domingo, 7 de marzo de 2010

El Escritor y nuestro tiempo. Por Eduardo Mallea


Me permitirán ustedes que llame a esto un diálogo, aunque las respuestas estén implícitas; si no hubiera logrado este diálogo, no habría logrado nada. Una afirmación que no engendra réplica es una afirmación estéril. Réplica no quiere decir siempre objeción, sino, muchas veces, prueba, reacción verificativa: es como la vacuna cuando prende. Pero si nuestras palabras no nos traen más que objeciones, bienvenidas sean éstas mientras proceda de ellas la generación de la verdad. Me han pedido ustedes que elija un tema y que lo preceda, según es hábito en este instituto, de una auto-presentación. He pensado que más sincero y viviente sería no separar esos dos tiempos y hacer de ellos una sola cosa; por lo que yo diga, verán ustedes cuáles son mis deseos, mis esperanzas y hasta mis decepciones. Y ningún hombre, en definitiva, tiene más historia que esta.

Me permitirán ustedes que hable de algunos problemas que si no son capitales –no por sí mas por la indigencia con que los verán planteados– son del universo y nuestros. Problemas del escritor de hoy frente a su medio, el mundo. Ya no hay rincones ignotos, zonas humanas que descubrir; todos los habitantes del planeta nos vemos de tan cerca, que el peligro es incalculable. Espero que las preocupaciones que tienen ustedes hoy, gentes jóvenes que me escuchan, sean las mismas que turban los insomnios del joven que vive en las márgenes del Spre, del Vístula, o del Tíber, las mismas que laten en la conciencia de tantos seres sin edad que a esta hora atraviesan afligidos por contradictorias pasiones las calles de todas las ciudades donde crece la muchedumbre. Espero que las preocupaciones de ustedes sean también las mías.

A pesar de la terrible anarquía de esta hora, de esos elementos cuya disolución y discordia se parecen a una muerte, no es difícil para ciertas naturalezas entenderse en lo fundamental. Todos padecemos aflicciones similares y el aire de este tiempo nos trae la misma cosa acre, el mismo peso viciado que quisiéramos anular y refrescar. Estamos acerca, ustedes y yo. En esta hora hay algo que acerca a las gentes y es una reclamación del espíritu, una falta de sosiego, una ansiedad, una especie de fracaso, comunes. Todos quisiéramos hacer cosas que no hacemos, que no sabemos hacer, que desearíamos fervorosamente saber hacer, en beneficio de un mundo ensombrecido. Todos quisiéramos pedirnos cuentas y confesarnos la causa de nuestro fracaso. Estamos complicados en un tremendo desacierto colectivo. Sólo valdremos, entonces, por la limpieza, la convicción, la voluntad de franqueza de lo que nos digamos. Estoy seguro de que será la categoría de mis vacilaciones y no el valor intrínseco de lo que postule, lo que ha de valerme la confianza de ustedes.

Un cambio en la faz del mundo

Yo creo que la muerte del liberalismo y la nueva crisis del amor humano han cambiado la faz del mundo. Frente al primer problema, el intelectual reacciona con una voz de temor y de alarma. “Se nos quiere encuadrar –grita uno de ellos, Ramón Fernández– en instituciones condenadas por el espíritu, subordinar a algún principio trascendente, Dios o nación, que dicten reglas de pensamiento al pensamiento mismo e impongan su voz de orden a la inspiración”. Frente a la crisis del amor humano el intelectual, naturaleza primordialmente sensible, se rebela, reflexiona y se angustia.

Esta crisis, este invierno, esta vacilación ante los dogmas contradictorios, este no poder tomar partido, esta necesidad de quemar en seguida las reservas y lanzarse violentamente a una creencia, este toque de rebato que se oye hoy en el mundo desde la península de Coreo hasta el corazón del orbe occidental vedan al intelectual la posición que desde el tiempo helénico hasta Montaigne era en general determinante de su actividad: el retiro, la huida frente al universo inmediato hacia el universo de su abstracción, el ensimismamiento activo. El imperativo presente exige que ese ensimismamiento creador se transforme en una participación creadora.

Dos naturalezas de escritores

La historia del intelecto humano en su aspecto creador comprende dos naturalezas de escritores. La del escritor-espectador, que va del autor de la Odisea hasta el clasicismo francés; y la del escritor-agonista, que va desde los primeros estoicos hasta Erasmo, Pacal, Nietzsche y Gide. Consideren ustedes que hablo de una actitud humana y no de una actitud espiritual. El escritor-espectador realiza su existencia en su obra; el escritor-agonista realiza su obra mediante el compromiso y el riesgo de su propia existencia. El primero, es el tipo del ensimismado; el segundo es el tipo del intelectual que participa trágicamente en el destino de su tiempo. Nuestro mundo, el invernal, peligroso y grave mundo de hoy reclama urgentemente esta segunda especie de inteligencias, esta índole de naturalezas espirituales, esta participación dramática del hombre-autor en el drama de su tiempo.

Reclama participación del hombre en el conflicto moral de las masas y creación en el fuego de este conflicto; sin permanencia segunda en un estado de soledad, sin raptarse. Pues participar es dar, es amar; participar es intervenir. E intervenir es la función misma del escritor en nuestro tiempo.

Balzac y Dostoievsky fueron los primeros rebeldes de una regla tradicional. Ellos introdujeron en la literatura la representación del hombre situado frente a su circunstancia social. El criterio acerca de la perfectibilidad de la obra cambia con ellos: lo que producen es un bloque artístico imperfecto, pujante y angustiado, el fondo esencial humano vale por su potencia intrínseca en sus obras y no por los viejos principios estéticos que tenían su norma fundamental en la armonía. Introducen la desarmonía fecunda, de naturaleza esencialmente humana, como factor primero de su estética, en la que la teoría fundamental y filosófica del arte es transmutada en una teoría fundamental y filosófica de la vida. De este modo su estética se transforma en una ética, pero en una ética funcionalmente creadora, viviente y no postulativa.

La desarmonía de un universo heterogéneo que comienza a anarquizarse y salir de goznes no la pudieron concebir ellos sino trasladado al arte en su expresión caótica y dislocada. La unidad que adquiría esa vida al ser condensada en una fórmula no podía ser sino una unidad de su propia esencia, es decir, una unidad compleja. Una expresión serena no conviene a un estado de espíritu agitado. A partir pues de Balzac y Dostoievsky, con Proust y Joyce un arte tradicionalmente de síntesis se hace analítico, gorgónico, barroco y exhaustivo. Tal mutación se produce de acuerdo con un cambio profundo acaecido en la faz de las sociedades de Occidente. El escritor-agonista comienza a tener, contenida en su mensaje, una implicación profética. Semejante suerte de hombre creador no ha comprado la verdad por un precio inferior a su sangre.

Ha dado esto, ha dado su sangre, ha participado, se ha dado.

Cierto enciclopedismo, cierta frialdad lúcida, cierta virtuosidad formal, cierto clasicismo tocan hoy a su fin. Son atmósferas ficticias abolidas en una tierra donde el clima ha cambiado y donde lo que antes era proceso lento del hombre hacia sus fines es hoy urgente llamado al espíritu, a la pasión y a la voluntad.

La desaparición del esteta permite el paso de una clase creadora a la que le incumbe una responsabilidad mucho más trascendente. Responsabilidad que no cierra su ciclo en una procuración del deleite, en una mera gestión hedonística, sino que prolonga su alcance en el sentido de aclarar en el hombre los datos de acuerdo con los cuales podrá rectificar la descomposición de la sociedad que lo circunda y en la que está incrustado. Rectificar: es decir, algo que define un doble compromiso de inteligencia y voluntad. Inteligencia analítica y asociadora, voluntad de participación. Armas con las cuales el universo actual necesita intervenirse a sí mismo.

Este intervenir, este abrir un mundo y buscar sus males y extirpar el tumor, es operación del intelecto y reclama por consiguiente en el intelectual facultades peculiarísimas, que trataré de aclarar para nosotros.

De cierta responsabilidad, de cierto sacrificio

No hay en verdad acto más grande que aquel por el cual un hombre hace donación de sí mismo. Por este acto, la limitación humana se libera salvándose y renace en algo –pasión, amor, fe, heroísmo–, que le es superior y diferente. ¡Pobres de los retenidos, pobres de aquellos que no conocen las puertas de sí mismos! Su destino es el lago de fuego ígneo de que habla el Apocalipsis: “Pars illorum erit in stagno ardenti igne”. Todo en ellos está, por esa inhibición original, perdido.

Semejante al resto de las especies humanas, un escritor no se recobra más que cuando se ha dado enteramente, cuando su obra nace de esta donación. Cada palabra, cada concepto, cada verdad captada están lejos de adquirirse con innocuidad: el creador las halla con sacrificio al cabo de una lucha terrible y este sacrificio es, en sentido último, su entrega misma, el fin de su acción de amor. Este conflicto revista siempre naturaleza trágica; a veces, como en el caso de Nietzsche o Péguy, naturaleza heroica; otras, como en el caso de San Agustín, naturaleza santa. Cuando el escritor abandona este estado de dramaticidad esencial, este estado de gracia, es el momento en que ya, prácticamente, no existe; ha pasado.

Dos sentidos, dos elementos, exigen ser hoy, pues, las vías por las que el escritor debe darse a su mundo, la responsabilidad y el sacrificio. Aquella eterna oscilación de la literatura, de que nos habla un gran poeta francés, entre la diversión, la enseñaza, la predicación o propaganda, el ejercicio de sí y la excitación de los otros se circunscribe ahora, se fija, en estas últimas prácticas y con particularidad en la predicación o propaganda. El creador entra a gritar con sus personajes la dramaticidad esencial de sus conflictos; su obra es un llamado. Su obra no es más que prolongación de una actividad cualitativa y cuantitativamente humana; así que pese a Julien Benda, el espíritu sufre en estos momentos un eclipse. El creador habla con su sangre, su alma, su cerebro y sus vísceras. Si según Zohar, en el día terrible en que el hombre debe abandonar este mundo los cuatro elementos que componen su cuerpo comienzan a luchar el uno con el otro, deseando cada uno separarse del todo, no olvidemos que en el momento de suprema defensa y deseo de vida esos cuatro elementos luchan por su más rigurosa convivencia. Instinto, inteligencia, sensualidad, sentimiento, nada quiere cercenarse en esta hora el hombre que debe proclamar su llamado lúcido a los públicos. Sabe que sólo se salvará –en el sentido religioso del término– viviendo todo él, como la llama, que unifica en su lengua la sustancia heterogénea.

De este modo, mientras el panorama de los hombres que han escrito a través de la historia era tradicionalmente, por fases poco diferenciadas, el cuadro de unos hombres enclaustrados en su aplicación a un objeto de arte, es hoy un fresco trágico. No se trata de una ilusión óptica, no es una alucinación de cercanía. Los primeros, estaban redimidos por una suerte de perfección, por lo que esto significa: haber hallado una forma. Este hallazgo era ya todo. Hoy, las formas de arte, como las formas de vida, se parecen a los hombres: no cesan de buscarse y rectificarse, carecen de permanencia, están privadas de sosiego, viven azotadas, soportan mil torturas, su proceso expresivo se parece más al grito que a la voz normal, viven la agonía de una transición. Hoy no existen sino formas parecidas y precarias que solicitan su renovación. Ahora bien, del punto de vista de la tragedia, es más grande la busca que el encuentro. Por mi parte, yo prefiero siempre el movimiento a la fijación, la dinámica expresiva al estatismo dogmático y canónico, un arte en macha a un arte establecido en módulos rígidos. Prefiero este tiempo y su tragedia, aunque el vivir su destino me traiga aflicción de espíritu e incertidumbre en vez de bonanza magra de algunos períodos históricos.

Las formas de arte definidas coinciden con los ciclos estables de civilización, con los períodos sociales de cristalización, con los interregnos sedentarios del desarrollo de las masas humanas. Nuestro tiempo es una anarquía en marcha hacia un orden. En todos los períodos de esta índole, es el intelecto en acción, las fuerzas espirituales con voz, lo que anuncia la aproximación primero y el afianzamiento después de la nueva forma de civilización o de vida. Es la unidad lograda a veces por un espíritu en una obra lo que anuncia la unidad lograda por una época, por un tiempo. ¿No anunció Dostoievsky la muerte de una forma de vida? ¿No anunció anteriormente Taine el nacimiento de otra? Pero todos sabemos esto. Lo importante es determinar la gravedad, la trascendencia, la misión que nuestros días reservan a aquellos a quienes toca descubrir en el corazón y la conciencia humanos, junto con la forma de expresión que corresponda, la agitación de lo que va a nacer, el alba de un nuevo destino, la esencia diferente de un advenimiento vital.

Incumbe al intelectual la intuición y expresión de una época una vez que esa época comienza a reunir caracteres coherentes, sean ellos de perecimiento o de albor. Pero nos toca a nosotros vivir un siglo en el cual toda una vertebración social ha dejado de ser eficiente y en que el hombre es llamado a examinar sus vías de salvación para sí y para su posteridad. Es una crisis o un caos; tiene que salir de ahí la muerte o la perduración. O bien ambas cosas: la muerte de una forma y el nacimiento de otra. Este instante climático, es necesario asirlo, separarlo, clasificarlo, tarea propia del espíritu. Las primeras avanzadas del intelecto lúcido se condensan a comienzos de este siglo en la aparición de los filósofos y novelistas de la angustia. Todos ellos comprueban una agonía, la agonía de su circunstancia histórica, y reciben la antorcha tormentosa de los últimos grandes lúcidos del siglo pasado: los filósofos, de Kierkegaard[i] ; los novelistas, de Dostoievsky. Esta antorcha pasará a las manos de los que vayan a anunciar, después de los últimos toques de muerte, la aparición cíclica de la nueva esperanza.

Una forma nace de un caos pero nace al propio tiempo de una concepción original. Sin ella, no puede engendrarse. No hay así forma que no proceda de un acto de amor. Pensemos en los orígenes del cristianismo y en todas las formas fecundas de comunión humana. De este modo las sociedades en peligro de disolverse tienden a la unidad, vale decir, a una forma orgánica. Y ciertos períodos, como el presente, de odio ecuménico, en que la furia sembrada en la tierra se propaga de polo a polo y de océano reclamando trágicamente un fuego que la absuelva, están llamados al fin a no poder sobrevivir sino por una sola cosa, por una nueva voluntad de unidad.

Cuestiones

¿Está ya concebida la forma en que renacerá de su agonía nuestro tiempo? ¿En qué modo está viciada la concepción de los problemas no temporales del hombre? ¿Cuáles son los términos en que se plantea la duda esencial de cada espíritu? ¿Cuál es la razón final de los postulados antipódicos en que la inquietud de las turbas se divide? Tales son cuatro de las cien cuestiones ante las que está enfrentado el intelectual, centro sensorio de las sociedades. Estas cuestiones, como todo lo que está reducido al conocimiento y formulado, implican duda, implican lucha con elementos heterogéneos y no determinados, implican fracaso. Todo existe entonces tal vez en perdurable, tal vez en breve oscuridad. Semejante etapa, no otra, vivimos. El intelectual habita su noche: vive, se alimenta, se agita, padece en el habitáculo terrible donde su vigilia es forzada, la luz precaria y la forma del tiempo en marcha se anuncia sin definirse. Movido por su hambre de clarificación, habla, se interroga, grita, se interna en la tiniebla actuante, se detiene, vacila, reanuda su andar. ¿Es éste el modo como se pueden crear perfecciones? No: apenas puede crear su grito inteligente; lo que puede expresar es su propia angustia en el idioma de la angustia. Como el insomnio no importa sino a los insomnes, la desesperación no conmueve in sólido sino a los desesperados; de este modo, la gestión del intelectual viene a ser hoy una movilización de gentes que desesperan esperando. Estamos lejos del reino del triunfo, estamos lejos del reino del gozo, estamos lejos de todo estatismo ficticio, lejos de un arte “clásico”, lejos de la contemplación operante. Participación fundamental y movilización de la conciencias, eso es lo que el instante exige del que reflexiona, y no contemplación.

Los cuatro estadios históricos del hombre

De esta exigencia peculiar proviene el fresco trágico de que antes les hablaba. Un cuadro de escritores que, como quería el Greco en sus telas postrimeras, llenan dramáticamente el espacio plástico. Basta con que los examinemos a partir de los primeros años de este siglo. ¡Sus actitudes son tan diferentes y ricas de nervadura al descubierto! Eso es lo que todavía no saben: cubrir la trama de su anatomía melancólica. Su expresión es la de una sinceridad que pone en marcha todos los recursos del ser; rechazan la sombra, como Descartes e Ingres, mientras en ella no se trasluzca una claridad potencial. Sus aportaciones son generales y particulares: la intelectualidad rusa concurre con su voz todavía informe de esperanza, la irlandesa con su fanatismo desvelado y su vivacidad brutal, la francesa transmutando sus virtudes de claridad sistemática en un desorden más caudaloso o en un orden menos rígido y por lo tanto más vivo, la inglesa con su verificación práctica de los fenómenos humanos, la norteamericana con su fluencia fluvial de organismo en crecimiento, la alemana con su visión despiadada –frío romanticismo al revés– de los problemas éticos del hombre de post-guerra. Desde el espíritu que anuncia su mensaje de carácter mesiánico hasta aquel otro que hunde su ojo penetrante en las cuestiones que afectan el destino interior del hombre, el intelecto de este siglo continúa en combate con el eterno problema bifronte de la civilización occidental: el conflicto del ser planteado por las condiciones de su sustancial temporal y su esencia eterna. Como en todos los tiempos, la primacía de una u otra faz se produce por ciclos, desde la especulación humanista hasta el ejercicio de una filosofía existencial. Aunque un tanto esquemáticamente, puede postularse que la concepción del hombre ha pasado a través de la humanidad por tres estadios y está en un cuarto. El filósofo ruso Berdiaev define a los tres primeros, que son los que reconoce, valiéndose del jalonamiento de sus tres respectivos representantes máximos en el orden del intelecto. Según él, la primera concepción es la concepción de Dante que, coincidiendo con la de Santo Tomás, considera al hombre como uno de los grados de la jerarquía universal: vive como una parte orgánica del orden objetivo del mundo, cielo arriba e infierno abajo se le aparecen con una realidad tan grande como los objetos del mundo material; a esta concepción del mundo propia de la Edad Media sucede la que trae el humanismo y de la que el máximo genio es Schakespeare: el hombre avanza en el mundo de la naturaleza, el cielo y el infierno se cierran como presencias de un “orden objetivo divino” aquél se adhiere cada vez más a la tierra: es una concepción dirigida hacia el mundo físico y no hacia el mundo espiritual: el hombre se detiene en sus pasiones y en la periferia del alma; pero este hombre se siente libre, que no posee más que dos dimensiones y ha perdido la de profundidad, que posee alma y ha dejado escapar el espíritu, pierde al fin el gozo creado por la exaltación de su propia circunstancia y siente la falta de firmeza del suelo en que está plantado, una crisis se produce en él, un abismo volcánico se abre en su fondo y Dios y el diablo, el cielo y el infierno se vuelven a revelarse en él, pero esta vez en el ámbito de sus propias profundidades. Es el hombre subterráneo de Dostoievsky.

Frente a estas tres concepciones dialécticas definidas por Berdiaev, concibo yo una cuarta, que es ante la cual me parece estar situado el intelectual que vive nuestras horas. Esta cuarta proposición coincide con la necesidad de considerar al mundo actual como una noche en marcha hacia su vía de luz. El hombre, minado por su abismo volcánico, lleva hasta su último extremo, hasta su límite exhaustivo, el conocimiento de su sustancia viviente: no contento con el descubrimiento de sus oscuros procesos subterráneos, acude en el primer tramo de este siglo a la comprensión infinitesimal de sus sensaciones y al sondeo más recóndito de la subconsciencia, así como a una voluntad espiritual de revuelta y destrucción para llegar al infinito. Señalo en el primer caso a Proust, en el segundo a Joyce y Freud, en el tercero a los superrealistas.

Pero esta extrema ejercitación agotadora –en el sentido esencial del término–, este abuso de si por el abuso de la razón autorreflexiva, ¿qué es lo que entrañan? Entrañan una nueva aspiración del hombre que consiste en llegar al límite último de sus fronteras a fin de sobrepasarse; después de haber pasado por la exaltación humanística, luego romántica, de su personalidad natural, después de haber encontrado en su propia tiniebla subterránea los yacimientos más graves de la vida de su espíritu, después de haberse examinado en su prolongación psíquica y sensorial del modo más extremo, no puede ya buscar sino trascenderse, superar, bien por una realidad de comunión humana bien por una realidad superior a su temporalidad, la fracción exacerbada y agotada del individuo. Es la etapa en que el hombre reclama salidas, demanda una existencia en la que las conclusas islas vivas dejen de ser tales para fundirse en una fluidez universal que asegure a cada humana célula su fertilidad total, su fertilidad trascendente.

En la encrucijada de esta forma vital que muere y que va a renacer en una nueva de cuya formulación exacta estamos todavía tan lejos, me parece importante considerar la participación iluminativa de un intelectual determinado, James Joyce.

Su obra, su metafísica del subconsciente anuncian, para mí la consagración del fracaso del hombre librado al gigantesco universo de su ámbito personal. ¡Qué mundo tremendo y a la vez pequeño y miserable! No se puede ir más lejos en el reconocimiento tenebroso de un territorio, no se puede ir más lejos en su condenación por la esterilidad.

El Ulises denuncia definitivamente los gérmenes de muerte que asaltan a cada hombre al regresar a su confinamiento en sí. A partir de esta representación suprema del hombre-isla, el intelectual comienza a considerar y representar la tendencia íntima de ese tipo a convertirse en hombre-río. Aparecen las comuniones marxistas, las comuniones –que tienen la apariencia de meras válvulas “para que la caldera del capitalismo no explote” –fascistas. Las comuniones.

Se produce también en los intelectuales una tendencia que no deja de comportar deformación de su función específica. Tendencia que no es ya participación, sino de actuación. Su mandato de responsabilidad y clarificación se ve viciado por lo que implica de limitado adherirse a un dogmatismo en acción. Esto no constituye un vicio en aquellos casos en que, como en el de André Gide, ese acto de adherirse a una causa política significa un progreso en el conocimiento y la aplicación de sí, más que una conversión. Pero estos casos son pocos y asistimos hoy a demasiadas farsas por parte de intelectuales que ceden a la sirena política. La voz “masa” es un concepto omnipresente, no siempre un concepto claro. Ese concepto será claro el día que cada hombre sea claro para sí mismo. Por mi parte, les diré otra cosa: yo no soy marxista ni fascista porque no creo que el hombre pueda modificarse por su accidente sino por su naturaleza. (Naturaleza no en el sentido escolástico sino en el de estructura profunda). Tendría temor de esta indeterminación, por lo que ella pueda importar de tibio, si no me asistiera de un modo, les aseguro, tormentoso la preocupación por una humanidad que vive con vehemencia su gran desconcierto, su pequeña comedia, su gran hambre.

Un ritmo cuya inquieta energía es una forma de belleza

En la aplicación literaria del intelectual a la creación de su objeto existe actualmente un matiz, provisto de mucho sentido, que quiero destacar. Ni aun frente a la obra más acabada podía uno olvidar en otro tiempo la aseveración de Valéry: “Las obras me parecen –ha dicho el poeta de la Jeune Parque– los residuos muertos de los actos vitales del creador.” Residuos muertos, las obras que cuentan en este siglo cada vez lo parecen menos. Y esto, en virtud de que la persona del autor vive hoy más que nunca en su creación. La literatura de nuestra edad se hace cada vez menos afirmativa, más de diálogo, menos elaborada y más trágica. El hombre produce precipitadamente, según el ritmo de su conflicto profundo. La vida de su obra gana con este ritmo y con la incorporación a su masa de una circunstancia dramática en estado salvaje.[ii]

No tenemos más que echar una ojeada a nuestro alrededor para verlo. En el orden de la filosofía, están ahí los filósofos existenciales: Berdiaev y Chestov, para quienes se abre un vasto sistema de filiación pascaliana a través del cual se busca la verdad no ya en el campo limitado de la razón sino en el del Absurdo, cuyos límites no se alcanzan nunca. En el orden de la literatura: una poesía del conocimiento y una novelística que tiene los caracteres de una crónica viviente. La primera, extrema el examen lírico del yo puro, el conocimiento del ser destacado en su invariabilidad permanente de las circunstancias variantes que exteriormente lo rodean. En cuanto a la novelística, ¡qué diversidad, qué profusión, qué riqueza móvil! Móvil, repito, lo que quiere decir: no fijado, en constante evolución y transformación, en una busca paralela a la de su mundo. Lawerence, el muerto, en quien la agonía de un universo social aparecía como un padecimiento físico, en quien se daban los valores más transitorios y eternos del hombre ardiendo en la llama de la irreductibilidad más torturante; lo más bello de este hombre, era su resistencia a firmar falsos pactos, lo que había en él de irreductible. Gide, con su “laberinto de clara vía”, proclamando lo que él llamaba sus manuales de evasión, gritando como su maestro el filósofo de Sils-María: “abandóname y cuando me hayas dejado me encontrarás”. Kafka, con sus extraordinarias alegorías en las que se oculta tan obsesionante y rara trascendencia metafísica, Huxley, describiendo la maquinaria de un aparato infernal de aristocracias superconscientes y ambiciosos e intelectualizados y cínicos. Frank, deviniendo cada día más orgánico en la representación sinfónica de un mundo que atraviesa, hacia el día, su última noche.- Drieu la Rochele, San Sebastián martirizado por su fracaso ante la necesidad de hundirse en una pasión o en un acto de naturaleza permanente. Liam O’Flaherty, para mí uno de los escritores más expresivos e ignorados de este tiempo, arriesgando su vida por una causa, rectificándose luego por la inteligencia, adorado y blasfemado, queriendo y execrando, dando su humanidad a todas las aventuras, todas las experiencias, todos los fracasos, todas las esperanzas, todas las dudas, todos los pillajes, una naturaleza hecha para el fanatismo en el ser menos fanático del mundo... Breton, Eluard y todos los demás superrealistas, descendencia de Rimbaud, de Lautréamont, cuya rebelión tiene una grandeza; a quienes no se podría ignor4ar sin mala fe por el sentido de su aspiración violenta hacia una realidad trascendente, aunque esta realidad sea la anulación, la nada. Todos estos intelectuales proclaman una cosa esencialísima: la autenticidad y el vigor de su adhesión a su tiempo. Nunca los grandes sueños de los hombres han estado más vinculados que ahora a la suerte del todo humano, a la suerte del universo entero en su procura de orden, de plenitud y de verdad. Esos intelectuales no han encontrado más que conflicto y duda porque el mundo en que viven es un mundo de conflicto y de duda.

Están a punto de morir si no se encuentran, si no se salvan, y esto lo denuncian con la voz menos formal, menos convencional que pueda imaginarse.[iii] Es su sangre lo que se oye correr. Es su herida lo que importa, y esa herida los sobrepasa, es de todos.

Europa muere en sus formas actuales y América tarda en revelar sus soluciones, mientras el mundo oriental abandona su actitud genuinamente espiritualista para concurrir a un conflicto general de carácter díscolo y vindicativo. Vivimos así socialmente contenidos en un caldo de disolución. Ésta es la llaga de cada uno, ésta es la llaga de todos.

No necesito decir más. Ya ven ustedes en qué acto trágico me parece estar la Comedia Humana y qué papel protagónico cabe en ella al intelectual. Más que nunca, su profesión es el tormento. Más que nunca le es difícil permanecer en los límites de un humanismo contemplativo. El Montaigne[iv] de nuestros días será un Montaigne llagado, en la carne, en la conciencia, en el intelecto, a fuerza de padecer en sí los males que hacen el grito del mundo.

|Sólo el día en que se encuentren los datos que permitan considerar en todas sus dimensiones la nueva forma en que adquirirá coherencia la actual desintegración del hombre, tal estado dejará paso a un gozo. Pero para llegar a eso, a la definición y captación de esta forma, ¡qué suma de discordias, retrocesos, vacilaciones, ponderaciones son necesarias, cuánta servidumbre a diferentes muertes del espíritu, qué procesos agotadores!

Época de transición, arte que marcha con ella hacia el descubrimiento, la consumación de un orden. Lejano sólo en su accidente de la sustancia del héroe y del santo, como nunca necesita hoy el artista poseer la “llegada”, tiene, a partir de los primeros diez años de este siglo, en grado supremo, movimiento, es decir, expresión. Yo veo en ella algo tan hermoso como el canto, tan serio como la hazaña, tan trágico como la oración. Pero uno no puede detenerse todavía a contemplarla. Su gesto tampoco lo permitiría: es el de la bella samotracia en la proa, algo que no permanece, sino que avanza, continúa. No podemos detenernos. Como en el poema ya famoso, el viento se levante, y hay que intentar vivir.

* Conversación para unos estudiantes argentinos, sostenida en 1935.



Notas

[i] Kierkegaard es el gran angustiado danés, llevó a su última consecuencia práctica esta concepción del arte como expresión de conflictos tremendamente no literarios. Había escrito en su diario: “En nuestros días el escribir libros se ha vuelto cosa tan mísera y la gente escribe de tal modo sobre cosas que nunca ha pensado ni menos experimentado, que he resuelto no leer más que loa escritos de los hombres que hayan sido ejecutados o que estuvieron de algún modo en trance de gran peligro”. Su excelente comentarista Lowrie agrega que el propósito no resultaba tan limitado, pues ya entraba en sus condiciones el propio Dostoievsky, condenado a muerte en Siberia y librado de ella en el instante mismo de ir a cumplirse la sentencia. Yo pienso que en la lista cabe un número de autores suficiente como para nutrir de lecturas toda una vida. Acordémonos, si no, de Pscal, que sintió siempre abierto su lado un obsesionante abismo, y de todos los grandes enfermos en continuo trance de muerte, desde Leopardi hasta Heine.

[ii] He escuchado –esta fría noche de 1939– religiosamente la interpretación del Intermezzo, de Giraudoux. Y bien, no. Esta poesía suena a falso. Y lo que tiene de mejor y de más ambicioso es su apariencia de calidad. Estamos con esta obra a mil leguas de la verdadera poesía dramática. A mil leguas del auto sacramental, del misterio, del eterno teatro de cámara. ¿Cuál es, pues, la privación que adolece la dramática de Giraudoux? Una privación de la materia, sin duda. Una privación del cuerpo de la criatura humana, una privación del denso cuerpo, que es lo que el agonista expone y juega, y sin la cual el agonista no existe porque no tiene con qué luchar. ¿Pues cómo va a luchar un personaje sin cuerpo? Puede luchar con otros personajes abstractos, con sombras, con fantasmas, con entelequias; pero entonces no hay agonista ni protagonista. Por lo demás, aun fuera del teatro, no existe una poesía hecha de pura abstracción. La poesía hecha de pura abstracción es una abstracción y no una poesía. Giraudoux es, por excelencia, el autor que carece de materia. Su comarca, su propiedad privada es el ingenio; o sea la más brillante y a la vez lo más efímero que puede poseer entre sus instrumentos un autor. Su ingenio liba no en una materia humana, en una materia específicamente sensible, sino en una materia de ingenio puro. Es decir: lo inmaterial nutriéndose de lo inmaterial. Por tanto su ingenio es uno hecho de preciosas frases, delicados retruécanos, aéreos aforismos, espirituales definiciones, preciosas metáforas e incorpóreas verdades. Una especie de almacén por mayor de la sagacidad. Pero, he aquí la sagacidad es sólo un órgano, o sea, dramáticamente hablando, una parcela activa de lo orgánico, cuya obvia propiedad consiste en la armonía, no de uno, sino total, de diferentes órganos. La poesía dramática de Synge es sólida y desnuda. En ella la tragedia parece levantarse del suelo inhabitado como una emanación de la misma tierra. En The shadow of the glen la muerte invernal que flota en la casa de Dan Burke es corpórea como la gente que roza; y las palabras que pesan en esa atmósfera no son extractos de exactos, sino voces pesadas, de aciago orígen humano.

[iii] Uno de los hechos más impresionantes de que he tenido noticia en los últimos tiempos ha sido la muerte de Ernst Toller, que acaba –escrito en 1939– de ahorcarse en su habitación del hotel Mayflower de Nueva York. Nada más misterioso, más trágico, que el suicidio de un luchador de coraje. Hace pocos meses, la lectura de su libro I was a german ( en alemán Eine Jugend in Deutschland) me llenaba el corazón de admiración y de piedad, mezcladas con no sé qué amargura, por el relato de su combate tan desolado, tan impotente, tan solitario. Era algo así –el leer esas páginas– como estar viendo el catastrófico y mortal naufragio de un hombre desinteresado que cometió el error de creer que su condición puede tener armas en la tierra. Yo sentía en mí al leerlo la vergüenza del género humano como si hubiera estado con las manos pasivas viendo desollar vivo a un hombre. ¿Qué no padeció éste por querer llevar adelante una idea que le parecía justa y cuyo contenido no estaba deliberadamente armado contra nadie? ¡Cuántos insomnios, cuánta zozobra, cuánto fracaso, cuántos días de ocultación y expectativa de muerte, cuánto sufrimiento físico en los cinco años de cárcel, qué acumulamiento de ignominia soportada y esperanza nutrida, cuántos miedos, corajes, muertes...! ¿A cambio de qué... honores, gloria, poder...? No: a cambio de la posibilidad de un estado alemán más justo, de una humanidad más digna, de un despotismo vencido. ¿Qué me importa –me decía al recorrer aquellas páginas– que sus ideas, en su aspecto dogmático o teórico, no sean, siendo él comunista y yo no, las mías? Lo que me importaba es el espectáculo de su desinterés activo y de su sueño sin grito ni espanto. Lo que me importaba es asistir a una acción viva de esta calidad.

Y ahora, este hombre, este hombre que decía: “Para ser ecuánime hay que considerar todos los hechos: para ser justo no hay que olvidar nada; para ser valiente hay que comprenderlo todo. Bajo el yugo de la barbarie no se debe guardar4 silencio; se debe luchar. Aquel que se calla en semejante tiempo es un traidor a la humanidad”, y que concluía bajando la voz para escuchar la voz de una Alemania joven y aplastada que fuera al levantarse del suelo contestando a su grito poco a poco, este hombre acaba de darse la muerte, solitario, ahogado, vencido, en su pequeño cuarto de un hotel norteamericano.

[iv] “Yo me impuse el osar decir todo cuanto me atrevo a hacer; y me disgustan hasta los pensamientos mismos cuando son impublicables. La peor de las acciones y condiciones no me parece tan fea como encuentro horrible y cobarde el no determinarme a revelarla.” Montaigne, Ensayos. Libro III, cap. V.

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