sábado, 22 de noviembre de 2008

APOCALIPSIS. Por Valmore Muñoz Arteaga

En 1955 surge desde el humo vertiginoso de un bar perdido en la punta más oculta de la noche, el grupo Apocalipsis. Grupo artístico – poético que insurge contra la monótona y abigarrada tradición lírica zuliana. Venían como una fuente donde manaba el agua de los naufragios a desordenar, a sembrar el caos como única alternativa a la cotidiana laxitud de un pueblo de poetas por encargo. Venían gritando serpientes desde tierras extrañas, inexploradas, desde el fondo mismo de una Constantinopla cósmica, tratando de ser felices andando por las calles desnudos o con una especie de trapo azul dispuesto por mujeres sin edad para sacudir los árboles que columpian el misterioso palpitar de la caricia, demolición de una antigua música para celebrar la soledad. Ellos venían subiendo con las puertas del infierno colgándoles de la boca. Grabando en troncos incendiados una nueva gramática en donde poder escribir con la caligrafía de la noche la palabra imposible en cuanto muslo desnudo abriera el festín de los animales puros.

Palabras y trazos coloridos rumiaban el secreto de los abismos más recónditos de los sueños. Palabras y trazos que nacían de la sensibilidad infantil de Hesnor Rivera, César David Rincón, Atilio Storey Richardson, Laurencio Sánchez Palomares, Miyó Vestrini, Francisco Hung, Ignacio de la Cruz, Régulo Villegas, Rafael Ulacio Sandoval, Homero Montes, Néstor Leal, Alfredo Áñez Medina y Ricardo Hernández. Cada uno es un crepúsculo atado a los besos de la madrugada, a la lluvia sideral que acecha en silencio las revelaciones del ámbar y de los sueños. Cada uno es resquicio donde respira el desvelo, la memoria, el rostro que arguye junto a la fiereza del relámpago que el hombre tiene derecho a soñar.

Hesnor Rivera llegaba de Chile. Según el propio poeta, venía a continuar un proyecto dejado a medias con Adriano González León y Salvador Garmendia. Sin embargo, la historia y su sin sentido lo lleva a participar de otra fiesta, a hinchar desde el Piel Roja los fuegos helados de un sol que no despertaba. Entonces, en el corazón de Maracaibo se desvistieron espejismos alucinados. Emprendieron a quemar como rito sagrado los rostros de un pasado innombrable. César David Rincón llegaba de otras esferas. Venía del camino empinado de la noche acompañado de Novalis y Hölderlin. Atilio Storey Richardson traía bajo el brazo de la vigilia el vino, un piano a la orilla del río y un violín, y de su boca colgaba algo que parecía un soneto de Dante, pero era un holocausto secreto donde la palabra tomaba una nueva esperanza. Miyó Vestrini ofrecía los pétalos marchitos de su tía y los fantasmas de un cuento de la infancia. Laurencio Sánchez Palomares entregaba para el festín su perfil de lobo estepario y una mujer proveniente de los jardines del sol que sólo aprendió a andar entre animales tristes acompañada de la muerte.

Había entonces que trastocar al mundo real, el mundo real tenía que ser absorbido por un espacio distinto, el espacio de la imagen, la imagen poética que surge para conquistar un mundo a través de otro que lleva en su vientre: un mundo imaginado en las ensoñaciones del poeta. Por ello en muchos de sus poemas acuden a la ciudad nativa para embriagar de imágenes las líneas del misterio. Maracaibo se descubre escondiéndose en una suerte de rito sagrado que devele las muecas y las ranuras de su cultura, de sus colores, de sus sueños. Maracaibo se volvió desde entonces un bosque con alas y tejidos de mariposa múltiple. “Un bosque echado sobre su propio vientre / para beber salsas de rones / en los arcos alucinantes del lago” El mismo lago que hoy es un aluvión del odio por el espíritu, por las formas sagradas de la naturaleza. Este lago que hoy se tiñe con la más robusta mediocridad.

Apocalipsis nace como testimonio de la piel oculta de los pájaros. Eran testimonio de las campanadas de la libertad que comenzaban a desnudarse muy temprano por la mañana. Eran testimonio del Dios de Nietzsche transpirando la muerte por los ojos, la boca, el silencio. La rebeldía dibujaba semicírculos sobre el cielo deshabitado. Udón Pérez se incendiaba ahogado de la risa. Enloquecían las mujeres que corrían desnudas por las calles amamantando a los mendigos escapados de París. Libros sobre libros, palabras tras palabras, Apocalipsis iniciaba el rito que los inmortalizaba en vida. La poesía zuliana nunca estuvo en tal altos sueños. Nadie se había atrevido a tejer heridas en lo inmutable. Apocalipsis respondía al llamado de Dante y de Goethe. Apocalipsis trazó con imágenes de otra edad las huellas sobre el rostro de una sinfonía de Franck. Apocalipsis abría las venas de la modernidad en la poesía zuliana y se transformó, sin el permiso central, en una referencia obligada en las letras venezolanas.

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