sábado, 25 de octubre de 2008

POEMAS DE PAUL CELAN

UNA DAMA EN LA SOMBRA
Cuando viene la silenciosa y decapita los tulipanes:
¿Quién gana?
Quién pierde?
¿Quién va a la ventana?
¿Quién nombra su nombre primero?
Es uno que lleva mi pelo.
Lo lleva como se lleva a los muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo llevó mi pelo el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese no nombra su nombre.
Es uno que tiene mis ojos.
Los tiene desde que los portones se cerraron.
Los lleva en el dedo como anillos.
Los lleva como trizas de placer y zafiro:
él ya era mi hermano en otoño;
ya cuenta los días y noches.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese nombra su nombre al final.
Es uno que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo como un hato.
Lo lleva como el reloj su más mala hora.
Lo lleva de umbral en umbral, y nunca lo arroja.
Ese no gana.
Ese pierde.
Ese va hacia la ventana.
Ese nombra su nombre primero.
Ese es con los tulipanes decapitado.


ELOGIO DE LA DISTANCIA
En el manantial de tus ojos
viven las redes de los pescadores del Mar Extravío.
En el manantial de tus ojos
mantiene el mar su promesa.
Aquí arrojo,
corazón que moró entre los hombres,
de mí los vestidos y el brillo de un juramento:
Más negro en lo negro, estoy más desnudo.
Sólo desavenido soy fiel.
Yo soy tú cuando yo soy yo.
En el manantial de tus ojos
surco y sueño pillaje.
Una red atrapó una red:
nos separamos abrazados.
En el manantial de tus ojos
un ahorcado estrangula la cuerda.


CON LLAVE CAMBIANTE
Con llave cambiante
tú abres la casa en la cual
la nieve oscila de lo silenciado.
Según la sangre que te mane
de ojo, boca u oído,
tu llave cambia.
Si cambia tu llave, cambia la palabra,
a la que le está permitido oscilar con los copos.
Según el viento que a empujones te aparta,
se amontona la nieve en torno a la palabra.


CUALQUIER PIEDRA QUE LEVANTES
En cualquier piedra que tú levantes, descubres
a aquellos que necesitan el abrigo de las piedras...
Cualquier palabra que tú hables la debes al destrozo.


CENOTAFIO
Disemina tus flores, forastero, disemínalas en paz:
déjalas caer a lo hondo,
a las espinas.
Quien aquí debía yacer, ése yace
en ninguna parte. Pero a su lado yace el mundo.
El mundo, que abrió su ojo
ante tantas gasas.
Pero él, porque tuvo algún vislumbre, se alió
al partido de los ciegos:
anduvo y espigó demasiado:
espigó el aroma —
y los que vieron esto no le perdonaron.
Entonces fue y se bebió una rara gota:
el mar.
Los peces —
¿se unieron los peces a él?


HABLA TAMBIÉN TÚ
Habla también tú,
habla el último,
di tu sentencia.
Habla —
Pero no separes el No del Sí.
Dale a tu sentencia también el sentido:
dale la sombra.
Dale sombra suficiente,
dale tanta
como sepas repartida en torno a ti entre
medianoche y mediodía y medianoche.
Mira en torno:
ve cuánta vida hay en derredor —
¡Cuando la muerte! ¡Vida!
Verdad habla quien habla sombra.
Pero ahora se atrofia el lugar donde estás:
¿Adónde ahora, el más desnudo de sombra, adónde?
Escala. Palpa hacia arriba.
¡Más delgado te haces, más inconocible, más tenue!
Más tenue: un hilo,
por donde quiere descender, la estrella:
para nadar abajo, abajo,
donde ella se ve brillar: en la resaca
de palabras errantes.


FLOR
La piedra.
La piedra en el aire, yo la seguí.
Tu ojo, tan ciego como la piedra.
Éramos manos,
apuramos la oscuridad hasta vaciarla, hallamos
la palabra que brotó al verano:
flor.
Flor — una palabra de ciegos.
Tu ojo y mi ojo:
procuran
el agua.
Crecimiento.
Va hojeando
pared a pared del corazón.
Una palabra más como ésta, y los martillos
oscilarán al descubierto.

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SOLES EN FIBRAS
sobre el yermo gris-negro.
Un pensamiento
con estatura de árbol
aferra el son de luz: todavía
hay canciones que cantar más allá
de los hombres.

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Si otra vez fueras tú mi dolor, fiel a ti,
y pasara un labio de largo, de este lado, junto al
lugar donde yo me propino desde mí,
a ti te llevaría por esta calle
hacia adelante.

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OIGO QUE EL HACHA HA FLORECIDO,
oigo que el lugar es innombrable,
oigo que el pan, que lo mira,
saluda al ahorcado,
el pan que le coció la mujer,
oigo que llaman a la vida
el único refugio.

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Yo puedo, mira, en ti, glacial, sumirme;
tú misma ultimas a tus hermanos:
antes que ellos
estuve yo contigo, nevada.
Arroja tus tropos
al resto:
UNO quiere saber
por qué no fuí con Dios
distinto a cómo fuí contigo,
UNO quiere ahogarse dentro,
dos libros en vez de pulmones,
UNO, que se clavó en ti,
exhala la estocada,
UNO, él era el más cercano a ti,
se pierde a sí mismo,
UNO adorna tu raza
con tu traición y la suya.
Tal vez yo fui cada uno.


NOSOTROS, REBOSADOS DE PROFUNDIDAD,
solos en la gelidez.
Cada talud arrastra una pestaña
hasta la impronta del ojo
y su núcleo de
piedra.

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LO AJENO
nos tiene en su red,
la caducidad echa mano a
través de nosotros desconcertada,
cuenta mi pulso, cuéntalo
también dentro de ti,
entonces emergemos,
hacia ti, hacia mí,
algo nos amortaja
en piel de día, en piel de noche,
para el juego con la más alta, la epi-
léptica seriedad.

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