sábado, 18 de octubre de 2008

LITERATURA Y LIBERTAD. Por Roberto Echeto ®



0. Obertura estúpida.

La estupidez es una segunda sombra que anda detrás de cada ser humano; es una bestia que, al menor descuido, se apodera de las personas y las vuelve ceniza.

En esta época la estulticia se manifiesta de muy diversas maneras. Serénate un instante y verás sus devaneos proteicos. Verás una crisis financiera mundial, un desastre ecológico por aquí y otro más allá; una carnicería en México, otra en Osetia o en China (da lo mismo); verás candidatos que discuten sobre temas que no entienden ni les interesan; verás un juicio por un maletín lleno de dólares en Miami, una señora que anda para arriba y para abajo con el turbante de Voldemort amarrado a la cabeza… Verás de todo y todo será banalidad vestida de perversión.

La literatura es una de las pocas armas que existen para luchar contra la necedad generalizada. Así fue en el pasado, es en el presente y será en el futuro. Por eso, entre muchas circunstancias, es un objeto al que mucha gente detesta. Como les recuerda o les hace ver sus estupideces, muchos la odian y no asumen el esfuerzo que supone enfrentarse a un libro.

1. Lectura, crítica y democracia.

La literatura es un ejercicio consustanciado con la libertad. Lees lo que quieres, al ritmo que quieres, te imaginas a los personajes como quieres (o como puedes), dejas el libro si te da la gana, hablas de él o no... Si lo deseas, puedes escribir grandes dramas sobre el ser humano, comedias, novelas de aventuras, ensayos sobre un tema que te perturba o sobre el que crees que puedes decir algo interesante... ¿Lo ven? La literatura y la libertad van unidas.

Así como la literatura está consustanciada con la libertad, el amor por los libros y por la lectura nos emplaza a tener un pensamiento democrático. Como todo lo que leemos nos pone a pensar y a emitir opiniones, no nos queda otro remedio que oírnos unos a otros con respeto. De nada sirve ponerse a pelear porque a ti te parece que Coetzee es mejor que Pamuk o porque alguien opina que Bradbury tiene una prosa demasiado relamida. Nadie golpeará a nadie porque a Fulanito le guste más Dostoievski que Tolstoi o porque a Pepita le agraden más las novelas de vaqueros que los mamotretos de Roberto Bolaño. Como los libros se conectan de muy distintas maneras con cada uno de nosotros, no tiene sentido que creamos que uno es mejor que otro o que tal o cual autor es «El Autor». Cada novela, cada cuento, cada ensayo, cada poema, cada obra de teatro, cada crónica, cada artículo, remueve algo de nuestra pequeña y singular historia. Por eso lo que las letras producen en nosotros es intransferible. Podemos comunicar lo que opinamos o lo que sentimos al leer algo, pero no podemos traspasárselo a otra persona. Mucho menos podemos imponérselo ni convertirnos en árbitros de lo que debe o no debe ser la literatura. Eso es estúpido y antidemocrático.

Como ustedes saben (si es que lo saben), en mi país ocurre un desastre que podríamos cifrar en un millón de anécdotas perversas que no vale la pena recordar aquí porque perderíamos nuestro tiempo. Sin embargo, hay que decir que la literatura no está exenta del peligro que agobia a la sociedad venezolana. Ese peligro, damas y caballeros, es una voluntad totalitaria que no sólo se expresa a través de los caprichos de un malhablado mandarín, sino en la estúpida necesidad que tienen muchos venezolanos de dominar, de creer que su visión del mundo, del arte, de la literatura, de la vida, es la que es y ya, los demás que se hundan o desaparezcan.

Entre nosotros, los que nos solazamos entre páginas impresas, hay muchos mandamases, muchos rectores del gusto ajeno, muchos tiranos que tratan de imponer sus gustos, como si éstos fueran la hostia. Salgan de aquí y lean los foros de literatura que hay en Internet. Entren a los blogs en los que se comentan libros. Observen cómo se denuesta, cómo se insulta, cómo se hace burla (casi siempre desde el anonimato) de quien piensa diferente, de quien no entra en el rebaño de los que dicen que tal o cual novela es buena o mala. Esos espacios demuestran una voluntad no democrática, una ausencia de diálogo, un deseo de aplastar o denigrar al otro porque piensa distinto. Eso, señoras y señores, al menos en mi país, se conecta con la presencia de un espantapájaros boquiflojo rigiendo las vidas de los venezolanos.

La literatura es un espacio en el que coexisten muy distintas corrientes de pensamiento. Así que es natural que haya polémicas, que se discuta, que se critique y que se argumente. La única condición para hacer de ese intercambio un diálogo provechoso para todos es el respeto mutuo, la tolerancia a las ideas ajenas aunque no las compartamos o no nos interesen.

No hay una sola manera de escribir. En realidad, ninguna manera es La Manera. Ningún autor es El Autor. Así que Borges, Cervantes, Piglia o cualquier otro santo recién canonizado, pueden irse a la playa o adonde le plazca.


2. El mundo y la literatura están llenos de distopías.

A un loco llamado Platón se le ocurrió imaginarse una república perfecta. A San Agustín, otro loco, se le ocurrió imaginarse una ciudad de Dios. A Tomás Moro (que no se quedaba atrás en cuanto a locura) también se le hizo fácil creer que podía imaginarse un lugar ideal donde viviría una sociedad ordenada a la perfección, y claro, a partir de ahí, cuanto dementado con dotes de político y orador que haya existido, se ha puesto a diseñar su propia utopía para proponérsela a los demás.

Lo malo de esos oradores alucinados es que cuando unos cuantos los siguen y les dan importancia, se sienten con el poder suficiente para imponerles sus ideas a otros. Así hemos tenido «soñadores» como Napoleón, Hitler, Stalin, Mussolini, Franco, Kim Il Sung, Tirofijo, Jim Jones, los talibanes y otros muchos, cuyos sueños les prodigaron pesadillas horribles a millones de almas.

Así son las distopías: surgen como modelos utópicos diseñados para prodigarle la felicidad casi absoluta a una sociedad, y luego, cuando aquello que lucía tan bello en el papel se torna irrealizable por las buenas, el soñador deja ver su verdadera faz. ¿Les suena conocido? Supongo que sí. Resulta difícil no darse cuenta de que en nuestro continente más de una utopía se volvió negativa. En mi comarca, por ejemplo, el mandarín habla con voz melosa de sembrar un sistema que prodigará infinitas bondades, pero la verdad es que la patria cada día está más fea, más violenta y más destartalada. Y si sus habitantes protestan… Si protestan, no hace falta decir lo que ocurrirá.

Yo no sabría qué nombre ponerle a eso que ha ocurrido, y que ocurre, en mi país si no hubiera leído 1984, Fahrenheit 451, Un mundo feliz, Diario de la guerra del cerdo o El señor de las moscas. Si no hubiera visto Terminator, El planeta de los simios, V de Vendetta, Children of men, Alphaville, Metropolis, Gattaca, Matrix o WallE entendería menos. Si no me gustara leer novelas ni ver películas, no entendería el sentido de las barbaridades que suceden todos los días en este continente y, en especial, en mi patria malhadada. Cuando sabes que vives en una distopía violenta y absurda a la vez, se te abre la oportunidad de evitar que las aguas mefíticas te arrastren hacia la laguna Estigia.

Para eso sirve la literatura: para ayudarnos a comprender nuestra propia vida.


3. Por qué no soy comunista

Nunca me gustó el comunismo. Que un buró se arrogara el derecho a imponerme su concepto de la vida y de la felicidad siempre me produjo arcadas. ¿Quién es, qué hizo, qué fuerza extraordinaria dotó a ese hombre o a ese partido para decidir que yo debo compartir con otros todo lo que tenga o adquiera a lo largo de mi existencia? Nadie. Al menos quien les habla no les concede ninguna autoridad para decidir por él qué debe pensar, qué debe querer o cuánto debe ganar por sus múltiples ocupaciones.

Por si fuera poco, nunca me agradó la pinta de los apóstoles que trataron de iniciarme en esa religión. Que unos tipos malbañados, con boinitas y barbas de tres o más días, vinieran a hablarme de Marx, de Stalin o de la Teología de la Liberación, nunca me pareció serio. Para serles sinceros, me apartaba de ellos porque no me gustaba lo que decían y porque si me quedaba cerca, como mínimo, me iban a pegar su olor a creolina.

Y que conste: no pertenezco a ningún grupo que los rojos de aquí o de cualquier parte detesten. No soy cursillista, no soy del Opus Dei, no soy mormón, Testigo de Jehová ni evangélico. Tampoco uso camisas deportivas con nombres de jugadores en la espalda ni oigo reguetón ni sostengo a ciegas ninguna fe ni ninguna patria. Yo lo único que defiendo, damas y caballeros es una sola cosa: mi libertad. Libertad para decidir (sin que esto signifique la ruina ni el mal de otros) qué es la felicidad para mí, en qué debo trabajar, en qué debo invertir los beneficios de mis ocupaciones, con quién debo hacer negocios o trabar amistad... Ser libre para pensar lo que me dé la gana, para escribirlo y exponerlo sin que por ello me manden a una jauría de hienas fosforescentes.

No soy comunista porque detesto andar para arriba y para abajo con un gentío. Odio sumarme a las ideas de otros. Yo tengo mis propias ideas y, si son malas, no me interesa. Ya me las arreglaré cuando me equivoque. Me gustan la soledad y la libertad, dos circunstancias cuyos nombres terminan en «dad» y que se acomodan bien con lo que más me gusta hacer, aparte de ganar dinero: escribir.

Soy orgulloso; muy orgulloso. Nadie me ha regalado nada, así como no se lo regalaron a mi abuela ni a mis papás.

Escribo por eso mismo: porque soy orgulloso. Un escritor se mueve en la franja muy tenue que se forma entre un orgullo gigantesco y una capacidad autocrítica formada al calor de los libros que lee, de las películas que ve, de las obras de arte a las que se acerca, de las conversaciones que tiene, etcétera, etcétera.

No me gusta el comunismo. Es un sistema de gente floja y de mal gusto que, para poder gobernar, tiene que imponerse por la fuerza, por la trampa o por el viejo truco del chantaje basado en que ellos hacen lo que hacen dizque porque aman al prójimo… Yo amo al prójimo sin necesidad de ser comunista. Les deseo el bien a ustedes que me oyen, a los que están allá fuera y a la humanidad toda, sin seguir los dictados de ningún buró ni de andar adorando guerrilleros.

Y que conste: los extremistas de derecha nunca me han gustado. Esa gente no quiere al prójimo ni a nadie. Sólo se quiere a sí misma y al contenido de sus arcas. Por eso me alegra que siempre haya alguien que los ponga en su sitio. En realidad me alegro cuando los brutos reciben su merecido y terminan con la cara llena de morados. Detrás de todo extremista de izquierda o de derecha está el mismo germen de brutalidad e intolerancia del que hablamos hace rato, ése que se expresa en blogs y en foros de literatura y que hace indignarse a algunos porque a ti no te gustó tal o cual novela.

No soy comunista porque me formé oyendo a Iron Maiden y a Judas Priest; porque he visto en vivo y directo, y en las páginas de cientos de libros, infinidad de obras de arte que me han llevado a pensar que nada que sea grande —grande de verdad— nace porque una ley o un capricho lo digan. Todo lo que vale la pena se gesta en libertad, con mucho trabajo, con mucho sacrificio y a solas, sin una parásita multitud repitiéndote a cada rato lo que el líder dice, lo que el líder quiere, lo que el líder ama, lo que el líder representa, lo que el líder es y demás basura.

Un escritor, damas y caballeros, es un artista, un aristócrata de las formas, un rey en su mundo minúsculo, un monstruo que vive en su propio espejo.

Compartimos tiempos oscuros. No hablar de la resurrección de viejos fantasmas ni advertir que la literatura es uno de los terrenos donde debemos pelear contra ellos, son dos irresponsabilidades con las que, al menos quien les habla, no piensa cargar. Por eso, damas y caballeros, acaban de oír lo que acaban de oír.
Muchas gracias.


Palabras leídas por Roberto Echeto durante el Encuentro de Escritores realizado en el marco de la VI Feria del Libro de la Universidad Católica Cecilio Acosta

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