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Desde Amos Oz hasta mi abuela: Apuntes para una teoría de los desvíos literarios. Por Liliana Lara

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Desvío 1 Lo que más me gusta de una novela son sus desvíos. Me recuerdan a mi abuela cuando quería dar lecciones de moral o de vida a través de algún cuento largísimo y divertido que al final nadie recordaba de dónde había venido ni por qué. Si un novio de alguna de las primas iba a llevar a casa a una amiga, la abuela desempolvaba el cuento de Laila. Laila era una especie de femme fatale que acababa de llegar del Líbano y se había mudado en un apartamentico de la populosa Av. Urdaneta caraqueña de los 60, en un edificio cundido de extranjeros: libaneses, judíos, italianos y mis abuelos que eran de la provincia, otra forma de ser extranjeros. Laila no paraba de llorar y de rezongar en su idioma y otra libanesa con un español un poquito más avanzado -atravesado por mucho francés- la consolaba y la traducía a las demás señoras ¿Qué era lo que hacía llorar de esa forma desgarradora a la pobre Laila desde que llegó del Líbano? – se preguntaban las demás señoras entre curiosas y conmovidas...

Cuentos de Marcel Schwob

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La salvaje El padre de Búchette solía llevarla al bosque al despuntar del alba, y la niña permanecía sentada muy cerca mientras él talaba los árboles. Búchette veía cómo se hundía el hacha haciendo volar delgados trozos de corteza; a menudo, los musgos grises venían a arrastrarse sobre su rostro. «¡Cuidado!», gritaba el padre cuando el árbol se inclinaba produciendo un crujido que parecía subterráneo. Ella sentía cierta tristeza por el monstruo extendido en el claro del bosque, con sus ramas magulladas y sus ramitas heridas. Por la noche, un círculo rojizo de pilas de carbón se encendía en medio de la sombra. Búchette sabía a qué hora había que abrir la cesta de juncos para ofrecer a su padre el cántaro de gres y el trozo de pan moreno. El se tendía entre las ramitas despedidas y masticaba con lentitud. Después, Búchette sorbía su sopa. Corría en torno a los árboles marcados y, si su padre no la miraba, se escondía para gritar: «¡Uuu!». Había una caverna oscura, llena de zarzas...

Héroe de autobús. Por Enrique Vila-Matas

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Un 26 de octubre de 1987 compré en Barcelona Ejercicios de estilo , de Raymond Queneau. No sabía nada de su contenido y me pareció que había llegado el momento de conocerlo, las mejores mentes de mi generación hablaban muy bien del libro. Subí con mi ejemplar recién comprado de Ejercicios de estilo al autobús de la línea 24, que debía dejarme en casa. Compré un billete y, por temor a que después me lo pidiera el revisor y no lo encontrara, me lo puse en la boca; pensé que así lo tendría más a la vista del inspector si éste se presentaba. En aquellos días, tenía miedo de los revisores, de los inspectores, de los interventores, de toda una serie de profesiones que me intimidaban. A mitad de trayecto, empecé a hojear distraídamente Ejercicios de estilo y vi que el libro narraba, con cien estilos diferentes, siempre la misma anécdota trivial. Sería tri...

El horripilante Circo Chino. Por Norberto José Olivar

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Un relato escrito con el apremio d e los remordimientos, buscando exorcizar, con escasas palabras, el pánico que produjo al autor una incursión como espía en el terrorífico Circo Chino, en los días santos de 1975. A Noleida del Carmen, culpable… Agosto nunca significó nada en mi insípida biografía, por el contrario, solía ser fatídico, pues, perdía de vista a mis novias, amores jamás correspondidos de la prehistórica primaria, amor del cual ellas nunca se enteraron, tampoco; además, me desconectaba de mi único amigo, quedando así en la más absoluta «aburrición». Pero escarbando en la memoria en busca de un suceso vacacional —espinosa regresión, por cierto—, llegué a una semana antes de la Semana Mayor de 1975, cuando por alguna razón que no logro precisar, mi escuela suspendió clases, juntando así siete días más de imprevisto asueto a la ya tradicional celebración cristiana. ¿Al circo o al cine? Vivíamos en un pequeño apartamento de la legendaria avenida Bella Vista c...