jueves, 30 de julio de 2009

El Ruido y La Furia. Por William Faulkner

Siete de abril de 1928

A través de la cerca, entre los huecos de las flores ensortijadas, yo los veía dar golpes. Venían hacia donde estaba la bandera y yo los seguía desde la cerca. Luster estaba buscando entre la hierba junto al árbol de las flores. Sacaban la bandera y daban golpes. Luego volvieron a meter la bandera y se fueron al bancal y uno dio un golpe y otro dio un golpe. Después siguieron y yo fui por la cerca y se pararon y nosotros nos paramos y yo miré a través de la cerca mientras Luster buscaba entre la hierba.
«Eh, caddie». Dio un golpe. Atravesaron el prado. Yo me agarré a la cerca y los vi marcharse.
«Fíjese». dijo Luster. «Con treinta y tres años que tiene y mire cómo se pone. Después de haberme ido hasta el pueblo a comprarle la tarta. Deje de gimplar. Es que no me va a ayudar a buscar los veinticinco centavos para poder ir yo a la función de esta noche».
Daban pocos golpes al otro lado del prado. Yo volví por la cerca hasta donde estaba la bandera. Ondeaba sobre la hierba resplandeciente y sobre los árboles.
«Vamos». dijo Luster. «Ya hemos mirado por ahí. Ya no van a volver. Vamos al arroyo a buscar los veinticinco centavos antes de que los encuentren los negros».
Era roja, ondeaba sobre el prado. Entonces se puso encima un pájaro y se balanceó. Luster tiró. La bandera ondeaba sobre la hierba resplandeciente y sobre los árboles. Me agarré a la cerca.
«Deje de gimplar». dijo Luster. «No puedo obligarlos a venir si no quieren, no. Como no se calle, mi abuela no le va a hacer una fiesta de cumpleaños. Si no se calla, ya será lo que voy a hacer. Me voy a comer la tarta. Y también me voy a comer las velas. Las treinta velas enteras. Vamos, bajaremos al arroyo. Tengo que buscar los veinticinco centavos. A lo mejor nos encontramos una pelota. Mire, ahí están. Allí abajo. Ve». Se acercó a la cerca y extendió el brazo. «Los ve. No van a volver por aquí. Vámonos».
Fuimos por la cerca y llegamos a la verja del jardín, donde estaban nuestras sombras. Sobre la verja mi sombra era más alta que la de Luster. Llegamos a la grieta y pasamos por allí.
«Espere un momento». dijo Luster. «Ya ha vuelto a engancharse en el clavo. Es que no sabe pasar a gatas sin engancharse en el clavo ese».
Caddy me desenganchó y pasamos a gatas. El tío Maury dijo que no nos viera nadie, así que mejor nos agachamos, dijo Caddy. Agáchate, Benjy. Así, ves. Nos agachamos y atravesamos el jardín por donde las flores nos arañaban al rozarlas. El suelo estaba duro. Nos subirnos a la cerca de donde gruñían y resoplaban los cerdos. Creo que están tristes porque hoy han matado a uno, dijo Caddy. El suelo estaba duro, revuelto y enredado.
No te saques las manos de los bolsillos o se te congelarán, dijo Caddy. No querrás tener las manos congeladas en Navidad verdad.
«Hace demasiado frío». dijo Versh. «No irá usted a salir».
«Qué sucede ahora». dijo Madre.
«Que quiere salir». dijo Versh.
«Que salga». dijo el tío Maury.
«Hace demasiado frío». dijo Madre. «Es mejor que se quede dentro. Benjamin. Vamos. Cállate».
«No le sentará mal». dijo el tío Maury.
«Oye, Benjamin». dijo Madre. «Como no te portes bien, te vas a tener que ir a la cocina».
«Mi mamá dice que hoy no vaya a la cocina». dijo Versh. «Dice que tiene mucho que hacer».
«Déjale salir, Caroline». dijo el tío Maury. «Te vas a matar con tantas preocupaciones».
«Ya lo sé». dijo Madre. «Es un castigo. A veces me pregunto si no será que...».
«Ya lo sé, ya lo sé». dijo el tío Maury. «Pero estás muy débil. Te voy a preparar un ponche».
«Me preocuparé todavía más». dijo Madre. «Es que no lo sabes».
«Te encontrarás mejor». dijo el tío Maury. «Abrígalo bien, chico, y sácalo un rato».
El tío Maury se fue. Versh se fue.
«Cállate, por favor». dijo Madre. «Estamos intentando que te saquen lo antes posible. No quiero que te pongas enfermo».
Versh me puso los chanclos y el abrigo y cogimos mi gorra y salimos. El tío Maury estaba guardando la botella en el aparador del comedor.
«Tenlo ahí afuera una media hora, chico». dijo el tío Maury. «Sin pasar de la cerca».
«Sí, señor». dijo Versh. «Nunca le dejamos salir de allí».
Salimos. El sol era frío y brillante.
«Dónde va». dijo Versh. «No creerá que va a ir al pueblo, eh». Pasamos sobre las hojas que crujían.
La portilla estaba fría. «Será mejor que se meta las manos en los bolsillos». dijo Versh, «porque se le van a quedar heladas en la portilla y entonces qué. Por qué no los espera dentro de la casa». Me metió las manos en los bolsillos. Yo oía cómo hacía crujir las hojas. Olía el frío. La portilla estaba fría.
«Tenga unas nueces. Eso es. Súbase al árbol ése. Mire qué ardilla, Benjy».
Yo sentía la portilla, pero olía el frío resplandeciente.
«Será mejor que se meta las manos en los bolsillos».
Caddy iba andando. Luego iba corriendo con la cartera de los libros que oscilaba y se balanceaba sobre su espalda.
«Hola, Benjy». dijo Caddy. Abrió la portilla y entró y se agachó. Caddy olía como las hojas. «Has venido a esperarme». dijo. «Has venido a esperar a Caddy. Por qué has dejado que se le queden las manos tan frías, Versh».
«Le dije que se las metiera en los bolsillos». dijo Versh. «Es por agarrarse a la portilla».
«Has venido a esperar a Caddy». dijo, frotándose las manos. «Qué te pasa. Qué quieres decir a Caddy». Caddy olía como los árboles y como cuando ella dice que estamos dormidos.
Por qué gimpla, dijo Luster. Podrá volver a verlos en cuanto lleguemos al arroyo. Tenga. Una rama de estramonio. Me dio la flor. Cruzamos la cerca, entramos al solar.
«Qué te pasa». dijo Caddy. «Qué es lo que quieres decir a Caddy. Es que le han obligado a salir, Versh».
«No podía hacerle quedarse dentro». dijo Versh. «No paró hasta que lo dejaron salir y vino aquí directamente, a mirar por la portilla».
«Qué te pasa». dijo Caddy. «Es que creías que iha a ser Navidad cuando yo volviese de la escuela. Eso es lo que creías. Navidad es pasado mañana. Santa Claus, Benjy. Santa Claus. Ven. Vamos a echar una carrera hasta casa para entrar en calor». Me cogió de la mano y corrimos sobre las hojas brillantes que crujían. Subimos corriendo los escalones y salimos del frío brillante y entramos en el frío oscuro. El tío Maury estaba metiendo la botella en el aparador. Llamó a Caddy. Caddy dijo,
«Acércalo al fuego, Versh. Vete con Versh». dijo. Enseguida voy yo».
Fuimos al fuego. Madre dijo,
«Tiene frío, Versh».
«No». dijo Versh.
«Quítale el abrigo y los chanclos». dijo Madre. «Cuántas veces tengo que decirte que no lo metas en casa con los chanclos puestos».
«Sí, señora». dijo Versh. «Ahora estése quieto». Me quitó los chanclos y me desabrochó el abrigo. Caddy dijo,
«Espera, Versh. Madre, puede volver a salir. Quiero que venga conmigo».
«Mejor lo dejas aquí». dijo el tío Maury. «Ya ha salido bastante por hoy».
«Creo que los dos deberíais quedaron». dijo Madre. «Por lo que dice Dilsey, cada vez hace más frío».
«Ande, Madre». dijo Caddy.
«Tonterías». dijo el tío Maury. «Lleva todo el día en la escuela. Necesita tomar el aire. Vete, Candace».
«Déjele salir, Madre». dijo Caddy. «Por favor. Sabe que se pondrá a llorar».
«Y por qué has tenido que decirlo delante de él». dijo Madre. «Para qué has entrado. Para darme motivos que me hagan volver a preocuparme. Creo que deberías quedarte aquí dentro jugando con él».
«Que se vayan, Caroline». dijo el tío Maury. «Un poco de frío no les va a sentar mal. Recuerda que tienes que reposar».
«Ya lo sé». dijo Madre. «Nadie puede imaginarse cómo temo las Navidades. No soy una mujer fuerte. Ojalá lo fuera por bien de Jason y de los niños».
«Tan sólo tienes que limitarte a hacer lo que puedas y no te agobies». dijo el tío Maury. «Vamos, marcharos. Pero no os quedéis ahí fuera mucho tiempo. Se preocuparía vuestra madre».
«Sí, señor». dijo Caddy. «Ven, Benjy. Vamos a volver a salir». Me abrochó el abrigo y fuimos hacia la puerta.
«Es que vas a sacar al niño sin los chanclos». dijo Madre. «Quieres que se ponga malo con la casa llena de gente».
«Se me han olvidado». dijo Caddy. «Creía que los tenía puestos».
Volvimos. «Para qué tienes la cabeza». dijo Madre. Ahora estése quieto dijo Versh. Me puso los chanclos. «Un día faltaré yo y tú tendrás que pensar por él». Empuje dijo Versh. «Ven a dar un beso a tu madre, Benjamin».
Caddy me llevó al sillón de Madre y Madre cogió mi cara entre sus manos y luego me apretó contra ella.
«Mi pobrecito niño». dijo. Me soltó. «Cuidad bien de él Versh y tú, cariño».
«Sí, señora». dijo Caddy. Salimos. Caddy dijo. «No hace falta que vengas, Versh. Yo me ocuparé de él un rato».
«Bueno». dijo Versh. «Para qué voy a salir sin motivo con este frío». El siguió andando y nosotros nos detuvimos en el vestíbulo y Caddy se arrodilló y me rodeó con los brazos y su cara fría y brillante contra la mía. Olía como los árboles.
«No eres ningún pobrecito. A que no. Tienes a Caddy. A que tienes a tu Caddy».
Es que no puede dejar de gimplar y de babear, lijo Luster. No le da vergüenza, armar este follón. Pasamos al lado de la cochera, donde estaba el birlocho. Tenía una rueda nueva.

«Ahora entre y estése quieto hasta que venga su mamá». dijo Dilsey. Me empujó para subirme al birlocho. T.P. sujetaba las riendas. «No sé por qué Jason no compra otro coche». dijo Dilsey. «Porque éste se va a hacer añicos el día menos pensado. Mire qué ruedas».
Madre salió, bajándose el velo. Llevaba unas flores.
«Dónde está Roskus». dijo.
«Hoy Roskus no se puede tener de pie». dijo Dilsey. «T.P. conducirá».
«No me fío». dijo Madre. «Me parece que no es mucho pedir que uno de vosotros me sirva de cochero una vez por semana, por Dios».
«Usted sabe tan bien como yo que Roskus tiene un reúma que no le deja hacer más de lo que hace, señorita Caroline». dijo Dilsey. «Vamos, suba, que T.P. puede llevarla igual que Roskus».
«No me fío». dijo Madre. «Y con el niño».
Dilsey subió los escalones. «Dice que esto es un niño», dijo. Tomó a Madre del brazo. «Es un hombre tan grande como T.P. Vamos, si es que se decide a ir».
«No me fío». dijo Madre. Bajaron por la escalera y Dilsey ayudó a Madre a subir. «Quizás sería lo mejor para todos». dijo Madre.
«No le da vergüenza decir esas cosas». dijo Dilsey. «Es que no sabe que un negro de dieciocho años no puede hacer correr a Queenie. Es más vieja que él y Benjy juntos. Y no te pongas a hacer tonterías con Queenie, me oyes T.P.. Como a la señorita Caroline no la guste como conduces te las verás con Roskus. Porque de eso sí que podrá ocuparse».
«Sí, señora». dijo T.P.
«Sé que algo va a pasar». dijo Madre. «Ya está bien, Benjamin».
«Déle una flor». dijo Dilsey, «que eso es lo que quiere». Metió la mano.
«No, no». dijo Madre. «Que desharás el ramo».
«Sujételas». dijo Dilsey. «Que le voy a sacar una». Me dio una flor y su mano se fue.
«Vamos ya, antes de que Quentin los vea y también quiera ir». dijo Dilsey.
«Dónde está». dijo Madre.
«Está en la casa jugando con Luster». dijo Dilsey. «Vamos T.P. y lleva el coche como te ha dicho Roskus».
«Sí, señora». dijo T.P. «Arre, Queenie». «Quentin». dijo Madre. «No la dejes». «Claro que no». dijo Dilsey.
El birlocho saltaba y crujía por el sendero. «Me da miedo marcharme y dejar a Quentin». dijo Madre. «Creo que es mejor que no vaya. T.P.» Salimos por la portilla, donde dejó de saltar. T.P. pegó a Queenie con el látigo.
«Eh, T.P.». dijo Madre.
«Ya la tengo en marcha». dijo T.P. «No la dejaré dormirse hasta que volvamos al establo».
«Da la vuelta». dijo Madre. «Me da miedo irme dejando a Quentin».
«Aquí no puedo dar la vuelta». dijo T.P. Luego era más ancho.
«Puedes dar aquí la vuelta». dijo Madre. «Está bien», dijo T.P. Empezamos a dar la vuelta.
«Cuidado, T.P.». dijo Madre sujetándome. «De alguna forma tengo que dar la vuelta». dijo T.P. «So, Queenie». Nos detuvimos.
«Nos vas a hacer volcar». dijo Madre. «Qué quiere que haga si no». dijo T.P.
«Me da miedo que intentes dar la vuelta». Dijo Madre.
«Andando Queenie», dijo T.P. Seguimos.

«Yo sé que acabará pasándole algo a Quentin por culpa de Dilsey mientras estemos fuera». dijo Madre. «Tenemos que darnos prisa en volver».
«Arre, Queenie». dijo T.P. Pegó a Queenie con el látigo.
«Cuidado, T.P.». dijo Madre, sujetándome. Yo oía los cascos de Queenie y las figuras brillantes pasaban suaves y constantes por los dos lados, y sus sombras resbalaban sobre el lomo de Queenie. Pasaban como la parte de arriba de las ruedas, brillando. Entonces las de un lado se detuvieron junto al poste blanco y alto donde estaba el soldado. Pero por el otro lado continuaron suaves y constantes, pero un poco más lentas.
«Qué quieres». dijo Jason. Tenía las manos en los bolsillos y un lápiz detrás de la oreja.
«Vamos al cementerio». dijo Madre.
«Bueno», dijo Jason. «Yo no tengo intención de retrasaros, eh. Es eso todo lo que quieres de mí, sólo decírmelo».
«Ya sé que no vas a venir», dijo Madre. «Me encontraría más segura si lo hicieras».
«Por qué». dijo Jason. «Ni Padre ni Quentin van a hacerte nada».
Madre se metió el pañuelo por debajo del velo. «Cállate, Madre». dijo Jason. «O es que quieres que ese maldito idiota se ponga a berrear en mitad de la plaza. Adelante, T.P.».
«Arre, Queenie». dijo T.P.
«Es un castigo de Dios». dijo Madre. «Pero yo también me iré pronto».
«Vamos». dijo Jason.
«So». dijo T.P. Jason dijo,
«El tío Maury ha cargado cincuenta en tu cuenta. Qué quieres hacer al respecto».
«Para qué me preguntas a mí». dijo Madre. «Yo no importo. Intento no preocuparos ni a ti ni a Dilsey. Pronto me habré ido, y entonces tú».
«Adelante, T.P.». dijo Jason.
«Arre, Queenie». dijo T.P. Las figuras volaban. Las del otro lado empezaron otra vez, brillantes, rápidas y suaves, como cuando Caddy dice que vamos a dormirnos.
Llorón, dijo Luster. No le da vergüenza. Atravesamos el establo. Los pesebres estaban abiertos. Ya no tiene un caballo pinto para montar, dijo Luster. El suelo estaba seco y polvoriento. El tejado se estaba cayendo. Los orificios inclinados estaban todos llenos de remolinos amarillos. Por qué quiere ir por ahí. Quiere que le partan la cabeza con una pelota de esas.
«No saques las manos de los bolsillos». dijo Caddy, «O se te congelarán. No querrás tener las manos congeladas en Navidad, verdad».
Dimos la vuelta al establo. La vaca grande y la pequeña estaban en la puerta y oíamos a Prince, Queenie y Fancy pateando dentro del establo. «Si no hiciera tanto frío montaríamos a Francy». Dijo Caddy, «Pero hoy hace demasiado frío para cabalgar». Luego vimos el arroyo, donde volaba el humo. «Allí están matando el cerdo». dijo Caddy. «Podemos ir a verlo». Bajamos por la colina.
«Quieres llevar la carta». dijo Caddy. «Pues hazlo». Se sacó la carta del bolsillo y la metió en el mío. «Es un regalo de Navidad». dijo Caddy. «El tío Maury va a dar una sorpresa a la señora Patterson. Tenemos que dársela sin que nadie lo vea. Mete bien las manos en los bolsillos». Llegamos al arroyo.
«Está helado». dijo Caddy. «Mira». Rompió la parte de arriba del agua y me puso un trozo sobre la cara. «Hielo. Fíjate lo frío que está». Me ayudó a cruzar y subimos por la colina. «Ni siquiera podemos decírselo a Padre y a Madre. Sabes qué creo que es. Creo que es una sorpresa para Padre, para Madre y para el señor Patterson, porque el señor Patterson te mandó caramelos. Te acuerdas de que el señor Patterson te mandó caramelos el verano pasado».
Había una cerca. La hierba estaba seca y el viento la hacía crujir.

«Lo que no entiendo es por qué el tío Maury no mandó a Versh». dijo Caddy. «Versh no diría nada». La señora Patterson estaba mirando por la ven¬tana. «Espera aquí». dijo Caddy. «Ahora espérame aquí. Enseguida vuelvo. Dame la carta». Sacó la carta (le mi bolsillo. «No te saques las manos de los bolsillos». Saltó la cerca con la carta en la mano y atravesó las flores secas y crujientes. La señora Patterson vino a la puerta y la abrió y se quedó allí.

El señor Patterson estaba cortando las flores verdes. Dejó de cortar y me miró. La señora Patterson cruzó el jardín corriendo. Cuando vi sus ojos empecé a llorar. Imbécil, dijo la señora Patterson, le he dicho que no vuelva a enviarte a ti solo. Dámela enseguida. El señor Patterson vino deprisa, con la azada. La señora Patterson se inclinó sobre la cerca, con la mano extendida. Ella intentaba saltar la cerca. Dámela, dijo dámela. El señor Patterson saltó la cerca. Cogió la carta. La señora Patterson se enganchó el vestido en la cerca. Volví a ver sus ojos y corrí colina abajo.
«Por allí sólo hay casas». dijo Luster. «Vamos a bajar al arroyo».
Estaban lavando en el arroyo. Una de ellas estaba cantando.
Yo olía la ropa ondulante y el humo que volaba atravesando el arroyo.
«Quédese aquí». dijo Luster. «Ahí no tiene nada que hacer. Además, esa gente le querrá pegar». «Qué quiere ése».
«No sabe lo que quiere». dijo Luster. «Cree que quiere ir allí arriba donde están jugando con la pelota. Siéntese aquí a jugar con su ramita de estramonio. Mire cómo juegan los niños en el arroyo, si quiere entretenerse con algo. Por qué no podrá portarse como las personas». Me senté en la orilla, donde estaban lavando y volaba el humo azul.
«Habéis visto veinticinco centavos por aquí». dijo Luster.
«Qué veinticinco centavos».
«Los que tenía aquí dentro esta mañana». dijo Luster. «Los he perdido en alguna parte. Se me cayeron por este agujero del bolsillo. Si no los encuentro, esta noche me quedo sin ir a la función».
«De dónde has sacado veinticinco centavos, chico. De los bolsillos de los blancos cuando estaban distraídos».
«Los saqué de donde los tenía que sacar». dijo Luster. «Y todavía hay más en donde estaban. Pero tengo que encontrarlos. Os los habéis encontrado».
«No me interesan tus veinticinco. Yo me ocupo de mis cosas».
«Ande, venga», dijo Luster. «Ayúdeme a buscarlos».
«Ese no distinguiría una moneda de veinticinco ni aunque la viera, verdad».
«Pero sí que puede ayudarme a buscarla». dijo Luster. «Vais a ir todos a la función esta noche».
«No me hables de la función. Cuando acabe con este balde estaré tan cansada que ni voy a poder moverme».
«Ya verás como acabas yendo». dijo Luster. «Seguro que estuviste anoche. Me juego algo a que todos estaréis allí para cuando abran la carpa».
«Ya habrá suficientes negros sin que esté yo. Como anoche».
«Pues el dinero de los negros vale tanto como el de los blancos».

«Los blancos dan dinero a los negros porque como los que vienen a tocar son blancos, vuelven a dejarlos el dinero y así los negros tienen que seguir trabajando para ganar más».
«Pero es que no vas a ir a la función». «Por ahora no. Tengo que pensármelo». «Qué tienes contra los blancos».
«No tengo nada en contra. Yo voy a lo mío y que los blancos vayan a lo suyo. No me interesa esa función».
«Pues hay uno que toca una canción con un serrucho. Lo toca como si fuera un banjo».
«Tú fuiste anoche». dijo Luster. «Y yo voy esta noche. Si encuentro la moneda».
«Supongo que tendrás que llevarte a ése». «Quién, yo». dijo Luster. «Es que te crees que lo voy a llevar para que se ponga a berrear». «Qué haces cuando empieza a berrear».
«Le sacudo». dijo Luster. Se sentó y se arremangó los pantalones del mono. Ellos jugaban en el arroyo.
«Habéis encontrado alguna pelota». dijo Lus
«No te hagas el chulo. A que no te gustaría que tu abuela te oyese decir esas cosas».
Luster se metió en el arroyo por donde estaban jugando. Se puso a buscar dentro del agua, junto a la orilla.
«Los tenía esta mañana cuando andábamos por aquí». dijo Luster.
«Por dónde se te han caído».
«Por este agujero del bolsillo». dijo Luster. Buscaban dentro del arroyo. Entonces todos se pusieron de pie y se pararon, luego se salpicaban y se peleaban dentro del arroyo. Luster la cogió y se agazaparon en el agua, mirando hacia la colina por entre los arbustos.
«Dónde están». dijo Luster.
«Todavía no se los ve».
Luster se la metió en el bolsillo. Ellos bajaron por la colina.
«Habéis visto una pelota por aquí».
«Se habrá caído al agua. No la habéis visto ni oído pasar, chicos».
«No he oído nada por aquí». dijo Luster. «Pero algo ha pegado contra aquel árbol de allí. No sé por dónde ha caído».
Miraron dentro del arroyo.
«Demonios. Mira por el arroyo. Venía hacia aquí. Yo la vi».
Miraron por el arroyo. Luego se volvieron por la colina.
«Tú has cogido la pelota». dijo el chico. «Para qué la iba a querer yo». dijo Luster. «No he visto ninguna pelota».
El chico se metió en el agua. Siguió. Se volvió a mirar a Luster. Siguió río abajo.
El hombre dijo «Caddie» sobre la colina. El chico salió del agua y se fue por la colina.
«Pero, bueno», dijo Luster. «Cállese». «Por qué se pone a gimplar ahora».
«Y yo qué sé». dijo Luster. «Porque le da por ahí. Lleva así toda la mañana. Supongo que porque es su cumpleaños».
«Cuántos cumple».
«Treinta y tres». dijo Luster. «Treinta y tres hace esta mañana».
«O sea que hace treinta años que cumplió tres».

«Eso dice mi abuela». dijo Luster. «Yo no lo sé. Pero vamos a poner treinta y tres velas en la tarta. Es pequeña. No van a caber. Cállese. Venga aquí». Vino y me cogió del brazo. «Imbécil». dijo. «Quiere que le sacuda».
«Como que le vas a pegar».
«Pues no será la primera vez. Cállese». dijo Luster. «Es que no le he dicho que no puede subir allí arriba. Le abrirán la cabeza de un pelotazo. Venga aquí». Tiró de mí. «Siéntese». Me senté y él me quitó los zapatos y me arremangó los pantalones. «Ahora se mete en el agua y se pone a jugar y deja de gimplar y de echar babas».
Yo me callé y me metí en el agua y vino Roskus y dijo que fuéramos a cenar y Caddy dijo,
Todavía no es hora de cenar. Yo no voy.
Se había mojado. Estábamos jugando en el arroyo y Caddy se agachó y se mojó el vestido y Versh dijo,
«Su madre la va a zurrar por mojarse el vestido».
«Y tú qué sabes». dijo Quentin.
«Porque lo sé». dijo Caddy. «A ti qué te importa».
«Pues dijo que lo haría». dijo Quentin. «Además soy mayor que tú».
«Tengo siete años». dijo Caddy. «Sé lo que hago».
«Yo soy más mayor». dijo Quentin. «Ya voy a la escuela. Verdad, Versh».
«Usted sabe que la pegan cuando se moja el vestido». dijo Versh.
«No está mojado». dijo Caddy. Se puso de pie dentro del agua y se miró el vestido. «Me lo voy a quitar». dijo. «Para que se seque.
«A que no». dijo Quentin.
«A que sí». dijo Caddy.
«Mejor no lo hagas». dijo Quentin.
Caddy se acercó a mí y a Versh y se volvió. «Desabróchamelo, Versh». dijo.
«No lo hagas, Versh». dijo Quentin.
«No tengo nada que ver con su vestido». Dijo Versh.
«Desabróchamelo, Versh». dijo Caddy. «O le digo a Dilsey lo que hiciste ayer». Así que Versh se lo desabrochó.
«Como te quites el vestido». dijo Quentin. Caddy se quitó el vestido y lo tiró sobre la orilla. Entonces se quedó solamente con el corpiño y los pantalones y Quentin le dio una bofetada y ella se resbaló y se cayó al agua. Cuando se levantó, empezó a echar agua a Quentin y Quentin echaba agua a Caddy. A Versh y a mí nos salpicaron un poco y Versh me cogió y me puso sobre la orilla. Dijo que se iba a chivar de Quentin y de Caddy y entonces Quentin y Caddy empezaron a salpicar a Versh. Se metió detrás de un arbusto.
«Voy a chivarme a mi mamá de todos ustedes». dijo Versh.
Quentin subió a la orilla y quiso atrapar a Versh, pero Versh se escapó y Quentin no pudo. Cuando Quentin se dio la vuelta, Versh se paró y dijo gritando que se iba a chivar. Caddy le dijo que si no se chivaba, le dejarían volver. Así que Versh dijo que no lo haría y ellos le dejaron.
«Supongo que ahora estarás contenta». dijo Quentin, «nos pegarán a los dos».
«No me importa». dijo Caddy. «Me voy a escapar».
«Ya». dijo Quentin.
«Me escaparé y no volveré nunca». dijo Caddy. Yo empecé a llorar. Caddy se volvió y dijo «Cállate». Así que me callé. Luego jugaron en el arroyo. Jason también estaba jugando. Estaba él solo un poco más abajo. Versh vino por el otro lado del arbusto y me volvió a dejar en el agua. Caddy estaba toda mojada v llena de barro por detrás y yo me puse a llorar y ella vino y se agachó en el agua. «Cállate». dijo. «No me voy a escapar». Así que me callé. Caddy olía como los árboles cuando llueve.
Qué le pasa, dijo Luster. Es que no puede dejar de llorar y jugar con el agua como los demás.
Por qué no te lo llevas a la casa. Es que no te han dicho que no lo saques de allí.
Todavía se cree que el prado es de ellos, dijo Luster. De todas formas esto no se ve desde la casa.
Pero nosotros sí que lo vemos. Y a la gente no le gusta tener delante a un tonto. Trae mala suerte.
Vino Roskus y dijo que fuéramos a cenar y Caddy dijo que todavía era pronto.
«Sí». dijo Roskus. «Pero Dilsey dice que vayan todos a la casa. Tráelos, Versh». Subió por la colina por donde estaba mugiendo la vaca.
«A lo mejor ya estamos secos cuando lleguemos a casa». dijo Quentin.
«Tú has tenido la culpa». dijo Caddy. «Ojalá nos peguen». Se puso el vestido y Versh se lo abrochó.
«No se darán cuenta de que se han mojado». dijo Versh. «No se les nota. Como no nos chivemos yo y Jason».
«Te vas a chivar, Jason». dijo Caddy.
«De qué». dijo Jason.
«No se chivará». dijo Quentin. «Verdad, Jason».
«Seguro que sí». dijo Caddy. «Se lo contará a la abuelita».
«No puede». dijo Quentin. «Está mala. Si vamos despacio, no se darán cuenta porque estará muy oscuro».
«No me importa si se dan cuenta o no». dijo Caddy. «Se lo voy a decir yo misma. Cógelo en brazos para subir la colina, Versh».
«Jason no se chivará». dijo Quentin. «Acuérdate del arco y las flechas que te he hecho, Jason». «Se me han roto». dijo Jason.
«Que se chive». dijo Caddy. «Me importa un rábano. Coge a Maury, Versh». Versh se agachó y yo me subí a su espalda.
Nos veremos en el teatro esta noche, dijo Luster. Vamos. Tenemos que encontrar la moneda.
«Si vamos despacio, ya será de noche cuando lleguemos». dijo Quentin.
«Yo no pienso ir despacio». dijo Caddy. Subimos por la colina, pero Quentin no vino. Estaba junto al arroyo cuando llegamos a donde se olían los cerdos. Gruñían y olisqueaban junto al abrevadero del rincón. Jason venía detrás de nosotros con las manos en los bolsillos. Roskus estaba ordeñando a la vaca en la puerta del establo.
Las vacas salieron corriendo del establo.
«Siga». dijo T.P. «Vuelva a gritar. Yo voy gritar también. Yuhu». Quentin volvió a dar una patada a T.P. Lo tiró dentro del abrevadero donde comían los cerdos y T.P. se quedó allí metido. «Vaya suerte». dijo T.P. «Es que no me había pegado ya. Usted ha visto cómo me pegó ese blanco. Yuhu».
Yo no lloraba, pero no me podía parar. Yo no lloraba, pero el suelo no se estaba quieto y luego lloré. El suelo no dejaba de subir y las vacas corrían colina arriba. T.P. intentó levantarse. Volvió a caerse y las vacas bajaron corriendo por la colina. Quentin me cogió del brazo y fuimos hacia el establo. Entonces el establo no estaba allí y tuvimos que esperar a que volviera. No lo vi llegar. Vino por detrás de nosotros y Quentin me sentó en la artesa donde comían las vacas. Me agarré. Aquello también se marchaba y me agarré. Las vacas volvieron a bajar corriendo por la colina después de atravesar la puerta. Yo no me podía parar. Quentin y T.P. subían peleándose por la colina. T.P. rodaba colina abajo y Quentin lo arrastraba hacia arriba. Quentin golpeó a T.P. Yo no me podía parar.
«Ponte de pie». dijo Quentin. «Quédate aquí. No te vayas hasta que yo vuelva».
«Yo y Benjy nos volvemos a la boda». dijo T.P. «Yuhu».
Quentin volvió a golpear a T.P. Luego empezó a empujarle contra la pared. T.P. se reía. Cada vez que Quentin lo empujaba contra la pared él intentaba decir Yuhu, pero no podía decirlo con la risa. Yo dejé de llorar pero no me podía parar. T.P. se me cayó encima y la puerta del establo desapareció. Bajó por la colina y T.P. seguía forcejeando solo y volvió a caerse. Seguía riéndose pero yo no me podía parar y yo intenté levantarme y me caí y no me podía parar. Versh dijo.
«La ha hecho buena. Vaya que sí. Deje de gritar».
T.P. todavía estaba riéndose. Se dejó caer contra la puerta y se reía.
«Yuhu». dijo. «Yo y Benjy nos volvemos a la boda. Zarzaparrilla». dijo T.P.
«Cállate». dijo Versh. «De dónde la has sacado».
«Del sótano». dijo T.P. «Yuhu».
«Cállate». dijo Versh. «De qué sitio del sótano».
«Está todo lleno». dijo T.P. Se rió un poco más. «Quedan más de cien botellas. Más de un millón. Cuidado, negro, que voy a gritar».
Quentin dijo, «Levántalo».
Verhs me levantó.
«Bébete esto, Benjy». dijo Quentin. El vaso quemaba. «Cállate ahora». dijo Quentin. «Bébetelo».
«Zarzaparrilla». dijo T.P. «Déjeme echar un trago, señor Quentin».
«Cierra el pico». dijo Versh. «Ya te dará a ti el señor Quentin».
«Sujétalo, Versh». dijo Quentin.
Ellos me sujetaron. Yo tenía la barbilla y la camisa calientes. «Bebe». dijo Quentin. Me sujetaron la cabeza. Sentí calor por dentro y volví a empezar. Ahora yo estaba llorando y me estaba pasando algo por dentro y lloré más y me sujetaron hasta que dejó de pasarme. Entonces me callé. Todavía daba vueltas y empezaron las figuras. «Abre el pesebre, Versh». Iban despacio. «Extiende esos sacos vacíos en el suelo». Ellas iban más deprisa, casi demasiado. «Eso es. Cógelo por los pies». Ellas siguieron, suaves y brillantes. Yo oía reírse a T.P. Las seguí colina arriba.
En lo alto de la colina, Versh me bajó. «Venga aquí, Quentin», gritó él, mirando hacia atrás. Quentin todavía estaba de pie junto al arroyo. Se perdía entre las sombras por donde estaba el arroyo.
«Pues que se quede ahí, el muy burro». dijo Caddy. Me cogió de la mano y pasamos frente al establo y atravesamos la portilla. Había una rana agazapada en medio del sendero de ladrillos. Caddy pasó sobre ella de un salto y tiró de mí.
«Vamos, Maury». dijo. Se quedó agazapada hasta que Jason le dio con el dedo del pie.
«Le saldrá una verruga». dijo Versh. La rana se alejó saltando.
«Vamos, Maury». dijo Caddy.
«Tienen visita esta noche». dijo Versh. «Tú qué sabes». dijo Caddy.
«Seguro que son visitas». dijo Versh. «Mejor entran por la parte de atrás y suben sin que los vean».
«No me importa». dijo Caddy. «Pienso entrar en el salón, donde están todos».
«Pues su papá la pegará como haga eso». dijo Versh.
«No me importa». dijo Caddy. «Voy a entrar al salón. Voy a entrar a cenar en el comedor». «Y dónde va a sentarse». dijo Versh.

«En la silla de la abuela». dijo Caddy. «Ella cena en la cama».
«Tengo hambre». dijo Jason. Nos adelantó y corrió por el sendero. Llevaba las manos en los bolsillos y se cayó. Versh fue a levantarlo.
«Si lleva las manos en los bolsillos, no pierda el equilibrio». dijo Versh. «No le dará tiempo a sacárselas para agarrarse, con lo gordo que está».
Padre estaba de pie junto a la escalera de la cocina.
«Dónde está Quentin», dijo.
«Viene por el camino». dijo Versh. Quentin venía despacio. Su camisa era una mancha blanca.
«Ah». dijo Padre. La luz descendía sobre las escaleras y sobre él.
«Caddy y Quentin se han estado echando agua». dijo Jason.
Esperamos.
«Ah, sí». dijo Padre. Quentin llegó y Padre dijo, «Esta noche vais a cenar en la cocina». Se paró y me cogió en brazos y la luz descendió por las escaleras también hasta mí y yo veía a Caddy y a Jason y a Quentin y a Versh más abajo. Padre se volvió hacia la escalera.
«Pero tenéis que estar sin hacer ruido». dijo. «Por qué no podemos hacer ruido, Padre». dijo Caddy. «Es que hay visita».
«Sí». dijo Padre.
«Ya la he dicho que había visita». dijo Versh. «Tú no has dicho nada». dijo Caddy. «Soy yo quien lo ha dicho. Lo he dicho yo».
«Silencio». dijo Padre. Se callaron y Padre abrió la puerta y cruzamos el porche trasero y entramos en la cocina. Allí estaba Dilsey y Padre me dejó en la silla y bajó el batiente y la acercó a la mesa, donde estaba la cena. Echaba humo.
«Obedeced a Dilsey». dijo Padre. «No les dejes hacer ruido, Dilsey».
«Sí, señor». dijo Dilsey. Padre se marchó. «No olvidéis que debéis obedecer a Dilsey». dijo detrás de nosotros.
Acerqué la cara hacia la cena. El humo me dio en la cara.
«Que me obedezcan a mí esta noche, Padre». dijo Caddy.
«Yo no». dijo Jason. «Yo obedeceré a Dilsey».
«Tendrás que hacerlo si lo dice Padre». dijo Caddy. «Que me obedezcan a mí, Padre».
«Yo no». dijo Jason. «Yo no te obedeceré».
«Callaros». dijo Padre. «Obedeced a Caddy. Cuando acaben, súbelos por la escalera de atrás, Dilsey».
«Sí, señor». dijo Dilsey.
«Ves». dijo Caddy. «Supongo que ahora me obedecerás».
«Cállense todos». dijo Dilsey. «Esta noche tienen que portarse bien».
«Por qué tenemos que portarnos bien esta noche». susurró Caddy.
«Eso no le importa». dijo Dilsey. «Lo sabrá cuando Dios disponga».
Me trajo el plato. El humo vino y me hizo cosquillas en la cara.
«Ven, Versh». dijo Dilsey.
«Y cuándo dispone Dios, Dilsey». dijo Caddy. «Los domingos». dijo Quentin. «Es que no lo sabes».
«Shhhhhh». dijo Dilsey. «No han oído decir al señor Jason que se estén callados. Tómense la cena. Ven, Versh. Coge su cuchara». La mano de Versh llegó con la cuchara y la metió en el plato. La cuchara subió hasta mi boca. El vapor me hizo cosquillas en la boca. Luego dejamos de comer y nos miramos unos otros y estuvimos callados y luego lo volvimos a oír v yo empecé a llorar.

«Qué es eso». dijo Caddy. Puso su mano sobre mi mano.
«Era Madre». dijo Quentin. La cuchara vino y yo comí, luego volví a llorar.
«Cállate». dijo Caddy. Pero yo no me callé v ella vino y me rodeó con los brazos. Dilsey fue a errar las dos puertas y entonces no lo podíamos oír.
«Cállate». dijo Caddy. Me callé y comí. Quentin no comía pero Jason sí.
«Era Madre». dijo Quentin. Se levantó.
«Siéntese inmediatamente». dijo Dilsey. «Hay visita y usted tiene la ropa llena de barro. Siéntese también usted, Caddy, y acabe de comer».
«Estaba llorando». dijo Quentin.
«Era alguien que estaba cantando». dijo Caddy. «Verdad, Dilsey».
«Tómense todos la cena, como dijo el señor Jason». dijo Dilsey. «Lo sabrán cuando Dios disponga». Caddy volvió a su silla.
«Ya os he dicho que es una fiesta». dijo. Versh dijo, «Ya se ha comido todo». «Tráeme su plato». dijo Dilsey. El plato se fue.
«Dilsey». dijo Caddy. «Quentin no se está tomando la cena. Es que no me va a obedecer».
«Tómese la cena, Quentin». dijo Dilsey. «Acaben y salgan de mi cocina».
«No quiero más». dijo Quentin.
«Te lo tienes que comer si te lo mando yo». dijo Caddy. «Verdad, Dilsey».
El plato me echaba humo a la cara y la mano de Versh metió la cuchara y el humo me hizo cosquillas en la boca.
«No quiero más». dijo Quentin. «Cómo van a dar una fiesta si la abuela está mala».
«En el piso de abajo». dijo Caddy. «Ella puede asomarse al rellano a mirar. Es lo que pienso hacer yo en cuanto me ponga el camisón».
«Madre estaba llorando». dijo Quentin. «A que estaba llorando, Dilsey».
«No me dé la lata, niño». dijo Dilsey. «Tengo que preparar la cena para toda esa gente en cuanto ustedes acaben la suya».
Un rato después hasta Jason había acabado de cenar y empezó a llorar.
«Ahora le toca a usted». dijo Dilsey.
«Llora todas las noches desde que la abuela se puso mala y no puede dormir con ella». dijo Caddy. «Llorica».
«Me voy a chivar de ti». dijo Jason.
Estaba llorando. «Ya te has chivado». dijo Caddy. «Ya no puedes chivarte de nada».
«Lo que necesitan es irse a la cama». dijo Dilsey. Vino y me bajó y me limpió la cara y las manos con un paño húmedo. «A ver si puedes subirlos por la escalera de atrás sin hacer ruido, Versh. Usted, Jason, deje de llorar».
«Es demasiado temprano para meternos en la cama». dijo Caddy. «Nunca nos acostamos tan pronto».
«Esta noche, sí». dijo Dilsey. «Su papá dijo que subieran inmediatamente después de que acabasen de cenar. Ya lo han oído».
«Ha dicho que hay que hacer lo que yo diga». dijo Caddy.
«Yo no voy a hacer lo que tú digas». dijo Jason.
«Pues tienes que hacerlo». dijo Caddy. «Vamos. Tenéis que hacer lo que yo diga».
«Que se callen, Versh». dijo Dilsey. «Van a portarse bien, verdad».
«Por qué tenemos que estar tan callados esta noche». dijo Caddy.

«Su mamá no se encuentra bien». dijo Dilsey. .Ahora vayan todos con Versh».
«Ya os dije que Madre estaba llorando». dijo Quentin. Versh me cogió en brazos y abrió la puerta trasera del porche. Salimos y Versh cerró y la puerta se puso negra. Yo olía a Versh y lo sentía. «Ahora quedaros callados. Todavía no vamos a subir. El señor Jason dijo que subierais enseguida. Dijo que me obedecierais. Yo no te voy a obedecer a ti. Dijo que a mí. Verdad, Quentin». Yo sentía la cabeza de Versh. Yo nos oía. «Verdad, Versh. Sí, claro. Y yo digo que vamos a salir un rato. Vamos». Versh abrió la puerta y salimos.
Bajamos los escalones.
«Creo que será mejor que bajemos a casa de Versh para no hacer ruido». dijo Caddy. Versh me puso en el suelo y Caddy me cogió de la mano y descendimos por el sendero de ladrillos.
«Vamos». dijo Caddy. «Ya no está la rana. Se habrá ido dando saltos y ya estará en el jardín. A lo mejor encontramos otra». Roskus vino con los cubos de la leche. Siguió. Quentin no venía con nosotros. Estaba sentado en la escalera de la cocina. Bajamos a casa de Versh. Me gustaba el olor de la casa de Versh. El fuego estaba encendido y T.P. estaba agachado en camisa, atizándolo.
Entonces me levanté y T.P. me vistió y fuimos a la cocina y comimos. Dilsey estaba cantando y yo empecé a llorar y ella se paró.
«No dejes que se acerque a la casa». dijo Dilsey.
«No podemos ir por ahí». dijo T.P.
Jugamos en el arroyo.
«No podemos ir por allí». dijo T.P. «Es que no sabe que mi mamá ha dicho que no».
Dilsey estaba cantando en la cocina y yo empecé a llorar.
«Cállese». dijo T.P. «Vamos. Bajaremos hasta el establo».
Roskus estaba ordeñando en el establo. Estaba ordeñando con una mano y se quejaba. Algunos pájaros estaban sentados en la puerta del establo y le miraban. Uno de ellos vino y se puso a comer con las vacas. Me puse a mirar cómo ordeñaba Roskus mientras que T.P echaba de comer a Queenie y a Prince. La ternera estaba en la pocilga. Se frotaba el morro contra la alambrada y mugía.
«T.P.». dijo Roskus. T.P. dijo Señor, desde cl establo. Fancy tenía la cabeza asomada por encima de la portilla, porque T.P. todavía no la había echado de comer. «Acaba con eso». dijo Roskus. «Tienes que ordeñar. Ya ni puedo mover la mano derecha».
T.P. vino y se puso a ordeñar.
«Por qué no llama al médico». dijo T.P.
«El médico no sirve para nada». dijo Roskus. «Aquí, no».
«Por qué aquí no». dijo T.P.
«Aquí hay mucha mala suerte». dijo Roskus. «Si has acabado, mete a la ternera».
Aquí hay mucha mala suerte, dijo Roskus. El fuego se elevó y bajó por detrás de él y de Versh, deslizándose sobre su cara y sobre la cara de Versh. Dilsey acabó de meterme en la cama. La cama olía como T.P. Me gustaba.
«Y qué sabrás tú». dijo Dilsey. «Qué te ha dado».
«No me ha dado nada». dijo Roskus. «Acaso no hay una prueba tumbada en esa cama. Es que aquí no ha habido pruebas de ello durante quince años».
«Supongo que sí». dijo Dilsey. «Pero ni a ti ni a los tuyos os ha hecho ningún daño, no. Con Versh trabajando y con Frony casada y sin depender de ti y con T.P. creciendo tanto como para sustituirte cuando el reúma acabe contigo».

«Es que por ahora, ya van dos». dijo Roskus. «Y va a haber uno más. Yo ya he visto una señal y tú también».
«Anoche oí ulular una lechuza». dijo T.P. «Y Dan no quería venir a comer. No pasaba del establo. Empezó a aullar nada más oscurecer. Versh le oyó».
«Con que va a haber más de uno». dijo Dilsey. «Alabado sea Dios, acaso no tenemos todos que morirnos».
«Morirse no es lo único». dijo Roskus.
«Sé lo que estás pensando». dijo Dilsey. «Y pronunciar ese nombre sí que no te va a dar buena suerte, a no ser que quieras estarte con él cuando se ponga a llorar».
«Aquí no hay buena suerte». dijo Roskus. «Me di cuenta enseguida pero cuando lo cambiaron de nombre lo di por seguro».
«Cierra esa boca». dijo Dilsey. Tiró de las sábanas. Olían como T.P.
«Ahora callaros todos hasta que se quede dormido».
«Yo he visto una señal». dijo Roskus. «Como no sea señal de que T.P. te va a hacer todo el trabajo». dijo Dilsey.
Llévate a él y a Quentin a la casa y ponlos a jugar con Luster cerca de Frony, T.P., y vete a ayudar a tu papá.
Acabamos de comer. T.P. levantó a Quentin y bajamos a casa de T.P. Luster estaba jugando en el suelo. T.P. bajó a Quentin y ella también se puso a jugar en el suelo. Luster tenía unos carretes y él y Quentin se pelearon y Quentin se quedó con los carretes. Luster lloró y vino Frony y dio a Luster una lata para que jugase y luego yo tenía los carretes y Quentin se peleó conmigo y yo lloré.
«Cállese». dijo Frony. «No le da vergüenza. Quitar los juguetes a una niña». Cogió los carretes y se los devolvió a Quentin.
«Cállese». dijo Frony. «Le digo que se calle».
«Cállese». dijo Frony. «Lo que necesita son unos azotes, eso es». Cogió en brazos a Luster y a Quentin. «Vamos». dijo. Fuimos al establo. T.P. estaba ordeñando la vaca. Roskus estaba sentado sobre la caja.
«Qué le pasa ahora». dijo Roskus.
«Tenéis que quedároslo aquí». dijo Frony. «Otra vez se ha peleado con los niños. Les quita los juguetes. Quédese aquí con T.P. y a ver si se calla un poco».
«Y limpia bien esa ubre». dijo Roskus. «A esa ternera la dejaste seca con tanto ordeñarla el invierno pasado. Como seques a ésta nos quedaremos sin leche».
Dilsey estaba cantando.
«Por allí no». dijo T.P. «Es que no sabe que mi abuelita dice que no puede ir allí».
Estaban cantando.
«Vamos». dijo T.P. «Vamos a jugar con Quentin y Luster. Vamos».
Quentin y Luster estaban jugando en el suelo delante de la casa de T.P. En la casa había un fuego que subía y bajaba y Roskus estaba sentado delante.
«Ya son tres, Dios nos proteja». dijo Roskus. «Te lo dije hace dos años. Esta casa trae mala suerte».
«Y entonces por qué no te vas». dijo Dilsey. Me estaba desnudando. «Con tanto hablar de mala suerte le metiste a Versh la idea de Memphis. Deberías estar satisfecho.
«Si esa es toda la mala suerte de Versh». dijo Roskus.
Frony entró.
«Ya habéis acabado». dijo Dilsey.
«T.P. está acabando». dijo Frony. «La señorita Caroline quiere que acueste usted a Quentin».

«Voy todo lo deprisa que puedo». dijo Dilsey. «Ya debería saber que no tengo alas».
«A eso iba yo». dijo Roskus. «No puede haber buena suerte en una casa donde nunca se pronuncia el nombre de uno de los hijos».
«Cállate». dijo Dilsey. «Es que quieres que empiece».
«Criar a una niña sin que sepa el nombre de su propia madre». dijo Roskus.
«No te rompas la cabeza preocupándote por ella». dijo Dilsey. «Yo he criado a todos ellos y creo que puedo criar uno más. Y ahora cállate. A ver si quiere dormirse».
«Por decir un nombre». dijo Frony. «Si él ni sabe cómo se llama nadie».
«Pues dilo y ya verás si lo sabe». dijo Dilsey. «Díselo cuando esté dormido y seguro que te oye».
«Sabe muchas más cosas de lo que se cree la gente». dijo Roskus.
«Sabía que les estaba llegando su hora, igual que ese pointer. Si él pudiese hablar te diría cuándo le va a tocar. O a ti. O a mí».
«Saque a Luster de la cama, mamá». dijo Fro¬ny. «Ese chico le va a embrujar».
«Calla esa boca». dijo Dilsey. «Es que no se te ocurre nada mejor. Qué falta te hará oír a Roskus. Adentro, Benjy».
Dilsey me empujó y me metí en la cama, donde ya estaba Luster. Estaba dormido. Dilsey cogió un trozo largo de madera y lo puso entre Luster y yo. «No se mueva de su sitio». dijo Dilsey. «Luster es pequeño y no querrá hacerle daño».
Todavía no puede ir, dijo T.P. Espere.
Nos asomamos a la esquina de la casa y vimos cómo se iban los coches.
«Ahora». dijo T.P. Cogió en brazos a Quentin v salimos corriendo hasta la esquina de la cerca y los vimos pasar. «Ahí va», dijo T.P. «Ven el del cristal. Mírenlo. Está tumbado ahí dentro. Lo ven».
Vamos, dijo Luster, voy a llevarme esta pelota a mi casa para que no se me pierda. No señor, no es para usted. Si esos hombres se la ven, dirán que la ha robado. Cállese. No es para usted. Para qué demonios la quiere. No sabe jugar a la pelota.
Frony y T.P. estaban jugando en el suelo junto a la puerta. T.P. tenía un frasco con luciérnagas.
«Por qué habéis vuelto a salir». dijo Frony.
«Tenemos visita». dijo Caddy. «Padre dijo que esta noche me obedecierais a mí. Supongo que T.P y tú también tendréis que obedecerme».
«Yo no voy a obedecerte». dijo Jason. «Frony y T.P tampoco tienen que hacerlo».
«Lo harán si lo digo yo». dijo Caddy. «A lo mejor no lo digo».
«T.P. no hace caso a nadie». dijo Frony. «Ha empezado ya el velatorio».
«Qué es un velatorio». dijo Jason.
«Es que mamá no te ha dicho que no se lo dijeras». dijo Versh.
«Donde uno va a llorar». dijo Frony. «En el de la Hermana Beulah Clay estuvieron llorando dos días».
En casa de Dilsey estaban llorando. Dilsey lloraba. Cuando Dilsey lloraba, Luster dijo, Cállense, y nos callamos y entonces yo empecé a llorar y Blue aulló debajo de las escaleras de la cocina. Entonces Dilsey se calló y nosotros nos callamos.
«Ah». dijo Caddy. «Eso es de negros. Los blancos no tienen velatorios».
«Mamá dijo que no se lo dijéramos, Frony». dijo Versh.
«Que no nos dijerais qué». dijo Caddy.
Dilsey lloraba y cuando aquello llegó hasta la casa yo empecé a llorar y Blue aulló debajo de las escaleras. Luster, dijo Frony desde la ventana, Bájalos al establo. No puedo guisar con tanto barullo. Y también al perro. Sácalos de aquí.
No pienso bajar, dijo Luster. A lo mejor me encuentro allí a mi papá. Anoche lo vi agitando los brazos en el establo.
«Me gustaría saber por qué». dijo Frony. «Los blancos también se mueren. Su abuelita está tan muerta como lo estaría un negro, digo yo».
«Se mueren los perros». dijo Caddy. «Y Nancy cuando se cayó a la zanja y le dio un tiro Roskus y vinieron los buitres y la desnudaron».
Los huesos salían redondos de la zanja, donde estaban las zarzas oscuras dentro de la zanja negra, hacia la luz de la luna, como si algunas figuras se hubiesen parado. Entonces se pararon todas y estaba oscuro y cuando yo me paré para volver a empezar oí a Madre y unos pies que caminaban muy deprisa y lo olí. Entonces vino la habitación pero se me cerraron los ojos. No me paré. Yo lo olía. T.P. me aflojó las ropas de la cama.
«Cállese». dijo. «Shhhhhh».
Pero yo lo olía. T.P. me levantó y me puso la ropa muy deprisa.
«Cállese, Benjy». dijo. «Nos vamos a nuestra casa. Verdad que quiere ir a nuestra casa, con Frony. Cállese. Shhh».
Me ató los zapatos y me puso la gorra y salimos. Había una luz en el vestíbulo. Al otro lado del vestíbulo oíamos a Madre.
«Shhhhh, Benjy». dijo T.P. «Enseguida salimos».
Se abrió una puerta y yo lo olía más que nunca v salió una cabeza. No era Padre. Padre estaba enfermo allí dentro.
«Es que no puedes sacarlo de la casa».
«Eso vamos a hacer». dijo T.P. Dilsey subió por las escaleras.
«Cállese». dijo. «Cállese. Bájale a la casa, T.P. Frony le está preparando una cama. Cuidad todos de él. Cállese, Benjy. Vaya con T.P.».
Ella se fue hacia donde oíamos a Madre. «Que se quede allí». No era Padre. Cerró la puerta, pero yo todavía lo olía.
Bajamos por las escaleras. Las escaleras bajaban hasta la oscuridad y T.P. me cogió de la mano y salimos por la puerta, fuera de la oscuridad. Dan estaba sentado en el patio trasero aullando.
«Lo ha olido». dijo T.P. «También usted se enteró así».
Bajamos por las escaleras, hacia donde estaban nuestras sombras.
«Se me ha olvidado su abrigo». dijo T.P. «Tendría que ponérselo. Pero no voy a volver».
Dan aulló.
«Cállese ahora». dijo T.P. Nuestras sombras se movieron, pero la sombra de Dan no se movía excepto cuando se ponía a aullar.
«No puedo llevarlo a la casa si berrea de esta manera». dijo T.P. «Antes de ponérsele esa voz de sapo ya berreaba lo suyo. Vamos».
Fuimos andando por el sendero de ladrillos, con nuestras sombras. La pocilga olía como los cerdos. La vaca estaba en el cercado mirándonos mien¬t ras rumiaba. Dan aulló.
«Va a despertar a todo el pueblo». dijo T.P. «Es que no se va a callar usted nunca».
Vimos a Fancy comiendo junto al arroyo. La luna brillaba sobre el agua cuando llegamos allí.
«No, señor». dijo T.P. «Estamos demasiado cerca. No podemos pararnos aquí. Vamos. Pero, fíjese. Se ha mojado toda la pierna. Vamos, venga». Dan aulló.
La zanja salió de la hierba susurrante. Los huesos salían redondos de las zarzas negras.
«Bueno». dijo T.P. «Hártese de berrear si quie¬re. Tiene toda la noche y ocho hectáreas de prado para berrear».
T.P. se tumbó en la zanja y yo me senté mi¬rando a los huesos donde a Nancy se la habían comido los buitres que salían aleteando de la zanja. Eran ne¬gros y lentos y torpes.
Pues yo la tenía cuando estuvimos aquí antes, dijo Luster. Se la enseñé. Usted la vio. Me la saqué del bolsillo aquí mismo y se la enseñé.
«Crees que los buitres van a desnudar a la abuelita». dijo Caddy. «Estás loca».
«Eres una asquerosa». dijo Jason. Se puso a llorar.
«Y tú estás gordo». dijo Caddy. Jason lloraba. Tenía las manos en los bolsillos.
«Jason va a ser un hombre rico». dijo Versh. «Lleva todo el rato sin soltar el dinero».
Jason lloraba.
«Ya le has hecho llorar». dijo Caddy. «Cállate, Jason. Cómo van a entrar los buitres donde está la abuelita. Padre no los dejaría. Es que tú dejarías que te desnudara un buitre. Cállate».
Jason se calló. «Frony ha dicho que es un velatorio». dijo.
«Pues no lo es». dijo Caddy. «Es una fiesta. Frony no sabe nada. Quiere tus luciérnagas, T.P. Déjaselas un ratito».
T.P. me dio el frasco de las luciérnagas.
«Seguro que si nos acercamos a la ventana del salón podremos verlo». dijo Caddy. «Entonces me haréis caso».
«Yo ya lo sé». dijo Frony. «No necesito ver nada».
«Más vale que cierres el pico, Frony». dijo Versh. «Mamá te va a sacudir».
«Y qué es». dijo Caddy.
«Yo sé lo que me digo». dijo Frony. «Vamos». dijo Caddy. «Vamos a la parte de delante».
Empezamos a ir.
«T.P. quiere las luciérnagas». dijo Frony. «Déjaselas un ratito más, T.P.». dijo Caddy. «Te las traeremos luego».
«Ustedes no las han cogido». dijo Frony.
«Si yo digo que tú y T.P. también podéis venir, se las dejarás». dijo Caddy.
«Bueno». dijo Frony. «Déjaselas, T.P. Vamos a ir a ver cómo lloran».
«No están llorando». dijo Caddy. «Te he dicho que es una fiesta. Verdad que no están llorando, Versh».
«Si nos quedamos aquí, no sabremos qué es lo que están haciendo». dijo Versh.
«Vamos». dijo Caddy. «Frony y T.P. no tienen que obedecerme. Pero los demás sí. Cógelo, Versh. Está oscureciendo».
Versh me cogió en brazos y dimos la vuelta por la cocina.
Al mirar por el otro lado de la esquina vimos lar luces que subían por el sendero. T.P. volvió a la puerta del sótano y la abrió.
Ya sabe lo que hay ahí abajo, dijo T.P. Gaseosas. He visto al Señor Jason subir con los brazos llenos. Espere un momento.
T.P. se fue a mirar por la puerta de la cocina. Dilsey dijo, Qué haces aquí fisgando. Dónde está Benjy.
Ahí fuera, dijo T.P.
Pues vete a ver qué hace, dijo Dilsey. Que no entre en la casa.
Enseguida, dijo T.P. Han empezado ya.
Vete y procura que no se acerque, dijo Dilsey. Ya tengo bastantes cosas que hacer.
Por debajo de la casa salió una serpiente. Jason dijo que no le daban miedo las serpientes y Caddy dijo que a él sí que se lo daban, pero que a ella no, y Versh dijo que se lo daban a los dos y Caddy dijo que se callaran, como había dicho Padre.
No se irá a poner ahora a berrear, dijo T.P. Si quiere que le dé zarzaparrilla.
Me hacía cosquillas en la nariz y en los ojos.
Si no se la va a beber, démelo a mí, dijo T.P. Bueno, aquí está. Mejor cogemos otra botella ahora que no nos molesta nadie. Ahora estése callado.
Nos paramos bajo el árbol que hay junto a la ventana del salón. Versh me dejó sobre la hierba húmeda. Estaba fría. Había luces en todas las ventanas.
«La abuelita está ahí». dijo Caddy. «Ahora siempre está mala. Cuando se ponga buena vamos a ir de excursión».
«Yo sé lo que me digo». dijo Frony.
Los árboles susurraban, y la hierba.
«En la de al lado es donde pasamos el sarampión». dijo Caddy. «Frony, dónde pasáis T.P. y tú el sarampión».
«Lo pasamos según donde estemos, digo yo». dijo Frony.
«Todavía no han empezado». dijo Caddy.
Están a punto de empezar, dijo T.P. Usted quédese aquí mientras yo voy a por esa caja para poder mirar por la ventana. Venga, vamos a terminarnos cita zarzaparrilla. Me hace sentirme como si tuviese una lechuza dentro.
Nos bebimos la zarzaparrilla y T.P. metió la botella entre la celosía y la empujó por debajo de la casa y se marchó. Yo los oía en el salón y me agarré a la pared. T.P. arrastró la caja. Se cayó y empezó a reírse. Se quedó tendido riéndose sobre la hierba. Se levantó y arrastró la caja hasta la ventana, intentando no reírse.
«Mira que si me pongo a gritar». dijo T.P. «Súbase a la caja y mire a ver si han empezado».
«No han empezado porque todavía no ha llegado la orquesta». dijo Caddy.
«No va a venir ninguna orquesta». dijo Frony. «Tú qué sabes». dijo Caddy.
«Yo sé lo que me digo». dijo Frony.
«Tú no sabes nada». dijo Caddy. Fue hacia el arbol. «Súbeme, Versh».
«Su papá ha dicho que no se acerquen al árbol». dijo Versh.
«Eso lo dijo hace mucho tiempo». dijo Caddy. .Supongo que ya se le habrá olvidado. Además, ha dicho que esta noche me teníais que obedecer. Es que acaso no ha dicho que me obedecierais».
«Yo no te voy a obedecer». dijo Jason. «Y Frony y T.P. tampoco».
«Súbeme, Versh». dijo Caddy.
«Bueno». dijo Versh. «Es a usted a quien van a sacudir. No a Mí». Se fue a empujar para que Caddy subiese a la primera rama del árbol. Vimos la cu¬lera de sus pantalones manchados de barro. Después ruu la veíamos. Oímos cómo se sacudían las ramas del árbol.
«El Señor Jason ha dicho que si rompía el árbol la pegaría». dijo Versh.
«Me voy a chivar también de eso». dijo Jason. El árbol dejó de sacudirse. Miramos hacia las ramas quietas.
«Qué se ve». susurró Frony.
Los vi. Luego vi a Caddy con flores en el pelo y un velo largo brillante como el viento. Caddy Caddy
«Cállese». dijo T.P., «le van a oír. Bájese enseguida». Tiró de mí. Caddy. Clavé las manos en la pared Caddy. T.P. tiró de mí.
«Cállese». dijo. «Cállese. Venga aquí enseguida». Tiró de mí. Caddy «Cállese, Benjy. Que le van a oír. Venga, vamos a beber más zarzaparrilla, luego, si se calla volveremos. Como no cojamos otra botella, terminaremos gritando los dos. Podemos decir que se la ha bebido Dan. Como el Señor Quentin siempre dice que es muy listo nosotros podemos decir que también es un perro que bebe zarzaparrilla».
La luz de la luna bajaba por las escaleras del sótano. Bebimos más zarzaparrilla.
«Sabe qué me gustaría». dijo T.P. «Que un oso bajase por la escalera del sótano. Sabe qué haría yo. Le escupiría en un ojo. Páseme la botella antes de que me ponga a gritar».
T.P. se cayó. Empezó a reírse y la puerta del sótano y la luz de la luna brincaron y algo me golpeó.
«Cállese». dijo T.P., haciendo por no reírse, «Dios mío, nos van a oír. Levántese». dijo T.P. «Levántese, Benjy, deprisa». El daba traspiés y yo intenté levantarme. Las escaleras del sótano subían por la colina bajo la luz de la luna y T.P. se cayó colina arriba, bajo la luz de la luna, y yo corrí contra la cerca y T.P. salió corriendo detrás de mí diciendo «Cállese, cállese». Entonces se cayó entre las flores, riéndose, y yo me fui contra la caja. Pero cuando intenté subirme se me escapó y me dio un golpe en la nuca y mi garganta hizo un ruido. Luego volvió a hacer el ruido y me paré para intentar levantarme, y volvió a hacer el ruido y empecé a llorar. Pero mi garganta seguía haciendo ruido mientras T.P. tiraba de mí. Yo seguía haciéndolo y no sabía si estaba llorando o no, y Quentin dio una patada a T.P. y Caddy me rodeó con los brazos, y su velo brillante, y yo ya no podía oler los árboles y empecé a llorar.
Benjy, dijo Caddy, Benjy. Volvió a rodearme con los brazos, pero me fui. «Qué pasa, Benjy». dijo. «Es el sombrero». Se quitó el sombrero y volvió a venir y yo me fui.
«Benjy». dijo. «Qué pasa, Benjy. Qué ha hecho Caddy».
«No le gusta ese vestido cursi». dijo Jason. «Te crees que ya eres mayor, verdad. Te crees que eres mejor que nadie, eh. Cursi».
«Cierra el pico». dijo Caddy. «Eres un asqueroso. Benjy».
«Te crees que ya eres mayor porque tienes catorce años, verdad». dijo Jason. «Te crees alguien. Eh».
«Calla, Benjy». dijo Caddy. «Vas a molestar a Madre. Calla».
Pero no me callé y cuando ella se fue yo la seguí y ella se detuvo en la escalera y esperó y yo también me paré.
«Qué pasa, Benjy». dijo Caddy. «Díselo a Caddy. Ella hará lo que sea. Anda».
«Candace». dijo Madre.
«Sí». dijo Caddy.
«Por qué le haces rabiar». dijo Madre. «Tráelo aquí».
Fuimos a la habitación de Madre, donde ella estaba tumbada con la enfermedad metida en un paño irle tenía sobre la cabeza.
«Qué pasa ahora». dijo Madre. «Benjamin». «Benjy». dijo Caddy. Ella volvió, pero me fui.
«Algo le has hecho». dijo Madre. «Por qué no le dejarás en paz, a ver si puedo estar tranquila. Dale la caja y hazme el favor de marcharte y dejarle en paz».
Caddy cogió la caja y la puso en el suelo y la abrió. Estaba llena de estrellas. Cuando me quedaba quieto, estaban quietas. Cuando me movía, brillaban y echaban destellos. Me callé.
Entonces oí andar a Caddy y volví a empezar. «Benjamin». dijo Madre. «Ven aquí». Fui hasta la puerta. «Ay, Benjamin». dijo Madre.
«Qué sucede ahora». dijo Padre. «Dónde vas».
«Llévatelo abajo y que alguien se ocupe de él, Jason». dijo Madre. «Ya sabes que estoy enferma, pero tú».
Padre cerró la puerta detrás de nosotros. «T.P.». dijo.
«Señor». dijo T.P. desde abajo.
«Benjy va a bajar». dijo Padre. «Vete con T.P.».
Fui a la puerta del cuarto de baño. Se oía el agua.
«Benjy». dijo T.P. desde abajo.
Se oía el agua. La escuché.
«Benjy». dijo T.P. desde abajo.
Yo escuchaba el agua.
Yo no oía el agua, y Caddy abrió la puerta.
«Hola, Benjy». dijo. Me miró y yo fui y me rodeó con los brazos. «Has vuelto a encontrar a Caddy». dijo. «Creías que Caddy se había escapado». Caddy olía como los árboles.
Fuimos a la habitación de Caddy. Se sentó delante del espejo. Dejó quietas las manos y me miró.
«Eh, Benjy. Qué pasa». dijo. «No debes llorar. Caddy no piensa irse. Mira». dijo. Cogió el frasco y le quitó el tapón y lo acercó a mi nariz. «Qué rico huele. Qué bien».
Yo me fui y no me callé y ella tenía el frasco en la mano, mirándome.
«Ah». dijo. Dejó el frasco y vino y me rodeó con los brazos. «Así que era eso. Y estabas intentando decírselo a Caddy y no podías. Querías pero no podías, verdad. Claro que Caddy no lo hará. Claro que Caddy no lo hará. Espera que voy a vestirme».
Caddy se vistió y volvió a coger el frasco y fuimos juntos a la cocina.
«Dilsey». dijo Caddy. «Benjy tiene un regalo para ti». Se agachó y me puso el frasco en la mano. «Ahora se lo das a Dilsey». Cady extendió mi mano y Dilsey cogió el frasco.
«Vaya, qué sorpresa». dijo Dilsey, «que mi niño regale a Dilsey un frasco de perfume. Fíjate, Roskus».
Caddy olía como los árboles. «A nosotros no nos gusta el perfume». dijo Caddy.
Ella olía como los árboles.
«Vamos». dijo Dilsey. «Es usted demasiado grande para dormir con otro. Ya es usted un chico mayor. Tiene trece años. Ya puede dormir solo en la habitación de tío Maury». dijo Dilsey.
El tío Maury estaba enfermo. Tenía un ojo enfermo y la boca. Versh le subía la sopa en la bandeja.
«Maury dice que va a pegar un tiro a ese canalla». dijo Padre. «Le he dicho que no se lo diga a Patterson antes de tiempo». Bebió.
«Jason». dijo Madre.
«A quién va a pegar un tiro, Padre». dijo Quentin. «Por qué le va a pegar un tiro el tío Maury».
«Porque no es capaz de aguantar una broma». dijo Padre.
«Jason» dijo Madre. «Cómo has podido. Serías capaz quedarte sentado viendo cómo meten a Maury en una encerrona y reírte encima».
«Pues que Maury no se deje meter en encerronas». dijo Padre.
«A quién va a pegar un tiro, Padre». dijo Quentin. «A quién va a pegar un tiro el tío Maury».
«A nadie». dijo Padre. «Yo no tengo pistola».
Madre empezó a llorar. «Si escatimas a Maury la comida, por qué no tienes valor de decírselo en la cara. Reírte de él delante de los niños, a sus espaldas».
«Naturalmente que no me río». dijo Padre. «Admiro a Maury. Según mi opinión sobre la superioridad racial, Maury es estimable. No lo cambiaría ni por una pareja de purasangres. Y sabes por qué no, Quentin».
«No, señor». dijo Quentin.
«Et ego in Arcadia se me ha olvidado cómo se dice heno en latín». dijo Padre. «Vamos, vamos». dijo. «Sólo era una broma». Bebió y dejó el vaso y puso la mano sobre el hombro de Madre.
«No es una broma». dijo Madre. «Mi familia tiene tanta clase como la tuya. Sólo que Maury no tiene buena salud».
«Naturalmente». dijo Padre. «La mala salud es la razón primordial de la vida. Engendrado por la peste, en el seno de la corrupción, en decadencia. Versh».
«Señor». dijo Versh por detrás de mi silla.
«Coge la botella y llénala».
«Y dile a Dilsey que venga a acostar a Benjamín». dijo Madre.
«Ya es usted un chico grande». dijo Dilsey. «Caddy está cansada de dormir con usted. Cállese, a ver si puede dormirse». La habitación se fue, pero yo no me callé y la habitación volvió y vino Dilsey y se sentó en la cama, mirándome.
«Es que no quiere ser un buen chico y callarse». dijo Dilsey. «No, verdad. Entonces espérese un momento».
Se fue. No había nada en la puerta. Luego Caddy estaba allí.
«Cállate». dijo Caddy. «Ya voy».
Me callé y Dilsey quitó la colcha y Caddy se metió entre la colcha y la manta. No se quitó el albornoz.
«Bueno». dijo. «Aquí estoy». Dilsey vino con una manta y la echó sobre ella y la arropó.
«Caerá en un momento». dijo Dilsey. «Dejaré encendida la luz de su habitación».
«Muy bien». dijo Caddy. Acercó su cabeza a la mía sobre la almohada. «Buenas noches, Dilsey».
«Buenas noches, preciosa». dijo Dilsey. La habitación se puso negra.
Caddy olía como los árboles.
Miramos hacia arriba, hacia el árbol en donde estaba ella.
«Qué ve, Versh». dijo Frony en voz baja.
«Shhhhh». dijo Caddy desde dentro del árbol. Dilsey dijo, «Venga aquí». Vino dando la vuelta por la esquina de la casa. «Por qué no suben arriba, como les ha dicho su papá, en vez de escaparse a espaldas mías. Dónde están Caddy y Quentin».
«Le dije que no se subiera a ese árbol». dijo Jason. «Voy a chivarme».
«Quién en qué árbol». dijo Dilsey. Vino y miró hacia el árbol. «Caddy». dijo Dilsey. Las ramas empezaron otra vez a sacudirse.
«Satanás». dijo Dilsey. «Baje del árbol».
«Cállate». dijo Caddy, es que no sabes que Padre dijo que no hiciéramos ruido». Aparecieron sus piernas y Dilsey levantó los brazos y la bajó del árbol.
«Es que no se os ha ocurrido nada mejor que dejarlos venir aquí». dijo Dilsey.
«No pude hacer nada». dijo Versh.
«Qué están haciendo aquí». dijo Dilsey. «Quién ha dicho que vengáis a la casa».
«Ella». dijo Frony. «Ella nos dijo que viniéramos».
«Quién ha dicho que tenéis que hacer lo que ella diga». dijo Dilsey. «Vamos a casa, venga». Frony y T.P. se fueron. Mientras se iban no los veíamos.
«Aquí fuera en plena noche». dijo Dilsey. Me cogió y fuimos a la cocina.
«Escapándose a mis espaldas». dijo Dilsey. «Y sabían que ya tenían que estar en la cama».
«Shhh, Dilsey». dijo Caddy. «No hables tan alto. Tenemos que estar callados».
«Entonces cierre la boca y cállese». dijo Dilsey. «Dónde está Quentin».
«Quentin está furioso porque esta noche tenía que obedecerme». dijo Caddy. «Todavía tiene el frasco de luciérnagas de T.P.».
«Supongo que T.P. puede pasarse sin ellas». dijo Dilsey. «Vete a buscar a Quentin, Versh. Roskus dice que lo ha visto ir hacia el establo». Versh se fue. No lo veíamos.
«Ahí dentro no hacen nada». dijo Caddy. «Están sentados en las sillas mirando».
«No necesitan que ustedes les ayuden». dijo Dilsey. Dimos la vuelta por la cocina.
Dónde quiere ir ahora, dijo Luster. Va a volver para ver cómo le pegan a la pelota. Ya la hemos buscado por allí. Eh. Espere un momento. Espere aquí mientras vuelvo a por la pelota. Se me ha ocurrido una cosa.
La cocina estaba oscura. Los árboles eran oscuros contra el cielo. Dan salió culebreando por debajo de los escalones y me mordisqueó el tobillo. Di la vuelta por la cocina, por donde estaba la luna. Dan salió forcejeando bajo la luna.
«Benjy». dijo T.P. dentro de la casa.
El árbol de las flores de junto a la ventana del salón no estaba oscuro, pero sí lo estaban los árboles grandes. La hierba susurraba bajo la luz de la luna por donde mi sombra caminaba sobre la hierba.
«Eh, Benjy». dijo T.P. desde dentro de la casa. «Dónde se ha metido. Se ha escapado. Lo sé».
Luster regresó. Espere, dijo. Eh. No vaya hacia allí. La señorita Quentin y su novio están allí en el columpio. Venga aquí. Vuelva aquí, Benjy.
Estaba oscuro bajo los árboles. Dan no quería venir. Se quedó bajo la luz de la luna. Entonces vi el columpio y empecé a llorar.
Quítese de ahí, Benjy, dijo Luster. Ya sabe que la señorita Quentin se pondrá furiosa.
Ahora eran dos y luego uno sobre el columpio. Caddy vino deprisa, blanca en la oscuridad.
«Benjy». dijo. «Cómo te has escapado. Dónde está Versh».
Me rodeó con los brazos y yo me callé y me agarré a su vestido e intenté apartarla.
«Pero Benjy». dijo. «Qué pasa. T.P.», gritó. El del columpio se levantó y vino y yo lloraba y tiraba del vestido de Caddy.
«Benjy». dijo Caddy. «Sólo es Charlie. Es que no conoces a Charlie».
«Dónde está su negro». dijo Charlie. «Por qué le dejan andar sólo por ahí».
«Calla, Benjy». dijo Caddy. «Vete, Charlie. No le gustas». Charlie se fue y yo me callé. Yo tiraba del vestido de Caddy.
«Vete, Charlie». dijo Caddy. Charlie vino y puso las manos encima de Caddy y yo lloré más fuerte. Muy alto.
«No. No». dijo Caddy. «No. No».
«No sabe hablar». dijo Charlie. «Caddy».
«Estás loco». dijo Caddy. Empezó a respirar con fuerza. «Puede ver. No. No». Caddy forcejeaba. Los dos respiraban con fuerza. «Por favor. Por favor». susurró Caddy.
«Dile que se vaya». dijo Charlie.
«Sí». dijo Caddy. «Suéltame».
«Le dirás que se vaya». dijo Charlie.
«Sí». dijo Caddy. «Suéltame». Charlie se fue. «Calla». dijo Caddy. «Se ha ido». Yo me callé. Yo la oía y sentía cómo se movía su pecho.
«Tendré que llevarlo a casa». dijo. Me cogió de la mano. «Ya voy». susurró.
«Espera». dijo Charlie. «Llama al negro». «No». dijo Caddy. «Volveré. Vamos, Benjy». «Caddy». susurró Charlie más alto. Seguimos.
«Será mejor que vengas. Vas a volver». Caddy y yo íbamos corriendo. «Caddy». dijo Charlie. Salimos corriendo a la luz de la luna camino de la cocina. «Caddy». dijo Charlie.
Caddy y yo corríamos. Subimos corriendo las escaleras de la cocina, hasta el porche, y Caddy se arrodilló en la oscuridad y me abrazó. Yo la oía y sentía su pecho. «No lo haré». dijo. «No lo haré nunca más, nunca. Benjy. Benjy». Entonces ella estaba llorando y yo lloré y nos abrazamos uno al otro. «Calla». dijo. «Calla. No lo haré nunca más». Entonces me callé y Caddy se levantó, y entramos en la cocina y dimos la luz y Caddy cogió el jabón de la cocina y se lavó la boca en la pila, fuerte. Caddy olía como los árboles.
Le he dicho que no se acerque allí, dijo Luster. De repente ellos se sentaron en el columpio. Quentin tenía las manos en el pelo. El tenía una corbata roja.
Eres un imbécil, dijo Quentin. Le voy a decir a Dilsey que le dejas seguirme por todas partes. Voy a encargarme de que te den una buena tunda.
«No pude detenerle». dijo Luster. «Venga aquí, Benjy».
«Sí que pudiste». dijo Quentin. «Ni lo has intentado. Los dos me andabais espiando. Os ha mandado la abuela para que me espiéis, eh». Se bajó del columpio de un salto. «Como no te lo lleves inmediatamente y no lo tengas lejos, yo me encargaré de que Jason te zurre».
«No puedo con él». dijo Luster. «Inténtelo usted si cree que es capaz».
«Cierra el pico». dijo Quentin. «Te lo vas a llevar o no».
«Que se quede». dijo él. Tenía una corbata roja. El sol era rojo sobre ella. «Eh, Jack, mira». Encendió una cerilla y se la metió en la boca. Luego se sacó la cerilla de la boca. Todavía estaba encendida. «Quieres probar tú». dijo. Abrí la boca. Quentin dio un manotazo a la cerilla y desapareció.
«Estúpido». dijo Quentin. «Es que quieres que empiece. Acaso no sabes que puede pasarse el día berreando. Voy a chivarme a Dilsey de ti». Se marchó corriendo.
«Eh, chica». dijo él. «Eh. Vuelve. Que no voy a meterme con él».
Quentin siguió corriendo hacia la casa. Dio la vuelta por la cocina.
«Menuda la has liado, Jack». dijo él. «Eh». «No entiende lo que usted dice». dijo Luster. Es sordo y tonto».
«Sí». dijo él. «Desde cuándo».
«Hoy hace treinta y tres años que está así». dijo Luster. «Tonto de nacimiento. Es usted de los cómicos».
«Por qué». dijo él.
«No recuerdo haberlo visto antes por aquí». dijo Luster.
«Bueno, y qué». dijo él.
«Nada». dijo Luster. «Voy a ir esta noche». El me miró.
«No será usted el que toca una canción con un serrucho, verdad». dijo Luster.
«Tendrás que pagar veinticinco centavos para averiguarlo». dijo él. Me miró. «Por qué no lo encierran». dijo él. «Para qué lo has traído aquí».
«A mí no me pregunte». dijo Luster. «Yo no puedo con él. He venido buscando veinticinco centavos qué he perdido para ir a la función de esta noche. Pero parece que no voy a poder ir». Luster miró al suelo. «Usted no tendrá veinticinco centavos de sobra, verdad». dijo Luster.
«No». dijo él. «No los tengo».
«Pues entonces voy a tener que seguir buscando los otros veinticinco». dijo Luster. Se metió la mano en el bolsillo. «Tampoco querrá comprar una pelota de golf, verdad». dijo Luster.
«Qué clase de pelota». dijo él.
«Una de golf». dijo Luster. «Sólo pido veinticinco centavos».
«Por qué». dijo él. «Para qué voy a quererla».
«Ya suponía yo que no». dijo Luster. «Venga aquí, pedazo de animal». dijo. «Venga a ver cómo le dan a la pelota. Eh. Aquí hay una cosa para que usted juegue con la rama de estramonio». Luster la cogió y me la dio. Era brillante.
«De dónde has sacado eso». dijo él. Su corbata era roja bajo el sol, se movía.
«Debajo de ese arbusto de ahí». dijo Luster. «Por un momento creí que eran los veinticinco centavos que he perdido».
El vino y la cogió.
«Cállese». dijo Luster. «Se la devolverá cuando termine de mirarla».
«Agnes Mabel Becky». dijo él. Miró hacia la casa.
«Cállese». dijo Luster. «Que ya se la devolverá».
El me la dio y yo me callé.
«Quién vino a verla anoche». dijo él.
«No lo sé». dijo Luster. «Vienen todas las noches que ella se escapa por ese árbol. Yo no llevo la cuenta».
«Pues hay quien ha dejado una pista». dijo él. Miró hacia la casa. Luego fue y se tumbó en el columpio. «Vete». dijo él. «No me molestes».
«Venga», dijo Luster. «Ahora sí que la ha hecho buena. La señorita Quentin ya se habrá chivado».
Fuimos hasta la cerca y miramos a través de los huecos de las flores ensortijadas. Luster buscaba entre la hierba.
«Aquí la tenía». dijo. Vi ondear la bandera y reflejarse el sol sobre la extensa hierba inclinada. «Pronto vendrá alguien». dijo Luster. «Los de ahora se marchan. Venga a ayudarme a buscarla». Fuimos junto a la cerca.
«Cállese». dijo Luster. «Cómo quiere que yo los haga venir hacia aquí si ellos no quieren venir. Espérese. Enseguida habrá alguien. Mire por allí. Ahí vienen».
Seguí por la cerca hasta la portilla, hasta donde pasaban las niñas con los libros. «Eh, Benjy». dijo Luster. «Vuelva aquí».
A usted no le va a servir de nada mirar por la portilla, dijo T.P. Además ya hace mucho que se fue la señorita Caddy. Se casó y le abandonó. No sirve de nada que se agarre a la portilla y se ponga a llorar. Ella no le va a oír.
Qué es lo que quiere, T.P., dijo Madre. Por qué no juegas con él a ver si se calla.
Quiere ir allí a mirar por la portilla, dijo T.P.
Pues no puede, dijo Madre. Está lloviendo. Tendrás que jugar con él para que se esté callado. Eh, Benjamin.
No hay forma de que se calle, dijo T.P. Cree que si baja a la portilla regresará la señorita Caddy.
Tonterías, dijo Madre.
Yo las sentía hablar. Salí por la puerta y las sentía y bajé hasta la portilla, hasta donde pasaban las niñas con los libros. Ellas me miraban, andando deprisa, con las cabezas vueltas. Yo intenté decir, y ellas iban más deprisa. Luego corrían y yo llegué hasta el extremo de la cerca y no podía ir más lejos y me agarré a la cerca, mirando cómo se iban e intentando decir.
«Eh, Benjy». dijo T.P. «Qué hace escapándose. Es que no sabe que Dilsey le zurrará».
«No va a conseguir nada con tanto gemir y berrear en la cerca». dijo T.P. «Ha asustado a las niñas. Mírelas, van por el otro lado de la calle».
Cómo ha podido salir, dijo Padre. Es que has dejado abierta la portilla al llegar, Jason.
Claro que no, dijo Jason. Como si no supieras que no soy tan tonto como para hacer una cosa así. Acaso crees que yo quería que pasara esto. Ya hay bastantes problemas con esta familia, bien lo sabe Dios. Yo podría habéroslo advertido hace tiempo. Espero que ahora lo mandaréis a Jackson. Si la señora Burgess no le pega un tiro antes.
Cállate, dijo Padre.
Os lo debería haber advertido hace tiempo, dijo Jason.
Estaba abierta cuando la toqué, y me agarré allí, bajo la luz del atardecer. Yo estaba llorando y no quería hacerlo, mirando venir a las niñas bajo la luz del atardecer. Yo no estaba llorando.
«Ahí está».
Se pararon.
«No puede salir. De todas formas no hará nada a nadie. Vamos».
«Tengo miedo. Tengo miedo. Voy a cruzar la calle».
«No puede salir».
Yo no estaba llorando.
«No seas miedica. Vamos».
Venían bajo la luz del atardecer. Yo no estaba llorando, y me agarraba a la portilla. Venían despacio. «Tengo miedo».
«No te va a hacer nada. Yo paso todos los días por aquí. Sólo se pone a correr por el otro lado de la cerca».
Vinieron. Yo abrí la portilla y se pararon, dando la vuelta. Yo intentaba decir, y la cogí, intentando decir, y ella gritó y yo estaba intentando e intentando decir y las figuras brillantes empezaron a pararse y yo intenté salir. Yo intentaba apartármelas de la cara, pero las figuras brillantes volvían a moverse. Subían hacia donde se caía la colina y yo intenté llorar. Pero cuando respiré, no podía respirar para llorar y yo intenté no caerme de la colina y me caí de la colina sobre las figuras brillantes que giraban.
Eh, idiota, dijo Luster. Aquí vienen unos. Deje ya de berrear y de gimplar.
Vinieron hasta la bandera. El la sacó y ellos dieron un golpe, luego él volvió a poner la bandera. «Señor». dijo Luster.
El miró a su alrededor, «Qué», dijo.
«Quiere comprar una pelota de golf». dijo Luster.
«Vamos a ver». dijo. Se acercó a la cerca y Luster le ofreció la pelota.
«De dónde la has sacado». dijo.
«Me la he encontrado». dijo Luster.
«Eso ya lo sé». dijo. «Dónde. Dentro de alguna bolsa de golf».
«Me la he encontrado aquí tirada dentro del cercado». dijo Luster. «Se la doy por veinticinco centavos».
«Y por qué crees que es tuya». dijo.
«Yo la he encontrado». dijo Luster.
«Pues búscate otra». dijo. Se la metió en el bolsillo y se fue.
«Que esta noche tengo que ir a la función». dijo Luster.
«Ah, sí». dijo. Se acercó a la tabla. «Adelante, caddie». dijo. Tiró.
«Vaya». dijo Luster. «Usted la arma cuando no los ve y la arma cuando los ve. Es que no se puede callar. No se da cuenta de que la gente se harta de oírlo todo el rato. Eh. Que se le ha caído la ramita de estramonio». La cogió y me la devolvió. «Necesita otra. Esta está mustia». Nos quedamos junto a la cerca y los observamos.
«No es fácil tratar con ese blanco». dijo Luster. «Ha visto usted cómo me ha quitado mi pelota». Siguieron. Nosotros les seguimos desde la cerca. Llegamos al jardín no podíamos ir más lejos. Me agarré a la cerca y miré a través de los huecos de las flores ensortijadas. Ellos se fueron.
«Ahora no tiene por qué gimplar». dijo Luster. «Cállese. Yo sí que tendría que ponerme a llorar, no usted. Eh. Por qué no coge la ramita. Ya verá como luego acaba llorando». Me dio la flor. «A dónde va ahora».
Nuestras sombras estaban sobre la hierba. Llegaron a los árboles antes que nosotros. La mía llegó la primera. Después llegamos nosotros y se fueron las sombras. Había una flor en la botella. Yo metí la otra flor.
«Acaso no es usted ya una persona mayor». dijo Luster. «Jugar con dos flores y una botella. Sabe qué van a hacer con usted cuando se muera la señorita Caroline. Pues lo van a mandar a Jackson, que es donde debería estar usted. Eso dice el señor Jason. Allí se podrá agarrar a los barrotes con los demás locos y ponerse a gimplar durante todo el día. Qué le parece».
Luster tiró las flores de un manotazo. «Esto es lo que van a hacer con usted en Jackson cuando empiece a berrear».
Yo intenté coger las flores. Luster las cogió y desaparecieron. Empecé a llorar.
«Berree». dijo Luster. «Berree. Ya tiene motivos para berrear. Vale. Caddy». susurró. «Caddy. Berree ahora. Caddy».
«Luster». dijo Dilsey desde la cocina.
Las flores regresaron.
«Cállate». dijo Luster. «Aquí están. Mire. Están igual que antes. Cállese ya».
«Eh, Luster». dijo Dilsey.
«Mande usted». dijo Luster. «Ya vamos. Buena la ha liado. Levántese». Tiró de mi brazo y me levanté. Salimos de los árboles. Nuestras sombras se habían ido.
«Cállese». dijo Luster. «Fíjese cómo le mira esa gente. Cállese».
«Tráelo aquí». dijo Dilsey. Bajaba por la escalera.
«Qué le has hecho ahora». dijo.
«No le he hecho nada». dijo Luster. «Se puso a berrear».
«Sí que le has hecho». dijo Dilsey. «Algo le habrás hecho. Dónde habéis estado».
«Allí, bajo los cedros», dijo Luster.
«Sacando de quicio a Quentin». dijo Dilsey. «Es que no lo puedes tener lejos de ella. No sabes que no la gusta tenerlo cerca».
«Pues tiene tanto tiempo para estar con él como yo». dijo Luster. «Que no es de mi familia».
«No me contestes, negro». dijo Dilsey.
«No le he hecho nada». dijo Luster. «Estaba allí jugando, y de repente se puso a berrear».
«Has estado hurgando en su cementerio». dijo Dilsey.
«No he tocado su cementerio». dijo Luster.
«No me mientas, chico». dijo Dilsey. Subimos las escaleras de la cocina. Dilsey abrió la puerta del horno y acercó una silla y me senté. Me callé.
Es que quiere que ella se enfade, dijo Dilsey. Por qué no lo tiene lejos de allí.
El estaba mirando el fuego, dijo Caddy. Madre le estaba diciendo lo de su nuevo nombre. No queríamos que ella se enfadara.
Ya sé que no, dijo Dilsey. El en una punta de la casa y ella en la otra. Y ahora deje mis cosas quietas. No toque nada hasta que yo vuelva.
«No te da vergüenza». dijo Dilsey. «Meterte con él». Puso la tarta sobre la mesa.
«No me he metido con él». dijo Luster. «Estaba jugando con esa botella llena de yerbajos y de repente se puso a berrear. Usted lo ha oído».
«Seguro que no has hecho nada con sus flores». dijo Dilsey.
«No he tocado su cementerio». dijo Luster.
«Para qué voy a querer yo su camión. Estaba buscando los veinticinco centavos».
«Los has perdido, verdad». dijo Dilsey. Encendió las velas de la tarta. Algunas eran pequeñas. Otras eran grandes cortadas en pedazos. «Te dije que las guardaras. Ahora querrás que yo pida otra moneda a Frony».
«Pues tengo que ir a la función, pase lo que pase con Benjy», dijo Luster. «No voy a andar día y noche detrás de él».
«Harás lo que él quiera que hagas, negro». dijo Dilsey. «Me oyes».
«Es que no lo hago siempre». dijo Luster. «Es que no hago siempre lo que él quiere. Eh, Benjy».
«Pues sigue haciéndolo». dijo Dilsey. «Tráelo aquí, que con tanto berrear la va a poner nerviosa. Venga, comeros esta tarta de una vez antes de que venga Jason. No quiero que se ponga a protestar por una tarta que he comprado con mi propio dinero. Cómo iba yo a hacer aquí una tarta cuando él cuenta cada huevo que entra en esta cocina. A ver si ahora lo dejas en paz, si no quieres quedarte sin ir a la función esta noche».
Dilsey se fue.
«Usted no sabe apagar las velas». dijo Luster. «Mire cómo las apago yo». Se inclinó e hinchó la cara. Las velas se fueron. Yo empecé a llorar. «Cállese». dijo Luster. «Eh. Mire el fuego mientras corto la tarta».
Yo oía el reloj y oía a Caddy de pie detrás de mí, y oía el tejado. Todavía está lloviendo, dijo Caddy. Odio la lluvia. Odio todo. Y entonces su cabeza se puso sobre mis piernas y ella lloraba abrazándome, y yo empecé a llorar. Luego volví a mirar al fuego y las figuras suaves y brillantes estaban otra vez. Yo oía el reloj y el tejado y a Caddy.
Comí un poco de tarta. Vino la mano de Luster y cogió otro trozo. Yo lo oía comer. Miré al fuego.
Un trozo largo de alambre vino por encima de mi hombro. Fue hacia la puerta y entonces se fue el fuego. Empecé a llorar.
«Y ahora por qué berrea». dijo Luster. «Mire». El fuego estaba allí. Me callé. «Es que no puede estarse sentado mirando al fuego calladito como le ha dicho mi abuela». dijo Luster. «Debería darle vergüenza. Eh. Aquí tiene más tarta».
«Y ahora qué le has hecho». dijo Dilsey. «Es que no puedes dejarlo en paz».
«Yo sólo quería que se callara para que no molestase a la señorita Caroline». dijo Luster. «Le ha debido pasar algo».
«Yo sé muy bien qué le ha pasado». dijo Dilsey. «Voy a decir a Versh cuando llegue que te enseñe un buen palo. Estás tú bueno. Llevas así todo el día. Lo has llevado al arroyo».
«No». dijo Luster. «Hemos estado aquí todo el día en el cercado, como usted dijo».
Su mano vino a por otro trozo de tarta. Dilsey le pegó en la mano.
«Hazlo otra vez y te la corto con este mismo cuchillo», dijo Dilsey. «Seguro que no le has dado ni un trozo».
«Sí que ha comido». dijo Luster. «Ya se ha comido el doble que yo. Pregúntele si no».
«Tú intenta coger más». dijo Dilsey. «Inténtalo».
Es verdad, dijo Dilsey. Supongo que seré yo la próxima en llorar. Supongo que Maury también me dejará que llore por él.
Ahora se llama Benjy, dijo Caddy.
Y por qué, dijo Dilsey. No se le ha gastado todavía el nombre con que nació, verdad.
Benjamin es de la Biblia, dijo Caddy. Le va mejor que Maury.
Y por qué, dijo Dilsey.
Porque lo dice Madre, dijo Caddy.
Ah, dijo Dilsey. El nombre no le va a servir de nada. Ni tampoco le va a hacer ningún daño. Hay gente que no tiene suerte ni aunque le cambien el nombre. Yo me he llamado Dilsey desde antes de que pueda acordarme y seguiré siendo Dilsey cuando ya se hayan olvidado de mí.
Y cómo van a saber que es Dilsey si ya se les ha olvidado, dijo Caddy.
Estará en el libro, preciosa, dijo Dilsey. Escrito.
Y tú sabrás leerlo, dijo Caddy.
No hará falta, dijo Dilsey. Ya me lo leerán. Yo sólo tendré que decir que estoy allí.
El alambre largo vino por encima de mi hombro, y el fuego se fue. Yo empecé a llorar.
Dilsey y Luster se peleaban.
«Te he pillado». dijo Dilsey. «Ay, que te he visto». Sacó a rastras del rincón a Luster. Zarandeándolo. «Con que no había nada que le molestase, eh. Tú espera a que vuelva tu papá a casa. Ojalá fuera yo tan joven como antes, que ibas a ver lo que es bueno. Te voy a encerrar en el sótano y esta noche no te voy a dejar ir a la función. Puedes estar seguro».
«Ay, abuela». dijo Luster. «Ay, abuela».
Extendí la mano hacia donde había estado el fuego.
«Sujétalo». dijo Dilsey. «Sujétalo».
Mi mano saltó hacia atrás y yo me la puse en la boca y Dilsey me sujetó. Yo todavía oía el reloj entre mi voz. Dilsey extendió el brazo hacia atrás y golpeó a Luster en la cabeza. Mi voz era cada vez más alta.
«Coge esa gaseosa». dijo Dilsey. Me sacó la mano de la boca. Entonces mi voz se hizo más alta y mi mano intentó volver a la boca, pero Dilsey la sujetó. Mi voz se hizo más alta. Me echó gaseosa sobre la mano.
«Vete a la alacena y corta un trozo de ese trapo que hay colgado del clavo». dijo. «Cállese. No querrá que yo vuelva a ponerme mala, verdad. Bueno, mire el fuego. Dilsey hará que la mano deje de dolerle dentro de un momento. Mire el fuego». Abrió la puerta del fuego. Miré al fuego, pero la mano no se paró y yo no me paré. Mi mano intentaba volver a la boca pero Dilsey la sujetaba. Ella me la envolvió en el trapo. Madre dijo,
«Qué sucede ahora. Es que ni cuando estoy enferma podéis dejarme en paz. Es que tengo que levantarme de la cama para bajar con él, a pesar de que hay dos negros mayores cuidándolo».
«Ya está mejor». dijo Dilsey. «Ya se calla. Es que se ha quemado la mano un poquito».
«Aunque haya dos negros, lo tenéis que meter berreando en casa». dijo Madre. «Seguro que lo hacéis a propósito porque sabéis que estoy enferma». Vino y se puso a mi lado. «Calla». dijo. «Ahora mismo. Le habéis regalado esta tarta».
«La he comprado yo». dijo Dilsey. «No viene de la despensa de Jason. Le he preparado una fiesta de cumpleaños».
«Es que quieres que se intoxique comprándole tartas baratas». dijo Madre. «Es eso lo que pretendéis. Es que ni siquiera voy a tener un minuto de tranquilidad».
«Suba a acostarse». dijo Dilsey. «Enseguida termino de curarlo y se callará. Vamos».
«Dejándolo aquí para que volváis a hacerle algo». dijo Madre. «Cómo voy a acostarme si lo tengo berreando aquí abajo. Benjamin. Cállate ahora mismo».
«No podemos llevarlo a otro sitio». dijo Dilsey. «Ya no tenemos tanto sitio como antes. No va a estar berreando en el jardín para que lo vean todos los vecinos».
«Ya lo sé, ya lo sé». dijo Madre. «Yo tengo la culpa. Pero pronto me habré ido y Jason y tú os apañaréis mejor». Empezó a llorar.
«Cállese ya». dijo Dilsey. «Va a ponerse peor otra vez. Vuélvase arriba. Luster se lo llevará a jugar a la biblioteca hasta que yo termine de prepararle la cena».
Dilsey y Madre salieron.
«Cállese». dijo Luster. «Cállese. Quiere que le queme la otra mano. No le duele. Cállese».
«Eh». dijo Dilsey. «Deje ya de llorar». Me dio la zapatilla y me callé. «Llévatelo a la biblioteca». dijo. «Y como vuelva a oírlo, seré yo quien te zurre».
Fuimos a la biblioteca. Luster dio la luz. Las ventanas se pusieron oscuras, y aquello negro alto y oscuro de la pared vino y yo fui y lo toqué. Era como una puerta, pero no era una puerta.
El fuego vino por detrás de mí y yo fui al fuego y me senté en el suelo, agarrando la zapatilla. El fuego subió más alto. Se fue hacia el almohadón del sillón de Madre.
«Cállese». dijo Luster. «Es que no puede callarse ni un minuto. Mire, he hecho fuego, y usted ni siquiera lo mira».
Te llamas Benjy, dijo Caddy. Me oyes. Benjy.
No le digas eso, dijo Madre. Tráelo aquí.
Caddy me levantó por debajo de los brazos. Levántate, Mau... digo, Benjy, dijo.
No lo cojas, dijo Madre. Es que no lo puedes acercar. No es tan difícil.
Puedo con él, dijo Caddy. «Déjame que lo coja, Dilsey».
«Bueno, un momento». dijo Dilsey. «Usted no podría ni con una pulga. Váyanse y no hagan ruido, como ha dicho el señor Jason».
Había una luz en lo alto de la escalera. Allí estaba Padre, en mangas de camisa. Miraba de una forma que decía Silencio. Caddy susurró,
«Es que Madre está enferma».
Versh me dejó en el suelo y entramos a la habitación de Madre. Había fuego. Subía y bajaba sobre las paredes. Había otro fuego en el espejo. Yo olía la enfermedad. Era un paño doblado sobre la cabeza de Madre. Su pelo estaba sobre la almohada. El fuego no lo alcanzaba, pero brillaba sobre su mano, donde saltaban sus anillos.
«Ven a dar las buenas noches a Madre». dijo Caddy. Fuimos a la cama. El fuego salía del espejo. Padre se levantó de la cama y me cogió y Madre me puso la mano en la cabeza.
«Qué hora es». dijo Madre. Tenía los ojos cerrados.
«Las siete menos diez». dijo Padre.
«Es demasiado pronto para acostarlo». dijo Madre. «Se despertará al amanecer, y no puedo ni pensar en otro día como hoy».
«Bueno, bueno». dijo Padre. Tocó la cara de Madre.
«Ya sé que para ti sólo soy una carga». dijo Madre. «Pero pronto me habré ido. Entonces te librarás de mis quejas».
«Calla». dijo Padre. «Lo bajaré un rato». Me levantó. «Vamos, amiguito. Vamos a bajar un rato. Pero tendremos que no hacer ruido mientras Quentin está estudiando».
Caddy fue e inclinó su cara sobre la cama y la mano de Madre se puso bajo la luz del fuego. Sus anillos saltaban sobre la espalda de Caddy.
Madre está enferma, dijo Padre. Dilsey te acostará. Dónde está Quentin.
Versh ha ido a por él, dijo Dilsey.
Padre estaba de pie y nos miraba pasar. Oímos a Madre en su habitación. Caddy dijo «Shhh». Jason subía por la escalera. Llevaba las manos en los bolsillos.
«Esta noche tenéis que ser buenos». dijo Padre. «Y estar callados para no molestar a Madre».
«Estaremos callados». dijo Caddy. «Ahora tienes que estarte callado, Jason», dijo. Nos fuimos de puntillas.
Oíamos el tejado. Yo veía el fuego también en el espejo. Caddy volvió a cogerme.
«Vamos». dijo. «Luego podrás volver al fuego. Ahora cállate».
«Candace». dijo Madre.
«Vamos». dijo. «Madre quiere verte un momento. Pórtate bien. Luego podrás volver, Benjy». Caddy me bajó y yo me callé.
«Déjele quedarse aquí, Madre. Cuando se canse de mirar el fuego, se lo podrá decir usted».
«Candace». dijo Madre. Caddy se paró y me cogió. Nos tambaleamos. «Candace». dijo Madre.
«Calla». dijo Caddy. «Todavía lo puedes ver. Calla».
«Tráelo aquí». dijo madre. «Es demasiado grande para que lo lleves en brazos. Tienes que dejar de hacerlo. Te harás daño en la espalda. Todas nuestras mujeres han estado siempre orgullosas de su porte. Es que quieres parecer una fregona».
«No pesa tanto». dijo Caddy. «Puedo con él».
«Bueno, pues no quiero que lo cojas». dijo Madre. «Un niño de cinco años. No, no. No me lo pongas en las rodillas. Que se quede de pie».
«Si lo coge, se callará». dijo Caddy. «Calla». dijo. «Puedes volver enseguida. Ves. Aquí está tu almohadón. Mira».
«Candace, no». dijo Madre.
«Deje que lo mire y se estará callado». dijo Caddy. «Levántese un poquito para que yo lo saque. Mira, Benjy. Mira».
Yo lo miré y me callé.
«Le consentís demasiado». dijo Madre. «Tanto tú como tu padre. No os dais cuenta de que yo soy quien paga las consecuencias. También la Abuela consintió a Jason y él tardó dos años en superarlo, y yo no tengo suficientes fuerzas para pasar por lo mismo con Benjamin».
«Usted no tiene que ocuparse de él». dijo Caddy. A mí me gusta cuidarlo. Verdad, Benjy».
«Candace». dijo Madre. «Te he dicho que no le llames así. Ya tuve suficiente con que tu padre se empeñase en llamarte de esa forma tan boba, y no estoy dispuesta a que también le pongáis un mote. Esos nombres son una vulgaridad. Sólo los usa la gente ordinaria. Benjamin». dijo.
«Mírame». dijo Madre.
«Benjamin», dijo. Cogió mi cara entre sus manos y la volvió hacia ella.
«Benjamin». dijo. «Llévate ese almohadón, Candace».
«Se pondrá a llorar». dijo Caddy.
«Haz lo que te he dicho». dijo Madre. «Tiene que aprender a obedecer».
El almohadón se fue.
«Calla, Benjy». dijo Caddy.
«Siéntate allí». dijo Madre. «Benjamin».
Acercó mi cara a la suya. «Ya está bien». dijo. «Cállate».
Pero yo no me paré y Madre me cogió en brazos y empezó a llorar, y yo lloré. Entonces volvió el almohadón y Caddy lo levantó sobre la cabeza de Madre. Ella apoyó a Madre en el respaldo de la silla y Madre se recostó llorando sobre el almohadón rojo y amarillo.
«Cállese, Madre». dijo Caddy. «Suba a acostarse, que no se encuentra bien. Voy a buscar a Dilsey».
Me llevó al fuego y yo miré las formas suaves y brillantes. Yo sentía el fuego y el tejado.
Padre me levantó. Olía como la lluvia.
«Bien, Benjy». dijo. «Hoy te has portado bien».
Caddy y Jason se estaban peleando en el espejo.
«Eh, Caddy». dijo Padre.
Se peleaban. Jason empezó a llorar.
«Caddy». dijo Padre. Jason estaba llorando. Ya no se peleaba, pero nosotros veíamos a Caddy for¬cejeando en el espejo y Padre me bajó y entró en el espejo, y también forcejeaba. Levantó a Caddy. Ella forcejeaba. Jason estaba tendido en el suelo llorando. Tenía las tijeras en la mano. Padre sujetó a Caddy.
«Ha roto las muñecas de Benjy». dijo Caddy. «Le voy a sacar las tripas».
«Candace». dijo Padre.
«Ya lo verás». dijo Caddy. «Ya lo verás». Ella forcejeaba. Padre la sujetó. Ella dio una patada a Jason. El rodó hasta el rincón, fuera del espejo. Padre trajo a Caddy al fuego. Todos estaban fuera del espejo. Sólo el fuego estaba dentro. Como si el fuego tuviese una puerta.
«Ya está bien». dijo Padre. «Es que queréis que Madre se ponga enferma en su habitación».
Caddy se paró. «Ha roto todos los muñecos que habíamos hecho Mau... Benjy y yo». dijo Caddy. «Lo ha hecho a mala idea».

«No». dijo Jason. Estaba sentado llorando. «No sabía que eran suyos. Yo creía que eran papeles viejos».
«Claro que lo sabías». dijo Caddy. «Y lo has hecho».
«Silencio». dijo Padre. «Jason». dijo. «Mañana te haré otros». dijo Caddy. «Haremos muchos. Toma, mira el almohadón».
Jason entró.
Le he estado diciendo que se calle, dijo Luster.
Qué pasa ahora, dijo Jason.
«Está inaguantable». dijo Luster. «Lleva así todo el día».
«Entonces, por qué no lo dejas en paz». dijo Jason. «Si no consigues que se calle, tendrás que llevártelo a la cocina. Porque los demás no podemos encerrarnos en una habitación como hace Madre».
«Mi abuela me ha dicho que lo tuviera fuera de la cocina hasta que terminara de hacer la cena». dijo Luster.
«Entonces ponte a jugar con él y que se esté callado». dijo Jason. «Es que después de estar trabajando todo el día tengo que venir a una casa de locos». Abrió el periódico y lo leyó.
Puedes mirar el fuego y el espejo y también el almohadón, dijo Caddy. Ya no tienes que esperar a cenar para poder mirar el almohadón. Oíamos el tejado. También oíamos a Jason, llorando muy alto al otro lado de la pared.
Dilsey dijo, «Venga aquí, Jason. Haz el favor de dejarlo en paz, eh».
«Sí, señora». dijo Luster.
«Dónde está Quentin». dijo Dilsey. «La cena ya está casi lista».
«No sé». dijo Luster. «No la he visto». Dilsey se marchó. «Quentin». dijo en la entrada. «Quentin. La cena está lista».
Oíamos el tejado. Quentin también olía como la lluvia.
Qué ha hecho Jason, dijo él.
Ha roto las muñecas de Benjy, dijo Caddy. Madre te ha dicho que no le llames Benjy, dijo Quentin. Se sentó a nuestro lado sobre la alfombra.
Ojalá no lloviese, dijo. No se puede hacer nada.
Te has estado peleando, verdad, dijo Caddy. No ha sido nada, dijo Quentin.
Pues no se nota, dijo Caddy. Padre se va a dar cuenta.
No me importa, dijo Quentin. Ojalá no lloviese.
Quentin dijo, «No ha dicho Dilsey que la cena estaba lista».
«Sí». dijo Luster. Jason miró a Quentin. Luego volvió a leer el periódico. Quentin entró. «Dice que está casi lista». dijo Luster. Quentin se dejó caér en el sillón de Madre. Luster dijo,
«Señor Jason».
«Qué». dijo Jason.
«Déme dos monedas». dijo Luster.
«Para qué». dijo Jason.
«Para ir esta noche a la función». dijo Luster. «Creía que Dilsey iba a decir a Frony que te diera veinticinco centavos». dijo Jason.
«Se los ha pedido». dijo Luster. «Pero yo los he perdido. Yo y Benjy hemos estado buscándolos todo el día. Pregúntele usted».
«Pues que te los preste él». dijo Jason. «Que yo tengo que trabajar para ganarme los míos». Leyó el periódico. Quentin miraba el fuego. El fuego estaba dentro de sus ojos y sobre su boca. Su boca era roja.
«He hecho lo que he podido para que no fuese allí». dijo Luster.
«Cierra el pico». dijo Quentin. Jason la miró.
«Qué te he dicho que iba a hacer si volvía a verte con el cómico ese». dijo. Quentin miró al fuego. «Me has oído». dijo Jason.
«Te he oído». dijo Quentin. «Por qué no lo haces».
«No te preocupes». dijo Jason.
«No me preocupo». dijo Quentin. Jason volvió a leer el periódico.
Yo oía el tejado. Padre se inclinó hacia delante y miró a Quentin.
Hola, dijo. Quién ha ganado.
«Nadie». dijo Quentin. «Nos separaron. Los profesores».

«Quién ha sido». dijo Padre. «Me lo vas a decir».
«No pasó nada». dijo Quentin. «Era tan mayor como yo».
«Menos mal». dijo Padre. «Me vas a decir por qué ha sido».
«Por nada». dijo Quentin. «Decía que si a ella le metía una rana en el pupitre, no se atrevería a pegarle».
«Ah». dijo Padre. «Por ella. Y qué más». «Pues nada». dijo Quentin. «Y yo entonces fui y le pegué».
Oíamos el tejado y el fuego y como una especie de resoplidos al otro lado de la puerta.
«Y de dónde iba a sacar una rana en Noviembre». dijo Padre.
«No sé, señor». dijo Quentin.
Los oíamos.
«Jason». dijo Padre. Oíamos a Jason. «Jason». dijo Padre. «Ven aquí y cállate». Oíamos el tejado y el fuego y a Jason. «Cállate ahora mismo». dijo Padre. «Es que quieres que vuelva a pegarte». Padre subió a Jason a la silla que había a su lado. Jason resopló. Oíamos el fuego y el tejado. Jason resopló un poco más alto.
«Ni una vez más». dijo Padre. Oíamos el fuego y el tejado.
Dilsey dijo, Bueno. Ya pueden todos venir a cenar.
Versh olía como la lluvia. También olía como un perro. Oíamos el fuego y el tejado.
Oíamos a Caddy caminando deprisa. Padre y Madre miraron hacia la puerta. Caddy pasó, caminando deprisa, no miró. Caminaba deprisa.
«Candace». dijo Madre. Caddy dejó de andar. «Sí, Madre». dijo.
«Calla, Caroline». dijo Padre.
«Ven aquí». dijo Madre.
«Calla, Caroline». dijo Padre. «Déjala en paz».
Caddy vino a la puerta y se quedó allí, mirando a Padre y a Madre. Sus ojos volaron hacia mí y luego se fueron. Yo empecé a llorar. Se me hizo más alto y me levanté. Caddy entró y se quedó de espaldas a la pared, mirándome. Yo fui llorando hacia ella, y ella retrocedió hacia la pared y yo vi sus ojos y lloré más alto y tiré de su vestido. Extendió las manos pero yo tiré de su vestido. Sus ojos corrieron.
Versh dijo, Ahora usted se llama Benjamin. Y sabe por qué se llama Benjamin. Pues porque se va a convertir en un hechicero. Mi mamá dice que hace mucho tiempo su abuelo de usted cambió a un negro de nombre y que se hizo predicador y que cuando lo miraban se quedaban hechizados. Y antes no era hechicero. Y que cuando las mujeres preñadas lo miraban a los ojos en luna llena, el niño les nacía hechizado. Y que una noche en que había muchos niños hechizados jugando cerca de la casa, no volvió. Lo encontraron unos cazadores de zorros devorado en el bosque. Y sabe usted quién se lo había comido. Pues los niños que él había hechizado.
Estábamos en el vestíbulo. Caddy seguía mirándome. Tenía la mano sobre la boca y yo vi sus ojos y lloré. Subimos las escaleras. Ella volvió a detenerse, contra la pared, mirándome, y yo lloré y ella continuó y yo fui y ella se agazapó contra la pared, mirándome. Abrió la puerta de su habitación, pero yo le tiré del vestido y fuimos al cuarto de baño y ella se apoyó en la puerta, mirándome. Entonces se tapó la cara con el brazo y yo la empujé llorando.
Qué le estás haciendo, dijo Jason. Es que no puedes dejarlo en paz.
Ni siquiera lo estoy tocando, dijo Luster. Lleva así todo el día. Le irían bien unos latigazos.
Lo que sí le vendría bien es mandarlo a Jackson, dijo Quentin. Cómo se puede vivir en una casa como ésta.
Si no te gusta, jovencita, ya te puedes ir marchando, dijo Jason.
Es lo que pienso hacer, dijo Quentin. No te preocupes.
Versh dijo, «Echese hacia atrás para que pueda secarme un poco las piernas». Me empujó. «No se ponga a berrear. Todavía lo ve. Que es lo único que usted hace. No tiene por qué estar calándose bajo la lluvia como me pasa a mí. Usted ha nacido con suerte aunque no se dé cuenta». Se tumbó de espaldas frente al fuego.
«Sabe usted por qué se llama Benjamín ahora». dijo Versh. «Pues porque su mamá se avergüenza de usted. Eso dice mi mamá».
«Quédese ahí quieto y déjeme secarme las piernas». dijo Versh. «Porque si no, sabe qué voy a hacer. Le voy a arrancar una oreja».
Oíamos el tejado, el fuego y a Versh.

Versh se levantó rápidamente y echó las piernas hacia atrás. Padre dijo, «Está bien, Versh».
«Esta noche le daré yo de cenar». dijo Caddy. «A veces llora cuando le da de comer Versh».
«Sube esta bandeja». dijo Dilsey. «Y date prisa para darle la comida a Benjy».
«Es que no quieres que te dé la cena Caddy». dijo Caddy.
Por qué tiene que tener esa zapatilla vieja y sucia sobre la mesa, dijo Quentin. Por qué no le dais de comer en la cocina. Es igual que comer con un cerdo.
Si no te gusta como comemos, no hace falta que vengas a la mesa, dijo Jason.
Salía vapor de Roskus. Estaba sentado delante del fogón. Luego el plato se quedó vacío. La puerta del horno estaba abierta y dentro los pies de Roskus. Del plato salía humo. Caddy me puso suavemente la cuchara en la boca. Había una mancha negra dentro del plato.
Vamos, vamos, dijo Dilsey. El ya no la molestará más.
Descendió por debajo de la marca. Entonces el plato se quedó vacío. Se fue. «Esta noche tiene hambre». dijo Caddy. El plato volvió. Yo no podía distinguir la mancha. Luego sí. «Esta noche está muerto de hambre». dijo Caddy. «Mira todo lo que ha comido».
Claro que lo hará, dijo Quentin. Todos lo mandáis para que me espíe. Odio esta casa. Voy a escaparme.
Roskus dijo, «Va a estar toda la noche lloviendo».
Tendrás que correr lo tuyo para no llegar tarde a las comidas, dijo Jason.
Ya lo verás, dijo Quentin.
«Pues no sé qué voy a hacer». dijo Dilsey. «Se me ha agarrado tan fuerte a la cadera que casi no me puedo mover. Toda la noche subiendo y bajando escaleras».
No me extrañaría, dijo Jason. No me extrañaría de nada que puedas hacer.
Quentin tiró su servilleta sobre la mesa.
Cierra el pico, Jason, dijo Dilsey. Se acercó a Quentin y le puso el brazo sobre los hombros. Siéntate, preciosa, dijo Dilsey. Vergüenza debería darle echándote en cara cosas de las que tú no tienes la culpa.
«Cierra el pico». dijo Dilsey.
Quentin apartó a Dilsey. Miró a Jason. Su boca era roja. Cogió el vaso de agua y echó el brazo hacia atrás, mirando a Jason. Dilsey la cogió del brazo. Forcejearon. El vaso se rompió sobre la mesa, y el agua se desparramó sobre la mesa. Quentin iba corriendo.
«Madre está otra vez enferma». dijo Caddy.
«Claro». dijo Dilsey. «Este tiempo enferma a cualquiera. Cuándo va a terminar de comer, muchacho».
Maldito seas, dijo Quentin. Maldito seas. La sentíamos correr por las escaleras. Fuimos a la biblioteca.
Caddy me dio el almohadón, y yo miraba el almohadón y el espejo y el fuego.
«Tenemos que estar callados mientras Quentin estudia». dijo Padre. «Qué estás haciendo, Jason». «Nada». dijo Jason.
«Pues entonces ven aquí a hacer lo que sea». dijo Padre.
Jason salió del rincón.
«Qué tienes en la boca». dijo Padre.
«Nada». dijo Jason.
«Está comiendo papeles otra vez». dijo Caddy. «Ven aquí, Jason». dijo Padre.
Jason escupió al fuego. El fuego silbó, se desenroscó, se volvió negro. Luego se puso gris. Luego se fue. Caddy y Padre y Jason estaban en el sillón de Madre. Los ojos de Jason estaban hinchados y cerrados y su boca se movía como si estuviese chupando algo. La cabeza de Caddy estaba sobre el hombro de Padre. Su pelo era como el fuego, y había en sus ojos puntitos de fuego, y yo fui y Padre también me subió al sillón, y Caddy me abrazó. Ella olía como los árboles.
Ella olía como los árboles. Estaba oscuro en el rincón, pero yo veía la ventana. Me acurruqué allí, agarrando la zapatilla. Yo no la veía, pero mis manos sí la veían, y yo oía cómo se iba haciendo de noche, y mis manos veían la zapatilla, y yo me acurruqué allí, escuchando cómo se hacía de noche.
Ah, está aquí, dijo Luster. Mire lo que tengo. Me lo enseñó. Sabe de dónde lo he sacado. Me lo ha dado la señorita Quentin. Ya sabía yo que no iban a dejarme sin ir. Qué está haciendo usted aquí dentro. Creía que se había escapado por la puerta de atrás. Es que no ha tenido bastante hoy con tanto berrear y lloriquear que ha tenido que venir a esconderse a esta habitación vacía. Venga, a la cama, que tengo que llegar antes de que empiece. No me puedo pasar la noche haciendo el tonto con usted. En cuanto suene el primer aviso, me largo.
No fuimos a nuestra habitación.
«Aquí es donde pasamos el sarampión». dijo Caddy. «Por qué tenemos que dormir aquí esta noche».
«Qué más le da dormir en un sitio que en otro». dijo Dilsey. Cerró la puerta y se sentó y empezó a desnudarme. Jason empezó a llorar. «Cállese». dijo Dilsey.
«Quiero dormir con la Abuela». dijo Jason.
«Está enferma». dijo Caddy. «Ya dormirás con ella cuando se ponga buena, verdad, Dilsey».
«Cállese, vamos». dijo Dilsey. Jason se calló.
«Si hasta nuestros camisones y todo están aquí». dijo Caddy. «Parece que estamos de mudanza».
«Pues pónganselos». dijo Dilsey. «Usted desabroche a Jason».
Caddy desabrochó a Jason. El empezó a llorar. «Es que quiere que le zurren». dijo Dilsey. Jason se calló.
Quentin, dijo Madre desde la entrada.
Qué, dijo Quentin al otro lado de la pared. Oímos a Madre cerrar la puerta con llave. Miró en nuestra habitación y entró y se inclinó junto a la cama y me besó en la frente.
Cuando lo metas en la cama, ve a preguntar a Dilsey si podría llenarme una bolsa de agua caliente, dijo Madre. Dile que si no puede, intentaré pasarme sin ella. Dile que sólo quiero saber si puede.
Sí, señora, dijo Luster. Vamos, quítese los pantalones.
Quentin y Versh entraron. Quentin tenía vuelta la cara. «Por qué lloras». dijo Caddy.
«Cállese». dijo Dilsey. «Desnúdense ya. Márchate a casa, Versh».
Me desnudé y me miré y empecé a llorar. Cállese, dijo Luster. No se los busque, que no le va a servir de nada. Ya no están. Como siga así, no va a tener más fiestas de cumpleaños. Me puso el camisón. Yo me callé, y luego Luster se paró, con la cabeza hacia la ventana.
Después fue hacia la ventana y miró hacia afuera. Volvió y me cogió del brazo. Ahí viene, dijo. Ahora cállese. Fuimos a la ventana y miramos. Salió de la ventana de Quentin y saltó hacia el árbol. Vimos cómo se agitaba el árbol. Se agitaba hacia abajo, luego salió y la vimos cruzar la pradera. Luego ya no pudimos verla. Vamos, dijo Luster. Vamos. Oye los avisos. Métase en la cama, que yo me voy zumbando.
Había dos camas. Quentin se metió en la otra. Volvió la cara hacia la pared.
Dilsey metió a Jason a su lado. Caddy se quitó el vestido.
«Mire qué pantalones». dijo Dilsey. «Menos mal que su mamá no la ha visto».
«Ya me he chivado yo». dijo Jason.
«Estaba segura de que lo haría usted». dijo Dilsey.
«Pues ya ves lo que has conseguido». dijo Caddy. «Acusica».
«Y qué he conseguido». dijo Jason.
«Haga el favor de ponerse el camisón». dijo Dilsey. Fue a ayudar a Caddy a quitarse el corpiño y los pantalones y la frotó por detrás con ellos. «Se han calado y está usted toda mojada». dijo. «Pero esta noche no se bañará. Venga». Puso a Caddy el camisón y Caddy se metió en la cama y Dilsey fue hacia la puerta y se quedó con la mano sobre la luz. «Y ahora todos se están callados». dijo.
«Está bien». dijo Caddy. «Madre no va a venir esta noche». dijo. «Así que todavía tenéis que obedecerme».
«Sí». dijo Dilsey. «Ahora duérmanse». «Madre está enferma». dijo Caddy. «Ella y la abuela están las dos enfermas».
«Cállese». dijo Dilsey. «A dormir».
La habitación se volvió negra, excepto la puerta. Luego la puerta se volvió negra. Caddy dijo, «Calla, Maury», poniendo su mano encima de mí. Así que me quedé callado. Nos oíamos a nosotros mismos.
Oíamos la oscuridad.
Se marchó, y Padre nos miraba. Miró a Quentin y a Jason, luego vino y besó a Caddy y puso su mano sobre mi cabeza.
«Es que Madre está muy enferma». dijo Caddy. «No». dijo Padre. «Vas a cuidar bien de Maury».
«Sí». dijo Caddy.
Padre fue a la puerta y volvió a mirarnos. Luego regresó la oscuridad y él permaneció en la puerta, negro, y luego la puerta volvió a ponerse negra. Caddy me abrazó y yo nos oía a nosotros, y a la oscuridad, y a algo que se podía oler. Y después, vi las ventanas, donde los árboles susurraban. Después la oscuridad comenzó a moverse con formas suaves y brillantes, como pasa siempre, incluso cuando Caddy dice que he estado durmiendo.

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