jueves, 23 de octubre de 2008

SYLVIA. (SELECCIÓN). Por Valmore Muñoz Arteaga


I
Sylvia, en el silencioso encanto de tu entrepierna fluctúa el boscoso laberinto húmedo donde se adormece mi lengua entre el fragor de la sangre sencilla como un rumor de espuma. Frente al vértice de tus piernas, subo a beberme tus signos incontrastables. Subo a saborear las secreciones que corren hacia el infinito entre esta fiebre extravagante de tu cuerpo y la muerte depositada al final del día cuando debo huir de las tormentas de tantas miradas borrachas y sin nombres.

Cierro mis ojos para perderme entre cada palpitación de tu sexo. Cierro mis ojos para existir entre las apariencias. Entre esta dolorosa existencia diaria. Entre tanta luz y tanto sol. Cierro los ojos y me aferro a tu cintura desnuda, abierta, solemne, agitada por el roce, por el sudor que se me escapa. Y vuelves a palpitar ansiosa, hambrienta de mi sangre, mientras bebo de la tuya en un pacto olvidado entre las sombras del tiempo.
Sylvia palpitante y sangrienta. Sylvia de piernas duras, de noches terribles, de largos insomnios, de demencias y alucinaciones, ábreme el laberinto de tu vientre para depositarme y esconderme, para beberte los ríos que te recorren, para saciarme de fantasmas y demonios. Sylvia, nuestra Sylvia. Dame, a través de tu cuerpo, tus rincones más íntimos. El eterno veneno de tu oscuridad infatigable.


III
Me besaste, Sylvia, y tu beso se abría en mi lengua como un follaje ensanchando mi tristeza y mi espanto.

Hundiste tu lengua profundamente hasta vaciarme el espejo enterrado en esta tierra baldía que voy siendo, hundiste tu lengua vaporosa para bautizarme lejos de la luz divina. Hundiste tu lengua y yo me hundía en ti, entre estertores desesperados, asfixiantes; entre un brote inclemente de fluidos.

Me diste a beber alcohol consagrado por la piel donde se multiplican los veranos. La llama me dejaba contemplarte tendida y dura sobre las piedras de la infancia. Me diste a beber tus líquidos desde tus pezones templados por el silencioso andar de mi lengua, tus pezones que se abren alegres a mi boca que los desgajan con la sutileza de la seda.
Me besaste Sylvia y estabas desnuda tumbada sobre la mesa, mientras me ofrecías la vasija de tu vientre. La inteligencia de tu desnudez regaba desde tu ombligo el vino dorado vaciado en las hebras de tu pubis para catarme como en una ceremonia antigua, el estampado sudor de tu cuerpo.


VI
Estabas echada, Sylvia, sobre aquellas lejanas latitudes. Una sombra de espinas cubría tu cuerpo y rasgaba tus senos firmes. Los ríos de sangre que se desprendían del llanto de tus heridas corrieron hacia la punta de mis palabras entrecortadas para no andar a solas, para no enloquecer de sed y de hambre.

Conocías muy bien mi antiguo designio. Sabías de sobra que mi alma, ya perdida entre las sombras, era profunda como el pozo de orgasmos que sacuden tu vientre. Entendías que la flor negra abandonada como viejo fruto sobre la presunción de la entrega era la hoguera donde van a quemarse mis palabras y mis labios despojados de divinidad para acoplarse
al acompasado ritmo que emite tu carne viva.

Sylvia hecha jirones dentro de los ecos de la noche, sabrás quién soy por las marcas que deja mi pecho sobre tu pecho ensangrentado. Sabrás cuál es mi procedencia por la danza que improvisa mi lengua sobre tus heridas abiertas donde colapsa el deseo.
Y yo sabré secretamente cuáles son las señales que desatan las tormentas, las señales por donde husmean mis manos para retardar la llegada de los gritos más veloces, del martirio de tragarnos las cruces. De ajarnos la piel con las uñas. De acallar el día que comienza a golpear en la espalda. Estabas echada Sylvia desnuda y sangrante, seducida por las punzadas de cada espina. Estabas echada bajo mi cuerpo sin memoria. Mis hijos se derramaban sobre aquellas lejanas latitudes y yo me volvía, frente a tu mirada cansada, un pueblo vacío y llano.


VIII
Sylvia, tú me conoces. Soy la burla del desvelo que solloza a las puertas de tu carne impúdica. Me conoces bien. Sabes de mi condición de soplo desgarrado, de designio extendido en el arrobamiento de tus piernas abiertas a mi lengua con cruel lascivia.

La humedad de tu abismo no me permite resistencia. La melodía de tu hambre en el acto me arranca de raíz, me invade el sueño de espectros, de fatiga, de esta doble nostalgia por los cementerios.

Lanzada sobre la banca del parque tus muslos estrangulaban mis besos, allí te revelaste, allí me aprendiste. Yo ladraba sombra de árboles. Tú me lanzabas ráfagas de nombres extraños.

Nos devoramos, Sylvia, nos devoramos sin asombro, lejos de todos, en nuestro espacio secreto, en nuestra doble vida. Nos socavamos, nos iluminamos con luces de otro mundo.

Tú me conoces Sylvia, sabes de mi condición de temblor ahogado. Sabes de mi negligencia para negarme. Sabes de mi ebriedad orgánica. Sabes y me sabes.
Retornaré a ti. Tú volarás hacia otra parte, pero guardaré tu follaje en mis dientes y tu sexo perforado por la muerte. Repudiaré a los ángeles. Responderé a dios con tus gritos de mujer hecha férvida fuente chorreante. Perderé cielo e infierno, pero aguardaré puro como el enigma por andar nuevamente como copa sideral en la libertad de tu cuerpo eterno.



XVII
Tengo miedo de tu ausencia, Sylvia. Miedo en el pecho que grita como un árbol de sangre. Un soplo de secretos. Miedo de no sentir el vacío respirando bajo tus senos. De no sentir tu herida cavándome en las entrañas. Por eso bebo. Te bebo desde adentro. Bebo hasta la raíz de tu doble naturaleza. Que nuestro linaje camine junto para vencer a la vida, para permanecer en la noche. En su oscuridad de fuerzas ocultas. Necesito permanecer como sombra sin dueño, en la noche contigo. La eterna noche que no amanece y se profundiza en tu cabello hecho de collares de tormentas oprimidas en mi corazón. Necesito vagar por tu espesura espesa para borrar este miedo a deambular solo por las estaciones del tiempo. Conduélete de mi pobreza y abre tus piernas para aferrarme al perfume incandescente de tu vulva y naufragar en tus fluidos divinos. Expande sobre mi piel las llagas de tu amor. No me abandones en la luz. No me dejes olvidado en la luz.



XVIII
Sentado trato de volver, Sylvia, a las cenizas fantasmales de tus catástrofes más antiguas, a la suave sombra de tu cintura, esfera donde giran los infiernos, que me golpea perdida entre relámpagos.

Al significado del lomo de las tempestades -esparcidos delicadamente por la sangre del cielo.

Sobre las cosas que pasaron detenidamente frente al silencio de los árboles deshojados, frente a los años que grité contra los puertos de las inevitables partidas.

La convicción de tu desnudez hacía discursos frente a mis manos preparadas para la batalla del exterminio absoluto.

Le preguntaba a tus senos acerca de su alegría de cantar sobre las hojas quemadas en mi lengua sobre las caricias que solía cultivar como menester de sombra, apenas en el instante en que me abrías el océano de tus piernas. Sobre los patios por donde rodábamos entre besos equivalentes al cielo tumbado en tus ojos.

Acostado trato de oler la fragancia encantada de tu sexo después de la reinvención del fuego; después de que las barbas del goce dejaran caer su fino pelambre sobre nuestras pieles esmaltadas por el sudor domiciliado en tus susurros de amante.

Trato de percibir el lecho revuelto por los demonios de la noche que nos gritan sus malas costumbres.

Repaso en tu vientre la superficie del enigma dibujado desde el vacío por el viejo poeta mientras me mostrabas tus nalgas como catedrales absortas por los recuerdos que nos salvan de la muerte.

Desnudo, mientras duerme la muerte tras el espejo, descifro la suma de los cantares desprendidos de tu boca entreabierta cuando sorprendí en tu espalda el tiempo de la ebriedad. Descifro, entonces, los cerezos inocentes que rebosan en tus muslos. Sin quererlo aprendí los idiomas de tu carne hinchada bajo la eternidad de mi lengua, tendida con la furia y la rabia sobre la profunda selva dejada por los ángeles en tu centro vital de mujer incendiada entre las tinieblas.

Me pides Sylvia que me sumerja en ti para reconstruir el tramado de los amantes, para hallar la manera clara y sin nombre de comer tus frutos, de hacerte girar más allá de los despojos del mundo, lejos de los ojos que rechinan debajo de la piel, escondidos entre el polvo de las palabras dispuestas como pesadillas todavía sangrantes en la memoria de los anaqueles.

Tu aliento que quema toca con sus brazos extendidos las paredes de mis venas por donde transita el amor que siempre tendrá tu boca.

Y fallezco, Sylvia, en pretérito retorno me vuelvo tiempo que siempre regresa a tu vientre para ser más que escombro en la memoria de los peces, para descubrir los deslumbramientos de la atmósfera de la muerte.
Siempre regreso a encontrarte entre las bellas sombras tejidas por la sed que repartimos sin descanso en nuestros cuerpos ya marchitos.



XL
El vértigo ha roto el límite, sacude sobre la piel endurecida de tus nalgas las anudadas ramas de la noche tocando las últimas puertas de este destierro de las plazas, de los estacionamientos poblados de caricias escondidas bajo las sombras donde se apagan los pasos de todos los fantasmas que vamos siendo. Sylvia, déjame decirte ahora desde el vacío, desde este momento al borde del final cómo la inocencia se abrochaba a las partidas entre las rosas del patio, entre la longitud del hambre proporcionada por tu cuerpo y la dimensión del desvelo de tu ternura oculta, déjame decirte que mi amor se hace en tus manos animal infinito, demencia de gatos florecidos en la arena, silencio de la memoria que palpita sus abominables recuerdos sobre un charco de cosas muertas y amores imposibles.

Sylvia, tus ojos organizan mis palabras según cómo vayan despuntado las caricias en tus piernas bajo la mesa, ocultas de las marañas ofrecidas por miradas ajenas a este secreto suave como las uvas, mientras las horas me cierran los ojos y tu sexo derrama sus aromas sobre mi boca desprovista ya de pensamientos íntimos y linajes sollozantes. Al final sólo queda tu nombre, sólo queda tu nombre y nuestras sombras caminando hacia los sitios marcados por nuestros encuentros, por el placer que nos aprendimos a escondidas, ocultos bajo la sombra que nos niega el sol.
Al final sólo queda tu nombre, sólo queda tu nombre y tu aroma jadeantes, el enigma de no saber si alguna vez fue posible o si tan sólo eres la vaga impresión del deseo persistiendo irremediablemente en el vértigo de saberte mía y haberte perdido.

1 comentario:

Jesús dijo...

Hola amigo: entro en tu blog desde el blog de Cuandodigopoesia de la Nilda J. Sarmiento y me encuentro con una serie de escritos dedicados a Syivia y oh sorpresa! el primero de ellos he tenido el placer de grabar con mi voz por encargo de Nilda. Un placer hacerlo y disculpa el atrevimiento espero que haya sido de tu gusto a pesar de un acento tan diferente y distante al vuestro en mi español.
Un saludo cordial.
Te invito a mis casas dedicadas a poesia en general la primera y a Neruda la segunda.
www.ladagademiparnaso.blogspot.com
www.elparnasodeneruda.blogspot.com