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Contrapunto. Por Aldous Huxley

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I -¿No volverás tarde? Había una gran ansiedad en la voz de Marjorie Carling; había algo semejante a una súplica. -No; no volveré tarde -dijo Walter, con la culpable y desdichada certeza de que lo haría. El tono de Marjorie, un poco tardo, excesivamente refinado hasta dentro de la aflicción, le molestaba. -No después de medianoche. Ella habría podido recordarle los tiempos en que no salía nunca de noche sin ella. Habría podido hacerlo; pero no quería; iba contra sus principios: no quería forzar su amor en modo alguno. -Bueno, digamos la una. Ya sabes lo que son estas fiestas. Pero, en realidad, ella no lo sabía, por la sencilla razón de que, no siendo su esposa, no se la convidaba a ellas. Había dejado a su marido para vivir con Walter Bidlake, y Carling, que tenía sus escrúpulos cristianos unidos a un ligero sadismo, gustaba su venganza negándose a conce¬derle el divorcio. Hacía dos años que vivían juntos. Dos años solamente, y ya él había dejado de amarla para comenzar a amar a algun...

Invisible. Por Paul Auster

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Le es­t­rec­hé la ma­no por pri­me­ra vez en la pri­ma­ve­ra de 1967. Por en­ton­ces yo era un es­tu­di­an­te de se­gun­do cur­so en Co­lum­bia, un muc­hac­ho sin for­mar con an­sia de lib­ros y la cre­en­cia (o ilu­si­ón) de que al­gún día ten­d­ría las su­fi­ci­en­tes cu­ali­da­des pa­ra con­si­de­rar­me po­eta, y co­mo le­ía po­emas, ya co­no­cía a su to­ca­yo del in­fi­er­no de Dan­te, un mu­er­to que iba ar­ras­t­ran­do los pi­es por los úl­ti­mos ver­sos del can­to ve­in­ti­oc­ho del In­fer­no. Ber­t­rán de Born, el po­eta pro­ven­zal del sig­lo XII, que lle­va­ba co­gi­da del pe­lo su ca­be­za cor­ta­da, ha­ci­én­do­la os­ci­lar de un la­do a ot­ro co­mo un fa­rol: sin du­da una de las imá­ge­nes más gro­tes­cas de ese ex­ten­so ca­tá­lo­go de alu­ci­na­ci­ones y tor­men­tos. Dan­te era un de­fen­sor in­con­di­ci­onal de los es­c­ri­tos de De Born, pe­ro lo re­du­jo a la con­de­na­ci­ón eter­na por ha­ber acon­se­j­ado al prín­ci­pe En­ri­que que se re­be­la­ra con­t­ra ...