lunes, 2 de febrero de 2009

TODAVÍA SIN NOMBRE I. Por Valmore Muñoz Arteaga

Me dijiste que “cada orgasmo era una letra mayúscula que salía a la calle”, mientras yacías tumbada –boca abajo – recobrando la iracundia del placer en reposo. Tumbada y a ojos cerrados, me ofrecías toda la extensa llanura de tus nalgas. Las observaba, las apretaba con mis manos, lamía en silencio sonoro la espesura de la piel sosegada. Las abría y cerraba como buscando un secreto anunciado desde siempre. La tregua estaba por romperse. El placer es un placer, decías entre quejidos, que desampara la desnudez en manos inescrupulosas. Meneabas tus nalgas sobre la almohada que sirvió de inmovilidad. Me lanzaba sobre ellas como si mis manos se multiplicaran. Las separaba con la punta de mi nariz esperando el brote de aguas, para atraer la dulce tierra. Tras la nariz, labios, lengua, y vuelve a comenzar. La montaña brilla. La noche nos adosa. No somos más que carne que juega a brasero sobre traviesas aguas. Muerdo tus simientes. Tus nalgas, al final de ellas, tus muslos. De vuelta. Nietzsche y el eterno retorno. Tu piel pegada a mi boca. Los cuerpos que suplican por agujeros en pendientes pródigas. La tregua termina. Los orgasmos se derraman y salen a la calle a gritar, a descubrirnos, a develarnos…

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