lunes, 2 de febrero de 2009

TODAVÍA SIN NOMBRE II. Por Valmore Muñoz Arteaga

Me sumerjo y recobro mi esencialidad de naufragio, de navío crispado devorado por las bestias que sangran tras la cabellera oculta de los espejos. Me sumerjo. Tú me obligas a sumergirme. A bajar hasta tu medianía. Hasta tu pelambre de flor infinita. A bajar hasta el espacio profundo donde suelen mojar sus alas los ángeles. A bajar hasta tu sexo sosteniendo entre mis dientes los ecos de un dolor intenso, de un dolor extraviado.
Me obligas a bajar. A olfatear la bruma vaporosa que se desprende de tu sexo. Su textura. Su fragancia marítima. Su diáfana línea divisoria. Esa línea que – a juicio de Lobo Antunes – “separa la normalidad de la locura a través de una red compleja y postiza de síntomas” Mi lengua recorre el boscoso paisaje, en su ir venir tembloroso se contagia de oscuridades. Te olfateo y te lamo. Tus fluidos se diluyen en la cuenca de mi lengua, tal y como ocurre con los caramelos en la boca inocente de los niños. Mi lengua emprende el viaje hacia la cavernosa oscuridad de tu esencia. Entra y sale como mar interminable. Adentro. Bien dentro la luz es tan sólo el brillo de la saliva que se mezcla. Ríes y mi libertad queda triturada desde la raíz, haciéndola destello de pétalos negros, haciéndola pequeños gérmenes desgarbados y maltrechos. Cierro los ojos y babeo tu nombre sobre la vulva que me ofreces, esa pequeña cavidad húmeda, soplo negro para las rosas blancas… agujero por donde se destruye la risa del amor, cuyos, dos labios, son la mujer y el hombre.
Tus piernas se expanden, al parecer de Neruda, como alas de mariposa. La carne viva de tu sexo grita como río enloquecido. En río transparente que desemboca en mis labios. Te derramas. Tiemblas. Muerdes las palabras que intentan descifrar tus imparables sacudidas ante una lengua que no detiene sus regodeos sobre tus carnes. En tu vagina que se abre sola y me va poblando de flores. Me hundo desde mi lengua en ti, me hundo, creo que me hundo y ni siquiera hacia la muerte, que ya tendría sentido, sino hacia la disolución. Me hundo y me pierdo entre tus rodillas, ahogado de amor, lamiendo el susurro de tu placer. Acariciando con mis labios tus labios vaginales e invitándote entre estertores a conjugar los verbos de la ternura en un dialecto apenas inventado. Sigues abriéndote como concha marina. Mi lengua te sigue dibujando contornos iluminados entorno a tu clítoris, hinchado, enrojecido, palpitante. Déjame ahora contemplarlo antes de cubrirlo todo con mi boca, mientras espero el llanto de tu deseo, mientras espero a que te derrames secretamente sobre mi sonrisa llena de fábulas y mediasnoches.

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