Entradas

Los Lagos de Hesnor Rivera

Imagen
EL LAGO DE LAS DIEZ MIL TORRES En los 70 años de la muerte trágica del poeta Ismael Urdaneta, y en los 70 años de mi existencia. Ya desaparecieron los jardines sembrados por los pescadores sobre la cubierta de las piraguas en ruina. Viejo soldado de las guerras lejanas! Poeta de los versos que son y serán siempre algo distinto! El lago está donde lo dejaste hace ya setenta años pero mucho más lacerado. Ya se ha subido a la azotea de los grandes vacíos -allí donde hasta el trópico se dobla bajo el peso de los calores y las tempestades capaces de descomponer hasta a las brisas de la muerte. Sube y desde lo alto de los abismos finales el Lago de las diez mil torres contempla el panorama de sus glorias contradictorias: La de la feroz utilidad que lo obliga a darse muerte por la propia mano y la de la gran belleza enteramente inútil pero maravillosa donde las noches llegaban a beber para proseguir el viaje p...

Tres narradoras venezolanas

BAR NUAGE Dina Piera Di Donato Cuando entraron dos, incrustradas de pedrerías particularmente notables, hacía rato que yo me había convertido en bicho de jardín y me columpiaba en la orla dorada que colgaba del espejo que todo lo reflejaba tornasol. No estaba empericada, ni siquiera borracha: es que yo era lamentable, terrosa e insignificante como esos caracoles babosos que viven en la lechuga, sencillamente eso. Para la época además había heredado un guardarropas con grises, marinos, y gamas de negros espeluznantes, porque yo había deseado mucho tiempo el alma lujosa de una mujer que solamente me dejó antes de irse su ropa vieja. Convencida de que su ausencia había quedado entre faldas y chaquetas me vestía desde entonces como ella, a ver si... A ver si nada. En realidad tenía que terminar un cuento donde se hablara de ratas, cantantes, ertzabeths, brujas de blancanieves, alimañas y otras criaturas. Entonces mi amiga Lou Man de Resc, escritora como yo (la de Josefina y las piedras) v...

Tres cuentos de Israel Centeno

Imagen
EL VELO Me gusta cruzar las cortinas y de pronto hallarme en otro lugar, en la penumbra o en la luz, eso me comentaba Guillermo antes de emprender cada subida y al girar hacia la primera explanada. Hay un momento crucial, decía, el del sonido, es cuando comienzas a dejar de pensar ¿no te sucede? En el primer giro, en el pequeño descanso antes de encarar la segunda trocha y enfrentar el vapuleo de la brisa que se cuela tenue e insistente entre el ramaje de los eucaliptos que van apareciendo en el camino, cruje una corteza seca dentro de tu pecho y te escindes, es una locura, lo sé, pero eres uno o dos y tres, a veces ninguno de los tres anteriores; escindido, confiesa Guillermo, se me ocurrió llamar una vez a una chama que me gustaba, una de esas pequeñas que pretenden brincar de emoción cuando le cuentas algunas proezas y desafíos, en ese momento, fatigado y sudoroso, ella estaba abajo, después de los primeros doscientos metros sobre La Cota Mil todo es abajo, estaba en un lugar de la ...