martes, 4 de noviembre de 2008

¿BAUDELAIRE MALDITO? Por Alfredo Bryce Echenique

“Cuando haya logrado inspirar el asco y el horror universales, habré conquistado la soledad”. Estas palabras de su diario íntimo son una de las pocas profecías de Baudelaire que jamás se ha cumplido. En cambio, la vida y la obra de este artista que se sintió siempre un maldito, son hoy fuente de ternura y respeto, de admiración y fraternal compasión, hasta el punto de convertirlo, más de ciento treinta años después de su muerte, en uno de los más leídos y estudiados de los grandes poetas franceses, en una suerte de alma gemela y hasta de hermano para todo aquel que profundiza en su obra.
A diferencia de un Victor Hugo o de un Lamartine, los gloriosos y benditos poetas de su época, la obra de Baudelaire continúa suscitando inagotables interpretaciones y el fervor de las más novedosas lecturas e interrogaciones. Y esto se debe, sin duda, a que la literatura francesa anterior a la suya, en su conjunto, recompensaba la virtud, o sus apariencias, y castigaba el vicio, o aquello que como tal se considera. Baudelaire, por el contrario, fue uno de los primerísimos poetas malditos y franceses cuya obra alcanzara una proyección universal.
La literatura inglesa está plagada de geniales asesinos, de alcohólicos, de opiómanos, y de pederastas tabernarios o cortesanos. La literatura rusa produjo todo un contingente de sublime presidiarios, prodigiosos borrachos, inspirados dementes e inolvidables epilépticos. La literatura del siglo de oro español nos presenta toda una galería de mancos y vagabundos, de asesinos admirables y de gloriosos rebeldes. China y Persia nos dejaron todo un panteón literario de líricos borrachos y de iluminados a los que el alcohol les sale hasta por las orejas.
En cambio, la literatura francesa se presentaba como un verdadero catálogo de gente decente, de hombres de bien, en el que tan sólo un truhán y un suizo habían logrado infiltrarse en un mundo de respetabilidad, longevidad, honores y éxitos. Villon y Rousseau eran, en efecto, verdaderas excepciones que confirmaban la regla de la decencia. Rabelais, por su parte, era un monje cuya obra estaba impregnada de locura, pero cuya carrera estuvo llena de conformismo. Montaigne no era creyente, pero, en cambio, era alcalde de Burdeos. Pascal era un sabio, pero optó por ser un santo. Con todo su inconformismo, Molière no dejó de ser un cortesano, mientras que Corneille nos presentaba personajes ejemplares y Racine dejó de lado a sus personajes femeninos devorados por la pasión, para convertirse en historiador del rey y en hombre piadoso. Y en cuanto a Voltaire, Chateaubriand y Victor Hugo, los tres empezaron siendo opositores a la monarquía pero terminaron coronados en vida y fueron verdaderos reyes del Parnaso.
Baudelaire, en cambio, fue el primero en presentarse a sí mismo como un ser abyecto, como el último entre los últimos, como el gran fracasado cuyo pálido reflejo eclipsaría, no obstante, a los Reyes Sol de la literatura y a los grandes Faros del Verbo. Fue aquel incomprendido que terminará por ser el más comprendido, el mal ejemplo que día tras día irá ganando más seguidores, el hombre que jamás pretendió dar lección alguna, pero cuya vida y obra se convertirán en el ejemplo supremo. Y mientras la mayor parte de sus contemporáneos se presentan como jueces, procuradores, testigos de cargo o grandes inocentes, ante su público y ante el tribunal de la posteridad, Baudelaire es aquel delincuente que no cesa de confesar su culpabilidad y que, sin embargo, termina siendo tal vez el único al que no se le absuelve sólo gracias al beneficio de la duda, sino que se le concede además el beneficio de la inmensa grandeza y pureza.
La extrema singularidad de Baudelaire y la agudeza de su inteligencia soberana y herida llamaron muy rápidamente la atención de sus amigos y contemporáneos. Sus seguidores apreciaban en él su excentricidad y sus más allegados se inclinaban ante su inmenso talento marginal, sin darse cuenta de que, lejos de ser una estrella perdida en el firmamento o un artista tan original como extraño, Baudelaire brillaba tanto como el sol y era un temperamento realmente universal. Se le consideraba un paria -él mismo vivió y se sintió como tal-, como alguien único en su género, un extraño total, irremediablemente condenado a permanecer alejado de todo centro y de todo punto de referencia. Y, sin embargo, más que el propio Rimbaud, más que Mallarmé y que todos los grandes magos de la poesía moderna, Baudelaire tuvo el privilegio de lograr darles, tanto a su destino como a sus poemas, esa gran dimensión mítica con la cual soñaron el Alfred de Vigny de Eloa, el Victor Hugo de La fin de Satan y el Lamartine de La chute dùn ange, y que, a pesar de la fuerza de su aliento y la riqueza de su pensamiento, sólo alcanzaron a medias. La explicación, probablemente, sea la siguiente: En sus provocaciones y sus humillaciones, en sus neurosis y aun en sus propias derrotas, Baudelaire fue quien más exacta y profundamente supo encarnar la humana condición.

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