sábado, 22 de noviembre de 2008

¿LOCO? Por Guy de Maupassant

¿Estoy loco o nada más estoy celoso? Lo ignoro; pero he sufrido horriblemente. Es cierto que mi acción es propia de un loco, de un loco furioso; pero, ¿no bastan los celos anhelantes, un amor exaltado que sufre traición, que se ve desahuciado, un dolor maldito como el que me destroza; no bastan, digo, todas estas cosas para que cometamos crímenes y desatinos, sin que nuestro corazón ni nuestro cerebro sean los de un criminal?
¡Lo que yo he sufrido, lo que yo he sufrido, lo que yo he sufrido, de una manera constante, aguda, espantosa! Quise a aquella mujer con un arrebato frenético... Pero puntualmente bien: ¿la quise yo? No, no y no. Es ella la que me poseyó en cuerpo y alma, la que se apoderó de mí, la que me encadenó. Fui, sigo siendo, objeto suyo, juguete suyo. Soy el esclavo de su sonrisa, de su boca, de su mirada, del contorno de su cuerpo, de la forma de su cara; su simple apariencia externa me embarga, acelerando mi respiración; pero ella, la que maneja todo esto, el ser de este cuerpo, me inspira odio, desprecio, aborrecimiento; la he odiado, despreciado, aborrecido siempre, porque es pérfida, bestial, inmunda, impura; es la mujer de perdición, el animal sensual y engañoso al que le falta el alma, por el que no circula jamás el pensamiento como aire libre y vivificador; es la bestia humana; ni aun eso: no es más que seno, una maravilla de carne suave y turgente en la que habita la infamia.
Nuestra conexión fue en sus comienzos extraordinaria y deliciosa. Yo me agotaba con furor de deseos insaciables entre sus brazos siempre abiertos. Sus ojos me hacían abrir la boca como si me provocasen resequedad. Al mediodía eran grises, en la hora del ocaso se sombreaban de verde y al alba eran azules. No estoy loco. Juro que tenían estos tres colores.
En las horas de amor eran azules, como acardenalados, con pupilas enormes e inquietas. Sus labios, agitados por un estremecimiento continuo, dejaban a veces que brotase entre ellos la punta sonrosada y húmeda de su lengua, que palpitaba como la de un reptil; y sus párpados cargados se abrían lentamente, poniendo al descubierto su mirada, encendida y agotada, que me enloquecía.
Al estrecharla entre mis brazos y mirarla a los ojos me estremecía, sacudido por el impulso de matar a aquella bestia tanto como por la necesidad de poseerla sin cesar.
Si ella iba y venía por la habitación, a cada paso suyo me daba un vuelco el corazón; si ella empezaba a desnudarse y dejaba caer su vestido para salir, infame y radiante, de entre sus prendas interiores, caídas a su alrededor, me corría por todos los miembros, a lo largo de mis brazos, a lo largo de mis piernas, dentro de mi pecho anhelante, un desmayo infinito y vil.
Llegó un día en que descubrí que estaba hastiada de mí. Lo vi en su mirada, cuando despertó. Todas las mañanas acechaba yo, inclinado sobre ella, esa primera mirada. La acechaba, lleno de cólera, de rencor, de desprecio hacia aquella bestia dormida de la que yo era esclavo. Pero al destaparse el azul pálido de las niñas de sus ojos, aquel azul líquido como el agua, lánguido aún, fatigado todavía, todavía enfermo de las últimas caricias, sentía yo la súbita quemazón de una llama que irritaba mis ardores.
Lo vi, lo conocí, lo sentí, lo comprendí en el acto. Se había acabado todo, totalmente, para siempre. A cada hora, a cada segundo, tenía una prueba.
A la llamada de mis brazos o de mis labios se volvía hacia otro lado, murmurando: "¡Déjame ya!", o bien:
"¡Eres cargante!", o bien: "¡No hay modo de estar tranquila!"
Entonces me sentí celoso, celoso como un perro, y astuto, desconfiado, disimulado. Tenía la seguridad de que volvería pronto a ser la que era, que vendría otro a reavivar el fuego de sus sentidos.
Mis celos llegaron al frenesí; pero no estoy loco, no lo estoy.
Aguardé; la espiaba, sí; no me habría burlado; pero continuaba fría, apagada. En ocasiones, decía: "Los hombres me asquean". Y era cierto.
Mis celos me volvieron contra ella misma; los tuve de su indiferencia, los tuve de la soledad de sus noches; los tuve de sus ademanes, de su pensamiento, que yo adivinaba seguía siendo tan infame como siempre; estuve celoso de todo lo que yo adivinaba. Y si alguna vez, al levantarse de la cama, descubría en ella la mirada blanda que seguía en otro tiempo a nuestras noches ardientes, como si algún resto de lascivia se hubiese metido en su alma agitando sus deseos, sentía yo que ahogaba la cólera, temblaba de indignación, me acometía la comezón de estrangularla, de tirarla al suelo, ponerle la rodilla encima y hacerla confesar, apretándole el cuello, todos los vergonzosos secretos de su corazón.
¿Estoy loco?... ¡No!
Pero una tarde la vi feliz. Comprendí instintivamente que una pasión nueva vibraba en su interior. Tuve la seguridad, una seguridad sin rastro de duda. Palpitaba, igual que después de mis abrazos; sus ojos llameaban, tenía las manos calientes, de todo su cuerpo en vibración se desprendía el vaho de amor que a mí me empezó a sacar de quicio.
Simulé que nada veía, pero mi vigilancia la envolvió como una red.
Nada descubrí, sin embargo.
Esperé una semana, un mes, una estación. Parecía abrirse al florecimiento de una pasión incomprensible.
Se aplicaba, sumida en la dicha de una caricia indescifrable.
Pero de pronto adiviné. No estoy loco. ¡Lo juro, no estoy loco!
¿Cómo lo diría yo? ¿Cómo lo daría a entender? ¿De qué palabras me valdría para expresar aquella realidad infame e inexplicable?
He aquí cómo fue el descubrirlo.
Una tarde, ya he dicho que fue una tarde, al volver de un largo paseo a caballo, se dejó caer en una silla, justo delante de mí; tenía los pómulos encarnados, el pecho anhelante, las piernas flojas, los ojos amoratados. ¡No era la primera vez que yo la había visto así! ¡Ella amaba a alguien! ¡Yo no podía equivocarme!
Sintiendo que perdía el juicio, para no seguir viéndola me volví hacia la ventana. Un lacayo conducía de la brida hacia el establo su hermoso caballo, que se encabritaba.
Ella seguía con la mirada a la bestia enardecida y retozona. En cuanto la perdió de vista, se quedó súbitamente dormida.
Toda la noche estuve dándole vueltas en mi cabeza; creía descifrar misterios jamás sospechados por mí. ¿Hay alguien que pueda llegar a sondear las perversiones de la sensualidad de la mujer? ¿Quién es capaz de comprender sus inverosímiles caprichos y sus extraños modos de saciar las más raras fantasías?
Todas las mañanas, en cuanto alboreaba, recorría a galope llanuras y bosques y siempre regresaba presa de languideces, como después de frenéticas expansiones de amor.
¡Había comprendido! Y sentí celos del caballo nervioso y ligero; sentí celos del viento que le acariciaba el rostro en sus locas carreras; sentí celos de las hojas que besaban, al pasar, sus orejas; sentí celos de las gotas de sol que se filtraban entre las ramas para caer sobre su frente; sentí celos de la silla en que cabalgaba y contra la que ella oprimía su muslo.
Su felicidad estaba en todo aquello, y era todo aquello lo que la exaltaba, la saciaba, la agotaba y la volvía insensible, como muerta, para mí.
Decidí tomar venganza. Extremé mi cariño y mis atenciones con ella. Al volver de sus desenfrenadas carreras, le daba yo la mano para que saltase al suelo. El animal se arrojaba furioso contra mí; ella acariciaba la curva de su cuello, lo besaba en las ventanas temblorosas de la nariz y no se limpiaba luego los labios; y el husmillo de su cuerpo, sudoroso como entre la tibieza del lecho, llegaba a mi olfato mezclado con el olor acre y bravío del animal.
Aguardé mi día y mi momento. Todas las mañanas pasaba ella por el mismo sendero para cruzar un bosquecillo de álamos blancos que se adentraba en la selva.
Salí antes que alborease, llevando una cuerda en la mano y escondidas en el pecho mis pistolas, como si fuese a batirme en duelo. Corrí hacia su camino preferido; tendí la cuerda de un árbol a otro y después me escondí entre las hierbas.
Pegué mi oreja al suelo; oí su galope lejano; luego la vi a lo lejos, por debajo de las ramas, como al final de una bóveda; venía a todo galope. ¡no me había equivocado; era lo que yo pensé! Parecía como transportada de felicidad, la sangre le subía a las mejillas, su mirada tenía destellos de locura, y el vaivén precipitado de la carrera ponía en vibración su sensibilidad con un goce solitario y furioso.
El animal tropezó con las dos patas delanteras en mi trampa y rodó con los huesos rotos. A ella la cogí en mis brazos. Tengo fuerzas como para cargar como un buey. La dejé luego en el suelo y me acerqué al otro, que nos miraba. Todavía hizo un intento de morderme, le puse el cañón de mi pistola en la oreja..., y lo maté..., igual que si hubiera sido un hombre.
Pero también yo rodé por tierra, con el rostro cruzado por dos latigazos; y al ver que ella se lanzaba de nuevo contra mí, le metí la otra bala en el vientre.
Díganme ahora: ¿estoy loco?

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