar algunos meses para que llegasen; otra vez eran contrarias las fuerzas cósmicas o no eran favorables las conjunciones de los astros, lo que hacía necesario aplazar la ceremonia; o bien el mago caía en una especie de catalepsia para realizar la tarea y manifestaba, al despertar, que un ocultista enemigo suyo se había enterado, desde lejos, de la operación que se estaba preparando. Wolareg declaró que no cabía hacer nada si no podía disponer, como oficina para los ritos, de una caverna subterránea, revestida de basalto, orientada según sus instrucciones, y provista de trípodes, de hierbas mágicas, de varias varitas esculpidas, hechas con huesos de iniciados difuntos, y de un sanctasanctórum. Hice construir esa gruta en la parte más extensa del parque, de acuerdo con los planos y deseos de Wolareg, pero, según decía, faltaba siempre algo esencial y que no podía encontrarse, y ha sido ése el que me ha costado más y el que me ha dado menos.
Los otros intentaron, algunas veces, ofrecerme algún truco ingenioso como sustitutivo de los milagros en vano prometidos. Les dejaba hacer, al principio, para divertirme y, luego, para desenmascararlos. No quería despilfarrar de ese modo mis dólares. Me había provisto, para no parecer un imbécil, de obras de prestidigitación y de ensayos críticos sobre los médiums y faquires y los había leído. Conmigo no era posible el engaño.
Una vez murió uno de mis camareros, y Adjrup Gumbo recibió el encargo de resucitarlo. Se encerró en la cámara del muerto por algunas horas, la llenó de humo y luego me mandó llamar. A través de los vapores y de los aromas, vi de pronto a mi pobre Ben que encogía las piernas y alzaba a sacudidas la cabeza; pero hice abrir las ventanas y me di cuenta de que el tibetano, sirviéndose de los hilos de la luz eléctrica, había recurrido, no a la ciencia de los lamas, sino a la corriente puesta a su disposición por la ciencia europea. Y el supuesto resucitado tuvo que ser enterrado al día siguiente en el cementerio vecino.
Baba Bharad quiso repetir ante mí el conocido prodigio de la simiente de mangostán que, sembrada y regada, después de una hora se transforma en una planta con frutos. Pero no me fue difícil, con la ayuda de una pala, demostrarle que conocía el misterio, es decir, que en el terreno había sido colocada con anterioridad, sobre un redondel de corcho, la plantita de mangostán, que el agua había levantado en el momento oportuno.
Fang-Wong hizo aparecer, en una estancia medio vacía, una forma verdusca que, según él, era uno de los más temibles demonios subterráneos, uno de aquellos espantosos «Fran-Lean». Mi lámpara de bolsillo me permitió reconocer, bajo la capa verde, a un negro empleado en la cocina que se había prestado a representar el papel de demonio ante la promesa de una botella de gin.
En lo que se refiere a Tiufa, tuve que resignarme a contemplar su cuerpo fuliginoso y untoso asaeteado por grandes alfileres, de cuyas heridas brotaban algunas gotas de sangre; muy poca sangre por el dinero que cuesta su manutención.
Es necesario ahora que piense en deshacerme de los cinco taumaturgos impotentes. Wolareg, desde la altura de sus dos metros asegura que falta el «aura», la «atmósfera magnética», que este país materialista no permite las manifestaciones de la pura «energía espiritual)), y, en fin, que mi escepticismo paraliza sus poderes y los de sus colegas.
Hecho notable: los cinco magos se han hecho muy amigos y disfrutan, cada día, de un milagroso apetito.

NARRACIÓN DE LA ISLA New Parthenon, 6 noviembre El sábado por la tarde vi aparecer de pronto un hombre al cual no había visto desde hacía más de veinte años. Con Pat Carnes conocí el hambre y el espanto en Frisco, en los primeros tiempos de mi llegada. Pat, un irlandés lleno de espíritu y de recursos, me salvó más de una vez de la desesperación.
Desde que llegué a esta ciudad del Este no había sabido nada más de él.
Cuando se presentó, sin decir su nombre, no le reconocía. Ha cambiado de color y me parece que hasta de corpulencia. Era un junco de piel blanca y se me ha convertido en una encina de color moreno. Ha hecho, según dice, de viajero; en los primeros años por necesidad y luego por curiosidad. No hay país que no haya visto, mar que no haya surcado, carretera que no haya recorrido. Habla ocho lenguas y unos veinte dialectos; ha sido reclutador de coolies, socio de piratas, negociante de serpientes, jefe hechicero, falso monje budista, guía de los desiertos, todos los oficios, en suma, de la gente que no tiene más vocación que la de cambiar de lugar. Si escribiese sus recuerdos haría un libro mucho más rico que los de Melville y de Jack London.
Me dijo, sin embargo, que el tiempo de las aventuras ya ha pasado, que no hay ningún lugar de la tierra donde no se encuentren huellas de viajeros y de civilización, que es casi imposible encontrar un pedazo de selva o de estepa donde no haya penetrado un blanco. En todos sus viajes no pudo descubrir más que una isla desconocida hasta entonces por los marineros y los geógrafos. Una isla del Pacífico, un poco más grande que una de las islas Sandwich, al sur de Nueva Zelanda. Se halla habitada por unos cuantos centenares de melanesios papúes, que arribaron allí con sus barcas hace muchos siglos.
-La singularidad de esta isla -me contaba Pat Cairness- no se halla en su aspecto, que es muy parecido al de las demás islas del Pacífico, ni en sus habitantes, que han conservado las costumbres y tradiciones de su raza. Está en esto: los jefes han reconocido hace mucho tiempo que la isla no puede alimentar más que a un número fijo de habitantes. Este número es precisamente de setecientos setenta. Gran parte del suelo, montuoso, es estéril, y en el mar no hay mucha pesca. De fuera no puede llegar nada porque nadie, después de ellos, ha desembarcado en la isla, y los sucesores de los primeros inmigrantes han olvidado el arte de construir grandes embarcaciones. Por esta razón la asamblea de jefes promulgó en tiempo inmemorial una extrañísima ley: la de que a cada nuevo nacimiento debe seguir una muerte, de manera que el número de los habitantes no rebase nunca el de setecientos setenta. Es una ley, según creo, única en el mundo y que hace observar con toda severidad el Consejo de los ancianos, compuesto de brujos y guerreros. Como en todos los países del mundo, los nacimientos superan a las muertes naturales, por lo que todos los años diez o veinte de esos infelices segregados del mundo deben ser muertos en la tribu. El espanto del hambre ha hecho inventar a los oligarcas papúes un sistema estadístico muy burdo, pero preciso. Una vez al año, en primavera, se reúne la asamblea y se lee la lista de los nacidos y de los muertos. Si son, por ejemplo, veinte los nacidos y ocho los muertos, es necesario que doce vivientes sean sacrificados para la salvación de la comunidad. Durante un cierto tiempo, según me dijeron, tocaba a los ancianos el morir; pero como el Consejo de los Jefes está formado en su mayoría de ancianos, éstos se las arreglaron de manera, recurriendo a no sé qué astucias, que se confiase a la suerte la cuestión de diezmar la tribu. Cada habitante posee una tablilla donde se halla inscrito, por medio de un dibujo o de un jeroglífico, su nombre. Llegado el día terrible, esas tarjetas de los vivos son reunidas en el casco de una barca enterrada ante la tienda del Consejo y revueltas cuidadosamente con un remo por el hechicero más viejo. Luego se suelta un perro, adiestrado para este fin, el cual se mete en la barca, agarra con los dientes una de las tablillas, la entrega al brujo y repite la operación todas las veces que sea necesario. A los designados se les conceden tres días para despedirse de la familia y para suprimirse de la manera que les sea más agradable. Si después de tres días hay alguno que no ha tenido valor para suicidarse, es capturado por cuatro hombres elegidos entre los más robustos, encerrado en un saco de piel junto con algunas piedras, y arrojado al mar.
»Contada de este modo, la cosa parece sencilla y en cierto modo hasta lógica. Pero es preciso vivir allí, como hice yo durante algún tiempo, para tener una idea de lo espantoso de esa ley, y de todas las consecuencias trágicas que acarrea. Ante todo, la mujer que queda embarazada se encierra en su tienda y no se atreve a presentarse ante nadie. Es una enemiga, todos la odiarían. Cada muchacho que está a punto de nacer es una amenaza para los que ya han nacido, un peligro público. Y, sin embargo, la madre y el padre están tranquilos, aunque la suerte puede designar a uno de ellos -como ya ha ocurrido alguna vez-a desaparecer para hacer sitio al hijito. De aquí se deriva que las mujeres estériles son las más respetadas de todas y que los hombres no se deciden al matrimonio más que en último extremo.
»Además se halla bastante difundido en la isla el homicidio, porque los asesinos se proponen también procurar nivelar el número de los nacidos y sustraerse, al menos por cierto tiempo, a las terribles sorpresas de la muerte. En mis viajes no vi nunca nada tan lúgubre como esa asamblea en la que se debe proceder a la designación de los sacrificios al espectro de la carestía. Asistí a una de esas asambleas, y, aunque esté muy lejos de ser un sentimental, me ha dejado una sensación penosa. Algunos días antes hay quien intenta esconderse en las grutas de la isla con la esperanza de sustraerse al peligro. Pero la isla es pequeña y la vigilancia es una cosa que interesa a todos, pues las ausencias aumentan el peligro de los presentes. Algunos son arrastrados por la fuerza hasta la reunión, y allí vi cómo se debatían furiosamente para no entregar la tablilla con su nombre. Aquella vez los excedentes eran nueve únicamente y pude comprobar que ninguno de ellos aceptaba con resignación la sentencia de la suerte. Una mujer joven se agarraba desesperadamente a las rodillas del jefe pidiendo piedad. Tenía, según parece, un nene todavía muy pequeño y suplicaba sollozando que le permitiesen vivir un año más para no dejarle solo. Un hombre, ya anciano, declaró que se hallaba gravemente enfermo y que libertaría pronto a la tribu del peso de su existencia, pero pedía gracia de que le dejasen morir de muerte natural. Un joven clamaba a grandes voces que le dispensaran de la muerte inmediata, no por él, decía, sino porque era el único sostén de su madre anciana y de tres hermanitas que no se hallaban todavía en edad de trabajar. Dos padres lanzaban desesperados gritos porque entre los señalados por la suerte se hallaba el más pequeño y más bello de sus hijos. Una jovencita imploraba que esperasen al menos a que se hubiese casado; debía desposarse dentro de pocos días y no quería morir sin haber cumplido la promesa hecha solemnemente a su futuro esposo. Un viejecillo del Consejo buscaba salvarse proclamando que sólo él conocía ciertos secretos necesarios para la vida de la tribu y que si se le mataba moriría sin revelarlos a nadie para vengarse.
»Durante tres días no se oyeron en toda la isla más que gemidos y lamentos. Pero la ley es inexorable y no admite prórrogas ni dispensas. Sólo en un caso uno de los designados puede ser salvado: cuando otro acepta morir en su lugar. Pero según me dijeron, este caso no se presenta casi nunca. Al tercer día, siete condenados se habían dado ya muerte por sí mismos, en medio de los gritos de los parientes y de los amigos, y al cuarto día fueron arrojados dos sacos al mar, en presencia de todo el pueblo taciturno. Pero ocurrió entonces que los que habían escapado a la muerte comenzaron a tranquilizarse, las caras eran más serenas: un año de vida segura estaba ante ellos.
Pat Cairness me contó muchas otras historias, pero ésta fue la que más me impresionó por su singularidad.

2 comentarios:

Pesadilla dijo...

Gracias, tenìa mucho tiempo buscando Gog y no lo hallaba.

Saludos

Valmore Munoz Arteaga dijo...

Amigo, el resto del libro puedes hallarlo por intenet. Allí está completo. Un gran abrazo