martes, 16 de febrero de 2010

Manuscrito Inédito de Ramos Sucre. Por Eloi Yague Jarque


“Yo adolezco de una degeneración ilustre: amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino cons­tantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica”.

José Antonio Ramos Sucre

La vida del Maldito.

I

Cuatro fornidos hombres y dos varas de madera fueron necesarios para levantar y retirar en andas el cadáver de mi tío de la Sala de Juntas de la Academia, pues en su rigor mortis se había aferrado con tanta fuerza a su sillón, designado con la letra K, que no se pudo despegar.

El proceso de bajarlo en esa improvisada parihuela por las escaleras del vetusto edificio de San Francisco y trasladarlo, bordeando el patio y ante la asombrada mirada de los peatones, hasta la furgoneta de la Morgue estacionada afuera, pareció el ensayo de la procesión fúnebre de un pequeño soberano que hubiera fallecido en su trono.

–Espero que no hagan leña del árbol caído –dijo Bre­vi­koff, el bibliotecario transilvano que se había colocado a mi lado para ver mejor las maniobras de desalojo.

–Si la hacen lo tendrá bien merecido –dije sin mirarlo, al tiempo que tomaba conciencia del papel arrugado que apretaba mi puño derecho. Finis coronat opus, agregué mientras lo desplegaba y leía la página, en octavo mayor, de grueso papel como ya no se fabrica, orlada por una fina cali­grafía que yo había aprendido a descifrar, y coronada, en la parte superior, por un título: Bitácora del insomne.

Por este papel había vivido –y ahora estaba muerto– mi tío. Por este papel que alguna vez sirvió de soporte a José Antonio Ramos Sucre para plasmar una –tal vez la postrera– de sus poéticas alucinaciones, se iba al basurero de la historia su carrera y la reputación intelectual que tan arduamente se había labrado durante tantos años. Pero este papel –que leo y releo asombrado– quedará también como advertencia de una trayectoria crítica desviada que yo no seguiré.

Antes de continuar debo advertir que debo a mi tío materno, Plutarco Salazar Fuentes, mi amor por la literatura y su comprensión, esa rama del saber –hoy acaso caduca– conocida como filología (del griego philos, amigo, y logos, discurso). Esto lo digo como preámbulo a la historia que voy a contar y –por qué no– un poco en descargo de su memoria, hoy manchada por la ignominia.

Don Plutarco, como gustaba que lo llamaran, parecía un caballero del siglo pasado, aunque en realidad había nacido en los albores del presente, y a mí siempre me pareció viejo, o que estaba dotado de una extraña cualidad intemporal. Muy pronto asumió un papel importante en mi educación aprove­chando dos circunstancias: la prematura muerte de mi padre –su hermano– y el hecho de que él se mantuviera hasta su muerte soltero y sin hijos, totalmente dedicado a la labor intelectual.

Profesor de Castellano y Literatura en el Instituto Pedagógico de Caracas, muy pronto captó mi interés por las letras y trató de fomentarlo dedicando largas horas a enseñarme lo que sabía, a orientar mis lecturas e introducirme en las cul­turas clásicas, para lo cual tuve que aprender a fondo latín y griego, cosa que nunca le agradeceré lo suficiente.

Mi tío Plutarco iba a casa dos o tres veces a la semana y cuando llegaba yo tenía que interrumpir cualquier actividad para atender sus lecciones. En esas ocasiones se quedaba a cenar con nosotros. Por lo demás era un señor muy serio y retraído –medio cascarrabias– y lo único que parecía entusias­marle era la literatura, en especial la de Ramos Sucre, de quien había sido alumno de Latín y Raíces Griegas en el Liceo Andrés Bello.

–Era de pequeña estatura, delgado de complexión, de penetrantes ojos azules, de temperamento nervioso. No puedo olvidar aquella voz enfática, ni aquella palabra incisiva, ni aque­lla seca carcajada con que remataba el énfasis de sus frases.

Así describía mi tío al Ramos Sucre de sus años juveniles, cuando el genial cumanés, a pesar de ser apenas un poco mayor que sus estudiantes, ya imponía el respeto derivado de su erudición y de su talento.

No sé si fue en aquellos días o posteriormente cuando mi tío abrazó la causa de Ramos Sucre. Tal vez haya sido la noticia de su prematura muerte (se suicidó en Ginebra en 1930, a los cuarenta años recién cumplidos), que conmocionó a la sociedad caraqueña, en especial a los jóvenes escritores que habían firmado textos en el primer y único número de la revista Válvula, que agrupaba a lo mejor de la intelligentsia de ese entonces.

Lo cierto es que, desde que tengo conciencia, mi tío dedicó toda su energía intelectual y notable capacidad investi­gativa, a asediar la vida y obra de Ramos Sucre. Una docena de libros sobre el alucinado cumanés, multitud de artículos periodísticos, ponencias, tesis, monografías, ensayos, asesorías, clases magistrales, conferencias, fueron el resultado de su trabajo durante tres décadas, empeño coronado justo en el año cincuentenario de la muerte del poeta, con la exaltación de mi tío a la Academia del Idioma, donde antes de ocupar el sillón distinguido con la letra K pronunció un brillante discurso de orden intitulado “El parnasiano cumanés: destello de mármoles en la obra de J. A. Ramos Sucre”.

Ese día –yo apenas empezaba mis estudios de Letras– asistí impresionado al acto de ingreso. Sólo entonces, al verlo arriba del estrado, impresionante con su toga de académico que le daba un aire de tribuno romano, me di cuenta de cuánto poder ejercía ese hombre sobre mí, al punto de que me había inducido, algunos años atrás, a dejar el ejercicio de la poesía.

Ocurrió durante mi adolescencia, una calurosa tarde de mayo, cuando mi espíritu estaba exaltado por la eclosión de la naturaleza y acaso arrobado por cierta mirada femenina. Me había atrevido a escribir un largo poema que quería resumir las múltiples emociones por las que me sentía obsedido: el despertar de mi sexualidad, el asombro ante la complejidad del mundo, la emoción del primer amor. Luego, tras unos pocos retoques, pues la ansiedad propia de la edad me impedía conceder a mi verso la prueba del tiempo, decidí mostrarlo a mi tío con temor, y a la vez con la necesidad de compartir con él mi afán poético, con la seguridad de que hallaría en él un confidente estimulante y un cómplice de mis desvelos de entonces.

Pero su reacción fue muy distinta.

Nascuntur poeta fiund oratores –dijo con voz solemne, mientras ante mi asombro hacía trizas de papel las adoradas cuartillas.

Aún hoy, tantos años después, me estremezco al recordar ese suceso como el episodio más doloroso de mis años juveniles y ciertamente el más triste vivido a causa de mi tío. Después del incidente me invitó a pasear, tratando de suavizar su sentencia, y hasta me contó lo que una vez le ocurrió con Ramos Sucre.

–En cierta ocasión (de joven yo también tenía mis ínfulas poéticas) me acerqué a mi querido maestro después de una de sus amenas cátedras y con inseguridad y timidez le confesé que había escrito unos sonetos de amor y le pregunté si sería posible obtener su opinión. Para mi sorpresa, aceptó y quedamos citados al día siguiente en la Plaza Bolívar, pues frente a ella, en la Casa Amarilla, Ramos Sucre tenía una oficina llena de libros. Allí, sentados en un banco delante del monumento del Padre de la Patria, y mientras disfrutábamos de la brisa de la tarde, leyó mis poemas mientras yo temblaba de miedo. Se tomó su tiempo, me pidió autorización para marcar a lápiz algunos pasajes, se la di, leyó y releyó y finalmente posó en mí su mirada azul y triste y me dijo más o menos lo siguiente: “Salazar, la poesía es un camino largo. Muchos lo inician, pero pocos llegan al final. Lidiar con ella es como luchar contra el Minotauro. Usted es Teseo, se halla en medio del laberinto. Sólo un débil hilo, sostenido por Ariadna, lo puede devolver al mundo sano y salvo. Usted se encuentra con el Minotauro, frente a frente, pero lo que ve es su propio rostro reflejado en un escudo de bronce. ¿Debe matarlo? ¿No se estará matando a sí mismo? Tendrá tal vez un instante de duda, de vacilación. Pensará que está frente a un espejismo, una alucinación. También podrá imaginar que está dentro de un sueño, que usted es irreal, que es una pesadilla del Minotauro, o viceversa. Lo cierto es que no hay mayor angustia que la que siente el escritor frente a la página en blanco, sólo se compara con la que siente Teseo frente al Minotauro. Sólo usted sabrá qué hacer, adónde quiere ir. Pero mientras tenga su hilo de Ariadna no temerá: podrá salir y entrar del laberinto cuantas veces quiera.”

–Después de estas palabras, que hoy siento sabias y profundas, amén de piadosas hacia mi ineptitud poética, Ramos Sucre me dio algunos consejos ya de orden sintáctico, descubrió un error de declinación que calificó de hispanizante (había escrito “tibiedad” en lugar de tibieza), me recomendó leer más a Dante que a Góngora, y me recordó, por enésima vez, la incon­veniencia de utilizar el que relativo, “ese vocablo insig­nificante”, como lo calificaba.

–Ya verás –prosiguió mi tío– que cuando te adentres en la obra del gran cumanés, tú mismo te darás cuenta de que pocos mortales se pueden izar a tan gran altura y codearse con Dante o con Homero. Entonces me darás una y mil veces las gracias por no haberte alentado a hollar con tu torpes versos el inmaculado templo de la poesía en el que, como ya te dije, sólo pocos mortales son aceptados, y entre ellos nuestro querido cumanés, cuyo enaltecimiento debe ser el norte y único motor de nuestros desvelos. Sigue por el camino seguro de la investigación, el estudio y el análisis de la obra de Ramos Sucre y olvídate de esa veleidad infantil de escribir poesía.

De esta forma, y a costa de no pocas lágrimas, aterricé forzosamente en la “literatura real”. Con esa escena creía poner punto final a mi incipiente producción poética. Algunos años duró la sequía, pero el punto se convirtió en suspensivo y final­mente la poesía se impuso. Cuando vine a darme cuenta ya escribía versos clandestinos que inmediatamente guardaba bajo llave en mi secreter, aterrorizado de que mi tío los descubriera. Tal vez mordido por la culpa, me propuse ser el mejor estudiante, y me gradué summa cum laude en Letras, tras haber sido aprobada, con todos los honores, mi tesis titulada “El flujo de la conciencia en Ramos Sucre”, que fue inmediatamente publicada por la Academia del Idioma gracias a la gestión de mi tío.

Don Plutarco me había entrenado sistemáticamente todos esos años con un sólo objetivo: que yo fuera su seguidor, su prolongación en el tiempo y en el espacio, y que lograra finalmente lo que gracias a él, entre otras personas, empezaba paulatinamente a ser una realidad: el reconocimiento inter­nacional del genio literario de Ramos Sucre, la apoteosis mun­dial del poeta, su redención final del olvido y el desconocimiento de su obra por el hecho de haber nacido en un país tropical y subdesarrollado.

Pero antes de dar el paso decisivo –mi ida a una uni­ver­sidad estadounidense o europea a culminar mis estudios– mi tío decidió que cursara la Maestría de Literatura Latino­ame­ricana de la Universidad Simón Bolívar. Consideraba que ese título, más la publicación de la tesis de postgrado, que versaría –por supuesto– sobre alguno de los aspectos inéditos o poco desarrollados de la obra de Ramos Sucre, me darían la base suficiente para conquistar el difícil y competido mundo de los investigadores literarios de nivel internacional.

Accedí sin discusión, a sabiendas de que con él no podría ganar, a todo cuanto había dispuesto para mí, con la secreta esperanza de que una vez cumplido el trámite, y ya estando en el exterior, libre de su poderosa y absorbente personalidad, podría dedicarme con calma a lo único que realmente me importa en la vida: escribir poesía.

II

–Esto te va a interesar.

La insólita figura de Brevikoff, encargado del Archivo de Libros Raros y Manuscritos de la Biblioteca Nacional era lo más parecido que yo pudiera recordar a la de Nosferatu el Vampiro. Tan alto y blanco, como el espectro de la película de Murnau, una barba en forma de perilla y gruesos anteojos complementaban su aspecto añadiéndole algunos toques de Doctor Caligari. Y para rematar, si Nosferatu hubiera alguna vez hablado, de seguro lo habría hecho con el acento balcánico de Brevikoff.

Sin embargo, y a pesar de su inquietante imagen, era un amable y erudito bibliotecario que me ayudaba sobremanera en la investigación de mi tesis de postgrado, cuyo tema aún no había definido del todo, pues aspiraba a la mayor originalidad posible, y en el caso de Ramos Sucre esto era muy difícil de lograr.

Para precisarlo acostumbraba ir en mis ratos libres a Libros Raros y Manuscritos, sito en el viejo edificio de San Francisco. En realidad, el templo ubicado en la esquina homónima, era sólo uno de los edificios que integraban el complejo arquitectónico. Al lado derecho del templo estaba el Palacio de las Academias, al lado la Biblioteca y, en la esquina opuesta la Corte Suprema de Justicia, todos pegados muro con muro, pues alguna vez los edificios fueron uno solo: la vieja sede de la Universidad Central de Venezuela, edificada en 1872 por Antonio Guzmán Blanco, al igual que el Capitolio Federal que se encuentra enfrente.

Libros Raros y Manuscritos estaba semiescondido en la planta alta de la Sala General de Lectura. Había que subir una pequeña escalera al fondo y atravesar una puerta en arco, abier­ta en muros de 30 centímetros de espesor, para acceder a esa pequeña y tranquila sala, paraíso perdido de los investi­gadores, que era el reino regido por Brevikoff. Para trabajar allí hacía falta un carnet especial que cerraba el paso a los bulliciosos li­ceís­­tas y demás especímenes que se en­cuen­tran en las bibliotecas públicas.

Allí me distraía consultando los manuscritos de Ramos Sucre –no muchos, a decir verdad: algunas cartas y un inventa­rio de sus escasos bienes realizado tras su fallecimiento– o ediciones extrañas de cualquier material que excitara mi curio­sidad. Sin embargo ya había consultado con anterioridad manuscritos del poeta, pues mi tío tenía una verdadera colección, por lo que estaba familiarizado con su caligrafía.

Aquella mañana fui a Libros Raros sin ningún plan prees­ta­blecido, sólo con la intención de sentarme a repasar algunos apuntes y a pensar en mi tesis. Sin embargo, al verme Brevikoff me llamó aparte a su pequeña oficina para mostrarme una remesa de material recién adquirido personalmente por él en varios remates europeos de libros antiguos. Hojeé con avidez las pequeñas maravillas que me mostraba, pero al punto un volumen llamó mi atención más que el resto del material.

Al principio me pareció un libro, pero no lo era. Se trataba de un viejo cuaderno empastado, forrado en tela, con dibujos simétricos y ángulos de cartón. En el rectángulo blanco de la portada sólo había escritas unas iniciales: J.A.R.S.

Con el corazón en la mano empecé a hojear ansiosa­men­te el cuaderno: no cabía duda: era su característica caligra­fía. Leí. En algunas páginas había poemas completos, en otras fragmentos, pero todos los textos tenían correcciones, anota­ciones al pie de página, versiones distintas de un mismo texto. Evidentemente se trataba de un borrador. Revisé las páginas con cuidado: todos los poemas pertenecían a los dos últimos libros de Ramos Sucre: El cielo de esmalte y Las formas del fuego, publicados en 1929. Hasta ahí no había ninguna nove­dad, era reseñable el hallazgo del cuaderno pero en apariencia, tras un primer vistazo, no aportaba nada a la bibliografía ramosucreana.

Pero ya iba a cerrarlo cuando descubrí algo realmente inusual. En la última página, que solía dejarse en blanco, había sin embargo algo escrito: un poema titulado “Bitácora del inso­mne”, firmado con sus siglas y fechado el 9 de junio de 1930...¡La fecha en que ingirió la sustancia hipnótica que cuatro días des­pués lo llevaría a la muerte! Y ese poema yo no lo conocía. Fatigué mentalmente las diversas antologías, incluso la última, publicada por Siruela, y no encontré nada con ese título.

–Es hora de irnos –dijo Brevikoff, quien se había acer­cado y estaba de pie a mi lado, sin que yo me hubiera dado cuenta.

–Sí, claro, respondí cerrando el cuaderno de un manotazo y tratando de fingir desinterés en mi voz. Mañana continuaré revisando tus maravillas.

Lo cierto es que me sentía un manojo de nervios porque estaba seguro de hallarme al borde de un descubrimiento sensa­cional: nada más y nada menos que un manuscrito inédito de JARS. Corrí a casa de mi tío y le comenté con voz entrecortada el hallazgo.

Sin decir palabra, Don Plutarco siguió sentado en su sillón favorito, ubicado en el amplio estudio de la casa. Con toda parsimonia cargó su pipa y se levantó, dirigiéndose hacia la ventana. Una vez allí, la encendió, dando tres fuertes chupa­das, y se quedó mirando afuera, en completo silencio.

Mi tío, a causa de su avanzada edad, ya daba muestras de senilidad. Sin embargo, yo no podía creer aquella apatía. Comoquiera que le insistiera en el tema, pidiendo su opinión, me respondió tajante:

–Se trata sin duda de un apócrifo.

–Pero cómo –exclamé–, cómo puedes estar tan seguro.

–El investigador avezado desarrolla una intuición infalible para separar el trigo de la paja.

–Pero si ni siquiera has visto el cuaderno.

–Ni falta que me hace. Sé que no vale. He visto muchos apócrifos en mi vida. Son como los cantos de sirena, trampas mortales para los eruditos. Al principio engañan, pero después revelan su falsía con toda intensidad. He visto brillantes carreras intelectuales volverse sal y agua a causa de un documento falso erróneamente considerado bueno por un investigador ingenuo, que generalmente no espera la comprobación y proclama a los cuatro vientos las bondades de su hallazgo. Pero el tiempo, ese juez implacable, se encarga de ponerlo en su lugar finalmente. Parturiunt montes, nascetur ridiculus mus. Ea, y no hable más del asunto.

Y volvió a encerrarse en hermético silencio, mirando el atardecer a través de la ventana.

Pero yo no podía quedarme tranquilo. Al día siguiente dediqué la mañana a varias diligencias en el centro, almorcé en un restaurante de comida rápida y a primera hora de la tarde volví a Libros Raros y Manuscritos y solicité de nuevo el cuaderno a Brevikoff, quien me lo entregó con expresión recelosa, aunque yo traté de disimular cuanto pude mi ansiedad.

Empecé a hojearlo con delectación, página por página, deteniéndome en la curiosa caligrafía del escritor, en las inte­resantes observaciones talladas en los márgenes, en las entre­líneas siempre tan significativas ante los ojos de un especialista. Pero entonces, al llegar al final, me llevé una infausta sorpresa: faltaba la última página, alguien la había arrancado. Y al parecer con prisa, a juzgar por la irregularidad de los bordes.

Miré a mi alrededor. Algunos investigadores permanecían sumergidos en sus libros, tomando apuntes en completo silencio. Seguí mi recorrido visual y de pronto me crucé con la mirada de Brevikoff, quien se encontraba al otro lado de la sala. Fue un chispazo, aunque los gruesos cristales de sus gafas no permitían verle los ojos, pero sentí de pronto una duda punzándome el ánimo: ¿Habría sido él el autor del robo? Por un instante esa posibilidad cruzó mi mente. Pero de pronto otra, más inquietante aún, se instaló en mi imaginación: él se había dado cuenta del robo y sospechaba de mí.

Traté de dominar mis nervios volviendo la mirada al cuaderno. Estuve un rato fingiendo que leía, mientras mi imaginación tramaba una estrategia. Después, con la mayor naturalidad, lo cerré, me levanté y lo devolví al escritorio de atención al público.

Cerciorándome de que nadie me viera, entré al baño y me escondí en uno de los reservados. Faltaba poco para que concluyera la jornada. Decidí esperar. Varios hombres entraron y salieron del baño, pero nadie me molestó. Pasé un tiempo leyendo una edición de bolsillo de las máximas de Epicuro sobre la felicidad. “Límite de la magnitud de los placeres es la eliminación de todo dolor. Donde haya placer, por el tiempo que dure, no existe dolor o pesar o la mezcla de ambos”, señalaba el filósofo griego tres siglos antes de Cristo. Esta máxima me hizo reflexionar sobre el destino trágico de Ramos Sucre, tan dolorosamente judeocristiano, a pesar de su amor por la Grecia clásica. Él, que murió crucificado por el insomnio, nunca conoció el placer; no podía conocerlo quien escribiera un poema de tan sufriente lucidez como La Vida del Maldito. No podía, por naturaleza, ser feliz aquel hombre que desesperado por la persistencia del desvelo ingiriera el contenido del frasco mortal en una habitación de Ginebra. Pero lo que yo acababa de descubrir –y acaso perder– era la última revelación, la lucidez previa al oscurecimiento final, la katástrofe en el sentido clásico del término: última parte del poema dramático, con el desenlace, especialmente cuando es doloroso, plasmada por la temblorosa mano de Ramos Sucre en la última página de su cuaderno.

La luz que entraba a través de una claraboya tenía cada vez menos intensidad, así como el fragor del tráfico exterior. Cuando ya no pude leer, a causa de la oscuridad, decidí que ya era tiempo de salir. Así lo hice con sumo cuidado, tomando la precaución de no hacer ruido para no llamar la atención de algún probable vigilante nocturno. Tanteando en la oscuridad, agradeciendo conocer tan bien el camino como para esquivar obstáculos, llegué a la baranda de hierro forjado que daba sobre el salón general de lectura. La oscuridad era apenas interrumpida por la claridad procedente de los faros de uno que otro carro, que barría de cuando en cuando la estancia. Un par de luces de referencia colocadas en las paredes permitían ver el borde de los muebles, de los mesones de lectura, las sillas y los enormes anaqueles repletos de libros. Era un espectáculo extraño ver tan vacía y solitaria la sala que apenas unas horas antes había albergado a numeroso público.

Seguí mi camino olfateando el aire. Por el olor supe que me acercaba a la entrada de Libros Raros. La traspuse. Allí la oscuridad sí era casi absoluta, y mis pupilas tardaron un rato en dilatarse más aún. Busqué un lugar lo más discreto posible, entre dos altas y macizas estanterías de madera, y me acurruqué en un rincón en el piso. Para tener una perspectiva más amplia, aparté varios libros y dispuse así de una conveniente mirilla rectangular desde la que era fácil ver sin ser visto.

Mi razonamiento era simple: quienquiera que hubiera arrancado la página, podría volver a buscar el cuaderno. Sin duda alguna, había procedido de esa manera debido a la prisa inducida por el temor a ser descubierto. Pero, a la vez, el muti­lador debía conocer muy bien el valor del cuaderno, demasiado bien para dejarlo ahí. Y yo tenía la intuición de que volvería a buscarlo.

Ignoro cuánto tiempo pasó. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar dormirme. Cabeceaba y creo que hasta ronqué. Pero en eso, un sonido distinto me despertó. Era un crujido muy leve. Mi corazón bombeó a toda presión. Agucé el oído y tensé los músculos. Transcurrieron segundos de eternidad en los que el sonido de mi respiración me parecía un huracán. Pero como no volviera a repetirse, me tranquilicé. “Un ratón, debe haber sido el chillido de un ratón”, pensé.

Ya bajaba la guardia cuando otro sonido me puso en alerta de nuevo. Esta vez no era un ratón sino el ruido de unos goznes resecos chirriando en la oscuridad. Me incorporé para mirar. Un grande y antiguo anaquel adosado a una pared se había deslizado, dejando ver una abertura en forma de puerta muy estrecha. De la abertura salían reflejos fantasmagóricos. De pronto, contuve la respiración. Una figura humana, completamente embozada de negro, salió de la oscuridad portando un candelabro de siete brazos. Rápida y silenciosamente, en un rozar de sedas, atravesó la sala y llegó hasta la vitrina acristalada donde se guardaba bajo llave el cuaderno. Escuché un tintineo de llaves y una cerradura que cedía. El enmascarado abrió la vitrina, revisó y sacó algo. No me cabía duda de que era el cuaderno. Con el mismo cuidado, la volvió a cerrar y regresó a la abertura.

No podía dejar escapar al ladrón. Venciendo mi miedo me incorporé de un salto y corrí. Pero el anaquel giró sobre su eje y cerró la abertura ante mi cara. Entonces una carcajada escalofriante resonó en mis oídos y comenzó a alejarse: el ladrón había logrado su objetivo.

III

Por fortuna había visto toda clase de artilugios en las películas de terror; en ninguna que se respetase podía faltar el armario secreto por donde se deslizaban los habitantes de la noche en sus secretas andanzas. Así pues, intentando dominar el temblor de las rodillas, procedí a mover los libros para dar con la combinación adecuada, la que me permitiera abrir la puerta. Moví los volúmenes al principio con cuidado, ensayando distintas combinaciones, pero nada; luego saqué febrilmente todos los libros echándolos al suelo, pero tampoco se abrió. Creo que estuve horas en esa febril actividad hasta que, agotado y sudoroso, me senté en el suelo recostándome contra el anaquel. Entonces se oyó un seco “clac” y el mueble se despegó de la pared. Haciendo fuerza, empujé hasta abrirlo del todo. El boquete era apenas un poco mayor que el tamaño de un hombre normal, y daba a un túnel (a un sistema de galerías, según comprobé más tarde).

Detenido en el umbral me llegó un bloque de olor a humedad, un viento frío del subsuelo que me erizó los pelos de la nuca. A la vez escuché unos lejanos aleteos y chillidos que se me antojaron perversos, infrahumanos. Así, a oscuras, no me atreví a traspasar el umbral. Lo que finalmente me animó fue encontrar en el suelo del túnel, con la poca claridad que llegaba del exterior, una palmatoria con una vela y la caja de fósforos. La encendí y persignándome me adentré en la oscuridad.

A los veinte metros aproximadamente de la entrada, el túnel descendía por escaleras interminables, aparentemente en círculo. Yo bajaba los peldaños tanteando los rugosos muros, divisando apenas los bordes de los escalones. En un momento, la escalera concluyó y caminé de nuevo sobre plano y en línea recta. Avancé un trecho a mayor velocidad hasta que de pronto, un golpe de aire frío y fétido apagó la llama de la vela al tiempo que decenas de roces alados, como de suave terciopelo, aunque asquerosos al tacto por carecer de temperatura, me cubrieron por completo.

Los murciélagos chillaban endemoniadamente. Avancé uno, dos, tres pasos, dando manotazos para quitármelos de encima, cuando trastabillé al no encontrar suelo para mi pie derecho. Con un esfuerzo supremo me afinqué en el otro pie y maniobré hacia un lado para desviar la caída. Lo logré con dolor y caer al suelo fue como una bendición. Con el salto perdí la palmatoria, pero no la caja de fósforos. La extraje de mi bolsillo, pero la abrí al revés y las cerillas cayeron al suelo. Dando aún manotazos para espantar a las ratas voladoras, y con la otra mano, tanteé el piso hasta hallar un fósforo, lo encendí y al parecer la luz asustó a los quirópteros, que huyeron.

Los bordes de la claridad me mostraban el espectáculo: un pozo a ras de suelo ocupaba casi todo el pasillo. Mental­mente di gracias a Dios por no haber caído en él, sin duda sus miasmas eran la fuente de la fetidez imperante y me alejé sin querer indagar a qué ignoto leviatán podría pertenecer el asque­roso chapoteo que se escuchaba muy abajo, en el fondo de horrura del pozo maldito.

Aproveché la débil claridad para recolectar cuantos fósforos pude, y seguí caminando. De nuevo me topé con escaleras, pero esta vez ascendentes. Subí encendiendo las fugaces luces cada dos o tres pasos. Los escalones parecían interminables y no concedían el descanso de un rellano, haciendo mis pasos cada vez más fatigosos y pesados. Se me acabaron las luces. Seguí subiendo a gatas, tanteando cada peldaño una y mil veces antes de acometerlo, sintiendo una hazaña cada centímetro de altura conquistado al vacío.

Ya no parecía existir otra cosa en la vida sino el ascenso, cuando percibí que los bordes de los escalones se volvían nítidos por momentos, y deduje que habría alguna fuente de luz en las alturas. En efecto, a medida que ascendía notaba mayor claridad. Pero también, a partir de ese punto, empecé a oír voces... No, en realidad era una sola voz que a medida que subía se me iba haciendo cada vez más reconocible.

Volví a erguirme y seguí subiendo a pie. Tras el último escalón continuaba el pasillo, pero en lo plano. Descubrí una pared de madera con rendijas por las que se colaban destellos de mortecina luz. La pared tenía una puerta abierta. Hacia ella me dirigí distinguiendo mejor la voz que hablaba. Era una voz masculina, grave, autoritaria, que parecía recitar, a juzgar por la entonación, aunque yo sólo lograba distinguir palabras aisladas.

Con la máxima cautela asomé la cabeza por la puerta. Grande fue mi asombro al descubrir que daba a la Sala de Juntas de la Academia del Idioma, que yo tan bien conocía. Pero fue mayor aún al descubrir el origen de la voz. La luz provenía del candelabro de siete brazos colocado sobre la mesa de reuniones, y por la pieza se desplazaba la figura embozada, leyendo en alta voz un texto que enseguida reconocí: se trataba sin duda del poema de Ramos Sucre que acababa de descubrir, era la Bitácora del Insomne...

Paralizado de miedo, y como el enmascarado no me había descubierto, opté por quedarme adosado al quicio de la puerta, asomando apenas la cabeza para que no me viera. El personaje recitaba cada vez con mayor furia, como si el poema lo indignara, y alzando la voz de manera amenazadora. Hasta que de pronto alejó de sí el papel y exclamó:

–¡Sí, no cabe la menor duda! La prosodia, la adjetivación parnasiana, el oscuro simbolismo, las metáforas lúgubres... Sí este es, sin duda, tu último poema, José Antonio. ¡Y voto al cuerno que es genial! Pero me adelanté, Ramos Sucre, quisiste jugarme una mala pasada desde el más allá, pero logré evitarlo. Toda mi vida dedicada a tu obra desde aquella vez que hablamos en la Plaza Bolívar. Desde esa tarde me propuse en venganza vivir de tu gloria, como un vampiro vive de la sangre que chupa a sus víctimas. Porque esa tarde me arruinaste como poeta. Nunca más pude escribir un sólo poema. ¡Y yo estaba llamado a ser un gran poeta! ¡Ramos Sucre debía haber sido yo! Pero no, tuviste que destruir mis ilusiones. Y entonces yo empecé a vivir de tu grandeza, yo, la sabandija, me arrastré por ti, me fun-dí con tu palabra, me adueñé de tus actos, de tu historia, de tus recuerdos, de tus manuscritos, de todo lo que te recordara, para hacerlo mío y, de esa forma, ensalzarme al ensalzarte. Y así, cada vez que dictaba una conferencia, pensaba: “yo lo descubrí, yo lo estudié, yo lo valoré, yo lo proyecté. Porque tú, sin mí, no habrías pasado de ser un poetastro más de una ciudad venezolana de tercera categoría, un incomprendido, un raro en los anales de la literatura nacional. ¡Yo te di la gloria, Ramos Sucre! Y ahora tú no me arrebatarás todo lo que he hecho por labrarme una reputación intelectual con un manuscrito inédito, por muy genial que sea. Tu destino será el fuego que todo lo purifica. ¡Nadie, ni tú, me quitarán lo que tanto me ha costado lograr! ¡Verso al fuego!

Grité con todas mis fuerzas cuando vi la mano del enmascarado acercando el papel al fuego. Su mano se detuvo en el aire y preguntó con voz ansiosa:

–¿Quién es? ¿Quién anda ahí?

En ese momento, una ráfaga de aire frío y húmedo, proveniente del túnel a mis espaldas, apagó el candelabro y todo quedó sumido en completa oscuridad. Pero mi terror no tuvo límites cuando un sonido que no era humano plenó la sala, esparció sus ecos por todos los rincones y resonó en mis oídos como un mensaje del más allá, helando mi sangre en la venas. Porque esa risotada era, sin duda, la misma carcajada de Ramos Sucre que tantas veces describieran quienes en vida lo conocieron.

De pronto, las luces eléctricas se encendieron. Había alguien más en la sala. Era Brevikoff.

–¿Qué haces tú aquí? –le pregunté sin salir de mi asombro.

–Lo mismo que tú –me respondió. ¡Mira!

Seguí la dirección de su mirada. La figura enmascarada estaba sentada en un sillón y se movía de manera convulsa, como en un estertor. Brevikoff corrió hacia ella y le quitó la máscara. Bajo la capucha apreció el rostro de mi tío, congelado en un rictus desencajado, con la lengua afuera y los ojos casi salidos de sus cuencas.

–No hay nada que hacer. Está muerto. Debió ser un ataque cardíaco –dijo Brevikoff tomándole el pulso.

La noticia, a decir verdad, no me tomó de sorpresa. Yo había reconocido la voz de mi tío e intuido que, de alguna manera, ese montaje teatral era su última victoria, más bien pírrica, sobre la memoria de Ramos Sucre. Pero, ya que el desenlace se había producido, de todas formas tenía preguntas que hacerle a Brevikoff.

–¿Cómo supiste que estaba aquí?

–Sospeché por tu actitud que estaba pasando algo extraño. Descubrí que alguien había arrancado la última página y me propuse capturarlo. Al fin y al cabo, Libros Raros está bajo mi responsabilidad. Conozco estos pasadizos desde hace tiempo. Datan de la construcción de este edificio. Tuviste mucha suerte de no caer en el maelstrón.

La explicación de Brevikoff parecía creíble y yo no tenía motivos para desconfiar de él. Pero lo que más me inquietaba era otra cosa.

–¿Escuchaste lo mismo que yo? –le pregunté al bibliotecario.

–Sí, aunque llegué después que tú. El discurso de tu tío me pareció muy interesante. Un caso muy claro de envidia intelectual.

–No me refiero a eso. Me refiero a la risotada. ¿La escuchaste tú también?

Por toda respuesta Brevikoff se encogió de hombros. Entendí con su gesto que hay cosas que no tienen explicación y que, por lo tanto, no vale la pena buscarla. Estuve de acuerdo. Me acerqué entonces a Don Plutarco. Tomé sus manos. Estaban aún tibias. Extraje el papel de su derecha.

–Gracias, tío, por todo lo que me enseñaste, aunque aprendí más en estos últimos minutos que en todos los años previos. He decidido seguir mi vocación y dedicarme a la poesía. También te agradezco haberme ayudado a tomar esta decisión. Descansa en paz.

Y le cerré los ojos.

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