jueves, 18 de marzo de 2010

Contrapunto. Por Aldous Huxley


I


-¿No volverás tarde?
Había una gran ansiedad en la voz de Marjorie Carling; había algo semejante a una súplica.
-No; no volveré tarde -dijo Walter, con la culpable y desdichada certeza de que lo haría.
El tono de Marjorie, un poco tardo, excesivamente refinado hasta dentro de la aflicción, le molestaba. -No después de medianoche.
Ella habría podido recordarle los tiempos en que no salía nunca de noche sin ella. Habría podido hacerlo; pero no quería; iba contra sus principios: no quería forzar su amor en modo alguno.
-Bueno, digamos la una. Ya sabes lo que son estas fiestas.
Pero, en realidad, ella no lo sabía, por la sencilla razón de que, no siendo su esposa, no se la convidaba a ellas. Había dejado a su marido para vivir con Walter Bidlake, y Carling, que tenía sus escrúpulos cristianos unidos a un ligero sadismo, gustaba su venganza negándose a conce¬derle el divorcio. Hacía dos años que vivían juntos. Dos años solamente, y ya él había dejado de amarla para comenzar a amar a alguna otra. La falta iba perdiendo su única excusa y las molestias de orden social su única contrapartida. Y ella estaba encinta.
-A las doce y media -imploró ella, aunque sabía que al importunarlo así no haría sino fastidiarlo, sino inclinar¬lo a que la amara menos.
Pero ella no podía contenerse; lo amaba demasiado; sus celos eran demasiado dolorosos. Las palabras le bro¬taban a pesar de sus principios. Hubiera sido mejor para ella, y acaso también para Walter, que tuviese menos
principios y más franqueza para dar a sus sentimientos la violenta expresión que demandaban. Pero Marjorie había sido educada bajo las normas cíe un absoluto dominio de sí misma. Sabía que sólo las personas vulgares hacían aspavientos. Un suplicante "A las doce y media, Walter" fue todo lo que consiguió escapar a sus principios. Dema¬siado débil para conmoverlo, el suave desahogo no podía hacer sino fastidiarlo. Ella lo sabía, y, sin embargo, no lograba contenerse.
-Bueno. Ya veré si me es posible. -Ya, ya estaba: la exasperación marcada en su tono-. Pero no te lo puedo garantizar. No me esperes con demasiada seguridad.
"Porque, por supuesto -pensaba (mientras la imagen de Lucy Tantamount le acosaba, inflexible)-, no volvería ciertamente a las doce y media."
Walter dio los toques finales a su corbata blanca. Por el espejo vio que el rostro de Marjorie, junto al suyo, lo miraba. Era un rostro pálido y tan descarnado, que la luz que descendía de la lámpara eléctrica suspendida sobre ellos hacía una sombra en los hoyos de sus mejillas. Tenía los ojos cercados de negro. Su nariz, recta, un tanto larga hasta en los mejores momentos, sobresalía, desolada, de su rostro sin carnes. Tenía el feo aspecto de una mujer enferma y cansada. Dentro cíe seis meses nacería su bebé. Algo que había sido una simple célula, un grupo de células, una bolsa de tejido, una especie de gusano, un pez en potencia con sus agallas, se agitaba en su seno y vendría a ser un hombre con el tiempo: un hombre hecho que se daría al goce y al sufrimiento, al odio y al amor, al pensamiento, al recuerdo y a la imaginación. Y lo que había sido en su cuerpo una ampolla gelatinosa inventa¬ría un dios y un culto: lo que había sido una especie de pez crearía, y, habiendo creado, se convertiría en un campo de batalla para la disputa entre el bien y el mal: lo que en ella había vivido oscuramente, como un gusano parasitario, contemplaría las estrellas, escucharía música, leería versos. Una cosa se convertiría en una persona: una minúscula masa de materia llegaría a ser un cuerpo humano, una mente humana. El portentoso proceso de la creación se desarrollaba en su interior; pero Marjorie sólo tenía conciencia de la enfermedad y de la lasitud: para ella el misterio sólo significaba fatiga y fealdad y una crónica ansiedad por el futuro, dolor de espíritu junto a las molestias del cuerpo. Al reconocer los primeros sínto¬mas de su embarazo había sentido o intentado sentir alegría, a pesar de los temores que la acosaban respecto a las consecuencias físicas y sociales. El hijo, creía Marjorie, le devolvería a Walter (que había comenzado ya a aban¬donarla). Despertaría en él nuevos sentimientos que com¬pensaran aquel elemento que parecía faltar en su amor hacia ella. Marjorie temía el dolor, temía las dificultades y los inconvenientes inevitables. Pero todo lo sufriría con gusto a condición de que las penas, las dificultades dieran motivo a una renovación y fortalecieran los lazos que la ligaban a el. A pesar de todo, Marjorie estaba contenta. Y al principio sus previsiones parecían justificadas. La nue¬va de que iba a tener un hijo había avivado la ternura del hombre. Durante dos o tres semanas se sintió dichosa, acogió de buen grado las penas y las molestias. Luego todo fue cambiando gradualmente. Walter se había en¬contrado con la otra. En los intervalos en que no corría detrás de Lucy, todavía se esforzaba en conservar una apariencia de solicitud. Pero ella sentía que esta solicitud estaba cargada de resentimiento, que Walter no se mos¬traba tierno y atento sino por un sentido del deber, que detestaba al hijo que le obligaba a prestar tanta conside¬ración a la madre. Y puesto que él lo detestaba, ella comenzaba a detestarlo también. No recubiertos ya de la capa cíe felicidad, sus terrores surgieron a la superficie y embargaron su espíritu. El dolor y la molestia: he aquí cuanto le tenía reservado el porvenir. Y entretanto, la fealdad, la enfermedad, la fatiga. ¿Cómo podría luchar ella en este estado?
-¿Ya no me quieres, Walter? -preguntó de repente. Walter apartó momentáneamente sus ojos castaños de la imagen de su corbata y los volvió hacia el reflejo de los tristes ojos grises que lo contemplaban con un mirar intenso. Sonrió... "¡Si siquiera me dejara en paz!", pensó.
Frunció los labios y los volvió a abrir en un simulacro de beso. Pero Marjorie no devolvió su sonrisa. Su rostro permaneció inmóvil y triste, fijo en una intensa congoja. Sus ojos cobraron un brillo tembloroso y de súbito apare¬cieron lágrimas en sus pestañas.
-¿No podrías quedarte conmigo esta noche? -supli¬có ella, a pesar de todas sus heroicas resoluciones de no aplicar ninguna exasperante compulsión a su amor, de dejar que él obrara de acuerdo con su voluntad.
Viendo aquellas lágrimas y escuchando el sonido de aquella voz temblorosa y cargada de reproche, Walter se sintió sobrecogido por una emoción que era a la vez pesar y resentimiento, cólera, piedad y vergüenza.
"Pero ¿no comprendes-era lo que él hubiera querido decir, lo que diría, si le acompañara el valor-, no com¬prendes que ya no es, que ya no puede ser corno era antes? Y, a decir verdad, acaso no haya sido jamás como tú has creído, quiero decir nuestro amor, ni como yo he tratado de representármelo. Seamos amigos, seamos compañeros. Yo te quiero, yo te tengo un gran afecto. Pero, por el amor de Dios, no me envuelvas de este modo en el amor; no me impongas tu amor con esa fuerza. ¡Si supieras cuán horrible es el amor para quien no lo siente. ¡Qué profanación, qué ultraje...!"
Pero ella lloraba. Las lágrimas le manaban, gota a gota, a través de sus párpados cerrados. Su rostro, tem¬bloroso, cobró una mueca de dolor. Y él era el verdugo. Walter sintió odio hacia sí mismo.
"Pero ¿por qué he de dejarme prender en el engaño de sus lágrimas?" -se preguntó, y a esta pregunta sintió odio también hacia ella.
Una lágrima resbaló por la larga nariz de Marjorie. "Ella no tiene derecho a proceder de este modo, a ser tan poco razonable. ¿.Por qué no se avendrá a la razón? Porque me arpa. ¡Pero yo no quiero su amor, no lo quiero!"
Walter se sintió montar en cólera. No tenía por qué amarle de aquel modo, al menos entonces.
"Es un chantaje -se repetía interiormente-. Un chan¬taje. ¿Por qué ha de emplear contra mí las armas de su amor y el hecho de que también yo la he amado?... Pero ¿la habré amado realmente alguna vez?"
Marjorie sacó un pañuelo y comenzó a secarse los ojos. Walter se avergonzó de sus odiosos pensamientos Sin embargo, ella era la causante de su afrenta; ella tenía la culpa Debía haber permanecido con su marido. Habrían podido entenderse: se habrían visto, algunas tardes, en un estudio... Todo muy romántico.
"Pero, después de todo, yo fui quien insistió en que se viniera conmigo... Mas ella debió tener la prudencia de rehusar. Debió comprender que eso no podía durar eter¬namente."
Pero Marjorie había hecho lo que él le había pedido que hiciese; lo había abandonado todo, había aceptado el ostracismo social: todo por él. Otra especie de chanta¬je. Se lo imponía por medio del sacrificio. Walter se resentía de la presión que tales sacrificios ejercían sobre él apelando a su sentido de la decencia y del honor.
"Pero si ella tuviera la menor noción de estos senti¬mientos -pensó- no explotaría los míos."
Mas el niño estaba de por medio.
“¿Por qué diablos había permitido ella que viniese al mundo?”
Walter lo detestaba. El hijo aumentaba su responsabili¬dad hacia la madre; agravaba su culpabilidad si la hacía sufrir. La vio enjugarse el rostro surcado de lágrimas. ¡El embarazo la hacía tan fea, tan vieja! ¿Cómo podía espe¬rar una mujer...? ¡Mas no, no, no! Walter cerró los ojos, sacudió la cabeza con un estremecimiento apenas per¬ceptible... El innoble pensamiento debía ser excluido, repudiado.
"¿Cómo es posible que piense yo tales cosas?" -se preguntó; y la oyó repetir:
-No vayas.
¡Cómo le rayaba los nervios aquel timbre agudo, tardo y refinado!
-Por favor, Walter, no vayas.
En su voz había un sollozo. Todavía más chantaje. ¡Ah! ¿Cómo podía someterse él a esta humillación? Y, no obstante, a pesar de la vergüenza que le abrumaba, y en cierto sentido a causa de esta misma vergüenza, siguió experimentando aquella ignominiosa emoción con una intensidad que más bien parecía aumentar que disminuir. Por avergonzarse de su frialdad hacia ella, esa frialdad se acentuaba; los dolorosos sentimientos de ignominia y rencor hacia sí que Marjorie despertaba en él contribuían a hacérsela más odiosa. El resentimiento engendraba la vergüenza y, a su vez, la vergüenza engendraba nuevos resentimientos.
¡Oh! ¿Por qué no podrá dejarme tranquilo?"
Lo deseaba intensa, furiosamente, con una exaspera¬ción tanto más salvaje cuanto más reprimida. (Porque Walter carecía del valor brutal de expresarla; tenía com¬pasión de la mujer, sentía afecto hacia ella, a pesar de todo; era incapaz de mostrarse franca y abiertamente cruel; sólo era cruel por debilidad y contra su deseo.)
"¿Por qué no me dejará en paz?"
¡Cuánto la querría si solamente lo dejara en paz!
Ella también sería más dichosa. Sí. mucho más dicho¬sa. Redundaría en su propio beneficio... Pero, de pronto, Walter se percató de su hipocresía.
"Mas, de todos modos, ¿por qué diablos no me dejará hacer lo que quiero?"
¿Qué quería él? ¡Ah, lo que Walter quería se llamaba Lucy Tantamount! Y la quería contra la razón, contra todos sus principios ideales, locamente, a pesar de sus propios deseos, hasta contra sus sentimientos; porque Walter no sentía gran afecto hacia Lucy; en realidad la detestaba. Un fin noble puede justificar medios vergonzo-sos. Pero cuando el fin es vergonzoso... ¿qué decir? A causa de Lucy hacía el sufrir a Marjorie -Marjorie que lo amaba, que había hecho sacrificios por él, que era desdi-chada-. Pero la desdicha de Marjorie era un medio de chantaje contra él.
-Quédate conmigo esta noche -imploró ella una vez más.
Walter sintió que una parte de su espíritu se incorporaba al ruego y lo instaba a renunciar a la fiesta y a quedarse en casa. Pero la otra parte era más fuerte. Le contestó con mentiras, semimentiras, que, debido al ele¬mento de verdad, hipócritamente justificativo, que conte¬nían, eran todavía peores que las mentiras francas y sin ambages.
Walter la rodeó con el brazo. El gesto era una falsedad en sí mismo.
-Pero, mi cielo -protestó él en el tono lisonjero que se emplea para mover a un niño a que se porte razona¬blemente-, tengo que ir sin falta. Como sabes, mi padre estará allí. -Eso era cierto. El viejo Bidlake asistía siem¬pre a las tertulias de los Tantamount-. Y tengo que hablar con él... De negocios -añadió con cierta impor-tancia y vaguedad, soltando con esta palabra mágica una especie de cortina de humo de intereses masculinos entre él y Marjorie.
"Pero la mentira -reflexionó Walter- sería bien visi¬ble a través del humo."
-¿No podrías verlo en cualquier otro momento?
-Es importante -contestó él meneando la cabeza-. Y además -agregó, olvidando que siempre son menos convincentes varias excusas que una sola-, Lady Edward ha invitado, expresamente por mí, al director de un diario americano. Podría serme útil: sabes lo bien que pagan esas gentes.
-Lady Edward le había dicho que lo invitaría, caso de que no hubiese embarcado ya para América, lo cual se temía mucho-. Pagan cantidades fabulosas-continuó él, reforzando su cortina con digre¬siones-. Es el único país del mundo donde un escritor puede ganar demasiado -Walter trató de reír-. Y no me vendrá mal un poco de esa sobrepaga para compensar este régimen de dos guineas por millar de palabras.
La apretó con más fuerza, se inclinó para besarla. Pero Marjorie apartó el rostro.
-Marjorie-imploró él-, no llores. Por favor.
Walter se sentía culpable e infeliz. Mas ¿por qué, por qué no lo dejaría en paz?
-No lloro-respondió ella.
Pero, al besarla, sus labios hallaron fría y húmeda la mejilla.
-Marjorie, si tú no quieres que vaya, no iré.
-Pero si yo quiero que vayas... -contestó ella, con el rostro desviado todavía.
-No es verdad. Me quedaré.
-No, no debes quedarte -Marjorie lo miró, haciendo un esfuerzo por sonreír-. No hagas caso de mis simple¬zas. Sería estúpido que dejaras de ver a tu padre y a ese americano.
Sus excusas, devueltas de este modo hacia él, le pare¬cieron particularmente vanas y de escasa fuerza. Walter hizo una ligera mueca de disgusto.
-Que esperen-contestó, con una nota de cólera en su voz.
Cólera contra sí mismo por haber presentado tan men¬tirosas excusas. ¿Por qué no le había dicho, sin rodeos, la verdad cruda y brutal? Después de todo, ya ella la cono¬cía; y Walter se sintió indignado contra ella por habérselas recordado. Hubiera preferido verlas caer in¬mediatamente en el pozo del olvido y sentirse como si jamás hubieran sido pronunciadas.
-No, no; insisto en que vayas. He sido una tonta. Perdóname.
Al principio Walter se resistió, rehusó ir, se empeñó en quedarse. Como ya no había peligro de que tuviera que quedarse, podía permitirse insistir. Porque evidentemen¬te, Marjorie era sincera en su determinación de dejarlo partir. Así que se le presentaba una ocasión de mostrarse noble y abnegado a poca o ninguna costa. ¡Qué odiosa comedia! Sin embargo, él la representaba. Al fin consintió en partir, como si le hiciera un favor especial en no quedarse. Marjorie le anudó la bufanda, le trajo los guan¬tes y la chistera y le dio un ligero beso de despedida, representando valerosamente la comedia de la alegría. Ella tenía su orgullo y su código de honor en lances amorosos; y a pesar de su aflicción. a pesar de sus celos, permaneció fiel a sus principios: Walter debía ser libre; ella no tenía derecho a poner obstáculos a sus asuntos.
Además, la mejor táctica consistía en no ponerlos. Al menos, así lo esperaba ella.
Walter cerró la puerta tras de sí y salió al fresco de la noche. Un criminal, huyendo del lugar de su crimen, huyendo al espectáculo de su víctima, huyendo al remor¬dimiento y a la compasión, no se hubiera sentido más profundamente aliviado. Al llegar a la calle respiró a pleno pulmón. Era libre. Libre de todo recuerdo y de toda previsión. Libre, por una o dos horas, de negarse a admi¬tir la existencia del pasado o del porvenir. Libre de vivir sólo el presente, en tiempo y lugar, en el sitio en que su cuerpo acertara a encontrarse en cada instante. Libre... pero se jactaba en vano; continuó recordando. No era cosa tan fácil escapar. La voz de Marjorie lo perseguía. “Insisto en que vayas." En su crimen había habido frau¬de, además de homicidio. "Insisto." ¡Cuán noblemente había protestado él! Y, al fin, ¡con qué magnanimidad había cedido! Era añadir la trampa a la crueldad.
-"¡Oh! -exclamó casi en voz alta-. ¿Cómo he podido proceder así?"
Su propia conducta le producía a la vez asombro y repugnancia.
"Pero, ¡si siquiera me dejara en paz! -continuó-. ¿Por qué no se avendrá a la razón.?"
Y una cólera débil y fútil estalló de nuevo en su interior. Walter evocó la época en que sus deseos habían sido bien diferentes. En un tiempo había cifrado toda su ambi¬ción en que Marjorie no lo dejase en paz. El había alenta¬do su devoción. Recordaba la casita en que habían vivido solos, el uno para el otro, durante tantos meses, en medio de las desnudas lomas. ¡Qué magnífica perspectiva sobre Berkshire! Pero distaba milla y media del pueblo más cercano. ¡Cómo pesaba aquel saco de provisiones! ¡Y el fango en tiempo de lluvias! ¡Y el cubo que había que sacar del pozo con la manivela! El pozo tenía más de treinta metros de profundidad. Pero, aun cuando no eje¬cutaba ninguna labor penosa, como la de sacar agua del pozo, ¿se había sentido real y plenamente dichoso con Marjorie, tan dichoso al menos como se había figurado
que sería, como debía haberlo sido en tales circunstan¬cias? Debía haber sido como en Epipsychidion: pero no lo era, acaso porque Walter había querido demasiado conscientemente que fuese así, porque había tratado de modelar deliberadamente sus sentimientos y la vida de ambos conforme a la poesía de Shelley.
"No hay que tomar el arte demasiado literalmente." Walter recordó lo que había dicho su cuñado Philip Quarles una tarde en que se hallaban hablando de poe¬sía:
-Especialmente en lo que concierne al amor. -¿Ni aun cuando sea verdad? -había preguntado.
-Puede ocurrir que sea demasiado verdad, sin la menor impureza, como el agua destilada. Cuando la ver¬dad no es sino verdad, es algo antinatural, es una abstrac¬ción que no se parece a nada del mundo real. En la naturaleza existe siempre multitud de cosas extrañas mez¬cladas con la verdad esencial. Por eso el arte nos con¬mueve; precisamente por estar limpio de las impurezas de la vida real. Las orgías reales no son jamás tan excitantes como los libros pornográficos. En un volumen de Pierre Louys, todas las mujeres son jóvenes y de líneas perfec¬tas; no existe hipo ni mal aliento, fatiga ni fastidio, recuer¬dos de facturas por pagar ni cartas comerciales por con¬testar que vengan a interrumpir el deliquio. El arte nos da la sensación, la idea y el sentimiento absolutamente pu¬ros: químicamente puros, quiero decir -había agregado riendo-, no moralmente.
-Pero Epitsychidion no es pornografía -había obje¬tado Walter.
-No, pero, desde el punto de vista del químico, es igualmente puro. ¿Cómo dice aquel soneto de Shakes¬peare?




My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow is white, why then her breasts are dun:
If hairs be wíres, block vires grow on her head.
I have seen roses damask'd, red and white,
But no such roses see I in her cheeks:
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks



...Y así sucesivamente. El autor había tomado a los poetas demasiado literalmente y comenzaba a reaccio¬nar. ¡Que le sirva a usted de advertencia!
Desde luego, Philip había tenido razón. Los meses transcurridos en aquella casita no se habían parecido en modo alguno a Epitsychidion o a La Maison du Berger. Cierto que existía el pozo y el recorrido hasta el pobla¬do... Pero si no hubiera existido el pozo ni el recorrido, si hubiera tenido a Marjorie absolutamente pura, ¿habría sido mejor? Acaso hubiera sido aun peor. Marjorie quími¬camente pura hubiera sido acaso peor que Marjorie atem¬perada por impurezas extrañas.
Por ejemplo, aquella distinción de que hacía gala, aquella virtud un tanto fría, exangüe y espiritual: Walter la admiraba teóricamente y a distancia. Pero ¿de cerca y en la práctica? Aquella virtud, aquella espiritualidad refi¬nada, culta y exangüe, unida a la desdicha de Marjorie, era lo que le había enamorado; porque Carling era un ser execrable. La piedad había hecho de Walter un caballero andante. El amor, había creído entonces (porque en la fecha tenía sólo veintidós años; era un joven ardiente-mente puro, con la adolescente pureza de los deseos sexuales vueltos al revés; acababa de salir de Oxford y se hallaba atiborrado de poesía y de las lucubraciones de los filósofos y de los místicos), el amor era conversación; el amor era comunión espiritual y camaradería. Ese era el amor verdadero. La parte sexual era sólo un capítulo aparte, inevitable, porque, desdichadamente, los seres humanos tienen también sus cuerpos, pero que debía relegarse, en lo posible, a último plano. Ardientemente puro, con el ardor de los deseos jóvenes, artificialmente dirigidos a brillar angélicamente, había admirado aquella refinada y apacible pureza que, en Marjorie, era el pro¬ducto de una frialdad natural, de una vitalidad congénita¬mente baja.
"¡Qué buena eres! -le había dicho-. Parece salirte tan espontáneamente... Me hubiera gustado ser tan bue¬no como tú."
Lo cual, aunque Walter no se daba cuenta, equivalía a desear verse medio muerto. Bajo su sensitiva corteza de timidez y apocamiento, se sentía arder de vitalidad; y, en efecto, le era bastante difícil mostrarse bueno en el senti¬do en que Marjorie lo era. No obstante, lo ensayó. Y, entretanto, admiró su bondad y su pureza. Y conmovido -al menos hasta que la exasperación y el fastidio se apoderaron de él- por su devoción, se sintió halagado por la admiración de que era objeto.
Mientras marchaba ahora hacia la estación de Chalk Farm, recordó de pronto una historia que su padre solía referir, de un chofer italiano con el cual había conversado una vez acerca del amor. (El viejo tenía el don de hacer hablar a las gentes, a toda clase de gentes, hasta los criados, hasta los obreros. Walter envidiaba su talento.) Algunas mujeres, según el chofer, se parecen a los arma¬rios. Sono come cassetoní. ¡Con qué sabor contaba la anécdota el viejo Bidlake! Podrán ser tan hermosas como se quiera; mas ¿quién puede alabarse de tener un bello armario en sus brazos? O, vamos a ver, ¿qué objeto tiene? (y Marjorie, reflexionó Walter, ni siquiera era bien pareci¬da.) "Por mi parte -decía el chofer-, yo prefiero a las otras, aun cuando sean feas. Mi amiga -había dicho confidencialmente a Bidlake-es de la otra especie. E un frullino, proprio un frullino, un verdadero batidor de hue¬vos." Y el viejo guiñaba el ojo detrás de su monóculo, como un viejo sátiro jovial y perverso. ¿La rigidez de un
armario o la vivacidad de un batidor? Walter tenía que admitir que sus preferencias corrían parejas a las del chofer. A1 menos, sabía ya, por experiencia, que (siempre que el "verdadero" amor aparecía atemperado por las impurezas sexuales) no era la mujer del tipo armario la que le enamoraba. De lejos, teóricamente, la pureza, la bondad y la espiritualidad refinada eran admirables. Pero en la práctica y de cerca resultaban menos atrayentes. Y cuando parten de una persona que no nos atrae, hasta la devoción, hasta el halago de la admiración son insopor¬tables. Confusa y simultáneamente. Walter detestaba a Marjorie por su paciente frialdad de mártir y se acusaba a sí mismo de bestial sensualidad. Su amor hacia Lucy era algo descabellado y vergonzoso; pero Marjorie carecía de sangre, estaba medio muerta. Walter se sentía, a la vez, excusado y sin excusa. Pero más sin excusa, no obstante; más sin excusa. Eran viles estos sentimientos sensuales, eran innobles... ¿Batidor o cómoda? ¿Puede concebirse nada más bajo, más innoble que esta clasificación? Imaginativamente, Walter creyó escuchar la risa plena y sensual de su padre. ¡Qué horror! Toda su vida consciente había sido orientada en oposición de su padre, en oposi¬ción a la sensualidad jovial y negligente del viejo Bidlake. Conscientemente había estado siempre del lado de su madre, del lado de la pureza, de la refinación, del espíri¬tu. Pero por lo menos la mitad de su sangre procedía de su padre. Y ahora, dos años de vida con Marjorie habían infundido a su conciencia un horror a la virtud fría. Walter tenía conciencia de este horror, si bien al mismo tiempo se sentía avergonzado de él, avergonzado de lo que con¬sideraba indecentes deseos sensuales, avergonzado de su amor hacia Lucy. Pero ¡si Marjorie lo dejara siquiera en paz! ¡Si al menos se abstuviera de reclamar la vuelta de aquel importuno amor que se empeñaba en servirle a la fuerza! ¡Si siquiera dejara de serle tan terriblemente devo¬ta! Walter podría brindarle amistad, pues que le profesa¬ba un genuino afecto; era tan buena y tan cariñosa, tan fiel y tan devota... Walter acogería con gusto el pago de su amistad. Pero amor ... esto era sofocante. Y cuando, creyendo luchar contra la otra con sus propias armas, Marjorie hacía violencia a su virtuosa frialdad y trataba de reconquistarlo con el ardor de sus caricias... ¡oh, en¬tonces era terrible, verdaderamente terrible!
Y luego -continuó reflexionando- se hacía realmen¬te un tanto fastidiosa con su pesada e insensible seriedad. En el fondo, un tanto estúpida. a pesar de su cultura... o acaso por ella. Su cultura era, sin duda, genuina: había leído libros y recordaba lo que había leído. Pero ¿los comprendía? ¿Podía comprenderlos? Las observaciones con que rompía ella sus largos. largos silencios, aquellas serias y cultas reflexiones, ¡qué pesadas, qué faltas de humor y de verdadera comprensión! Era discreta en mos-trarse tan silenciosa: el silencio está tan pleno de ingenio y sabiduría en potencia como el mármol por tallar de riqueza escultórica. Los silenciosos no prestan testimonio contra sí mismos. Marjorie sabía escuchar bien y con simpatía, y cuando rompía el silencio, la mitad de sus expresiones se componía de citas. Pues Marjorie tenía una gran retentiva y había formado el hábito de aprender de memoria los grandes pensamientos y los pasajes nota¬bles. Walter había tardado en descubrir la pesada estupi¬dez y la trágica falta de comprensión que ocultaba bajo el silencio y las citas. Y cuando hubo hecho este descubri¬miento era ya demasiado tarde.
Walter. pensó en Carling, aquel borracho forrado de religioso. No hacía más que hablar de santos, de casullas y de la Inmaculada Concepción, y, al mismo tiempo, era un borracho e indecente renegado. Si aquel hombre no hubiera sido tan completa y detestablemente repugnante, si no hubiera hecho a Marjorie tan dolorosamente desdi¬chada... ¿qué? Walter se imaginó libre: no hubiera experi-mentado piedad, no hubiera experimentado amor. Recor¬dó los ojos rojos e inflamados de Marjorie después de uno de aquellos detestables episodios con Carling. ¡Bruto in¬decente!
"¿Y yo?" -pensó de repente.
Walter sabía que Marjorie se había echado a llorar desde el instante en que la puerta se había cerrado tras él.
Carling tenía al menos, la excusa del whisky. Perdónalos, porque no saben lo que hacen. Pero Walter no estaba nunca bebido, y sabía que en aquel momento Marjorie se hallaba llorando.
"Debería volver a su lado" -se dijo.
Pero, lejos de hacerlo, apretó el paso hasta emprender casi una carrera calle abajo. Walter huía así de su con¬ciencia y al mismo tiempo corría hacia el objeto de su deseo.
"Sí, mi deber es volver a su lado."
Y continuó su marcha, horrorizado de ella precisamen¬te por haberla hecho tan desdichada.
Un hombre que contemplaba la vitrina de una cigarre¬ría retrocedió de pronto cuando él pasaba. Walter chocó violentamente con él.
-Perdón -dijo automáticamente.
Y apretó el paso sin volverla mirada.
-¡Eh!, ¿adónde va usted? -gritó el hombre tras él, rojo de cólera-. ¿Qué cree que está haciendo, ganando el Derby?
Dos pilluelos de la calle rompieron en feroces chillidos de burla.
-Así que de chistera, ¿eh? -continuó el hombre des¬pectivamente, lleno de odio hacia el caballero uniforma¬do.
Lo correcto hubiera sido volverse y responderle con creces. Su padre lo hubiera reventado con una sola pala¬bra. Pero a Walter no le quedaba sino escapar. Tenía horror a estos encuentros, se asustaba de las clases infe¬riores. El eco de la ofensa se desvaneció en sus oídos.
¡Odioso! Walter se estremeció. Sus pensamientos vola¬ron de nuevo a Marjorie.
"¿Por qué no será razonable? -se dijo-. Nada más que razonable. Si al menos tuviera algo que hacer, algo en qué ocuparse..."
Marjorie tenía demasiado tiempo de pensar: en esto estaba su mal. Demasiado tiempo de pensar en él. Aun¬que, en el fondo, Walter tenía la culpa: él la había sacado de su ocupación y la había obligado a concentrar su atención exclusivamente en él. La había conocido estan¬do ella asociada aún a una tienda de arte decorativo, uno de esos elegantes establecimientos artísticos de aficiona¬dos que se encuentran en Kensington. Las pantallas de lámpara, la compañía de las jóvenes que las pintaban y, sobre todo, la ilimitada devoción hacia Mrs. Cole, la socia principal: tales eran las compensaciones de Marjorie a su desdichado matrimonio. Ella se había creado un mundillo propio, aparte de Carling; un mundo femenino, con algo de escuela de señoritas, donde podía hablar de vestidos y bazares, escuchar las habladurías, abandonarse a lo que las colegialas llaman "pasión" por una mujer mayor, e imaginarse, en los intervalos, que desempeñaba su parte en la obra universal y que favorecía la causa del arte.
Walter la había persuadido a que renunciara a todo aquello. Su trabajo le había costado. sin embargo. Porque la dicha de consagrarse a Mrs. Cole, su "pasión" senti-mental hacia ella, constituía casi una compensación a sus desdichas con Carling. Pero Carling dio en portarse de tal modo, que Mrs. Cole no bastó a compensarlo. Walter brindó a Marjorie aquello que Mrs. Cole no podía acaso -y que, ciertamente no quería- ofrecerle: un lugar de refugio, protección y ayuda económica. Además. Walter era un hombre, y un hombre, según la tradición, ha de ser amado, aun cuando -según la conclusión a que Walter había llegado con motivo de Marjorie- lo cierto es que no se quiere verdaderamente a los hombres y que sólo se está naturalmente en armonía con la sociedad de las mujeres. (¡Otra vez el efecto de la literatura! Walter recor¬dó los comentarios de Philip Quarles acerca de la desas¬trosa influencia que el arte puede ejercer sobre la vida.) Sí, él era un hombre; pero "diferente de los demás". según le había dicho ella tantas veces. El había aceptado entonces esta "diferencia" como una halagadora distin¬ción. Pero ¿existía? Se lo preguntaba. Como quiera que fuese, ella lo había hallado entonces "diferente", de suer¬te que había podido disfrutar plenamente de dos mun¬dos: un hombre que, sin embargo, no era un hombre. Encantada por las persuasivas palabras de Walter, empu¬jada por las brutalidades de Carling, había consentido en abandonar la tienda y con ella a mistress Cole, a quien Walter detestaba como la encarnación avara, autoritaria y tiránica de la voluntad femenina.
"Vales demasiado para el oficio de tapicero de oca¬sión", le había dicho halagadoramente desde la profundi¬dad de lo que entonces era una sincera confianza en sus capacidades intelectuales.
Marjorie podría ayudarle, de un modo todavía indeter¬minado, en sus trabajos literarios; también ella podría escribir. Bajo su influencia había dado en escribir cuentos y ensayos. Pero eran malos a todas luces. Después de haberla alentado, se hizo reticente: no volvió a hablar de sus esfuerzos. Al poco tiempo abandonó Marjorie esta ocupación fútil y antinatural. Después de aquello no le quedaba sino Walter. Este se convirtió en la razón de su existencia, la base sobre la cual se hallaba establecida toda su vida. Y ahora la base cedía bajo sus pies.
"¡Si siquiera -pensó Walter- me dejara tranquilo!" Entró en la estación del metropolitano. A la entrada había un hombre vendiendo los diarios de la tarde. El proyecto de robo de los socialistas. Primera lectura. Estas palabras resaltaban en un cartel. Satisfecho de hallar excusa para distraer su espíritu, Walter compró un perió-dico. El proyecto de ley del Gobierno laborista-liberal para la nacionalización de las minas había sido aprobado en su primera lectura por la mayoría habitual. Walter leyó la noticia con placer. Tenía ideas políticas avanzadas. No eran así las ideas del propietario de su periódico vesperti¬no. El artículo de fondo estaba escrito en el tono más violento.
"¡Infames!" -pensó Walter al leerlo.
El artículo despertó en él un estimulante entusiasmo por todo lo que atacaba, un odio regocijado hacia los capitalistas y reaccionarios. Las barreras de su individua¬lidad quedaron momentáneamente derribadas; las com¬plejidades personales, abolidas. Embargado por el goce de la lucha política, rebasó sus límites y se hizo, por así decir, superior a sí mismo: más grande y más simple.
"¡Infames!" -repitió, pensando en los opresores y mo¬nopolistas.
En la estación de Camden Town, un viejecito mustio, con un pañuelo rojo atado al cuello, se sentó a su lado. La peste que despedía la pipa del viejo era tan sofocante. que Walter tendió la vista a lo largo del coche en busca de otro asiento desocupado. Y en efecto, había uno; pero, al reflexionar, decidió no moverse. Hubiera parecido una ofensa demasiado directa huir del hedor, y pudiera dar lugar a comentarios de parte del que lo producía. La acrimonia del humo le raspó la garganta, tosió.
"Deberíamos ser fieles a los propios gustos e instintos -solía decir Philip Quarles-. ¿De qué sirve una filosofía cuya premisa mayor no sea la racionalización de los propios sentimientos? Cuando no se ha experimentado el fervor religioso, el creer en Dios no tiene sentido. Sería como creer en la excelencia de las ostras cuando no se puede comerlas sin que le produzcan a uno náuseas."
Una tufarada de sudor pestilente subió a las narices de Walter junto con los vapores de la nicotina. "Los socialistas -leyó en su periódico- lo llaman nacionalización; pero los demás tenemos un nombre más corto y mejor conocido para lo que ellos proponen. Nosotros lo llamamos robo." Pero cuanto menos sería robar al ladrón en beneficio de sus víctimas. El hombrecillo se inclinó hacia adelante y escupió, cuidadosa y perpendicularmente, entre sus pies. Luego aplastó el salivazo con el tacón. Walter apartó la vista; hubiera querido poder amar personalmente a los oprimidos, y personalmente odiar a los ricos opresores.
Deberíamos ser fieles a los propios gustos e instintos. Pero los propios gustos e instintos son meros accidentes. Existen principios eternos. Pero si ocurre que los princi¬pios axiomáticos no vienen a ser nuestra mayor premisa personal...
Y de pronto se vio, a la edad de nueve años, paseando con su madre por los campos cerca de Gattenden. Lleva¬ban sendos ramilletes de velloritas. Debían haber ido a Batt's Corner: era el único lugar de la vecindad donde había velloritas.
"Entremos un instante a ver al pobre Wetherington -había dicho su madre-. Está muy enfermo."
La madre llamó a la puerta de la cabaña. Wetherington había sido segundo jardinero en la casa solariega; pero hacía un mes que no trabajaba. Walter lo recordaba como un hombre pálido, delgado, con accesos de tos y poco comunicativo. Wetherington no le interesa¬ba mucho. Una mujer salió a abrir la puerta.
"Buenas tardes, Mrs. Wetherington." La mujer los hizo pasar.
Wetherington estaba tendido en su cama, rodeado de almohadas. Tenía un aspecto horrible. Dos ojos enormes con la pupila dilatada miraban desde el fondo de sus órbitas cavernosas. La piel, estirada sobre los huesos prominentes, era blanca y viscosa de sudor. Pero su cue¬llo, increíblemente delgado, era acaso todavía más horri¬ble que la cara. Y de las mangas de su camisa de noche salían dos varas nudosas, sus brazos, a cuyos extremos se veía un par de inmensas manos esqueléticas, como rastri¬llos al extremo de sus frágiles mangos. ¡Y qué tufo el de aquella habitación de enfermo! Las ventanas estaban herméticamente cerradas; en el pequeño hogar había fuego. El aire era caliente y estaba cargado de un aliento podrido y las emanaciones de un cuerpo enfermo; un viejo y persistente olor que parecía haberse hecho he¬diondo y dulzarrón a fuerza de madurar largo tiempo en el calor encerrado. Un nuevo y fresco hedor, por fuerte y repugnante que fuese, hubiera sido menos penoso. Era la persistencia, el exceso de madurez dulzaina y averiada del olor de aquella habitación de enfermo lo que la hacía tan particularmente insoportable. Walter se estremecía aún al recordarlo. Encendió un cigarrillo para desinfectar la memoria. Había sido criado en el hábito de los baños y las ventanas abiertas. La primera vez que, siendo niño, lo llevaron a la iglesia, el aire encerrado. el olor a humani¬dad le habían producido náuseas; habían tenido que sacarlo a la carrera. Su madre no lo había vuelto a llevar a la iglesia. Acaso -pensó- seamos criados de un modo demasiado higiénico, demasiado aséptico. ¿Puede ¡la madre buena una educación cuya resultante se traduce en asco hacia nuestros hermanos? Walter hubiera querido amarlos. Pero el amor no florece en una atmósfera que asquea al amante y le produce una repugnancia irrepri¬mible.
En la habitación donde Wetherington yacía enfermo, hasta la piedad era difícil que floreciera. Mientras su madre hablaba con el moribundo y su mujer, Walter permaneció sentado, contemplando a su pesar, pero for¬zado por la fascinación del horror, el espantoso esqueleto tendido en la cama, y respirando a través de su ramillete de velloritas el hediondo aire caliente. Hasta a través del fresco y delicioso aroma de las flores llegaban a su nariz las pestilentes miasmas de la alcoba del enfermo. Apenas experimentó compasión alguna, y sí sólo horror, temor y repugnancia. Y hasta cuando Mrs. Wetherington comen¬zó a llorar, volviendo el rostro a fin de que el enfermo no viera sus lágrimas, sintió menos piedad que turbación y malestar. El cuadro de su dolor sólo le infundió un más ardiente deseo de huir de salir de aquel terrible recinto hacia el aire puro e ilimitado y el sol.
Walter se avergonzaba de estas emociones al recordar¬las. Pero eso era lo que había sentido, lo que sentía todavía. "Deberíamos ser fieles a nuestros instintos." No, de ningún modo: a los malos, no: a éstos debemos resis¬tirnos. Pero no eran fáciles de vencer. El anciano que estaba a su lado volvió a encender la pipa. Walter recordó que había contenido la respiración el mayor tiempo posi¬ble a fin de no tener que inhalar y sentir aquel aire pestilente con demasiada frecuencia. Una profunda boca-nada de aire a través de las velloritas: luego había conta¬do hasta cuarenta antes de espirarla y absorber otra. El viejo se inclinó de nuevo y escupió. "La idea de que la nacionalización habrá de mejorar las condiciones del obrero es completamente falaz. Durante varios años el contribuyente ha aprendido a propia costa la significa¬ción del control burocrático. Si los obreros se figuran..."
Walter cerró los ojos y vio el cuarto del enfermo. Lue¬go, al despedirse, había tomado la mano esquelética, que permanecía inerte sobre la ropa: Walter había deslizado sus dedos bajo aquellos otros muertos y descarnados, había levantado la mano por un momento y la había dejado caer de nuevo. La mano estaba fría y húmeda al tacto. Walter se volvió, para limpiar subrepticiamente su palma en la chaqueta. Dejó escapar, con un suspiro ex¬plosivo, la respiración largo tiempo contenida, y llenó de nuevo los pulmones con una bocanada de aire pestilente. Fue la última que tuvo que absorber: su madre se dirigía ya hacia la puerta. Su pequeño pequinés retozaba en torno a ella, ladrando.
-¡Calla, T'ang! -dijo ella con su deliciosa y clara voz. Era acaso la única persona en Inglaterra -pensó Walter al recordarlo- que pronunciaba correctamente el apóstrofo de T'ang.
Marcharon hacia la casa por un sendero de peatones a través de los campos. Inverosímil y fantástico como un pequeño dragón chino, T'ang corría ante ellos dando ligeros saltos sobre los que para él eran enormes obstácu¬los. Su cola, en forma de penacho, flotaba al viento. A veces, cuando la hierba era muy alta, se sentaba sobre su pequeño trasero plano, como pidiendo azúcar, y miraba con sus redondos y abultados ojos por sobre los montecillos de hierbas, tratando de orientarse.
Bajo un cielo brillante y aborregado. Walter se había sentido como un prisionero que recobra la libertad. Co¬rrió, gritó. Su madre caminaba lentamente, sin hablar. De cuando en cuando se detenía por un momento y cerraba los ojos. Era una cosa habitual en ella cuando se hallaba perpleja o pensativa. Se hallaba perpleja con frecuencia, pensó Walter sonriendo tiernamente para sí. El pobre Wetherington debía haberla preocupado mucho. Walter recordaba con cuánta frecuencia se había detenido ella de vuelta a casa.
"Vamos, madre, date prisa -había gritado Walter con impaciencia-. Llegaremos tarde para el té."
La cocinera había preparado tortas para el té, quedaba todavía queque de pasas del día anterior y un tarro de
compota de cerezas de la casa Tiptree, recientemente abierto.
"Deberíamos ser fieles a nuestros gustos e instintos." Pero un accidente de nacimiento tos había determinado para él. La justicia era eterna; la caridad y el amor frater¬nal eran bellos a pesar de la pipa del viejo y el cuarto de enfermo de Wetherington. Bellos precisamente a causa de estas cosas. El tren acortó la marcha. Leicester Square. Walter bajó al andén y marchó hacia los ascensores. Pero la premisa mayor personal, iba pensando, es difícil de negar; y en la premisa mayor no personal, por excelente que sea, es difícil de creer. El honor, la fidelidad... estas eran cosas buenas. Pero la premisa mayor personal de su filosofía presente consistía en que Lucy Tantamount era la más bella, la más deseable...
-Los billetes, hagan el favor.
El debate amenazó con surgir de nuevo. Walter lo sofocó deliberadamente; el hombre del ascensor cerró las puertas de golpe; ascendió la cabina. En la calle Walter llamó a un taxi.
-Tantamount house, Pall Mall.



II


Tres fantasmas italianos aparecen discretamente en la extremidad oriental de Pall Mall. La riqueza de Inglaterra, recientemente industrializada, y el entusiasmo, el genio arquitectónico de Charles Barry los había hecho surgir del pasado y de su sol natal. Bajo la mugre incrustada en la fachada del Reform Club, el ojo de la fe reconoce algo que recuerda agradablemente el palacio de Farnesio. Po¬cos metros más allá, a lo largo de la calle, los recuerdos, conservados por sir Charles, de la casa que Rafael había concebido para los Pandolfini, se yerguen en la brumosa atmósfera de Londres: el Travellers' Club. Y entre estas dos construcciones, austeramente clásica. torva como un presidio y negra de hollín, se levanta una versión reduci¬da (pero todavía enorme) de la Cancelleria. Es Tanta¬mount House.
Barry trazó los planos en 1839. Un centenar de obreros trabajaron allí durante uno o dos años. Y el tercer mar¬qués pagó las cuentas, que ascendían a cifras considera¬bles. Pero los suburbios de Leeds y Sheffield habían comenzado a extenderse sobre las tierras que sus antepa¬sados robaran a los monasterios trescientos años antes. "La Iglesia Católica, instruida por el Espíritu Santo, ha enseñado, según las sagradas escrituras y las antiguas tradiciones de los Padres, que existe un Purgatorio y que las almas retenidas allí pueden ser auxiliadas por los sufragios de los fieles, pero principalmente por el grato sacrificio del altar" Hombres ricos, de conciencia intran¬quila, habían dejado sus tierras a los monjes a fin de que sus almas pudieran ser socorridas en sus penas purgato¬riales por la ejecución perpetua del grato sacrificio del altar. Pero Enrique VIII había deseado una joven y querido un hijo; y debido a que el Papa Clemente VII estaba en poder del primo de la hija de la primera mujer de Enri¬que, no quiso concederle el divorcio. En consecuencia, fueron suprimidos los monasterios. Todo un ejército de mendigos, inválidos e indigentes perecieron miserable¬mente de hambre. Pero los Tantamount adquirieron unas cuantas veintenas de millas de tierra labrantía, bosque y pastos. Pocos años después, bajo el reinado de Eduardo VI, robaron las propiedades de dos escuelas de humani¬dades que no eran bienes eclesiásticos; los niños queda¬ron sin instrucción a fin de que los Tantamount pudieran ser ricos. Explotaron sus tierras científicamente con miras a los mayores beneficios. Sus contemporáneos los consi-deraban como "hombres que viven como si no existiera Dios, hombres que desean tenerlo todo en sus manos, hombres que no dejan nada a los demás, hombres que jamás se muestran satisfechos". Desde el púlpito de la catedral de San Pablo los acusó Lever de "haber ofendido a Dios y convertido la comunidad en ruina comen;'. Los Tantamount no se turbaron. La tierra era suya, el dinero entraba regularmente.
Las siembras y las cosechas se sucedieron normalmen¬te. Nació ganado, se lo engordó y se le envió al matadero. Los labradores, los pastores, los vaqueros trabajaron des¬de antes de amanecer a la puesta del sol, año tras año, hasta la hora de su muerte. Sus hijos los sucedieron.
A un Tantamount siguió otro Tantamount. La reina Isabel los hizo barones: se convirtieron en vizcondes bajo el reinado de Carlos II, condes bajo los de Guillermo y María, marqueses bajo el de Jorge II. Se casaron con heredera tras heredera: diez millas cuadradas de Nottinghamshire, cincuenta mil libras, dos calles en Bloomsbury, media cervecería, un Banco, una plantación y seiscientos esclavos en Jamaica. Entretanto, hombres oscuros concebían máquinas que hacían las cosas más rápidamente de lo que era posible hacerlas a mano. Las aldeas se transformaron en villas; las villas, en grandes ciudades. En las que habían sido dehesas y tierras labrantías de los Tantamount se construyeron casas y
fábricas. Bajo la hierba de sus praderas, hombres medio desnudos hendieron la negra y brillante fachada del car¬bón. Mujeres y niños arrastraron las vagonetas cargadas. Los excrementos de diez mil generaciones de gaviotas fueron traídos, en barcos, del Perú para enriquecer sus campos. El trigo creció más espeso; las nuevas bocas hallaron con qué alimentarse. Y, de año en año, los Tantamount fueron aumentando más y más sus riquezas, y las almas de los piadosos contemporáneos del Príncipe Negro continuaron, sin duda, contorciéndose en las inextinguibles llamas del Purgatorio, sin que fueran soco¬rridas por los gratos sacrificios del altar. El dinero que, bien empleado, pudiera haber reducido el término de sus penas purgatoriales sirvió, entre otras cosas, para levan¬tar en Pall Mall un modelo reducido de la Cancillería papal.
El interior de Tantamount House es tan notablemente romano como su fachada. Alrededor de un cuadrángulo central corren dos hileras de arcadas abiertas, con un ático iluminado por ventanillas cuadradas encima.
Pero en vez de estar abierto al cielo, el cuadrángulo tiene un techo de cristal que lo convierte en un inmenso salón con toda la altura del edificio. Con sus arcadas y su galería constituye una pieza muy noble, pero demasiado grande, demasiado pública, demasiado semejante a una piscina o a una pista de patinar para vivir en ella. Sin embargo, aquella noche justificaba su existencia. Lady Edward Tantamount daba una de sus veladas musicales. El piso estaba atestado de huéspedes sentados, y sobre ellos, en el espacio arquitectónico vacío, flotaba la música en intrincadas pulsaciones.
-¡Qué pantomima! -dijo el viejo John Bidlake a su huéspeda-. Mi querida Hilda, hazme el favor de mirar.
-¡Chist! -protestó Lady Edward, detrás de su abani¬co de plumas-. No interrumpa la música. Además ya estoy mirando
Su susurro era colonial, y las erres de "interrumpa" rodaron en el fondo de su garganta, porque Lady Edward era de Montreal y su madre había sido francesa. En 1867 la British Association celebró un Congreso en Canadá. Lord Edward Tantamount leyó un informe a la sección de Biología. Los profesores le habían llamado "uno de los que llegarían'. Pero para aquellos que no eran profesores, un Tantamounl. millonario podía darse ya por “llegado”. Nilda Sutton participaba decididamente de esta opinión. Durante su estancia en Montreal, Lord Edward fue el huésped del padre de Hilda. Esta aprovechó la ocasión. La British Association regresó a Inglaterra: pero Lord Edward se quedó en Canadá.
-Me lo puede usted creer -había dicho Hilda una vez confidencialmente a una amiga-: jamás he tenido tanto interés por la ósmosis, ni antes ni después.
Su interés hacia la ósmosis despertó la atención de Lord Edward. Este se hizo cargo de una cosa que hasta entonces no había advertido: que Hilda era extraordina-riamente bella. Además, Hilda se sabía bien su papel femenino. Su tarea no fue difícil. A los cuarenta años, Lord Edward era en todo, salvo en inteligencia, una espe¬cie de niño. En el laboratorio y en su despacho era tan viejo corno la misma ciencia. Pero sus sentimientos, sus intuiciones, sus instintos eran los de un muchachito. Falto de ejercicio la mayor parte de su ser espiritual estaba por desarrollar. Era una especie de niño, pero con sus hábitos infantiles impregnados por cuarenta años de existencia. Hilda le ayudó a vencer su paralizante timidez de adoles¬cente, y siempre que. horrorizado, vacilaba en dar los pasos necesarios, ella venía en su auxilio, llegándose por él a medio camino y aun haciendo el recorrido completo. Los ardores de Lord Edward eran juveniles: a la vez tímidos y violentos, mudos y desesperados. Hilda habla¬ba por dos y se mostraba discretamente osada. Discreta¬mente, porque las nociones de Lord Edward respecto a cómo debían portarse las jóvenes estaban tomadas prin¬cipalmente de los Pickwick Papers. La franca osadía le hubiera alarmado, le hubiera hecho retroceder. Hilda sabía conservar toda la apariencia de las muchachas de Dickens: poro al mismo tiempo se daba maña para insi¬nuarse en todo momento, crear todas las oportunidades y
llevar la conversación por todos los cauces adecuada¬mente amorosos. Obtuvo su premio. En la primavera de 1898 se convirtió en Lady Edward Tantamount.
-Le aseguro a usted -le había dicho una vez a John Bidlake (indignada, pues que Bidlake había tratado de burlarse del pobre Edward)- que yo lo quiero sincera-mente... ¡sinceramente!
-A su modo, sin duda -bromeó Bidlake-. A su modo. Pero convendrá usted en que, por fortuna, ése no es el modo de todo el mundo. No tiene más que mirarse a ese espejo.
Hilda miró y vio el reflejo de su cuerpo desnudo, tendido y medio oculto en los muelles cojines de un diván.
-¡Bestia! -dijo ella-. Pero esto no desvirtúa mi afec¬to hacia él.
-¡Oh!, a su modo especial de sentir afecto, segura¬mente que no -Bidlake se echó a reír-. Pero yo repito que. por fortuna, acaso no sea ese el modo...
Hilda le tapó la boca con la mano. Hacía de esto un cuarto de siglo. Hilda tenía treinta años y llevaba cinco de casada. Lucy era una niña de cuatro años. John Bidlake tenía cuarenta y siete y se hallaba en el apogeo de su talento y de su fama de pintor: era bello, grande. exube¬rante, indiferente. amante de la risa, gran trabajador, aficionado a la mesa, a la bebida y a las vírgenes.
"La pintura es una rama de la sensualidad -replicaba él a los que reprochaban su género de vida-. Nadie puede pintar un desnudo sin haberse aprendido el cuerpo humano de memoria con sus manos, sus labios y su propio cuerpo. Yo tomo mi arte en serio. Soy incansable en mis estudios preliminares." Y la piel se contraía en pliegues de risa en torno a su monóculo: sus ojos brilla¬ban como los de un sátiro jovial.
John Bidlake transmitió a Hilda la revelación de su propio cuerpo de sus posibilidades físicas. Lord Edward no era sino una especie de niño, un chico fósil conserva¬do en la corpulencia de un hombre maduro. Intelectual¬mente, en el laboratorio. comprendía los fenómenos sexuales. Pero práctica y emocionalmente era un niño, un niño fósil de mediados de la era victoriana, conservando intactos, con todas las timideces infantiles naturales y todos los tabúes heredados de dos amadas y muy virtuo¬sas tías solteras que habían ocupado el lugar de su difun¬ta madre, todos los asombrosos principios y prejuicios que había absorbido junto con las humoradas de Mr. Pickwick y de Micawber. Amaba a su joven esposa: pero la amaba como pudiera amarla un niño fósil del año 60. tímida y respetuosamente, excusándose de sus ardores, excusándose de su cuerpo y del de Hilda. Por supuesto, no expresamente, pues el niño fósil era mudo a fuerza de timidez, sino por un silencioso ignorar, un silencioso pre¬tender que los cuerpos no se hallaban realmente envuel¬tos en los ardores, que, por lo demás, no existían real¬mente. Su amor era una larga y tácita excusa por su propia existencia: y puesto que no era más que una excusa, era completamente inexcusable. El amor debe justificarse por sus resultados en la intimidad del cuerpo y del espíritu, en el calor, en el contacto tierno, en el placer. Si tiene que ser justificado desde el exterior se revela de consiguiente injustificable. John Bidlake no presentaba excusas por la especie de amor que tenía para ofrecer. En la medida de sus medios. éste se justificaba plenamente a sí mismo. Saludable y sensual, Bidlake lanzaba su amor franca y naturalmente, con el brío animal de un producto de la naturaleza.
"No esperes que yo me ponga a hablar del cosmos, las estrellas o las azucenas de la Virgen -decía-. No está en mi carácter. No creo en esas cosas. Yo no creo sino ..."
Y sus palabras se tornaban lo que una convención misteriosa ha decretado imposible de imprimir.
Era un amor sin presunción pero cálido, natural y de consiguiente, bueno en la medida de sus límites: una sensualidad decente, bienhumorada. feliz. Para Hilda, que no había conocido jamás respecto a amor sino las reticentes excusas de un niño fósil, ésta fue una revela¬ción. Cosas que habían estado muertas en ella surgieron a la vida. Se descubrió, embelesada. a sí misma. Pero no
perdió jamás la cabeza. Si hubiera perdido la cabeza. podía haber perdido también Tantamount House. los mi¬llones de los Tantamount y el título de los Tantamount, y ella no tenía intención de perder estas cosas. De modo que la conservó, fría y deliberadamente. y la mantuvo firme y en alto. por encima de los arrebatos tumultuosos. como una roca sobre las olas. Se divertía, pero jamás con detrimento de su posición social. Tenía la suficiente sere¬nidad para mirar de frente su propia diversión: su aplo¬mo, su voluntad de conservar su posición social perma-necían al margen y por encima de los arrebatos. John Bidlake aprobaba su modo de sacar partido de los dos mundos.
-Gracias a Dios, Hilda -había dicho con frecuen¬cia-, que es usted una mujer sensata.
Las mujeres que creían que el amor compensaba la pérdida del mundo podían convertirse en terribles estor¬bos, según sabía demasiado por experiencia personal. Le gustaban las mujeres: el amor era un placer indispensa¬ble. Pero ninguna valía la pena de enredarse por ella en fastidiosas complicaciones: nada valía la pena de des-arreglar la propia vida por su culpa. Con aquellas que, faltas de cordura, habían tomado el amor demasiado en serio. John Bidlake se había mostrado despiadadamente cruel. Era la lucha del "todo por el amor" contra el "cualquier cosa por una existencia tranquila". John Bidlake salía siempre victorioso. En su lucha por una existencia tranquila no retrocedía ante ningún horror.
Hilda Tantamount tenía en tanto aprecio la existencia tranquila como el propio Bidlake. Sus amoríos habían durado, bastante agradablemente. por espacio de varios años, y se habían ido extinguiendo lentamente. Habían sido buenos amantes: luego quedaron buenos amigos al extremo de que los llamaban conspiradores. conspirado-res maliciosos que se unían para divertirse a costa del mundo. En aquel momento tenían las bocas llenas de risa. O. más exactamente, el viejo Bidlake, que detestaba la música, era el único que reía. Lady Edward trataba de mantener el decoro.
-¡Será posible! ¿No se callará usted? -susurró ella.
-¡Pero no se da usted cuenta de lo increíblemente cómico que es el asunto! -insistió Bidlake.
-S... chist.
-¡Pero si no hago más que susurrar! Aquel continuo chistar le irritaba.
-Como un león.
-No puedo evitarlo-respondió él, enfadado. Cuando él se tomaba el trabajo de susurrar daba por sentado que su voz era inaudible para todos, excepto para la persona a quien se dirigía. No le gustaba que le dijeran que lo que el admitía como verdad no lo era.
-¡Si, claro, como un león!-murmuró indignado. Pero su rostro se serenó de pronto nuevamente.
-¡Fíjese!-dijo él-. He ahí una que llega con retraso. ¿Qué se quiere apostar a que hará lo mismo que todas las demás?
-S... chist -repitió Lady Edward.
Pero John Bidlake no le hizo caso. Miraba hacia la puerta, donde se hallaba todavía de pie la última rezaga¬da, vacilando entre el deseo de desaparecer discretamen¬te en medio del público silencioso y el deber social de hacer conocer su llegada a su huéspeda. La recién llega¬da volvió, confundida, la vista en derredor. Lady Edward le hizo seria con un aleteo de sus largas plumas y una sonrisa por encima del grupo interpuesto. La rezagada contestó con otra sonrisa, le envió un beso con la punta de los dedos, se llevó un dedo a los labios, designó una silla desocupada al otro extremo de la pieza, alargó las manos en un ligero gesto que debía expresar sus excusas por haber llegado tarde y su profundo sentimiento de no poder, en vista de las circunstancias, llegarse a hablar con Lady Edward: luego. encogiendo los hombros y replegán¬dose en sí misma, a fin de ocupar el menor espacio posible, se dirigió, en puntas de pie y con extraordinaria precaución, a lo largo del pasadizo hacia el asiento des¬ocupado.
Bidlake deliraba de alegría. Había remedado sucesiva¬mente cada gesto de la pobre mujer. El beso soplado desde la punta de los dedos se lo había devuelto con un interés exorbitante, y cuando ella se llevó el dedo a los labios, Bidlake se tapó la boca con toda la mano. Había repetido su gesto de pesar, exagerándolo grotescamente hasta hacerle expresar una ridícula desesperación. Y cuando ella se adelantó en puntas de pie, Bidlake dio en contar sus dedos, en simular los gestos que en Nápoles sirven para conjurar el mal de ojo, y en darse palmaditas en la frente. Se volvió triunfante hacia Lady Edward.
-¿No se lo he dicho yo? -susurró, y el rostro se le cubrió de arrugas por la risa contenida-. Es como si nos halláramos en un asilo de sordomudos. O conversando con los pigmeos del África Central.
Abrió la boca y señaló hacia ella con el índice extendi¬do, simulando luego llevarse un vaso a los labios.
-Mi, hamble-dijo-: mi, muya, muya sed.
Lady Edward le dio un aletazo con su abanico de avestruz.
Entretanto, la música continuaba la Suite en si menor, de Bach, para cuerdas y flauta. El joven Tolley dirigía con su inimitable gracia habitual, doblegándose en ondula¬ciones de cisne y trazando ricos arabescos en el aire con sus brazos aleteantes, como si danzara al son de la música. Una docena de violinistas y violoncelistas rasgaba sus instrumentos según las instrucciones del director. Y el gran Pongileoni besaba pegajosamente su flauta. Soplaba a través de la embocadura y vibraba una cilíndrica columna de aire: las meditaciones de Bach llenaban el cuadrángulo romano. En el largo de obertura, con ayuda del hocico de Pongileoni y la columna de aire, había anunciado Juan Sebastián: Existen en el mundo grandes cosas. cosas nobles: existen hombres que han nacido para ser reyes; existen verdaderos conquistadores. autén¬ticos señores de la tierra. Pero -había pensado al llegar al allegro en fuga- ¡de qué tierra tan múltiple y comple¬ja! Cree uno haber hallado la verdad: clara, precisa. inequívoca, es anunciada por los violines; la tiene ya, se ha apoderado triunfalmente de ella. Pero he ahí que se le escapa de las manos para presentarse en un nuevo aspecto entre los violoncelos y, una vez más, en términos de la vibrante columna de aire de Pongileoni. Las partes viven su vida independientes: se tocan; sus caminos se cruzan: ellas se combinan por un momento para crear una armo¬nía de apariencia decisiva y perfecta, tan sólo para sepa¬rarse nuevamente unas de otras. Cada parte se halla siempre sola, separada, individual. "Yo soy yo-afirma el violín-; el mundo gira a mi alrededor." "A mi alrededor -reclama el violonchelo-. A mi alrededor -insiste la flauta." Y todos tienen igualmente razón y dejan de tener¬la, ninguno de ellos quiere oír a los otros.
En la fuga humana existen mil ochocientos millones de partes. El ruido resultante podrá tener quizás alguna sig¬nificación para el estadístico, pero ninguna para el artista. Sólo considerando una o dos partes a la vez podrá com¬prender algo el artista. He aquí, por ejemplo, una parte aislada, y Juan Sebastián pone el caso. Comienza el rondó, exquisita y simplemente melodioso, casi una can¬ción popular. Es una joven cantando para sí misma, en soledad, un canto amoroso, tiernamente melancólico. Una joven cantando por las colinas, mientras que las nubes pasan sobre su cabeza. Pero, solitario como una de aquellas nubes, un poeta ha escuchado su canción. Los pensamientos que suscita en él forman la zarabanda que sigue al rondó. Es la suya una lenta y deleitosa medita¬ción sobre la belleza (a pesar de la estupidez y de la suciedad), la verdad profunda (a pesar de todo el mal) y la unidad (a pesar de tanta diversidad aturdidora). Es una belleza, una bondad, una unidad que ninguna investiga¬ción intelectual puede descubrir, que el análisis destruye, pero de cuya realidad se convence el espíritu de vez en cuando brusca y abrumadoramente. Una joven cantando para sí bajo las nubes basta para crear esta certidumbre. Hasta una bella mañana es suficiente. ¿Será una ilusión o será la revelación de la más profunda verdad? ¡Quién sabe! Pongileoni soplaba, los violinistas frotaban sus cri¬nes de caballo resinadas contra los intestinos de cordero tendidos: durante la larga zarabanda el poeta meditaba lentamente su maravillosa y consoladora certidumbre.
-Esta música se va haciendo tediosa -susurró Bidlake a su huéspeda-. ¿Va a durar todavía mucho tiempo?
El viejo Bidlake carecía de gusto o de talento para la música y tenía la franqueza de confesarlo. El podía permi¬tirse la franqueza. Cuando se pinta tan bien como John Bidlake, ¿por qué se ha de fingir que le gusta a uno la música si realmente no le gusta? Bidlake paseó la mirada por encima del auditorio sentado y sonrió.
-Parece como si estuvieran en una iglesia -dijo. Lady Edward alzó su abanico en sentido de protesta.
-¿Quién es aquella mujercita vestida de negro -continuó él- que hace girar los ojos y balancea el cuerpo como Santa Teresa en éxtasis?
-Fanny Logan -le respondió Lady Edward en voz baja-. Pero mire a ver si puede callarse.
-Se habla del tributo que el vicio paga a la virtud -continuó, incorregible, Bidlake-. Pero en nuestros días todo es permitido: no se necesita ya hipocresía mo-ral. Sólo queda la hipocresía intelectual, el tributo que el filisteísmo paga al arte... Fíjese cómo todos lo pagan ... con esas máscaras piadosas y ese religioso silencio.
-Puede considerarse dichoso de que le paguen a usted en guineas -dijo Lady Edward-. Y ahora, se lo vuelvo a encarecer, hágame el favor de callarse la boca.
Bidlake hizo un gesto de terror simulado y se tapó la boca con la mano. Tolley agitaba voluptuosamente sus brazos; Pongileoni soplaba: serraban los violinistas, y Bach, el poeta, meditaba sobre la verdad y la belleza.
Fanny Logan sintió que las lágrimas le subían a los ojos. Se emocionaba fácilmente, sobre todo con la músi¬ca, y cuando sentía una emoción no trataba de reprimirla, sino que se abandonaba a ella de todo corazón. ¡Qué bella, qué triste y, sin embargo, qué confortadora aquella música! La sentía en su interior como una corriente de exquisito sentimiento que fluía suave, pero irresistible¬mente, a través de todo el complejo laberinto de su ser. Hasta su cuerpo se agitaba y balanceaba con la pulsación y la ondulación de la melodía. Fanny pensó en su marido: la corriente musical le trajo el recuerdo de su bienamado Eric, muerto hacía cerca de dos años, muerto siendo todavía tan joven. Las lágrimas afluyeron más copiosa¬mente a sus ojos. Fanny se las secó. La música era infinitamente triste y, sin embargo, era confortadora. La música lo admitía todo, por así decir: la prematura muerte de Eric. el sufrimiento de su enfermedad, su apego a la vida; lo admitía todo. Expresaba toda la tristeza del mun¬do. y desde la profundidad de aquella tristeza tenía el don de afirmar tranquila, deliberadamente, sin protestar de¬masiado, que todo estaba bien, en suma, que todo era aceptable. Englobaba la tristeza con cierta dicha más amplia y comprensiva. Las lágrimas continuaron afluyen¬do a los ojos de Mrs. Logan; pero, en cierto modo, eran lágrimas de dicha. a pesar de su tristeza. Hubiera querido comunicar a Polly, su hija, lo que sentía. Pero Polly estaba sentada en otra fila. Mrs. Logan veía la parte posterior de su cabeza, dos filas más adelante, y su menudo y delgado cuello, con las perlas que su querido Eric le había regala¬do en su decimoctavo aniversario, pocos meses antes de morir. Y de pronto. como si se hubiera dado cuenta de que su madre la miraba. como si hubiera comprendido lo que sentía, Polly volvió el rostro y le mostró una rápida sonrisa. La dicha triste y musical de Mrs. Logan era completa.
No eran los ojos de su madre los únicos que miraban hacia Polly. Ventajosamente situado detrás, y a un lado de ella, Hugo Brockle estudiaba admirativamente su per¬fil. ¡Qué linda era! Brockle se preguntaba si tendría el valor de decirle que habían jugado juntos en los Kensington Gardens cuando eran niños. Cuando cesara la música se acercaría a ella y le diría audazmente: "No¬sotros hemos sido presentados ya en nuestros cochecillos de niños..." O bien, si quería mostrarse más libremente ingenioso: "Usted es la persona que me dio con una raqueta en la cabeza."
Al volver, impaciente, la vista en derredor, John Bidlake alcanzó a Mary Betterton con la mirada. La pro¬pia Mary Betterton. ¡aquel monstruo! Bidlake pasó la
mano por debajo de su silla y tocó madera. Cada vez que veía algo desagradable se sentía en mayor seguridad si podía tocar madera. Bidlake no creía en Dios, por su¬puesto; gustaba de referir historias descorteses acerca del clero. Pero la madera, la madera, la madera tenía algo... ¡Y pensar que había estado locamente enamorado de ella hacía veinte, veintidós, no se atrevía a precisar cuántos años! ¡Qué obesa, qué vieja y horrorosa estaba! Su mano buscó de nuevo la pata de la silla. Apartó la mirada y trató de pensar en algo que no fuese Mar y Betterton. Pero los recuerdos de la época en que Mary era joven se impusieron a su voluntad. Por aquel tiempo todavía mon¬taba él a caballo. Se vio de nuevo, imaginativamente, montado en un caballo bayo. Por aquella época solían pasear juntos a caballo. Era la época en que Bidlake se hallaba pintando el tercero, y el mejor, de sus grupos de Bañistas. ¡Qué cuadro aquél, santo Dios! Mary era ya entonces demasiado rolliza para ciertos gustos. Pero no para el de Bidlake: éste no había puesto nunca peros a la gordura. ¡Estas mujeres de ahora, que querían parecerse a cañerías de desagüe! Bidlake la miró de nuevo por un momento y se estremeció. La odiaba por ser tan repulsi¬va, después de haber sido tan encantadora. Y Bidlake le llevaba cerca de veinte años.

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