sábado, 18 de octubre de 2008

LAS CIUDADES DE TU CUERPO (Fragmento) Por Vivian Jiménez


Así pasaron los últimos meses, y volvieron a pasar durante unos segundos en mi mente apresada por el contraste de nuestro delirio en esta habitación donde se evaporan nuestros líquidos, hacemos las nubes, creamos de nuevo al mundo, nuestro mundo, este día de julio.

Enrique seguía disfrutando mi cuerpo. Me bebía como si fuera a reencontrarse con su vida, la que había cambiado desde el accidente. A pesar del tiempo transcurrido tras la muerte de Clara y del malestar evidente de los amigos (era la forma que tenían de mostrar que eran amigos), si de algo no se pudo recuperar fue de la culpa irresistible y persistente que lo condenaba. Creía haber impuesto un pesado destino sobre la pequeña huérfana, y el esposo amigo, ahora viudo y enemigo.


Veía su cabeza regodearse entre mis muslos y el pasado se borraba, al menos por un instante. Enrique era un vampiro perdido, pensaba mientras iba dejando la conexión con el mundo por las batidas del orgasmo que venían sacudiéndome. Me halaba hasta el extremo de un placer en el que ya no confiaba, pero que tampoco podía controlar. Aunque él pensaba que su vida ya no era igual, que había perdido interés, en la cama seguía siendo el inescrupuloso e incansable que conocí en aquella isla. Su rostro se mantenía fresco a pesar de la cicatriz en su pómulo derecho.
Después de varios meses de recuperación, pudo venir a visitarme, hacía más de un año que no nos veíamos. Dentro de mí quedaban restos de orgullo mezclados con una gran tristeza por lo sucedido, pero el amor hacia Enrique no había sufrido cambios. El deseo superaba cualquier falsa decisión, incluso la del tiempo. Nuestras conversaciones duraron muchos días de absoluto silencio, hasta que llegó la primera palabra y lo recompuso todo.


La muerte siempre viene inoportuna, indecente, arrasando con lo que se le antoje. La muerte es cruel. Ante la pérdida de Clara no sabía qué sentir. Jamás hubiese deseado que los acontecimientos se dieran de esa manera. No me interesaba la muerte para nadie. Pero, ¿cómo interpretarla ahora? La muerte de Clara trajo consigo que Enrique volviera, que nos reencontráramos, y que ahora salieran mis lágrimas por el placer de tenerlo enganchado entre mis nalgas, entrando y saliendo con la misma ofuscación de un niño cuando posee un juguete nuevo y no quiere que se lo quiten.


Sin detenerse, inventaba su vida conmigo, quería remodelar su destino y hacérmelo parir. Le gustaba dejarme marcas tenues en la piel que me llevaban a constatar después, frente a un espejo, cuánto de él había quedado en mí. Necesitaba ver sus huellas sobre este mundo, asegurarme de que aún existía. Esta vez se comportaba más obsesivo. Veía en mi cuerpo la compensación que la vida le había dado después de tanta desgracia.


Cada vez que entraba con su poder, mientras me mantenía de espaldas a él, apoyándose en mis caderas, yo recordaba a Clara y sentía agradecimiento por ella. Cerraba mis ojos y la veía estampada como una virgen. Salvo Clara, nadie había dado la vida por mi felicidad. Y mientras Enrique se vaciaba dentro, yo terminaba de masturbarme pensando en ella.



Veía a Enrique boca arriba. Todavía quedaban restos de mi sangre en su cuerpo. Sus ojos permanecían cerrados desde que se descargó y se regó sobre mi pecho, hacía unos minutos. Me deleitaba recordando su boca de animal cazador revoloteando más allá de mi ombligo. Mi ambición por darme a él no tenía límites. Me condenaba el deseo. Ese cuerpo que reposaba cerca podía hacerme lo que se le ocurriese. Me sentía disponible completamente. A pesar del tiempo que estuvimos sin vernos, en nuestras carnes quedó intacto el gozo, nos sentíamos como si los momentos de felicidad hubiesen ocurrido ayer. Ahora lo observaba, y con eso crecían mis ganas. El sexo tiene buena memoria.

Como se mantenía quieto, asumí la iniciativa -le excitaba que usara su cansancio a favor de mi satisfacción-. Acostada sobre él volví a ubicar mi sexo en su rostro, y acerqué el suyo al mío. A pocos centímetros comenzaba a vibrar por el regalo que aprovechaba de su nariz. Lo cubrí con la sangre de la vida, para que abandonara la muerte de una vez. No debíamos perder más tiempo. A su sexo que reconoció mi presencia lo fui acomodando entre mis labios y mi lengua. Nada como lo de uno.

No pude contener la sacudida gustosa que provocó llenar mi boca. Me hice a un lado para poder gritar y restregarme contra la sábana arremolinada. Metí mis dedos entre las piernas y froté a la misma velocidad que la sensación iba subiéndome, para reforzarla, para entregarme enteramente a ella. Los dedos de mis pies se unían y separaban marcando las pulsaciones del corazón. Era un cuerpo donde sus partes renunciaban a serlo para unirse en un temblor íntegro, total, que luego mermaría lentamente.

Enrique, a pesar del estremecimiento, se mantenía quieto, como si su cuerpo fuera de otro. El éxtasis que dominó mi mente no me había permitido dar cuenta de lo que sucedía, pero era evidente que algo no estaba bien. Lo sentía distante, no podía decir que se trataba del mismo que me había poseído hacía un rato. Mis orgasmos siempre lo sacaban de cualquier preocupación. Sin embargo, esta vez seguía ausente. Con mi dedo gordo del pie traté de abrirle los ojos sin conseguirlo. La comisura de sus labios mostraba un desánimo injustificado. A pesar de la sangre que se secaba sobre sus mejillas, rastros de lágrimas abrían surcos en ellas.

Algo merodeaba su pensamiento. Sospeché que una mala noticia iba a salir otra vez de su boca que había sido mi boca unos minutos atrás. A pesar de la rabia que iba creciéndome, recordé que su recuperación física se había completado, pero la de su culpa no. Tenía la idea fija de que era un hombre de sentimientos sucios, un traidor, mal amigo y cobarde. Era un proceso de desintoxicación sobre los juicios contra sí mismo que tendríamos que emprender cada día. Estaba dispuesta a ayudarle si colaboraba con sinceridad, en esos momentos necesitaba saber lo que pasaba por su cabeza. Su silencio era una daga que se iba acercando hasta ponerme en el límite de no aguantar más, y en ese punto era capaz de sospechar cualquier cosa.

Miles de imágenes se quitaron el disfraz que habían tenido durante los últimos tiempos. El odio, la mentira, otro rostro femenino, la posesión. Decidí enfrentarlo -¡nganga contra nganga!-. Era mejor salir de eso. Si no le gustaba, si mi cuerpo lo encontraba tedioso, si ya no le interesaba resbalar sobre mí, si añoraba lo perdido, prefería que me lo dijera sin lástima ni condescendencia.
Me senté apoyando el rostro sobre mis rodillas, abrazándome a ellas, ocultándome. Comencé mi discurso, nerviosa, como siempre que tomo la iniciativa de tratar un asunto ante el que no me siento segura. Así hasta terminar en un sollozo. Le recordé el amor que sentía por él, lo que me gustaba, lo importante que había sido lo que habíamos pasado juntos, mi disposición a olvidar el pasado. Le expliqué con detalles cómo cambió mi vida desde que lo conocí -ya los mocos me llegaban a los tobillos-, que abandoné mi isla por acercarme más a él, que quería estar a su lado cada vez que se sintiera perdido, pero -recogí mis mocos de un suspirón- comprendería cualquier cambio de opinión con relación a nuestros nuevos planes. No sería la primera vez, (el resentimiento no perdió la oportunidad para lucirse).

Enrique no decía palabra alguna, se mantenía inerte. Empecé a desesperarme y a levantar la voz, a formar una algarabía hasta sacudirlo con toda mi fuerza. Entonces contacté con el frío patético de su piel, en pleno mes de julio. Un día de julio que no era como cualquiera, era el día de mi cumpleaños. El alma se me asustó, busqué su respiración que se había perdido.

No era una mujer de carne y hueso la que mortificaba su cuerpo. Era la madre brutal, la más poderosa de nosotras, la vencedora del mundo, la envidiosa sin aire, la apasionada por costumbre, la obstinada sombra imperturbable, la capaz de cambiar un maravilloso día de placer por su presencia sin tiempo. Hoy que había sido un día feliz.

Como si el placer le perteneciera, en cada parte de mi cuerpo que había sentido a Enrique, se creó un vacío de fuertes dolores, por donde salían mis gritos estrellándose contra el espejo y los muebles del cuarto. Grité por todos los rincones de la tierra. Mi voz recorría los caminos, buscando su alma antes que desapareciera. Pero no era en el mundo, sino dentro de mí donde iba regándome hasta no poder más.Busqué tratando de encontrar alguna palabra de la que pudiera sujetarme. Enrique, yo. Algo se estaba perdiendo. Sólo el recuerdo brutal se arremolinó y me enseñó la vida que pesaba atrás.

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