<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642</id><updated>2012-01-29T13:28:06.891-08:00</updated><category term='Cuentos'/><category term='Erotismo'/><category term='Narrativa'/><category term='Hesse'/><category term='Vargas Llosa'/><category term='Literatura'/><category term='Ramos Sucre'/><category term='Muerte'/><category term='Maeterlinck'/><category term='Karajan'/><category term='Vampirismo'/><category term='Sinfonía'/><category term='Narrativa Venezolana'/><category term='Poema'/><category term='Maldito'/><category term='Interpretación'/><category term='Narración'/><category term='Vampiro'/><category term='Venezuela'/><category term='Beethoven'/><category term='Música'/><category term='Morirse es una Fiesta'/><category term='Norberto José Olivar'/><category term='Kafka'/><category term='Fedosy Santaella'/><category term='Humano'/><category term='Ensayo'/><category term='Prosa'/><category term='Quiroga'/><title type='text'>ENTRE SHANDYS Y BARTLEBYS. Blog de Valmore Muñoz Arteaga</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>562</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-8670049159482439807</id><published>2012-01-18T07:28:00.000-08:00</published><updated>2012-01-18T07:31:03.945-08:00</updated><title type='text'>Cartas a la Extraña. Por José Barroeta (1942)</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-FWsEogm07kE/TxblpFRnYAI/AAAAAAAABxY/KnlfjnyGlyc/s1600/jose_barrueta.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 334px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5698994872437399554" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-FWsEogm07kE/TxblpFRnYAI/AAAAAAAABxY/KnlfjnyGlyc/s400/jose_barrueta.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;I&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Por ti, por tu nombre y por la codicia de tu nombre comienza el espíritu. He dejado de pertenecer al concepto y aun cuando no concluye de repartir su oro mi inconsciente tú, para que vuelva cargada de muertos la infancia, abdicas a favor de otros resplandores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me escondo en el follaje para que no arrastres la simpleza de mis ojos. Cualquier descubrimiento que haga dentro o fuera de ellos significa la pérdida del agobio que precede la vida del poeta antes o después del amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como en tiempos de fuga mis carnes son lanzadas a un bosque sin rostro, incitadas por el temor de morar en el centro de otras, como las tuyas, que más que la vida recuerdan los desnudos de Amadeo Modigliani.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una especie de aire devastador asistía nuestras presencias; lo ilusorio se tornaba sílaba sórdida, muladar, sangre de gusano de seda en víspera de muertos. En tales ocasiones yo me revestía de una inmundicia púrpura, domaba mis sueños para que no escucharas los sonidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando ya te supe perdida, tú estabas preparada para un hombre sometido a menores espasmos, además por oposición a mí amas el equilibrio, injurié la parte de mi memoria que se esconde al mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debía, por alquimia, cumplir el mandato de los errantes y morir en estado de ráfaga. Pero mi cuerpo pasó a una estación de inimaginable quietud, optó por un letargo donde el espíritu se aposenta en forma de muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;II&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Estamos en 1930. Unidos por el ruido de un viento final descubro en el asombro la muerte que te pertenece. Pero eres una cosa pequeña, un nervio que apenas pesa en manos de la madre. Estamos en 1930 y la mar golpea fuerte el paisaje de estaño. Un pájaro marino pasa cerca de ti, un demonio que habrá de señalarte los esplendores que no podrás alcanzar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego la infancia; perseguir y no tocar jamás la cripta imaginaria que dentro de la mar seduce el corazón; comprender que llegada la edad de los hechos memorables estamos irremediablemente perdidos. Inicia entonces el espíritu la gran aventura, fatalmente el mundo nos alimenta de miedo y de pura poesía comenzamos a vivir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;III&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Conozco la región donde el abandono ha fijado con precisión las líneas superiores y elementales de tu espíritu. Por las rasgaduras de tus pupilas descubro que has pasado de la inercia a los humos prohibidos. Un vértigo desolado te atrapa y el mundo de la infancia vierte, torpe, sílabas a mis oídos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la hora de la despedida un visitante del país del letargo despierta y nos asombra. Mira con displicencia y se acuesta de nuevo en búsqueda de su original inmovilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo sueño pero mi paisaje no es tu paisaje; lejano de tu mar de infancia mi pueblo se esconde entre árboles y fantasmas domésticos. A él acuden los hombres para que los derribe la muerte; los bajan desde allá, de monte adentro, y los dejan tendidos en la tierra para que sueñen con sus bosques.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo acudo a la vida sorprendido por el cielo vago noches y días enteros por sobre las colinas. Miro mi cuerpo desnudo en el río y así, gran príncipe silvestre, abandono una noche mi palacio rural y otros serán mis ojos sobre ciudades desconocidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estamos en 1930. Ya ha comenzado el frenesí, ya han comenzado el ser y la hoguera de ese ser que gira y lo consume todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tú estás de espalda al viento de diciembre y a sabiendas de que no debes alimentar tus propios fracasos acude a ellos para medir tus actos futuros, impidiendo a tu doble el paso a la iluminación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conozco también la facilidad que posees para atraer personajes extraños. Las veces que he dormido contigo he sentido el estertor que me producen esas raras figuras que te persiguen o que muchas veces son fracciones de tu propia vida que aspiran reconquistar los espacios que fueron desposeídos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las horas de duermevela, cuando sentíamos las evidencias de la muerte, la solemnidad del fantasma sustraía lo poco que nos quedaba del porvenir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Me pregunto si en realidad la historia de los viajes, de eso que mis padres llaman fugas turbulentas con N, es también la historia de mi podredumbre. Tan miserable como he sido para con mis oficios, lo único cierto que quedaba de mí dentro de tanta convención a la que me he sometido era lo de viajar. Vagar contigo a lo ancho de este presuroso país y recordar los puntos esenciales de mi poesía y mi paisaje. Vagar contigo era como dormir en los celajes de una imaginación donde la muerte había dejado sus mejores ráfagas. Era aborrecer la multitud, aborrecer todo cuanto me impedía sentarme a la sombra de mi cadáver y acusar desde allí el origen de una enfermedad, el alcohol, que desde la adolescencia se aposentó en mí en forma sagrada. Una enfermedad que tú detestas cuando sobrepasa el extremo y que yo admiro porque es la derrota del cuerpo, la fiebre del espíritu, la devoción a la muerte, la casa de la infancia hecha polvo bajo nuestros pies.&lt;br /&gt;Viajar y retomar el pulcro fuego de la noche.&lt;br /&gt;Viajar y comprender que la tierra y el cielo nos están prohibidos.&lt;br /&gt;Vagar para que sea yo quien decida mi propio apocalipsis mirándote bajo el silencio que adivine a la memoria del viajero que se sabe desposeído de la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;V&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Me basta con unir tu fantasma al destello; con guarecerme en la melancolía de los amigos y lograr, junto a ellos, los relámpagos de la orilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tendías la red porque me sabías mísero. Creíste darme un poco de tu fuego sin comprender que yo era dueño de una juventud que se repite en los follajes, donde no te será permitido mirar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Qué sabes tú, reina sin edad y sin tiempo, del errar a que me someto. Qué de la música que me domina. Qué de la noche donde no ocurre el sueño y el espíritu despierta y fustiga sus muertos sobre la carne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no quedan para mí colinas ni ciudades. Tu fantasma me conduce, lámpara en mano, a una tiniebla menos miserable, donde prohibidos los retornos la carne es burlada por la imaginación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;VI&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Escucha, recuerda la profecía: Mira tu país, quémalo, arrástralo como sólo tú sabes hacerlo. Pon tus ojos a la disposición de la muerte; no olvides que la herida es lo único real. No olvides mis palabras que por ti se marchan del mundo de los desmesurados, del territorio de los grandes hacedores del fuego y que retornarán envanecidas y desgastadas por la molicie. Escucha siempre el ruido que dejó mi locura sobre las calles; atiende a esos silbos que brotaban de un hombre cuyo espíritu había crecido a punta de volcán.&lt;br /&gt;Vive de forma que los muertos de infancia te sobrecojan. Vive, pero mira tu país, quémalo, arrásalo con los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;VII&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;No es ni siquiera el estuario de cuanto soñé lo que me acompaña. Son nervios al descubierto y fáciles para conducirme a la demencia los que quedan como señales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por pura vergüenza me retiro de la casa del sueño: No debí pensar en la permanencia de algo que me estaba vedado como lo es el encuentro de mi Nadja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fidelidad a mi equívoco ahora me conduzco de una manera diferente. Me he vuelto hosco, y aun cuando esto me permite el disfrute perfecto del silencio, tiende también a separarme de mis camaradas inolvidables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fidelidad a mi equívoco me someto a formalidades que antes juzgué monstruosas. Converso sin apasionamiento y doy audiencia a frágiles razones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fidelidad a mi equívoco tallo las letras de tu nombre de agua en los guijarros y se los entrego a los dementes para que no duerman nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fidelidad a mi equívoco saludo la iluminación que sólo encanta a quien se revela.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-8670049159482439807?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/8670049159482439807/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=8670049159482439807' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/8670049159482439807'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/8670049159482439807'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2012/01/cartas-la-extrana-por-jose-barroeta.html' title='Cartas a la Extraña. Por José Barroeta (1942)'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-FWsEogm07kE/TxblpFRnYAI/AAAAAAAABxY/KnlfjnyGlyc/s72-c/jose_barrueta.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-1355351074500003872</id><published>2012-01-16T10:34:00.000-08:00</published><updated>2012-01-16T10:43:21.202-08:00</updated><title type='text'>Relatos de Adriana Prieto</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-oWUsnlYW3vU/TxRt5gryn_I/AAAAAAAABwo/bwaKrz4G1zE/s1600/prietoadriana.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 350px; DISPLAY: block; HEIGHT: 262px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5698300263324098546" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-oWUsnlYW3vU/TxRt5gryn_I/AAAAAAAABwo/bwaKrz4G1zE/s400/prietoadriana.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;De no ser por la vena&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;De no ser por la vena que se salió de su pie, su vida no hubiera cambiado nada. Vio que poco a poco se salía y sintió que no debía ser mayor preocupación para él. Se comenzó a alarmar cuando notó que ésta se inflaba como un globo, su sangre era casi transparente, mientras más se inflamaba la vena más transparente se hacía todo, llegó a convertirse en una tela invisible que parecía un gran lazo sobre su pie. Caminaba entonces elevando ese globo que lo sostenía, era una sensación única, su cuerpo había adquirido un ritmo muy particular al caminar; su preocupación apareció el día en el que el globo explotó, se escuchó un gran estallido, y cuando miró, su pie parecía de un recién nacido, lo cubría un polvo blanco que parecía talco y sutiles manchas rojas evidenciaban que alguna vez hubo sangre por allí. Al llegar al hospital el médico le explicó que la vena rechazaba totalmente el pie, por alguna extraña razón su cuerpo había decidido no tenerlo más como acompañante.&lt;br /&gt;El médico mirándole a los ojos le dijo: “Es inevitable, su pie debe ser cambiado por otro”.&lt;br /&gt;De no ser por la vena que se salió de su pie, su vida no hubiera cambiado nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ya a punto de caer me agarro de un ala&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Ya a punto de caer me agarro del ala de un ave que va pasando. Ella sigue su camino. Al sentirme ignorado me suelto nuevamente y de inmediato delante de mí veo una nube, me acomodo y me dejo caer plácido en ella, ella, como si nada continúa su leve movimiento. Miro mi cuerpo, me siento ofendido y me echo a un lado. Sigo mi camino. De repente siento que no hay nada más, sigo cayendo sin un ave que me recoja, sin una nube que me busque. Cuando menos lo pienso, me agarra una mano: —¿Y tú, qué haces aquí? —me pregunta. —¿Yo? —le respondo—: ¡cayendo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Al levantarse cada mañana&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Al levantarse cada mañana sentía cómo la gota caía, lentamente, desde la mitad de su cabeza hasta llegar a la punta y desaparecía. Nadie podía creer que algo le caminaba por la cabeza, que algo se vaciaba gota a gota, que algo se le escurría por dentro. Ella, en cambio, sí lo percibía, cada día que pasaba sentía cómo iba saliendo algo, cómo su cuerpo se iba debilitando, cómo su delgadez y su tez cambiaban diariamente. Trató de ignorarse, de hacerles caso a los demás, era imposible que eso le sucediera, era lo que decían todos. Continuó así. Un día se echó a caminar y nadie la detuvo, nadie la podía detener, no hubo forma de comunicarse con ella, nadie lo entendió, era como si su ser hubiese escurrido entre la nada, como si realmente estuviese vacía.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Una voz dijo…&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/strong&gt;Y cuando escuché la voz que dijo: “¡Háganse las flores!” y de cada rincón nacían nuevas, coloridas y hermosas flores sentí que algo estaba sucediendo. Sentí que ya no era la misma, ahora mi nariz percibía olores agradables, perfumes alegres. De todo mi cuerpo fue mi nariz quien me enseñó la alegría, la alegría de oler más allá de mí misma, la alegría de percibir distintas tonalidades de un mismo olor, diferenciarlos según la hora del día. Cuando ya estaba completamente consustanciada entre diversos olores y mi vista se dejaba llevar y se perdía entre tantos colores, volvía de nuevo esa voz, que esta vez dijo: “¡Hágase el viento!” y en ese momento surgió una brisa odiosa que levantaba mi cabello y hacía bailar a las flores, sentí que no lo necesitaba, que estábamos bien sin él, hasta ahora mi mundo era perfecto, ese viento fastidioso lo único que hacía era molestarme, pegarme en el rostro, no lo quería, pero insistentemente seguía ahí, no había manera de que me ignorara, me ponía de espalda, de frente, de perfil, ya no sabía qué posiciones hallar para que no me tocara, no me persiguiera, pero parecía que la molesta era sólo yo, ellas, las flores, seguían bailando de un lado para otro, sin parar, a veces, en medio de tanto viento, me parecía escuchar un leve canto de alegría que trataba de invitarme al baile. Pensé y después de un rato accedí, no podía ser yo la única molesta. Ellas me dieron un espacio. Me acosté y en ese momento sentí un leve cosquilleo por todo el cuerpo, comenzó una brisa fría y constante mientras las flores me acariciaban. Sentí que todo había cambiado, ya no me quería levantar, quería dejarme llevar por el viento a cualquier parte que quisiera, quería que mi cuerpo perdiera su peso, flotara y siguiera el rumbo del viento. De repente escuché: “¡Hágase la lluvia!”. Y comencé a sentir a lo largo de mi cuerpo gotas pesadas y húmedas que caían por todas partes, todo comenzaba nuevamente. Me senté repentinamente y las flores se habían escondido, me levanté para escapar a esos disparos pero ellas me perseguían y ahora el viento las ayudaba a pegarme por todos lados, el pobre viento no podía imaginar que su sutileza podía convertirse en algo tan real y preciso como ese disparo que no me dejaba caminar, no podía ver, incluso temía que en mi huida lastimara a las flores, no era mi culpa, ellas lo entenderían, me conocían. Mientras caminaba me preguntaba: ¿qué hacía yo allí, mientras nacían las cosas?, ¿qué hacía yo allí en medio de tanto alboroto? Era una caminata larga y las piernas se estaban convirtiendo en esa lluvia que ahora recorría los caminos, ya no querían seguir, no me obedecían, se empeñaban en deslizarse dentro del agua, en dejarse llevar, insistentemente continuaba, no me quería detener, pero en un momento sentí que todo mi cuerpo era lluvia y ya el cansancio no me dejaba continuar, así quedé inmovilizada, no podía más, mi cuerpo agua no avanzaba más; y vi a lo lejos arriba una luz que espantaba la lluvia, no lo podía creer, una luz amarilla y cálida que me daba la bienvenida y hacía que todo se tranquilizara nuevamente, y de repente volvía esa voz, de nuevo esa voz que esta vez dijo: “¿me estás prestando atención?”, y por fin pude responder: “No mamá, esta historia no me gusta”. &lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-1355351074500003872?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/1355351074500003872/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=1355351074500003872' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/1355351074500003872'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/1355351074500003872'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2012/01/relatos-de-adriana-prieto.html' title='Relatos de Adriana Prieto'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-oWUsnlYW3vU/TxRt5gryn_I/AAAAAAAABwo/bwaKrz4G1zE/s72-c/prietoadriana.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-6359325455764211324</id><published>2012-01-14T04:48:00.000-08:00</published><updated>2012-01-14T04:52:46.601-08:00</updated><title type='text'>De la prodigalidad o el excedente suntuario. Por Michel Onfray</title><content type='html'>Del libro &lt;strong&gt;La Escultura de Sí Mismo&lt;/strong&gt;. &lt;em&gt;Colección Los Cinocéfalos&lt;/em&gt;. Ediciones Errata Naturae.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 353px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5697469321175880114" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-ZEqh1gHsQ2M/TxF6KT9f0bI/AAAAAAAABvU/jsD0ZXMw8Yw/s400/principal-michel-onfray_grande.jpg" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;La prodigalidad es una virtud de artista. Me fascina tanto como me disgustan la avaricia y la economía. Por otra parte, se podría definir al burgués como el ser radicalmente incapaz de gastar, sin quedar destruido por la contrición o carcomido por el remordimiento. El arrepentimiento lo invade en cuanto se desprende de sus ducados, y no conoce otra manera de redimirse que volver una y otra vez al trabajo. Acumular, atesorar, tener y poseer: no se cansa de amontonar dinero, confeccionar tesoros y calcular beneficios y dividendos. Su alma es la de un contador: de noche, sueña con libros contables y alcancías, carteras de acciones y riquezas que rinden.&lt;br /&gt;No siento más que desdén por la parábola de los talentos, y el hijo pródigo sólo me gusta mientras dilapida. El usurero, el banquero, el gerente, el economista, son figuras afectadas de la burguesía, que se define por lo que tiene, ya que sólo es lo que posee. Pero resulta que vivimos en una era esencialmente dominada por esa clase de gente. Imagino para esa ralea una geografía parecida a los lugares utópicos de Tomás Moro, donde el oro sirviera para fabricar escupideras, o cadenas para sujetar a los esclavos. ¡Lenin anunció que la victoria de la revolución bolchevique sería total el día en que, cubriendo ya el conjunto del planeta, permitiera, según sus deseos, construir iningitorios públicos de oro en las calles de las ciudades más grandes del mundo!&lt;br /&gt;Llegó la hora del triunfo -presentida ya por Baudelaire- del dinero de los burgueses sobre la imaginación de los poetas. Junto con el amante de los paraísos artificiales, reprobemos la época que permite que los ricos se sirvan poetas asados en cada uno de sus almuerzos. Pero no por eso debemos rendirnos ante las viejas lunas de los mañanas que cantan y las revoluciones de futuros radiantes. Lejos de los deseos de apocalipsis que se vuelven realidad, limitémonos a admirar las figuras del derroche las que disfrutan practicando la ética dispendiosa, las que tienen entre sus ancestros al hijo pródigo antes de su arrepentimiento.&lt;br /&gt;Dante me cansa con sus lecciones perpetuas, él que promete a los pródigos los trabajos de Sísifo, sometido sin cesar a la carga de enormes pesos que debe desplazar indefinidamente. Ocupados en esas tareas ingratas, los pecadores insultarán y recibirán también su cuota de agravios. Los más moderados en el gasto sólo tendrán la perspectiva del purgatorio, donde expiarán, acostados, inmóviles, con los pies y los puños atados, y la cara hundida en la tierra que son culpables de haber celebrado demasiado. Nietzsche tiene, pues, mucha razón al invitar a amar la tierra y nada más. Yo espero que en las comarcas infernales, el enamorado de Beatriz se esté asando a fuego lento, o se cocine en una sopa verdosa cuyo secreto conocía, por haber desviado a los hombres de lo que da valor a una vida. Porque hay que ser pródigo, e incluso dispendioso con la prodigalidad.&lt;br /&gt;Hay un profundo amor por el desorden en quien prefiere el derroche al ahorro; una voluntad deliberada de elegir a Dionisios contra Apolo, una vez más. Despilfarrar, consumir y consumar, dilapidar, derrochar, tiene que ver con la desmesura, la fuerza que busca desbordar, la fiesta. La donación no agota la riqueza que la hace posible, porque, dentro de esa lógica de expansión, como por generación espontánea, el derroche es inmediatamente seguido por una nueva disponibilidad para una nueva donación. El despliegue y la disipación instauran una relación con el tiempo eminentemente singular: el instante basta para el consumo, y adquiere así una densidad ignorada en otras oportunidades. Allí donde fluye, sabiamente cronológico, sin variaciones de intensidad, cómplice del burgués para quien representa la posibilidad del dinero, sólo es duración mensurable, cantidad apreciable. En cambio, en la dilapidación, provoca momentos intensos, rebosantes de sentido. Picos y cimas. La calidad de la emoción no tiene igual, toda la eternidad parece haberse concentrado en el fragmento de tiempo que transcurrió en coincidencia con el gesto. Punto contra línea, pasión contra indiferencia: el dispendioso es un artista del tiempo.&lt;br /&gt;La ética del derroche es centrípeta, implica la desintegración y la producción de fragmentos, lo diverso y lo múltiple. Esas densidades materializadas, cristalizadas, constituyen puntos, pero el conjunto de la operación es dinámico. Presupone una voluntad de movimiento, un consentimiento a los flujos y a los ríos. De ahí el heraclitismo del dispendioso, que prefiere la movilidad, que se inclina por la circulación con el objeto de producir oportunidades para una mayor probabilidad de gasto. No ignora que su vida se inscribe en una perspectiva dialéctica. Más allá de la ontología o de la metafísica, sabe que su único capital es su propia vida, que ella no durará eternamente, que ya es limitada en ese momento. Y, sabiendo esto, su entusiasmo es directamente proporcional a su aprecio por el extremo valor de lo que no dura. La muerte confiere precio, establece un sentido.&lt;br /&gt;Absolutamente nómada, el hombre del derroche goza con la circulación, el flujo, pero experimenta, al mismo tiempo, que su placer es consustancial con el movimiento que lo permite. No es en la naturaleza del derroche, sino en el hecho de haber efectivamente dilapidado, donde reside la quintaesencia del goce. El fuego que consume no apunta a la ceniza, sino a la energía liberada, la magnificencia de la luz que llamea. El fogón como ambiente, el resplandor como modo de aparición. Lo que desea el pródigo, es la metamorfosis de su propia existencia en territorio que permita la experimentación para miríadas de actualizaciones. Lo probable se torna efectivo y real por medio del derroche, que es un modo de revelación.&lt;br /&gt;La antítesis del artista dispendioso es el burgués, indefectiblemente parmenidiano. Le encanta el arraigo, le gusta eternizarse en el mismo sitio, echar toda clase de raíces. Por poco se haría lector de Deleuze y se pondría a regar los rizomas que le permitieran realizar los pocos movimientos que es capaz de hacer: los del vegetal que se mueve el mínimo indispensable para alcanzar el alimento que está al alcance del bulbo. Por un lado, el animal que amplía su territorio y recorre diferentes comarcas; por el otro, la planta atornillada al lugar que la produce. Sedentario perpetuo, desarrolla un orgullo de linaje, de los ancestros, un culto al árbol genealógico. Los valores que alienta y enseña son los que legitiman su preferencia por el suelo. Y porque le permiten justificar el repliegue sobre sí mismo, los convierte en los únicos puntos de referencia posibles. Tradición, fidelidad, costumbres y hábitos: necesita variaciones sobre el tema de la repetición. Cuando tiene veleidades políticas, se encuentra del lado de los promotores de la sangre, el suelo, la raza y el arraigo. Vivir y construir en su región. Permanecer en los lugares que fueron de sus padres y sus maestros, nunca aspirar a otras virtudes, otros valores: quiere ser un residente. Y lo consigue.&lt;br /&gt;Prudente, administra sus bienes, su vida, su existencia como un economista, como un propietario eterno de bienes inmortales. Los años que tiene para vivir, su cuerpo, que no conservará la eficacia que muestra antes de los primeros signos de decadencia, el tiempo, que no es infinitamente extensible, cada segundo es considerado como un capital amorfo, inaccesible a la amenaza de la muerte. El burgués vive como si nunca tuviera que morir, como si hubiese sido elegido, contrariamente a los demás, para una vida eterna. El Un parmenidiano le cuadra perfectamente, es el modelo de sus bienes: fuera del tiempo, fuera del espacio, quieto, terminado, ignorando la pasión, el movimiento, indivisible, eterno, esférico, por ser una forma perfecta inaccesible a las modificaciones provenientes del exterior. Sin nacimiento ni muerte, inmóvil, siempre igual a sí mismo y en plenitud, el burgués es, en la más insolente manera de existir. Tiene suerte, porque está en una relación ontológica con sus bienes, y ni siquiera lo sabe. Su pulsión esencial es bovaryana: es por ella que puede perseverar así en su manera de ser, aunque cometa un error de apreciación creyendo que durará, como si fuera un eón.&lt;br /&gt;Su ardor se manifiesta enteramente en la voluntad de considerarse distinto a lo que es. Allí donde triunfa Heráclito, él prefiere a Parménides; donde campean la muerte, la tragedia y la entropía, él persiste en ver la eternidad, la inocencia y la neguentropía. Adora el dinero, el oro, las riquezas y los bienes materiales como si fueran Dios, en contra de la risa, el derroche, la pasión y la vida fulgurante del artista. El primero cree que es cuando tiene; el segundo es cuando derrocha.&lt;br /&gt;Para construir inmovilidad, para generarla, el burgués dispone de medios, instancias e instrumentos. Enarbola las virtudes, las asocia con ciertas lógicas y asegura su promoción en lugares donde funcionan impresionantes máquinas de producir lacayos. Por ejemplo, el Trabajo, la Familia y la Patria, instalados en un taller, una fábrica, un lugar fijo, un suelo, que sojuzgan cuerpos y almas, vitalidades y libertades, a puestos donde, ante todo, hay que obedecer. El objetivo es la inmovilización, el culto de la reproducción, la genealogía de hábitos. Contra esas empresas destinadas a paralizar el flujo heraclitiano, el artista opta por el ocio, el celibato y la deserción. Su figura predilecta es el Rebelde porque detesta todo lo que encierra, clausura, fija residencia.&lt;br /&gt;La voluntad estética aspira a la obra abierta: su naturaleza presupone que se renueva cada vez que se la observa. Jamás terminada, siempre en movimiento, obedeciendo incesantemente a nuevas exigencias, en ningún momento se detiene. Es, como el río del filósofo de Éfeso, un flujo, un caudal determinado por la dinámica. Toda tentativa de aprehenderla es inevitablemente imperfecta, fragmentaria. El propósito de esa clase de producción deriva del concepto de derroche. Se trata de medir las cantidades y sus circulaciones: cantidades de energías, fuerzas, vitalidades, potencias. La obra abierta que es la vida del Condottiere permite seguir, sin posibilidad de detención definitiva, el destino de las grandezas de excitación, para obtener su cartografía. Al menos, un intento de simulación de rastros y trayectos, con el objeto de obtener un conjunto de superposiciones, de cristalizaciones, que sólo valen para un tiempo dado en un momento dado. Las topografías son indicativas, y muestran los sentidos, las intensidades, los desplazamientos. También se pueden leer tendencias: carga, descarga, economía, gasto, ahorro, derroche. Este interés por una economía nueva entraña la permanencia de la noción de administración, o del empleo adecuado de una cantidad particular, en este caso, de las fuerzas que amenazan desbordar. En otros tiempos, tanto Jenofonte como Aristóteles hablaron sobre las relaciones entre su ciencia económica y lo doméstico, el arte del hogar. Después de Freud y Bataille, no podemos ignorar la extensión de la disciplina, las auroras que posibilita y las salidas del laberinto que se le podría atribuir. Economía generalizada contra economía restringida, economía libidinal contra economía de las riquezas materiales: se trata de intentar seguir los rastros de los gastos excesivos, porque allí está el signo manifiesto de la vitalidad expansiva.&lt;br /&gt;La obra abierta presupone riqueza y profusión del temperamento. Es imposible imaginarla en un individuo que carezca de salud, exceso y abundancia. La donación y la prodigalidad definen&lt;br /&gt;la constitución de aquel que la produce. Si la rutina puede definirse como una voluntad sin objeto, podemos estar seguros de que el Condottiere ignora esa perspectiva: la apertura de la obra en la que trabaja, implica, por el contrario, trabajo y afán estético perpetuos. Para crear nuevas posibilidades de vida, para magnificar el instante y construir situaciones en las que el desborde sea manifiesto y magnífico, hay que aceptar la fuerza que despeja los caminos. Entonces se ofrecen perspectivas en abundancia, se multiplican las probabilidades, y las vías que se pueden emprender a través del exceso son cada vez más numerosas. La existencia se transforma en el rastro que deja el signo elegido: la prueba de que, entre todas las combinaciones posibles, esta, antes que ninguna otra, triunfará y conferirá energía en esta forma, y no en otra. De ahí la excelencia del triunfo que se manifiesta en la elección de un trayecto en medio de un laberinto. La vida se resume en la colección de esos rastros vencedores. Cuanto más dispendiosa es una ética voluntarista, más aumenta las posibilidades de cristalizaciones logradas. El hedonismo como fin es indisociable del proyecto de derroche, siendo este sólo un medio.&lt;br /&gt;En la antigua lógica de lo Mismo y lo Otro, que podría reactualizarse con la que opone Repetición y Diferencia, el dispendioso está, evidentemente, del lado de lo Otro y de la Diferencia. No existe Condottiere sin una pasión de Conquistador. Al artista le gusta descubrir nuevos continentes, tiene la pasión de los mundos desconocidos, donde quien así lo desee pueda instalar -jamás en contra de los que ya se encuentran allí- una manera diferente de vivir, de mirar a los demás e integrarlos en sus proyectos. Territorios sin histerias permitirían un afán hedonista. Allí no tendrían sentido los burgueses, al menos los que piensan en la acumulación, la inmovilidad y el repliegue sobre sí mismos. Sea como fuere, un sedentario nunca descubrirá tierras lejanas. Esa es la tarea de los nómadas que van y vienen, experimentan y gozan con la obra que practican. El oro vuelve pesados a los inmóviles y convierte sus riquezas en cadenas. El peregrino no tiene ningún obstáculo que lo detenga, su destino está librado a todas las fantasías, sus caprichos no están condenados a quedar como letra muerta. Su área es la de la ontología, ciencia nueva, arte del ser. Por eso está cerca de los poetas, los filósofos, los santos, los genios y los héroes: todos ellos tienen en común una irrefrenable sed de ser, a la que sacrifican cualquier obsesión por tener. La belleza, la sabiduría, el saber, el éxtasis, la embriaguez, el autodominio, el arte de domar y moldear las partes malditas, son todas obsesiones de quienes desprecian a la burguesía. El artista trabaja por un absoluto de enamoramiento.&lt;br /&gt;La voluntad dispendiosa exige el gusto por lo aleatorio, como en las obras de John Cage. Confianza ciega en lo que debe ocurrir, saber radical y un poco oriental: como no se puede evitar la necesidad, más vale desearla, salirle al paso. Lo imponderable, por ser una certeza, forma parte de las combinatorias: es el juego entre los elementos sin el cual o bien la fricción condenaría absolutamente todo movimiento, o bien la aceleración, aunque contraria, produciría los mismos efectos. El azar permite lo imperceptible con lo que siempre se hace lo esencial. Por otra parte, la habilidad con el kaíros sólo puede concebirse en las vibraciones que produce lo aleatorio. El sentido surge a menudo de los intersticios, de los milímetros que separan las situaciones entre sí, del polvo que danza más allá de la razón y el lenguaje, mucho más allá, incluso, de lo que es inmediatamente perceptible. El azar es la mirada en esa dirección, en ese momento, y no en otra; es una presencia, en ese lugar, y no en otra parte, en ese instante, y en ningún otro momento; es un silencio demasiado largo cuando se espera el chispazo de una respuesta que no llegara y dejará abierta todas las hipótesis. En todo caso, lo aleatorio manifiesta la facticidad y la contingencia con las que hay que contar como elementos ineludibles.&lt;br /&gt;Me gusta recordar que la etimología árabe de azar designa, bajo esa palabra, el juego de dados, del que sabemos, a partir de Mallarmé, que jamás abolirá... el azar. Es accidental, la negación de las causalidades simples que pretenden mostrar una realidad límpida y transparente. Advierto aquí el encuentro caótico y gracioso de todos los determinismos que se despliegan, como serpiente al primer sol. Lo aleatorio muestra la omnipotencia del desorden en el seno del mundo, y en medio de nosotros mismos, mundos dentro del mundo. Anarquía gozosa, embriaguez y júbilo. No existe obra abierta sin esta poética de la indeterminación con la que es preciso transigir. La variación es libre, somos más o menos responsables de ella, pero el tema es impuesto. El artista es cómplice de las fuerzas que están en juego, está frente a ellas como el domador frente a la energía que surge del animal: metafísicamente incapaz de reducirla, pero también, y sobre todo, proveniente de una técnica de poder, de dominio. Que puede fracasar. Con el riesgo de hacerlo enfurecer. Nada es definitivo, el peligro siempre está presente. Y está bien que así sea.&lt;br /&gt;El nómada está cerca de lo que los surrealistas llamaban el azar objetivo Caminatas a pura pérdida, vagabundeo y confianza: lo maravilloso nunca deja de satisfacer a quien sabe esperar. Bromista, además, es más rutilante cuando menos se lo espera. Nunca hay que observarlo atentamente, porque desaparecerían las potencialidades bajo la angustia y la ofuscación. Es mejor abandonar el alma a los leves movimientos del azar, convocar el acontecimiento con una benevolencia lejana, muy lejana. No consentir a las tensiones, a los nudos, a las crispaciones. Más bien actuar relajadamente, con un nomadismo inocente e ingenuo. Las combinatorias son demasiado numerosas para que no haya, muy pronto, sorpresa y embeleso. Gastar el tiempo, derrocharlo y abandonarlo sin hacer cálculos. Las revoluciones siempre son provocadas por cantidades infinitesimales. Poco, pero lo necesario. No hay transvaloraciones sin ironía del destino. Largos y valientes ardores han sido sancionados con un gran vacío ontológico, mientras que una disponibilidad, totalmente compuesta de derroche a pura pérdida, basta para colmar abismos. Así se mezclan ética y estética: no otra cosa es la vida poética, sino ponerse a disposición para los millones de hechos que horadan permanentemente la realidad. Miríadas, profusiones, vuelven como retribución.&lt;br /&gt;Nada más regocijante que lo imprevisto, que siempre desconcierta al burgués. Una ética dispendiosa implica ponerse en estado de gracia respecto de la vida que nos rodea. Es, en realidad, una modulación del amor fati nietzscheano, pero sin la carga de amor obligado o necesario. No se trata de amar el propio destino, sino de dejarlo actuar por nosotros, antes de poder reagrupar las fuerzas para inducir el movimiento. Como el virtuoso en artes marciales, el Condottiere utiliza los poderes destinados a desestabilizar, para construir su equilibrio. Todo riesgo potencial se convierte en una nueva riqueza; todo inconveniente posible debe ser transformado en ventaja real. La presa despierta de su letargo para llevar a cabo un gesto definitivo: uso de la realidad, confianza en lo aleatorio, dominio del kaíros, fin del asedio. Así pueden comenzar los derroches.&lt;br /&gt;De este modo, la ética dispendiosa es como una taumaturgia, mientras que la del burgués es tanatopraxis. Una hace milagros, exprime el jugo de la existencia, lleva la realidad a su punto de incandescencia; la otra se limita a embalsamar, a momificar la vida como si fuera un cadáver a punto de descomponerse. La primera es una mayéutica que apunta a la epifanía de lo maravilloso; la segunda, un perpetuo servicio fúnebre al servicio de las eutanasias y extinciones de vitalidades. Voluntad de goce contra ideal ascético. Y con el propósito de permitir el advenimiento de la excelencia, se privilegia el instante. Momento fuerte que eclipsa el pasado y el futuro, en beneficio de su propio poderío, absorbe las vibraciones del derroche para nutrirse y saciarse de ellas. En la intersección entre el tiempo y la eternidad, el instante es la categoría temporal de los éxtasis, de lo que he denominado hapax existenciales de los momentos que convulsionan la vida. Aunque inscripto en una cronología -porque no se puede concebir sin comienzo, desarrollo y final-, el instante es la modalidad suprema de la duración extática. Pulveriza la dialéctica lineal y la lectura que hacen los occidentales, a favor de un modelo impresionista cuyas pinceladas mantienen una relación caótica, a menos que también en este caso exista un orden de los objetos fractales, despliegue, pliegue y repliegue, en perpetuas y recurrentes formas del carácter o del temperamento. Y si hiciera falta una figuración musical para esta filosofía del instante bordeado&lt;br /&gt;de vacío, perdido entre dos largos silencios, por ser pesados e irradiar blancuras ya en Debussy, la encontraríamos en las seis Bagatelas para cuarteto de cuerdas op. 9 de Webern. La tercera, por ejemplo, dura 21 segundos. A su amigo Schonberg le encantará esa capacidad de concentrar una odisea en un simple gesto casi sobrio, ya que esa proeza consiste en llevar lo expansivo por esencia, a una expresión tan fugitiva como un aliento suavemente exhalado. Poco tiempo para revelar un mundo entero: esa es la fuerza del instante, su sentido. La capacidad para generar esos Pentecostés estéticos muestra qué victorias es capaz de producir sobre el tiempo el dispendioso, totalmente volcado a la multiplicación de esos instantes. La combustión de sí mismo en una celeridad tremenda introduce la eternidad, al menos La ilusión que se tiene de ella, en el registro de lo posible. No hay derroche sin juego con el tiempo, sin aspiración a su dominio lúdico. Pienso también en Heráclito, como siempre, para quien el tiempo es un niño que juega. Magnificencia del niño.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-6359325455764211324?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/6359325455764211324/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=6359325455764211324' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/6359325455764211324'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/6359325455764211324'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2012/01/de-la-prodigalidad-o-el-excedente.html' title='De la prodigalidad o el excedente suntuario. Por Michel Onfray'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-ZEqh1gHsQ2M/TxF6KT9f0bI/AAAAAAAABvU/jsD0ZXMw8Yw/s72-c/principal-michel-onfray_grande.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-6490797943791303542</id><published>2012-01-10T06:03:00.000-08:00</published><updated>2012-01-10T06:17:13.562-08:00</updated><title type='text'>Tres textos de Virgilio Piñera</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;Para ti&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 256px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5696006893536197602" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-N2zbVnbZurk/TwxIF0dmu-I/AAAAAAAABus/VTYXNXcB-C8/s400/perfil.jpg" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;strong&gt;LA VIDA ENTERA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el Arte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y a cuál de los dos mecánicos escogería yo como instrumento de mi liberación? ¿Sólo a uno o a ambos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, no podíamos ser sino estudiantes de Filosofía y Letras, adorar de rodillas la Belleza y coleccionar objetos de arte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juzgo ocioso declarar el año de mi nacimiento. Se cita el año de llegada al mundo cuando se pertenece a un país donde, en el momento en que se nace, algo ocurre —ya sea en el campo de lo militar, de lo económico, de lo cultural... En tal caso la fecha tendría un sentido. Verbigracia: «Cuando nací en mi patria invadía el Estado tal o era invadida por el Estado más cual; cuando vine al mundo las teorías económicas de mi compatriota X daban la pauta a muchas otras naciones; cuando vine al mundo nuestra literatura dejaba sentir su influencia". Pero no, ¡qué curioso! cuando en 1912 (ya ven, pongo la fecha para que no queden con la curiosidad) yo vine al mundo nada de esto ocurría en Cuba. Acabábamos, como quien dice, de salir del estado de colonia e iniciábamos ese triste recorrido del país condenado a ser el enanito irrisorio en el valle de los gigantes... Nosotros nada teníamos que ver con las cien tremendas realidades del momento. Pondré un ejemplo: la guerra de 1914 significó para mi padre una divertida pelea entre franceses y alemanes. Y también un modo de matar el tiempo a falta de otra cosa que exterminar. Papá, en compañía de otros papás, pasaba gran parte del día jurando que los alemanes eran unos vándalos (probablemente nunca se detuvo a pensar en virtud de qué usaba tal calificativo) y que los franceses eran unos ángeles; que Foch era un estratega y Ludendorff un sanguinario. En cuanto a mi madre, a la cabeza de mis tías y de otras parientes, tomaban tan al pie de la letra la inminente caída de París, que veía alemanes hasta en la sopa. Un día qué el cañón Bertha tronó más que de costumbre sobre los techos parisinos se nos prohibió salir a la calle. ¡Temíamos ser bombardeados!&lt;br /&gt;Me había tocado en suerte vivir en una ciudad provinciana; esto, que no es cosa grave y hasta positiva si se sabe que allá existe una capital en toda la acepción de la palabra, significaba, en el caso nuestro, una tal ausencia de comunicación espiritual y cultural que, a la larga, terminaría por encartonarnos. Vivía, pues, en una ciudad provinciana, una capital provinciana, que, a su vez, formaba parte de seis capitales de provincia provincianas con una capital provinciana de un estado perfectamente provinciano. El sentimiento de la Nada por exceso es menos nocivo que el sentimiento de la Nada por defecto: llegar a la Nada a través de la Cultura, de la Tradición, de la abundancia, del choque de las pasiones, etc. supone una postura vital puesto que la gran mancha dejada por tales actos vitales es indeleble. Así, podría decirse de estos agentes que ellos son el «activo» de la Nada. Pero esa Nada, surgida de ella misma, tan física como el nadasol que calentaba a nuestro pueblo de ese entonces, como las nadacasas, el nadaruido, la nadahistoria... nos llevaba ineluctablemente hacia la morfología de la vaca o del lagarto. A esto se llama el «pasivo» de la Nada, y al cual no corresponde «activo» alguno.&lt;br /&gt;Muchas veces me he preguntado por qué los hombres y mujeres que formaban mi pueblo natal, Cárdenas, no se llamaban todos por el mismo nombre. Por ejemplo, Arturo. Arturo se encuentra con Arturo y le cuenta que Arturo llegó con su hijo Arturo y con su hija Arturo, que su mujer Arturo pronto dará a luz un nuevo Arturo, pero que ella no quiere ser asistida por la partera Arturo sino por la otra partera Arturo que es la partera de su cuñado Arturo madre del precioso niño Arturo cuyo padre Arturo trabaja en la fábrica Arturo... Por supuesto, mi familia formaba parte del clan Arturo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La secreta aspiración de papá fue el cenobio: por qué equivocó esta vocación, por qué se casó, y lo que es todavía más contradictorio, por qué tuvo seis hijos (aspiraba a tener doce pero mi madre se enfermó) es cosa que jamás podrá quedar dilucidada. Quizás la explicación habría que buscarla una vez más en ese "arturismo"‚ de nuestro pueblo: papá sólo pudo seguir la rutina de los días y aceptó el matrimonio como uno de esos males necesarios; en cuanto a los hijos, los iba haciendo a falta de otra cosa más importante que realizar. Por otra parte, y he aquí una nueva contradicción: a medida que la gente es más mísera se despierta en ellas un furioso deseo de procrearse. En esas noches en que los matrimonios van a la cama muy temprano porque el aburrimiento les destroza sólo les queda la rutinaria copulación, sin belleza, sin lujuria, sin pasión; una cópula practicada, no por ellos sino por la inercia.&lt;br /&gt;(...) Había llenado la casa con seis hijos, llegados al mundo un año tras otro; lo que hubiera sido su mayor ambición: soledad de mi madre y de él, todo esto hubo de trocarse por la vocinglería de seis muchachos. Su hambre de silencio era cada día más apremiante; estaba decidido a calmarla costare lo que costare. Las consecuencias de esta decisión serían pagadas por nosotros. Dos tipos de silencio deberíamos observar: uno, el silencio porque el padre estaba callado; otro, porque el padre estaba hablando... El segundo era más estricto que el primero. Seríamos castigados severamente si, en ocasión de estar papá anegado en su silencio, con su cabeza sumergida en el mar de la Nada, alterábamos este silencio con alguna risa, ruido o voces. Entonces, saltaría como una furia y seríamos perseguidos y copados en las faldas de nuestra madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el Arte. Lo primero, porque un buen día nos dijeron que no «se había podido conseguir nada para el almuerzo». Lo segundo, porque también un buen día sentí que una oleada de rubor me cruzaba el rostro al descubrir palpitante bajo el pantalón el abultado sexo de uno de mis numerosos tíos. Lo tercero, porque igualmente un buen día escuché a una prima mía muy gorda que apretando convulsivamente una copa en su mano cantaba el brindis de «Traviata». Para no menoscabar la autoridad de la naturaleza me veo obligado a decir que reaccioné en toda la línea. La molesta sensación del hambre la aplaqué saliendo subrepticiamente a la calle y robándome un plátano de la frutería. En cuanto al sexo, mi reacción fue más elaborada, lo primero que se me ocurrió fue buscar un sitio aislado, pero no bastándome la soledad, busqué el concurso de las tinieblas. Un ciego instinto me avisaba que, habiéndome apoderado de la imagen de mi tío, debería, so pena de perderla, sumirla en el rincón más oscuro de mi ser. Pero como yo era un niño de siete años y no un psicólogo, hice lo que hacen los niños en estos casos: busqué la oscuridad física. La encontré en la carbonera; entonces me puse a revolcarme como un desesperado; desesperado, porque ignorando totalmente dónde ubicar el sexo de mi tío en mi cuerpo, sólo acertaba a hacerme una imagen del tío como encimándose pero sin llegar a posarse en algún punto preciso. Pero —¡oh poder del centro de gravedad!— ya encontraba el mío pues la mano fue cayendo hacia el centro de mi cuerpo, en donde mi diminuto e informe sexo, grotescamente erecto, solicitaba el acompañamiento de la mano para regalarme la áspera melodía de la masturbación. A los pocos instantes me sacudió un estremecimiento de placer y entonces supe que todo pasaba en el cerebro, pues el tío, como la roja lumbre de un cigarrillo me quemaba y desgarraba la cabeza cual si yo fuera el hígado de otro Prometeo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi primera hambre artística la calmé con ese almibarado engaño que el arte pone bajo los ojos de aquél que se le enfrenta por la primera vez: me refiero al bocado de la imitación. Tal parece que nos dijese: —Aquí me tienes; sólo tendrás que parecérteme y entonces tu angustia será calmada pues otros se querrán parecer a tu demonio...—. Pero ¡ay!, cada nuevo ejercicio de imitación nos va alejando su rostro y terminamos pisoteados por sus horrendos cascos.&lt;br /&gt;Me encerré en la alcoba de mi madre y sobre mis ropas de niño eché un peinador; puse una cinta en mi cabeza y una flor de papel al talle. Entonces agarré un búcaro y elevándolo a la altura de mi cara canturreé una y diez veces la poca melodía que se me había pegado del famoso Brindis. El resto del día lo pasé, como se dice, en religioso silencio. ¿Silencio de los mundos o de qué...?&lt;br /&gt;Claro que no podía saber a tan corta edad que el saldo arrojado por esas tres gorgonas: miseria, homosexualismo y arte, era la pavorosa nada. Como no podía representarla en imágenes, la representé sensiblemente: tomé un vaso, y simulando que estaba lleno de líquido, me puse a apurarlo ansiosamente. Mi padre me sorprendió; muy intrigado preguntóme por qué fingía que estaba bebiendo... Entonces le respondí: que estaba tomando «aire». Se explica muy bien que simbolizara inconscientemente la nada si se tiene presente que la materia que se oponía a mi materia no se podía combatir en campo abierto, sino que la lucha se desarrollaba en el angustioso campo de lo prohibido. No hubiera podido salir a la calle y declarar abiertamente nuestra hambre; infinitamente menos confesar, y lo que es más importante, practicar, mi inversión. En cuanto al problema del arte, no era tan bárbara mi familia como para prohibírmelo, pero como en la niñez el futuro artista no lo es, y en cambio, sí es y nada más que pura sensación, sólo atina a abrir una inmensa boca y sufrir las angustias del éxtasis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Francamente, sigo considerando a La Habana como un sepulcro. Un vasto sepulcro dividido a su vez, en sepulcros más pequeños. Pero aclaro en seguida que tal impresión sepulcral no tiene nada que ver con esas típicas sensaciones de aplastamiento propias de las grandes ciudades. (...) No, si yo digo que la ciudad me sigue pareciendo un vasto sepulcro se debe pura y simplemente a una contingencia privada y personal: me refiero a la miseria. Así como el Vía Crucis de la Pasión tiene sus Estaciones, así también tengo yo por la ciudad señaladas mis tumbas, partes de ese vasto sepulcro, y en el correr de los años y tras algunos pasados en el extranjero no he logrado que tal impresión desaparezca, o, al menos, se atenúe. Y si voy a hablar con mayor franqueza, aunque tenga que enfrentarme con el ridículo, declararé que hasta evito cuidadosamente ciertas calles y ciertas casas en las cuales estas marcas de la miseria me hicieron padecer más de lo acostumbrado. Pero aclaro también en seguida que si las evito es precisamente porque ni una pizca de delectación hay en mi alejamiento de ellas. Sencillamente las veo como puentes cortados, fragmentos de mi existencia que en nada me religan ni podrían religarme con mi vida presente. ¿Qué tengo yo que ver, por ejemplo, con el Virgilio del año 38, inquilino de un cuarto en la calle de Galiano? Y si fatalmente debo pasar por tal lugar lo observo con la misma indiferencia que todo mi ser asumiría ante el sepulcro de Tutankamen... No podría tener piedad con cadáveres ajenos. Entre estos milenarios también se clasifica el mío de ese año '38(...)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decliné una invitación a bailar esa noche y me despedí de mis amigos. Desde Camagüey había escrito a una tía política que viviría en su casa. La había escogido a ella porque a pesar de su pobreza vivía a dos cuadras de la Universidad.&lt;br /&gt;Un camión de bultos postales me transportó a La Habana. No tengo que decir que el viaje era gratuito, favor que me hacía un amigo de la infancia y que le agradecí doblemente pues así me ahorraba los cuatro pesos que, con sumo trabajo, había ahorrado para el ticket del ómnibus. Viajar durante catorce horas en un camión, echado entre bultos —un bulto más— es algo realmente pintoresco: una inmensa tela embreada cubre por entero la superficie del camión y se ve uno obligado a rodar interminablemente con una tienda de campaña sobre la cabeza. Mi amigo el camionero me improvisó en la parte posterior del camión una suerte de cucheta y, con ayuda de dos tablas suspendió un tanto la lona y así podía ver yo el fugaz paisaje: sabanas o colinas, árboles o palmas y los eternos verdores de nuestros campos. En suma, monotonía y monotonía...&lt;br /&gt;Pero también monotonía dentro de mí. Cumplida ampliamente la mayoría de edad seguía yo practicando a diestra y siniestra la recitación y la masturbación: yo lo recitaba todo desde la prosa hasta los versos y me masturbaba tanto física como mentalmente, esta línea de menor resistencia era una mullida almohada adonde mi cabeza se reclinaba impúdicamente. Expresar los pensamientos ajenos y evadir todo contacto real con el sexo se había convertido para mí en una mecánica cotidiana, matizada por el tantalismo que ponía yo en todos mis actos, si no llegué a chocar con la imbecilidad fue debido a una especie de contra yo que analizaba mis actuaciones, quiero decir que algo me advertía constantemente de la falsedad de mis reacciones y me pinchaba para que saliera del impasse, he ahí por que viajaba yo en un camión. La Habana me curaría del recitador y del masturbador; aprendería esa técnica impostergable que consiste en contar el sueño de nuestra existencia y echándome en los brazos del primer hombre conocería por fin el sexo tal y como yo lo entendía. Tales reflexiones me iba haciendo mientras sus ruedas me alejaban de la provincia, y como quiera que las generalidades llevan a las particularidades, me encontré, de súbito, totalmente erotizado, con el audaz pensamiento de que conmigo viajaban dos hermosos y nobles hombres con los cuales podría poner en práctica mis eróticos ensueños.&lt;br /&gt;Dicho y hecho, aprovecharía la próxima parada del camión en uno de esos descampados que los choferes escogen para escapar un tanto a la angustia del volante y allí sería Troya... Me ayudaría la Naturaleza —frescas brisas, árboles copados, si es posible, hasta murmurante arroyuelo y el tibio calor del sol entre los ramajes. Y también esa otra Naturaleza, la humanidad, y sobre todo, ésa de los hombres de los cuales, había leído que son a tal punto sexuales que desconocen toda discriminación en cuanto a satisfacción sexual se refiere. Sí; todo se conjugaría y esta vez me tocaría a mí ser arrrojado del paraíso. Hasta ese momento yo era una triste presa del Señor y, sin duda, el diablo quería su parte; me abandoné a endiabladas ensoñaciones : ¡oh, supremo instante en que el ángel me arrojaría hacia el valle de las lágrimas! ¿Y a cuál de los dos mecánicos escogería yo como instrumento de mi liberación? ¿Sólo a uno o a ambos? Yo había también leído, como se lee en las descripciones de viajes famosos, que en casos desesperados la elección puede ser fatal, que es preciso echar mano a cualquier recurso y que pararse en pelillos puede significar la muerte del viajero... Entonces, si no lograba separar a uno del otro, mediante acción rápida, propondría a los dos desempeñar el papel de Adán, y digo Adán y digo paraíso y digo ángel, porque en mi obligado papel de recitador ya me había disparado hacia una suerte de retórica, que, por otra parte, iba anunciando que todo pararía en vanas palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así fue, lo de dicho y hecho fue dicho y hecho, mas... dentro de mí. A los pocos minutos el camión se había detenido en un lugar punto por punto igual al descrito por mi imaginación. Desde ese instante —inicio de una realidad que yo temía— un sudor frío me inundó todos los miembros: me quedé paralizado, y una pierna que dejaba ver su carne fue descubierta automáticamente con una punta de la lona. ¡Ahí estaba ya: templo que se opone a que sea rasgado su velo! Sentí que los mecánicos se acercaban, entonces me tiré totalmente la lona por encima y me hice el dormido. Pero ellos, alegres y riendo ruidosamente, me sacaban del camión y me señalaban un lugar encantador. Tan pálido debí mostrármeles que me preguntaron si me sentía enfermo. Hice que no con la cabeza y salté del camión. Nos internamos en el campo y ya comenzaba a serenarme cuando advertí que mi amigo llevaba en la mano una botella de ron. Me eché a temblar de nuevo: era que la vista de la botella —argumento poderoso para convencer al más reacio y despertar al más embotado— me llenaba de pavor. Así era yo: cuando las cosas llegaban a un plano de inmediato cumplimiento iniciaba la vergonzosa retirada. ¿Adónde habían ido a parar mis audacias de hacía unos minutos? Todo aquel paisaje sensual, todo aquel erotismo bajo una lona se había diluido y veíame parado como un corredor al que se le ha interpuesto un obstáculo en plena carrera.&lt;br /&gt;Topamos con el inevitable arroyuelo y allí nos detuvimos. El ayudante de mi amigo me miraba de soslayo y advertí en su mirada que me examinaba con la misma curiosidad que un animal cualquiera examina a otro de una especie diferente; sentía que medía su fortaleza por mi debilidad y a tal punto se sintió protector que me ofreció por asiento la piedra más pulimentada. En seguida me alargó la botella y me dijo desplegando una irónica risita si no quería tomar un poco de agua después del trago. Entonces mi amigo comenzó la consabida charla sobre las mujeres. En menos tiempo del que empleo para contarlo aquí me describieron unos coitos complicadísimos y, aunque mi desconocimiento en materia de psicología masculina era bien superficial, me percaté de que todo obedecía a esa táctica viejísima que consiste en dejar traslucir lo extranormal mediante alusiones a lo normal. Todo ello corregido y aumentado con la inevitable excitación que cualquier relato erótico nos procura. Pero todos sus cálculos fallaron, porque mis inexorables moiras de la recitación y la masturbación se interpusieron y me vi, yo también, imbécil y medroso, relatando unas imaginarias hazañas habidas con docenas de mujeres. Hablé hasta por los codos y tanta «masculinidad» desplegué que ellos se vieron constreñidos a ese desdén calculado que es de rigor entre connotados tenorios. Había fracasado una vez más y mi residencia en el paraíso se prolongaba. Volvimos al camión bajo un silencio de muerte y ya no paramos hasta la entrada de la capital.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis primeros contactos en el terreno así dicho del arte los hice con dos tipos de gente en extremo dudosas. Las primeras formaban fila en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras; las segundas eran muchachos inclinados a lo bello, sensibles, amantes de las bellas artes. Unas y otras eran homosexuales y tras un estudio detenido de las mismas nunca se podía saber si eran homosexuales porque aspiraban a ser artistas o si aspiraban a serlo porque eran homosexuales. Por otra parte resultaba algo muy revelador el hecho de que la mayor contribución de homosexuales a los cuadros universitarios fuese dada por la Facultad de Filosofía; ninguna de las restantes Facultades podía exhibir siquiera la cuarta parte de los de aquélla. Eran muchachos pálidos, nerviosos, que no «perdían» un concierto, que hablaban afectadamente y hacían versos. Me encontré con que todos y cada uno eran poetas, con libro o sin él, que en los patios buscaban ansiosamente a nuevos reclutas, se olían y reconociéndose comenzaban por la confesión lírica para llegar abruptamente a la confidencia homosexual. Naturalmente, yo había escogido por carrera la de Filosofía y Letras. ¡Cómo podía no ser así! Entre el corazón anatómico y el poético no podía dudar; me quedaría siempre con el poético. Digo esto porque pienso en nuestra brillante hornada de invertidos líricos estudiando la carrera de Medicina a merced de fríos profesores de anatomía y deportivos muchachos. No, nosotros, con verdadero instinto animal, nos habíamos replegado a la sombra de Minerva: alguno de entre los profesores quizás si nos comprendiese y hasta compartiese nuestras inquietudes... Y asimismo para el buen éxito de nuestros insatisfechos ensueños eróticos nos era imprescindible lo Bello: podrían revirarse los ojos, caer en éxtasis, suspirar, si leíamos un verso de Dante o de Keats; la vista de una lámina que mostrara un vaso sagrado del templo de Amón o el Rapto de Proserpina nos autorizaría a vernos transmutados en el sacerdote o en la diosa... Sí, no podíamos ser sino estudiantes de Filosofía y Letras, adorar de rodillas la Belleza y coleccionar objetos de arte.&lt;br /&gt;Pero quedaba, en esta sospechosa arqueología intelectual, un «renglón» no menos importante. Me refiero a las llamadas «antigüedades», sembradas, regadas y recolectadas por los homosexuales de garçonnière. A poco de haber entrado a una de tales garçonnières el amigo que nos presentara al dueño de casa rogaba a éste que nos mostrase su «antigüedad» o «antigüedades». El anfitrión, bajando la vista y lleno de rubor se apresuraba a ponernos delante de los ojos todo lo antiguo de que era poseedor. En el ochenta por ciento de los casos este homosexual de garçonnière era persona muy inculta, pero como se había corrido la voz entre los del oficio que las «antigüedades» eran espirituales, que daba «cachet» el poseerlas, él se apresuraba a adquirir, por lo menos, una. Ahora bien, dichos invertidos se cansaban muy pronto de sus «antigüedades». Se levantaban una buena mañana diciendo que ya no podían pasar frente a la paloma de plata tal, o al plato de porcelana o a los candelabros de bronce sin experimentar un fuerte fastidio. Entonces se llamaban por teléfono y se proponían los trueques más pintorescos. Porque resultaba, con arquetípica frivolidad homosexual, que X se había enamorado de la antigüedad que precisamente daba ya náuseas a Z, y en esto podríase establecer un ajustado paralelismo en lo que a elección y posesión de hombres se refería. Antigüedades y hombres iban y venían por la ciudad, se intercambiaban y a menudo se tapaba uno con esto: la antigüedad y el hombre de X, vistos en su casa la semana última los veríamos hoy en la garçonnière de Z, extremo que procuraba un fuerte desasosiego y confusión puesto que no se encontraba en el momento una explicación del fenómeno.&lt;br /&gt;Comprobé entonces que tanto el estudiante de filosofía y letras como el homosexual de garçonnière tenían algo muy en común conmigo. ¡Ellos también recitaban y se masturbaban según todos los matices y en todas las acepciones! No bien plantado todavía en la capital y ya estaba fuertemente metido en el mismo juego. El único cambio radicaba en la variedad; en la provincia yo me masturbaba y recitaba en soledad; aquí, en La Habana comenzaba a hacerlo en compañía; en compañía dudosa y lacrimosa, llena de corbatas chillonas, de frasquitos de perfume, de antigüedades y objetos de arte... &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;strong&gt;TEXTO&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;La secreta aspiración de papá fue el cenobio: por qué equivocó esta vocación, por qué se casó, y lo que es todavía más contradictorio, por qué tuvo seis hijos (aspiraba a tener doce pero mi madre se enfermó) es cosa que jamás podrá quedar dilucidada. Quizás la explicación habría que buscarla una vez más en ese "arturismo"‚ de nuestro pueblo: papá sólo pudo seguir la rutina de los días y aceptó el matrimonio como uno de esos males necesarios; en cuanto a los hijos, los iba haciendo a falta de otra cosa más importante que realizar. Por otra parte, y he aquí una nueva contradicción: a medida que la gente es más mísera se despierta en ellas un furioso deseo de procrearse. En esas noches en que los matrimonios van a la cama muy temprano porque el aburrimiento les destroza sólo les queda la rutinaria copulación, sin belleza, sin lujuria, sin pasión; una cópula practicada, no por ellos sino por la inercia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(...) Había llenado la casa con seis hijos, llegados al mundo un año tras otro; lo que hubiera sido su mayor ambición: soledad de mi madre y de él, todo esto hubo de trocarse por la vocinglería de seis muchachos. Su hambre de silencio era cada día más apremiante; estaba decidido a calmarla costare lo que costare. Las consecuencias de esta decisión serían pagadas por nosotros. Dos tipos de silencio deberíamos observar: uno, el silencio porque el padre estaba callado; otro, porque el padre estaba hablando... El segundo era más estricto que el primero. Seríamos castigados severamente si, en ocasión de estar papá anegado en su silencio, con su cabeza sumergida en el mar de la Nada, alterábamos este silencio con alguna risa, ruido o voces. Entonces, saltaría como una furia y seríamos perseguidos y copados en las faldas de nuestra madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;strong&gt;SIN TÍTULO&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;La situación era ésta: el hombre llevó la mano a su ojo derecho y depositólo en la mesa de noche. El encargado me había colocado una frazada en los brazos y yo, desnudo y acostado llevé las manos a mi vientre que comenzaba a rechinar siniestramente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amigo mostraba una cara coloreada de ceniza; con las piernas cruzadas trazaba los primeros compases de la teoría de la condenación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre llevó la mano a su boca y extrajo una fría dentadura del arco superior, con tonalidades de leche acidulada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Esto conduce por lo menos, al precinto… – decía mi amigo con tal tremulación que mis tripas avivaron el ronquido iniciado, a causa del ojo en la mesa y de los dientes sobre la frazada. Pero estábamos allí, transformados ya en esa composición mural que un pintor concibiera, tomando a grandes animales, a pájaros imposibles y obligándoles a defecar violentamente sobre la lisura de aquellas cuatro paredes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amigo comenzó a penetrar por la cuenca que el ojo del hombre sobre la mesa descubría. – Es desolado buscarte en esta lobreguez que no permite ni el inocente acompañamiento de mi propia sombra; siempre pensé que te conjurabas contra la luz y a causa de ella; como posees la maldita cualidad de estar hecho de luminosa sustancia debes ir a la purificación por el infierno; es un grave caso y una quiebra del principio religioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como el vientre amenazaba ruidos más imprudentes largué uno de los cordones de la faja: cuando sepultaron a mi tía virgen uno de los cabos del ataúd quebróse y por vez primera mi pobre tía mostró, dentro de su casa silenciosa, las piernas a un aire encerrado definitivamente con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Qué te pasa, – dijo el hombre (y él si podía permitir a su aire que se escapase merced a la oquedad formada por su maxilar superior) – ¿Qué te pasa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allá lejos se escuchaba la voz de mi amigo viajando por la cuenca del ojo que estaba sobre la mesa de noche: – Yo creo que está clavado en un poste de la tercera calle; ese nefasto hombre tiene un pegamento tan seguro y Silvio está constituido por tan débiles, delgadas láminas que una hoja no autorizaría a predicar mayor concepción de ligereza…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre mostraba su excitación bestial en esa mortífera línea que la tráquea ostenta y donde es declarado todo el pecado de lujuria; casi no podía tragar y cuando decía: – ¿Qué te pasa…?, parecía que levísimos trocitos de su tráquea me daban en la cara, en el vientre, en los muslos. Me imaginé el momento remoto en que la madre del hombre alumbrara a este portador de pegamentos y le dije: – Sí, ahora procure Usted fijar bien los dientes al arco superior; aquí está el ojo, sobre la mesa de noche; ¿tiene ahí ese pegamento maravilloso? Vamos a colocar el ojo en la cuenca; – pero mi amigo gritó: –¡Asesinos, estoy explorando esta mina, ¿no véis que Silvio se ha extraviado en ella…?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre continuó su silencioso trabajo de proyectar sobre mi cara, sobre mis muslos, sobre mi vientre trocitos de tráquea resecada. –¿Qué te pasa?. Contestaban mis tripas con el ruido de todos los pasos sumados de mi infancia. – Vamos, decía el hombre, estoy listo, – y tomó de la frazada el arco de helada dentadura y lo puso junto al ojo que estaba en la mesa de noche – Vamos. Yo respondí con aquella suma de mis pasos infantiles; me contestaron trocitos de tráquea resecada. Entonces el hombre tapó con un dedo el otro ojo que no estaba en la mesa de noche y la oscuridad fue completa. Súbitamente algo estalló y el espacio de frazada poblóse de menudos cuerpecillos blanquecinos, más bien cerosos; era la tráquea del hombre. Pude saltar de la cama con mayor rapidez que la suya porque él perdió el equilibrio a causa de mi amigo que metido en la cuenca del ojo gravitaba con mayor peso sobre su hemisferio derecho que sobre el izquierdo. Comenzaron a caer rosas sin olor y de las paredes surgían gigantescos anos de pájaros desconocidos; entonces el pintor colocaba sobre aquellos embudos gelatinosos una rosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amigo aseguraba que el torrente de sangre era tan caudaloso que amenazaba las altas riberas de la cuenca del ojo que estaba sobre la mesa de noche. – Estás perdido, – dijo – y se tapaba la cara con ambas manos. Lo que más le atormentaba era la ausencia de belleza y por ella transfiguraba su rostro a fin de ofrecer alguna claridad entre tinieblas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me puse una butaca prostituida por armadura. El hombre portaba una brocha de pegador de pasquines y me conminaba a reunirme con los grandes pájaros de las paredes. Retrocedí, pero la puerta lateral comenzó a ondular como un espinazo descoyuntado. Todo el río de sangre afluyó a mis ojos. Dos de las vértebras de aquel espinazo de madera se entreabrieron y una voz que el viento encerrado conducía gritó unas palabras que no pude clasificar. Mi amigo se arrodilló en la cuenca del ojo y comenzó a recitar las postrimerías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz seguía gritando; ahora el viento la conducía más distinta: – ¿Quién está gritando…? ¿Quién está gritando…? Mi tía saltó de su ataúd y mientras bailaba sobre el cabo caído, decíame: – Cuando naciste tu madre tuvo una hemorragia horrorosa; ahora la sangre vuelve; yo siempre dije que la habían taponeado muy mal… – Comencé la búsqueda de mi madre; era necesario contener la salida de la sangre. De la cuenca fluía la voz de mi amigo desenvolviendo los motivos de las postrimerías. Su última palabra fue pronunciada cuando un golpe violentísimo arrancó las rosas que tapaban los gelatinosos anos de los pájaros gigantescos haciéndolas caer sordamente sobre mi cuerpo en una larga procesión que vigilaban millares de trocitos de tráquea resecada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-6490797943791303542?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/6490797943791303542/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=6490797943791303542' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/6490797943791303542'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/6490797943791303542'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2012/01/tres-textos-de-virgilio-pinera.html' title='Tres textos de Virgilio Piñera'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-N2zbVnbZurk/TwxIF0dmu-I/AAAAAAAABus/VTYXNXcB-C8/s72-c/perfil.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-6430580064292101187</id><published>2012-01-02T03:48:00.000-08:00</published><updated>2012-01-02T03:48:41.737-08:00</updated><title type='text'>HW Ernst (transcribed Theodor Kullak ) Elégie Op. 10</title><content type='html'>&lt;iframe src="http://www.youtube.com/embed/1DGqrjVmE9I?fs=1" allowfullscreen="" frameborder="0" height="344" width="459"&gt;&lt;/iframe&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo es el sonido de la tristeza más aguda? Supongo que esta pieza de &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Heinrich Wilhelm Ernst&lt;/span&gt; se parece mucho. Se trata de la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Elegía para la Muerte de un Objeto Amado, op. 10&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;.&lt;/span&gt; Una belleza que descubrí recientemente. Esta obra ha sido compuesta originalmente para violín. Ernst fue un virtuoso, pero su genialidad fue devorada por la imagen diabólica que se fabricó Nicolo Paganini.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-6430580064292101187?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/6430580064292101187/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=6430580064292101187' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/6430580064292101187'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/6430580064292101187'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2012/01/hw-ernst-transcribed-theodor-kullak.html' title='HW Ernst (transcribed Theodor Kullak ) Elégie Op. 10'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://img.youtube.com/vi/1DGqrjVmE9I/default.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-3465558762048420676</id><published>2011-12-26T03:50:00.000-08:00</published><updated>2011-12-26T03:59:39.011-08:00</updated><title type='text'>Meslier, un cura contra Dios. Por Guillaume Fourmont</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#cc0000;"&gt;Sacerdote durante 40 años en el siglo XVIII, arremetió contra la religión y recomendó en su testamento abandonar toda creencia&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#cc0000;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#cc0000;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;Jean Me&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-Sa2TDPBrs8M/TvhhZ2YRJ7I/AAAAAAAABug/NuwlOY_4jNg/s1600/meslier.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 345px; FLOAT: left; HEIGHT: 383px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5690405225904547762" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-Sa2TDPBrs8M/TvhhZ2YRJ7I/AAAAAAAABug/NuwlOY_4jNg/s400/meslier.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;slier fue uno de los mejores espías de la Historia. Educado en la religión católica, sacerdote desde los 22 años hasta su muerte a los 65, en 1729, Meslier se atrevió a romper el gran tabú: dijo alto y claro que Dios no existe, que la religión es una fantasía, una mentira, inventada para oprimir y explotar al pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El autor de Memoria contra la religión −Laetoli publica ahora la primera edición íntegra del texto en castellano− fue considerado por los pensadores del siglo XVIII como un revolucionario y entró en los libros de Historia como el padre del ateísmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante más de 40 años, en su parroquia de Etrépigny, al norte de Francia, Meslier escuchó con paciencia las confesiones de los supuestos pecados de los fieles. Sus maneras eran poco ortodoxas y la nobleza local solía quejarse de él, aunque nadie se había imaginado la doble vida de este hombre de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada más quitarse la sotana que vestía de día, Meslier aprovechaba las noches para leer todo lo que se alejaba de la Biblia. Desmenuzaba a Montaigne, Pascal, Séneca, Descartes y Fénelon −teólogo de referencia de la Francia de los siglos XVII y XVIII−, y escribía su testamento con un solo objetivo: que la gente alcance "la razón y la verdad" para "vivir felizmente".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Meslier va al grano: la religión es "una invención e una institución puramente humana"; en la religión "está la verdadera fuente, el verdadero origen de los males que perturban el bien dentro de la sociedad humana y que hace que los hombres sean infelices".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no se olvida de los sacerdotes, que "engañan y despojan astutamente de sus bienes" al pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La obra podría parecer un panfleto lleno de soflamas escritas con el rencor de un hombre que se arrepiente de su vida. Pero Memoria contra la religión no es nada de eso. Son más de 700 páginas (en la edición publicada por Laetoli) que desconstruyen uno por uno, con argumentos teológicos, filosóficos cita a Platón, analiza los Evangelios los fundamentos de la fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Castigado por vivir con mujeres &lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Se sabe muy poco de la vida de Meslier, excepto sus malas relaciones con el arzobispado. Jean Meslier nació −casualidad de la vida− en 1664, año en el que Molière presentó Tartufo, obra condenada por la Iglesia por atacar la religión. En el sacerdocio de Meslier, los pobres siempre encontraban un banco para sentarse; sus discursos atacaban frontalmente la explotación del pueblo por la aristocracia. Es más: vivió con una mujer de 23 años cuando él tenía 32. "¡Oh horror!", exclamó la Iglesia. "Es mi sobrina", justificó él. Años después, tuvo a una criada de 18 años: cuando se enteraron las autoridades eclesiásticas, Meslier fue castigado a un mes de retiro absoluto en un monasterio. Testigo y víctima impotente de las injusticias sociales, Meslier decidió denunciar una sociedad basada en una impostura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Siente que llega el final de sus días, decide poner por escrito sus pensamientos y sentimientos, que legará como testamento a la humanidad", apunta Julio Seoane, doctor en filosofía y autor de ensayos sobre la Ilustración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Meslier tenía 60 años cuando empezó a escribir Memoria contra la religión; tardó más de un año en acabarlo. El titular original del texto es largo, pero lo dice todo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Memoria de los pensamientos y sentimientos de Jean Meslier, cura de Etrépigny y de Balaives, acerca de ciertos errores y falsedades en la guía y gobierno de los hombres, donde se hallan demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y religiones que hay en el mundo, memoria que debe ser entregada a sus parroquianos después de su muerte para que sirva de testimonio de la verdad, tanto para ellos como para sus semejantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su primera víctima es Dios. ¿Por qué se muestra "discreto" ante tanta injusticia y miseria humana pero, al mismo tiempo, pretende ser amado y adorado?, se preguntó Meslier. "O existe y se burla de nosotros dejándonos en la ignorancia, o no existe", respondió, "las religiones no pueden ser realmente divinas todas ellas ya que se contradicen unas a otras y sus credos se contraponen, por lo que resulta evidente que no pueden provenir del mismo principio de verdad conocido como Dios". Añadió: "No vemos nada, no sentimos nada y no conocemos nada en nosotros que no sea materia".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Meslier presenta a Jesucristo como "un hombre sin talento ni espíritu; un loco, un insensato y un miserable fanático". Los textos sagrados son "falsedades que nunca ocurrieron". Porque, antes de creerlas, habría que comprobar que sus autores eran personas "dignas" que "examinaron todas las circunstancias de los hechos; hechos que se corrompieron con el tiempo".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La obra de Meslier tuvo el efecto de una bomba. Cuando el cura falleció a finales de junio de 1729 nunca se supo exactamente cuándo ni cómo, dejó dos cartas, una a su sucesor y otra al cura de la parroquia vecina, para que trataran su ensayo secreto con cuidado. Había escrito tres ejemplares. Es fácil imaginar la cara de sorpresa de los dos sacerdotes y la de los parroquianos de Meslier cuando leyeron las primeras palabras del explosivo texto del antiguo cura. El manuscrito fue enviado a las autoridades eclesiásticas en París, aunque ya era demasiado tarde: los intelectuales de la época impidieron su destrucción. Voltaire publicó una versión reducida (y suavizada) en 1762. La Francia de la Ilustración había encontrado a su profeta del ateísmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Morir en la hoguera&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Ante el peso social de la Iglesia, Meslier nunca osó saltar del púlpito para gritar sus opiniones y esperó a su muerte para hacerlo. ¿Era hipócrita mientras predicaba? Julio Seoane llama a la "solidaridad" ante el dolor y la angustia de Meslier por "no saber qué hacer". Bajo Luis XIV, el rey Sol, era peligroso meterse con el omnipresente catolicismo y los heréticos aún morían en las hogueras de un país en su inmensa mayoría rural y analfabeto. El cura escribió con la esperanza de "limpiar el mundo de iniquidades", por "el amor por la justicia".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En sus conclusiones, dio recomendaciones a todos los que le leerán: "¡Pobres hombres, estáis locos! Locos por creer tan ciegamente en semejantes tonterías. (...) Ha llegado el momento de liberaros de esta miserable esclavitud". Desde las revoluciones de 1789, siempre se cita esas palabras de Meslier: "Deseo que todos los poderosos y los nobles de la Tierra sean colgados y ahorcados con las tripas de los curas". Unos argumentos retomados por Karl Marx y los demás fundadores del pensamiento comunista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cadáver de Jean Meslier, el cura que se alzó contra Dios y las desigualdades, nunca fue encontrado. Ninguna lápida recuerda su memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-3465558762048420676?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/3465558762048420676/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=3465558762048420676' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/3465558762048420676'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/3465558762048420676'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/12/meslier-un-cura-contra-dios-por.html' title='Meslier, un cura contra Dios. Por Guillaume Fourmont'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-Sa2TDPBrs8M/TvhhZ2YRJ7I/AAAAAAAABug/NuwlOY_4jNg/s72-c/meslier.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-3461954978079660668</id><published>2011-11-11T05:14:00.000-08:00</published><updated>2011-11-11T05:56:27.126-08:00</updated><title type='text'>Dos cuentos de Martha Durán</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-l59cOci7c5s/Tr0g_-g-0nI/AAAAAAAABtk/oUypo5SfAoo/s1600/martha1.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 331px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5673727389041873522" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/-l59cOci7c5s/Tr0g_-g-0nI/AAAAAAAABtk/oUypo5SfAoo/s400/martha1.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;¿La pensaste?, entonces es tuya&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;Un pensamiento es tanto más verdadero si&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;Lo que expresa puede ser representado&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;Sin palabras en nuestra conciencia&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;Blas Coll&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Había desde hace tiempo elegido creer que cada palabra que no decía, cada pensamiento que no saliera de su boca, iba a parar a algún sitio específico de su casa. Comenzó entonces a medir la extensión de cada palabra, no lo hacía como si en un papel estuvieran escritas, linealmente, en secuencia, como una línea interminable que pudiera estirarse formando una especie de cuerda infinita sin espacios ni interrupciones. No, así no era que las pensaba. Lo hacía más bien como un alquimista que transforma en materia lo que materia no tiene, pero él lograba hacerlas cuerpo, casi podía medir con exactitud la altura y el ancho, e incluso la profundidad de cada letra, de cada palabra, de cada frase.&lt;br /&gt;Intentando economizar espacio, por supuesto descartó de primero los artículos, que en su pensamiento eran absolutamente inútiles a no ser que ellos en sí mismos, uno en particular abarcara una idea entera, cosa que hasta ahora no había experimentado. Concluyó que en el pensamiento, los artículos eran absolutamente prescindibles. De la misma manera, los adjetivos terminados en mente, obviamente, también tenían que comenzar a pasar por el terrible proceso de economía que requería las primeras palabras que ya empezaban a amontonarse en la última gaveta del clóset. Este proceso le trajo prontamente una primera reflexión, que además le provocó una suerte de temor, donde llegó a la conclusión –casi estadística– de que la cantidad de palabras que no se dicen es enormemente mayor a las que se dicen, incluso, que aquéllas, las guardadas, tenían una importancia abismal por encima de las que se gastan muchas veces de manera innecesaria. Buenos días, hace calor, hasta mañana, y tantas otras que se desbaratan de tanto decirlas hasta el punto de poder sustituirlas sencillamente por una sola letra que diga estas frases sin derrochar el lenguaje de tal manera. Quizá, por ejemplo, decir una “B” para el buenos días, o una “C”, no importa cuál sea la letra que sustituya estas expresiones huecas, inclusive podría ser simplemente un sonido sin signo, una especie de gesto o mueca, quizá un sonido laríngeo, atorado en la garganta. Lo que importa es que el acuerdo se entienda y se use como debe ser.&lt;br /&gt;Matemáticamente, comenzó –a partir del diálogo cotidiano con Ana– a analizar el número de palabras innecesarias para no caer en el perverso despilfarro, el gasto inútil que aprueba –incluso con orgullo– la sintaxis y demás servidumbres del lenguaje.&lt;br /&gt;- Ésta no la pensé yo, y no cabe en mi gaveta ¿Por qué la has guardado ahí?&lt;br /&gt;- Pensé que la habías pensado sin decirla, ¿la pensaste? – dijo ella.&lt;br /&gt;- No sé, ¿”cansancio”? Seguramente.&lt;br /&gt;- Entonces déjala en tu gaveta, es tuya y quiero guardarla.&lt;br /&gt;- Pero no estoy seguro de haberla pensado – dijo él con una molestia claramente expresada.&lt;br /&gt;- No importa, la guardo yo. Tú te guardas más cosas que yo. Yo siempre tengo más espacio y, en cambio, tú cada vez dices menos y me asusta tu silencio y tanta gaveta atestada de palabras nuevas. A veces quisiera descifrar lo que piensas y regar sobre la cama lo último que has guardado, pero no serviría de nada, están todas sueltas y las combinaciones se me hacen infinitas.&lt;br /&gt;Ya no discutían por el almuerzo o las distracciones en los días libres, estaban ocupados pensando en lo que el otro podría estar pensando y no decía. Ella hablaba menos que él, era más callada. Pero él, y ella lo sabía, callaba para pensar. Ella lo sabía por los espacios que iba acomodando para guardar lo callado. Lo sabía porque las gavetas se iban desocupando ocupándose con silencios pensados. Lo sabía porque intuía que cada espacio vacío era una huella más de lo que él ocultaba. Lo sabía porque cada vez él hablaba menos y pensaba más, porque cada vez él desocupaba más espacios, más gavetas, más cajas, más estantes, y él guardaba silencios irrefutables.&lt;br /&gt;Agotados los espacios en la habitación, se dispuso a pasar varias horas en el estudio organizando –en orden de importancia– la modesta biblioteca que resistía los libros llenos de palabras pesadas, palabras de otros, palabras filtradas, elegidas por esos otros para ser puestas a la vista, destinadas a ocupar de manera tangible, palpable, evidente, espacios ajenos. Qué fácil librarse de los pensamientos sin ocupar su propio espacio, pensó al verse frente a esa pared irregular en colores, tamaños y títulos que configuraba la llamada biblioteca. Ahora entendía el propósito real de aquellos pensantes incansables cuyos nombres posaban estampados en las tapas de esos libros, la maniobra encubierta que los hacía librarse de lo pensado invadiendo lugares ajenos. De repente se sintió engañado, traicionado por esos pródigos de los vocablos. Lo más grave, lo que más indignación le provocó, fue el hecho de saber que además de todo eso, el despilfarro era intencional, y que –sin pensar en los demás– éstos endulzaban, dilataban sus pensamientos en frases llenas de adjetivos muchas veces innecesarios, de artículos, de repeticiones insensatas, de derroche verbal multiplicado miles de veces para que otros cargaran con el peso de sus pensamientos. Qué ingenuos nosotros, qué hábiles ellos. Desde el primer momento en que se vio frente a su biblioteca, su pensamiento derramó de manera desbordada todas estas ideas que lo hacían temblar de pánico al no poder detener tanta palabra no dicha y sin espacio donde ubicar, por lo que de repente se encontró parado pensando en voz alta sin parar, hablándose a sí mismo desbocadamente hasta que hiciera un espacio para callar y guardar.&lt;br /&gt;Lo interrumpió Ana. Desde la puerta del estudio ella lo miraba con una expresión de preocupación y asombro a la vez. Él calló finalmente, ella se le acercó sin decir nada, le dio un beso en la mejilla y comenzó a desocupar con calma el primer estante de la biblioteca. Salió unos segundos del estudio y volvió con dos cajas vacías, las colocó en el suelo, y empezó a llenarlas con los libros menos apreciados y carentes de interés. Él, en cambio, se había quedado exactamente en el mismo lugar y en la misma posición en que ella lo había encontrado, mientras se iba relajando a medida que los estantes se vaciaban poco a poco. Entre los dos, y en completo silencio, lograron desocupar casi entera la biblioteca dejando solamente unos ocho o nueve libros agrupados en el último de los estantes, uno de ellos –obviamente– era el diccionario. Nada había que discutir, desde ese momento ella supo que él estaba más urgido de silencio, de vacíos dónde archivar lo callado. Ella, entonces, comenzó a almacenar las cajas y los demás objetos que iban quedando sin lugar en el cuarto de servicio junto a la cocina. Decidió, también, pensar más en voz alta para cederle a él el poco espacio que iba quedando. Lo hacía bajito, casi como un susurro, como si un balbuceo que sólo ella pudiera escuchar. Lo poco que no se atrevía siquiera a murmurar, lo guardaba como podía en el mismo cuarto de servicio. Aprovechaba al máximo el tiempo en que él no estuviera en casa para arrojar casi a gritos todo lo que pensaba mientras cocinaba, se duchaba o limpiaba la casa. Y él llegaba del trabajo como conteniendo el vómito, con las palabras amontonadas en la boca y apretando con fuerza los labios, directo a la biblioteca para llenar lo poco que quedaba vacío con lo retenido durante todo el día.&lt;br /&gt;Sustantivos atestaban los estantes compitiendo en número con verbos y adjetivos. Había aprendido a podar el lenguaje que se articulaba de manera desordenada en su mente, había logrado reducir lo que pensaba concentrándose casi absolutamente en verbos, sustantivos y adjetivos; pero las interjecciones se habían vuelto problemáticas, pues ellas saltaban solas en su cabeza sin poder controlarlas. Aparecían, simplemente aparecían. Una gota de aceite saltando a su mano mientras cocinaba, y ahí estaba, súbitamente, una palabra-sonido que ni siquiera sabía escribir. Su molestia se agravaba al pensar que tendría que archivar esta difusa, molesta y dudosa palabra; pues los espacios disponibles se estaban agotando y no quería gastarlos con expresiones huecas. Nunca les había prestado tanta atención, pero en este momento se habían vuelto –paradójicamente– imposibles de suprimir, cobrando una jerarquía que le irritaba hasta la piel. Las veía ahora como desechos, como si retazos de vocablos acabados, como si fragmentos desordenados de un sueño largo.&lt;br /&gt;Poco a poco, sus conversaciones se iban convirtiendo en monosílabos resultado de preguntas cotidianas. Habían dejado de conversar mientras él se apresuraba en llenar-vaciar el estudio que ella había cedido para complacerlo. Ya ni siquiera intentaba entrar para matar de alguna manera la intriga de saber lo que él escondía. Sabía que no había otra mujer, que por el contrario, si ella lo hubiera conocido en este momento él no le hubiera prestado la más mínima atención, pues conocerla implicaba hablar, y para él, esta facultad tan primaria, tan básica, se había vuelto algo difícil e incluso molesto. Ella seguía cediendo y, al hacerlo, el cuarto de servicio se iba atestando de reclamos no dichos, de quejas encerradas en su boca, de lamentos, de insatisfacciones, de interminables preguntas y signos de interrogación cuyos puntos solían perderse y caerse de gabinetes mal cerrados o torpezas que se iban convirtiendo en rabia, sobre todo rabia, mucha rabia guardada.&lt;br /&gt;Él, por el contrario, parecía cada vez más cómodo con su silencio. Y aunque era obvia su ansiedad por no decir, por evitar el sonido, prefería callar durante la cena, en la cama antes de dormir, en la mañana mientras se vestía para ir al trabajo, llenándose cada vez más de gestos, de señas o muecas para responder las preguntas de ella o para hacerle saber cualquier cosa.&lt;br /&gt;Así que a pesar de la extraña convivencia que habían convenido silenciosamente, ella había adjetivado en algún lugar vacío la palabra “soportable”, dejando que los días pasaran y resignándose al conformismo del que sufre el que ama más que el otro. Pero ella no podía dejar de pensar en él todo el día, y un leve temor le arrugaba la cara al darse cuenta de que poco a poco los estantes y cajas del cuarto de servicio estaban casi enteros ocupados con la palabra “Raúl”, el nombre de él. Así no más, sin artículos, sin adjetivos que lo acompañasen, quizá algún “él” que sólo se diferenciaba por dos letras, pero que se hacía práctico sólo por asuntos de espacio.&lt;br /&gt;Ella hubiera podido vivir así toda la vida, hubiera podido seguir cediendo –como lo hacía– la habitación, el estudio, luego el mueble de la sala donde antes habían copas y vasos, gabinetes enteros de la cocina, sillones de estar que salían de la casa para abrir espacio a nuevas cajas que iban ocupando cualquier rincón. La casa se fue deshabitando, ya no había sala, ni estar, ni portarretratos sobre las mesas; sólo cajas y cajas que él iba llevando todos los días mientras las cosas se iban. Ella hubiera podido con todo eso, pero no con lo que se encontró aquel domingo que él estuvo fuera de casa todo el día.&lt;br /&gt;Ese domingo él llegó de noche, callado como siempre, doblando palabras sobre el estante donde antes estaban los platos de la cocina. Ella lo estaba esperando con un par de maletas, en una un poco de ropa y algunos pares de zapatos junto con sus cosas personales. La otra, llena de una misma palabra que contenía toda la historia que ahora dejaba: “Raúl”. Él la miró extrañado, con el rostro dibujó un signo de interrogación mientras miraba las maletas. Ella no dijo nada. Se levantó del suelo donde estaba sentada esperándolo, agarró la primera caja de una torre de unas cinco o seis cajas, la abrió mientras él la miraba ahora con un signo de admiración en su rostro, y la volteó por completo dejando caer la misma palabra repetida miles de veces que él había guardado las últimas semanas: “Natalia”. Este nombre, desconocido por ella, quedó regado entonces por el suelo de toda la sala, y él cambió el signo de admiración de su rostro por tres puntos suspensivos que Ana supo reconocer de inmediato. Ella dejó la caja en el suelo, tomó sus maletas, dejó sus llaves de la casa en la mesa del comedor, y se fue dejándolo quizá con un gran paréntesis qué guardar.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Que no faltes&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Espera, no te vayas todavía que tengo ganas de cagar. Siempre me pasa, tú lo sabes mijo, cuando finalmente llegamos me cuesta sacar la mierda, no puedo, simplemente no puedo, pero de que me dan ganas me dan ganas. Lo que pasa es que las cosas cada vez están más lejos, el baño, la cama, la silla, la cocina – la cocina es imposible, queda exageradamente lejos -. Espérate, quédate unos minutos nada más. Lo que te decía es que eso, que parece que alguien está agrandando la casa. Porque no se sabe dónde se está cuando se ha perdido el espacio, cuando no lo sientes en las manos, en el roce con un objeto, en el piso por donde se arrastran los pies, en la mano que abre la puerta, no se sabe. Tampoco se sabe del tiempo cuando lo único que se hace es esperar. Esperar la medicina, el agua, la sopa, la ropa limpia, las manos que te lleven al baño a perder la dignidad. Tú lo sabes mijo, tú eres mi tiempo, quién más que tú para saber que yo no tengo tiempo para pensar porque estoy ocupado esperándote, y cuando te espero por necesidad, qué duro es vivir tu tiempo segundo a segundo. No me mires así que es cierto, debería halagarte. Repito, es duro vivir tu tiempo segundo a segundo. Saber que cuando no estás, lo que hago es imaginar, sacar cuentas, calcular cuánto tardarás, recordando con esfuerzo todo lo que tenías que hacer en el día. Casi puedo ver tus pasos durante todo el recorrido, y tú crees que aún estoy dormido, y por eso vas tranquilo, porque también vas calculando cuánto te toma hacer esto antes de la sopa, cuánto tardarás en hacer esto otro antes de la hora de la medicina. Todas las noches te pido perdón por seguir vivo, y todos los días amanezco de nuevo y lo que quiero es cagarme en la imposibilidad de dejar de ver el amanecer. Siéntate otra vez por favor; sabes que es así, me miras mal cada vez que digo esto, sobre todo en la palabra “cagarme”, como si un niño hubiera dicho una grosería y la madre lo mira con disgusto y amor al mismo tiempo. ¡A mi edad y sin derecho a poder decir cagada las veces que quiera! Es como intentar quitarle un vicio a una vieja de noventa años. ¡Qué más da! Que termine de vivir sus días tranquila por lo menos y no jodan más. Pero no, mi penitencia es ver que todos los días amanezco, y primero viene la incredulidad, el asombro, luego el suspiro, la impotencia y finalmente la rabia. Por eso digo “cagar”, “cagarme, “cagarse” cuántas veces quiera, incluso “cagando” para que sepas que esto no termina todavía y que deberás estar parado a mi lado sosteniéndome en el retrete el tiempo que dure ese “ando”; y por supuesto, “cagado”, sí, en participio, para que entiendas que ése es mi estado natural, que estoy realmente cagado todo el tiempo, hasta cuando estoy cagando. Pero aunque de mi cuerpo sólo queda un corazón latiendo a medias y un cerebro que piensa, y lo demás no sirva, no se mueva, tengo que agradecer muchas cosas también. Aunque estoy destinado a estar inmóvil hasta que me muera – que espero sea pronto – agradezco enormemente no haber perdido la voz ni el poder escuchar. Es que coño, por lo menos para cagarme las veces que quiera en mi estado tenían que dejarme aunque sea la voz. Menos mal que la voz no está en las manos, o en las piernas; o si no, cagaría por la boca.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;II&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Me estoy muriendo del calor que hace. El sudor, el sudor que en goterones horrendos bajan de mi frente hasta el cuello, y yo, como ya tú sabes, sin poder secarme siquiera. Si supieras todo lo que pasa aquí en tu ausencia mijo. Porque aunque creas que cuando tú te vas todo en esta casa sigue igual, aunque llegues tarde y veas todo exactamente como lo dejaste al salir, no tienes idea de cuánto pasa mientras no estás. Porque pasar es otro verbo que perturba, que me aturde. Es absolutamente impreciso, sobrestimado, una cagada de verbo. Que algo “pase” no tiene que ver con el lugar de las cosas, o con el movimiento o las formas. Aquí todo permanece en el mismo lugar – aunque insisto que la casa se agranda – pero pasa mucho. Pasa tanto que lo único que puedo hacer por mi cuenta, sin ayuda, hace que todo se mueva terriblemente en mi cabeza. Recuerdos, sensaciones, necesidades, imposibilidades. Por ejemplo, ayer, mientras evitaba pensar en la jarra de agua que estaba en la mesa de noche, tan cerca que hubiera podido alcanzarla con una sola mano, mientras tragaba seco y la garganta se me pegaba como aplastándose de pronto, reteniendo por segundos el poco aire que me queda, intentando guardar saliva un rato para refrescarla engañosamente con un trago de mi mismo, en ese momento, intenté olvidarme de la sed con el recuerdo. Y el recuerdo que vino de repente y del que no pude salir no ayudó mucho mijito. Sólo esa cara, ese rostro. Tenías que verle la cara para saber lo que se siente. Pues sí, maté a un hombre. Claro era un carajito y uno andaba por ahí disperso entre reuniones sin fin, sin objetivo claro, coherente, o por lo menos realizable. Un país no se arregla con las ganas de unos pocos, y yo creía – en ese entonces – todo lo contrario. A esta edad uno se ríe de esas cosas, se ríe y sufre también, no te creas. Por cada disparo que di a ese hijo de puta – porque lo era – yo he muerto también, así que llevo dos muertes mijo, sólo una ajena. Y sé que a lo mejor no entiendes, pero la verdad, la muerte que más duele no es la ajena, es la de uno. Porque el otro sabía que sus últimos segundos se quedarían incrustados irreversiblemente en lo que me quedara de vida. Ya te dije, era un hijo de puta, pues hasta puedo jurar que sus últimos pensamientos los gastó en imaginarme cargando con su recuerdo toda la vida, y que incluso alcanzó a predecir que la muerte no me llegaría pronto para librarme de él, sino que tendría una vida exageradamente larga como para sufrir mis últimos años en esto que me he convertido ahora, en una cosa que piensa, que piensa tanto que el tiempo le alcanza para recordar miles de veces su rostro, la última imagen que guardé de él. Me miró primero como incrédulo, en el suelo, luego se tocó en el estómago – donde asesté la primera bala – y se miró las manos llenas de sangre, ahí me miró otra vez con los ojos casi derretidos por completo, como si dudara de si había sido yo; “pero si tú eres bueno, ¿cómo pudiste?”, parecía que dijera. Luego hizo lo mismo con el hombro, y con la pierna, y en unos segundos ya tenía toda su agonía grabada en mi mente. ¿Tú quién crees que murió ahí mijo? Ese hijo de puta, porque aunque esté muerto no deja de serlo, ya viste lo que me hizo cuando murió. Pero es así, tuvo que ser así, porque además de muchas cosas que no vienen ahora al caso se acostó con Clarita, con CLA-RI-TA, ¿puedes creerlo? Te cuento todo esto porque sé que hoy no tienes clases. Ayer te llamó un compañero para decírtelo, ¿recuerdas? Y la semana pasada pagaste todos los servicios y etcétera, puedes pasar un tiempo con tu abuelo. Por eso la agonía y la muerte de ese hombre no me duelen tanto como la mía, la traición mijo, la Traición con mayúscula. ¿Y qué crees que me dijo Clarita? ¡Que ella no me pertenecía, y que ya no quería estar más conmigo! Ni siquiera pudo esperar un poco, inventar algo, tratar de que la cosa fuera menos cruel; pero no, ella me lo dijo como los disparos que le di al tipo, de frente, de un solo golpe… o tres mejor dicho.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;III&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Y es que seguramente me desvié del tema, por eso te quieres ir. Ya sé que hablo mucho, pero cuando no estás el silencio me abruma, me inquieta a tal punto que entro en un breve estadio de locura – lo reconozco, en ese mismo momento soy capaz de saber que estoy entrando ahí y saber cuándo termina, que es cuando llegas. Pero antes de escuchar las llaves, el ruido de la puerta, antes de saber que estás llegando, hablo solo como un pendejo, como un pendejo loco. Hablo y hablo y sólo yo me escucho ¿Qué sentido tiene? No lo tiene, por eso me angustio cuando te tardas, porque si llegaras a tardar mucho más de la cuenta, si llegaras a faltar a mi pastilla, a mi sopa, a mis idas al baño, y esto siguiera sin yo saber con certeza cuándo llegarás, siento – estoy seguro – que me volvería irremediablemente loco. Me quedaría hablándole al aire, a mi propia respiración, al pesado jadeo que sale de mi cuerpo, a mi garganta seca y su hábito de encogerse, al hálito que dice de mi existencia aún; o peor, a la puerta y su pausa indefinida, a la lámpara que quiero encender o apagar, a la mesa con las pastillas muy cerca pero sin poder alcanzarlas; permanecería quejándome y quejándome lo que me quede de vida, maldiciéndote varias veces al día, insultando, insultándote, murmurando tu ausencia. Me quedaría con la cabeza más tiesa aún, pues la rabia, luego la preocupación, la taquicardia – las pastillas que no alcanzo -, el dónde estarás, el estará bien, el coño de su madre que no llega, la espera, la incredulidad, la desesperanza y luego, inevitablemente, luego de unos días de locura, la muerte. Así que no faltes por favor, no te vayas sorpresiva o voluntariamente hasta que lo haya hecho yo primero. No te distraigas con nada hasta que me detenga, que te prometo será pronto. Te juro que no te interrumpiré mucho tiempo, que podrás tener una novia, que te dejaré para que sigas sin ser yo el que te fracture las horas. Te juro que será cuestión de días nada más, pero no faltes mijo, sólo eso te pido, que no faltes.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-3461954978079660668?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/3461954978079660668/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=3461954978079660668' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/3461954978079660668'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/3461954978079660668'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/11/dos-cuentos-de-martha-duran.html' title='Dos cuentos de Martha Durán'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-l59cOci7c5s/Tr0g_-g-0nI/AAAAAAAABtk/oUypo5SfAoo/s72-c/martha1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-5699222553240927951</id><published>2011-10-12T04:19:00.000-07:00</published><updated>2011-10-12T08:08:42.205-07:00</updated><title type='text'>El arquetipo de la amante. Por Beatriz Chemor / Regina Freyman</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/-mLLvjO8EpXg/TpV43t14SRI/AAAAAAAABpM/rnf_Vud1tCU/s1600/10mina.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; width: 400px; height: 320px; text-align: center; display: block; cursor: pointer;" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5662565005081987346" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-mLLvjO8EpXg/TpV43t14SRI/AAAAAAAABpM/rnf_Vud1tCU/s400/10mina.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Todos los hombres temen a la muerte. Es un miedo natural que nos consume. La tememos, porque sentimos no haber amado lo suficiente. Cuando haces el amor con una mujer grandiosa, que te hace sentir verdaderamente poderoso, el miedo desaparece, la pasión por vivir es la única realidad. No es una tarea fácil, se requiere de mucho valor sentirse inmortal.&lt;br /&gt;¿Qué es la nada? ¿Qué es lo que contiene la nada? Son preguntas que aún no tienen respuesta, al igual que la muerte o la inmortalidad; sin embargo, hay una respuesta individual: para nosotras, la nada contiene los deseos, la pasión, la historia de los amantes y ahí está, en definitivo, la inmortalidad.&lt;br /&gt;La palabra amante se llenó de manchas, se ha prostituido, aun cuando el contenido implica mucho más que una relación extramarital; se contamina de este significado y se hace huésped de una infracción que no tiene nombre. Primero habría que definirla para despojarla de prejuicios que estropean su pureza y virginidad, la empañan con lastres de malos pensamientos. La amante es simplemente aquella que ama, puede amar la vida, al arte o a un hombre, pero el término no implica falta; por el contrario, es una fuerte afiliación. La amante y la amada: la segunda es pasiva y la primera es activa, ama de vuelta.&lt;br /&gt;La palabra que le da origen es el amor; la amante, como término, ha reducido su significado. Para los griegos implicaba darse, ser incondicional, aceptar pero sin ser sumisa. Amantes son aquellos que se aman. Amor, en sí misma, es de etimología extraña, parte de un grupo de palabras vinculadas a enamora (amóra), con el significado de “pastel de miel”. Para Cicerón amare a una persona es querer para ella los mayores bienes, aunque no repercutan en beneficio de quien ama.&lt;br /&gt;El origen de la amante es la proyección del arquetipo de Afrodita, los filósofos separaron a esta diosa en dos advocaciones: Afrodita Urania, nacida de la espuma después de que Crono castrase a Urano. Mujer celestial que representa amor de cuerpo y alma. Afrodita Pandemos, la “de todo el pueblo”, nacida de Zeus, asociada con el amor físico. La figura de “la amante” en la que una mujer sabe transformarse, posee un magnetismo personal, implica que alguien se enamora bajo la “luz dorada” de Afrodita y se siente arrastrado hacia la belleza, no sólo física sino espiritual. Se produce una magia que flota en el aire, que hace que los enamorados se sientan dioses. Afrodita inspira y aporta creatividad. Ama la vida, el momento presente, se da a su amante en cada oportunidad como si fuera el único. Es una mujer que posee una carga erótica, se hace mujer entera a través de la relación sexual y hace el amor al otro, pero al tiempo lo hace consigo misma.&lt;br /&gt;El acto de amor fundamental es el acto con el eros, el cuerpo, aquel que necesita el amante o la amante para derramar su ser. Afrodita en su piel tatúa al eros y es, por lo tanto, la diosa alquímica que inspira la creación tanto física como mental de donde viene la idea de la musa. La amante angelical, por otra parte, es aterradora porque es asexual como los ángeles, inerte, infértil.&lt;br /&gt;Este arquetipo se ha llevado al cine de diversas maneras como La amante de la casa chica (Roberto Gavaldón, México, 1949), encarnada por Dolores del Río, mujer que iba a ser “la esposa” y por razones circunstanciales es dejada por otra; se resigna a su papel de amante sumisa, no es la hechicera, es la dejada, acepta y sigue amando. Entonces podemos entender por qué esta palabra, amante, se aplica a un ser al margen del matrimonio, y no necesariamente implica una infracción, es simplemente quien ama incondicionalmente, no requiere contrato ni exclusividad. Volvamos al cine, Dolores del Río ha interpretado desde la amante villana hasta la amante incondicional; en la cinta Las abandonadas (Emilio Fernández, México, 1949) es una mujer dejada que se torna prostituta y luego en amante villana, aquella que se gesta por el rencor a los hombres al sentirse herida cuando todavía era una niña con cuerpo de mujer.&lt;br /&gt;La mujer que puede convertirse en la amante que ella quiera se trasciende de ser sólo un objeto sexual, es libre de disponer de sus afectos, su ser por entero es un imán. Fromm distingue entre el amor y el enamoramiento, un hechizo o encantamiento, una forma de obsesión que no presenta, momentáneamente, escapatoria, pero si no se construye en torno a ese sentimiento, ni se trasciende al cuerpo, si no se tienen lazos de afinidad, proyectos, una historia compartida, la pasión se diluye hasta desaparecer.&lt;br /&gt;Por eso el mito de Eros y Psique relata que este dios es un niño que no puede madurar, a diferencia de su hermano Anteros (que representa la amistad) y se desarrolla normalmente. El oráculo le dijo a la madre (Afrodita) que el chiquillo no crecería hasta que pase del puro deseo al amor profundo, y es hasta que admite su amor por Psique y se enfrenta a su madre que logra ser un adulto en forma. De la unión de ambos nace Harmonía, que pone paz en el estado caótico del enamoramiento. En ese sentido, la propuesta de Carl Jung dice que debe haber otro para que me construya como persona, pero es importante el amor propio incondicional, hacer este desdoblamiento de otro en mí que se contempla, se acepta y se ama; sólo mi otredad me lleva a descubrirme en la belleza de mi cuerpo, de mi ser, el otro es mi motivación para romper todas las fronteras de mis propias limitaciones psíquicas.&lt;br /&gt;En la perturbadora cinta Bella de día (Luis Buñuel, Francia, 1967), basada en una novela de Joseph Kessel, la protagonista, Severine, lleva una vida cómoda pero siente que la rutina anula su ser; así, busca sentirse deseada al convertirse en una prostituta por las mañanas. El nombre de Belle de jour es una flor que sólo se abre de día; así que la analogía que hace Kessel en su novela es la invitación a que la mujer se abra de día a través del descubrimiento de su belleza.&lt;br /&gt;Un símbolo recurrente en Buñuel es la inclusión de una cajita; en dicha cinta, la protagonista (Catherine Deneuve) tiene un encuentro con un hombre oriental que le advierte que requiere de un ritual para proceder al acto amoroso; parte de éste es que ella abra una caja, sus ojos son de sorpresa pero nunca sabemos qué hay dentro del recipiente. Jamás sabremos lo que esconden las cajas de Buñuel; pero indiscutiblemente tiene que ver con esa pregunta del encuentro con la nada. Esa escena se relaciona bien con un cuadro de Remedios Varo El encuentro (1959), en que una mujer mira al interior de una caja donde descubre su propio rostro; el objeto guarda el secreto de la identidad. Otro cuadro de la catalana que va en el mismo sentido es Los amantes (1963); en él, una pareja sentada en una banca en un parque se mira, y la cara de cada uno de ellos es un espejo de mano que muestra rostros idénticos.&lt;br /&gt;En la Edad Media podemos hablar del arquetipo de Isolda de la leyenda Tristán e Isolda, que para Denisse de Rougemont en su Amor y occidente, es la pareja que inspira el amor más ardiente en el ideario colectivo de occidente. La historia narra este amor producto de un elíxir. En esa época se entiende el sentimiento como una pasión involuntaria que hace rehén al ser de sus caprichos, por tanto, la idea del elíxir representa la droga que conduce al fiel Tristán a amar indebidamente a Isolda, quien es la prometida en matrimonio de su tío y rey Mark. Ella también bebe la pócima, ambos se aman sin poder consumar su unión. La escena más erótica de la historia es cuando la pareja yace desnuda en el bosque con la espada del rey entre sus cuerpos; ambos se miran pero no se tocan; la implícita presencia del rey a partir de su espada, nos implica Rougemont, es la fantasía occidental: el amor de tres, la infidelidad. Buñuel utiliza en su primer mediometraje El perro andaluz (Buñuel, Dalí, 1929) la música de Wagner de Tristán e Isolda. El corto es, de acuerdo con el cineasta, un cúmulo de coitos interrumpidos, pues trata de un hombre que desea tanto a una mujer que no puede poseerla. Ella, la protagonista, echa mano del arquetipo de Koré (advocación de la parte siempre niña de Perséfone), mujer ingenua que seduce pero no consuma porque todavía es muy joven, no está preparada. Este arquetipo recuerda también a la Lolita de Nabokov, la niña seductora, que goza con sentirse deseada, con despertar la pasión del otro en la medida que su propia sexualidad se enciende.&lt;br /&gt;Existe en la filmografía del aragonés la figura de esta mujer provocadora que toma el control de la relación y descontrola al amante. Como no la puede poseer físicamente genera el desconcierto entre deseo e imposibilidad de acción, como es el caso de la última cinta de Buñuel, Ese oscuro objeto del deseo (Francia, 1977), basada en la novela de Pierre Louÿs La Femme et le Pantin. El motivo es el mismo que en El perro andaluz: una mujer que seduce a un hombre mayor y lo arrastra a la tortura del deseo. Sin embargo, en esta cinta la amante tiene dos personalidades: la que se virginiza mediante el uso de un corsé imposible de quitar y la que puede desnudarse y amar libremente a un hombre a través de los ojos de quien la mira. En este filme, Buñuel utilizó dos actrices muy parecidas físicamente (la española Ángela Molina y la francesa Carole Bouquet); así, llega un momento en que el espectador se desconcierta al no saber si es la misma actriz o son dos diferentes; el juego de espejos y de dobles es sólo una invitación al deseo que siempre provocará la amante.&lt;br /&gt;La mujer que se da a sí misma no ve nada malo en tocarse, en darse placer, es un principio de exploración, de reconocimiento de lo más oculto y prohibido de una mujer: su sexo. La bruja del pueblo, en la novela y película de Ángeles Mastretta Arráncame la vida, le dice a Catalina el lugar de su cuerpo donde puede hacer que el universo estalle. Ese lugar escondido entre las piernas que provoca que un hombre pierda el control y se mantenga unido a ella con una cadena invisible llamada erotismo. No hay partes prohibidas ni caricias pecaminosas, hay que tocarse para saber dónde debe tocar el otro. Esto recuerda la idea de la sombra de Jung, que es la parte instintiva, íntima del ser, que no controlamos fácilmente, y que si no la conocemos y aceptamos, estamos condenados a la infelicidad, a la negación, al desequilibrio.&lt;br /&gt;En la película Peter Pan (EU,1953), el personaje odia a su sombra que siempre le desobedece, pero le admite a Wendy que sin su sombra no sabe vivir. Es importante destacar que conoce a la mujer que amará gracias a su sombra que lo conduce a la niña, quien lo hará dudar entre crecer o mantenerse infante. Si no conoces tu sombra te puede matar, eso nos dice la película El estudiante de Praga (Stellan Rye, Paul Wegener, Alemania, 1913). Balduin es un estudiante que salva a una aristócrata de morir ahogada. Se enamora de ella, pero es un joven sin dinero, sin nada que ofrecer. Se le aparece un anciano que le propone un pacto: que le venda su imagen reflejada en el espejo. El estudiante concede, sube de nivel social y logra enamorar a la aristócrata. La trama nos recuerda la historia de Fausto, pero en este caso el reflejo del estudiante lo persigue, es su parte oscura o perversa. Es esa parte oculta dentro de la caja de Buñuel que contiene lo más puro de la identidad. En el Renacimiento, Shakespeare se encarga de poner a discusión la idea del matrimonio por amor con los amantes de Verona. Romeo y Julieta están condenados a morir trágicamente por transgredir las reglas imperantes de las familias que decidían la afiliación matrimonial, difieren de los amantes medievales hechizados, presenta el amor voluntario y rebelde.&lt;br /&gt;En La insoportable levedad del ser, Milán Kundera nos plantea dos formas de ser la amante; una es Teresa que implica el peso, el compromiso, y la otra es Sabina que es la levedad, la idea de la amante de la que hemos estado hablando, la que es libre. Tomás está en el centro; este protagonista decide quedarse con la dulce y tormentosa Teresa, capaz de ser fiel. Por su parte, Sabina no puede sostener una relación estable. Cuando otro personaje, Franz, quiere casarse con ella, Sabina huye, su condición no le permite establecerse, ella se debe a su pintura, es a lo único a lo que debe lealtad. En ella la fidelidad es una traición a su propia condición volátil. Frida Kahlo, por ejemplo, o Simone de Beauvoir, establecieron relaciones libres con Diego y Sartre; otra imagen viva de este arquetipo es Lou Andreas Salomé, quien casada tuvo la libertad de ser amada por Nietzsche y Rilke, admirada por Freud. Es el caso de Anaïs Nin, que fue amante de Henry Miller y de su esposa, una mujer que exploró todas las formas de amar.&lt;br /&gt;En la novela Seda de Alessandro Baricco se ofrece otra posibilidad, un comerciante de seda se enamora de una japonesa misteriosa con la que nunca cruza palabra, al mismo tiempo ama a su mujer; esta fantasía mantiene viva la llama de ambos amores. Hacia el desenlace, descubriremos que el amor de la esposa del protagonista es tan grande que ha contribuido a esta historia de seducción. En la película Memorias de una geisha (EU, 2005) Mameha (la geisha) instruye a Chiyo (la maiko o hermana menor) diciéndole que el simple hecho de mostrar parte de su muñeca a un hombre cuando sirve el té la hará, ante él, inolvidable.&lt;br /&gt;El amor libre cobra un precio muy alto porque se debe aprender a lidiar con la soledad. En la novela de Sandor Marai, El amante de Bolzano, se presenta la historia hipotética de Casanova, que vive enamorado de una tal Francesca, quien se casó con un hombre viejo, el conde de Parma. Ella también sigue enamorada de Casanova; un día, el conde asiste a ver a su rival para pedirle que le haga el amor a su mujer, puesto que Casanova ha sido el fantasma, la fantasía que se interpone en su felicidad conyugal; quiere de una vez por todas disipar su curiosidad. El conde organiza una fiesta de disfraces para que los amantes se encuentren. Antes de que la fiesta comience, Francesca, que decidió disfrazarse de hombre, visita en sus aposentos a Casanova que, casualmente, se vistió de mujer. Ella va a decirle que no hará nada con él; en un duelo de palabras le expresa que para estar con él deberá irse, pues su ausencia es la única posibilidad de que la siga amando. Marai nos dice en boca de Francesca que la amante es la vida misma, es plenitud; es el encuentro de un hombre y una mujer que, como la lluvia que cae sobre el mar, vuelve a renacer con él, creándose y recreándose mutuamente; la amante es armonía. Sin ella no se es plenamente hombre ni artista ni aventurero. Es fuerte y sabia; protectora y astuta como una espía; la más bella de todas las mujeres; conoce todos los secretos del amor, aquellos que estimulan el cuerpo y el alma, los guarda pero los revela sin palabras; conoce los deseos más ignotos, esos que sólo se atreven a imaginar quienes están en el lecho de muerte. Inteligente, pudorosa y desvergonzada; paciente y solitaria; desenfrenada y atenta. La amante es un espejo que permite desvelar las máscaras hasta encontrar el verdadero rostro. Muy pocos sobreviven a su amor pleno, porque todo cuanto existe crepitará, arderá entre su fuego. Es a la vez la madre y la hija, purifica y se purifica entre los brazos de su amante; todo se funde y desvanece ante su amor, sólo queda una mujer que es capaz de clamar y retener, de ofrecer y ayudar, incluso después, cuando ya no se ve la belleza de su cuerpo o de su rostro.&lt;br /&gt;Cada mujer posee todos los arquetipos como si fueran las fases de la luna. Es, para el hombre, la adivinanza imposible de resolver; santa y ramera; luz y oscuridad; hada o bruja; anciana sabia o niña ingenua; paz y guerra. Como Circe, la amante sabe que en algún punto debe dejar ir a Ulises, que los amantes son como planetas en tránsito que por un instante hacen cuadratura. La amante lo sabe bien, cada instante es un proceso de liberación hasta la muerte. Para concluir quisiéramos recordar a Aura, el espectro de Carlos Fuentes que simboliza la pasión eterna entre Felipe y Consuelo. La anciana eternamente enamorada dice a su amante cuando desvalida y vieja deja de ser ese resplandor joven: “Volverá Felipe, la traeremos juntos. Deja que recupere fuerzas y la haré regresar”. La amante habita en toda mujer dispuesta a suscitarla hasta el último suspiro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Referencias:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Apuleyo, El asno de oro, RBA libros: Madrid. 2008.&lt;br /&gt;Baricco, Sandro. Seda. Anagrama: Barcelona.2005&lt;br /&gt;Bedier, Joseph. Tristán e Isolda. Acantilado: Madrid. 2006&lt;br /&gt;Fuentes, Carlos. Aura. Era: México.200&lt;br /&gt;Graves, Robert. Los mitos griegos. V. I y II. Alianza: Barcelona. 1984&lt;br /&gt;Jung, Carl. Recuerdos, sueños y pensamientos. Seix Barral: Barcelona. 1996.&lt;br /&gt;Kundera, Milan La insoportable levedad del ser. Tusquets: México. 2000.&lt;br /&gt;Marai, Sandor El amante de Bolzano. Salamandra: Madrid. 2003.&lt;br /&gt;Mastretta, Ángeles. Arráncame la vida. Booket: México. 2004.&lt;br /&gt;Rougemont, Denisse. Amor y occidente. Kairos: Barcelona. 2001.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Tomado de: &lt;/div&gt;http://www.etcetera.com.mx/articulo.php?articulo=9415&amp;amp;pag=1&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-5699222553240927951?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/5699222553240927951/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=5699222553240927951' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/5699222553240927951'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/5699222553240927951'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/10/el-arquetipo-de-la-amante-por-beatriz.html' title='El arquetipo de la amante. Por Beatriz Chemor / Regina Freyman'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-mLLvjO8EpXg/TpV43t14SRI/AAAAAAAABpM/rnf_Vud1tCU/s72-c/10mina.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-2665335515950233784</id><published>2011-10-10T04:24:00.000-07:00</published><updated>2011-10-10T04:27:38.231-07:00</updated><title type='text'>El ermitaño del reloj. Por Teresa de la Parra</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-Qc0WUX_Uojc/TpLWZqSbsCI/AAAAAAAABn8/SlwrpmwPbhM/s1600/teresa_de_la_parra.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 375px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5661823417894809634" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-Qc0WUX_Uojc/TpLWZqSbsCI/AAAAAAAABn8/SlwrpmwPbhM/s400/teresa_de_la_parra.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Éste era una vez un capuchino que encerrado en un reloj de mesa esculpido en madera, tenía como oficio tocar las horas. Doce veces en el día y doce veces en la noche, un ingenioso mecanismo abría de par en par la puerta de la capillita ojival que representaba el reloj, y podía así mirarse desde fuera, cómo nuestro ermitaño tiraba de las cuerdas tantas veces cuantas el timbre, invisible dentro de su campanario, dejaba oír su tin, tin de alerta. La puerta volvía enseguida a cerrarse con un impulso brusco y seco como si quisiese escamotear al personaje; tenía el capuchino magnífica salud a pesar de su edad y de su vida retirada. Un hábito de lana siempre nuevo y bien cepillado descendía sin una mancha hasta sus pies desnudos dentro de sus sandalias. Su larga barba blanca al contrastar con sus mejillas frescas y rosadas, inspiraba respeto. Tenía, en pocas palabras, todo cuanto se requiere para ser feliz. Engañado, lejos de suponer que el reloj obedecía a un mecanismo, estaba segurísimo de que era él quien tocaba las campanadas, cosa que lo llenaba de un sentimiento muy vivo de su poder e importancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por nada en el mundo se le hubiera ocurrido ir a mezclarse con la multitud. Bastaba con el servido inmenso que les hacía a todos al anunciarles las horas. Para lo demás, que se las arreglaran solos. Cuando atraído por el prestigio del ermitaño alguien venía a consultarle un caso difícil, enfermedad o lo que fuese, él no se dignaba siquiera abrir la puerta. Daba la contestación por el ojo de la llave, cosa ésta que no dejaba de prestar a sus oráculos cierto sello imponente de ocultismo y misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante muchos, muchísimos años, Fray Barnabé (éste era su nombre) halló en su oficio de campanero tan gran atractivo que ello le bastó a satisfacer su vida; reflexionen ustedes un momento: el pueblo entero del comedor tenía fijos los ojos en la capillita y algunos de los ciudadanos de aquel pueblo no habían conocido nunca más distracción que la de ver aparecer al fraile con su cuerda. Entre éstos se contaba una compotera que había tenido la vida más gris y desgraciada del mundo. Rota en dos pedazos desde sus comienzos, gracias al aturdimiento de una criada, la habían empatado con ganchitos de hierro. Desde entonces, las frutas con que la cargaban antes de colocarla en la mesa, solían dirigirle las más humillantes burlas. La consideraban indigna de contener sus preciosas personas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien, aquella compotera que conservaba en el flanco una herida avivada continuamente por la sal del amor propio, hallaba gran consuelo en ver funcionar al capuchino del reloj.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Miren -les decía a las frutas burlonas-, miren aquel hombre del hábito pardo. Dentro de algunos instantes va a avisar que ha llegado la hora en que se las van a comer a todas -y la compotera se regocijaba en su corazón, saboreando por adelantado su venganza. Pero las frutas sin creer ni una palabra le contestaban:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tú no eres más que una tullida envidiosa. No es posible que un canto tan cristalino, tan suave, pueda anunciarnos un suceso fatal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y también las frutas consideraban al capuchino con complacencia y también unos periódicos viejos que bajo una consola pasaban la vida repitiéndose unos a otros sucesos ocurridos desde hacía veinte años, y la tabaquera, y las pinzas del azúcar, y los cuadros que estaban colgando en la pared y los frascos de licor, todos, todos tenían la vista fija en el reloj y cuanta vez se abría de par en par la puerta de roble volvían a sentir aquella misma alegría ingenua y profunda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se acercaban las once y cincuenta minutos de la mañana llegaban entonces los niños, se sentaban en rueda frente a la chimenea y esperaban pacientemente a que tocaran las doce, momento solemne entre todos porque el capuchino en vez de esconderse con rapidez de ladrón una vez terminada su tarea como hacía por ejemplo a la una o a las dos, (entonces se podía hasta dudar de haberlo visto) no, se quedaba al contrario un rato, largo, largo, bien presentado, o sea, el tiempo necesario para dar doce campanadas. ¡Ah!, ¡y es que no se daba prisa entonces el hermano Barnabé! ¡Demasiado sabía que lo estaban admirando! Como quien no quiere la cosa, haciéndose el muy atento a su trabajo, tiraba del cordel, mientras que de reojo espiaba el efecto que producía su presencia. Los niños se alborotaban gritando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Míralo como ha engordado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, está siempre lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No señor, que está más joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Que no es el mismo de antes, que es su hijo. Etc., etc. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Para seguir leyendo el cuento pincha aquí:&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;a href="http://paisportatil.com/2011/10/08/el-ermitano-del-reloj/"&gt;http://paisportatil.com/2011/10/08/el-ermitano-del-reloj/&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-2665335515950233784?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/2665335515950233784/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=2665335515950233784' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/2665335515950233784'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/2665335515950233784'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/10/el-ermitano-del-reloj-por-teresa-de-la.html' title='El ermitaño del reloj. Por Teresa de la Parra'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-Qc0WUX_Uojc/TpLWZqSbsCI/AAAAAAAABn8/SlwrpmwPbhM/s72-c/teresa_de_la_parra.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-5394462390773814130</id><published>2011-09-24T05:55:00.000-07:00</published><updated>2011-09-24T05:58:36.999-07:00</updated><title type='text'>Poemas de Juan Liscano. Poeta venezolano.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-MqrdKsRCAmE/Tn3T6TDopcI/AAAAAAAABns/jyptW_5PSH4/s1600/Desnuda%2B1.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-MqrdKsRCAmE/Tn3T6TDopcI/AAAAAAAABns/jyptW_5PSH4/s400/Desnuda%2B1.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5655909705548604866" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:trackmoves/&gt;   &lt;w:trackformatting/&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt; 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&lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable  {mso-style-name:"Tabla normal";  mso-tstyle-rowband-size:0;  mso-tstyle-colband-size:0;  mso-style-noshow:yes;  mso-style-priority:99;  mso-style-qformat:yes;  mso-style-parent:"";  mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;  mso-para-margin-top:0cm;  mso-para-margin-right:0cm;  mso-para-margin-bottom:10.0pt;  mso-para-margin-left:0cm;  line-height:115%;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:11.0pt;  font-family:"Calibri","sans-serif";  mso-ascii-font-family:Calibri;  mso-ascii-theme-font:minor-latin;  mso-fareast-font-family:"Times New Roman";  mso-fareast-theme-font:minor-fareast;  mso-hansi-font-family:Calibri;  mso-hansi-theme-font:minor-latin;  mso-bidi-font-family:"Times New Roman";  mso-bidi-theme-font:minor-bidi;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;font-variant: small-caps;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;color:windowtext;"   &gt;PAREJA SIN HISTORIA &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;color:windowtext;"   &gt;Se acarician. Se bastan.&lt;br /&gt;Están colmados por ellos mismos&lt;br /&gt;colmados por la sed sensual del otro. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;color:windowtext;"   &gt;Se conocieron ayer:&lt;br /&gt;llevan siglos de parecerse&lt;br /&gt;de abrazarse en las paredes siempre únicas&lt;br /&gt;de reconocerse en todos los lugares&lt;br /&gt;donde el sueño esconde su tesoro&lt;br /&gt;donde la dicha deja a la nostalgia&lt;br /&gt;donde nunca estuvieron&lt;br /&gt;donde están. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;color:windowtext;"   &gt;Aroma de piel ramajes íntima penumbra&lt;br /&gt;labios que besan por la herida&lt;br /&gt;rostro asomado al secreto del rostro que lo refleja&lt;br /&gt;palabras que se derriten por los dedos&lt;br /&gt;semejanzas descubiertas con delicia&lt;br /&gt;apetencias de olvido y de sabores no probados&lt;br /&gt;mientras se inventan paraísos sin castigo&lt;br /&gt;y se cuentan a tientas el alma&lt;br /&gt;mientras asumen el destino de las frutas&lt;br /&gt;y la vida fulgura en ellos&lt;br /&gt;con sus “siempre” y sus “nunca” efímeros&lt;br /&gt;con sus “primera vez” repetido hasta el final&lt;br /&gt;con sus partes confundidas cual miembros que el amor enlaza. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;color:windowtext;"   &gt;Hasta ellos no alcanza el rumor de la urbe&lt;br /&gt;o será más bien que no lo oyen&lt;br /&gt;que lo cubre el susurro con que se aman&lt;br /&gt;que lo dispersa el soplo que se dan. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;color:windowtext;"   &gt;Se huelen se gustan se desean.&lt;br /&gt;La libertad que encuentran los deslumbra.&lt;br /&gt;Ascienden en una isla espacial entre los astros.&lt;br /&gt;Pareja sin Historia&lt;br /&gt;pareja constelada. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;color:windowtext;"   &gt;Se miran a sí mismos en el otro.&lt;br /&gt;Ella aparece abierta impúdica ojerosa tremulante&lt;br /&gt;él: enhiesto obsceno avisor posesivo&lt;br /&gt;ella: contráctil húmeda gimiente umbría&lt;br /&gt;él: herido llameante solar fulminado.&lt;br /&gt;¡Cuánto abandono momentáneo!¡Cuánto triunfo!&lt;br /&gt;Pueden equivocarse gozosamente&lt;br /&gt;confundir las imágenes del deseo espejado&lt;br /&gt;fundir los sabores de sus bocas&lt;br /&gt;perderse juntos en el placer del otro&lt;br /&gt;fluir de manantiales en arroyos&lt;br /&gt;de arroyos en raudales de raudales en ríos&lt;br /&gt;hasta el mar hasta volcarse en la unidad del origen&lt;br /&gt;en el espacio pletórico y vibrante&lt;br /&gt;donde cada movimiento se transmite de polo a polo&lt;br /&gt;donde flotarán donde están flotando&lt;br /&gt;como dos hipocampos entregados al rito nupcial. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;span style=" Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;color:windowtext;"   &gt;Aflojan las redes y los nudos milenarios&lt;br /&gt;arrojan de sí el pasado las cáscaras los trapos&lt;br /&gt;viento propicio borra las huellas mezcla arenas y estrellas&lt;br /&gt;le dan la espalda a la memoria hueca&lt;br /&gt;para ser cresta de una ola&lt;br /&gt;para ser cresta espuma sortilegio&lt;br /&gt;cielo de mar espacio palpitante que rompe en sales&lt;br /&gt;y en la cresta de esa ola de caballos tornasolados&lt;br /&gt;que recorre de punta a punta el tiempo como una playa&lt;br /&gt;me arrojo contigo!&lt;br /&gt;¡la corro contigo hasta el final del día!&lt;br /&gt;¡sobre su filo tú y yo somos jabalina y destello!&lt;br /&gt;¡vivan este esfuerzo estos besos esta presencia única!&lt;br /&gt;¡vivan este júbilo del mar los cuerpos aparejados!&lt;br /&gt;¡nuestro almizcle que huele a marisco y a gato montés!&lt;br /&gt;¡el relámpago en que nos dormimos juntos!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=" Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;color:windowtext;"   &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:trackmoves/&gt;   &lt;w:trackformatting/&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:donotpromoteqf/&gt;   &lt;w:lidthemeother&gt;ES&lt;/w:LidThemeOther&gt;   &lt;w:lidthemeasian&gt;X-NONE&lt;/w:LidThemeAsian&gt;   &lt;w:lidthemecomplexscript&gt;X-NONE&lt;/w:LidThemeComplexScript&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt; 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 &lt;p&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;color:windowtext;"   &gt;No hay ruido&lt;br /&gt;y el pasar de la doncella única,&lt;br /&gt;dura, todo se agita, las palmas,&lt;br /&gt;el agua de la pila, los destellos en el piso,&lt;br /&gt;la luz en las vidrieras,&lt;br /&gt;las cortinas de paño leve.&lt;br /&gt;Ella sigue pasando inmóvil,&lt;br /&gt;no asienta los pies, se desvanece,&lt;br /&gt;avanza, mientras el silencio de los relojes&lt;br /&gt;confunde o apaga las horas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Fue ayer.&lt;br /&gt;—No fue nunca.&lt;br /&gt;—Sigue siendo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:trackmoves/&gt;   &lt;w:trackformatting/&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt; 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 &lt;p&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;color:windowtext;"   &gt;Si apariencia, espejismo, si ilusión de la nada,&lt;br /&gt;si engaño fuera el triunfo presente de tu cuerpo,&lt;br /&gt;también sería engaño mi amor, y engaño suyo,&lt;br /&gt;el alma ¡ay! engañada con que lo estoy queriendo.&lt;br /&gt;Si adorno de la Muerte, si máscara de Ella,&lt;br /&gt;tanta ardorosa lumbre, tanta belleza justa;&lt;br /&gt;entonces amaría la verdad de la Muerte&lt;br /&gt;en ese adorno vano y esa máscara pura.&lt;br /&gt;Quiero mentirle al Tiempo y hasta engañarme quiero&lt;br /&gt;para salvar tu forma y eternizar tu gracia;&lt;br /&gt;perderme, ya encontrado; ya hecho, deshacerme&lt;br /&gt;por tus confines ciertos y por tu sangre alada.&lt;br /&gt;Eres la flor que vuelve, mis ramas, a engañar&lt;br /&gt;con el prestigio suave de su invisible aroma&lt;br /&gt;y eres el alba antigua que torna a devolverme&lt;br /&gt;la breve flor de un día que la noche deshoja.&lt;br /&gt;Porque soy el vencido vencedor de tu cuerpo&lt;br /&gt;y me rindo al imperio que su derrota afirma,&lt;br /&gt;pues tu cuerpo me gana la victoria que obtuve&lt;br /&gt;y encadena la furia de mi sangre a su herida.&lt;br /&gt;¡Sí!; tu cuerpo preciso, matinal, turbulento,&lt;br /&gt;de un silencio lejano, quizás eco sonoro,&lt;br /&gt;de un vacío universo, tal vez clara tiniebla:&lt;br /&gt;voz encuentra en mis voces, forma encuentra en mis ojos.&lt;br /&gt;Y su vida viviente que rodea a mi vida&lt;br /&gt;de murmurantes sombras, de claridades mansas&lt;br /&gt;y de serenos verdes y de secretas músicas,&lt;br /&gt;en mí, vence su muerte; mi muerte no la alcanza.&lt;br /&gt;Y aunque sé, ciertamente –me lo dice la tierra–&lt;br /&gt;que de muerte soy hecho, que hacia la Muerte ando,&lt;br /&gt;con la flor de tu cuerpo, flor vivísima, engáñola&lt;br /&gt;y engaño al desengaño, quizás desengañado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:trackmoves/&gt;   &lt;w:trackformatting/&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt; 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 &lt;/w:LatentStyles&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable  {mso-style-name:"Tabla normal";  mso-tstyle-rowband-size:0;  mso-tstyle-colband-size:0;  mso-style-noshow:yes;  mso-style-priority:99;  mso-style-qformat:yes;  mso-style-parent:"";  mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;  mso-para-margin-top:0cm;  mso-para-margin-right:0cm;  mso-para-margin-bottom:10.0pt;  mso-para-margin-left:0cm;  line-height:115%;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:11.0pt;  font-family:"Calibri","sans-serif";  mso-ascii-font-family:Calibri;  mso-ascii-theme-font:minor-latin;  mso-fareast-font-family:"Times New Roman";  mso-fareast-theme-font:minor-fareast;  mso-hansi-font-family:Calibri;  mso-hansi-theme-font:minor-latin;  mso-bidi-font-family:"Times New Roman";  mso-bidi-theme-font:minor-bidi;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; line-height:normal"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;EL REINO DE TU CUERPO&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; line-height:normal"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Mi cuerpo en tu cuerpo.&lt;br /&gt;Sol en Trópico de Cáncer.&lt;br /&gt;Días del invierno abrasado&lt;br /&gt;de los candentes alisios y las lunas del trueno.&lt;br /&gt;Entre jardines colgantes reluce la lluvia:&lt;br /&gt;anillos, cristales y relámpagos.&lt;br /&gt;Mi cuerpo en tu cuerpo abre sus plumajes&lt;br /&gt;agita sus alas, canta, vuela&lt;br /&gt;llama las aguas fértiles&lt;br /&gt;pájaro del verano, pájaro heraldo.&lt;br /&gt;Mi cuerpo en tu cuerpo se arraiga&lt;br /&gt;pone sus huevos, echa semillas, se soterra,&lt;br /&gt;sangra su amarga miel, su dulcedumbre que huele a humus.&lt;br /&gt;Mi cuerpo en tu cuerpo de aguas madres&lt;br /&gt;sol en Acuario, luna de Cáncer&lt;br /&gt;cangrejo azul entre tus ríos nobles&lt;br /&gt;crecidos bajo las tormentas equinocciales.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; line-height:normal"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Han vuelto los tiempos del Diluvio.&lt;br /&gt;En el llano inundado miro las islas de soledad&lt;br /&gt;tierras recién salidas de las aguas&lt;br /&gt;sobre las que aún no se ha posado la paloma de Noé.&lt;br /&gt;Estamos solos en medio de la lluvia&lt;br /&gt;en medio de los vuelos, en medio de la fuga de los días,&lt;br /&gt;solos y dobles, habitados el uno por el otro&lt;br /&gt;reflejados uno en otro&lt;br /&gt;cuerpo exacto que junta la imagen con su objeto&lt;br /&gt;y atraviesa, cantando, los espejos del tiempo.&lt;br /&gt;Estamos solos en medio del invierno tórrido&lt;br /&gt;aquí en el Trópico, aquí entre nieves&lt;br /&gt;en todas partes, en ninguna parte&lt;br /&gt;caídos uno en otro, entrando uno en otro&lt;br /&gt;mientras nos rodean el círculo de las tempestades&lt;br /&gt;las voces de la muchedumbre&lt;br /&gt;el resplandor de las ciudades&lt;br /&gt;las inocentes parejas del Arca&lt;br /&gt;la noche pródiga, los soles rumorosos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; line-height:normal"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;El zodíaco gira sobre nosotros&lt;br /&gt;mezclando los meses y los signos.&lt;br /&gt;Cáncer navega en Acuario&lt;br /&gt;Julio es un río en el que tú te bañas&lt;br /&gt;Agosto sacude su melena de llamas&lt;br /&gt;y te envuelve en un rugiente clima de estío&lt;br /&gt;Septiembre derrama un vino crepuscular&lt;br /&gt;Octubre suelta su jauría de monteros&lt;br /&gt;Noviembre tiene el gusto de tus labios&lt;br /&gt;tu olor a enredadera y a tierra recién mojada&lt;br /&gt;Diciembre sale de tu cabellera&lt;br /&gt;sale de tus ojos, sale de tu risa&lt;br /&gt;lleno de balcones soleados donde besarnos&lt;br /&gt;y abre un abanico de caminos verdes&lt;br /&gt;para que nos fuguemos hacia Enero&lt;br /&gt;hacia sus montes de hielo o de sequía&lt;br /&gt;hacia su sol de montaña pascual&lt;br /&gt;hacia el Año Nuevo de rostro doble&lt;br /&gt;Enero de dos filos, Enero de dos cuerpos&lt;br /&gt;arco de escarcha o de lumbre&lt;br /&gt;que hemos cruzado tomados de la mano&lt;br /&gt;pasándonos el alma de boca en boca&lt;br /&gt;zozobrados en nosotros mismos&lt;br /&gt;como peces en celo, frenéticos peces que desovan&lt;br /&gt;en los mares nupciales de Febrero&lt;br /&gt;hasta varar su furia de espumas y de dientes&lt;br /&gt;en los puertos de Marzo, playas del equinoccio&lt;br /&gt;donde la Primavera y nuestra despedida&lt;br /&gt;confundieron en una misma promesa de renuevos&lt;br /&gt;sus nombres, sus memorias, sus pasos, sus adioses.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; line-height:normal"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;II&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;br /&gt;En la penumbra tu rostro color de luna&lt;br /&gt;las alas de tus ojeras&lt;br /&gt;la negra planta de tus cabellos&lt;br /&gt;y el trópico de tu cuerpo&lt;br /&gt;los días de verano o de invierno lluviosos&lt;br /&gt;las cosechas dadas o las cosechas perdidas&lt;br /&gt;el mar rompiendo contra mis litorales&lt;br /&gt;tú: llanura, salinar, montaña a la que subo&lt;br /&gt;para tocar cerca de tus senos alguna estrella tibia&lt;br /&gt;tú: selva cuyo pesado olor milenario&lt;br /&gt;se estira y en mí se enrosca como una sierpe&lt;br /&gt;tú: guijarro, pluma al viento, trepadora en flor&lt;br /&gt;monte por el cual me pierdo&lt;br /&gt;yermo por donde padezco&lt;br /&gt;huerta florecida en mi costado&lt;br /&gt;ría de la noche, fuente de luna llena&lt;br /&gt;Encantada de las aguas.&lt;br /&gt;Voy cayendo en ti&lt;br /&gt;caigo en tu imagen, en tu espejo&lt;br /&gt;hacia la rosa ardiente, secreta de tu boca&lt;br /&gt;naufrago en ti, en tu vaivén de ola&lt;br /&gt;en tu flujo y reflujo constelados.&lt;br /&gt;Mecida en tus corrientes&lt;br /&gt;te mueves, ondeas, nadas, flotas&lt;br /&gt;trémula medusa de cabellera de obsidiana;&lt;br /&gt;eres el mar cuando buscas tu dicha,&lt;br /&gt;soy un pez entre tus aguas nocturnas&lt;br /&gt;por donde pasan jardines de fucos&lt;br /&gt;estrellas, anémonas, guirnaldas de fósforos;&lt;br /&gt;eres el mar cuando buscas tu dicha&lt;br /&gt;como una herida que vas gozando con los ojos cerrados.&lt;br /&gt;Oh Amada, en el fondo de tu sexo&lt;br /&gt;toco hasta sangrar de gozo, tu corazón caliente.&lt;br /&gt;Lo voy sacando hasta tus labios&lt;br /&gt;lo beso en tu revuelta cabellera&lt;br /&gt;lo asomo al día que nos mira&lt;br /&gt;al aire que respiramos juntos&lt;br /&gt;mientras rompen a volar las campanadas&lt;br /&gt;del instante de plumas tibias en que desfalleces.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-5394462390773814130?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/5394462390773814130/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=5394462390773814130' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/5394462390773814130'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/5394462390773814130'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/09/poemas-de-juan-liscano-poeta-venezolano.html' title='Poemas de Juan Liscano. Poeta venezolano.'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-MqrdKsRCAmE/Tn3T6TDopcI/AAAAAAAABns/jyptW_5PSH4/s72-c/Desnuda%2B1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-4341179048056743716</id><published>2011-09-06T15:59:00.000-07:00</published><updated>2011-09-06T16:05:48.148-07:00</updated><title type='text'>Desde Amos Oz hasta mi abuela: Apuntes para una teoría de los desvíos literarios. Por Liliana Lara</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-vI_mAiDf61g/Tmam4LNPzRI/AAAAAAAABnU/Mrt9yivOOUU/s1600/es_PICPARSYSContentBeschreibung-2791-TextBlock2ColImage.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 267px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5649386266594102546" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-vI_mAiDf61g/Tmam4LNPzRI/AAAAAAAABnU/Mrt9yivOOUU/s400/es_PICPARSYSContentBeschreibung-2791-TextBlock2ColImage.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Desvío 1&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Lo que más me gusta de una novela son sus desvíos.&lt;br /&gt;Me recuerdan a mi abuela cuando quería dar lecciones de moral o de vida a través de algún cuento largísimo y divertido que al final nadie recordaba de dónde había venido ni por qué. Si un novio de alguna de las primas iba a llevar a casa a una amiga, la abuela desempolvaba el cuento de Laila.&lt;br /&gt;Laila era una especie de &lt;em&gt;femme fatale&lt;/em&gt; que acababa de llegar del Líbano y se había mudado en un apartamentico de la populosa Av. Urdaneta caraqueña de los 60, en un edificio cundido de extranjeros: libaneses, judíos, italianos y mis abuelos que eran de la provincia, otra forma de ser extranjeros. Laila no paraba de llorar y de rezongar en su idioma y otra libanesa con un español un poquito más avanzado -atravesado por mucho francés- la consolaba y la traducía a las demás señoras ¿Qué era lo que hacía llorar de esa forma desgarradora a la pobre Laila desde que llegó del Líbano? – se preguntaban las demás señoras entre curiosas y conmovidas. Por chisme o por compasión, las invitaban a tomar café y cada una con un cigarrillo en la mano –también mi abuela- se sentaban a escuchar el menjurje lingüístico: primero Laila en su idioma de jotas raspantes, luego la otra señora en un español rudimentario. Laila, oscura como la noche, había tenido que huir de un marido malvado que le pegaba y demás; un marido tan malo que no andaba en nada bueno allá en el Líbano y allí las señoras judías temblaban y recordaban la guerra de los seis días, aunque no sé si eso fue antes o después. No importa, lo que sí es que en su carrera, Laila, tersa como una pantera bañada de lluvia, tuvo que dejar atrás a sus dos hijos. Por ellos lloraba desde que había pisado Caracas. Un familiar o un paisano le había prometido ayudarla a resolver desde aquí el problema, apelando a no sé qué procedimiento de derecho internacional, pero antes tenía que conseguir un piso económico, trabajar día y noche en el negocio, como esclava, para reunir no sé cuanta plata y no recuerdo para qué. Tal vez para los pasajes de los niños.&lt;br /&gt;La pobre Laila llegaba todas las noches a ese edificio de la Av. Urdaneta con el lomo partido de tanto trabajo y el alma quebrada de desconsuelo. Cada vez más flaca, con los labios cada vez más rojos de tanto mordérselos, los ojos cada vez más claros de tanto llanto, Laila subía las escaleras de aquel viejo edificio como un alma en pena y las señoras movidas por el chisme o la compasión, se la llevaban a tomar una sopita o un té, a que comiera algo, pobrecita, que no podía ser que estuviese extinguiéndose así, a fuerza de trabajo, tristeza y poca comida. La que más la consolaba era la otra libanesa, la que fungía de traductora. Otro que comenzó a traducirla y consolarla fue el esposo de la señora libanesa. En este punto debo confesar que no recuerdo si el señor era pariente lejano de Laila o algo por el estilo. Lo cierto es que un día, probablemente la madre desconsolada (la mamacita, porque era de una belleza abrumadora, según mi abuela) ya había reunido una cantidad de dinero suficiente como para tratar de solucionar la separación de sus hijos, se decidió un viaje de urgencia a Beirut. Laila iría acompañada por un hombre que la representara: el esposo de su traductora.&lt;br /&gt;Así fue como se largaron y más nunca se supo de ellos. No porque el marido malvado hubiese metido las manos en el asunto, sino porque el amor había nacido entre ellos luego de tantas traducciones y consuelos. La pobre señora libanesa se quedó con 5 hijos en el destartalado edificio de la Av. Urdaneta, llorando para adentro. Las vecinas, por chisme o compasión, la invitaban a tomar un cafecito o a jugar a las cartas. El nombre de Laila nunca se mencionó en su presencia. El marido era como si nunca hubiese existido, como si ella hubiese llegado sola de Beirut. Laila era un nombre impronunciable también para mi abuela, como si todo los oscuro estuviese en ese nombre, toda la trampa y la perversión, la trastada y la puñalada trapera. ¿Sabría mi abuela que Laila en las lenguas semíticas quiere decir "noche"? No sé, lo cierto es que cuando mi abuela terminaba su cuento, todas estábamos viviendo en ese edificio de la Urdaneta, preguntando detalles de los demás inquilinos o de nuestras madres. Ya nadie se acordaba de dónde venía la cosa y probablemente el novio que se había ofrecido a llevar a su casa a la amiga, estaba disfrutando de la piel y el reverso de una Laila criolla. ¿Y qué? Si nosotras estábamos metidas en ese cuento, en esos nombres, en Beirut.&lt;br /&gt;Perdidas en ese desvío. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Desvío 2&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Lo que diferencia a un cuento de una novela son sus desvíos.&lt;br /&gt;O un desvío es un cuento dentro de una novela.&lt;br /&gt;Un cuento que funciona solo, como esos que están al final de la novela &lt;strong&gt;La tarea del testigo&lt;/strong&gt; del escritor venezolano Rubi Guerra, pero que en el entramado que los contiene adquieren mayores resonancias. &lt;strong&gt;La tarea del testigo&lt;/strong&gt; narra el viaje a Europa en los años 30 del siglo pasado de un personaje sólo mencionado por sus iniciales, pero que remite al poeta José Antonio Ramos Sucre. Es la historia de su continuo deambular por diversos sanatorios europeos de la mano de la enfermedad y del insomnio, y finalmente su muerte. La reconstrucción de este personaje literario se encuentra problematizada por las reflexiones del narrador y por su paulatino contagio con el desasosiego del poeta. “¿Es el testigo y su tarea lo que importan, o lo atestiguado?”, se pregunta en el último capítulo en que ambos- el narrador y el personaje narrado- se encuentran en un mismo plano, trastocando de esta manera las fronteras del tiempo y el espacio textual. Las “Tres historias perdidas” que aparecen al final de esta novela están escritas en un estilo muy ramosucreano y a primera vista rompen con la anécdota, desvían la historia, sin embargo se trata de la contaminación entre narrador y personaje, de un impecable juego de dobles.&lt;br /&gt;Otro ejemplo de cuentos encapsulados dentro de novelas son las historias contadas por la madre del narrador en &lt;strong&gt;Historia de amor y oscuridad&lt;/strong&gt; de Amos Oz, que difuminan las fronteras discursivas e invocan dentro del texto fragmentos de géneros diversos, en este caso fábulas y cuentos populares rusos.&lt;br /&gt;O ese cuento, para seguir con Oz, del gorila en &lt;strong&gt;No digas noche&lt;/strong&gt;. Un hombre quiere hacer una clínica de desintoxicación en honor a su hijo muerto de una sobredosis, habla con una de sus profesoras y en medio de la conversación – que gira esencialmente alrededor del tema que les atañe- echa el cuento de un bebé gorila que encontraron mientras vivían en algún lugar de África. El pequeño gorila es criado como un hijo y como tal se comporta hasta que llega a la pubertad (que en los gorilas llega más rápido que en los seres humanos) Entonces se enamora de la madre y entra en conflicto con el hijo de la pareja y con el padre. Celos, asedio sexual, depresiones. El cuento es espectacular, dura unas cuantas hojas y termina en la frase: "Pero no sé por qué le cuento todo esto" dicha por el padre avergonzado. El cuento no es una reproducción en pequeño de lo que pasa en la novela, como suele suceder, que Oz no es así de predecible, aunque si uno se pone a buscar las 5 patas al gato, algo encuentra. Es un cuento en apariencia gratuito. Me encanta esa gratuidad aparente, un cuento que nos atrapa pero que no tiene nada que ver con lo que estamos leyendo a primera vista. Es como si el narrador también se preguntara: ¿por qué cuento todo esto? Como si estuviese poseído por un ansia de contar que le hace salirse del cauce y regodearse en las ramificaciones. Un desvío es una muestra de cómo la historia se apodera del que la escribe y lo hace irse por ramificaciones inesperadas. Me gustan los desvíos que en apariencia son gratuitos, son una muestra de la locura e imperfección de las novelas.&lt;br /&gt;Pero, un desvío no es un &lt;em&gt;turning point&lt;/em&gt;. En un desvío hay retornos.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Desvío 3&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Había una vez un hombre que leyó tantos libros de caballería hasta que llegó a creer que era caballero. Se buscó caballo, espada y escudero, y salió a luchar contra el mal del mundo. En un breve desvío en su contienda, se detuvo en una venta manchega, y con él se detuvo -en cierto modo- su historia, para dar paso a las historias de los otros, a los desvíos más famosos de la toda la literatura: "El curioso impertinente" y "el capitán cautivo". Muchas son las deudas de la novela contemporánea con el caballero de la triste figura, pero sobre todo este intercalar historias en el curso de la trama principal. No sólo pequeñas digresiones, sino también sonetos, coplas y hasta novelas. A través de estos desvíos, la novela se llena de otros registros discursivos. Un desvío, de este modo, rompe con el carácter cerrado e ininterrumpido del espacio textual. Rompe con las rígidas fronteras del género, permitiendo que fluyan de forma dinámica diversos tipos de discursos dentro de un mismo texto.&lt;br /&gt;"El curioso impertinente", es una novela encontrada en una maleta olvidada en aquella venta manchega a la que llegan Don Quijote y Sancho Panza en su periplo. Esta novela es leída por el cura, para el deleite de los presentes en la venta. Así como para el deleite de los lectores, quienes gustosamente nos perdemos en ese meandro sin quejarnos de la pertinencia o no dentro de la trama. Se trata de una historia encapsulada, de género, temática y estructura diferente a la que la contiene, pero no totalmente aislada porque continuamente es interrumpida por pasajes que narran lo que ocurre mientras el cura la lee. Otro tanto pasa con "El capitán cautivo", el otro famoso desvío, en este caso contado por su propio protagonista en aquella mítica venta de La Mancha.&lt;br /&gt;En la segunda parte del Quijote, Cide Hamete Benengeli da la razón a los lectores que supuestamente se quejan por la interposición de estas fábulas en la primera parte y se excusa diciendo que lo hizo por huir del trabajo insoportable que era escribir sólo sobre Don Quijote y Sancho Panza, así como también por el valor estético de las mismas muy por encima del de la trama principal. Y no contento con esto exige que se le alabe ahora, en esa segunda parte, no sólo por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.&lt;br /&gt;Algunos estudiosos han tratado de definir la pertinencia de estos desvíos dentro de la trama del Quijote. Yo creo, sin embargo, que ningún desvío es absolutamente pertinente ni necesario porque una novela no debe ser obligatoriamente un artefacto en el que todo concuerde perfectamente, un relojito bellamente armado, una maquinaria perfecta. Creo en cierta anarquía que gobierna las páginas de novelas como &lt;strong&gt;2666 &lt;/strong&gt;o &lt;strong&gt;Los detectives salvajes&lt;/strong&gt;, de Roberto Bolaño, por ejemplo, a quien me resulta difícil asociar con la idea de un desarrollo eficaz de la trama y no por eso deja de encantarme. Me imagino a Bolaño y Cide Hamete Benengeli disfrutando de la escritura de sus des(var)íos, dejándose llevar por los descarríos de la historia, invadidos por el ansía de contar.&lt;br /&gt;Los desvíos, a mi juicio, son un devenir inevitable de una historia que crece hacia todos lados. Una historia metastásica. ¿Necesarios o innecesarios? ¿A quién le interesa? Lo importante es el placer de contar historias, o como diría Ricardo Piglia: la pasión pura del relato.&lt;br /&gt;Ojo: no confundir relleno con desvío.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Desvío 4&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;A veces es difícil determinar cuál es la trama principal y cuales sus desvíos.&lt;br /&gt;En &lt;strong&gt;La ciudad ausente&lt;/strong&gt;, de Ricardo Piglia, un periodista amateur encargado de "investigaciones especiales" del diario "El mundo" comienza una pesquisa acerca de los orígenes de una máquina de contar historias que se encuentra confinada en un museo de una zona apartada de la ciudad. La máquina ofrece en sus historias un discurso de resistencia cultural en el que se cantan los pesares de los outsiders, los extranjeros, los marginales que el sistema pretende acallar. Relatos de la diferencia que atentan en contra del deseo de uniformidad del Estado: lo diferente siempre es un riesgo para la instauración de las grandes hegemonías, como ha pregonado lúcidamente toda la ciencia ficción. De modo que la máquina representa un gran peligro y por esta causa es sacada de circulación, alejada de los predios públicos, e internada en un museo de poco acceso para ser estudiada y posteriormente desmantelada. La novela narra la historia de esta complicada investigación, plagada de desvíos, versiones y contra-versiones. La trama principal se desvía, además, con cada historia producida por la máquina. Cuentos independientes en sí mismos -muchas de estas historias fueron publicadas luego en otros libros de este autor- las grabaciones de la máquina difunden calamidades sociales que van desde las anécdotas históricas sobre los desaparecidos de “El proceso” dictatorial argentino, hasta la recreación de las formas futuristas de anular la memoria humana, la implantación de recuerdos y las realidades virtuales. El museo en el que se encuentra la máquina muestra en cada salón, además, una réplica de las historias que ésta produce, así como también una réplica de una escena de la vida del periodista que investiga sus orígenes con lo cual la ambigüedad se fortalece al abrir la posibilidad de que la misma novela sea una historia de la propia máquina. Entonces, estamos en un terreno movedizo en el que la anécdota que sirve de conexión entre los múltiples desvíos constituidos por las grabaciones de la máquina, podría ser también uno de ellos. La trama principal podría ser, de este modo, también un extravío. ¿Cuáles son las historias de la máquina? ¿Cuál la historia que las contiene? ¿Hasta dónde llega la ficción?&lt;br /&gt;Atención: Los desvíos atentan contra el deseo de uniformidad, la hegemonía textual, la pulcritud de la trama, la mimesis narrativa. Resaltan los límites difusos entre realidad y ficción.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Desvío 5&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Me gustaría hacer una teoría del desvío literario que comenzara así:&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Un desvío siempre es perverso&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;.&lt;br /&gt;Porque a fin de cuentas un desvío es un rehuirle a la norma. A la vía principal. A la regla genética. A la gramática reproductiva.&lt;br /&gt;Tendría que aclarar primero a qué tipo de desvíos me refiero. Se me ocurre que hay un desvío semántico. Otro sexual. Otro sintáctico. Otro anecdótico. Otro genético.&lt;br /&gt;Probablemente existan sólo dos grandes tipos de desvíos, siguiendo a la escuela clásica: el desvío de la forma y el del contenido. Y dentro de estos dos, miles de posibilidades.&lt;br /&gt;Tal vez existan mejores formas de llamar a las divagaciones, pero me gusta la palabra desvío porque tiene en el fondo algo de insurrección. Me recuerda a la palabra portuguesa "viado", tan desviada.&lt;br /&gt;Un descarrío, un perder el camino, un perderse. Desviado el honor. Perdida la honra, pero ¿según quién?&lt;br /&gt;Siento un gusto retorcido por mirar cómo el que narra pierde el norte. Me gusta perderme yo misma también. Comenzar a contar algo que no viene al caso y no poder parar.&lt;br /&gt;También me gusta la versión inglesa de la palabra: detour. El anti tour. Un paseo que nos lleva por carreteras olvidadas, caminos secundarios, sin paradas prefijadas ni ilusión de simetría.&lt;br /&gt;Vila-Matas, rey de los viados, es decir, amante de bifurcaciones y descarrilamientos, cuenta en &lt;strong&gt;El mal de Montano&lt;/strong&gt; una película llamada &lt;strong&gt;Detour&lt;/strong&gt; y muestra dos posibilidades de desvíos. Una: dejarse llevar por el cuento de la película. Otra: la propia película, un film noir estadounidense de bajo presupuesto en el que una tal Ann Savagge hace de femme fatale fatalísima. Un músico de Nueva York va a Los Angeles a encontrarse con su novia -cantante que se ha ido a probar suerte en el cine-, pero va de autostop y con en el primer carro que lo lleva comienza su desgracia o su desvío.&lt;br /&gt;Hay muchos desvíos posibles, así como posibilidades de definirlos.&lt;br /&gt;Es mi abuela tratando de poner un ejemplo didáctico, para que nos quede clara la posibilidad de la traición, del desvío amoroso. Pero también es Laila cambiándole la vida a la familia libanesa que la traducía, descarriando el destino propio y ajeno. Somos mis primas y yo desperdiciando la moraleja. Soy yo misma, olvidando mi supuesta teoría y fajándome a escribir una anécdota familiar que ya creía olvidada. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Liliana Lara&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt; nació en Caracas en 1971 y vive en el Kibbutz Bror Hail, en Israel. Es profesora de español y literatura. Ha publicado el libro de cuentos Los jardines de Salomón y lleva el blog Memorias y Avatares de una Madre Intelectual. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-4341179048056743716?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/4341179048056743716/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=4341179048056743716' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/4341179048056743716'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/4341179048056743716'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/09/desde-amos-oz-hasta-mi-abuela-apuntes.html' title='Desde Amos Oz hasta mi abuela: Apuntes para una teoría de los desvíos literarios. Por Liliana Lara'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-vI_mAiDf61g/Tmam4LNPzRI/AAAAAAAABnU/Mrt9yivOOUU/s72-c/es_PICPARSYSContentBeschreibung-2791-TextBlock2ColImage.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-1777684235139323552</id><published>2011-08-25T10:45:00.000-07:00</published><updated>2011-08-25T10:47:36.806-07:00</updated><title type='text'>Cuentos de Marcel Schwob</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-Wx32hwb8Py0/TlaKrW4jp4I/AAAAAAAABnM/Nqi7ry3Of7c/s1600/Marcel-Schwob.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; 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	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-priority:99; 	mso-style-qformat:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin-top:0cm; 	mso-para-margin-right:0cm; 	mso-para-margin-bottom:10.0pt; 	mso-para-margin-left:0cm; 	line-height:115%; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:11.0pt; 	font-family:"Calibri","sans-serif"; 	mso-ascii-font-family:Calibri; 	mso-ascii-theme-font:minor-latin; 	mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; 	mso-fareast-theme-font:minor-fareast; 	mso-hansi-font-family:Calibri; 	mso-hansi-theme-font:minor-latin; 	mso-bidi-font-family:"Times New Roman"; 	mso-bidi-theme-font:minor-bidi;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;&lt;span style="line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;La salvaje&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;El padre de Búchette solía llevarla al bosque al despuntar del alba, y la niña permanecía sentada muy cerca mientras él talaba los árboles. Búchette veía cómo se hundía el hacha haciendo volar delgados trozos de corteza; a menudo, los musgos grises venían a arrastrarse sobre su rostro. «¡Cuidado!», gritaba el padre cuando el árbol se inclinaba produciendo un crujido que parecía subterráneo. Ella sentía cierta tristeza por el monstruo extendido en el claro del bosque, con sus ramas magulladas y sus ramitas heridas. Por la noche, un círculo rojizo de pilas de carbón se encendía en medio de la sombra. Búchette sabía a qué hora había que abrir la cesta de juncos para ofrecer a su padre el cántaro de gres y el trozo de pan moreno. El se tendía entre las ramitas despedidas y masticaba con lentitud. Después, Búchette sorbía su sopa. Corría en torno a los árboles marcados y, si su padre no la miraba, se escondía para gritar: «¡Uuu!».&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Había una caverna oscura, llena de zarzas y de ecos sonoros, a la que se daba el nombre de Santa María Becerra. Alzándose de puntillas, Búchette solía observarla desde lejos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Cierta mañana de otoño en que las marchitas cimas del bosque estaban aun encendidas por la aurora, Búchette vio que delante de la Becerra se estremecía un objeto verde: Tenía brazos y piernas, y la cabeza parecía pertenecer a una niñita de la misma edad de Búchette.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Al principio tuvo miedo de acercarse; ni siquiera se atrevió a llamar a su padre. Pensó que era una de las personas que respondían en la caverna de la Becerra cuando alguien hablaba fuerte. Cerró los ojos, temiendo que cualquier movimiento suyo provocase algún siniestro ataque. Al inclinar la cabeza oyó un sollozo cercano: la extraordinaria criatura verde lloraba. Entonces, Búchette abrió los ojos y sintió pena. Pues veía el rostro verde, dulce y triste, humedecido por las lágrimas, y dos nerviosas manitas verdes que se apretaban contra la garganta de la niñita extraordinaria.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;-Tal vez se haya caído sobre malas hojas que destiñen -se dijo Búchette. Armándose de valor atravesó helechos erizados de ganchos y de zarcillos, hasta llegar casi junto a la singular figura. Dos bracitos verdeantes se tendieron hacia Búchette, en medio de las mustias zarzas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;-Se parece a mí -pensó Búchette- pero tiene un extraño color. La sollozante criatura verde estaba semicubierta por una especie de túnica hecha de hojas cosidas. Era en realidad una niñita que tenía el tinte de una planta silvestre. Búchette imaginó que sus pies estaban arraigados en la tierra. A pesar de esto, los movía con mucha ligereza.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Búchette le acarició los cabellos y le tomó la mano. Ella se dejó conducir siempre llorosa. Parecía que no supiese hablar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;-¡Ay! ¡Dios mío! ¡Una diablesa verde! -exclamó el padre de Búchette cuando la vio llegar-. ¿De dónde vienes, pequeña? ¿Por qué eres verde? ¿No sabes responder?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Era imposible saber si la niña verde había entendido. «Tal vez tenga hambre», dijo él. Y le ofreció el pan y el cántaro. Pero ella dio vueltas al pan en sus manos y lo arrojó al suelo; luego agitó el cántaro para escuchar el ruido del vino.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Búchette rogó a su padre que no dejara a esa pobre criatura en el bosque durante la noche. A la hora del crepúsculo las pilas de carbón brillaron una por una y la muchacha verde observó, temblorosa, los fuegos. Cuando entró en la casita, retrocedió al ver la luz. No podía acostumbrarse a las llamas y lanzaba un grito cada vez que alguien encendía la vela.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Al verla, la madre de Búchette se persignó. «Dios me ayude -afirmó- si se trata de un demonio; pero no es ni remotamente una cristiana». La niña verde no quiso tocar ni el pan, ni la sal, ni el vino, de lo cual resultaba claramente que no podía haber sido bautizada ni presentada a la comunión. Fueron a visitar al cura, quien llegó a la casa en el preciso momento en que Búchette ofrecía a la criatura habas en su vaina.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Muy contenta al parecer, se puso de inmediato a partir el tallo con las uñas, pensando encontrar las habas en el interior. Mas luego, decepcionada, comenzó a llorar hasta que Búchette le hubo abierto una vaina. Entonces royó las habas mientras observaba al cura.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Por más que llevaron a su presencia al maestro de escuela, no fue posible hacerle comprender una sola palabra humana ni pronunciar un solo sonido articulado. Lloraba, reía, o emitía gritos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;El cura la examinó minuciosamente, sin descubrir en su cuerpo ninguna señal del demonio. Al domingo siguiente la condujeron a la iglesia y allí no manifestó signo alguno de inquietud, aparte de gemir cuando la humedecieron con agua bendita. Pero no retrocedió lo más mínimo ante la imagen de la cruz y, cuando pasó sus manos por sobre las sagradas llagas y las desgarraduras de las espinas, pareció apenada.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Las gentes de la aldea sintieron gran curiosidad y algunas hasta temor. A pesar del consejo del párroco, seguían hablando de la «diablesa verde». La criatura sólo se nutría de granos y frutas; cada vez que le ofrecían espigas o ramitas, partía el tallo o la madera y lloraba de desilusión. Búchette no lograba hacerle aprender en qué lugar había que buscar los granos de trigo o las cerezas, y su decepción era siempre la misma. Por imitación, pronto fue capaz de transportar madera y agua, barrer, secar y hasta coser, aun cuando manejaba la tela con cierta repulsión. Mas nunca se resignó a encender el fuego, o tan siquiera a aproximarse al hogar. Entretanto, Búchette crecía y sus padres quisieron ponerla a trabajar. Esto le causó tanta pena que todas las noches, oculta bajo las sábanas, sollozaba suavemente. La otra niña se condolía al ver en ese estado a su amiguita. Por la mañana miraba largamente a Búchette y los ojos se le llenaban de lágrimas. Y por la noche, durante su llanto, Búchette sentía que una mano tierna le acariciaba los cabellos y unos labios frescos se posaban en su mejilla.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;" &gt;Se acercaba la fecha en que Búchette debía entrar a trabajar. Sus sollozos se habían hecho casi tan angustiosos como los de la criatura verde cuando la hallaron abandonada ante la caverna de la Becerra. La última noche, cuando el padre y la madre de Búchette estaban entregados al sueño, la niña verde acarició los cabellos de su amiga y la tomó de la mano. Luego abrió la puerta y extendió el brazo hacia la noche. Y así como antes Búchette la había conducido a las casas de los hombres, ella la llevó de la mano hacia la libertad ignorada.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style="line-height:115%;font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:Calibri;mso-fareast-theme-font:minor-latin;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-theme-font:minor-bidi;mso-ansi-language:ES; mso-fareast-language:EN-US;mso-bidi-language:AR-SAfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;  &lt;/span&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;&lt;span style="line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Lucrecio: Poeta&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;Lucrecio apareció en una gran familia que se había retirado lejos de la vida civil. Sus primeros días pasaron a la sombra del pórtico oscuro de una alta casa empinada en la montaña. El atrio era severo y los esclavos mudos. Estuvo rodeado, desde la infancia, por el desprecio por la política y por los hombres. El noble Memio, que tenía su misma edad, sobrellevó, en el bosque, los juegos que Lucrecio le impuso. Juntos se asombraron ante las arrugas de los viejos árboles y espiaron el temblor de las hojas bajo el sol, como un velo verde de luz salpicado de manchas de oro. Contemplaron con frecuencia los lomos rayados de los chanchos salvajes que husmeaban el suelo. Atravesaron palpitantes cohetes de abejas y bandas movedizas de hormigas en marcha. Y un día alcanzaron, &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;a&lt;/span&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;l salir de un soto, un claro totalmente rodeado por viejos alcornoques, asentados tan cerca uno de otro como que un círculo cavaba un pozo de azul en el cielo. La quietud en aquel asilo era infinita. Se hubiese creído estar en un ancho camino claro que fuera hacia lo alto del aire divino. Allí, Lucrecio se sintió impresionado por la bendición de los espacios calmos.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;Abandonó con Memio el templo sereno del bosque para estudiar elocuencia en Roma. El anciano gentilhombre que gobernaba la alta casa le dio un profesor griego y lo conminó a que no volviese sino cuando poseyera el arte de despreciar las acciones humanas. Lucrecio no lo volvió a ver más. Murió solitario, execrando el tumulto de la sociedad. Cuando Lucrecio volvió había con él en la alta casa vacía, en el atrio severo y entre los esclavos mudos, una mujer africana, bella, bárbara y malvada. Memio estaba de regreso en la casa de sus padres. Lucrecio había visto las facciones sangrientas, las guerras de partidos y la corrupción política. Estaba enamorado.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;Y en un principio su vida fue encantada. La mujer africana apoyaba en los tapices de los muros la perfilada masa de sus cabellos. Todo su cuerpo se sumía largamente en los divanes. Rodeaba las cráteras llenas de vino espumoso con sus brazos cargados de esmeraldas translúcidas. Tenía una manera extraña de levantar un dedo y de sacudir la frente. Sus sonrisas tenían una fuente profunda y tenebrosa como los ríos de África. En vez de hilar la lana la deshacía pacientemente en pequeños copos que volaban alrededor de ella.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;Lucrecio deseaba ardientemente fundirse con ese hermoso cuerpo. Apretaba sus senos metálicos y pegaba su boca a sus labios de un violeta oscuro. Las palabras de amor pasaron de uno a otro, fueron suspiradas, los hicieron reír y se gastaron. Tocaron el velo flexible y opaco que separa a los amantes. La voluptuosidad creció en furor y quiso cambiar de persona. Llegó hasta la extremidad aguda en que se expande alrededor de la carne, sin penetrar hasta las entrañas. La africana se acurrucó en su corazón extranjero. Lucrecio se desesperó al no poder consumar el amor. La mujer se tornó altanera, melancólica y silenciosa, parecida al atrio y a los esclavos. Lucrecio anduvo errabundo en la sala de los libros.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;Fue allí donde desplegó el rollo en el cual un escriba había copiado el tratado de Epicuro.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;En seguida comprendió la variedad de las cosas de este mundo y la inutilidad de esforzarse tras las ideas. El universo le pareció similar a los pequeños copos de lana que los dedos de la Africana desparramaban en las salas. Los racimos de abejas y las columnas de hormigas y el tejido movedizo de las hojas le parecieron agrupamientos de agrupamientos de átomos. Y en todo su cuerpo sintió un pueblo invisible y discorde, ansioso &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;p&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;or separarse. Y las miradas le parecieron rayos más sutilmente carnosos y la imagen de la bella bárbara, un mosaico agradable y coloreado, y sintió que el fin del movimiento de esa infinitud era triste y vano. Así como había visto las facciones ensangrentadas de Roma, con sus tropeles de clientes armados e insultantes, contempló el torbellino de tropeles de átomos tintos en la misma sangre y que se disputan una obscura supremacía. Y vio que la disolución de la muerte sólo era la manumisión de esa turba turbulenta que se lanza hacia otros mil movimientos inútiles.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;Ahora bien&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;:&lt;/span&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt; cuando Lucrecio hubo sido así instruido por el rollo de papiro, en el cual las palabras griegas como los átomos del mundo estaban entretejidas las unas con las otras, salió hacia el bosque por el pórtico oscuro de la alta casa de los ancestros. Y vio el lomo de los chanchos rayados que tenían siempre el hocico dirigido hacia la tierra. Después, al atravesar el soto, se encontró de pronto en medio del templo sereno del bosque y sus ojos se sumergieron en el pozo azul del cielo. Y fue allí donde sentó su reposo.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;Desde allí contempló la inmensidad hormigueante del universo; todas las piedras, todas las plantas, todos los árboles, todos los animales, todos los hombres, con sus colores, con sus pasiones, con sus instrumentos, y la historia de esas cosas diversas y su nacimiento y sus enfermedades y sus muertes. Y entre la muerte total y necesaria, percibió con claridad la muerte única de la Africana; y lloró.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;Sabía que las lágrimas provienen de un movimiento particular de las pequeñas glándulas que están debajo de los párpados, y que son agitadas por una procesión de átomos salida del corazón, cuando el propio corazón ha sido conmovido por la sucesión de imágenes coloreadas que se desprenden de la superficie del cuerpo de una mujer amada. Sabía que la causa del amor es la dilatación de los átomos que desean juntarse con otros átomos. Sabía que la tristeza que causa la muerte es la peor de las ilusiones terrenales, pues la muerta había dejado de ser desgraciada y de sufrir, en tanto que aquel que la lloraba se afligía por sus propios males y pensaba tenebrosamente en su propia muerte. Sabía que no queda de nosotros ninguna doble apariencia para derramar lágrimas sobre su propio cadáver tendido a sus pies. Pero, como conocía exactamente la tristeza y el amor y la muerte y sabía que son vanas imágenes cuando se las contempla desde el espacio calmo donde hay que encerrarse, continuó llorando, y deseando el amor, y temiendo la muerte.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="mso-margin-top-alt:auto;mso-margin-bottom-alt:auto; text-align:justify;line-height:normal"&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;Por esto fue que habiendo vuelto a la alta y sombría casa de los ancestros, se acercó a la bella Africana, quien cocía un brebaje en un recipiente de metal en un brasero. Porque ella también había pensado, por su parte, y sus pensamientos se habían remontado a la fuente misteriosa de su sonrisa. Lucrecio miró el brebaje todavía hirviente. &lt;/span&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;É&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language: ES-AR;mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;ste se aclaró poco a &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;p&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt;oco y se volvió parecido a un cielo turbio y verde. &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;; mso-fareast-language:ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Y&lt;/span&gt;&lt;span style=" font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;; mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  lang="ES-AR" &gt; la bella Africana sacudió la frente y levantó un dedo. Entonces Lucrecio bebió el filtro. E inmediatamente después su razón desapareció, y olvidó todas las palabras griegas del rollo de papiro. Y por primera vez, al volverse loco, conoció el amor; y a la noche, por haber sido envenenado, conoció la muerte.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-language: ESfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style="line-height:115%;font-family:&amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;; mso-fareast-font-family:Calibri;mso-fareast-theme-font:minor-latin;mso-bidi-Times New Roman&amp;quot;;mso-bidi-theme-font:minor-bidi;mso-ansi-language:ES; mso-fareast-language:EN-US;mso-bidi-language:AR-SAfont-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;  &lt;/span&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal"&gt;&lt;span style="line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Lilit&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Pi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;so que la amó tanto cuanto se puede amar a&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;mujer&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;este mundo; pero su historia fue más triste que ning&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;una&lt;/span&gt;. Él había estudiado durante mucho tiempo a Dante y a Petrarca; las formas de Beatriz y de Laura flotaban ante sus ojos y los divinos versos&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;los que resplandece el nombre de Francisca de Rímini cantaban&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;sus oídos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;En &lt;/span&gt;el primer ardor de su juv&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tud había amado apasionadam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te las vírg&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;es atorm&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tadas de Correggio, cuyos cuerpos voluptuosam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te pr&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;dados de cielo ti&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;ojos que desean, bocas que palpitan y llaman dolorosam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te al amor. Más tarde, admiró el pálido espl&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;dor humano de las figuras de Rafael, su sonrisa apacible y su gozo virginal. Pero cuando fue él mismo, eligió por maestro, como Dante, a Brunetto Latini, y vivió&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;su siglo&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;el que los rostros rígidos ti&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;la extraordinaria beatitud de los paraísos misteriosos.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Y,&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;tre las mujeres, conoció primero a J&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ny, que era nerviosa y apasionada, cuyos ojos estaban adorablem&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te rodeados de ojeras, bañados de humedad lánguida, con&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;mirada profunda. Fue un amante triste y soñador; buscaba la expresión de la voluptuosidad con&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;acritud&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;tusiasta; y cuando J&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ny, fatigada, se quedaba dormida con los primeros rayos del alba, él esparcía guineas brillantes&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;tre sus cabellos soleados; luego, contemplando sus párpados cerrados y sus largas pestañas que reposaban, su fr&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te cándida que parecía ignorar el pecado, se preguntaba amargam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te, recostado sobre la almohada, si ella no prefería el oro amarillo a su amor y qué sueños desilusionantes estarían pasando bajo las paredes transpar&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tes de su carne.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Luego imaginó a las mujeres de los tiempos supersticiosos que hacían maleficios a sus amantes porque éstos las habían abandonado; eligió a Hélène, que daba vueltas&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;una &lt;/span&gt;sartén de bronce a la imag&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;cera de su pérfido prometido: él la amó, mi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tras que ella le atravesaba el corazón con su fina aguja de acero. La dejó por Rose-Mary a la que su madre, que era hada, le había dado un globo cristalino de berilo como pr&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;da de su pureza. Los espíritus del berilo velaban por ella y la ac&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;una&lt;/span&gt;ban con sus cantos. Pero cuando ella sucumbió, el globo se tornó color de ópalo, y ella lo h&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;dió de un espadazo&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;su furor; los espíritus del berilo se escaparon llorando de la piedra rota, y el alma de Rose-Mary voló con ellos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;En&lt;/span&gt;tonces amó a Lilit, la primera mujer de Adán, que no fue creada a partir del hombre. No fue hecha de arcilla roja, como Eva, sino de materia inhumana; había sido semejante a la serpi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te, y fue ella qui&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;t&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tó a la serpi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te para que ésta t&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tara a los demás. Le pareció que era la más auténticam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te mujer, y la primera, de tal manera que a la jov&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;del Norte que amó finalm&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;esta vida, y con la que se casó, le dio el nombre de Lilit.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Pero era puro capricho de artista; ella se asemejaba a las figuras prerrafaelitas que él hacía revivir&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;sus li&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;zos. T&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ía los ojos del color del cielo, y su larga cabellera era luminosa como la de Ber&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ice que, desde que la ofreció a los dioses, está esparcida por el firmam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;to. Su voz t&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ía el sonido suave de las cosas que están a punto de romperse; todos sus gestos eran delicados como roces de plumas; y t&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ía con tanta frecu&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;cia el aspecto de pert&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ecer a un mundo difer&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te del de aquí abajo, que él la miraba como&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;visión.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Escribió para ella sonetos sublimes que se seguían narrando la historia de su amor, a los que les dio por título &lt;i&gt;La casa de la vida&lt;/i&gt;. Los había copiado&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;un volum&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;hecho con páginas de pergamino; la obra se asemejaba a un misal paci&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tem&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te iluminado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Lilit no vivió mucho pues no había nacido para esta tierra; y como los dos sabían que debía morir, ella lo consoló lo mejor que pudo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;-Mi amor, -le dijo-desde las barreras doradas del cielo me inclinaré hacia ti; llevaré tres lirios&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;la mano y siete estrellas&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;el pelo. Te veré desde el pu&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te divino t&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;dido sobre el éter; tú v&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;drás hacia mí y juntos iremos a los pozos insondables de luz. Y le rogaremos a Dios vivir eternam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te como nos amamos por un instante&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;este mundo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;La vio morir mi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tras pronunciaba estas palabras y escribió con ellas un poema magnífico, la joya más bella con la que jamás se haya adornado a&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;muerta. P&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;só que ella lo había abandonado desde hacía ya diez años; y la veía asomada a las barreras doradas del cielo hasta que la barrera se ablandó por la presión de su s&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;o, hasta que los lirios se durmieron&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;sus brazos. Ella le susurraba siempre las mismas palabras; luego escuchaba largo rato y sonreía: «Todo será cuando él v&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ga», decía. Y la veía sonreír; luego ella t&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;día sus brazos a lo largo de las barreras, cubría la cara con sus manos y lloraba. Él escuchaba sus llantos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Ésa fue la última poesía que escribió&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;el libro de Lilit. Lo cerró para siempre con broches de oro y, rompi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;do la pluma, juró que sólo había sido poeta para ella y que Lilit se llevaría a la tumba su gloria. Los antiguos reyes bárbaros eran así&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;terrados junto a sus tesoros y a sus esclavos favoritos. Se degollaba sobre la fosa abierta a las mujeres que amaba y sus almas acudían a beber la sangre bermeja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El poeta que había amado a Lilit le hacía ofr&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;da de la vida de su vida y de la sangre de su sangre; inmolaba su inmortalidad terrestre e introducía&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;el ataúd la esperanza de los tiempos futuros. Levantó la luminosa cabellera de Lilit, y colocó el manuscrito bajo su cabeza; detrás de la palidez de su piel él veía lucir el tafilete rojo y los broches dorados que&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;cerraban la obra de su exist&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;cia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Luego huyó lejos de la tumba, lejos de todo lo que había sido humano llevando la imag&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;de Lilit&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;el corazón y sus versos resonándole&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;el cerebro. Viajó buscando paisajes nuevos que no le recordaran a su amada. Pues quería conservar el recuerdo por él mismo, no porque la visión de los objetos indifer&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tes se la hiciera aparecer ante sus ojos, no&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;Lilit humana, tal como ella había parecido ser&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;una &lt;/span&gt;forma efímera, sino&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;de las elegidas, idealm&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te ubicada más allá del cielo, y con la que él iría a reunirse algún día.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Pero el ruido del mar le recordaba sus llantos y oía su voz&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;el bajo profundo de los bosques; y la golondrina, al volver su negra cabeza, parecía el gracioso movimi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;to del cuello de su amada, y el disco de la l&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;una&lt;/span&gt;, roto&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;las aguas oscuras de los estanques, le&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;viaba miles de miradas doradas y huidizas. De rep&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te,&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;cierva que&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;tró&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;la espesura le oprimió el corazón con un recuerdo; las brumas que&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;vuelv&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;los bosquecillos bajo el resplandor azulado de las estrellas tomaban forma humana para avanzar hacia él, y las gotas de agua de la lluvia que cae sobre las hojas muertas parecían el ruido ligero de los dedos amados.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Cerró los ojos ante la naturaleza, y&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;la sombra por la que pasan las imág&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;es de luz&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;sangr&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tada, vio a Lilit tal como la había amado, terrestre no celeste, humana no divina, con&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;mirada cambiante de pasión que era alternativam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te la mirada de Hélène, de Rose-Mary y de J&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ny; y cuando quería imaginársela inclinada sobre las barreras de oro del cielo,&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;tre la armonía de las siete esferas, su rostro expresaba añoranza de las cosas de la tierra, infelicidad por no amar más.&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; En&lt;/span&gt;tonces deseó t&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;er los ojos sin párpados de los seres del infierno, para escapar a tan tristes alucinaciones.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Luego quiso recuperar de alg&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;una &lt;/span&gt;forma aquella imag&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;divina. Pese a su promesa, int&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tó describirla y la pluma traicionó sus esfuerzos. Sus versos lloraban sobre Lilit, sobre el pálido cuerpo de Lilit que la tierra&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;cerraba&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;su s&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;o.&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; En&lt;/span&gt;tonces recordó (pues habían transcurrido ya dos años) que había escrito maravillosos poemas&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;los que su ideal resplandecía extrañam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te. Y se estremeció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando le volvió esta idea, lo dominó por completo. Él era poeta ante todo; Correggio, Rafael y los maestros prerrefaelitas, J&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ny, Hélène, Rose-Mary, Lilit, no habían sido sino motivos de&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;tusiasmo literario. ¿Lilit también? Tal vez, y sin embargo Lilit no quería volver a él sino tierna y dulce como&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;mujer terr&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;al. P&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;só&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;sus versos, y recordó algunos fragm&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tos que le parecieron bellos. Y se sorpr&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;dió dici&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;do: «Allí debía haber bu&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;os poemas». Volvió a saborear la acritud de la gloria perdida. El hombre de letras r&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ació&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;él y lo hizo implacable.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Una &lt;/span&gt;noche se&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;contró, temblando, perseguido por un olor t&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;az que se pega a la ropa, con la humedad de la tierra&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;las manos, con un ruido de madera rota&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;los oídos, y delante de él el libro, la obra de su vida que acababa de arrancarle a la muerte. Había robado a Lilit; y desfallecía al p&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;sar&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;los cabellos separados,&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;sus manos buscando&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;tre la podredumbre de lo que había amado,&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;aquel tafilete deteriorado que olía a la muerta,&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;aquellas páginas odiosam&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;te húmedas de las que se escaparía la gloria con hedor de corrupción.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style=" line-height:115%;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;font-family:&amp;quot;;font-size:12.0pt;"  &gt;Y cuando vio de nuevo el ideal s&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tido por un instante, cuando creyó ver de nuevo la sonrisa de Lilit y beber sus lágrimas ardi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tes, fue presa del fr&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ético deseo de la gloria.&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; En&lt;/span&gt;vió a la impr&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;ta el manuscrito, con el sangri&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;to remordimi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;to de un robo y de&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;prostitución, con el doloroso s&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;timi&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;to de&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; una &lt;/span&gt;vanidad no saciada. Y abrió al público su corazón y mostró sus desgarros, arrastró ante los ojos de todos el cadáver de Lilit y su inútil imag&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en &lt;/span&gt;&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;tre las elegidas; y&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en &lt;/span&gt;ese tesoro violado por su sacrilegio,&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt; en&lt;/span&gt;tre las destellos de las frases, resu&lt;span id="dtx-highlighting-item"&gt;en&lt;/span&gt;an crujidos de tumba.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-1777684235139323552?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/1777684235139323552/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=1777684235139323552' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/1777684235139323552'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/1777684235139323552'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/08/cuentos-de-marcel-schwob.html' title='Cuentos de Marcel Schwob'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-Wx32hwb8Py0/TlaKrW4jp4I/AAAAAAAABnM/Nqi7ry3Of7c/s72-c/Marcel-Schwob.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-7297786536567716980</id><published>2011-08-19T03:45:00.000-07:00</published><updated>2011-08-19T03:48:48.853-07:00</updated><title type='text'>Héroe de autobús. Por Enrique Vila-Matas</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un 26 de octubre de 1987 compré en Barcelona &lt;i&gt;Ejercicios de estilo&lt;/i&gt;,  de Raymond Queneau. No sabía nada de su contenido y me pareció que  había llegado el momento de conocerlo, las mejores mentes de mi  generación hablaban muy bien del libro.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;                                                          				                                                  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;" class="info_complementa"&gt;             &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt; &lt;/div&gt;&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Subí con mi ejemplar&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-49XLatNJBlM/Tk4_cBiQm4I/AAAAAAAABms/dC-eQNubfsA/s1600/119%255B1%255D.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 220px; height: 343px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-49XLatNJBlM/Tk4_cBiQm4I/AAAAAAAABms/dC-eQNubfsA/s400/119%255B1%255D.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5642517133822827394" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; recién comprado de &lt;i&gt;Ejercicios de estilo&lt;/i&gt;  al autobús de la línea 24, que debía dejarme en casa. Compré un billete  y, por temor a que después me lo pidiera el revisor y no lo encontrara,  me lo puse en la boca; pensé que así lo tendría más a la vista del  inspector si éste se presentaba. En aquellos días, tenía miedo de los  revisores, de los inspectores, de los interventores, de toda una serie  de profesiones que me intimidaban.&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: justify;"&gt;A mitad de trayecto, empecé a hojear distraídamente &lt;i&gt;Ejercicios de estilo&lt;/i&gt;  y vi que el libro narraba, con cien estilos diferentes, siempre la  misma anécdota trivial. Sería trivial, pero la historia, contada de cien  modos distintos, me divirtió cien veces y muchísimo, seguramente porque  además la anécdota sucedía en gran parte en un autobús y yo iba en  aquel momento en un autobús, y quizás por eso me entró tan rápida la  anécdota en la cabeza, como si yo circulara por ahí con un calzador, no  un calzador para los zapatos, sino un calzador para leer en los  autobuses las historias que pasaban en ellos.&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: justify;"&gt;La historia era  tontísima, pero me fascinó una barbaridad. En un autobús de París, un  joven con sombrero de fieltro y cuello estirado se enfadaba cada vez que  la gente bajaba del vehículo porque había un pasajero -siempre el  mismo- que aprovechaba la circunstancia para pisarle. Se producía una  estúpida bronca, hasta que el pasajero protestador y llorón encontraba  un sitio libre y se sentaba. Dos horas después, el narrador encontraba  casualmente al mismo joven imbécil, ahora en la plaza de Roma; estaba  sentado en un banco con un compañero, no menos idiota, que le decía:  "Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo".&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: justify;"&gt;La anécdota  era sumamente trivial pero era contada de cien formas distintas y se  aprendía mucho a escribir y, sobre todo, a descubrir cuál era nuestro  propio estilo. La historia era estúpida, pero el hecho de que arrancara  en un transporte público me dejó atrapado en ella desde el primer  momento y hasta miraba a mi alrededor para ver si en mi autobús había  algún joven mentecato al que, a la menor oportunidad, la gente pisara  con saña.&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Tan fascinado quedé con mis &lt;i&gt;Ejercicios de estilo&lt;/i&gt;  que, sin darme cuenta y por la satisfacción misma que me iba produciendo  leer aquello que podía estar pasando en el mismo autobús en el que  viajaba, fui chupando como un loco el billete y al final me lo tragué.  Cuando llegó el revisor, de nada me sirvió decirle que me lo había  tragado por culpa de una historia idiota que había estado leyendo y que  me había hecho reír mucho. La multa fue de órdago.&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: justify;"&gt;En aquellos  días, no sólo tenía miedo de revisores y fiscalizadores, sino que,  además, tenía la impresión -y así lo escribía continuamente- de que a mí  me pasaban cosas raras. Hoy en día, ya no puedo decir lo mismo porque  el mundo en los últimos tiempos se ha vuelto tan absolutamente extraño  que es difícil que algo no nos parezca raro. Ya nada de lo que se nos  presenta hoy como normal nos lo parece. Pero es cierto que en aquellos  tiempos, hacia 1987, tenía la sensación de que muchas veces me sucedían  cosas fenomenalmente raras. Por ejemplo, no muchas semanas después de  haber subido al autobús de la línea 24 con aquel libro de Raymond  Queneau, subí un día a otro 24 con un libro de cuentos de Sergi Pàmies  recién comprado y al ponerme a leerlo -cómodamente sentado en ese lugar  que yo consideraba que era el ideal, situado en lado pasillo del  conjunto de dos asientos con balcón que se asoma a la plataforma de  salida y permite tener un buen punto de observación al tiempo que estar  cerca de la salida- me encontré con un relato en el que, si ahora no  recuerdo mal, un joven iba en autobús y chupaba su billete hasta acabar  comiéndoselo y uno imaginaba que terminaban poniéndole una multa de  órdago.&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: justify;"&gt;El cuento era extraordinario, pero lo que más me  impresionó fue que la anécdota que contaba ya la hubiera vivido yo  antes. Si a eso añadimos que la leí en un autobús, resulta fácil  imaginar lo atrapado que quedé en ese cuento, hasta el punto de que  volví a tragarme mi billete, aunque en esta ocasión no hubo revisor,  pues me bajé en la primera parada que hizo el autobús. Al bajarme, me  acordé de Pere Calders, magnífico cuentista y hombre extraordinariamente  tímido, que, según había contado él mismo, no apretaba nunca el botón  rojo con el que los pasajeros anuncian al conductor que se bajan en la  siguiente parada, pues prefería esperar siempre que lo hiciera antes  alguien por él. Si nadie tocaba el botón y veía que sólo él iba a  descender, prefería no bajar y esperar a la siguiente: como tímido que  era no se atrevía a hacer que todo un autobús parara sólo porque él  tenía que bajarse.&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align: justify;"&gt;No soy tan tímido como él, pero, desde que  conozco esa historia de Calders, jamás he obligado a un autobús a parar  sabiendo que seré yo el único que baje. Actúo así no por timidez, si no  por transformarme en algunos viajes en personaje de Calders cuando no en  Calders mismo. Me gusta ser héroe modesto de autobús, y de eso, sin  duda, los señores Queneau y Pàmies tienen toda la culpa. Casi creo verlo  anunciado: Queneau y Pàmies, compañía moderna de autobuses. Un día me  cambiaré a esa compañía y pararé un autobús entero para bajarme yo solo  en una de sus paradas.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-7297786536567716980?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/7297786536567716980/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=7297786536567716980' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/7297786536567716980'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/7297786536567716980'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/08/heroe-de-autobus-por-enrique-vila-matas.html' title='Héroe de autobús. Por Enrique Vila-Matas'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-49XLatNJBlM/Tk4_cBiQm4I/AAAAAAAABms/dC-eQNubfsA/s72-c/119%255B1%255D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-4184255258342411341</id><published>2011-08-15T10:01:00.000-07:00</published><updated>2011-08-15T10:04:39.524-07:00</updated><title type='text'>El horripilante Circo Chino. Por Norberto José Olivar</title><content type='html'>&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:trackmoves/&gt;   &lt;w:trackformatting/&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:donotpromoteqf/&gt;   &lt;w:lidthemeother&gt;ES&lt;/w:LidThemeOther&gt;   &lt;w:lidthemeasian&gt;X-NONE&lt;/w:LidThemeAsian&gt;   &lt;w:lidthemecomplexscript&gt;X-NONE&lt;/w:LidThemeComplexScript&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt;    &lt;w:splitpgbreakandparamark/&gt;    &lt;w:dontvertaligncellwithsp/&gt; 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	mso-bidi-theme-font:minor-bidi;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: right; text-indent: 14.2pt; line-height: normal;" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:8pt;"  lang="ES-AR" &gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: right; text-indent: 14.2pt; line-height: normal;" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:8pt;"  lang="ES-AR" &gt;A Noleida del Carmen, culpable…&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Agosto nunca significó nada en mi insípida biografía, por el contrario, solía ser fatídico, pues, perdía de vista a mis novias, amores jamás correspondidos de la prehistórica primaria, amor del cual ellas nunca se enteraron, tampoco; &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;además, me desconectaba de mi único amigo, quedando así en la más absoluta «aburrición». Pero escarbando en la memoria en busca de un suceso vacacional —espinosa regresión, por cierto—, llegué a una semana antes de la Semana Mayor de 1975, cuando por alguna razón que no logro precisar, mi escuela suspendió clases, juntando así siete días más de imprevisto asueto a la ya tradicional celebración cristiana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt; &lt;/span&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;¿Al circo o al cine?&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Vivíamos en un pequeño apartamento de la legendaria avenida Bella Vista con la anodina calle 65. Desde allí vimos llegar el Circo Chino a un inmenso terrenal en la esquina siguiente a la nuestra, donde estuvo el colegio Zaragoza, regentado por las hermanas de Santa Ana. Grandes camiones con imágenes de dragones gigantes y hombres voladores fueron haciéndose espacio entre la mala hierba, y con los días, una carpa de cuatro mástiles se levantó imponente y majestuosa. En la víspera del esperado y publicitado debut, el circo organizó un colorido y bulloso desfile que pasó lento y alegre frente a nuestro balcón: Exhibían, enjaulados, dos hermosos tigres de bengala, que rugían con una espectacularidad imborrable, un oso no muy grande, pero feroz, con movimientos amenazantes y un elefante manso, con «ojos de buena gente», que dejaba tras de sí su inefable marca. Marchaban payasos, hermosas mujeres embutidas en coloridos &lt;i style=""&gt;Qipaos&lt;/i&gt; y malabaristas sacados de un cuento de magos y cortes imperiales, todos ellos guiaban aquella carroza asombrosa y misteriosa, con una inmensa cabeza de dragón rojo que asentía sin parar, lanzando una enorme llamarada hacia lo alto cada tantos metros. Estos milenarios personajes paralizaron el mundo, incluyendo a los «Carritos por Puesto» que se orillaron a disfrutar la rara y alucinante novedad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Por aquellos días contaba yo con diez años, era el más flaco y bajito de todos, y &lt;i style=""&gt;padecía&lt;/i&gt; el Cuarto grado. Mi hermana, Nole, especie de Pippi Calzaslargas —que debo incorporar de momento a esta crónica—, tenía siete años, andaba por Primero, y era, según notificación paterna, la reina «bien amada» de la casa. Pues bien, fue ella, mi hermana, la que resolvió a su antojo el dilema que se presentó cuando mi padre, compadecido de nuestro prolongado e inesperado encierro, dijo que escogiéramos entre ir a ver &lt;i style=""&gt;El paraíso viviente&lt;/i&gt; de Jamie Uys, en el cine Ávila, o al mentado Circo Chino. Mi hermana saltó, manipuladora, a las piernas de mi padre y pidió que nos llevara al circo. Yo alegué, molesto, que todos los circos eran iguales, que prefería la película que, según había contado nuestro primo Ismael, empezaba con toda una jungla repleta de animales borrachos por culpa de una fruta fermentada. Mi padre ni siquiera escuchó, dijo que íbamos al circo y ya, mientras mi hermana le abrazaba y le besaba como loca de gratitud.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt; &lt;/span&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;El primo Ismael&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Mi primo Ismael era un adolescente, en pleno trance, con aires a Víctor Mature, y apareció justo cuando mi padre se fue al trabajo pasado el almuerzo. Veo su llegada como el poster de &lt;i style=""&gt;El exorcista&lt;/i&gt;, la silueta oscura del sacerdote con su maletín en el portal donde levitaba la diabla Blair, sólo que mi primo traía, en vez de maleta, una bolsita con un frasco de éter, una hojilla Gillette, una aguja de coser y un rollito de hilo Elefante. Venía, según explicó, a practicar una cesárea a mi gata Kika, «porque las gatas siempre tienen problemas de parto» y él iba a ahorrarle aquel trabajo tortuoso a la pobre. Yo se la sostuve sobre la batea, admito, y él la durmió derramando aquella sustancia en un pañuelo. Luego hizo la incisión por toda la panza (con la Gillette) y sacó cinco gaticos que fueron muriendo en seguidilla esa misma tarde. La gata despertó azotada por el dolor y empezó a retorcerse y a darse contra el piso hasta morir también. Mi primo se lavó las manos, se río socarronamente y dijo que a veces pasaba eso con los pacientes. La metió en una bolsa plástica, junto con sus crías y la botó por el bajante del edificio. «Si preguntan por ella, dices que esos animales desaparecen sin dar explicaciones», se refería sobre todo a mi madre, que nomás llegaba del trabajo (enfermera de un siquiátrico) buscaba a Kika para hablarle y acariciarla.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt; &lt;/span&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;En el circo&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Que mi primo estuviera en casa esa noche, significaba uno más en las cuentas de mi padre. Sin embargo, no se quejó para nada, nos fuimos caminando al circo, compró cinco boletos (incluida mí Madre, que en esta relatoría va de fondo y en mute) y comenzamos a trasegar cotufas y refrescos mientras arrancaba la función.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Mi primo dijo que diéramos una vuelta por los alrededores del circo. Le explicó a mi padre que íbamos a mirar los animales, lo cual era cierto, en parte, y salimos tranquilos a curiosear. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Mientras la mayoría se hacía fotos con &lt;i style=""&gt;Big Boy&lt;/i&gt;, el elefante con «ojos de buena gente», mi primo Ismael y yo saltamos los separadores de aluminio y, de repente, el circo se nos volvió un oscuro pueblo de pequeños carromatos, algunos con lánguidas lámparas en su interior, y gente extraña entrando y saliendo, presurosos, agitados, frenéticos, como si aquella ocasión fuera un asunto especial. Vimos una cosa increíble: un viejo de largo cabello y barba blanca, trajeado con una especie de &lt;i style=""&gt;hanbok&lt;/i&gt; azul con blusa y mangas negras, practicaba un número de magia que nunca había visto a ningún mago ni siquiera por televisión: levantaba las manos, con cierto amaneramiento, y de entre las anchas magas salían miles de luciérnagas que giraban en torno suyo, hasta simular un remolino lumínico, luego se transformaban en enormes mariposas amarillas que se esfumaban en derredor. El viejo se dobló, como exhausto, y un asistente retiró dos grades espejos y un pequeño reflector, o algo semejante, que no habíamos detectado por el deslumbramiento del acto. Mi primo Ismael y yo nos miramos atónitos y proseguimos nerviosos, pero decididos, la exploración de esa inesperada aldea circense que se abrió ante nosotros. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;De la enceguecedora magia del anciano, pasamos a un asunto escabroso&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Los tigres de bengala rugían trazando un impaciente círculo en su jaula. Frente a ellos, un chino muy flaco, metido en un flux oscuro, de horribles rayas verticales, hablaba con dos niños de mi edificio: Pepe y Enrique, este último sostenía cuatro perros amarrados con mecates de colgar hamacas. El chino flaco sacó unos billetes y se los dio a Pepe, entonces Enrique le pasó los mecates con los perros y se fueron contando los cobres. El chino flaco metió los perros, uno a uno, en la jaula y los tigres los devoraron en tres o cuatro mordiscos cuando mucho. Mi primo Ismael miraba la escena fascinado, pero yo estaba temblando como nunca, no recuerdo haber tenido tanto miedo como esa noche. En eso apareció otro chino, vestido de carnicero, chispeado de sangre, y metió en la jaula dos perros más que ya estaban muertos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Mi primo me dijo, al oído, con su acostumbrada pedantería de experto en animales, que a las fieras debían quitarles el hambre antes de sacarlas a la arena, así el domador estaba más seguro en su rutina. No preciso si creí o no, pero que anduvieran exterminando a los perros de mi cuadra me parecía una cosa atroz e insoportable, así que salí a la calle y busqué un teléfono público para llamar al 111, que era el número de la policía en esos días y que mi padre me había obligado a memorizar junto al de los bomberos. No olvido las carcajadas del recepcionista cuando dije que los chinos andaban secuestrando perros para tirárselos a los tigres. Advertí que era estudiante de Quinto, me sumé un grado más para que lo tomara en serio, pero igual seguía riéndose, supongo que la voz de niño que escuchaba terminó por conmoverlo un poco, pienso ahora, y juró que en cuanto pudiera enviaría una patrulla a investigar. No recuerdo si le di mi nombre, pero mi primo me miraba divertido y ordenó que volviéramos al patio del circo, quizás descubriríamos algo más asombroso, recalcó con ansiedad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Fue fácil llegar hasta la jaula de los tigres, de nuevo. El show aun no comenzaba, pero había menos gente en los carromatos. A gatas nos acercamos a donde estaba el oso que vi en el desfile. Un chino, ataviado con un colorido traje, golpeaba al infortunado animal para obligarlo a que marchara en sus dos patas traseras, pero este tiraba «manotazos» enfurecidos y rugía fuerte. El chino flaco, «enfluxado», que negoció con el Pepe y el Enrique, apareció con cara de preocupado tirando a amargado. Gritaba como gritan los chinos y no sabíamos qué carajo decía; era claro, sí, que el oso estaba dando problemas de última hora, de modo que siguieron dándole, ahora entre ambos, con una vara no sé de qué, al rato, el oso estaba doblegado ante los mandatos de aquellos chinos malditos. Justo en ese momento escuchamos el estruendo de un gong, que hizo temblar hasta los mástiles del circo, y nos alertó del inicio de la función. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;«Vámonos» dije a mi primo Ismael, no sea que nos empezaran a buscar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;El espectáculo mostró un mundo muy distinto a los que vimos detrás de las cortinas, aunque sea un lugar común decirlo. Lo cierto fue que al término de aquella esperada apertura, mi padre, mi madre, mi hermana y hasta mi primo parecían muy satisfechos, yo, la verdad, no pude mirar casi nada, una sensación de rabia e impotencia me mantuvo en jaque todo el tiempo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Las puertas de salida estaban por los laterales, y desde allí pude ver una patrulla estacionada, con la sirena encendida, pero en silencio. Divisé, con claridad infrarroja, a dos policías uniformados, con sus quepis y sus rolos, conversando amenamente con el chino flaco, vestido con ese feo flux de rayas que describí. Al día siguiente, la prensa sacó una pequeña nota, ahogada entre un montón de trivialidades locales, que decía: «No alimentan con caballos ni perros ni burros a las fieras del circo chino».&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Desde ese día supe que la justicia, las noticias, la realidad y los circos van por sendas separadas…&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: right; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;" align="right"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  lang="ES-AR" &gt;Irama, julio de 2011&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: right; text-indent: 14.2pt; line-height: normal;" align="right"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:9pt;"  lang="ES-AR" &gt;(&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-VE"&gt;&lt;a href="mailto:njolivar@gmail.com"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:9pt;"  lang="ES-AR" &gt;njolivar@gmail.com&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:9pt;"  lang="ES-AR" &gt; / @EldoctorNo)&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;    &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-4184255258342411341?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/4184255258342411341/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=4184255258342411341' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/4184255258342411341'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/4184255258342411341'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/08/el-horripilante-circo-chino-por.html' title='El horripilante Circo Chino. Por Norberto José Olivar'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-mNB5EBniqaY/TklRG951aWI/AAAAAAAABmc/KqMZSbGTKgE/s72-c/it.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-5360747019194710350</id><published>2011-08-14T08:06:00.000-07:00</published><updated>2011-08-14T08:10:38.696-07:00</updated><title type='text'>Del hedonismo o el utilitarismo gozoso. Por Michel Onfray</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/-CYlKlrRdtRw/TkflXVlUtEI/AAAAAAAABmM/MvIigyjGcFU/s1600/Onfray%2B1.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 265px; height: 400px;" src="http://3.bp.blogspot.com/-CYlKlrRdtRw/TkflXVlUtEI/AAAAAAAABmM/MvIigyjGcFU/s400/Onfray%2B1.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5640729247398278210" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:trackmoves/&gt;   &lt;w:trackformatting/&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt; 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Llegó el momento de terminar con la barbarie que consiste en erradicar simple y llanamente las pasiones donde se las encuentre, para vaciar al hombre de su sustancia y transformarlo en un cadáver antes de tiempo. &lt;i&gt;Perinde ac cadaver, &lt;/i&gt;dicen todos, después del triunfo del ideal ascético en todas sus formas. "Destruyamos las pasiones", "odiemos el entusiasmo" -cuya etimología recuerda que es transporte hacia las cimas- y "muerte a la vida", enseñan todas las éticas del renunciamiento y la negación. Prefieren la paz dentro de un cuerpo abandonado por la vida, antes que la guerra en un organismo pleno de energía. Más valdría morir ya mismo y desear la rigidez de los muertos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;      &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;Una ética afirmativa quiere las partes animales en el hombre hasta lo aceptable. Pretende convocar esas fuerzas en la medida de lo posible, dentro de límites que habrá que encontrar. Como aspira al derroche, apunta a la eflorescencia, y luego al desarrollo de esas fuerzas confinadas en la sombra, maltratadas porque se las desacredita a priori. &lt;i&gt;La parte maldita* &lt;/i&gt;sólo es detestable cuando traspone un límite, cuando genera peligros imposibles de contener, cuando arrasa con todo y se pone al servicio de lo negativo, de la destrucción y sus obras de muerte. En cambio, en lo referente a la construcción, la vida y lo positivo, los instintos, las pasiones, las pulsiones, las fuerzas, son virtudes por medio de las cuales se hacen y deshacen las relaciones humanas en la perspectiva de una dinámica que coincide con el movimiento de la vida. Toda la cuestión ética reside en la determinación de límites: ¿a partir de qué momento esas magníficas potencias corren el riesgo de caer hacia el lado sombrío? ¿Más allá de qué límites se vuelven intolerables? El hedonismo permite una respuesta. Digámoslo como una primera aproximación, indicativa, antes de entrar en más precisiones: todo lo que procura placer es aceptable, y todo lo que genera sufrimiento es condenable. En virtud del movimiento natural, y universal, que impulsa a los hombres a buscar el placer, a ir hacia él, a desearlo al mismo tiempo que a rehuir el displacer, alejarse del dolor, el sufrimiento y las penas, se trata de realizar una intersubjetividad contractual en la cual ambos sujetos consienten a un álgebra de placeres que toma en cuenta las partes malditas. El lenguaje, los signos, los gestos, permiten decir, y decirse, a qué goces se aspira, para sí mismo y para los demás, qué proyectos se tiene para el otro dentro de esta lógica, mientras se esperan señales de relaciones éticas: no existe ningún bien absoluto, ni ningún mal absoluto, sino juicios relativos, apreciaciones que competen a cada sujeto, según su historia personal y su temperamento. Sin embargo, existe bastante consenso en cuanto a los conceptos de placer y displacer: sin vacilar demasiado, saber que tal o cual ama o detesta, quiere o rechaza, aunque sólo sea interrogando su propio deseo, y dentro de los límites de lo posible. Las satisfacciones son múltiples, pero toman siempre el mismo camino.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;Dentro de esta lógica, el goce que desea uno debe combinarse imperativamente con el del otro. Un placer personal, sin el otro, puede convertirse muy pronto en un placer a pesar del otro, contra él. El hedonismo es ocuparse del placer para uno mismo &lt;i&gt;al mismo tiempo &lt;/i&gt;que para el otro. El contrato ético reside en ese movimiento que oscila de uno mismo al otro. El egocentrismo o el egoísmo sólo oyen la voz del goce personal: mi placer y nada más. El hedonismo es dinámico, y considera que no hay voluptuosidad posible sin considerar al otro. No por amor al prójimo, sino por interés bien entendido, porque el otro es el conjunto de la humanidad a la que le resto mi propia persona, es lo que cada uno experimenta. Todos son el otro para mí, pero yo soy el otro para todos los demás. Y lo que yo practico en dirección al otro, actúa, en una perspectiva eudemonista, en dirección a mí. El placer que yo doy encuentra en su trayecto al placer que me dan. Teóricamente. Cuando falta simetría, falta ética, hay una infracción a la regla hedonista y se cae en el egocentrismo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;Una patética es, pues, una estética de las pasiones, una poética de las partes malditas. Más allá de los cuerpos que nunca se penetran sino que están condenados a las superficies, a las ductilidades superficiales, se dirige al alma para tocar al otro detrás de su apariencia, en lo más recóndito. Cada señal emitida en dirección al otro es tentativa de practicar un poco más el solipsismo, creando condiciones de una ilusión de intersubjetividad. Porque nunca podemos desprendernos de nuestra sombra. Pero esa quimera basta para sentimos menos implicados por los efectos de los que Sade llamaba &lt;i&gt;aislismo.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;Entre los seres humanos circulan señales, una expresión casi imperceptible en el rostro, un esbozo de sonrisa, una mirada penetrante que se sostiene, un silencio significativo, una rigidez en el cuerpo, una levedad en el alma, un hilo metálico en la voz, alejado de lo que se dice, pero evidente en la manera, una voluptuosidad en el gesto, una intención solícita y mil otras pasiones que se transforman en informaciones. Todas ellas exigen sagacidad, celeridad y espíritu de fineza. No hay ética posible sin esas virtudes necesarias para una decodificación brillante. El hedonismo sólo es posible para las almas ya leves, sutiles y atentas. En eso, es aristocrático y selectivo. También es impuro, si se entiende por esto que es una moral sometida a intereses.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;      &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;En efecto, el hedonismo es un utilitarismo, en el sentido anglosajón del término, un cálculo de interés que acarrea beneficios para ambas partes: suplemento de alma, aumento de voluptuosidades, atesoramiento de placeres, un capital de goce y dividendos en materia de ser. Es una moral que exige un cálculo permanente para determinar, sin cesar, las condiciones de posibilidad del máximo de placer para uno mismo y para el otro. Gozar y hacer gozar, sabiendo que hay una variedad importante de modulaciones sobre este tema, y que existen placeres indirectos obtenidos por el hecho de proporcionar goce, y placeres directos que resultan de las satisfacciones recibidas. Hasta los apóstoles de la moral pura que invitan a la acción exclusivamente motivada por el respeto a la ley en cuanto ley, conocen la inutilidad de esa propuesta y su carácter exclusivamente teórico, utópico. No es tan fácil evitar el placer, y, por lo tanto, la impureza -si la definimos como producto que resulta de una mezcla-, porque incluso cuando se opta por la moralidad sólo para coincidir con la ley, también se obtiene una satisfacción, la de haber sido heroico al ser moral. El utilitarismo es la regla, es inamovible. Es mejor buscarlo conscientemente, pues se manifiesta de todos modos, sobre todo cuando se lo quiere negar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;El interés es el motor esencial, guía todos nuestros gestos. De modo que la acción es una especie de círculo, que parte de sí misma y está condenada a volver hacia sí misma. Desea la satisfacción y no deja de estar vinculada al sujeto que la pone en práctica. El egoísmo también es un movimiento circular, pero integra al otro en una perspectiva de instrumentalización pura, en la cual el goce propio excluye el del otro: el hedonismo tiene la misma figura, pero incluye la alteridad en su propósito de satisfacerla igualmente. Por un lado, el utilitarismo vulgar; por el otro, el utilitarismo hedonista. En este último, la utilidad consiste en la satisfacción de los deseos, en la realización de los placeres de un sujeto implicado en una relación ética. Pero ¿se sabe acaso en qué consisten, para el otro, como para uno mismo, los deseos y los placeres? ¿Cuál es su apetencia? Este oscuro objeto resiste, vive como la anguila y se mueve como una corriente de aire. Imaginar que alguien sea lúcido respecto de sus partes malditas es una ilusión, por supuesto. Porque está la pantalla de la subjetividad, las angustias del inconsciente, los juegos de negación, las trampas de la transferencia. Y además, la paradoja de un punto ciego, imposible de iluminar porque absorbe la luz. Y se nutre de esas claridades con las que fabrica zonas de sombra, cada vez más densas, y según lógicas cada vez más oscuras. La apetencia es, pues, tensión, movimiento hacia, o en dirección a. Pero ¿a qué regiones apunta? Países cambiantes, geografías engañosas, nimbadas de brumas que tornan peligrosos los accesos. Escarpaduras, rocas abruptas, imágenes provocadas por ilusiones ópticas, refacciones engañosas: todo designa al peligro y la imposibilidad de llegar a puerto. El deseo se oculta, se enmascara, y recurre a las astucias de la razón. Cuanto más quiere esconderse, más se muestra. Se exhibe con vigor para proteger mejor lo que lo roe detrás de la pantalla.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;Sólo es posible hacer conjeturas, hipótesis, tanto del deseo del otro, como del propio. Hay que suponer, calcular, imaginar, porque el deseo es hábil y experto en metamorfosis, y convierte al ser que lo contiene, en un campo de juego, una superficie o un volumen para sus experimentos. Así, brutalizado por la cultura, triturado por la civilización, a veces actúa contra sí mismo, practica la más absoluta autofagia y concentra todos sus esfuerzos en el sentido de una destrucción de sus fuerzas. Lo mismo puede decirse del placer que algunos terminan por encontrar en la negación, la retención, la contención. La obra del ideal ascético se consuma cuando el deseo y el placer son puestos al servicio de la pulsión de muerte dirigida contra uno mismo. Se termina por desear no tener ya ningún deseo, y por sentir placer al no tenerlo. Elogio de la extinción, triunfo de la muerte. Paradójicamente, al poner la apetencia al servicio de esas causas corrompidas, se obtendrá una satisfacción circunstancial, que se pagará con una frustración por el resto de la vida. Querer el no-querer, apagar y aceptar las empresas de muerte dentro de uno, conduce a una especie de definición del eudemonismo a partir del placer negativo: se llega a considerar la felicidad como la ausencia de desdicha, la salud como ausencia de enfermedad o el placer como ausencia de deseo. La vida aparece como un hueco, vaciada y como un desierto triunfante que no deja de avanzar. Victoria de los designios pequeños y la ideología fúnebre, de los falsos placeres y los logros mezquinos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;Al hedonismo no le interesa el placer negativo: es voluntarismo estético dirigido hacia placeres positivos en virtud de los cuales la felicidad, la salud, aparecen como una afirmación, como vitalidad desbordante y práctica dispendiosa. Contra el proceso centrípeto que apunta al aniquilamiento en un punto animado por la muerte, es preciso impulsar un derroche centrífugo que tienda a una expansión hacia un mundo nutrido de energía, de vida y de fuerzas. Sólo se puede concebir el placer negativo en la hipótesis en que genere mayor placer que una satisfacción positiva cuyas consecuencias, paradójicamente, arruinarían el beneficio del goce por un costo excesivo. No gozar es un goce si el placer fuera seguido por un sufrimiento inevitable. Esta es también una lógica utilitarista. Y únicamente en esta perspectiva se puede preferir el placer negativo. Vuelve a aparecer el principio sutil según el cual la economía puede transformarse a veces en un derroche superior, sublimado. Evitar los sufrimientos, las penas, los dolores, es una obligación hedonista, y lo negativo no es consustancial al deseo, el placer no coincide intrínsecamente con la aflicción, como quieren hacer creer los partidarios de la moral ascética. En cambio, en la hipótesis en que se confirme la unión del género gozoso con las promesas de dolor, y solamente en ese caso, hay que preferir el renunciamiento, que procurará más satisfacciones que la persistencia en la empresa negativa. Habrá que preferir, pues, a Eros sobre Táñalos, las pulsiones de vida sobre las pulsiones de muerte. Elegir lo positivo, el encantamiento y la alegría contra lo negativo, la desesperación y la melancolía. El hedonismo es una oportunidad para la vida, una vía de acceso hacia la afirmación. Pero ¿qué hacer con el masoquista cuyo placer consiste en disfrutar de su incapacidad de gozar fuera de las lógicas del ideal ascético? Emblema de la perversión de esa barbarie, prototipo del depravado en el orden estético, puede procurar alegría a su semejante encontrando razones para sufrir más y así gozar mejor, y esto, en la mejor de las hipótesis. Sólo debería hacer contratos con sujetos que consintieran a sus empresas negativas. En ese caso, no habría nada inquietante ni anormal. Pero cuando se inscribe en la perspectiva del hedonismo vulgar, para su sola satisfacción, al precio de la negación del otro, entonces hay que circunscribirlo, sea evitándolo, sea arrojándolo a los bordes extremos de los círculos éticos que se habrán generado alrededor como ondas acústicas concéntricas. Se lo mantendrá a distancia, lo más lejos posible, por medio de una fuerza que servirá de contención a sus veleidades de incluir en sus empresas negativas a un sujeto contra su voluntad. Lo mismo puede decirse del sádico que tiende a los mismos fines desplazando el objetivo de sí mismo hacia los demás, y cuyo placer consiste en negar el del otro, y luego infligirle un dolor. Es autoritario el que se limita a gozar olvidando que el otro es también un sujeto cuyo goce debe desearse. En ese caso, y en ese orden de ideas, hay infracción al hedonismo. Limitado al registro ético, hay necesidad de excluir del propio mundo a esas figuras encarnadas de la muerte mediante una práctica aristocrática que apunta al aniquilamiento formal de tal sujeto; en cambio, en el terreno político, y por lo tanto, jurídico y social, pareciera que se impone un suplemento de acción, que proviene de otro orden, el político.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;Se llama sádica o masoquista a una persona cuando en ella priman esas tendencias. No obstante, es necesario saber que, en cuanto componentes y partes que estructuran un conjunto, esas palabras designan algo que actúa en cada uno de nosotros, en mayor o menor medida. Nadie escapa a esas pulsiones de muerte, alternativamente y según las circunstancias, contra él mismo o contra los otros. La ética hedonista es una tentativa de circunscribir esas partes malditas inaceptables. Efectivamente, merecen ser destruidas, despojadas de su capacidad de hacer daño, en la medida de lo posible. Fuera de esos casos, se trata de fuerzas para domar, y no pulsiones para destruir.&lt;/span&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-5360747019194710350?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/5360747019194710350/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=5360747019194710350' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/5360747019194710350'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/5360747019194710350'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/08/del-hedonismo-o-el-utilitarismo-gozoso.html' title='Del hedonismo o el utilitarismo gozoso. Por Michel Onfray'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-CYlKlrRdtRw/TkflXVlUtEI/AAAAAAAABmM/MvIigyjGcFU/s72-c/Onfray%2B1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-2286806387401629902</id><published>2011-08-11T03:59:00.000-07:00</published><updated>2011-08-11T04:02:11.841-07:00</updated><title type='text'>Historia natural del fracaso. Por Norbeto José Olivar</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-3L3-uC0z9m8/TkO2h8QLgJI/AAAAAAAABl0/jrYl6NrI4Y8/s1600/libro%2Bquemado.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 248px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-3L3-uC0z9m8/TkO2h8QLgJI/AAAAAAAABl0/jrYl6NrI4Y8/s400/libro%2Bquemado.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5639551852623921298" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;!--[if !mso]&gt; &lt;style&gt; v\:* {behavior:url(#default#VML);} o\:* {behavior:url(#default#VML);} w\:* {behavior:url(#default#VML);} .shape {behavior:url(#default#VML);} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:trackmoves&gt;false&lt;/w:TrackMoves&gt;   &lt;w:trackformatting/&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt; 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Que más de doscientas cuarenta mil personas se la hacen con éxito, cada año, en los Estados Unidos, pero aquello fue fin de mundo para mí. Primero, porque me consideraba muy joven para someterme a una operación que, entendía, era asunto de viejos. Y segundo; porque las estadísticas correspondían a Norteamérica y no al Hospital Universitario de Maracaibo que es donde fui a parar, pues, la cobertura del seguro médico no daba para más, ya que si por mí hubiera sido, habría preferido el Hospital Episcopal San Lucas en el Centro Médico de Texas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Lo cierto es que salí airoso del entuerto cardiovascular, después de tres días enteros en la Unidad de Terapia Intensiva y de un poco más de una semana de hospitalización. Y yo creía que había sido lo peor, pero de vuelta en casa comenzó la verdadera pesadilla con la desquiciante dieta y las fastidiosas caminatas prescritas. Repito, para los médicos aquello fue una rajadura más, para mí, en cambio, fue el Apocalipsis. Por primera vez sentí cerca a la muerte, por eso, antes de hospitalizarme, dejé todos mis asuntos legales y económicos lo más ordenados que pude y me despedí, con disimulo, de los que alcancé a ver. Lo único pendiente fue una cuestión exclusivamente literaria, y estaba mortificado porque sabía que existía la posibilidad de no salir con vida del quirófano.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;La cosa vino en una conversación que tuve con el poeta Valmore Muñoz en la fuente de soda Irama, unos días antes de que me sacaran el corazón:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—¿Sabéis que hay gente a la que le molesta la forma tus relatos?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—¿Cómo es eso? —dije sorprendido por la sinceridad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—No les gusta que en el relato se esté escribiendo otro relato, o esos vagabundeos desquiciantes en que caéis a veces. Dicen que al final no saben qué coño es lo que están leyendo, que deberías echar el cuento sin poner tantos parapetos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Lo miro y río. Respondo que es verdad, tienen toda la razón, pero es que me cuesta mucho trabajar una historia sin entrometerme. Recuerdo un encuentro de narradores organizado por la Fundación Andrés Mariño Palacio, uno de los pocos asistentes de esa noche preguntó que en dónde me ubicaba como novelista. Y echando mano de lo primero que me vino a la cabeza, dije, de sopetón: en la autoficción; un neologismo inventado por Serge Doubrovsky en 1977, según leí en alguna parte. Es cierto, también, que estos autores terminan siendo una «minoría» y sobran dedos para contar a sus lectores, pero en la literatura como en el amor, uno no decide de cuál lado está.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—¿Y qué carajo es la autoficción? —preguntó Valmore, mirando por encima de sus lentes.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—Es una operación inversa a lo que comúnmente se hace en narrativa —comencé a decir—. Por lo general, el escritor da veracidad a la ficción, que la mentira parezca verdadera. En el caso de la autoficción, los hechos reales, la biografía del autor, son construidos como si fueran ficciones, es decir, deben tener apariencia de falsos, pero que sean totalmente creíbles. El narrador convierte en literatura lo que le rodea, incluso a él mismo, como hizo Paul Auster en &lt;i style=""&gt;La ciudad de cristal&lt;/i&gt;:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;&lt;span style=""&gt;                  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="line-height: 200%;font-family:&amp;quot;;font-size:10pt;"  &gt;—¿Oiga? —dijo la voz.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="line-height: 200%;font-family:&amp;quot;;font-size:10pt;"  &gt;&lt;span style=""&gt;                       &lt;/span&gt;—¿Quién es? —preguntó Quinn.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="line-height: 200%;font-family:&amp;quot;;font-size:10pt;"  &gt;&lt;span style=""&gt;                       &lt;/span&gt;—¿Oiga? —repitió la voz.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="line-height: 200%;font-family:&amp;quot;;font-size:10pt;"  &gt;&lt;span style=""&gt;                       &lt;/span&gt;—Le estoy escuchando —dijo Quinn—. ¿Quién es?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="line-height: 200%;font-family:&amp;quot;;font-size:10pt;"  &gt;&lt;span style=""&gt;                       &lt;/span&gt;—¿Es usted Paul Auster? —preguntó la voz—. Quisiera hablar con el señor &lt;span style=""&gt;                         &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;                 &lt;/span&gt;Paul Auster.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="line-height: 200%;font-family:&amp;quot;;font-size:10pt;"  &gt;&lt;span style=""&gt;                       &lt;/span&gt;—Aquí no hay nadie que se llame así.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="line-height: 200%;font-family:&amp;quot;;font-size:10pt;"  &gt;&lt;span style=""&gt;                       &lt;/span&gt;—Paul Auster. De la Agencia de Detectives Auster.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="line-height: 200%;font-family:&amp;quot;;font-size:10pt;"  &gt;&lt;span style=""&gt;                       &lt;/span&gt;—Lo siento —dijo Quinn—. Debe haberse equivocado de número.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;&lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;—¿Renunciaste al placer de contar una historia sin estarte entrometiendo?, ¿no podéis crear un universo de ficción ajeno a vos?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—No lo sé —dije avergonzado, a punto de&lt;i style=""&gt; &lt;/i&gt;la depresión.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Me sentía aporreado y débil, pero el doctor había asegurado que en unos días todo cambiaría. Que mi corazón estaba perfecto, que las obstrucciones habían sido arregladas y que no había motivos para oscuros presagios. Sin embargo, me movía con miedo, como si algo se fuera a soltar por dentro, creyendo que si hacía algún esfuerzo repentino me descosería sin remedio. Pero con los días agarré más confianza y volvió el ansia de aquel entuerto respecto a mis relatos. Y, dadas las condiciones en las que estaba, suspendido de mis actividades universitarias y eximido, por los momentos, de todas mis responsabilidades cotidianas, pensé que lo único que podía hacer era encerrarme en mi estudio a escribir una historia tal cual la esperaban.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Saqué de la gaveta de mi mesa un cuaderno azul, de tapas duras, que había comprado varias semanas atrás y empuñé un bolígrafo Pentel, punta 0.8, de gel negro, con la firme intención de arrancar con ese fulano ejercicio narrativo. De seguida caigo en cuenta de que estoy haciendo lo mismo que Sydney Orr, el personaje de Paul Auster en &lt;i style=""&gt;La noche del oráculo&lt;/i&gt; y recuerdo que Vila-Matas dice que él tiende a realizar las mismas cosas que hacen sus personajes. Yo, en cambio, más patético, imito a los personajes de otros autores, me anulo y me convierto en ficción: Al igual Sydney Orr, escribo en un cuaderno azul, él lo había comprado en el Palacio de Papel, propiedad de un tal M. R. Chang; yo, en la Nacho del lado sur de la ciudad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—Te prometo que en la próxima historia que escriba no me voy a meter —juré ante Valomre esa vez. Él se echó a reír y dijo que le gustaría que lo intentara. Entonces citó algo que decía Bioy Casares y que había leído en un artículo de Sergio Pitol: «De la única influencia de la que uno debe defenderse es de la de uno mismo» y le va razón, pero yo no estaba seguro de poder lograrlo. No obstante, ¿por qué tenía que ser complaciente? La respuesta era obvia, quería lectores, así que terminó siendo un asunto de mercado y vanidad. Pero sería injusto conmigo si no dijera que también había un reto en todo aquello. Las palabras de Valmore fueron duras y estimulantes.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Allí estaba yo, con el pecho recién abierto en una cómoda silla ejecutiva, frente a mi mesa, con el cuaderno azul y con el bolígrafo en ristre, pensando en todo esto, sabiendo que lo restregado era una cuestión elemental de la literatura, y si no podía hacerlo qué clase de escritor era. Pamuk dice que a fuerza de escribir, convertimos ese segundo mundo que hemos creado en algo mucho más amplio, completo y detallado. Me pregunto frustrado y avergonzado, si aquello de la inexistencia de un universo propio será verdad…&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Habíamos dicho que igual se trataba de un reto, y que si me consideraba un escritor profesional y no un poeta de cafetín, podía escribir en la forma que fuera. No necesitaba ni inspiración ni que los demonios me poseyeran. Un profesional sólo tiene que sentarse y punto. Quizás Coleridge haya experimentado algún escalofrío sobrenatural cuando escribió su poema &lt;i style=""&gt;Kubla Khan&lt;/i&gt;, pero eso no significa que tenga que ser así, yo también me he lanzado algunas líneas borracho y han quedado de «puta madre», pero no es la norma.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;¿Contar una historia?&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Ortega y Gasset decía que en la novela, la trama, digamos el cuento o la anécdota, no es la sustancia, la esencia de lo novelesco no está en lo que pasa sino en lo que &lt;i style=""&gt;no&lt;/i&gt; es &lt;i style=""&gt;pasar algo&lt;/i&gt;, la trama es un mero pretexto. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Ahora, la anécdota puede tener un efecto revelador, hasta liberador, al presentar otras posibilidades y otras perspectivas, haciendo un trabajo a la inversa: el autor puede prescindir de la psicología del personaje y revelar sus contradicciones a través de la misma trama, no es un ejercicio despreciable, de hecho, es lo que intenté en mis primeros relatos, que a estas alturas no sé si lo habré logrado, pero, en todo caso, es una andadura válida como todo en la novela.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Estoy ocultando, sin motivo aparente, que la observación hecha por Valmore me había saltado en cara hacía un año: Un día, caminando por la avenida Bella Vista —había accedido a ejercitar un poco a ver si me libraba de la operación—, a la altura de donde estuvo el castillo de Lucas Rincón, me cuestioné como sigue: ¿por qué en mis novelas había siempre un escritor escribiendo?, ¿por qué los relatos daban tantos saltos que llegaban a quebrar la paciencia del lector?, ¿y por qué tenían que perderse en otros relatos y derivas del pensamiento que emergían como accidentes? La respuesta que cayó encima, esto lo digo con sinceridad, es que soy incapaz de mantener la intensidad, el ritmo y la claridad si me lanzara de corrido, necesito bajar el telón cada cierto tiempo para conservar las fuerzas. Entonces me hice una última interrogante: ¿Y si me encerraba a escribir una novela más o menos lineal y sin brincos ni relatos subterráneos?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Entré al Habana Lunch y pedí un café negro y agua. «Está decidido», pensé sorbiendo, de a poco, el café. En un instante casi mágico, sin nubarrones, vi lo que tenía que escribir y de inmediato mi cerebro empezó a trabajar en el asunto: Haría cosa de dos años, en una de esas limpiezas de biblioteca que les encanta hacer a los profesores jubilados, el filósofo Antonio Pérez Estévez me obsequió la primera edición francesa de la novela-testimonio de Henri Charrière, &lt;i style=""&gt;Papillon&lt;/i&gt;. Estaba editada por Robert Laffont, en 1969, saliendo a la calle el mismo día que lo gringos llegaban a la luna, supuestamente. La novela estaba incorporada a la Collection Vecu, con una portada preciosa de Jacques Bourgeas y una foto del autor en la contratapa, hecha por Eilen Tweedy. Pérez Estévez me lo puso en las manos y dijo que como novela dejaba mucho que desear, pero que era una historia impactante que nunca olvidaría, que sólo por eso valía la pena leerla. Yo la conocía porque había visto la película de Franklin Schaffaer que protagonizaron Steve McQueen y Dustin Hoffman, en 1973, con la colaboración del propio Papillon en el guión. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Hasta aquí la cosa seguía sin importar mucho, pero Pérez Estévez añadió un detalle que lo cambió todo:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—¿Sabías que Papillon vivió algunos años en Maracaibo?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—No lo sabía, doctor —dije sorprendido en mi ignorancia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—Y dicen que nunca dejó de ser un pillo.&lt;/span&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; Después de escapar de las Islas de Salvación llegó a Ciudad Guayana y lo encerraron en El Dorado. Al salir en libertad trabajó un tiempo de minero, se fue a Caracas y acabó enredado en la intentona del coronel Mendoza contra Gallegos, así que vino a esconderse en Maracaibo como ayudante de la dueña del Hotel Normandía. Si no recuerdo mal, casi asalta la joyería de Salvador Cupello y el Royal Bank of Canadá. Hasta trabajó de cocinero en la &lt;/span&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Richmond. &lt;/span&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Me parece que ahí tienes un tronco de filón para una novela, ¿no te parece?.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;—Claro, doctor —dije agradecido. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Guardé el ejemplar de &lt;i style=""&gt;Papillon&lt;/i&gt;, en francés, en uno de los estantes y olvidé el asunto, pero pasado el café en el Habana Lunch, de regreso en casa, me lancé sobre la mesa a organizarme y a cumplir con lo propuesto.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;&lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;Lo primero, como siempre, fue ir a Panorama que es el único diario disponible de aquellos días. El primer titular que encontré me gustó bastante: &lt;i style=""&gt;Papillon anuncia novela sobre los bajos fondos y alta sociedad de Maracaibo&lt;/i&gt;. Luego apareció otro mejor: &lt;i style=""&gt;Yo viví en el Zulia como un Maracucho, nunca como un musiú&lt;/i&gt;. Había comenzado a dibujarse el personaje y sus circunstancias. El próximo paso fue leer &lt;i style=""&gt;Papillon&lt;/i&gt; y sacar una cronología de su vida, de los espacios y los tiempos que le tocó vivir, y todos aquellos aspectos que ayudaran a entender su personalidad y sus decisiones. Ahora, como no conozco ni «p» de francés, tuve que buscarla en español. Conseguí un ejemplar de la cuarta edición de Plaza &amp;amp; Janes, de abril de 1970, una traducción de Domingo Pruna y Vicente Villacampa. Todo había sido relativamente fácil, pero pasados unos días, habiendo leído la exitosa novela de Charrière, me di cuenta de que tenía que dar con su segundo libro, &lt;i style=""&gt;Banco&lt;/i&gt;, pues allí estaba parte de su crónica en la ciudad. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;img src="file:///C:/Users/Valmore/AppData/Local/Temp/moz-screenshot-1.png" alt="" /&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Lo intenté primero por internet pero fue imposible. Según pude averiguar, esa segunda obra no había tenido la aceptación esperada y hacía más difícil las posibilidades de conseguirla. Sin esperanza, rodé hasta el Emporio del libro, una venta de viejo y le pregunté a Carlo Maglione, el propietario, si lo tenía. Lo buscó en la computadora y dijo que no, que nunca le había llegado, añadió planchándose con la mano su larga barba blanca. Ante esa decepción, que no fue tanto porque la esperaba y aprovechando que ya estaba allí, revisé pasillo por pasillo a ver si topaba con algo interesante. Vi muchas ediciones de &lt;i style=""&gt;Papillon&lt;/i&gt;, incluso del Círculo de Lectores, pero no añadían nada a la de Plaza &amp;amp; Janes de 1970. Y cuando empezaba a fastidiarme, encontré un libro de Bruguera, de formato pequeño y con tapas duras, de un tal George Ménager, titulado &lt;i style=""&gt;Las cuatro verdades de Papillon&lt;/i&gt;, era un estudio detallado, con documentos de por medio, del proceso que se le había seguido a Henri Charrière. En jerga de historiadores, me había hecho de fuentes primarias. Mejor no podían ir las cosas. Cogí el libro como quien consigue un billete en la calle y volví sobre mis pasos, pero antes de salir del pasillo atestado de libros y polvo, vi entre los autores agrupados bajo las letras «ch» un libro de tapas blancas que en el lomo decía: Henri Charrière &lt;i style=""&gt;Banco&lt;/i&gt; y el logo de Plaza &amp;amp; Janes&lt;/span&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8115935261621637642#_ftn1" name="_ftnref1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;*&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;. ¡Increíble, la segunda novela de Papillon también estaba!, ¿pero cómo, si Maglione había dicho que no la tenía? Las explicaciones pueden ser varias: una, la más obvia, que el inventario no estaba actualizado, dos, que Maglione la hubiera negado —por las cuestiones que fuera—, y tres, la mano invisible de la literatura estaba ayudando descaradamente. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 17.85pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;El siguiente paso fue buscar a quienes lo habían conocido, pero por desgracia, la mayoría estaban muertos. Los demás apenas si tenían algo que decir. Y como es imposible dar con todos los que pudieran conocer a alguien en una vida —dicen que unas 1700 personas en promedio—, pues la vía de la oralidad se hizo dificultosa. En adelante tenía que apañármelas con libros, crónicas periodísticas, algunos videos y, como es lógico, con la imaginación. Sin imaginación no hay literatura ni historia, tal cosa fue dicha por Mommsem y Burckhardt, así que no se crea que soy el único que anda en esta onda: la historia es tan literatura como la literatura tan historia. Esto me recuerda un encuentro de historiadores, donde el doctor Lombardi Boscán dijera, que hacer historia sin documentos es imposible, a menos que inventaran como yo. El auditorio soltó una risotada maligna que me dolió hasta en los riñones, pero que demostraba que los académicos de la universidad estaban muy lejos de superar esa insensata idolatría por las fuentes, sobre todo las escritas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Había llegado al punto en que no hay nada más que hacer sino empezar a escribir. Y quienes han escrito novelas y los que intentan escribir alguna, saben que este es el momento más terrible del proceso, porque estas primeras líneas van a imponer el ritmo, el tono, el lenguaje, el narrador, los anzuelos para atrapar al lector. En la práctica, la novela se define en esta encrucijada. Wislawa Szymborska, en su discurso de aceptación del premio Nobel, dijo: «Se dice que en un discurso lo más difícil es la primera frase... Pues ya la dije... Pero presiento que las que siguen van a ser igualmente difíciles, la tercera, la sexta, la décima, hasta la última, ya que debo hablar sobre poesía». No es que el resto sea fácil, cierto, pero esas primeras líneas hacen la cabeza cuadritos a cualquiera. Pero hay arranques magistrales, por ejemplo: «He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado…», o, «Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz del otro lado preguntó por alguien que no era él», o, «Para ser un hombre de su edad, cincuenta y dos años y divorciado, a su juicio ha resuelto bastante bien el problema del sexo», o, «Fue entonces cuando vi el péndulo», o, «Cuando le abrieron la puerta entró sin saludar, subió la escalera, cruzó la segunda planta, llegó al cuarto del fondo, se desplomó en la cama y cayó en coma», o, «Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares más cercanos han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa»…&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Como podrán constatar, los escritores han dejado los sesos en estos inicios. En lo particular, siempre he creído que las primeras líneas de una novela son un misterio, el &lt;i style=""&gt;abracadabra&lt;/i&gt; de la aventura, oscura o luminosa, que nos aguarda: es la condensación del universo narrativo que vamos a descubrir. Esto me ha obsesionado de tal manera que, hace años, intenté escribir un libro con los principios de todas las novelas que me habían gustado. Llené un cuaderno de actas de trescientos folios —aún anda por ahí—, pero luego no sabía cómo dar forma al asunto, ha sido una de las cosas más divertidas y locas que he hecho en mi vida. Quizás algún día me anime a publicarlo y lo llamaría, sin duda, &lt;i style=""&gt;El libro de los inicios&lt;/i&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;El lector podrá imaginar, entonces, los escalofríos que paso para empezar una novela. Y bueno, esta de Papillon no fue la excepción. Hasta por la nariz me reventó la sangre mientras daba vueltas a las palabras que debía usar. Esas palabras tenían que estar acordes con el personaje y con las cosas que quería decir, porque después de que el bolígrafo desplegara sus trazos sobre el cuaderno, muchas ideas quedarían por fuera, y seguro, se colarían otras que ni siquiera había sospechado. Esta es una de las tantas desgracias de sentarse a escribir, una vez que arrancamos se cierne un orden dictatorial sobre las pretensiones del autor.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Ya había amainado la resolana y soplaba una brisa lacustre. Me puse una sudadera, un suéter amarillo y salí a comprar una resma de papel para la impresora. La caminata serviría también para desentumecer la espalda por las horas que estuve escribiendo de corrido y para cumplir mi condena pos operatoria.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Caminé hasta la avenida dos y anduve despacio, disfrutando del viento. Entré a la papelería El Baratillo, saludé al propietario, un hombre robusto y blanco al que llaman El Catire, pedí el papel y salí de regreso. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Me provocó un café y desvié el rumbo hasta la fuente de soda Irama en la calle F. Estuve un poco más de una hora pensando cosas en la mesa veintitrés. También pedí un plato de frutas para cenar y divagué en las posibilidades de una segunda versión. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;La escritora Anta Teresa Torres se escandalizó cuando le dije que había quemado una novela porque las lecturas no habían sido favorables. Me aseguró que ella jamás había hecho algo así, que sus novelas las lee ella y si le gusta, las publica y listo. A lo mejor yo debería hacer lo mismo con esta, la acabo, la leo, y si me parece, pues la meto a imprenta, pero ya imagino alguna gente diciéndome sus pareceres, como el día que fui a la inauguración de la nueva sede de la Biblioteca Pública y se acercó el periodista de cultura de Panorama y me dijo sin venir a cuento, ¿qué por qué yo publicaba tanto?&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8115935261621637642#_ftn2" name="_ftnref2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:12pt;"  &gt;[1]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; Lo expresó en el tono en que se reclama una cosa mala y me dejó con la barriga revuelta. En fin, con esa opinión, es claro que me viera como a una caricatura de escritor. No voy a ocultar el desánimo que produjo el asunto, pero había terminado por acostumbrarme a este tipo de valoraciones. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Luego de otro café, pagué la cuenta y regresé a casa. Me puse cómodo y revisé el correo electrónico. Al principio no podía creer lo que estaba viendo, pero efectivamente, había un e-mail del escritor Enrique Vila-Matas. Hacía cosa de un par de meses, poco antes de tomar en serio el asunto de la operación, había terminado un relato un poco extraño donde este autor era, prácticamente, el protagonista, también me había apropiado de algunos de los personajes de sus novelas sin ningún pudor. Así que pensé que el asunto podía chocarle, pero sabía que existía una flaca posibilidad de que aquello terminara siendo de su agrado. Comoquiera, dije en una carta que podía cerrar para desmentirme o lo que sea. Escrito lo anterior, me armé de valor y envié una copia del manuscrito a su editorial en Barcelona. Y bueno, al parecer, ahí estaba la respuesta frente a mí. Miré el e-mail unos cuantos segundos sin tocarlo, pensando que aquello podía ser un desastre. Lo descargué de inmediato a &lt;i style=""&gt;mis documentos&lt;/i&gt; y leí poseído por una ansiedad desquiciante. Decía que mi trabajo le había gustado por lo que tenía de vagabundeo, que era una bella deriva por el mundo de la muerte a mano propia, y que pasaba por alto, por supuesto, que en mi melancólico libro él acababa suicidándose. Su escrito no podía ser mejor para cerrar el mío, así que me di por satisfecho y hasta reconfortado en medio de los desprecios que se van acumulando y que terminan haciéndolo sentir a uno como un esperpento. Tanto me animó el e-mail, que fui a trabajar de nuevo, a sabiendas de que me estaba sometiendo a una situación no muy recomendable para alguien al que le han sacado el corazón. &lt;/span&gt;&lt;span style="" lang="ES-AR"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;"  lang="ES-AR"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Decidí antes que las primeras líneas, que el título de la novela sería: &lt;i style=""&gt;Las aventuras del musiú Papillon en Maracaibo&lt;/i&gt;. No siempre se sugiere un título de entrada, pero esta vez, el saberlo podría ayudar en los&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;devaneos de su hechura.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Había decidido también que el narrador estuviera en &lt;i style=""&gt;tercera persona&lt;/i&gt; y, quizás, no tenía claro aún, algunos párrafos en &lt;i style=""&gt;segunda&lt;/i&gt; para lograr entablar ciertos diálogos con el personaje. Todo esto tenía que estar precisado para poder parir esas primeras líneas, sino andaría a la deriva más de lo que puede ser recomendable a la hora de escribir.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Pero ahí estaba, decidido a contar una historia por el sólo placer de contarla. Nada de rebusques narrativos, un asunto muy elemental, como diría Jean-François Revel en &lt;i style=""&gt;Papillon o la literatura oral&lt;/i&gt;: «… se llega al fondo mismo de la narración, la narración en estado puro, en el que todo es relato. Actos, pensamientos, palabras, marcados por un mismo carácter de espontaneidad o, más bien, de una extraña mezcla de premeditación y espontaneidad, están todos presentes y no pueden ser más que acontecimientos. La intención aquí es siempre un hecho. Pensar, realizar un gesto, tienen la misma concreción que invade al individuo. El ser humano es lo que acude bruscamente al espíritu, lo que ha dicho a un compañero o lo que él ejecuta y, a cada instante, no es más que eso. Así que no hay en el universo de &lt;i style=""&gt;Papillon&lt;/i&gt; diferencias de intensidad».&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Igual llegó la hora de dar forma al personaje. Según Philippe Hamon, este es el soporte de las conservaciones y transformaciones de un relato y, de acuerdo a Edward Morgan Forster, pueden ser planos o redondos. Dice que una novela necesita de ambos, así, los conflictos plasmados en el texto se asemejan a la realidad. El caso de Dickens es significativo porque sus personajes «son casi todos planos (Pip o David Copperfield intentan ser redondos, pero de una manera tan tímida que más que cuerpos sólidos parecen pompas)… quienes no gustan de Dickens tienen excelentes argumentos. Debería ser un mal escritor. En realidad es uno de los más grandes, y su éxito en la creación de tipos sugiere que los personajes planos pueden tener más relevancia de la que admiten los críticos intransigentes».&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Y debo decir que esa vez que pensé en escribir una historia ajena a mí, sin las acostumbradas truculencias narrativas, me senté en mi mesa y escribí la condenada novela completica. La llamé, efectivamente, como ya dije que se llamaría, &lt;i style=""&gt;Las aventuras del musiú Papillon en Maracaibo&lt;/i&gt;, pero luego de varias lecturas aquello fue un desastre y terminé quemándola, que en realidad es un decir, porque lo que hice fue dar &lt;i style=""&gt;suprimir&lt;/i&gt; al archivo digital y destruir las impresiones.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;En aquella primera versión de &lt;i style=""&gt;Las aventuras…&lt;/i&gt; traté, conforme a lo expuesto, de que las primeras líneas fueran impactantes. Como aún las recuerdo con una precisión enfermiza, aquí se las dejo para que juzguen: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;«Cogiste el estuche de aluminio pulido, de unos diez centímetros por una pulgada y te lo metiste por el culo. Lo más adentro que cupo. Te lo había llevado tu mujercita Nènette, con cinco mil seiscientos francos en billetes nuevecitos y bien enrollados por dentro. Fuiste al baño y de cuclillas, embadurnándolo con saliva, lo resguardaste en tus adentros. Los ibas a necesitar porque desde antes de salir a Cayena —por haber asesinado a Roland Legrand — y de ahí a las Islas de Salvación, habías decidido fugarte a la primera oportunidad. Y para eso necesitabas muchos cobres, Papillon …muchos cobres».&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 18pt; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;" &gt;Pero esto es pasado. Ahora estaba en mi mesa, con el pecho recién cosido, sintiéndome tan frágil como un anciano achacoso y dispuesto a empezar una segunda versión de &lt;i style=""&gt;Las aventuras&lt;/i&gt; sólo para sentirme vivo, para creer que de alguna manera me le escapo a la muerte. He escuchado que luego de ir a un velorio, la gente intenta hacer algo placentero, que los haga sentir a gusto y uno de esos escapes predilectos es hacer el amor. Lamentablemente mi cuerpo no permite semejante lujo, así que sólo me queda escribir. Y eso hago, aquí y ahora, en este cuaderno de tapas azules. Sin embargo, pese a esta teoría del placer, lo que estoy a punto de iniciar me está helando la sangre por el miedo de volver a naufragar. No creo que pueda soportarlo, pero es falso, porque siempre hay que aguantarse lo que sea. Lo peor sería reconocer una limitación muy grave para alguien que se dice &lt;i style=""&gt;escritor&lt;/i&gt;. Aunque lo común en este oficio es ir de fracaso en fracaso. Y reincidir.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div style=""&gt;   &lt;hr align="left" size="1" width="33%"&gt;    &lt;div style="" id="ftn1"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8115935261621637642#_ftnref1" name="_ftn1" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style="font-family:Symbol;"&gt;&lt;span style=""&gt;*&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; &lt;span style="" lang="ES-VE"&gt;Se publicó en español en 1973 y en francés, en 1972, en la casa editora de Robert Laffon.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div style="" id="ftn2"&gt;  &lt;p class="MsoFootnoteText"&gt;&lt;a style="" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8115935261621637642#_ftnref2" name="_ftn2" title=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span class="MsoFootnoteReference"&gt;&lt;span style=";font-family:&amp;quot;;font-size:10pt;"  &gt;[1]&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; &lt;span style="" lang="ES-VE"&gt;En esos días había salido a la calle un relato sobre piratas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8115935261621637642-2286806387401629902?l=entreshandysybartlebys.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/feeds/2286806387401629902/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8115935261621637642&amp;postID=2286806387401629902' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/2286806387401629902'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8115935261621637642/posts/default/2286806387401629902'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://entreshandysybartlebys.blogspot.com/2011/08/historia-natural-del-fracaso-por.html' title='Historia natural del fracaso. Por Norbeto José Olivar'/><author><name>Valmore Munoz Arteaga</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08013857335920589076</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_MhTId3NhzHk/S9mXIm_70mI/AAAAAAAABBI/tEztM4KucgU/S220/Valmore+Mu%C3%B1oz+Arteaga.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-3L3-uC0z9m8/TkO2h8QLgJI/AAAAAAAABl0/jrYl6NrI4Y8/s72-c/libro%2Bquemado.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8115935261621637642.post-1915663707929644406</id><published>2011-08-09T09:28:00.001-07:00</published><updated>2011-08-09T09:30:45.761-07:00</updated><title type='text'>Tractat del Lobo Estepario. Por Hermann Hesse</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/--Uu9zSlynqg/TkFgqnEXqGI/AAAAAAAABls/CM8kL55jN0o/s1600/hermann_hesse.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 288px; height: 400px;" src="http://1.bp.blogspot.com/--Uu9zSlynqg/TkFgqnEXqGI/AAAAAAAABls/CM8kL55jN0o/s400/hermann_hesse.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5638894493602654306" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo. Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa. Que discutan los inteligentes acerca de si era en realidad un lobo, si en alguna ocasión, acaso antes de su nacimiento ya, había sido convertido por arte de encantamiento de lobo en hombre, o si había nacido desde luego hombre, pero dotado del alma de un lobo estepario y poseído o dominado por ella, o por último, si esta creencia de ser un lobo no era más que un producto de su imaginación o de un estado patológico. No dejaría de ser posible, por ejemplo, que este hombre, en su niñez, hubiera sido acaso fiero e indómito y desordenado, que sus educadores hubiesen tratado de matar en él a la bestia y precisamente por eso hubieran hecho arraigar en su imaginación la idea de que, en efecto, era realmente una bestia, cubierta sólo de una tenue funda de educación y sentido humano. Mucho e interesante podría decirse de esto y hasta escribir libros sobre el particular; pero con ello no se prestaría servicio alguno al lobo estepario, pues para él era completamente indiferente que el lobo se hubiera introducido en su persona por arte de magia o a fuerza de golpes, o que se tratara sólo de una fantasía de su espíritu. Lo que los demás pudieran pensar de todo esto, y hasta lo que él mismo de ello pensara, no tenía valor para el propio interesado, no conseguiría de ningún modo ahuyentar al lobo de su persona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas, una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso hubiesen tenido mayores dificultades en la vida. En esta clase de personas vivían el hombre y el zorro, o el hombre y el pez, el uno junto al otro, y ninguno de los dos hacía daño a su compañero, es más, se ayudaban mutuamente, y en muchos hombres que han hecho buena carrera y son envidiados, fue más el zorro o el mono que el hombre quien hizo su fortuna. Esto lo sabe todo el mundo. En Harry, por el contrario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en odio constante y mortal, y cada uno vivía exclusivamente para martirio del otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible. Pero en fin, cada uno tiene su suerte, y fácil no es ninguna.&lt;br /&gt;Ahora bien, a nuestro lobo estepario ocurría, como a todos los seres mixtos, que, en cuanto a su sentimiento, vivía naturalmente unas veces como lobo, otras como hombre; pero que cuando era lobo, el hombre en su interior estaba siempre en acecho, observando, enjuiciando y criticando, y en las épocas en que era hombre, hacía el lobo otro tanto. Por ejemplo, cuando Harry en su calidad de hombre tenía un bello pensamiento, o experimentaba una sensación noble y delicada, o ejecutaba una de las llamadas buenas acciones, entonces el lobo que llevaba dentro enseñaba los dientes, se reía y le mostraba con sangriento sarcasmo cuán ridícula le resultaba toda esta distinguida farsa a un lobo de la estepa, a un lobo que en su corazón tenía perfecta conciencia de lo que le sentaba bien, que era trotar solitario por las estepas, beber a ratos sangre o cazar una loba, y desde el punto de vista del lobo toda acción humana tenía entonces que resultar horriblemente cómica y absurda, estúpida y vana. Pero exactamente lo mismo ocurría cuando Harry se sentía lobo y obraba como tal, cuando le enseñaba los dientes a los demás, cuando respiraba odio y enemiga terribles hacia todos los hombres y sus maneras y costumbres mentidas y desnaturalizadas. Entonces era cuando se ponía en acecho en él precisamente la parte de hombre que llevaba, lo llamaba animal y bestia y le echaba a perder y le corrompía toda la satisfacción en su esencia de lobo, simple, salvaje y llena de salud.&lt;br /&gt;Así estaban las cosas con el lobo estepario, y es fácil imaginarse que Harry no llevaba precisamente una vida agradable y venturosa. Pero con esto no se quiere decir que fuera desgraciado en una medida singularísima (aunque a él mismo así le pareciese, como todo hombre cree que los sufrimientos que le han tocado en suerte son los mayores del mundo). Esto no debiera decirse de ninguna persona. Quien no lleva dentro un lobo, no tiene por eso que ser feliz tampoco. Y hasta la vida más desgraciada tiene también sus horas luminosas y sus pequeñas flores de ventura entre la arena y el peñascal. Y esto ocurría también al lobo estepario. Por lo general era muy desgraciado, eso no puede negarse, y también podía hacer desgraciados a otros, especialmente si los amaba y ellos a él. Pues todos los que le tomaban cariño, no veían nunca en él más que uno de los dos lados. Algunos le querían como hombre distinguido, inteligente y original y se quedaban aterrados y defraudados cuando de pronto descubrían en él al lobo. Y esto era irremediable, pues Harry quería, como todo individuo, ser amado en su totalidad y no podía, por lo mismo, principalmente ante aquellos cuyo afecto le importaba mucho, esconder al lobo y repudiarlo. Pero también había otros que precisamente amaban en él al lobo, precisamente a lo espontáneo, salvaje, indómito, peligroso y violento, y a éstos, a su vez, les producía luego extraordinaria decepción y pena que de pronto el fiero y perverso lobo fuera además un hombre, tuviera dentro de sí afanes de bondad y de dulzura y quisiera además escuchar a Mozart, leer versos y tener ideales de humanidad. Singularmente éstos eran, por lo general, los más decepcionados e irritados, y de este modo llevaba el lobo estepario su propia duplicidad y discordia interna también a todas las existencias extrañas con las que se ponía en contacto.&lt;br /&gt;Quien, sin embargo, suponga que conoce al lobo estepario y que puede imaginarse su vida deplorable y desgarrada, está, no obstante, equivocado, no sabe, ni con mucho, todo. No sabe (ya que no hay regla sin excepción y un solo pecador es en determinadas circunstancias preferido de Dios a noventa y nueve justos) que en el caso de Harry no dejaba de haber excepciones y momentos venturosos, que él podía dejar respirar, pensar y sentir alguna vez al lobo y alguna vez al hombre con libertad y sin molestarse, es más, que en momentos muy raros, hacían los dos alguna vez las paces y vivían juntos en amor y compañía, de modo que no sólo dormía el uno cuando el otro velaba, sino que ambos se fortalecían y cada uno de ellos redoblaba el valor del otro. También en la vida de este hombre parecía, como por doquiera en el mundo, que con frecuencia todo lo habitual, lo conocido, lo trivial y lo ordinario no habían de tener más objeto que lograr aquí o allí, un intervalo aunque fuera pequeñísimo, una interrupción, para hacer sitio a lo extraordinario, a lo maravilloso, a la gracia. Si estas horas breves y raras de felicidad compensaban y amortiguaban el destino siniestro del lobo estepario, de manera que la ventura y el infortunio en fin de cuentas quedaban equiparados, o si acaso todavía más, la dicha corta, pero intensa de aquellas pocas horas absorbía todo el sufrimiento y aun arrojaba un saldo favorable, ello es de nuevo una cuestión, sobre la cual la gente ociosa puede meditar a su gusto. También el lobo meditaba con frecuencia sobre ella, y éstos eran sus días más ociosos e inútiles.&lt;br /&gt;A propósito de esto, aún hay que decir una cosa. Hay bastantes personas de índole parecida a como era Harry; muchos artistas principalmente pertenecen a esta especie. Estos hombres tienen todos dentro de sí dos almas, dos naturalezas; en ellos existe lo divino y lo demoníaco, la sangre materna y la paterna, la capacidad de ventura y la capacidad de sufrimiento, tan hostiles y confusos lo uno junto y dentro de lo otro, como estaban en Harry el lobo y el hombre. Y estas personas, cuya existencia es muy agitada, viven a veces en sus raros momentos de felicidad algo tan fuerte y tan indeciblemente hermoso, la espuma de la dicha momentánea salta con frecuencia tan alta y deslumbrante por encima del mar del sufrimiento, que este breve relámpago de ventura alcanza y encanta radiante a otras personas. Así se producen, como preciosa y fugitiva espuma de felicidad sobre el mar de sufrimiento, todas aquellas obras de arte, en las cuales un solo hombre atormentado se eleva por un momento tan alto sobre su propio destino, que su dicha luce como una estrella, y a todos aquellos que la ven, les parece algo eterno y como su propio sueño de felicidad. Todos estos hombres, llámense como se quieran sus hechos y sus obras, no tienen realmente, por lo general, una verdadera vida, es decir, su vida no es ninguna esencia, no tiene forma, no son héroes o artistas o pensadores a la manera como otros son jueces, médicos, zapateros o maestros, sino que su existencia es un movimiento y un flujo y reflujo eternos y penosos, está infeliz y dolorosamente desgarrada, es terrible y no tiene sentido, si no se está dispuesto a ver dicho sentido precisamente en aquellos escasos sucesos, hechos, ideas y obras que irradian por encima del caos de una vida así. Entre los hombres de esta especie ha surgido el pensamiento peligroso y horrible de que acaso toda la vida humana no sea sino un tremendo error, un aborto violento y desgraciado de la madre universal, un ensayo salvaje y horriblemente desafortunado de la naturaleza. Pero también entre ellos es donde ha surgido la otra idea de que el hombre acaso no sea sólo un animal medio razonable, sino un hijo de los dioses y destinado a la inmortalidad.&lt;br /&gt;Toda especie humana tiene sus caracteres, sus sellos, cada una tiene sus virtudes y sus vicios, cada una, su pecado mortal. A los caracteres del lobo estepario pertenecía el que era un hombre nocturno. La mañana era para él una mala parte del día, que le asustaba y que nunca le trajo nada agradable. Nunca estuvo verdaderamente contento en una mañana cualquiera de su vida, nunca hizo nada bueno en las horas antes de mediodía, nunca tuvo buenas ocurrencias ni pudo proporcionarse a sí mismo ni a los demás alegrías en esas horas. Sólo en el transcurso de la tarde se iba entonando y animando, y únicamente hacia la noche se mostraba, en sus buenos días, fecundo, activo y a veces fogoso y alegre. Nunca ha tenido hombre alguno una necesidad más profunda y apasionada de independencia que él. En su juventud, siendo todavía pobre y costándole trabajo ganarse el pan, prefería pasar hambre y andar con los vestidos rotos, si así salvaba un poco de independencia. No se vendió nunca por dinero ni por comodidades, nunca a mujeres ni a poderosos; más de cien veces tiró y apartó de sí lo que a los ojos de todo el mundo constituía sus excelencias y ventajas, para conservar en cambio su libertad. Ninguna idea le era más odiosa y horrible que la de tener que ejercer un cargo, someterse a una distribución del tiempo, obedecer a otros. Una oficina, una cancillería, un negociado eran cosas para él tan execrables como la muerte, y lo más terrible que pudo vivir en sueños fue la reclusión en un cuartel. A todas estas situaciones supo sustraerse, a veces mediante grandes sacrificios. En esto estaba su fortaleza y su virtud, aquí era inflexible, aquí era su carácter firme y rectilíneo. Pero a esta virtud estaban íntimamente ligados su sufrimiento y su destino. Le sucedía lo que les sucede a todos; lo que él, por un impulso muy íntimo de su ser, buscó y anheló con la mayor obstinación, logró obtenerlo, pero en mayor medida de la que es conveniente a los hombres. En un principio fue su sueño y su ventura, después su amargo destino. El hombre poderoso en el poder sucumbe; el hombre del dinero, en el dinero; el servil y humilde, en el servicio; el que busca el placer, en los placeres. Y así sucumbió el lobo estepario en su independencia. Alcanzó su objetivo, fue cada vez más independiente, nadie tenía nada que ordenarle, a nadie tenía que ajustar sus actos, sólo y libremente determinaba él a su antojo lo que había de hacer y lo que había de dejar. Pues todo hombre fuerte alcanza indefectiblemente aquello que va buscando con verdadero ahínco. Pero en medio de la libertad lograda se dio bien pronto cuenta Harry de que esa su independencia era una muerte, que estaba solo, que el mundo lo abandonaba de un modo siniestro, que los hombres no le importaban nada; es más, que él mismo a sí tampoco, que lentamente iba ahogándose en una atmósfera cada vez más tenue de falta de trato y de aislamiento. Porque ya resultaba que la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, eran su destino y su condenación, que su mágico deseo se había cumplido y ya no era posible retirarlo, que ya no servía de nada extender los brazos abiertos lleno de nostalgia y con el corazón henchido de buena voluntad, brindando solidaridad y unión; ahora lo dejaban solo. Y no es que fuera odioso y detestado y antipático a los demás. Al contrario, tenía muchos amigos. Muchos lo querían bien. Pero siempre era únicamente simpatía y amabilidad lo que encontraba; lo invitaban, le hacían regalos, le escribían bonitas cartas, pero nadie se le aproximaba espiritualmente, por ninguna parte surgía compenetración con nadie, y nadie estaba dispuesto ni era capaz de compartir su vida. Ahora lo envolvía el ambiente de soledad, una atmósfera de quietud, un apartamiento del mundo que lo rodeaba, una incapacidad de relación, contra la cual no podía nada ni la voluntad, ni el afán, ni la nostalgia. Este era uno de los caracteres más importantes de su vida.&lt;br /&gt;Otro era que había que clasificarlo entre los suicidas. Aquí debe decirse que es erróneo llamar suicidas sólo a las personas que se asesinan realmente. Entre éstas hay, sin embargo, muchas que se hacen suicidas en cierto modo por casualidad y de cuya esencia no forma parte el suicidismo. Entre los hombres sin personalidad, sin sello marcado, sin fuerte destino, entre los hombres adocenados y de rebaño hay muchos que perecen por suicidio, sin pertenecer por eso en toda su característica al tipo de los suicidas, en tanto que, por otra parte, de aquellos que por su naturaleza deben contarse entre los suicidas, muchos, quizá la mayoría, no ponen nunca mano sobre sí en la realidad. El «suicida» ­y Harry era uno­ no es absolutamente preciso que esté en una relación especialmente violenta con la muerte; esto puede darse también sin ser suicida. Pero es peculiar del suicida sentir su yo, lo mismo da con razón que sin ella, como un germen especialmente peligroso, incierto y comprometido, que se considera siempre muy expuesto y en peligro, como si estuviera sobre el pico estrechísimo de una roca, donde un pequeño empuje externo o una ligera debilidad interior bastarían para precipitarlo en el vacío. Esta clase de hombres se caracteriza en la trayectoria de su destino porque el suicidio es para ellos el modo más probable de morir, al menos según su propia idea. Este temperamento, que casi siempre se manifiesta ya en la primera juventud y no abandona a estos hombres durante toda su vida, no presupone de ninguna manera una fuerza vital especialmente debilitada; por el contrario, entre los «suicidas» se hallan naturalezas extraordinariamente duras, ambiciosas y hasta audaces. Pero así como hay naturalezas que a la menor indisposición propenden a la fiebre, así estas naturalezas, que llamamos «suicidas», y que son siempre muy delicadas y sensibles, propenden, a la más pequeña conmoción, a entregarse intensamente a la idea del suicidio. Si tuviéramos una ciencia con el valor y la fuerza de responsabilidad para ocuparse del hombre y no solamente de los mecanismos de los fenómenos vitales, si tuviéramos algo como lo que debiera ser una antropología, algo así como una psicología, serían conocidas estas realidades de todo el mundo.&lt;br /&gt;Lo que hemos dicho aquí acerca de los suicidas se refiere todo, naturalmente, a la superficie, es psicología, esto es, un pedazo de física. Metafísicamente considerada, la cuestión está de otro modo y mucho más clara, pues en este sentido los «suicidas» se nos ofrecen como los atacados del sentimiento de la individuación, como aquellas almas para las cuales ya no es fin de su vida sus propias perfección y evolución, sino su disolución, tornando a la madre, a Dios, al todo. De estas naturalezas hay muchísimas perfectamente incapaces de cometer jamás el suicidio real, porque han reconocido profundamente su pecado. Para nosotros, son, sin embargo, suicidas, pues ven la redención en la muerte, no en la vida; están dispuestos a eliminarse y entregarse, a extinguirse y volver al principio.&lt;br /&gt;Como toda fuerza puede también convertirse en una flaqueza (es más, en determinadas circunstancias se convierte necesariamente), así puede a la inversa el suicida típico hacer a menudo de su aparente debilidad una fuerza y un apoyo, lo hace en efecto con extraordinaria frecuencia. Entre estos casos cuenta también el de Harry, el lobo estepario. Como millares de su especie, de la idea de que en todo momento le estaba abierto el camino de la muerte no sólo se hacía una trama fantástica melancólico­infantil, sino que de la misma idea se forjaba un consuelo y un sostén. Ciertamente que en él, como en todos los individuos de su clase, toda conmoción, todo dolor, toda mala situación en la vida, despertaba al punto el deseo de sustraerse a ella por medio de la muerte. Pero poco a poco se creó de esta predisposición una filosofía útil para la vida. La familiaridad con la idea de que aquella salida extrema estaba constantemente abierta, le daba fuerza, lo hacía curioso para apurar los dolores y las situaciones desagradables, y cuando le iba muy mal, podía expresar su sentimiento con feroz alegría, con una especie de maligna alegría: «Tengo gran curiosidad por ver cuánto es realmente capaz de aguantar un hombre. En cuanto alcance el límite de lo soportable, no habrá más que abrir la puerta y ya estaré fuera.» Hay muchos suicidas que de esta idea logran extraer fuerzas extraordinarias.&lt;br /&gt;Por otra parte, a todos los suicidas les es familiar la lucha con la tentación del suicidio. Todos saben muy bien, en alguno de los rincones de su alma, que el suicidio es, en efecto, una salida, pero muy vergonzante e ilegal, que en el fondo, es más noble y más bello dejarse vencer y sucumbir por la vida misma que por la propia mano. Esta conciencia, esta mala conciencia, cuyo origen es el mismo que el de la mala conciencia de los llamados autosatisfechos, obliga a los suicidas a una lucha constante contra su tentación. Estos luchan, como lucha el cleptómano contra su vicio. También al lobo estepario le era perfectamente conocida esta lucha; con toda clase de armas la había sostenido. Finalmente, llegó, a la edad de unos cuarenta y siete años, a una ocurrencia feliz y no exenta de humorismo, que le producía gran alegría. Fijó la fecha en que cumpliera cincuenta años como el día en el cual había de poder permitirse el suicidio. En dicho día, así lo convino consigo mismo, habría de estar en libertad de utilizar la salida para caso de apuro, o no utilizarla, según el cariz del tiempo. Aunque le pasase lo que quisiera, aunque se pusiera enfermo, perdiese su dinero, experimentara sufrimientos y amarguras, ¡todo estaba emplazado, todo podía a lo sumo durar estos pocos años, meses, días, cuyo número iba disminuyendo constantemente! Y, en efecto, soportaba ahora con mucha más facilidad muchas incomodidades que antes lo martirizaban más y más tiempo, y acaso lo conmovían hasta los tuétanos. Cuando por cualquier motivo le iba particularmente mal, cuando a la desolación, al aislamiento y a la depravación de su vida se le agregaban además dolores o pérdidas especiales, entonces podía decirles a los dolores: « ¡Esperad dos años no más y seré vuestro dueño!» Y luego se abismaba con cariño en la idea de que el día en que cumpliera los cincuenta años, llegarían por la mañana las cartas y las felicitaciones, mientras que él, seguro de su navaja de afeitar, se despedía de todos los dolores y cerraba la puerta tras sí. Entonces verían la gota en las articulaciones, la melancolía, el dolor de cabeza y el dolor de estómago dónde se quedaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún resta explicar el fenómeno específico del lobo estepario y, sobre todo, su relación particular con la burguesía, refiriendo estos hechos a sus leyes fundamentales. Tomemos como punto de partida, puesto que ello se ofrece por sí mismo, aquella su relación con lo «burgués».&lt;br /&gt;El lobo estepario estaba, según su propia apreciación, completamente fuera del mundo burgués, ya que no conocía ni vida familiar ni ambiciones sociales. Se sentía en absoluto como individualidad aislada, ya como ser extraño y enfermizo anacoreta, ya como hipernormal, como un individuo de disposiciones geniales y elevado sobre las pequeñas normas de la vida corriente. Consciente, despreciaba al hombre burgués y tenía a orgullo no serlo. Esto no obstante, vivía en muchos aspectos de un modo enteramente burgués; tenía dinero en el Banco y ayudaba a parientes pobres, es verdad que se vestía sin atildamiento, pero con decencia y para no llamar la atenci
