sábado, 18 de octubre de 2008

APUNTES SOBRE SCOTT FITZGERALD,MILLER Y BURROUGHS. Por Valmore Muñoz Arteaga


Introducción
Hemos dicho en otra oportunidad que las bases que definen a la literatura moderna se encuentran focalizadas en la década del 20 del siglo pasado. Una década dentro de la cual los escritores europeos y norteamericanos intentaron con mucho éxito replantearse la fisonomía del hombre bajo la dictadura de unos nuevos conceptos de convivencia y sociabilidad. Conceptos que tendrán cabida en un mundo en el cual el hombre no tendrá el mismo valor de antaño, en el caso de que en ese pasado éste hubiese tenido un valor real. Un mundo (¿feliz?) en el cual todos los dioses están muertos, las guerras combatidas y la fe en el hombre destruida (Scott Fitzgerald).


Las nuevas estructuras políticas surgidas al finalizar la Primera Guerra Mundial marcarán el ritmo de los próximos años. Tres grandes imperios han sucumbido y con ellos una visión del hombre y del mundo. Los nacionalismos, los autoritarismos, los totalitarismos desembocarán en una nueva guerra. El surgimiento de nuevas concepciones económicas trastocará el papel que desarrollará el hombre en la vida social. Así mismo, las economías destruidas hacen posible que grandes negocios sean devorados por la quiebra, y con ella la depresión se hace presente en todos los ámbitos de la vida humana. “Irrumpe el vértigo del cine, la radio, el periodismo sensacionalista, el automóvil, los deportes masivos, la música ligera y la gran ciudad, la prisa, el turismo, las revoluciones estéticas”.1


En Norteamérica no será distinto y prueba de ello serán los escritos de tres atormentados, de tres malditos de las letras contemporáneas: Francis Scott Fitzgerald, Henry Miller y William Burroughs. Autores en cuyas obras descansa la tortura de un mundo que parece andar demasiado rápido, tan rápido que no repara en la sistemática pérdida de una sensibilidad quebrada en sus bases por la guerra recientemente culminada, y que terminaría de sucumbir con la alborada de una nueva y más sangrienta con unas repercusiones que aún hoy causan bochorno y vergüenza.

Francis Scott Fitzgerald (1896-1941)
Uno de los escritores más importantes de la literatura norteamericana y quien mejor encarnó los propósitos de aquella generación pérdida. “Si decimos que una obra fallida es aquella que no responde a las esperanzas que ella misma despierta, de una existencia también podemos decir lo mismo. A la postre, la de Francis Scott Fitzgerald resultó ser una existencia fallida, aunque alumbrará en ella algunas de las obras maestras de la literatura de todos los tiempos”.2 Si bien Scott Fitzgerald no responde como creador a las consideraciones que se ajustan a la esencia de ser un maldito (Poe, Baudelaire, Rimbaud, Jarry), pues su vida sí nos brinda detalles que nos permiten verlo como tal. Los biógrafos más interesados en su vida afirman que el origen de su inseguridad, la que le haría beber y buscar el éxito con el mismo ahínco, se remonta a la infancia del escritor. Aunque no cabe duda de que los datos más interesantes sobre la vida y obra del escritor se concentren en sus experiencias a partir del matrimonio con Zelda Sayre, quien sería la musa para todas las chicas doradas de sus novelas.

Desde su primera novela, Al Este del Paraíso, publicada en 1920, el éxito siempre le sonrió, al punto de que Scott Fitzgerald llevó una vida semejante a las de las estrellas más famosas del cine estadounidense. Lo cual le permitió al matrimonio llevar una vida de excesos y desenfrenos descarnados en las más virulentas de sus páginas. Disipaciones que se ensombrecerían terriblemente tan sólo un año después. Tras el nacimiento de su primera hija, Zelda sucumbe a una suerte de locura que arrastraría a Scott Fitzgerald al lado más oscuro de la mente humana. Ella tiene que ser recluida para que la guinda del pastel fuese colocada por el destino. La clínica donde fue confinada fue víctima de un voraz incendio en 1948 y bajo el fatídico cobijo del fuego, Zelda muere calcinada. Scott Fitzgerald cae preso de nuevamente de sus propias inseguridades. Es también entonces cuando el dinero —verdadera obsesión del escritor— comienza a faltar. Una vida al revés, como la de Orson Welles, que comienza con el éxito y a partir de ahí es una constante cuesta abajo en todos los aspectos.

Tres de sus posteriores novelas van a revelar, desde el aspecto biográfico, los rasgos malditos de una vida que no llegó a ser más que el oscuro rostro del éxito. Hermosos y malditos (1922), retrato de los felices años veinte, de la llamada edad del jazz. Parte de la historia de una pareja de recién casados, Anthony Patch, de Nueva York, y Gloria Gilbert, de Kansas City, y sirve a Scott Fitzgerald para describir la decadencia de un (su) matrimonio y de una sociedad hedonista donde la belleza y la fortuna son siempre demasiado fugaces. Es una historia de amor arruinada por el narcisismo de los enamorados, una sátira echada a perder por el hecho de que Scott Fitzgerald no logra desvincularse de sus personajes y un estudio del cinismo arruinado por la agudeza. A ésta le siguieron algunas narraciones menores, pero en 1925 aparece El Gran Gatsby, quizás la más famosa de sus obras y no menos amarga. Entre 1922 y 1925, cuando aparece Gatsby, el matrimonio Scott Fitzgerald continúa el derroche, abandonan Long Island para radicarse en París. Zelda sostuvo amoríos con un piloto francés, después de los cuales tuvo un aborto, y aun cuando la vanidad —que no era poca— de Scott Fitzgerald quedó herida, y sus convicciones, de un puritanismo congénito, fueron ultrajadas de modo pavoroso, guardó silencio sobre aquel asunto. Supuso que ese trance le había ayudado a alcanzar la madurez. Tras unos fallidos intentos de hacer vida en Italia, vuelve a Francia en donde sus problemas con la bebida se intensifican. En El Gran Gatsby, al igual que en otras historias de amor marcadas por la tragedia, la enloquecida ilusión, la pasión en los ojos y en el corazón, el sueño de amor eterno, no llevará a sus protagonistas a la deseada felicidad, al imaginado paraíso, sino por el contrario, los azores de la vida los empujarán hacia el fracaso, hacia la soledad y hacia la muerte. Si, como escribió una vez Hemingway: “Cuando dos seres se aman, la cosa no puede tener un final dichoso”, El Gran Gatsby es una amarga y dolorosa comprobación de esa frase.3

En Suave es la noche (1934) vuelve a apuntar a la amargura de una sociedad ya decadente. La áspera realidad que se pinta en las páginas de la novela tiene un enclave con La tierra baldía de Eliot en las pérfidas imágenes que combinan languideces y horrores de un alma atormentada. El fracaso de Scott Fitzgerald esta vez será rotundo. Los lectores, abismados por las penurias de la década del 30, fatigados de tanta decadencia, buscaban refugiarse en novelas utópicas que les brindarán esperanzas con la finalidad de escapar de la dura realidad. La novela es la historia de un psiquiatra y su esposa neurótica, que se destrozan el uno al otro. Detrás de la historia se percibe el viaje de Scott Fitzgerald hacia el abismo, hacia el descenso sin retorno para dejarse consumir por la catástrofe irremediable. Era su bancarrota emocional refrescada por la ingesta de 200 cervezas diarias. Era el final que ni la fantasía y la irrealidad de Hollywood pudieron rescatar.

Henry Miller (1891-1980)
Henry Miller aparece en el panorama literario como uno de los grandes renovadores de la novela del siglo XX. Escribió y llevó la vida de un maldito al mejor estilo baudeleriano. Un escritor que se abrió a todo tipo de emociones, que rompió radicalmente con el puritanismo de la narrativa anterior e hizo del sexo una forma de liberación redentora. El mundo de Miller es palpitante de poesía. En Primavera negra (1933) nos muestra una jubilosa versión de un hombre que va en dirección de sus defectos, una espiritual circulación hacia la propia indefensión. Miller hace del deseo una fuerza creativa y declara que es un traidor. Tal sentimiento de culpa avanza hacia un romanticismo demoledor, donde se instala la posibilidad de un hombre nuevo.4

Sin embargo, no será esta la obra que lo hará impulsarse hacia la inmortalidad de las letras norteamericanas. Serán un ciclo de novelas que van a compaginar su espíritu revolucionario con un momento fundamental del siglo XX. De 1934 a 1960, Miller publica cinco novelas que guardan en sus acaloradas páginas todo su pensamiento y su concepción del mundo. Las novelas a saber son Trópico de Cáncer (1934), Trópico de Capricornio (1939), Sexus (1949), Nexus (1952) y Plexus (1960), estas tres últimas son conocidas como La Crucifixión Rosada. Libros que le garantizaron un éxito editorial importante. “Todo el mundo compraba sus libros, para leerlos o para condenarlos, pero los grandes personajes políticos y sociales de la nación adquirían Trópico de Cáncer sin internarse en el trópico de Miller, sino por segundas o terceras personas. Cuando a Miller le dieron a firmar muy cautelosamente un ejemplar para el presidente de Estados Unidos, el escritor dijo: “Bueno, supongo que el próximo es para Su Santidad el Papa”.5

El método narrativo de Miller está centrado en el desprecio. En Trópico de Capricornio acopiamos lo ocurrido cinco años antes en Trópico de Cáncer y asistimos a una sutil y fastuosa moralidad que se abre con una advertencia: “Una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, incluso en pleno caos”.6 Llegando además a opiniones tan atrevidas como: “De vez en cuando un amigo se convertía; era algo que me hacía vomitar. Tenía tan poca necesidad de Dios como Él de mí, y con frecuencia me decía que, si Dios existiera, iría a su encuentro tranquilamente y le escupiría en la cara”.7 Estamos ante un arte descarnado y que surge con ínfulas teológicas “donde no faltan ecos nítidos del Marqués de Sade, pero que deja como sedimento una necesidad de ser libre, una proclama absoluta de vivir sin ninguna traba moral”.8 Pero, ¿no será que Miller intenta establecer otra moral? ¿Una moral que parte decididamente de la amargura, la ironía, una moral de eterno exiliado, un extranjero como el descrito por Camus? Escribe Miller: “No tengo dinero ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo”.9 La moral de Miller no es esa estúpida y falaz idea de construir un hombre nuevo. ¿Para qué? ¿Con qué finalidad? Su moral se construye en torno a la tentativa de crear a un hombre muerto, un ser capaz de renacer, que tanga la capacidad regeneradora de pasar de los recuerdos a la experiencia.

Las obras de Miller, ausentes de una estructura convencional y el uso de una narración lineal, se vinculan a la exposición introspectiva desde un universo esencialmente masculino, con tendencia a la exposición erótica y el proceder nihilista modelado con un cierto sentido lírico de la prosa, esencia libertaria y vitalista, y plasmación autobiográfica en base al flujo de conciencia. Miller es un poeta brutal, sanguinario; sus páginas, al igual que él, viven en una total contradicción, y busca dentro del bosque espeso de sus experiencias cotidianas unos tipos extraños a través de los cuales pretende salvar su destino. Un poeta cuyo centro vital es el sexo como vía para huir de la soledad y como agente renovador de la existencia. El sexo que será el gran protagonista de su “Crucifixión Rosada”.

Ingresar a la sexualidad de Henry Miller es harto complicado, no sólo por tratarse de Miller, sino porque el tema de la sexualidad es complejo en todos los casos sin importar las dimensiones intelectuales del sujeto estudiado. En uno de los mejores estudios realizados a la obra del escritor norteamericano, Genio y lujuria, de Norman Mailer, se afirma que para entender el mundo sexual de Miller hay que conocer su aparato psíquico. “Miller tuvo una madre de quien jamás recibió el menor afecto. Durante su infancia permanece, mientras se encuentra bajo la influencia de sus padres, herméticamente alejado de toda sexualidad. Sea lo que sea el sexo, se halla oculto tras una pared. Su primera y fundamental relación con una mujer es detestarla [...]. Las tres cuartas partes de las mujeres con quienes hace el amor (en sus obras) son trabajadas más de prisa que jodidas. Después de todo Miller proviene de un medio ambiente en el que el sexo, cuando no es sórdido, tiene algo de malo. El último espasmo de contracción de la era victoriana pudo haber sido la asfixia de la sexualidad de los padres de Miller y de los padres de cuantos le rodeaban (como si todos estos tardíos padres victorianos de clase trabajadora o clase media de Brooklyn tuviesen una visión de pesadilla del turbulento caos sexual que se avecinaba), mientras sus hijos eran unos disolutos”.10 Afirma además Mailer que en el Brooklyn de finales de siglo y parte de los próximos 40 años, sexo y porquería eran elementos que formaban parte de una misma ecuación. “El sexo era una flor que le metías en el culo a una muchacha”.11 A través del sexo entonces se botaba toda la basura del alma, se expiaban las culpas, se salvaba el hombre. Pero no sólo era la salvación del alma del hombre, era toda una confrontación contra las sacudidas del mundo en el cual había que vivir. Miller toma al sexo para enfrentarse a la negación de la vida propuesta por un mundo tecnificado. El sexo es ofrecido entonces como la gran cura para un mundo moderno enfermo por haber perdido su total significación. Como un enorme devorador de Nietzsche,12 plantea que todo el sentido del hombre debe buscarse en lo terrenal.

Desde esta reflexión emerge la “Crucifixión Rosada”. Iniciada en 1940 y culminada en 1960 con la publicación de Plexus. Muchos encontraron en sus páginas algo que no compaginaba con la genialidad demostrada en los Trópicos. En un artículo publicado por Raúl Henao, que recoge parte de la correspondencia entre Miller y Lawrence Durrell, aparece lo siguiente: “Así, resulta del todo dramático para el lector de la obra de Miller llegar a esas páginas centrales de la Correspondencia privada con el escritor inglés Lawrence Durrell, autor del famoso Cuarteto de Alejandría, y verificar cuántos escrúpulos o inhibiciones frente al tema tratado abrigan aún las mejores mentes contemporáneas. El desafortunado incidente se presenta una vez que Miller envía a Durrell copia del original de Sexus, primer volumen de la ‘Crucifixión Rosada’. De pronto, Durrell pierde el hilo de lo que lee. No alcanza a comprender qué ha pasado con el gran escritor de los Trópicos... No, hasta ese punto no se atreve a seguirlo. No puede soportar esas “simples explosiones de sexualidad”... Ese diluvio de sangre de estercolero “que hace que uno ponga la cara de asco”... Esa obra que parece escrita por una encarnación norteamericana del doctor Jekyll y Hide. En fin, se apresura a telegrafiar a Miller pidiéndole que no destruya su brillante reputación literaria publicando semejante bodrio ininteligible. Ese incidente, que pudo haber causado una ruptura definitiva entre los dos escritores, no trasciende gracias a la magnanimidad, y al buen humor de que hace gala Miller... Éste le recuerda a su amigo que ya anteriormente lo había puesto sobre aviso acerca de la naturaleza inquietante de su última obra: “Tal vez lo que estoy dando a luz es un monstruo”. Después pasa a explicarle por qué no hay motivos para alarmarse: “A veces pienso que tú, Larry, no supiste nunca lo que es vivir en nuestra época moderna de asfalto y productos químicos, crecer en la calle, hablar el lenguaje del voyeur”.13 En Sexus, Miller da rienda suelta a su particular obscenidad. Ella es una alternativa, un camino para que el lector reconozca el maravilloso mundo de la vitalidad que alienta al hombre cada día. Su propósito manifiesto es aporrear, excitar, enclavar una sensación de realidad indescriptible; algo parecido a lo que representa para el cristianismo primitivo el uso del milagro en el camino a su verdad; algo que utiliza el adepto zen cuando no vacila en emplear actos insólitos o sacrílegos para llevar a su seguidor a ese estado de iluminación y éxtasis cotidiano que le permite alcanzar un conocimiento íntimo o vivencia del insondable universo que nos rodea.14 Nuevamente el sexo como salvación, como vía de expiación. He allí la razón del nombre. “El dolor de toda una vida resulta al cabo una broma ligera. Ya no hay lugar para complacerse en el sufrimiento, la nostalgia o la melancolía, cuando se ha logrado acceder a esa ‘realidad’ intoxicada del mundo... El calvario de la vida humana se ha convertido en una regocijante danza al unísono con el cielo estrellado... El tiempo de los asesinos se ha trocado en la eternidad que puede vislumbrarse en una brizna de hierba, en la cabeza de un alfiler o en un cabello partido a la mitad”.15

William S. Burroughs (1914-1997)
Una de las figuras más trasgresoras de la literatura moderna es William S. Burroughs. Tratar de clasificar su obra, ajustarla a algún tipo de corriente literaria terminará siendo un imposible. Algunos críticos se niegan a catalogarlo como un narrador en el sentido estricto de la definición. Un escritor y una obra en donde las certezas se difuminan completamente. Su novela fundamental es El almuerzo desnudo (1959). Novela letal y dura en donde la destrucción se asume en un sentido litúrgico. Si en Scott Fitzgerald todo gira en la vacuidad de la era del jazz y en Miller será en torno al sexo, pues en Burroughs el papel protagónico lo asumen las drogas. Las drogas es el centro del laberinto poblado por seres insólitos. Sus libros son máquinas infernales conducidas hacia el abismo por el desgraciado mundo de la drogadicción. Apunta con venenosa rabia contra el American Way of Life imponiendo una serie de normas que se desprenderán de sus lecturas de Trópico de Cáncer. La búsqueda de Burroughs no era otra que la de destruir los más íntimos reductos del alma americana. Y todo esto lo hace desde las técnicas de James Joyce: “Decide replantearse la base misma de la creación literaria, que no es otra que el propio código de comunicación. Es consciente de que un nuevo código transmite siempre nuevas ideas, y lo que es más importante: nuevas sensaciones. Para él, escribir es un acto físico de coordinación motora. Su meta es escribir más rápido de lo que se piensa, tal y como lo pretendieron los surrealistas por medio de la escritura automática. Este fin, aunque imposible, se vuelve deseable y útil como método de creación, o incluso de meditación. De la misma forma que la repetición de los ‘mantras’ en el budismo zen es una forma de desproveer al lenguaje de su significado y limpiar la mente de todo pensamiento, ayudada por el ritmo respiratorio que dichos ‘mantras’ imprimen al cuerpo; la escritura automática es una forma de liberarse de esa corriente de parloteo interno, encerrando los pensamientos en una hoja de papel en blanco y dejándolos fluir sin reflexionar sobre ellos. Es el monólogo interior de John Dos Passos llevado a su última consecuencia”.16 A esta técnica discursiva, Burroughs, la denominó “cortado y plegado”, recurrencia de temas, reiteración del concepto en apariciones fugaces y esporádicas que se entrelazan o desmembran para comunicar un mensaje y desaparecer.

En todo caso, su obra, y en especial El almuerzo desnudo,17 fue duramente criticada. Enfrentó, como era de esperarse, diversos procesos legales por obscenidad en Los Angeles y Boston en 1965. La novela socava en un universo onírico, perturbador, donde la alucinación se entremezcla con la realidad. Las calles de Tánger, Chicago o Nueva York se describen con ardor psicoanalítico por medio de categóricas imágenes atroces relacionadas casi siempre a los personajes “freaks”18 que proliferan por ellas. La lucha entre el poder y los desarraigados se expresa de forma ampulosa por medio de la sensación de constante paranoia que atraviesa la novela desde su contundente comienzo: “Siento que la pasma se me echa encima, los siento tomar sus posiciones ahí afuera, organizar a sus soplones del demonio, canturreando en torno a la cuchara y el cuentagotas que tiré en Washington Square, al saltar el torniquete, un par de tramos escaleras de hierro abajo, cazo un directo ascendente...”.19

Al igual que Scott Fitzgerald y Miller, Burroughs también se exiló de Norteamérica. Va a radicarse en México a mediados de los años 50 con la finalidad de escapar de las persecuciones que sufría en Estados Unidos por su afición a las drogas y por su deseo de ser independiente, de conseguir un pedazo de tierra, cultivarla y vivir lo más cercano a un estado de salvaje felicidad. Llegó acompañado de su esposa Joan y sus dos hijos. Casado para mantener las apariencias y tratar de lograr la herencia de su familia, ya que Burroughs era homosexual. México se volvió de pronto un paraíso en el cual podía encontrar sexo fácil y droga barata. En una carta a un amigo en Estados Unidos, Burroughs le dice “México es genial, puedes conseguir una bebida, comida y una mujer con menos de cinco dólares”.20 Pero México también se vuelve pesadilla. Burroughs y su esposa Joan Vollmer se encuentran en el departamento de unos amigos, a unas calles de su casa, cuando entre copa y copa, Joan o William, no está claro quien, dice: Hagamos el truco.

Joan acepta. Se coloca sobre la cabeza uno de los vasos en los que estaban tomando, camina hacia a la pared y dice: “dispara”. Burroughs tiene fama de buen tirador, adora las armas y siempre lleva una pistola, lo que ya le ha ocasionado algunos problemas. William se equilibra, toma la pistola y la apunta al diminuto blanco, aprieta el gatillo y el sonido de la detonación llena el cuarto. Por un momento parece que no pasa nada, de pronto se oye cómo se estrella el vaso y se rompe con el contacto del suelo. Joan cae también. El desorden se apodera de todos y nadie atina a hacer nada hasta que la anfitriona revisa a la mujer: está muerta. El asunto se resolvió a favor de Burroughs gracias a las instancias de un abogado corrupto y corruptor, en todo caso, el hecho marcó su vida para siempre. Según afirma el propio escritor, este hecho, junto a su paseo por las drogas, lo hicieron escritor.

Conclusión
La novela norteamericana ha brindado una serie de generaciones literarias de un peso fundamental en las letras universales. Desde la Generación Perdida hasta la Generación Beat, la literatura norteamericana se volvió la conciencia de una nación y en algunos casos, su propio infierno, en el cual se desbordaban los demonios de un pueblo que se sostenía sobre las bases de una falsa visión de la vida. Tres de esos escritores se rebelaron a través de sus novelas, intensos infiernos personales, para exorcizar los demonios colectivos. Cada uno desde su infierno que no eran más que la proyección fatídica de otros infiernos.

Francis Scott Fitzgerald mostró la fragilidad de un mundo suntuoso, vacío y sin sentido. Un mundo que descansaba sobre la negación del dolor a través de un modo de vida ligero, cuya única consecuencia fue acentuar aun más ese dolor hasta hacerlo insoportable, invisible. Henry Miller fustigó el avance despiadado del tecnicismo sobre la sensibilidad y la vitalidad humana, y mostró al sexo como el gran agente liberador, como el puente que nos comunicaba con un ser primitivo que, en todo caso, era más humano que el hombre moderno y todo su intelectualismo. Burroughs navegó por el mar picado de las drogas revelando la vida del submundo americano, la realidad que se escudaba tras la fachada de American Way of Life. Todos hundían sus plumas en el centro de la llaga y el dolor los marginó, los hizo malditos en una sociedad maldita y fragmentada. Una sociedad que parece reflejarse más en las pesadillas laberínticas de Kafka. Una sociedad que persiste en hincarse ante los restos de dioses muertos y enterrados. Que mutila a sus mejores hijos para alimentar las sombras.

Notas
1. Gutiérrez Palacio, Juan (1975): Escritores europeos contemporáneos. Editorial Magisterio Español. Madrid, España.
2. Memba, Javier (2002): Malditos, heterodoxos y alucinados. Diario El Mundo. Domingo, 4 de agosto de 2002. http://www.elmundo.es/elmundolibro/2002/08/04/anticuario/1028049269.html.
3. Piñas E. (1981): Scott Fitzgerald, el último romántico. Introducción a El Gran Gatsby. Círculo de Lectores. Bogotá, Colombia.
4. Pérez Gállego, Cándido (1988): Historia de la literatura norteamericana. Taurus Editores. Madrid, España.
5. Umbral, Francisco (2002): Literatura de los sentidos. Diario El Mundo, martes 3 de diciembre de 2002. http://www.elmundo.es/elmundolibro/2002/12/03/anticuario/1038860405.html.
6. Miller, Henry (1980): Trópico de Capricornio. Editorial Bruguera. Barcelona, España.
Idem.
7. Pérez Gállego, Cándido. Ob. cit.
8. http://www.elortiba.org/hmiller.html.
9. Mailer, Norman (1976): Henry Miller. Genio y lujuria. Editorial Grijalbo. Barcelona, España.
Ídem.
10. “El ejemplo y el pensamiento de Nietzsche fueron, durante varios años, el único apoyo que tuve contra mi hundimiento físico y moral”. Brassaï (1979): Henry Miller duro, solitario y feliz. Ediciones del Cotal. Barcelona, España.
11. Henao, Raúl: Henry Miller. ¿Muerte al sexo? http://www.aladecuervo.net/logogrifo/0509/sem1/muerte_sexo.htm.
12. La experiencia zen a la que me refiero nada tiene de religiosa (en la acepción occidental de la palabra). Antes que una religión en sentido estricto, el budismo zen sería una sabiduría de la vida cuyos lineamientos últimos son el sinsentido y la risa. Sabemos lo cercano que se hallaba H. Miller de esta manera de ver las cosas.
13. Henao, Raúl. Ob. cit.
14. Cuba, Anxo (2004). El universo extremo y delirante de William Burroughs. http://www.sysvisions.com/feedback-zine/especiales/e_burroughs.html.
15. “El título fue sugerido por Jack Kerouac. Hasta mi reciente recuperación no comprendí lo que significaba exactamente lo que dicen sus palabras: Almuerzo desnudo: un instante helado en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores”. Burroughs, William (1980). El almuerzo desnudo. Editorial Bruguera. Barcelona, España.
16. Monstruos o fenómenos.
17. Burroughs, William (1980) Ob. Cit.
“La deuda de William S. Burroughs con México”.

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